2
Una idea brillante
—¡Alerta permanente, Potter! ¡Alerta!
—Bueno… aquí no pasa gran cosa…
—Siempre, Potter, siempre pasan cosas. Pero no todos logran verlas.
El ojo de Moody giraba hacia todas partes a gran velocidad. Harry lo miraba con un poco de temor. La familia Weasley se despedía de Harry, regresaba a casa y Molly no dejaba de dar instrucciones a Sirius sobre el cuidado del muchacho, mientras Alastor abrumaba a Harry con algunos "consejos" de defensa personal.
Lupin decidió quedarse esa noche en Grimmauld Place y, curiosamente, Tonks había pedido hablar con él antes de marcharse. Estuvieron conversando durante largo rato fuera de la casa. Y luego, ella entró para finalmente salir por la puerta principal, despidiéndose de Harry y Sirius con una amplia sonrisa.
Ginny aproximó a Harry, cuando él se encontraba distraído despidiéndose de Tonks. Le tocó el hombro y él giró con el corazón latiéndole en los oídos. Sonrió nerviosamente.
—Quizá, algunos de estos días, deberíamos salir un rato —comenzó a decirle la pelirroja—, conversar o tomar algo. ¿Qué te parece?
—Sí, creo que es buena idea —afirmó él, aún nervioso.
—Bueno, adiós Harry.
Harry tenía el bello rostro de Ginny muy cerca del suyo, aparentemente nadie se daba cuenta, eran tan sólo unos segundos a solas. Pero Harry no quería eso, cuando la chica iba a despedirse con un beso en los labios, él se giró lentamente y lo único que ella pudo hacer fue besarle la mejilla. Parecía decepcionada y confundida, así que salió rápidamente de la casa. El chico se subió las gafas y suspiró aliviado.
Harry había pedido a Ron y a Hermione que se quedaran esa noche, como Lupin, pero Ron se notaba extraño. Intentó disculparse de muchas maneras diciendo que no podía. A Harry le extrañó ese comportamiento, y sobre todo que Hermione aceptara quedarse a pesar de que el chico Weasley no lo hiciera.
Ron se despidió de su mejor amigo lo más natural posible y luego partió con todos los miembros de su familia y Moody, sin decirle siquiera adiós a Hermione. Ella se había quedado sentada en el cómodo sofá de Sirius, su favorito, mientras hojeaba un libro que había encontrado en la mesita de al lado. Cuando todos se habían ido finalmente, Sirius fue gustosamente a la cocina por más vino, mientras Harry hacía compañía a Hermione, quien se notaba entristecida.
—¿Han vuelto a pelear? —preguntó él, amablemente.
—Sí —respondió la chica.
—Lo imaginaba.
—Ron es tan necio, tan terco y testarudo que… —resopló indignada y dejó el libro de un golpe, no se había concentrado en una sola palabra—. Tenemos muchísimos problemas, Harry.
—Pero, eso es bastante común, ¿no es así?
—Sé que todo el tiempo peleamos estúpidamente —la chica se sonrojó—. Pero cada vez es peor. ¿Qué acaso él no te lo ha contado?
—No.
Harry se sintió sorprendido por su propia respuesta, tanto como Hermione.
—¿Y yo podría decirte algo sin que Ron se entere? —le preguntó la chica, en su mirada había mucha tristeza. Harry asintió de inmediato—. Últimamente no me he sentido bien con él. Cada vez es más ofensivo e hiriente conmigo…
—¿Qué te ha hecho? —preguntó Harry, casi con reclamo.
—Tú sabes, esos desplantes y modales tan groseros —dijo la chica, ofuscada—. Tan de Ron, los cuales me estoy cansando de soportar.
—Vaya, creí que sólo eran peleas, insignificantes.
—Yo también —asintió ella—. Pero no pretendo soportar más esto.
Hermione comenzó a llorar y Harry se sintió muy mal por haberle pedido hablar de ello. La chica se enjugó las lágrimas y luego habló con voz más clara.
—Terminaré con Ron —dijo decidida.
—¿Qué? —exclamó Harry, sorprendido e incrédulo—. ¿Ya lo has pensando?
—Sí, lo suficiente —asintió ella—. Es algo que no puedo soportar más.
Harry titubeó su pregunta, pero tenía que hacerla.
—¿Acaso ya no lo quieres?
—Lo quiero como se le quiere a un amigo —dijo Hermione, mientras se pasaba un pañuelo por los ojos—. Lo quiero como debería quererse a alguien que creía amar. Y no puedo quererlo de otra manera, pues si hiciera otro esfuerzo por esperar que él cambiase, estaría renunciando a quererme a mí misma.
Harry se sorprendió bastante, hasta en esos casos ella era más intuitiva y resuelta, lo cual a él le costaba mucho. Esas decisiones no eran las que él podía tomar, se sentía preocupado y ansioso cuando lo pensaba. Hermione sonrió.
—¿De veras es tan asombroso?
—Mucho —respondió Harry—. Pero si es lo que tú quieres, está bien. Yo estaré contigo por lo que suceda. No importa si Ron es mi amigo, él sabe que tú lo eres también. Le costará tiempo entenderlo, pero me aseguraré de que lo haga —Harry sonrió y Hermione parecía más aliviada—. ¿Pensabas quedarte este verano en La Madriguera?
—Sí, esos eran los planes originales, hasta esta noche. Fue un verdadero alivio que me invitaras a quedarme.
—Y puedes hacerlo el tiempo que quieras —aprobó Harry—. Sirius ha dicho que cualquier amigo nuestro debería estar aquí, si se atreve —sonrió y Hermione también—. Es tu casa también.
—Gracias, Harry. Sabía que podía contar contigo.
Él se acercó a ella y de su bolsillo sacó una ración de los bocadillos de jalea que había hecho la señora Weasley como postre. Le extendió uno a Hermione. Se quedaron en la sala, acompañados por la chimenea.
Sirius se sirvió un poco más de vino. La noche era tan calurosa que bien habría podido beber toda la botella. Se dirigió a la ventana para ventilar la cocina, pero se detuvo cuando vio a Remus afuera, sentado en las escalinatas del pórtico que daba al jardín. Éste también sostenía un vaso de vino en la mano. Sirius fue discreto y salió a tomar aire fresco. Se acercó y se sentó al lado de Remus. Éste lo miró y sonrió débilmente, para luego seguir observando la noche sin estrellas.
—¿Puedo suponer que Tonks y tú hablaron? —preguntó Sirius, sin mirar a su amigo.
—Supondrías bien —respondió éste, bebiendo un poco más—. Hablamos bastante.
—No hace falta que lo digas, pensé que no te dejaría. Estuve a punto de rescatarte, pero Molly no me dejó.
—No fue tan malo, ¿sabes?
—Cuéntame lo bueno, entonces.
—Tonks piensa que deberíamos replantearnos todo. Cree que ambos fuimos muy impulsivos y tomamos decisiones equivocadas. Me ha dicho que ha pasado ya tiempo para poder razonar y ver las cosas que estaban erróneas.
—¿Y…?
—Quiere que lo volvamos a intentar.
—¡Vaya!
La voz de Remus sonaba indiferente, casi apática. Una brisa fresca los rodeaba, les alivió del calor abrumador. Remus respiró hondo.
—¿Eso no es lo que quieres? —preguntó Sirius, mirándolo de soslayo.
—No lo sé, es algo que aún no he pensado.
—¿Cuál es el problema con Tonks? —Sirius se encogió en hombros—. Es decir, no veo nada de malo en ella. Realmente eres muy afortunado. Es una chica estupenda, linda, buena persona. Te quiere y eso es lo más importante de todo.
—Yo sé —asintió Remus con pesar—. Es algo que quizá nunca hubiese imaginado. Le debo tanto…
—Veámoslo de esta manera —explicó Sirius, pensativo—. Tú no le debes nada. Ella lo hizo todo porque así lo quiso. Y tú hiciste cosas por ella también. El amor no es una balanza en la que se decide quién debe más o menos. Es algo recíproco, se da y se recibe de la misma manera, sin razonamientos, sin cuestiones. Simplemente es y se deja ser. ¿Lo has pensado?
—Quizá en algún momento lo pensé.
Sirius confirmó sus sospechas.
—¿Puedo preguntarte por qué terminaron?
—Pensarás que soy un cobarde.
—Jamás pensaría eso de ti, Lunático —dijo Sirius negando con la cabeza y levantando su copa en dirección a Remus.
—Hace un par de meses Tonks dijo algo que no me esperaba. Admito que alguna vez supuse que ella lo mencionaría, lo cual me hacía sentir peor porque yo no iba a hacerlo.
—Anda, dime ya.
—Habló de matrimonio —resolvió Remus, bebiendo de su vino.
—¡Vaya, el gran paso! —resopló Sirius.
—El cual no quise dar.
—¿Ella te pidió matrimonio? —exclamó Sirius, sorprendido—. ¡Vaya, qué chica! Es temeraria, como su tío…
—Ella no me lo pidió, sólo lo mencionó.
—¿Entonces?
—Después de eso las cosas vinieron mal. Cada vez que estábamos juntos no podía evitar pensarlo. Me veía en un futuro al lado de ella, quizá con una familia, y no lo creía. Me parecía una idea muy lejos de la realidad.
—¿Por qué?
—Al principio creí que se debía a la diferencia de edades. Pero eso había dejado de ser un obstáculo desde hacía mucho tiempo. Incluso intenté buscar un pretexto y decirme a mí mismo que no tenía la suficiente solvencia económica, pero eso tampoco resultaba ser un problema, pues Dumbledore ya me había ofrecido nuevamente el puesto como profesor.
—¿No querías?
—No, creo que no —Remus tragó saliva—. Y no supe decírselo. Entonces comenzamos a discutir, me alejé de ella. Luego se acabó. Después de estar solo por un rato llegué a la conclusión de que no quería atarla a mí, se lo he dicho esta noche, pero ha insistido mucho. Ha dicho que fue muy precipitado pensar en el matrimonio, que deberíamos disfrutar sólo del momento de estar juntos. Pero yo no lo pienso así.
—¿A qué te refieres?
—Realmente no tengo miedo al compromiso, Canuto. Sólo que pensar en ello con Tonks no me hace feliz. Es decir, lo fui, claro que lo fui, pero de una forma distinta a… a como antes lo había sido.
A Sirius le costó entenderlo, quizá su amigo había bebido de más. Pero de pronto la memoria le taladró tan fuerte que casi sacudió la cabeza.
—Vaya… esto es más complicado de lo que creí.
—Quiero que ella esté bien, pero al mismo tiempo no puedo hacerla infeliz conmigo.
Remus se tomó el último trago de vino, respiró profundamente y miró con dificultad hacia el cielo nocturno, pues los ojos ya le ardían bastante de cansancio.
—A partir de eso he tenido un sueño repetido —siguió hablando, con voz casi ronca—. Lo cual ha empeorado mi situación. Cada noche que lo he soñado me siento el hombre más feliz de todo el universo y al despertar me cuesta reconocer que no ha sido verdad.
—¿De qué se trata?
—He soñado con ella.
—¿Con Tonks?
—No —Remus negó con una sonrisa entristecida y dio de vueltas a la copa casi por inercia, sin fijarse—. He estado soñando con Dian.
El parpadeo de Sirius se detuvo ante la sorpresa. Sin saber qué decir y sin saber qué hacer. Remus lo miró de nuevo con ese triste gesto y luego se concentró en el vaso de cristal vacío.
—Ni yo mismo lo entiendo —afirmó.
—Quizá… —trató de decir Sirius, confundido—, has pensado demasiado en tu situación con Tonks que…
—Sí, lo mismo pensé —Remus parecía muy tranquilo—. Realmente no me extrañó. Pero me ha parecido muy rara la forma en que la he soñado, y todavía más que después de tanto tiempo pase —suspiró—. Cuando comencé con Tonks creí en verdad ciegamente en ello. Pensé que era esta una segunda oportunidad. Y cuando las cosas parecen ser aún más fabulosas, como el casarnos, no me siento bien con la idea.
—¿Acaso es remordimiento o algo parecido?
—No, también lo creía, pero no —Remus dejó el vaso sobre una de las escalinatas y cruzó los brazos mirando arriba—. ¿Sabes?, alguna vez le pedí matrimonio a Dian —sonrió al ver el rostro incrédulo de Sirius—. Debiste haberla visto, tan sorprendida como tú ahora. Hizo esa cara que siempre ponía cuando algo le parecía imposible. Incluso se rio… debí parecer realmente muy ridículo e infantil, tú sabes… eran esas épocas —se quedó en silencio, aun sonriendo—. Y dijo que sí.
Sirius permanecía mudo y con esa sensación tan pesada que le caía en la garganta cuando recordaba a Dian. La tristeza misma. Y no había pensado en ella como uno de los problemas de Remus, no en realidad, creía que él había superado su pasado, aunque en el momento en que se enteró de la relación de él con Tonks, automáticamente recordó a Dian, la cual creía había sido el amor de toda la vida de Lupin.
—A veces no sé si aborrecer el tiempo, Lunático. Quisiera que volviera su marcha.
—Y es realmente imposible, lo sé. Estas últimas semanas he creído que todo era una mala jugada de mi inconsciente. Pero no lo es. La verdad es que, si alguna vez me vi capaz de tener ese futuro maravilloso, fue con ella. La única mujer en mi vida. Y quizá lo más decepcionante de todo esto es que nunca supo lo que soy, sólo conoció al Remus de siempre y no al de luna llena. Y Tonks ha estado ahí sin importarle.
—A Dian tampoco le hubiese importado —dijo Sirius, casi mirando su rostro en la oscuridad—. Le hubiese parecido más fascinante —sonrió, divertido.
—La verdad es que con ella todo era fascinante —afirmó Remus—. Me siento muy miserable por arrastrar a Tonks en todo esto. Pero es inevitable.
—¿Y en tu sueño qué sucede?
—Siempre veo a Dian volando en su escoba —dijo con la garganta ya seca—. Pero la veo como una chica, la Dian de Hogwarts, ¿recuerdas? La veo girando en todas direcciones, como si se tratase de otro partido de quidditch y de pronto se detiene. Yo la veo desde muy abajo y ella me saluda. Después despierto.
Sirius frunció el ceño, y pasó su mano por la nuca.
—Eso podría ser una señal.
—¿Señal de qué?
—Bueno, nunca supimos dónde… dónde se encontraba descansando su cuerpo —dijo Sirius con cautela—. Jamás lo encontraron. Quizá deberíamos averiguar más al respecto.
—No estoy muy seguro si quiero saberlo.
—Lo sé, pero quizá ella esté tratando de decirte algo desde alguna parte de este universo. Tal vez, realmente quiera que vayas a buscarla...
Remus se había quedado muy silencioso, Sirius no tuvo otra opción que continuar.
—¿Ya le has hablado a Tonks sobre Dian?
—No, no lo he hecho —respondió Lupin, saliendo de sus pensamientos—. No he sabido cómo.
—¿Acaso ella no se ha preguntado por tu pasado?
—Sí lo ha hecho, pero no puedo decírselo, siempre hay algo que me lo impide. Si ella se enterara de todo… no quisiera que Tonks compitiera con un fantasma.
—La realidad es que Dian ya no está, Lupin —dijo Sirius, tratando de no sonar duro—. Tonks tiene que entenderlo. Y, quizá, tú también.
Remus asintió ensimismado. Bostezó un poco.
—Volveré a intentarlo con Tonks —admitió, luego suspiró—. ¿Sabes?, la última noche que vi a Dian, ella dijo algo que nunca he podido olvidar —Sirius lo observaba atentamente, sin intención de interrumpir—. Tenía algo muy urgente que quería decirme y murió con ello. Pero también dijo que siempre quería verme feliz. Es por eso que accedí cuando todos comenzaron con lo de Tonks...
—Por supuesto que debes serlo. Con mucha más razón si Dian lo dijo. Pero, regresar con Tonks... ¿estás completamente seguro?
—No, todavía no, esperaré algún tiempo —Remus se frotó el cuello, el sudor le recorría casi toda la cara.
Sirius le dio una palmada en la espalda suavemente y creyó haber visto que Remus tenía los ojos muy enrojecidos. Debía ser el viento. Después de muchos años ya no podían ser más lágrimas.
Fawkes dormía plácidamente en su estantería. Respiraba lenta y pausadamente. La habitación a su alrededor estaba tan silenciosa que no le había costado mucho conciliar el sueño. Inclusive, la chimenea estaba apagada. Los cuadros de los directores estaban tan callados como él.
De golpe se abrió la puerta de la oficina del director. Un golpe que despertó a todos, los directores entre sonidos y quejas, y Fawkes lanzando chillidos de reclamo y susto. La chimenea comenzó a arder y Albus Dumbledore, muy apresurado, se sentó frente a su escritorio, mientras revolvía unos pergaminos y sacaba una pluma y tintero. Sonreía felizmente, como en las mañanas que llegaba a cumplir con su deber. Pero ahora era medianoche.
—¿Qué haces despierto a esta hora, Fawkes? —preguntó el hombre de gafas, aún sonriente—. Deberías dormir.
El ave fénix hizo un ruido de disgusto, casi diciéndole que eso era lo que intentaba. Los directores se lo hicieron saber. Dumbledore se disculpó inmediatamente sin perder su expresión jovial. Cuando al fin tenía el pergamino en el escritorio comenzó a escribir. Parecía que la pluma volaba, fue una nota rápida. Luego la dobló cuidadosamente y una lechuza apareció instantáneamente fuera del ventanal del despacho.
Dumbledore abrió rápidamente y le ató la nota a la pata, le dio un suave golpecito con los dedos para que emprendiera el vuelo. La lechuza salió rápidamente y él regresó a sus ocupaciones. Luego se dirigió a su pensadero. Con su larga varita se apuntó directo a la sien, de la punta de ésta salió una luz plateada, casi como telaraña y la depositó dentro del objeto que parecía una vasija con runas antiguas. Dichoso y satisfecho miró alrededor: los directores en los cuadros intentaban conciliar el sueño y Fawkes lo miraba con atención.
—Bien, bien —dijo frotándose las manos—. Esta es una de las pocas veces que afirmo: ¡tengo una idea brillante!
