Disclaimer:

Yo, la autora original de éste fanfic no realizo ningún escrito con ánimo de lucro a costa de infligir los derechos de autor de Harry Potter que corresponden a su autora, J.K. Rowling y, en caso de las películas, a Warner Bros Entertainment Inc.

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Contiene violencia, lenguaje inadecuado para el que no haya oído jurar nunca a un gitano, y en el futuro tendrá sexo drogas y Rock and Roll XD. Muchísimas gracias por vuestros comentarios, espero que éste os guste más, porque mejor puede hacerlo cualquier otro. 3

11'57 PM. Once de febrero. Sábado

Draco Malfoy (o sea, yo), tenía las piernas largas y lo suficientemente fuertes como para huir indiscriminadamente de la persona que te quiere matar. Precisamente, ironías de la vida, en aquella situación me hallaba yo. Mis piernas, (las maravillosamente descritas anteriormente, así como maravillosamente son) me condujeron a la familiar explanada de césped que se encontraba antes de llegar al campo de quidditch. Difícil olvidar donde Weasley (de los chopocientos, el novio de la niña arbusto) intentó hechizarme y acabó vomitando babosas. Eso para mí demostró la prueba definitiva de que el mundo me quería tanto por ser tan tremendamente increíble como soy (no olvidemos que, aparte de unas piernas óptimas para evitar asesinatos, mi atractivo es cercano a lo divino), que aquella maldición indigna rebotó contra mi aura. Mi aura espléndida. Cual dios griego. Sí señor.

Bueno, el mundo me quería hasta hoy. Hasta que tuve la estupenda suerte de presenciar como una señora cuyo despacho está forrado con un ajuar completo de cachorros de gato mataba y comía a una criatura con capacidad de habla. Por tanto de súplica. Por tanto, asesinato.

Debo reconocer que hasta aquella noche, mi cúspide de terror se hallaba en encontrarme una araña de tamaño medio demasiado cerca de mi cama. Sí, después de ver en el Bosque Prohibido aquella vez con Potter una figura reptante y sospechosamente encapuchada acercarse rozando el suelo cual espectro al tiempo que arrastraba babillas con rastros de sangre de unicornio, me di cuenta de que Hogwarts es el clásico lugar en el que buscar un alivio puede significar hablar con un fantasma. De ésos que aparecen encima de tu mesa. Mientras comes. Y están muertos.

Puaj.

A lo que iba.

Teniendo en cuenta la ancha envergadura de ésta escalofriante mujer, (comparado, por supuesto, con mi esbeltez) no creo que me siguiera el rastro durante mucho tiempo. Estaba a salvo. Pero entonces, llegó la realización. ¿Cuánto tiempo estaría a salvo? Podía pasar la noche hecho un ovillo en cualquier rincón imposible en el colegio. Pero probablemente en cuanto llegase el día, Umbridge no me dejaría vivir. Yo era un claro testigo de una fechoría horrible: los centauros estaban excepcionalmente considerados en Hogwarts, para empezar la gran parte del bosque era suya por derecho, y si teníamos muchas clases en el exterior era gracias a su permiso. Naturalmente que a Umbridge se le veía el plumero cada santa vez que hablaba de criaturas mágicas. La había oído tantísimas veces insultarles palabras que yo creía estaban reservados para gente con mucha más masa muscular y un par de amenazadores tatuajes.

Aunque no fuera plato de mi gusto, y menos aún con la insultante cantidad de puntos que aquella mujer nos daba a la casa Slytherin solo por hacerle el peloteo (pues así era, no creo que hiciéramos otra cosa que decirle las cosas que ella quería oír, o la menos yo no lo había hecho), tenía que contarle a alguien que aquella mujer mataba centauros. O lo que es peor, me quería matar a mí. ¿Qué clase de trastornado querría matarme? Nadie. Ni el peor psicópata.

Además, analizándolo desde un punto de vista positivo, si yo quitaba de en medio a Umbridge, le ponía las cosas fáciles al director, y aunque el tío tuviese la mollera un poco dura ya por la edad, igual la copa de la casa caía por la bobada. No hay que infravalorar el chocheo del que tiene tanto poder.

El problema, básicamente, era que la distancia a recorrer desde donde estaba escondido hasta el despacho del director, era prácticamente ir desde un punto a otro de la escuela. Y luego el hecho de no conocer la contraseña del despachito. Además estaría claramente roncando. Las personas mayores se acuestan bastante pronto. La sala común no era un opción, si yo fuera ella, sería el primer sitio en el que miraría. Además, insisto en no querer encontrarme con Blaise o su puta, puto, o como fuera. En serio, debería preguntarle.

-¿Malfoy?- Una voz flotó en el aire. Era una voz familiar, pero sin tener un rostro y en la situación, digamos, arriesgada en la que me encontraba, me produjo la misma sensación de tensión estomacal y urinaria que los episodios con la araña cerca de mi almohada.

-¿Quién anda ahí?- Detrás de mí, un sonido como de alguien destapándose de sedas, hizo un ligero susurro, y al darme la vuelta, me encontré con las pintas de pordiosero y los pelos de recién levantado del imbécil de Potter.

-¿Potter? ¿Se puede saber qué narices haces aquí? ¿Qué es eso?- Llevaba en las manos un pliego de papel muy duro, no un pergamino cualquiera. Y parecía ocre, antiguo. Estaba a demasiada distancia, pero juraría que había palabras en el pergamino que se movían.

-No, ¿qué haces aquí? Yo estoy buscando al director.- Claro. El idiota enchufado de Potter debía saber la contraseña de la habitación del viejo. Oh, que grotesco, por favor. Más tarde me burlaría de él con eso, pero ahora, necesitaba al héroe mundial. No lo digo porque necesitaba escolta ni nada por le estilo. No señor. A Potter podría patearle el culo en un duelo.

-Yo también le busco.- Me miró con el cejo fruncido.

-¿Para qué?- Sonreí. De mí este se acordaba.

-Acabo de presenciar cómo Umbridge se come al centauro que mira las estrellas en las cocinas, así que quería contárselo.- Me dirigió una mirada con el rabillo del ojo y puso los ojos en blanco con gesto cansino.

-Sí, ya. Bueno, si no me lo quieres decir, no me lo digas. Sólo por si te interesa saberlo, Dumbledore no está en su despacho, así que tú sabrás cómo le buscas.

-¿Tienes una idea de dónde podría estar?

-No…- Miró mis zapatos totalmente cubiertos de sangre y con una exhalación, dejó caer su varita, su capa de invisibilidad y el pergamino extraño de sus manos.

-Malfoy… ¿qué es eso?

-Sangre de centauro. Te lo he dicho.

-¿Es…? ¿Estás en… shock?

-¿Qué shock ni qué niño muerto?

-¿Has presenciado un asesinato y estás así de tranquilo?- Se quedó largos segundos con una expresión boquiabierta que gritaba IMBÉCIL como un luminoso. Uno rosa. Fucsia.

-Bueno, no ha sido el mío, ni siquiera el de alguien que conozca. De hecho no es ni el de una persona.

-Estás en shock. Una cosa es que seas Slyherin y otra es que seas semejante insensible. ¡Tenemos que ir a hablar con alguien! ¡Con McGonagall!

-¡Potter, deja de gritar, por favor, pareces idiota! Lo primero es que consigamos una prueba, si vamos a estas horas de la noche a la habitación de quien sea diciendo que hemos visto a la Suma Inquisidora cincuentona cursi de Umbridge comiéndose más bien saignant el osobuco de centauro. Además tenemos que ir a ver a Snape, él sabe lo que hacer en momentos así…

-¡Snape nos pediría pruebas, McGonagall nos creería e iría a por ella!

-Merlín, Potter, ¡ni el paranoico de Alastor Moody se tragarían que una mujer que colecciona broches y se empolva el pelo desmiembra a criaturas semihumanas como un hobbie de fin de semana!- Calló, mirando al suelo, a su capita de invisibilidad que no tenía ni idea de usar, a su varita de acebo y el dichoso papel pardo que yo juraría por la herencia Black que me tocaba, (y-déjame que te diga- era como para pensárselo) que letras que se movían.

-Vale. ¡Vale! ¿Y ahora qué?

-Pues tenemos que encontrar a Snape, estará en las mazmorras…

-¿Te venía siguiendo?

-No lo sé. He corrido en cualquier dirección, lo cierto es que no sabía dónde ir.

-Pues no podemos arriesgarnos a que nos vea por ahí.

-¿Te refieres a ir debajo de tu capa?

-No cabemos los dos.

-Naturalmente no lo dices por culpa mía…

-Por el amor de Cristo, Malfoy, no estoy diciendo nada, cría sensible, y me refería a mi mapa.

-¿Se puede saber quién narices es ése tal Cristo? Ya estoy harto de oír al señor ése deslizarse en cada frasecita…- Me ignoró, acto tan ruin, solo para deshacer el dobladito tríptico ciertamente hortera de la hoja oscurecida por el tiempo, señalándolo con la varita.

-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.-Tras que Potter apenas si mascullase entre dientes éstas palabras, se fueron dibujando rápidamente dibujos y letras en el pergamino, en tinta color café, que contrastaban elegantemente con el sepia del fondo. En éste curioso mapita, en efecto, las cosas se movían incansables a lo largo del papel, pero no eran cosas cualesquiera: eran nombres de las personas que vivían y paseaban por el castillo.

-¿Qué…?

-Mira, Snape está ahí. Debemos ir rápido para que no…

-¿Dónde estamos nosotros? ¿Funciona de verdad?- Me llamaba realmente la atención. Aparte de por la mucha funcionalidad de aquel objeto, porque nunca lo había visto. Por tanto, nunca lo había podido comprar. Y las palabras no, y comprar, en mi diccionario particular (lo habéis adivinado, igual de maravilloso que todo el conjunto de mi ser) no existían en una misma frase.

-Deja de tironear de él de una vez, joder.

-¡Ah míranos! Y aquí está Snape, aquí Blaise, ¡mira, Crabbe! y aquí está Umbri…- En un cartelito, en letras francamente ornamentales, se deslizaba hasta nuestra posición, si tuviera que decirlo, sospechosamente rápido para tratarse de ser una señora en falda lápiz. Pero, para ser sincero, no pude fijarme en mucho más mientras volvía a echarme la carrera de mi vida por el oscuro pasillo, seguido de los pasos torpones y ruidosos de Potter. Llegó un punto en el que pensé que estábamos a salvo, y paré. Potter se dejó caer al suelo, haciendo casi un ovillo, ahí en toda la vulgar gloria de ropa ancha de la que estaba hecho. Porque eso sí, aparte de pelo indomable, Potter era pellejo y hueso. Y encima hueso pequeño. Cual perrillo escuálido. Y encorvado. Qué asco.

-Oh… no… no, Dios mío, no, no, no…

-¿Y ahora qué le pasa al héroe? ¿Ahora tienes tú shock?

-No tengo el mapa… y tan sólo he cerrado una página…

-¿Y qué?

-¡Ahora Umbridge puede ver dónde estamos en gran parte del castillo, Malfoy, idiota!

-¡¿HAS DEJADO CAER TU MAPA DE MANCHITAS?!