Disclaimer: Fullmetal Alchemist pertenece a Hiromu Arakawa y Bones. Yo solo uso sus personajes para fines recreativos.
N/A: Gracias por sus comentarios.
Disfruten la lectura.
Capitulo 2:
Sé que no voy a irme de aquí, contigo.
—G-general…
—Buenas noches, Teniente.
Era desconcertante para Riza ver a su superior en el umbral de su apartamento. No era la primera vez que la visitaba, ni tampoco a esas horas de la noche, simplemente no se lo esperaba. Siendo sinceros, era lo que menos quería en ese momento. Pudo sentir como se acercaban unos pasos detrás de ella. Era Lisa.
Con sus reflejos de militar entrenado por años, le dio un leve empujón a Roy para que retrocediese y luego ella salió, cerrando rápidamente la puerta a su espalda. Ambos quedaron a unos palmos de distancia en el pasillo del tercer piso donde vivía Riza, el cual lucía desolado a casi medianoche. El General de Brigada todavía confundido con lo que había pasado, observó a su teniente. Se percató al instante de que Riza solo llevaba puesto un pijama consistente en una corta bata. Bien, no todos los días veía a su teniente así, siendo más exactos jamás la había visto con aquella ropa. En cierta parte era ridícula. ¿Esa cosa tenía flores rosas? No es que Roy creyese que Hawkeye no era femenina, pero ese pijama era cursi.
Una leve sonrisa se pintó en el rostro del alquimista.
—¿Qué se le ofrece General? —dijo secamente Riza, ceja en alto, conocedora de los rumbos que tomaban los pensamientos de su superior, eso y que los ojos de Roy no se despegaban del pijama.
—Lindo atuendo, Teniente —soltó con sorna Roy, volviendo su vista para chocar con la expresión dura de ella. La militar soltó un bufido, cruzó sus brazos a la altura de su cintura, aunque sirviese de poco para cubrir aquella horrible bata (regalo de la Teniente Catalina, ¿de quién más?) Debía de haberse cubierto antes de salir.
—Supongo que no vino hasta mi casa para "elogiar" mi ropa, señor —argumentó. Tenía que volver adentro, Lisa podría salir en cualquier momento y no quería tener un chubasco de preguntas de aquellos dos. Además de que era inapropiado que alguien los encontrase en esa situación a Mustang y a ella. Esperaba que fuera algo importante lo que venía a decirle.
Roy negó, parpadeando repetidamente. Se le había olvidado por un momento el enojo. Ahora recordaba por que no la visitaba. Siempre actuaba estúpidamente frente a ella fuera del trabajo. Y dentro también… Debía admitir que no siempre fue así, pero si quisiera recordar desde cuando empezó a sentirse tan atraído por su teniente, eso sería recordar cosas dolorosas. Muchas y muy dolorosas. Tensó su mandíbula. No era tiempo para eso. Se aclaró la garganta.
—Así es Teniente. Vine aquí para hablar de lo ocurrido esta mañana. —El tono serio que había adquirido Mustang no pasó desapercibido para Riza quien frunció el ceño en el acto—. Fue usted la que disparó en el despacho del Führer.
No era una pregunta. Y el alquimista hizo que sonase como una acusación grave, o al menos así lo sintió Riza, que aún con su expresión serena, exceptuando la leve arruga entre sus dos cejas, asintió lentamente.
—Si, señor. Fui yo. Se que disculparme no ayudara de nad…
—Silencio, Teniente.
Riza calló al instante. Jamás se detuvo a pensar que aquella estupidez podía meterlos en problemas. A todo lo que habían trabajado. Se odió tanto, de nuevo se dejaba descontrolar. La primera vez que aflojó las cuerdas con las que ella misma se ataba había sido un grave error. Uno que volvió a repetir varias veces. Cuando él se desplomó. Cuando ella lo ayudó a levantarse y terminaron enredados en la cama de él. Esa vez cuando el General Hughes murió. Y de nuevo a los meses. Y unas veces más en todo ese tiempo, hasta que se había puesto un alto cuando vio como eso podía amenazar con la meta de él. Desde entonces no dejaba que nada ni nadie interfirieran en su objetivo. Mustang acababa de ser ascendido y ella lo había festejado accionando su arma en el cuartel general frente a la oficina de su excelencia. Perfecto.
—Debemos de estar en nuestro día de suerte para que esto no haya pasado a mayores. —Riza bajó la cabeza avergonzada.
El simple hecho de pensar en lo que hubiera pasado con ellos, por aquel ínfimo escándalo (uno más a la lista), provocaba que Roy se crispara. Eran casi contadas las veces en las que él regañaba a Riza. Mínimas. Dado que ella era la que ponía los muros y las paredes. Ella trazaba las líneas y dictaba las reglas. No él.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó, expresando aquella curiosidad que lo estaba matando. Quizás no estaba enojado con ella, en realidad no podría estarlo nunca. Pero le enfurecían las razones, las circunstancias, las causas que empujaron a su teniente a perder el control—. Fue una estupidez de tu parte, Riza.
El modo en el que se dirigió a ella, hizo que la francotiradora levantara su rostro enfrentando al de su superior. Su expresión decidida.
—Aceptaré cualquier castigo que se me imponga, General. —Su solemnidad impregnada en cada palabra. Para Roy, que no esperaba aquella respuesta, se le antojo amargamente gracioso. La contempló ahí parada. Con su ridículo pijama de flores y su postura recta y disciplinada. Su cabello rubio y corto, algo despeinado. Se regodeó un poco en aquella imagen. Era difícil separar las cosas.
—No recibirá un castigo, Teniente. —Era difícil separar los sentimientos del trabajo, el deseo de la obligación, y el deber del placer si se mantenía la guardia baja. La primera regla de un soldado en campo de batalla era nunca bajar la guardia—. Solo le pido que me diga porque actuó así.
—Se lo explicaré mañana, señor —contestó velozmente. Lisa la llamaba. Podía escucharla a través de la puerta de madera en la que casi estaba recargada. Se había olvidado de ella.
—Teniente, no me haga que se lo ordene —advirtió Roy, perplejo por el cambio de actitud de Riza, en ese instante se le veía inquieta.
—General, hoy no podrá ser. Es tarde y no deberían de encontrarnos así.
Por un momento le pareció ver súplica en los ojos de Hawkeye. Al parecer tenía más entre manos de lo que él sospechaba. Pero decidió ceder, podría esperar otro día.
—Está bien, Teniente. Mañana sin falta.
—Así será, General.
Se esperó solo lo necesario para ver como Roy se perdía entre las sombras, escalera abajo, para volver a entrar a su apartamento, teniendo un huracán de rizos rubios como primera plana en su visión.
—¿Con quién hablabas? —inquirió, demandante. Estaba de pie, con una bata y su semblante casi ofendido —. Era un hombre, lo escuché, ¿quién era?
Riza trató de contar hasta diez. Cien. Mil.
—En primer lugar Lisa, dejemos en claro que nada de eso es de tu incumbencia —atajó, dirigiéndose a la cocina, sin voltear ni un segundo a ver a su prima.
—Me incumbe si atrasa mi cena —alegó, sentándose en una de las dos sillas que tenía la pequeña mesa que había en la cocina. Los ojos rojos de Lisa inspeccionando cada lugar de la estancia.
Riza colocó un plato frente a su prima.
—Podrías haber comido sin mí. —Le dijo, sirviendo en unas tazas el té que había preparado con anterioridad.
—Tengo modales. —Se limitó a responder Lisa, antes de dar un sorbo a su té.
Riza tomó asiento en la silla libre. Empezaron a comer en silencio, era raro tener compañía.
—¿Era tu novio?
El tenedor de Riza se detuvo a medio camino. Sus ojos un poco abiertos por lo repentino de la pregunta.
—No.
—¿No tienes novio?
—No. Con un trabajo como el mío apenas sobra tiempo para eso.
—Grumman me ha dicho que debería de casarme. Y apenas lo conozco.
—No me sorprende.
—¿Hablas con él?
—Casi nunca.
Aquella conversación parecía más un interrogatorio, aunque Riza no se sentía incómoda. Suponía que era normal la curiosidad de saber más acerca de la persona con la que estarás bajo el mismo techo diez días.
—Siento lo de tu maleta. —Se disculpó Riza.
—Descuida. —Lisa hizo un ademán con la mano como restándole importancia, se levantó con su plato vacío en la mano y lo depositó en el lavaplatos.
—¿Eres de Amestris? —Era el turno de Riza de hacer las preguntas. En realidad, tenía demasiadas y no estaba segura de querer saber las respuestas.
—No. Nací en Xing. —La sorpresa se pintó en el rostro de la estoica teniente. Aquella información no cuadraba con sus conjeturas.
—Tus ojos… —susurró, casi como si fuera un tabú. No quería sonar grosera. Soñaba con ese tipo de ojos casi todas las noches, aparecían entre sus pesadillas y no era que les tuviera miedo, el miedo era el que se tenía a si misma. De igual manera los Ishvalanos eran sensibles a ese tema. Sus ojos fueron el distintivo que hacía que los militares supieran a quienes matar en los tiempos de guerra.
Esa observación hizo que todo el cuerpo de Lisa se pusiera en alerta. Se volvió hacia ella, vajilla ya lavada y con una mirada fría le respondió.
—Es tarde. Buenas noches, Riza.
Y dicho aquello Lisa se desapareció rápidamente dentro de su dormitorio. Justo como Riza se esperaba que reaccionara. Pero su prima no podía ser de Ishval, ella había nacido en Xing. Al menos que le hubiese mentido.
Terminó de juntar la mesa y se dispuso a dormir. Tendría que investigar más acerca de ella, tenía la extraña sensación de estar viviendo con el enemigo.
—¡Teniente Hawkeye, buenos días! —Era Fuery. El joven sargento siempre llegaba temprano, al igual que ella. Havoc y Breda solían retrasarse unos minutos más, mientras que su superior, bueno esa era historia aparte.
—Buen día, Sargento —respondió Riza, sentada ya en su escritorio, repartiendo los papeles en pilas iguales para el trabajo de esa mañana.
—¡Hawkeye! ¡Cuánto me alegra que hayas regresado! —exclamó Havoc al verla. Detrás de él, estaba Breda con su chaqueta sin abrochar y un paquete de lo que sería su almuerzo en las manos. Saludó de una manera menos efusiva a la militar.
—Solo fue un día Teniente Havoc, como siempre. —Dio una cabezada en dirección de Breda para saludarlo mientras se levantaba y depositaba los montones de papeles en los diferentes escritorios.
—Si, pero que día. El jefe nos hizo trabajar como nunca. —Riza enarcó una ceja incrédula ante la queja de su compañero.
—¿Eso hizo? —preguntó algo sorprendida, aunque complacida. Nada era mejor que trabajar como debe de ser.
—Si, Teniente. Al parecer el General se veía preocupado por algo y no dejamos de trabajar en toda la tarde —constató Fuery, que empezaba a ordenar su papeleo en orden de importancia.
—Más bien, creo que le dio una crisis. Estaba como histérico —reflexionó Breda, acomodando su bolsa de almuerzo en un cajón de su escritorio. Ahí estaría fresco y lejos de bestias infernales (Black Hayate) que pudieran acercarse. Aunque el perro de la Teniente gracias al cielo, no había ido ese día.
—Ni cuando tiene citas trabaja tanto como ayer. Incluso creo que salió más tarde que todos nosotros —habló Havoc, con su habitual cigarrillo apagado bailando entre sus labios.
—Vaya… —murmuró Riza volviéndose hacia su escritorio. Podía intuir el porque Roy había hecho el trabajo de toda la semana, ayer. Y también podía deducir que sus compañeros querían saber la razón, de ahí tanta queja. Trató de quitarle importancia al asunto. Primero debía de hablar con él y luego verían lo demás.
—Bueno, ya era hora de que el General se pusiera a trabajar —dijo, dando por finalizado el tema.
Y así fue.
Una hora más tarde Roy había hecho acto de presencia, saludó secamente antes de sentarse en su escritorio y trabajar. Ni una palabra, ni una sola mirada hacia los demás. Estuvo absorto en su trabajo a excepción de una salida que hizo a un lugar que no revelo. Para el almuerzo había regresado, y cuando entró a la oficina se encontró solo con su teniente en su escritorio. El resto ya había salido a comer.
—Teniente, no era necesario que me esperara. —Le dijo mientras dejaba unas carpetas con papeles sobre su propio escritorio.
—Creo recordarle que le debo una explicación, General.
—Cierto —contestó Roy, parado frente a ella, la cual se levantó de su asiento para poder hablar.
—Sus subordinados se estuvieron quejando sobre usted… por lo de ayer. Casi lo denuncian de explotación —comenzó Riza, con su habitual tono sarcástico que la caracterizaba. Roy hizo un mohín algo molesto.
—Debería de ponerlos a trabajar así todos los días.
—Podría, si quiere escuchar lloriqueos a diario…
—Dejémoslo así —cortó Roy no muy contento ante la imagen de sus hombres quejándose como nenazas del trabajo de oficina. En parte los comprendía, ellos no estaban hechos para estar detrás de un escritorio, con una pluma de arma y papeles de enemigos—. ¿Y bien? Espero una explicación convincente Teniente, no por nada nos jugamos la vida ayer.
Riza exhaló lentamente antes de comenzar. Su expresión seria y concentrada.
—Se que no actué bien. Debí pensar mejor las cosas. Disparé porque sentí que no había más remedio. —Riza se sentía tan mal admitiendo eso. Ella tomaba las armas como algo de cuidado, algo con lo que no se debía de jugar. Sus pistolas eran para proteger, no para atacar. No para solucionar los problemas—. Una mujer que resultó ser mi prima, llegó la mañana de ayer a mi apartamento, traía una carta escrita por el Führer Grumman, ahí decía que tenía que quedarse conmigo a vivir. Yo jamás la había visto o escuchado sobre ella. Era sospechoso. Así que la traje al Cuartel para hablar con el Führer y aclarar este asunto, pero no se encontraba. Su secretaria me dijo que tardaría al menos diez días en el este. Lisa me empezó a insultar y yo estaba furiosa. —Riza hizo una pausa, en realidad se estaba empezando a desahogar con Mustang. No es que hiciera eso. Generalmente ella no necesitaba exteriorizar sus problemas, pero le daba algo de confianza verlo ahí recargado en su escritorio, con los brazos cruzados y atento a cada palabra de ella—. Apenas me di cuenta de lo que había hecho cuando supe que le había disparado a una de las maletas de Lisa. Y creo que fue una suerte General, que en ese preciso momento no me hayan arrestado. La secretaria estaba tan asustada que no reaccionaba.
—La secretaria de Grumman casi se desmaya cuando fui a investigar y me contó todo. —admitió Roy, en parte sabía como había estado el asunto, pero seguía sin saber la identidad de la misteriosa chica que acompañaba a Riza, con la que la vio discutir y más tarde la que gritaba cuando disparó, según la nerviosa recepcionista. Ahora lo sabía.
—Usted ya lo sabía… —musitó Riza, sin dejar de ver a su superior quién sonreía arrogantemente.
—Uno hace su trabajo, Teniente. De hecho, la salida que hice era para arreglar ese asunto, hemos puesto en el informe que el disparo fue del campo de tiro, algo alejado, pero con un rifle defectuoso se puede cubrir el escándalo. No saldrá nada de estas cuatro paredes —contestó, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón militar y sacando de uno de ellos su reloj de alquimista—. Tenemos tiempo para almorzar aún —susurró, guardando su reloj de nuevo. Se pasó una mano por su cabellera azabache, enderezándose para salir de la oficina.
—Dígame, ¿su prima está viviendo con usted?
—Lamentablemente, señor.
—No se lleva bien con ella… —Dando en el clavo, Roy pudo ver como la francotiradora asentía lentamente con la cabeza. Cada vez entendía más el comportamiento de Hawkeye—. Anoche estaba ahí ella ¿no? Por eso me corrió…
—Yo no lo corrí, señor. Solo le pedí que se retirara. —El tono de voz duro, como el que utilizaba siempre que el general quería hacerse la victima.
—Es lo mismo. Usted me corrió. ¿Se avergüenza de mí, Teniente? —Roy se acercó a ella, hasta dejar su rostro a un palmo del de Riza, su sonrisa se volvió más ancha al ver la expresión de amenaza en la mujer. Ceño fruncido, su boca una línea y sus ojos ámbar refulgentes.
—No diga tonterías —manifestó tratando de alejarse de él. Si alguien los veía así, no, no podían. Su cerebro la traicionó cuando su vista se posó de nuevo en su superior, su rostro atractivo, el lacio y rebelde cabello negro cayéndole en la frente, sus orbes negras, su sonrisa presuntuosa, su nariz recta. A veces Riza podía jurar que detrás de aquel hombre aún podía vislumbrar al que fue una vez el aprendiz de su padre. Ese niño de solo dieciséis años con un gran sueño y poco terreno ganado. Ese del que ella siendo una niña había sentido admiración, la cual creció con los años, la cual luego dio paso a algo más profundo.
Roy iba a protestar cuando se vio interrumpido por un oficial que abrió la puerta. El General se separó de Riza como si le hubiera quemado, y eso que él era el que controlaba el asunto del fuego, y se volvió a recargar en su escritorio, casualmente. Riza hizo lo propio.
—Disculpe, General Mustang. Pero una mujer lo busca. —Se excusó el oficial, el cual reconocieron como uno de los guardias de la puerta principal.
—Yo no recibo visitas personales en el Cuartel. Lo saben. —contestó de mala gana Roy, cruzándose de nuevo de brazos. ¿Una mujer? ¿Jenny? ¿Kelly? ¿Gina? ¿Denisse? ¿Esa chica de la pastelería con el nombre extraño? Dejó de pensar cuando sintió la mirada fulminante de Riza en la nuca.
—Lo sabemos General, pero insistió mucho. Dijo que venía de parte del Führer.
Roy suspiró cansado. Lo que se inventaban. Y lo que se creían estos ingenuos de los guardias.
—Está bien. Déjela pasar.
El oficial se hizo un lado para darle espacio a la visitante.
—Un placer, General Mustang. Lisa Grumman. —Se presentó la susodicha, que había entrado a la oficina sin haber reparado en Riza, la francotiradora al ver a su prima sintió impulsos agresivos. ¿Qué hacía ella ahí? Dio unos pasos adelante para posicionarse al lado de Roy. Este no dejaba de ver a su prima, en aparentemente estado de shock.
—Oh… Riza. No sabía que trabajabas para el General Mustang —comentó Lisa al ver a Riza junto al hombre. Sinceramente era una sorpresa para ambas. Una muy indeseada.
—Se puede retirar, oficial —ordenó Roy, recuperando el habla. El guardia realizó el saludó militar antes de cerrar la puerta e irse—. El placer es mío, Señorita Grumman. —respondió dirigiéndose a la prima de su teniente.
Apenas unos rasgos compartían. Para Roy era evidente, conociendo bien a Riza, pero para el ojo inexperto ni siquiera hubiera sospechado que aquellas dos mujeres eran familia. Lo que más imponía de Lisa era su porte, era más alta que Riza, y su cabello era más oscuro, largo y rizado, el cual llevaba suelto. Su ropa estilizaba más su figura, y los tacones le añadían finura. Era guapa, bastante. Pero cuando Roy reparó en los ojos de ella, la respiración se le cortó. Bien, si él creía que entendía muchas cosas, ahora no entendía nada de nada.
—Así es, Lisa. Pensé que el Führer te lo había comentado —habló Riza cortando el ambiente tenso. Sabía lo que Roy estaba pensando, su cuerpo estaba rígido. ¿Por qué no se le ocurrió que Lisa iría al cuartel? En realidad, le había creído cuando en la mañana le dijo que conocería la ciudad y daría un par de vueltas. Jamás sospechó que vendría de caza a ver a su superior. Lisa sonrió antes de responder.
—Grumman me contó muchas cosas, entre ellas del General Mustang —argumentó, dirigiéndose esta vez al militar—. Por favor, llámame Lisa, no van conmigo los títulos.
El alquimista asintió, omitiendo los fúnebres pensamientos de unos instantes, estaba más divertido de lo que debería si estimaba su integridad. Solo pocas cosas hacían que Riza tuviera esa cara de mil demonios, como en ese momento.
—Entonces, Roy para ti estará bien ¿no? —habló el General de Brigada, sonriéndole a la nueva visita.
—Por supuesto —dijo Lisa, coquetería incluida—. Mi abuelo me ha hablado tanto sobre ti, que no dudé en venir a conocerte.
—Ahh… Espero que no te haya contado cosas malas de mí. —*Roy Mustang modo ligador*
—Al contrario.
Sonrisitas de parte de ambos. ¿Qué demonios pasaba? Riza consideraba que su salario no era lo suficiente para soportar este tipo de espectáculos en su hora de almuerzo.
—General, permiso para retirarme. —Su voz severa. Su garganta seca. Su expresión indescifrable.
Roy se giró a verla. Si no fuera porque creía saber que su teniente no sentía aquello, podría jurar que Riza estaba más incomoda de lo que debería.
—Claro, Teniente. —Le concedió, viendo como ella salía de la oficina, sin despedirse, exceptuando por el saludo militar que efectuó estando ya en la puerta.
—¿Conoces algún buen lugar en el que se pueda comer por aquí? —preguntó Lisa en tono provocativo, ignorando la falta de cortesía de Riza como si no hubiera existido.
—Mi coche está abajo. Espero que no te importe bajar unas cuantas escaleras.
—Para nada.
La frase inicial fue tomada de la canción "Take me out" de Franz Ferdinand, de donde también me inspiré para tomar el título, que significa "mirilla o retículo de puntería" son las líneas dibujas en la mira de un rifle para apuntar al objetivo.
