Capítulo 2
Terry Granchester supo el momento exacto en el que Candy White se dio cuenta de quién era él. Sus ojos se abrieron de par en par y su boca se abrió antes de ver como los labios femeninos formaban las palabras: «¡Oh Dios mío, ¿estás de broma?!» Antes de ese momento, no había tenido ninguna pista. Él cambió después del instituto y también lo hizo ella. Ella se había desarrollado más y se volvió más hermosa que cualquier chica que hubiera conocido.
Recordó la primera vez que la vio, fue el primer día de escuela y recordaba sus grandes ojos de color verde y sus coletas. Siempre tuvo mucho pelo, lo cual hacia que pareciera tener una cabeza demasiado grande para su cuello.
También recordaba la primera vez que le compró un regalo. Había sido en el tercer grado, después de que le hubieran quitado las amígdalas. Le había comprado un helado de vainilla que le costó un cuarto de dólar y que se derritió mientras se lo llevaba a su casa.
Recordó el día en que su perro, Klin, murió, el funeral que le habían hecho al gran labrador bicolor y el modo en que sostenía a Candy mientras esta lloraba como si nunca fuera a parar. Terry tenía trece años y no lloró, pero quiso hacerlo. Ese fue también el día en el que se había dado cuenta de los cambios en el cuerpo de ella por primera vez. La estaba sosteniendo, tratando de actuar como un hombre y no llorar por la pérdida de su perro. Y mientras él estaba ahí, luchando contra sí mismo, las suaves manos de ella, se aferraban a él a través de su camiseta y sus pequeños pechos se apretaban contra su torso y le volvían loco mientras trataba de no pensar en ella desnuda. Recordó haberse alejado de ella diciéndole que se fuera a casa porque sus sollozos le hacían sentir peor.
Ella se marchó y nunca supo que no fue su llanto lo que le había llevado a mandarla lejos, sino el repentino dolor seco en su pecho y el palpitar de su entrepierna. Desde ese día en adelante, Candy White le había torturado y ella ni si quiera fue consciente de ello.
No fue sino hasta el verano de su segundo año de instituto que Terry decidió que era el momento de hacer algo sobre sus sentimientos por ella. Estaban con un grupo de amigos en el cine cuando se inclinó sobre ella y la besó por primera vez, justo en la mitad de la película Rain Man. Ella no fue la única chica que le había roto el corazón, pero le llevó varios años y algunas cuantas novias más superar lo de Candy White.
Desde que abandonó Londres diez años atrás. Terry había visto y hecho demasiadas cosas. Se mudó de país y ganó una beca completa para Berkeley y como se graduó en el instituto con créditos de sobra, pudo empezar en el segundo año. Tres años más tarde se graduaba en finanzas e informática. Cuando terminó fue contratado por Microsoft, pero pronto descubrió que trabajar para alguien no era lo que él quería, y después de algún tiempo él y dos amigos empezaron su propia compañía de software, BizTech. Desarrollaban programas para predecir negocios y las tendencias del mercado. Al principio su trabajo le encantaba, pero según iba creciendo, cada vez lo disfrutaba menos.
El día que BizTech salió a bolsa, recordó por qué dejó de trabajar para Microsoft. La compañía ya no le pertenecía y preocuparse por el mercado de acciones no era algo que él quisiera hacer para el resto de si vida. Así que cinco meses antes había vendido su parte de la compañía y salido de ella completamente.
Tenía 28 años y dinero suficiente para vivir unas cuantas vidas y por primera vez no tenía metas ni objetivos. Entendía perfectamente las historias sobre médicos o abogados que dejaban sus exitosas carreras y se convertían en vaqueros o pilotos de carreras. Pero mientras que manejar el ganado y pilotar coches no le llamaba la atención, sí le dio unas cuantas vueltas a la idea de trabajar como consultor. No tenía muy claro lo que quería hacer, pero tenía tiempo para pensarlo.
George Allen, vendedor de utensilios quirúrgicos, primer trombón de la orquesta y el gracioso de la clase, hizo una broma y todo el mundo a su alrededor se empezó a reír.
Durante toda su vida, Terry había trabajado duro para triunfar y nunca miró hacia atrás. No hasta que abrió la carta de la reunión del instituto. Cuando leyó por primera vez el nombre de Candy en la lista de los que iban a acudir, sintió curiosidad por ella. Se preguntaba si se habría vuelto gorda y tendría cinco hijos. Y cuánto más se preguntaba, mayor curiosidad le entraba.
Siendo completamente honesto consigo mismo, parte de las razones por las que estaba esa noche allí, era para ver si ella todavía podía hacer que su pecho se encogiera cuando la miraba. Si su visión le agarrotaría la garganta.
No lo hizo.
Levantó su bebida mientras miraba a Candy a través del cristal de su vaso. Ella se giró a la izquierda y miró por encima del pelo de Karen Klais. Entonces sonrió con una femenina inclinación de su boca que le había torturado desde el octavo curso hasta el duodécimo. Un misterio femenino que hacía que se quedara sin respiración y que sus manos le dolieran por poder tocarla. Recordaba las veces que estando en la habitación de ella, en su casa o sentado en la vieja mecedora de su abuela, había estado tan duro que se preguntaba que hubiera hecho Candy si lo supiera. Si hubiera cogido su mano y le dejara sentir lo que le hacía. Le había vuelto loco de deseo y eso que nunca llegó a hacer algo más allá de besarla.
Terry apuró su bebida mientras George contaba otro chiste, éste sobre una mujer y un pez, y otra vez, Terry fue la única persona que no se rió. Él no necesitaba golpear su pecho o degradar a alguien para sentirse hombre. Quizá no hubiera perdido su virginidad hasta su primer año de universidad, pero había aprovechado el tiempo perdido y honestamente no podía decir que hubiera estado con alguna mujer que oliera a pescado. Se rió de lo que ello implicaba y francamente, le hacía preguntarse sobre el calibre de las mujeres que George había conocido.
—Hablaremos más tarde —dijo y se dirigió hacia el bar.
Algunas personas pensarían que Terry no tenía sentido del humor. Lo tenía, pero había crecido, y él ya había sido el objetivo de muchas bromas, como para reírse ahora con ellas.
Pidió un whisky con agua, se dio la vuelta y su mirada cayó sobre Candy, quien se movió para situarse delante de él. Su cabeza le llegaba a la altura de la boca, y ella deslizó su mirada hacia los ojos de color azul verdoso que conocía tan bien.
—Hola, Terry —dijo.
Su voz no sonaba igual. Era más grave, femenina. Más de mujer que de niña.
—Hola, Candy.
—¿Estás solo esta noche?
—Esta noche y todo el fin de semana.
Había pensado en traerse a alguna mujer. Su última novia era modelo de lencería para Victoria's Secret. Mantenían la amistad y sabía que le habría acompañado si se lo hubiera pedido.
—¡Gracias a dios! —dijo y soltó una suave risa—. Pensé que iba a ser la única soltera.
—George Allen está solo.
—Excepto que hubiera cambiado mucho, no me sorprende —Candy sacudió un poco la cabeza—. Estás esplendido, Terry. No te reconocí al principio.
Él la reconoció el mismo segundo que entró en la sala.
—Cambié después del instituto.
—Yo también. He crecido seis centímetros.
No era todo lo que en ella había crecido y Terry mantuvo a propósito la mirada en su cara en lugar de dejarla recorrer el cuerpo de su antigua amiga. Que era justamente lo que quería hacer. No es que sintiera pasión por ella, pero todavía le picaba la curiosidad. Ese crecimiento que había mencionado había conformado un bonito par de pechos y fuera de toda curiosidad, no le importaba mucho quitarle el vestido y echar realmente un vistazo. Arrugó las cejas e intentó pensar en otra cosa. El tiempo. La política mundial. ¿Quién ganaría la copa Stanley esta temporada? Cualquier cosa menos en desvestir a la única mujer que le destrozó el corazón.
Candy estudió los serios ojos azules de Terry e inclinó la cabeza. Excepto por el color de su pelo y de sus ojos, el hombre que estaba frente a ella no se parecía demasiado al desgarbado chico de su pasado.
—No sé si lo sabes —dijo en un esfuerzo de entablar conversación— pero todo el mundo está hablando sobre ti esta noche.
Él levantó una ceja.
—¿De verdad? ¿Qué dicen?
—¿No lo sabes?
Terry lo negó con la cabeza y bebió un poco.
—Bueno —empezó—, se dice que eres más rico que Donald Trump y que estas saliendo con Elle Mcpherson y Kathy Ireland a la vez.
—Debo ser mejor de lo que pensaba.
Por primera vez desde que le vio esa noche, Candy observó como las comisuras de sus ojos se arrugaban en lo que podía ser un gesto de diversión.
—Pero siento desilusionar a todo el mundo, nada de eso es cierto.
—Hmm… Eso significa que el otro rumor probablemente tampoco es cierto.
—¿Cuál?
—Pues lo peor que puedes ser en nuestro país.
Los lados de sus labios se curvaron.
—¿Alguien dice que soy gay?
—No, peor. Dicen que te has vuelto liberal demócrata.
Y en ese momento sonrió. Empezó como una lenta curva de sus labios y terminó en un gesto de placer.
—¡Dios no lo permita!
Se empezó a reír, primero con cautela y después con un rico y profundo sonido masculino que salía de su pecho y que conseguía que a ella se le despertaran las mariposas del estómago y se le pusiera la piel de gallina.
El humor que denotaban sus ojos, hizo que su cara se transformara de simplemente hermosa a totalmente devastadora.
—No —pudo decir Candy a la vez que su mirada recorría su rostro, desde la nariz hasta el profundo surco situado en su labio superior—. No querrías que pasara eso.
—¿Cómo está tu familia? —preguntó él.
—Bien —consiguió decir a la vez que le miraba fijamente. Ella había dejado a este chico por Neil Leagan. ¿En qué demonios había estado pensado?— ¿Cómo están tus abuelos?
—Haciéndose mayores. Les trasladé a Palm Springs por su salud. Al principio no les gustó, pero ahora lo adoran. —Levantó su copa y bebió un trago—. ¿En dónde vives ahora?
—Sigo viviendo en Londres.
Y mientras le hablaba sobre su trabajo, buscó en su cara algún rastro del chico que había sido, pero no pudo encontrarlo. Físicamente el parecido era escaso. Sus ojos todavía eran azul verdoso y sus pestañas eran gruesas. Las mejillas ya no eran huecas y el cabello oscuro estaba cortado por encima de las orejas, los salvajes mechones habían sido domados.
Cuando ella le volvió a mirar, el preguntó.
—¿Qué estas mirando, Candy?
—A ti —respondió—, me preguntaba si ahora conozco algo de ti.
—Lo dudo.
—Eso no es bueno. ¿Recuerdas el verano que pasamos cazando brujas y vampiros en el bosque?
—No
—Hicimos lanzas y estacas de madera.
—Es verdad. Lo recuerdo —dijo a la vez que las luces de la sala se atenuaban, y volvieron su atención al escenario. Cuando el foco alumbró el empavesado blanco y la brillantina plateada, de repente era como si fueran las primeras nieves del invierno.
—¡Hola a todos!, soy Annie Britter Cornwell —anunció desde el escenario. Bienvenidos a la reunión escolar de la clase de 1990 del Real Colegio San Pablo.
Todo el mundo aplaudió, excepto Candy que tenía un vaso en la mano. Miró a su izquierda y vio que Terry tampoco lo hizo. Y de repente, se preguntó por qué Terry habría venido. Desde que podía recordar, él siempre había dicho que cuando se fuera de Londres nunca más regresaría. Una vez ella le preguntó si no vendría a verla a ella, y Terry le contestó que mejor se fueran juntos.
—… en 190 escuchábamos a Robert Palmer, New Kids on the Block y U2 —continuó Annie.
Terry no, recordó Candy. El oía a Bob Dylan y a Eric Clapton.
Annie siguió hablando. Los pensamientos de Candy volvieron al alto hombre vestido con un impecable traje de diseño junto a ella. Y una vez más se preguntó por qué habría vuelto después de jurar que no lo haría. Quizá, como ella, vino para mostrar a todo el mundo que no era alguien insignificante, que había logrado el éxito en la vida, pero Terry nunca le dio importancia a lo que los demás pensaran de él. En efecto, ella nunca había conocido a nadie a quien le importara tan poco impresionar a alguien, pero habían pasado diez años, y la gente cambia. Ella lo había hecho, tanto como él.
—… en 1990 —continuó Annie— nuestro equipo de fútbol llegó a los estatales y nuestro equipo de esquí consiguió ganar en todos los torneos.
El teléfono móvil de Terry vibró dentro del bolsillo de su chaqueta y lo sacó para contestar. En voz baja empezó a hablar por teléfono.
—¿Cómo te sientes…? ¿Qué ha dicho…? Oh… —hizo una pausa y arrugó las cejas—. ¿Lo conectaste al puerto como te dije…? Sí, a ese… ¿la abuela derramó su Postum en el teclado…? Claro que eso es un problema… ¿qué…? espera un minuto —miró a Candy—. Estoy seguro de que te veré antes de que termine el fin de semana —dijo y entonces con el teléfono en una mano y su bebida en la otra salió de la sala.
Candy volvió la mirada hacia el escenario. La última vez que había estado en la sala de fiestas del Cairngorm Hotel había sido la noche de la promoción de navidad. Se vistió de rojo también aquella noche. Un vestido rojo de satén que su abuela le hizo con una tela que habían comprado en la fábrica. Se puso flores en el pelo y su pareja, Neil Leagan, un esmoquin negro.
Candy había estado enamorada de Neil durante años, pero no fue hasta que su novia, Reina de la Promoción y jefa de las animadoras, Luisa Buchanan, le dejara dos semanas antes del baile, cuando él se fijó en ella y le pidió que lo acompañara a la fiesta. Salieron juntos unas cuantas semanas hasta que Luisa chascó los dedos y Neil volvió corriendo con ella. Candy se sintió fatal.
Y como si pensar en él le hiciera materializarse, Neil Leagan apareció delante de ella. Miró el nombre que ella tenía puesto en la etiqueta y sonrió.
—¿Pecosa?
Ella frunció en cejo a la vez que él echaba la cabeza para atrás y reía. Siempre había tenido los dientes más blancos que ella jamás había visto, y pasados diez años, no había cambiado mucho. Su pelo rojizo se había vuelto de un fuerte color castaño y tenía unas pocas arrugas a los lados de sus ojos cafes, en todo caso, se había vuelto más apuesto con la edad. Su corbata verde iba a juego con su camisa, enfundada en unos pantalones de color caqui. No era tan musculoso como ella recordaba, pero aun así, estaba bastante bien.
Annie continuó hablando, la sala aplaudió algo que había dicho y Neil Leagan sujetó a Candy por los hombros y la miró a los ojos.
—¡Dios, estás genial! —dijo con perfecta sonrisa— no puedo creer que te dejara por Luisa, debí de ser un idiota.
Se parecía tanto a lo que ella había estado pensando sobre lo que hizo con Terry que se rió.
—Lo eras, pero no seas demasiado duro contigo mismo. Luisa era una Barbie andante y parlante —sacudió la cabeza—. Siempre pensé que os casaríais.
—Lo hicimos y luego nos divorciamos —dijo como si no fuera nada importante y Candy se preguntó cuántos de sus compañeros de clase se habrían casado y divorciado.
—¿Has venido sola? —pregunto.
—Sí.
—Qué suerte, yo también. —La sonrisa le llegó hasta los ojos—. Ven, vamos a hablar con algunos de los chicos. Todo el mundo se muere por saber quién eres, pero nadie acertó. —Colocó la mano sobre la espalda de Candy y agregó—. Nadie te reconoció cuando entraste, entonces te vieron hablar con Terry Granchester y pensaron que eras su acompañante. No lo eres, ¿verdad?
—No.
Candy echó un vistazo a la sala y vio a Terry hablar con una alta mujer rubia dentro de un ajustado vestido negro. No había equivocación, Luisa Buchanan, la reina del baile. Desde siempre que pudiera recordar, Luisa había sido rubia y bonita. No había pasado por ninguna etapa embarazosa o fea, era como si hubiera alguna regla no escrita en algún sitio donde decía que las bonitas chicas ricas tenían que ser graciosas y con clase, Luisa nunca la había leído, o quizás nunca le había interesado.
Terry y Luisa estaban de perfil y ella tenía las manos en su chaqueta mientras le sonreía. Candy se preguntó qué había dicho él para hacer que Luisa sonriera. No había dicho nada para que ella lo hiciera. Ni un poquito, al contrario, había estado tieso y tenso, no como el Terry que recordaba.
—Creo que se supone que debemos escuchar a Annie —dijo a la vez que Neil la dirigía hacia un pequeño grupo de gente que estaba a su derecha. Hubo un tiempo en el que el roce de su mano le hacía tener palpitaciones. Ahora solo era alguien al que solía conocer, uno de esos chicos con los que estaba eternamente agradecida de no haberse acostado con ellos.
—Nadie escucha a Annie, ni si quiera Archie —dijo mientras la conducía hacia su grupo de amigos. En el colegio, eran el grupo de los chicos con dinero. El grupo que llevaba sus pases de ski en sus chaquetas como un símbolo del estatus que tenían. Candy reconoció a algunos, de otros no tenía ni idea hasta que se los volvieron a presentar. Viviendo en un internado, había crecido con ellos, pero nunca habían sido amigos.
Escuchándoles ahora, descubrió que la mayoría de la gente con la que se había graduado todavía vivía en Londres. Muchos de ellos se habían casado nada más terminar el instituto o la universidad, pero se habían divorciado pronto y estaban ahora con sus segundas o terceras relaciones. Y mientras que hablaban sobre 1990 como los mejores años de sus vidas, Candy miró más allá de ellos, hacia Terry.
El colegio no había sido lo más importante en su vida y tampoco lo fue en la de él. Como si Terry leyera sus pensamientos, levantó la mirada sobre la cabeza de Luisa y sus ojos se encontraron. La miró durante varios segundos, su expresión indescifrable, entonces arrugó la frente y miró a otra parte.
Las luces se fueron apagando según Annie acababa su discurso y Candy ya no pudo ver más la cara de Terry. Se volvió sólo una silueta en la oscura habitación.
La banda subió al escenario, practicó unos momentos y empezaron una bastante decente versión de «Turn you inside out». Neil cogió a Candy de la mano y la llevó a la pista de baile. Mientras que la sujetaba de los brazos y la apretaba contra su pecho preguntó.
—¿Qué vas a hacer luego?
Su vuelo había salido tarde y no había pensado en nada, más allá de tomar una ducha e irse a la cama.
—Irme a mi habitación.
—Algunos de nosotros nos iremos a mi casa un rato. Deberías venir.
Ella se apartó y le miró a la cara. Pensó en ellos y vio que era mejor dormir a escuchar más historias sobre las veces que Neil y sus amigos habían esquiado desnudos o asaltado el club de ajedrez y escondido todos los reyes.
—Creo que por hoy prefiero descansar —le contesto.
—Ok, nos vemos mañana. Estaremos en la parte de atrás.
Después de visitar durante tantos inviernos Cairngorm sabía que eso significaría que todos irían a esquiar a la ladera de detrás de la montaña. Pero haber disfrutado muchas vacaciones en una pista de ski, no significaba que supiera esquiar. No sabía.
—Lo intentaré.
Neil la atrajo más hacia él y ella vislumbró a Terry a través de las sombras.
—Tu pelo huele bien —la aduló Neil.
—Gracias.
Terry sujetaba a Luisa en sus brazos y se movía con la perfección y un ritmo fluido que ella no sabía que él poseyera. Los brazos de Luisa estaban alrededor de su cuello y él la sujetaba demasiado cerca. Sus manos en su espalda, los cuerpos tocándose, todo eso molestaba a Candy más de lo que debería.
Neil estaba hablando sobre los negocios que poseía y adulaba a Candy repetidamente. Era encantador y amigable, pero su atención estaba en la pareja situada en el otro extremo de la pista de baile. Su cabeza se llenó de pensamientos y se preguntó por qué la imagen de Terry y Luisa le molestaba tanto. Por qué le producía una especie de agujero en el estómago.
La respuesta llegó a la vez que sonaban los últimos acordes de la guitarra. Se sentía con «propiedad» sobre Terry, como si fuera suyo. Fue un buen amigo suyo durante años e incluso a pesar de que ella le trató tan mal al final, todavía sentía una conexión con él. Y para ser completamente honesta, odiaba verlo con Luisa. Quizá porque si supiera que Terry era un conductor de autobús o un mecánico, Luisa probablemente no habría atravesado la sala para hablar con él, pero había algo más, más de lo que ella podía explicar. Algo más que la hacía sentir un poco celosa. Sus sentimientos no tenían mucho sentido. No eran lógicos, pero eso no ayudaba a que se hiciera menos lío.
Se excusó con Neil y se dirigió al bar. Sintiéndose un poco confusa no sabía si debía pedir algo de beber o irse a la cama. No hizo ninguna de las dos cosas. En su lugar, se cruzó con una compañera de décimo grado, Jen Larkin. Jen había ganado más de 30 kilos y tenía más pecas que Candy. Hablaron un rato, pero el volumen de la música hacía casi imposible conversar, y prácticamente acabaron gritándose preguntas una a la otra. Perdió de vista a Terry durante varias canciones y no pudo dejar de preguntarse si éste no se habría escabullido para lanzarse sobre la reina de la promoción.
No lo había hecho. Él y Luisa pasaron a su lado para acercarse a la cola del bar. A regañadientes tuvo de admitir que hacían buena pareja.
En el escenario la banda empezó a tocar una canción que Candy reconoció haber escuchado durante años en el modesto radio de Terry. Antes de saber lo que estaba haciendo se dirigió hacia él y le dijo.
—Están tocando nuestra canción.
A través de las sombras que producían las luces de araña, miró a Candy a los ojos durante varios segundos como tratando de figurarse algo.
Justo cuando pensaba que él no diría nada, lo hizo.
—Perdónanos, Luisa. —dijo mientras tomaba a Candy del codo. La dirigió a la abarrotada pista de baile y le tomó la mano—. ¿Desde cuándo «Lay lady lay» es nuestra canción? —preguntó mientras la sostenía de la cintura.
Ella colocó las manos sobre sus hombros, y la suave tela de su chaqueta pareció fría bajo su tacto.
—Desde que me hacías escuchar a Bob Dylan durante horas.
Él miró por encima de su cabeza.
—Lo odiabas.
—No, sólo me gustaba darte la lata.
Él la mantenía unos centímetros apartada, como si no quisiera que ella invadiera su espacio. Como si él fuera su instructor de baile, moviéndose con un perfecto e impersonal ritmo. No le había importado que Luisa invadiera su espacio, y eso, la sorprendió por lo traicionada que le hacíaa sentir. Sus sentimientos eran tan locos, que se preguntó si no estaría perdiendo la cabeza.
—¿Terry?
—Hmm
Ella miró a la sombra que era su cara, a la oscuridad que ocultaba sus ojos, al perfil de su nariz y a su fina boca.
—¿Sigues enfadado conmigo?
Finalmente la miró.
—No.
—¿Entonces piensas que podemos volver a ser amigos?
Y como si tuviera que considerar eso también, pasaron unas cuantas frases de la canción antes de que él contestara.
—¿Qué tienes en mente?
Realmente no lo sabía.
—¿Que vas a hacer mañana?
—Esquiar
Se quedó un poco sorprendida por la respuesta.
—¿Cuándo aprendiste?
—Hará unos seis años.
Sin saber que decir, preguntó.
—¿Te gusta?
Él la agarró de la cintura apretándola un poco y acercándola más a él.
—Tengo un apartamento en Aspen. —respondió como si eso fuera suficiente y quizá lo fuera.
Los pulgares de Terry acariciaron su mano y ella envolvió las manos en su pecho. Espasmos de placer se extendieron por su brazo.
—¿Vas a esquiar con Luisa? —preguntó como si no se estuviera muriendo por saberlo.
—Quién sabe, ¿vas a ir con Neil Leagan y sus amigos?
No quería perder su tiempo hablando sobre Neil.
—¿Recuerdas la vez que guardé todos los ahorros que gané los veranos trabajando como niñera para comprar el equipamiento y unirme al club de ski?
—Te rompiste la pierna el primer día.
—Sí, no lo he intentado otra vez desde entonces. —Movió su mano sobre su hombro y toco el cuello de su camisa. Debajo de sus dedos su piel estaba caliente—. Pensé que podría hacer algunas compras y luego deambularé por el hotel.
Él deslizó su mano por su espalada y la arrinconó contra el duro muro que era su pecho, haciendo que a Candy se le parara la respiración.
—Suena aburrido —le dijo contra su mejilla, pero no le ofreció acompañarla.
—¿Has visto a todas las embarazadas que hay en esta sala? Encontraré a alguien con quien hablar.
Candy giró un poco la cara y respiró profundamente. Llenó sus pulmones con la esencia de su colonia y el calor de su piel. Él olía tan bien, que estuvo tentada a acercarse más y enterrar su nariz en su cuello. Levantó el dedo índice y le tocó ligeramente la piel del cuello. El calor de su piel le hizo cosquillas.
Se preguntó qué haría si le dijera que le había echado de menos. Que no se dio cuenta de lo mucho que le echaba de menos hasta que se encontraron esa noche y lo contenta que se puso nada más ver su cara de nuevo.
Se preguntó si el sentiría lo mismo, pero tenía miedo de preguntarlo. Quería escuchar cosas sobre su vida, ni siquiera sabía dónde vivía.
—¿Qué vas a hacer durante lo que queda de esta noche? —preguntó, pensando que quizá podrían encontrar algún lugar en el que hablar sobre los últimos diez años.
—Tengo algunas opciones, pero no estoy segura de lo que haré.
No quería parecer patética delante de él, así que dijo:
—Sí, yo también tengo un par de opciones. Neil me invitó a una fiesta en su casa.
Las últimas notas de «Lay lady lay» sonaron por los altavoces y Terry bajó sus manos y dio un paso hacia atrás.
—Quizá podríamos ir juntos —le ofreció.
—No creo, pero gracias. —dijo y miró por encima de la cabeza de Candy hacia la alta rubia que estaba en el bar, donde la había dejado—. Luisa Buchanan está tratando de seducirme —dijo— es instructora de yoga y dice que está estudiando el Kama Sutra.
—¿Es broma?
—No. Mencionó algo sobre enseñarme la postura de la cabra.
—Eso es inquietante.
Seguramente Terry se habría dado cuenta de que si todavía fuera pobre, Luisa ni le habría dirigido la palabra, y especialmente susurrado algo tan retorcido como la posición de la cabra en el oído. Terry no podría ser tan estúpido como para caer en eso. Siempre fue listo.
—Te está utilizando.
—Uh, huh.
—¿Que vas a hacer?
—Creo que quizás dejaré que lo haga.
Continuará…
Espacio para charlar
Me alegra que les gustara la historia, aquí les dejo otro capítulo. Es una trama sencilla, pero al menos para mí, atrayente, jajaja por eso quise compartirla.
Aliss: Podrías creer que el capítulo 1 era en realidad más largo, pero no sé por qué pensé que ahí acababa, este lo combine con lo que me falto del primero. No sé qué es un UNMH, y sí, son 6 capítulos que suman poco menos de 25,000 palabras y pues casi todos mis fics no pasan de 15 capítulos, pero son largos, así que por eso dije que era una historia corta.
Lili: Bueno, sí bien es una copia/pegar he cambiado algunas cosas para adaptarlas a la trama, así como las descripciones físicas y eso me lleva algo de tiempo y no creo poder hacerlo de una sola sentada, por eso lo hago cuando tengo un pequeño espacio entre mis actividades y que no afecte mi tiempo destinado a mi otro fic.
Skarllet: Gracias a ti por leer.
Amrica Gra: Jajaja, bueno, en este capítulo explica un poco por qué lo dejo, pero ya está retomando el camino.
Eli: Sigue soltero y creo que le gusta que lo seduzcan, a ver si más adelante nos dice cuál es la posición de la cabra, jajaja, o mejor que no caiga en las redes de Luisa que solo lo mira por interés.
Guest: Suele pasar, era joven e ingenua.
Blanca G: Pues aquí dice que Neil siempre fue guapo, y bueno, mira que el personaje tiene lo suyo, pero más que Terry, no lo creo, jajaja, en fin, se deslumbro por el chico Leagan y dejo a su mejor amigo, qué mala.
Astana: Espero que sí y que les siga gustando.
Dulce Graham: Jajajaja, sí él era el modelo. En este capítulo se resolvieron tus sospechas J
Guest: Gracias a ti por leer!
Marga1416: Jajaja, eso que ni qué. Gracias por leer.
Yoliki: Espero que este sea más largo, aunque igual lo dejo en suspenso.
Sofa Saldaa: Tú lo has dicho, nena, era joven e inexperta, y paso mucho en este capítulo, uff, se irá Terry con Luisa? Jajaja, gracias por tus comentarios, de verdad, me emociona mucho leerte! Estoy apurándome con Unbreak my heart.
Nally Graham: Jajaja, escuálido, pero ya vimos qué hizo y lo que empieza a sentir, ahora la pregunta es, Terry estará con Luisa? Uhhhh.
Briss White: Gracias a ti por leer.
Nos leemos en el siguiente capítulo.
02 – oct – 2018
Ceshire…
