En este capítulo tengo varias noticias que hacer, la primera y más importante es decir... YUMI-CHAAN ESTÁ VIVA! sí! es la mejor noticia que tengo desde que me enteré de que mi hermano se iba de viaje de estudios XDDDD Bueno, bienvenida de nuevo al lado oscuro, Yumi-chaan, y que sepas que esta vez no dejaremos que te vayas más MUAJAJAJA

Segundo, el siguiente capítulo de Idol es Spamano! Contentos? Ya lo he tenido que decir jajaja así que un poquito de paciencia a que lo termine (y empiece) de escribir XDDD Adoro Spamano, no sé a quién me pareceré, verdad, C-chan? ^^

Espero que os guste.

Muchos besos a todas :)

Disclaimer: los personajes de esta historia no me pertenecen, ni tengo ningún derecho sobre ellos, simplemente estoy escribiendo sobre ellos por diversión.

oooooooo

Capítulo 1

Oscuridad.

Me envolvía, me arrastraba, hacía que perdiera el sentido de la realidad, la orientación, mi centro de movimiento, la vista, el oído, el olfato… No percibía nada. Sólo una caída interminable que me empujaba y me ahogaba.

Y luego, una voz.

-Lovi… Lovi…

Era tan hermoso escuchar esa voz, quería acercarme más, saber de dónde procedía, aferrarme a cualquier cosa para salir de ahí.

-Despierta, por favor, Lovi…

Si hubiera podido hablar, habría preguntado "¿Quién eres? ¿Qué quieres?" Pero sólo podía navegar por el vacío, buscando desesperadamente la procedencia de aquella voz.

Conforme me iba acercando a mi objetivo, todo se volvió más tangible, más sólido y mucho más doloroso. La cabeza parecía que me iba a explotar, una parte de mi cara estaba completamente magullada, los brazos, el torso, mi pierna… todo. Era como una tortura sentir tanto dolor al mismo tiempo, pero debía hacer cualquier cosa por salir de aquella oscuridad que me estaba volviendo loco.

Avancé, el dolor de cabeza me estaba matando, seguí avanzando, el dolor era tan insoportable que tenía ganas de gritar, avancé, avancé, avancé…

-Lovi, Lovi, Lovi… ¡LOVI! –Gritó un hombre a mi lado. Sentí una mano que agarraba la mía con fuerza. Estaba fría como el hielo.

-No lo entiendo, estaba clínicamente muerto... –Dijo una mujer, acto seguido noté cómo unos dedos se posaban en uno de los laterales de mi cuello y hacían presión. A través de ellos, pude sentir mi propio latido.

-¿Lovi? ¿Lovi, me escuchas? –Dijo la primera voz.

Intenté abrir un ojo, pero una luz blanca me cegó. Gruñí de dolor, intentando taparme los ojos con mis manos, pero noté que tenía los brazos muy rígidos y doloridos.

-¡Se ha despertado! –Dijo el hombre que me había estado dando la mano todo el tiempo.

No me había costado tanto despertar para quedarme ahí con los ojos cerrados esperando como un idiota, así que hice tripas corazón y conté: trè, due, uno... Abrí los ojos de golpe a pesar de que los ojos se me quemaran por la luz. Antes de que pudiera darme cuenta de dónde estaba, sentí que unos enormes brazos me abrazaban y me aplastaban.

-¿Qué crees que estás haciendo? –Pregunté apartándolo de mí. Tenía la voz muy rasgada y la boca seca.

Aquel hombre me miró sorprendido. Mientras se me aclaraba la vista, vi que era alto, con la cara agradable, el pelo negro y los ojos de un color verde muy oscuro con brillos dorados. Habría podido ser atractivo si no tuviera la cara llena de lágrimas y los ojos rojos.

El hombre rió y se secó las lágrimas con las mangas de la camiseta.

-Lo siento, sé que no te gusta que te abrace en público, pero no me he podido contener. –El hombre sonrió alegremente, extrañamente sentí cómo mi estómago se contraía.

-¿Dónde… dónde estoy? –Pregunté, intentando tranquilizarme.

-Estás en el hospital Infanta Sofía. –Me explicó una mujer que se encontraba en el otro lado de la cama donde estaba postrado. Era un poco más baja que el hombre, el pelo negro le llegaba por la cintura y tenía unos ojos azules que me miraban con incredulidad. Llevaba una bata blanca que llegaba por las rodillas y las manos en los bolsillos. –Un coche te atropelló en la Gran Vía y te han traído aquí. Has tenido mucha suerte.

Intenté incorporarme, pero al instante vi que no era buena idea. La cabeza me empezó a dar mil vueltas y me entraron unas ganas horribles de vomitar. Momentos después, vi en qué situación estaba, postrado en una cama blanca, con los brazos vendados y la pierna derecha levantada. Noté que unas vendas me estaban aplastando el cerebro y me impedían pensar con claridad.

-¡Lovi! No te muevas… -El hombre intentó sujetarme suavemente por el hombro, pero yo me volví a apartar. A pesar de sentir un horrible dolor en el hombro, no quería que aquel pervertido me tocara.

-¡No me toques! –Grité con todas mis fuerzas, intentando entender la situación. El coche azul que venía por mi izquierda y el choque lo recordaba con claridad, pero ¿antes? ¿qué estaba haciendo yo en la Gran Vía? Y no sólo eso ¿qué era la Gran Vía? ¿quiénes eran todas estas personas? ¿por qué parecían tan preocupados por mí?

¿Y yo? ¿Quién cojones era?

-Estoy confuso… -Concluí finalmente.

-Es normal, después de sufrir un accidente como ese… -Empezó a decir la médico, pero yo la interrumpí.

-¿Quieres dejar de sujetarme la mano? –Pregunté al hombre que no me la había soltado en ningún momento. -¿Quién coño eres?

El hombre pareció muy sorprendido, tanto que incluso soltó mi mano y se levantó de la silla.

-¿Lovi? Soy yo, Antonio.

-¿Antonio?

-Sí, Antonio, Antonio Fernández Carriedo.

-¿Quién? –Pregunté confuso. ¿Conocía a alguien con ese nombre?

Antonio (si es que en verdad se llamaba así) abrió y cerró la boca un par de veces, sorprendido y… ¿aterrado?

-Lovi, no hagas bromas. –Le miré, impasible. -¡Lovi, soy yo! ¡Antonio! Ya sabes, tu jefe España, quien ha cuidado de ti todo este tiempo. -¿Jefe España? ¿Pero qué tonterías eran esas? -¡Romano! ¡Romano! ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas de mí? ¿Y de Feliciano, de Ludwig, Francis? ¿Te acuerdas de cuánto odias a Francis? ¿Y Arthur, Alfred, Gilbert?

-Creo que tiene amnesia. –Dijo la doctora, poniendo una luz muy brillante en mis ojos. Parpadeé nerviosamente, no podía dejar de mirar a Antonio que estaba cada vez más desesperado. Las lágrimas que ya se habían secado de sus mejillas estaban volviendo a surgir y temblaba como una hoja de papel. –Será mejor que se vaya, está sobreexcitando al paciente.

-¡NO! –Antonio me cogió la mano y me la empezó a besar ¿por qué sentía como si estuviera rompiéndome al verlo así? -¿No te acuerdas de cuando te conocí? ¿De los tomates? ¿De nuestras tardes bajo el olivo? ¿Te acuerdas al menos de...?

-Seguridad…

De la nada salieron dos policías de aspecto peligroso que se llevaron a Antonio fuera de la habitación.

Miré a la doctora que estaba observando unos extraños papeles llenos de rayas que subían y bajaban sin orden.

-Doctora ¿quién era él?

-No lo sé, cuando cogí tu móvil era el primer contacto que aparecía en la lista. –Me explicó ella con tranquilidad.

-Entiendo... -Dije misteriosamente abatido.

oooooooo

Ya era de noche, más de las tres de la mañana. Habían pasado horas desde que Antonio había desaparecido de la habitación, pero yo no podía dejar de pensar en él. En sus ojos verdes, en la desesperación que se había adueñado de sus palabras, de su mano encima de la mía, en su cálido abrazo…

Sacudí mi cabeza, estaba muy confuso. No recordaba ni quién era, no sabía dónde vivía, o quiénes eran mis padres y en lo único que podía pensar era en su triste sonrisa.

¡Arg! ¿Por qué era todo tan difícil de comprender? No sabía nada de mi vida y nadie me explicaba qué estaba sucediendo ¡ni siquiera me ayudaban a recordar!

Revisé de nuevo los objetos que me había dado la doctora Hernández para que me ayudara a recordar algo, pero nada de lo que tenía me daba ninguna pista: un par de chicles, un manojo de llaves, un móvil que se había quedado sin batería y una pequeña cajita cubierta con un papel de colores brillantes. Nada interesante. Sólo sabía mi nombre, debido al carnet de identidad que tenía en la cartera: Lovino Vargas, y al lado de mi nombre había una horrible foto de mí mismo, con una espantosa mueca que quería ser una sonrisa.

Nacido en: Bagnoli.

Provincia: Nápoles, Italia.

Hijo/a de: desconocido.

Domicilio: Calle Arlabán – Madrid, edificio 5, 3º piso.

Fecha de nacimiento: desconocida.

¿Cómo no iba a tener fecha de nacimiento? Aquello no tenía sentido, aunque quizá… fuera huérfano y por eso nadie sabía cómo se llamaban mis padres ni cuándo había nacido, aunque era un pensamiento muy triste… no, no. Tenía que ser realista.

En mi cartera también había una extraña ficha de identificación que me dejó un tanto trastocado. Salía la misma foto que antes, pero con unos datos muy distintos.

Nombre humano: Lovino Vargas.

Rango: A +.

Nación: Italia del Sur.

Continente: Europeo.

Sexo: Masculino.

Fecha de creación: 476 d.C.

Altura: 1.70 metros.

Peso: 63 kilogramos.

Características: ojos marrones, pelo oscuro.

Tipo sanguíneo: 0 +

Identificación: 4184.16

Y, después de aquellos datos tan absurdos, unas pequeñas manchas negras que parecían las huellas de mis dedos.

Estaba cada vez más confundido ¿qué significaban todos esos extraños datos? ¿Y para qué necesitaba yo una ficha tan específica de mi persona? En la tarjeta de identificación ponía: Naciones Unidas. Quizá era un funcionario de la embajada Italiana en España o algo así, sino no me explicaba para qué servía esa tarjeta que además, parecía que había incorporada una banda magnética y un lector óptico.

En cualquier caso, aquello no me sonaba para nada, ni siquiera recordaba haber visto nunca aquellos objetos y mucho menos haberlos utilizado.

Me disponía a abrir la pequeña caja de colores brillantes cuando oí claramente que la puerta de mi habitación se abría y se cerraba rápidamente. Me puse en tensión.

-¿Quién anda ahí? –Murmuré, intentando fingir que no tenía miedo. –Llamaré a… a las enfermeras… además sé varios movimientos de taekwondo… no tienes ninguna posibilidad contra mí… -Sabía que empezaría a chillar como un loco si se acercaba a mí, pero al menos ganaría algo de tiempo.

Di un respingo cuando noté que alguien se ponía silenciosamente a mi lado y, desde las sombras, apareció una mano que me tapó la boca.

-Shh… -Me indicó Antonio, poniéndose a la luz para que lo reconociera. –Soy yo, tranquilo.

-¿Qsue hacs aui, bsjtard? –Quería decir "¿qué haces aquí, bastado?" pero Antonio apretó aún más su mano contra mi boca para que me callara. Con la mano que le quedaba libre cogió toda mi ropa y los objetos que tenía encima de la cama.

-Venga, que no tenemos mucho tiempo. –Dicho esto, y para mi sorpresa, noté como me cogía en volandas y aún tapándome la boca, me sacó de la habitación. Intenté resistirme con todas mis fuerzas, patalear e incluso hacerle daño, pero las vendas impedían que me moviera mucho y además, el muy cabrón tenía mucha fuerza.

Antonio me bajó por las escaleras muy rápidamente, parecía que tenía alas en los pies, y me llevó hasta la entrada del hospital con la mala suerte de no encontrarnos ninguna persona por el camino. Abrió la puerta de un coche y me montó en él tirándome mis cosas encima. Antes de que pudiera protestar, cerró la puerta tras sí y salió corriendo hasta la suya para meterse dentro. Arrancó el coche y dejamos atrás el hospital.

-¡Es un secuestro! –Grité, asustado. Intenté abrir la puerta y saltar a lo suicida pero Antonio era demasiado rápido y le dio al cierre automático. –¡Bájame de aquí, bastardo!

-Heracles nos está esperando, no te preocupes…

-¿Cómo que no me preocupe? ¡Me estás secuestrando! ¿Quién es Heracles? ¿Quién eres tú? ¿Qué está pasando aquí?

Antonio suspiró con el semblante muy serio y pisó a fondo el acelerador.

-Quítate las vendas.

-¿Qué? ¡Tengo varios huesos rotos, idiota! Mañana iban a escayolarme la pierna y los brazos y tú…

-¡Lovino, haz lo que te pido, por el amor de Dios! –Me gritó Antonio, haciendo que enmudeciera y le mirara fijamente. Parecía serio e inquieto, tenía unas pequeñas arrugas en los párpados fruto de la preocupación y agarraba el volante con demasiada fuerza. En ningún momento me miró a la cara.

Aguantando la respiración y con el corazón a mil por hora, me fui quitando una a una las vendas que hacían que pareciera una momia. Me mordí el labio para no gritar cuando notara el dolor que seguramente iba a sentir pero me sorprendí al ver que podía mover los brazos con normalidad, como si jamás me hubiera otro un hueso, y con la pierna ocurrió lo mismo.

-Lo siento, no intentaba asustarte. –Se disculpó Antonio. –Pero sé que eres muy tozudo y no atiendes a razones, sólo quería que lo comprobaras por ti mismo.

-Pero ¿cómo es posible? ¿cómo me he curado tan rápido? –Pregunté maravillado al ver que podía mover todos los dedos de mi mano y podía controlar el movimiento de mi pie.

-Porque así somos nosotros. –Respondió Antonio con una sonrisa encantadora.

-¿Quiénes?

-Las Naciones. –Concluyó él, girando la cabeza un momento para guiñarme el ojo.

-¿Qué? ¿Cómo… cómo que las Naciones? ¿Qué quieres decir con eso?

-Somos países, Romano. –Me explicó él con infinita paciencia. –Nacimos cuando nuestra Nación nace, vivimos hasta que nuestra Nación muera, sentimos lo que nuestros habitantes sienten y hablamos lo que nuestros habitantes hablan. Vivimos por y para nuestra Nación.

-Pero ¿cómo? –Pregunté asustado por lo que me estaba revelando.

-Nadie lo sabe con certeza. Sólo sé que nacimos para cuidar de nuestro país, para velar por él. Vivimos entre humanos sin ser uno de ellos por completo, sin dejar que sepan nuestra procedencia.

Abrí la boca un par de veces, intentando decir algo como "¿pero qué tonterías son esas?" o "¿qué coño te has tomado, idiota?" o "¿crees que soy tan gilipollas para tragarme todas esas chorradas?" pero aún podía ver que mi mano se podía mover a la perfección a pesar de haber visto la radiografía de la misma que presentaba al menos seis huesos rotos y cinco fracturados.

-Por eso no moriste en aquel accidente. –Me explicó Antonio, tomando una salida de la autovía. –Porque nosotros no podemos morir a manos de los humanos, sólo a manos de otros países. Es decir, morimos cuando nuestro país es absorbido por otro.

-Esto es muy difícil de entender. –Me estaba mareando con tanta información, me sujeté la cabeza para despejarme y me di cuenta que todavía tenía una venda a modo de turbante. Me la quité poco a poco, intentando no rozar la hinchazón que seguramente me aparecería por culpa del golpe pero, como me había explicado Antonio, en mi cabeza no había nada excepto sangre seca y pequeñas magulladuras.

Suspiré con cansancio. Por ahora no tenía ninguna otra explicación por la que me curaba tan rápido, así que tendría que creer lo que Antonio me decía.

Al menos por el momento.

-Y ahora ¿a dónde vamos? –Pregunté.

-A casa, Lovino. –Dijo Antonio cogiendo una salida que ponía "Aeropuerto." –Nos vamos a Nápoles.

oooooooo

Ahora sí que estaba seguro que me quería secuestrar, sino ¿por qué me había sacado del hospital de madrugada sin haberle dicho nada a nadie y me quería llevar PRECISAMENTE a Italia? (Recordemos que Italia es la cuna de la mafia) Seguro que me iban a cortar el pecho, iban a sacar todos mis órganos y los iban a vender a un módico precio. O me torturarían, o me prostituirían...

Sólo estaba seguro de una cosa: tenía que salir de ahí, tenía que escapar antes de que me mataran. ¿Pero cómo? Estaba en medio de la autopista, medio desnudo y sin ningún lugar a donde ir. Bueno, podría empezar a correr en cuanto aparquemos en el aeropuerto, encontrar a algún policía y decirle mi situación. Me creerían, ya lo creo que lo harían, después de todo todavía tenía en mi muñeca la ficha del hospital y... bueno, también estaba en bata, así que no habría ningún problema.

Pero nada salió como planeé, en cuanto aparcamos en el aeropuerto (y ya tenía colocada la mano en el manillar de la puerta) Antonio dijo.

-Vístete.

-¿Cómo?

-Que te vistas, no tenemos mucho tiempo, el avión sale en dos horas.

-¿Pero cómo me voy a vestir contigo delante? Maldito pervertido...

-No miraré, te lo prometo. Pero hazlo rápido.

Refunfuñando, me puse la ropa lentamente, sin dejar de observar a Antonio que parecía muy concentrado en las llaves de su coche. Cuando me coloqué finalmente la camiseta y el abrigo, intenté abrir la puerta y salir por patas, pero el cabrón de Antonio aún no había abierto las puertas.

-¿Vas a abrir o no?

-Sí, tranquilo. -Antonio abrió la puerta y... ya no supe más de él. Era libre, libre cuán colibrí en el campo, libre como un ciervo en el bosque, libre como una hoja mecida por el viento, libre y...

No tenía zapatos.

¡Acaso podía ser más jodidamente idiota! ¡Era Invierno y yo no tenía zapatos! ¡Me estaba congelando los pies! Di un par de brincos para entrar en calor, pero era imposible, me estaba helando, perdería todos los dedos de los pies. ¿A cuánto estábamos? ¿A quince grados bajo cero? ¿Cómo podía hacer tanto frío?

-¿Buscas esto? -Dijo una voz a mi espalda, una voz que por desgracia estaba conociendo muy bien. Al girarme me encontré la estúpida sonrisa de Antonio que llevaba mis zapatos en una mano. -Creo que te resultarán muy útiles para tu huida.

-¡Dámelos! -Me lancé contra él, pero era mucho más alto que yo así que ni siquiera me acerqué a los cordones.

-Sólo si me prometes que no volverás a huir. Me acompañarás hasta el aeropuerto, tendremos un viaje tranquilo y llegaremos a Italia sanos y salvos.

-¿Y cómo sé que no me engañas? ¿Cómo mierda sé que no me vas a matar o vender o...?

-Sólo confía en mí. Te he dado mi palabra que no sufrirás ningún daño. Te prometo que te intentaré aclarar todo en el avión, pero sólo si me acompañas. Además... -me enseñó los zapatos con una sonrisa perversa- creo que no tienes opción.

En eso tenía razón.

-Vale, vale. Pero dámelos ya.

Había vendido mi alma por unos Armani.

oooooooo

-¡Mariano*, que no puede ser! -Dijo Antonio mientras se abrochaba el cinturón del asiento del avión. -Tengo que irme urgentemente a Italia... no, no te lo puedo explicar... sé que es un momento delicado... ¡te prometo que haré todo lo que pueda, pero de verdad que tengo que irme!... Mariano, no grites... sé que hay crisis en España, por supuesto que lo sé, pero que yo... ¡si no aceptasteis mi propuesta de construir más campos de tomates! ¿Qué más puedo hacer?... ¿Una idea estúpida? ¿Qué quieres decir con eso?

-Señor, vamos a despegar, por favor apague el móvil. -Le dijo una azafata.

-Mariano, tengo que colgar... ¡que tengo que colgar!... va a ser muy sencillo, tú respira y que te ayude Soraya*, que es la única que parece saber algo... sí, sí, volveré muy pronto... hasta luego, Mariano.

Le miré, interrogante.

-Mi presidente. Es novato el pobre y parece que está un poco asustado por la que se le viene encima.

Gruñí, era el único que sonido que me había sacado en dos horas. Ahí estaba yo, dispuesto a irme a una muerte segura, con mis preciosos zapatos Armani de color negro brillante, zapatos a los que no había dejado de maldecir desde que había entrado al aeropuerto, con Antonio de la mano para que no me escape (¡si ya había dado mi palabra, qué más quería!). Bueno, si moría hoy, moriría con mis preciosos zapatos puestos.

-Señores pasajeros, al habla el comandante. La tripulación de Spanair* le da la bienvenida al vuelo...

Noté que Antonio se iba poniendo cada vez más y más tenso a mi lado, cerró los ojos con fuerza y entrelazando los dedos empezó a rezar: Padrenuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino...

-Oye ¿qué haces? -Pregunté yo, alarmado al ver que estaba poniéndose cada vez más blanco y sudoroso.

-N... nada... -Dijo Antonio intentando tragar saliva. El avión empezó a moverse y él soltó un gritito que me pareció muy gracioso. Si moría hoy, le recordaría qué ridículo parecía en este momento. -Sólo, jaja, tengo... un poco de miedo... a... los aviones.

Después de eso entró en un estado de inconsciencia que realmente me asustó. Miraba un punto fijo en el suelo, con la boca firmemente cerrada y las manos apretando el asiento. Estaba tan indefenso. Por una vez, no me entraron ganas de gritar ayuda y explicar que aquel hombre me había secuestrado, sino que, inconscientemente fue llevando mi mano hasta dejarla a pocos milímetros de la suya.

-"Pero ¡qué estoy haciendo!" -Me reprendí, quitando la mano y mirando por la ventana el amanecer que estaba haciendo presencia en el cielo.

oooooooo

En cuanto bajamos del avión y cogimos nuestras maletas (las dos a juego, blancas y con extraños tomates adornados) vimos a un hombre que nos saludaba muy lentamente en la salida. Iba vestido de blanco, con un gato (sí, un gato) entre sus brazos, tenía el pelo oscuro y unos ojos verdes que se parecían a los de Antonio pero no tan brillantes y mucho, mucho más soñolientos.

-¡Hola, Heracles! -El idiota parecía que se había recuperado completamente de su sufrimiento en silencio del avión.

-Me has despertado. -Le dijo él como todo saludo.

-Sí, sí, lo siento mucho. Pero...

-¿Romano? -Preguntó él, bajando la vista hasta mí. -¿Estás bien? Me ha dicho España que no recuerdas nada...

La verdad es que el tío imponía un poco, sobretodo con esa mirada impasible que me examinaba minuciosamente.

-Vámonos, -nos indicó Antonio- estamos llamando mucho la atención.

-Sí... ya lo tengo todo preparado... - Heracles bostezó como si no hubiera dormido en toda su vida.

-Yo conduciré, no te preocupes.

-¿A dónde vamos? ¿Quién es él? -"¿Qué vais a hacer conmigo cabrones?" pensé intentando aparentar valentía.

No me gustó ni un poco que ninguno de los dos me contestara.


¿Qué le harán a Lovino estos hombres tan extraños? ¿Algún día Lovino recuperará la memoria? Y, lo que es aún más intrigante... ¿el gato de Heracles, es la versión de Grecia de Nekotalia o la de Japón? Misterios de la vida...

Ahora vamos a ver qué significaban los asteriscos que había puesto por ahí XDDD

*Mariano: me refiero claramente a Rajoy, el nuevo presidente de gobierno de España. No olvidad su nombre porque es bastante importante después (y no es coña)

*Soraya: vicepresidenta del gobierno.

*Spanair: sabíais que Spanair ha cerrado? jajaja, esto lo he puesto porque salí una vez con M-chan y C-chan y por todos sitios nos repetían y repetían que Spanair había cerrado XDDD

Reviews?