—KIIIIIIND! —grita de nuevo saliendo del cuarto de Hungría hacia las escaleras. No esperes que los demás lleguen pronto. Romita está escondido agazapado al acecho.
Alemania se detiene en el pasillo, pensando. Estaba con Roma, estaba con Roma en el garaje. Un segundo le estaba besando y al segundo siguiente estaba este niño. Era... Absurdo. Absurdo por decir lo menos, pero todo aparentaba que o Roma seguía en el garaje o... Este niño que hablaba latín ERA Roma. Roma de niño. Eso era... COMPLETAMENTE absurdo.
—ROOOOOOM!
Romita le mira escondido siguiendo todos sus movimientos.
—Ego.. Sum... Io... Amico —mezcla pésima entre italiano y latín.
El chiquillo entrecierra los ojos, aun agazapado, porque sabe que es grande y fuerte y no le ha explicado qué hace ahí ni por qué, así que no se fía del todo... El plan original es quedarse escondido hasta que el gigante rubio del norte se duerma y apuñalarle para que ni se atreva a volver a ir a buscarle tras huir.
La muy corta imaginación del alemán lo lleva a decidir bajar las escaleras y poner música en la sala del piano, preparar un poco de comida y esperar a que venga, como si estuviera cazando un venado.
Roma se relame los labios esperando a ver que más hace y en cuando ve que se marcha saca un poco la cabeza mira todo alrededor un poco por si se esconde en otro sitio. Si espera a que se duerma nunca sabrá por qué ha ido a buscarle ni qué quiere... busca otro sitio más cerca de donde ha ido y empieza a oír la música, escondiéndose de nuevo.
Debe escuchar música clásica, lo que sea que tenga puesto Austria en el reproductor de discos. Alemania se pasea por el garaje gritando un poco "Roma, Roma" notando el resto de la ropa en el suelo, tomándola genuinamente extrañado.
Romita parpadea escuchando la música un poco, que le gusta, claro. Sale lentamente, buscando todo el tiempo alguna presencia o movimiento y un lugar donde esconderse.
Alemania prepara un pan con nutella y un vaso con leche y se sienta a esperar a ver si el chiquillo vuelve, cerciorándose de que la puerta de entrada aún está cerrada y que las ventanas lo están también.
Al ver que no hay nadie en el comedor, de donde viene la música, entra poco a poco mirando alrededor para saber dónde está el hombre Doislan tocando.
El alemán, que se ha sentado en el cuarto del piano esperando que baje el chiquillo, levanta las cejas al ver una sombra bajar por las escaleras. Se levanta con sigilo siguiéndole.
Mete la cabecita con cuidado, con la boca abierta. Alemania le observa con cuidando notando la ropa, el puñal y el pelo... Con los dos rulitos exactos. Era absurdo que fuera Roma, esas cosas sólo pasaban en las idiotas películas americanas.
El romano se mete dentro sin notarle, mirando alrededor con los ojos muy abiertos igual, con las manitas encogiditas.
Alemania le sigue de cerca entrando tras el preguntándose cómo funcionan los niños. NUNCA ha tenido uno a su cargo... Pero deben funcionar como los perros. Le había asustado y le había "mordido", ahora tenía que ganarse otra vez su confianza. Hace una búsqueda rápida en el teléfono.
El niño se acerca al lugar de donde oye que viene la música, subiéndose al subufer escalando por el mueble.
—Vos... Música? —pregunta con la voz más suave que tiene a lo que Roma se mete un susto de muerte y se cae del mueble. Alemania aprieta los ojos lamentándose mientas se acerca al chico dando dos zancadas—. ¿Estás bien? ¿Te has lastimado?
Se plancha un poco contra el mueble mirándole con sus ojazos ámbar súper abiertos y toda su carita llena de pecas del sol que no tendrá de grande.
—Non abbiate paura —decide seguir en italiano, que es no tengas miedo...— Io il tuo amico —Alemania ha hablado más italiano últimamente que nunca.
—No te entiendo —susurra porque está muy nervioso y no es exactamente lo mismo.
—Io —se señala y luego se señala el brazo ensangrentado—, no lastimar, dolor... Nein... Yo bueno contigo. ¿Tu... —inclina la cabeza—. Roma?
Mira el brazo ensangrentado y se muerde el labio sin saber del todo si le dice que él se lo hará en venganza.
—¡Si tú me haces daño yo te haré otro!
Alemania levanta las manos y niega con la cabeza.
—No... Daño io.
Roma entrecierra los ojos pero se calma un poquito.
—¿Tu hambre? —gesto de comida.
Pero el niño niega porque se ha comido antes tres wurts.
—Música, ¿te gusta? —se lleva una mano al oído.
Romita desvía la mirada escuchando y le mira otra vez. Alemania hace un GRAN esfuerzo por sonreír y consigue sacarle un pucherito con eso.
—¿Qué pasa? Nein, Nein... No llores, bitte —se sienta en el suelo.
—No lloro —frunce el ceño porque solo le ha asustado un poquito la cara rara.
—¿Eres... Roma?
Asiente
—Mein gott un himmel! ¡¿Pero cómo paso eso!? —una mano a la frente—. ¡Eres pequeño! ¡El... Imperio romano de niño!
Roma parpadea mirándole sin entender lo que dice en absoluto.
—Nein, perdona... Es —bufa y levanta las cejas —, ¿conoces a Germania?
—¿Por qué estoy aquí? ¿Qué quieres de mí? Déjame marchar a mi casa, tengo parientes en el norte...
—Esta es... Mi casa. Yo... —sonrojo—, novio de tu pariente del norte.
Roma parpadea porque se lo ha inventado para que no le hiciera daño, exacta excusa de los italianos. Alemania carraspea.
—Amicos? —pregunta extendiéndole una mano para que se la tome.
Roma la mira y no sabe qué hacer con ella.
—Tu mano —se acerca un poquito y la señala.
El pequeño la levanta mirándosela. Alemania se la toma y tira un poquito de ella, levantándole del suelo hasta ponerle de pie, a lo que se tensa dando un respingo haciendo fuerza.
—Tranquilo, tranquilo. No voy a lastimarte —asegura—, ven, voy a lavarme el brazo.
Romita parpadea sin entender, pero el tono le tranquiliza. El mayor da unos pasitos y se gira a ver si el niño le sigue. Este le mira sin entender nada, porque ahora se va... un segundo más tarde corre detrás.
—¿A dónde vas? ¡No te vayas! ¡Llévame! Yo no sé qué es este sitio, ¿porque me dejas solo todo el tiempo?
El alemán sonríe muy levemente al ver que ya está como antes.
—No te dejo —asegura caminando hasta la cocina.
—¿Por qué me has traído aquí? No entiendo nada, hay muchas cosas que no había visto nunca y creo que hay un señor pequeñito escondido en esa cosa negra haciendo música dentro, ¿dónde viven los señores pequeñitos? ¿Has estado? ¿Es un lugar muy lejos? ¿Hace mucho frío? Dicen que en el norte hace mucho frío, pero no me da miedo porque en mi casa tengo una piel de lobo que es muy mullida y cuando sea grande para llevar un caballo el tiempo suficiente iré yo mismo y quizás me haré amigo de un señor pequeñito y me lo llevaré a mi casa para que haga música también.
Alemania entiende la mitad, porque habla mucho y muy rápido.
—Estas en el norte, en la casa de Germania. Mi casa —explica en italiano latinoso, lentamente.
—¿Esto es el norte? —se queda quieto abriendo los ojos como platos. Entonces mira alrededor con más atención.
—Ja —asegura asintiendo, abriendo la puerta de la cocina y haciendo un gesto para que entre pensando... Que debe haber bebido un MONTÓN de cerveza para estar soñando esto.
—IIIIIH! —chilla emocionado y se echa a correr por toda la cocina para verlo todo... el terremoto.
—Mein gott! No no... Eso no lo... ¡No! Siéntate aquí... Espera, neeeein, eso tampoco lo... No abras ahí. ¡No saques eso! —protesta un poco yendo tras él todo el rato.
Sigue corriendo sin hacerle ningún caso al alemán hasta que sale al jardín y se topa con el perro, que es de la misma altura que él… y que le lame la cara... Sí, huele a lo mismo que hace rato, sólo es más pequeño.
Roma vacila un segundo y se muere de risa abrazando y acariciando al perro, cayéndose de culo.
—Ihhh! Nein, Nein... El perro mue... —se queda mirándoles un poco frustrado al ver que ooootra vez el perro no tiene ningún miramiento con el romano. De verdad... Es el romano. Alemania se da unas palmaditas en la mejilla.
—Aaaah! ¡Súbeme en su lomo! ¡Súbeme en su lomo! —pide Roma corriendo hasta Alemania, saltando.
El perro menea la cola y ladra un poco, visiblemente contento. Alemania vacila. Roma se vuelve al perro y le toma del cuello.
—Estírate en el suelo, chico, venga! —le pide riéndose.
—Pero... Pero... —mira al perro, mira al niño, piensa que es buena manera de ganárselo. Suspira y toma a Roma de debajo de los brazos, mientras el perro da saltitos a su alrededor.
Romita levanta sus piernecitas desnudas y estira las manitas hacia el perro que no entiende que hacen pero Alemania le da instrucciones en alemán y consigue que se eche en el suelo.
—Agárrate fuerte —advierte al niño... Como si le estuviera escuchando. Lo pone encima del perro... Romita se agarra del collar y espolea al perro para que corra.
En cuanto lo espolea, el perro se levanta y sale corriendo, CORRIENDO al jardín. El romano se agacha sonriendo con los dientes apretados porque no es la primera vez que hace esto haciéndole recorrer todo el jardín.
Alemania sufre, llevándose las manos al pelo (y dándose cuenta de que esta todo despeinado) mientras el perro sorprendentemente no corre desbocado, sino da varias vueltas por el jardín.
Luego Roma le hace entrar a la casa pasando por al lado de Alemania porque quiere verlo todo.
—Nein Nein Nein Nein... Stoppen! En la casa no! —grita Alemania siguiéndoles.
El perro entra a la cocina, tira una silla, da un salto, voltea la mesa, sale de la cocina, corre por la sala, pone las patas sucias en el sillón, da un salto, pone las patas sucias en el taburete... Y Roma se muere de la risa dirigiéndole.
—NEEEEIN! Nein! La cocina... La si... No! La mesa! —intenta levantarla y nota que están ahora corriendo en el pasillo—. Neeeeein! Mi sala de cuero bla... IHHHHHH! El piano! No el piano no!
Creo que derrapa sobre el piano antes de saltar de nuevo al suelo riéndose como loco. Alemania tiene tres infartos, mirando al piano.
—PAREN! Pareeeen!
Roma trata de espolear al perro escaleras arriba, pero el perro tiene muy arraigado en su consciencia que NO se puede subir. Gracias al cielo, perro mío, vas a sufrir seguramente si es que Austria no te manda sacrificar.
Lo siento, pero sí.
En una de las pasadas a su lado, Alemania detiene al perro del collar, quien con toda su fuerza le tira, pero... Bueno, Alemania no es debilucho y el collar es de esos que ahorcan, así que hombre, perro y niño terminan tirados en el suelo.
Roma se revuelca de la risa y de la adrenalina por encima de Alemania, quien no puede evitar reírse un poquitín, contagiado con la risa del romano, abrazando aún al perro y al niño.
En cuanto deja de reírse un poco, aun respirando con dificultad, el pequeño se sienta sobre su pecho.
—Österreich va a matarnos —asegura mirándole más divertido de lo que se atrevería a confesar.
—No te entiendo —niega con la cabeza aun sonriendo—. Pero ahora me gustas mucho, eres muy divertido y tu perro también, ¿cómo se llama?
—Alger —responde resoplando, levantando la mano y mirándose el antebrazo que tiene aún herido y del que le ha salido suficiente sangre como para manchar su camisa.
—Alguer! ¡Ven, muchacho! ¡Toma! ¿Quién es un buen perro? ¿Quién es un buen perro? —llama al perro y se gira a Alemania—. Tienes que darle un premio y así sabrá que ha hecho bien.
—No ha hecho bien, van a obligarme a matarle después de esto —se lamenta acariciándole un poco la cabeza al animal.
—Quid? Quién? Por qué? —se abraza al perro.
—Österreich. El piano —lo señala sonriendo un poco hacia el niño, levantando la mano e instintivamente dándole un par de palmadas en la mejilla... Muestra de afecto germánico, porque así hacían Austria y Prusia cuando era pequeño.
Roma parpadea un poco con las palmadas, pero entiende el gesto, aunque pone carita triste porque es un drama que maten al perro
—Pero no, Alguer es bueno, dile a Austerrich que no le mate!
—Trataremos de que no... Va a matarme a mí también en realidad —admite "sonriendo" un poco. Romita levanta las cejas, suelta al perro y abraza a Alemania del cuello.
—¡Yo no quiero que te mateee! —el drama latino.
Alemania levanta las cejas también con este gesto, vacilando un poco sin saber qué hacer. Le toma unos segundos abrazarle de la cintura. El pequeño le da un beso en la mejilla y moquea un poco el exagerado.
—N-No va a matarme en serio —asegura sonrojándose un poquito
—Non? —le mira a los ojos preocupado.
—Nein. Va a enfadarse y querrá matarme pero no va a matar a nadie, ni a mí, ni a Alger —asegura extrañamente conmovido con el niño, que se sorbe los mocos.
—¿Me has dicho una mentira para asustarme?
—Nein, he... Exagerado porque me he asustado —le limpia la cara con la mano.
—Y querías asustarme a mí también.
—Non —niega con la cabeza por aluna razón que desconoce, preocupado de que el chico se enfade con él.
—Bueno, entonces sí me quieres —decide—. ¿Me das un beso para que no me asuste?
—¡¿Eh?! —levanta las cejas
—Un beso —sonríe inocente—. Yo te di uno, se hace así —se acerca y le da un beso en la mejilla otra vez. Alemania se sonroja de nuevo.
—Un beso...
El chiquillo sonríe y pone su mejilla. No es el primer latino que le hace eso... Así que suspira, se acerca y le da un besito en la mejilla, con suavidad.
En el último momento, Romita se sonroja pero se gira para que se lo dé en los labios... y luego se ríe llevándose las manos a la boca.
—Heeey! —protesta un poco Alemania sonrojándose más—. ¡Te giraste!
—¡Me diste un beso de amoor! —canta.
—No! ¡Eres un niño! —alega serio sonriendo un poquito de lado.
—¡Pero me amas ahora porque me has dado un beso!
—Neeein! ¡Eres pequeño!
—¿Y qué?
—¡Y eres Roma! —le mira a los ojos y vuelve a darle un par de palmadas en la mejilla
—¿Y qué? —no está aún muy seguro de las palmadas.
Alemania le acaricia la mejilla suavemente más o menos como si fuera perro, pero se la acaricia, rascándole un poco, Roma sonríe y se mueve un poco riéndose por que le hace cosquillas.
—Cuando era de tu tamaño...
Le hace más de esas cosquillas ahora abajo de la mandíbula. Roma levanta los hombros y las manitas para detenerle riéndose más, echándose para atrás.
Alemania se ríe un poco. El moreno levanta las cejas al verle reír y sonríe pero el rubio le hace otra vez, intentando que se ría más.
—Aaah! —chilla y suelta una carcajada, casi no hace falta que le toque en realidad solo con que le acerque las manos con posición, ya vale.
Alemania se ríe un poco más, suavemente, muy parecido a Germania en realidad a quien, en realidad, Roma no conoce aún.
El alemán separa la mano del cuello del niño mirándole y esperando a que se calme antes de volver a acercársela otra vez, sonriendo malignillo.
Y ya con solo eso se muere de la risa haciéndose bolita y tirándosele encima para esconderse.
Alemania se ríe un poco más, que es MUCHO más que de costumbre, dándole unas palmaditas suaves en la espalda, con lo que Romita se calma un poco.
—Me haces gracia —confiesa el adulto, cayendo en la cuenta de ello.
—Ah, porque me quieres —tan orgulloso.
—¿Quieres que te quiera? —le mira de reojo.
Asiente.
—Lo hago entonces —murmura seriecito como siempre, dándole otras palmaditas en la espalda.
Sonríe y ahora es él quien le da un beso en los labios. Sonrojadito.
—Nein, Nein... Beso en los labios no —protesta y le pone un dedo en la boca.
Roma parpadea y se echa un poco atrás.
—Aquí —se señala la mejilla.
—¿Por qué?
—Porque... Nein. Eres pequeño.
—Pero tú me quieres.
Alemania carraspea un poquito.
—Ja.
—Entonces da igual, en mi casa los que se quieren se dan besos así en la boca —saca la lengua y hace un gesto con ella.
—Ehhh... Ja, pero mejor dame besos aquí. Si tú me das uno, yo te doy uno... Aquí —le señala la mejilla.
—Pero yo lo quiero aquí —se señala la boca sonriendo. Alemania se sonroja otra vez porque Roma es Roma desde que tenía este tamaño.
—Nein, aquí —mejilla. El pequeño niega y se ríe.
—¡Te da vergüenza!
—¡Nooo! —chilla de esa manera acusatoria, así que el romano se ríe más—. ¡No me da vergüenza! ¡Es que eres un kind!
—No tengas vergüenza, eres muy guapo —responde sin hacerle caso, riéndose y poniéndole las manos en las mejillas.
—No soy guapo —asegura negando por negar mirándole a los ojos.
—Sí que lo eres —asegura sinceramente.
—Tú eres un niño pequeño que debería estar jugando.
—¿Por qué?
—Porque eso hacen los niños pequeños, jugar.
—¿Por qué?
—Porque les... Gusta
—¿Por qué? —sonríe ampliamente. Alemania entrecierra los ojos.
—Porque es divertido.
—¿Por queeé? —canturrea.
—Ehhh... Porque así funciona.
—¿Por qué? —inclina la cabeza y empieza a pasarle las manitas por la camisa, mirando la ropa.
—¡Pues porque son niños! —el tono un poco más irritado. Roma se ríe.
—¿Por qué?
—¿Por qué son niños? ¡Porque aún no crecen!
—¿Por qué? —sigue muerto de risa
—Pues así funciona, ¡porque el mundo es así! —frunce el ceño.
—¿Y por queeeeé?
—¡No lo sé! —le pica un poquito el pecho, exasperado. Roma se ríe más fuerte.
—¿Y por qué no lo sabes?
—Aghhh! Kind! —protesta dándole un golpecito en la frente con la mano abierta.
Roma se cae de culo muerto de risa y Alemania levanta las cejas sonriendo un poco sin notarlo, contagiado con la risa.
—¿Estás bien?
En cuanto se calma un poco vuelve a sentársele encima sonriendo y asiente.
—¿Ahora me vas a enseñar el norte? ¡Tengo muchas ganas de verlo! Dicen que hay nieve todo el tiempo como se ve en las montañas y que está muy fría... y luego puedes venir conmigo a mi casa y te enseñaré las cosas que tengo.
—Ven, vamos a que me limpie esto y a que tomes leche y pan con Nutella —empieza a levantarse—. Y te enseñaré el norte si quieres, ahora no hay nieve porque es verano... Conozco tu casa, puedo enseñarte algunas cosas de ella ahora.
—¿Has estado en mi casa? ¿Y por qué no has venido a verme? —se le sale de encima para que pueda levantarse—. Helena siempre viene a verme y ella siempre me enseña cosas y es la más bonita ¡y cuando sea más grande voy a llevarla a vivir conmigo para que me enseñe cosas todo el tiempo!
—Helena —repite, levanta las cejas y le mira de reojo pensando en el futuro trágico y a la vez completamente fascinante que tendrá todo eso—. Sígueme.
Corre a su lado sonriente.
—¿La conoces? Es muy lista y siempre me dice "ve a poco a poco, Romí" porque yo siempre corro por todas partes, pero ella canta muy bien y siempre me explica cosas, ¿tú sabes ma...mathicacas?
—¿Cómo puedes ser tan pequeño? ¿Habrás vuelto repentinamente en una época diferente? —se pregunta a su mismo en voz alta en alemán luego le mira de reojo y mira el pan y la leche que puso en ese cuarto para atraerle, en el mueble de entrada. Los toma y le mira de reojo de nuevo, escuchándole—. ¿Mathicacas?
—¡Sí, son cosas para contar!
—Ah! Mathematik. Ja —asiente entrando de nuevo a la cocina notando el desastre...
—Ala! ¡Está todo roto y desordenado! —exclama al verlo también como si no supiera como ha pasado—. Pues ella siempre me las explica y dibujamos, a mí me gusta mucho dibujar, ¿a ti te gusta dibujar? —abre los cajones y escala por ellos hasta el mármol.
—Ehhh... Nein, a Italien le gusta, yo no lo hago bien —le pone la leche y el pan enfrente—. Come —ordena yendo a poner la mesa en su lugar otra vez.
—¿Quién es Italien? Yo vivo en un lugar grande que se llama Península itálica, está al lado del mar —se sienta en el mármol y mueve los pies arriba y abajo sin tocar la comida.
—Italien es... Tu... Nieto —explica no muy seguro. Roma levanta las cejas, parpadea y se ríe—. ¿No quieres comer? Esto es bueno —señala la pasta café.
—Parece caca —niega con la cabeza. Alemania sonríe un poquito.
—No es caca —asegura tomando el pan y dándole una mordida—. Es chocolate. Huélelo.
—Chococaca —se muere de risa con el chiste idiota—. En mi casa la caca se la damos a las plantas y luego comemos los frutos.
—No es caca —insiste Alemania
—A lo mejor deberías venir a casa conmigo para que pruebes los frutos y así no comer esas cosas, tenemos manzanas y peras y higos y...
Alemania hace los ojos en blanco, se gira y camina hasta el frutero que está encima de la isla de la cocina. Hay más frutas que esas que lista el romano.
—¡Anda! ¡Si tú también tienes! ¡Pues no te comas la caca, hombre! ¡Que tiene bichitos y la gente se muere!
—¡No es caca! ¡Es marrón, pero no es caca! Huélela —se cruza de brazos
—No voy a oler la caca —se ríe y mira alrededor pone la mano sobre LA MÁS Y MEJOR Y MÁS SOFISTICADA cafetera del mercado—. ¿Qué es esto? ¿Para qué sirve? —toca con el dedo la lucecita roja que es un botón y la enciende.
—Una cafetera. Sirve para preparar un líquido que no has probado nunca —desde luego, la cafetera esta siempre preparada para hacer café en el instante que se requiera y todo aquel que beba café tiene la obligación moral de dejarla preparada para la siguiente vez que se prepare. Alemania... NO le des café.
—¿Qué liquido? ¿Y cómo funciona? —ahí va a morderla e intentar desmontarla.
—Nein, nein, nein... —le detiene las manitas—. Mira... Se le pone agua, ella la calienta y la echa por aquí —señala—, en donde están puestos los granos de café ya quemados y molidos. Son granos de una planta. Cuando pasa el agua caliente cae aquí con el sabor.
—Ooooh! —impresionado, poniéndose de rodillas—. ¿Y cómo la calienta? ¿Hay fuego dentro?
—Nein, hay un fierro que se calienta al rojo vivo y así calienta al agua —resume.
—¿Pero quién lo calienta? ¿Las brasas del fuego como el horno de la herrería? ¡En mi casa ponemos en agua en una olla y esta se pone sobre las brasas y así se calienta!
—Mmm... Cuando llueve —hace gestos con las manos—. Caen rayos. Yo tengo esos rayos guardados aquí —señala la pared—. Que de una manera complicada consiguen calentar el hierro.
—¿Tienes rayos guardados en la pared? —levanta las cejas impresionado mirándole y mirando la pared—. ¿Cómo? ¡Enséñame a cazar un rayo! —brinca un poco.
—En realidad no es un rayo de los que caen del cielo... Son rayos que nosotros hacemos.
—¿Sabes hacer rayos? —aún más impresionado.
—Es algo parecido —explica y señala hacia arriba—. Así hacemos que haya luz en el techo también.
—Pero... pero... Vulcano... pero...
—Es difícil, pero se puede —asegura dándole otra mordida al pan. Roma le salta encima abrazándole.
—¡Enseñameeeeeeeeeeeee! ¡Porfavorporfavorporfavooooor! ¡Haré lo que tú quieras! ¡Te daré más besos! ¡Me comeré la caca!
Alemania sonríe un poco levantando el pan para que no se lo tire encima.
—Doislan! Doislan por favor! ¡Por favor!
—Es difícil y no se hace aquí... No sé si vas a entenderlo.
—¿Dónde se hace? ¡Llévame! ¡Sí que voy a entenderlo! —pide y se impulsa en sus codos besándole en los labios otra vez para convencerle. Alemania levanta las cejas y se sonroja un poco, descolocado, el pequeño le mira a los ojos.
—Ehh... Te... Te llevaré, pero antes hay otras cosas que ver que van a gustarte.
—¿Cuáles?
—Para empezar, vas a tener que probar esto —insiste con el pan pensando que no hay NADIE a quien no le guste la nutella... Tiene que gustarle. Le acerca el pan a la boca.
—Ugh —se deja resbalar por la camisa, bajando.
—Has dicho que comerías esto y no es caca. Abre la boca.
Le mira nervioso y decide que... al final es algo nuevo y él no le tiene miedo a las cosas nuevas. Cierra los ojos y abre la boca.
Alemania sonríe triunfal metiéndole un trozo del pan a la boca y Roma muerde abriendo los ojos. El alemán le mira la cara.
—Eh... ul...ulge omo a iel eggo abe ifeggente —comenta levantando las cejas con la boca llena
—¿Eh? —pregunta Alemania alejándole el pan—. ¿Qué sabe diferente?
Asiente.
—¡No comas caca! ¡Nunca! ¡Ni la pruebes! —protesta—. ¡Esto NO es caca!
—¿Por qué?
—¡Porque es sucia! Tú me has dicho que es asquerosa —cara de desagrado—. Esto es comida. ¿Quieres más?
—¿Por qué es sucia? —escala de nuevo por él sentándose sobre sus hombros y negando, porque no tiene hambre.
—Tiene bacterias —se mete el resto del pan a la boca—. ¿Quieres ver fotografías? ¿La televisión? Los coches... Los coches seguro te gustan
—¿Qué son bacterias? ¿Qué son esas cosas?
—Bacterias son bichitos pequeñitos que te enferman —explica—, y coches son carros que se mueven sin caballos.
—¿Y con qué se mueven? —juega con su pelo otra vez.
—No me despeines. Se mueven... Solos. Ahora verás —sube las escaleras caminando hacia su despacho.
—¿Pero solos cómo? ¡Las cosas no se mueven solas!
—Usan algo que se llama combustible. Si te gustan te llevare abajo a que veas el motor de uno —asegura entrando a su despacho y prendiendo la luz. Va hacia la ventana desde la que se ve la calle
—¿Qué lugar es este? ¿Eso es una cosa... que cosa es? —señala a cualquier lado—. ¡No contestas mis preguntas!
—Este lugar es mi casa, en Berlín. Y esto es mi despacho, donde trabajo. Eso... No sé qué señalaste pero mira —señala en la calle a través del vidrio, un coche que pasa.
Se levanta un poco sobre los hombros para mirar y levanta las cejas apretándole el pelo con los puñitos, tirándole.
—Aaaay ay ay! —protesta apretando los ojos —. ¡Duele!
—¡Son! ¡Mira! ¡Que... COSAS! —chilla sin escucharle tirándole del pelo cuando el ferrari de Italia derrapa como siempre para aparcar abajo de la casa.
—Auuu... —le detiene de las manos y escucha el coche derrapar a pesar de los ojos cerrados, si bien que le conoce—. Ha llegado Italien.
—¿Quién es Italien? —se deja caer por su espalda y sale corriendo para ir a ver.
—Tu nie... ¡Espera, espera! —sale corriendo tras él.
No sé si Alemania va a lamentar que haya llegado o a agradecerlo, ¿tú que harías?
