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El pedido de Crowley
La policía rodeaba el callejón donde fue encontrado el cuerpo al día siguiente. Disfrazados de agentes del FBI, los hermanos Winchester se acercaron a la escena del crimen.
-Agente Smith – dijo Dean, mostrando la placa de identificación falsa al detective de policía que se encontraba al lado del cadáver. Los médicos forenses trabajaban y el área estaba precintada – Él es el agente Anderson – señaló a su hermano. Sam se apresuró a mostrar su placa - ¿Qué tenemos?
-Prostituta – masculló el hombre, café caliente en mano – La tercera en esta semana.
-¿Sabemos como la mataron? – Dean miró al cadáver. Lo habían tapado con una lona negra.
-Los detalles saldrán en el informe final del forense, pero puedo decirles que la desangraron hasta morir. Le desgarraron el cuello con un objeto cortante.
Sam le tocó el brazo a su hermano. Le hizo un rápido gesto. Dean lo captó.
-¿Podemos echar un vistazo? – inquirió. El detective se encogió de hombros y asintió. Le hizo señas a un policía. Éste descorrió un poco la lona mostrándoles a la mujer, pálida y muerta, y la horrible herida en su cuello: la marca de una feroz mordida.
Un rato después, dentro de su Chevrolet Impala negro, los Winchester sacaban sus propias conclusiones sobre lo que habían visto.
-Vampiro – dijo Dean – De eso no cabe duda.
-Bastante indiscreto, por cierto – acotó Sam - ¿Por qué dejar el cadáver tirado por ahí cuando lo hubiera podido esconder en más de mil lugares? Nueva York es grande y nuestro chico parece que no tiene deseos de ser discreto. No cuaja con el vampiro americano promedio de principios de siglo XXI.
-¿Extranjero?
-Probablemente.
-Con toda certeza – dijo una voz a sus espaldas. Dean y Sam se volvieron bruscamente. Un hombre vestido de negro se encontraba sentado en la parte trasera del coche, sonriendo con sorna.
-¿Crowley? – Dean escupió el nombre - ¿Qué carajo haces en mí coche?
-Tranquilo, Winchester – dijo el demonio – Chicos, tengo un nuevo trabajo para ustedes.
Dean resopló. Odiaba a Crowley, pero mucho más odiaba tener que trabajar para él. No les quedaba otra. Le necesitaban para que le devolviera el alma a Sam.
Crowley lo sabía. Sabía que tenia a los dos cazadores agarrados por las bolas y aquello le encantaba. Se regodeaba con ello.
-¿Qué quieres ahora? – le preguntó Sam.
-El vampiro que hizo esto. Lo quiero.
-¿Es un Alfa?
-Es más que eso. Es el jodido Padre de Todos los no-muertos.
Dean y Sam se miraron, perplejos.
-¿Y eso que quiere decir?
-Hey, par de listos. ¿Nunca leyeron el libro de Stoker? ¿"Drácula"?
-¡Estás bromeando! ¿Drácula? ¡Vamos, Crowley!
El demonio suspiró.
-No suelo hacer chistes sobre monstruos, amigo mío – replicó – Este es el asunto: cacen a Drácula y tráiganmelo, y todos contentos.
-¿Qué te parece mejor esto? Cazamos al jodido rey de los vampiros, te lo damos y tú le devuelves el alma a Sam. Y ahí sí, todos felices y contentos. ¿Qué te parece?
Crowley rió.
-Nada de eso, Dean. ¿Qué clase de idiota te piensas que soy? Hagan su trabajo y más adelante hablamos de almas y de devolverlas.
Dean iba a decir algo más pero el demonio ya no estaba allí; se había esfumado en el aire.
-Simpático – dijo Sam.
-Uno de estos días, voy a freírle el culo en aceite a ese cabrón inglés. Lo juro.
Dean puso en marcha el motor. Sam y él se marcharon de aquel lugar.
