Gale POV.
Estoy dormido en uno de los sillones de la sala de espera cuando alguien comienza a tocar mi hombro. Al principio creo que es parte del sueño pero después abro los ojos y Peeta está sobre mí.
-Hola –me dice.
-Hola –le contesto con una sonrisa.
-¿Duermes aquí?
-Si, cuando ya no aguanto el sueño lo hago –contesto.
-Tengo… un poco de hambre ¿Te importaría…?
-Oh, no. No. Vamos.
Me pongo de pie y la llevo hasta el comedor.
-Ya vuelvo.
En la cocina nos dan un par de platos prácticamente vacios. "Es la porción para los pacientes." Me dice la enfermera.
Llevo el plato hasta la mesa, en donde esta Peeta sentado incómodamente, con la bata del hospital hasta sus rodillas.
Toma un poco de fruta y la mete a su boca. Me limito a mirarlo.
-¿Cómo te conocí? –me suelta de pronto.
Le cuento un poco de mi historia favorita, la primera vez que lo vi. Es tan emocionante recordar todo eso, es hermoso descubrir sus sonrisas justo cuando yo sonrió.
-Y fue como amor a primera vista… -al final la afirmación se convierte en pregunta.
-No, en realidad el amor salió con el tiempo.
-¿Y de verdad estamos casados? –mira su dedo y el anillo.
-Si –contesto frunciendo los labios y elevando las comisuras.
-¿Es legal?
Inhalo profundamente y cierro los ojos un momento.
-Si, completamente. Conseguimos los permisos.
El mira hacia otro lado.
-Cuando me conociste… ¿Ya era…? ¿Ya era homosexual? –lo susurra tan bajo que creo que no quiere que nadie se entere.
-No lo sé. –Contesto con tristeza-. Cuando te conocí te invite a salir y aceptaste. Ya sabes, con el tiempo me enamore de ti y tú de mí.
-Ya. Es que no me entra en la cabeza estas preferencias… -su voz esta distante. Es como si no me lo dijera a mí, sino al mismo.
-¿Por qué llevo el cabello tan…?
No encuentra la palabra y eso me hace sonreír.
-Decidiste que era mejor así –lo miro. Es hermoso, con mechones rubios alborotados y ligeramente ondulados, algunos sobre su frente-. También tienes un estudio de arte… pintura… escultura…
-¿Un estudio? ¿Por qué soy artista? ¿Y mi título de abogado?
Frunzo los labios y niego ligeramente.
-¿Por qué no lo tengo? –pregunta alarmado.
-Faltaste a algunas clases.
-La última vez que quise ser artista fue en la secundaria… -sus ojos se pierden en algún punto mientras su cerebro procesa todo.
Me mira a los ojos y después su vista se vuelve a perder.
-Es demasiado –murmura antes de ponerse de pie y marcharse.
Trato de seguirlo, pero siento que es mejor dejarlo pensar a solas.
Dios…
Me siento en la mesa, apoyo mis codos y dejo caer mi rostro entre mis manos.
Podemos salir de esta.
Mi teléfono suena sacándome de un millar de preocupaciones.
-Hola Blade –le digo.
-Eh, estamos en la sala de espera ¿Cómo esta todo?
-Voy para allá –le digo.
Dejo las charolas de comida intacta en la cocina y me voy a la sala.
Todos están ahí.
Prim, Annie, Blade, Cato, Marvel, Annie, Glimmer y Clove.
-Bueno, míralo del lado bueno, no recordara todas tus estupideces. –bromea Glimmer después de que les cuento toda la historia.
-Tienes la oportunidad que todo hombre quisiéramos, hermano –dice Marvel.
Mis amigos tratan de bromear, tratan de hacerme sonreír, pero no creo que lo logren.
Peeta es mi vida y ahora no sabe quién soy.
Ni siquiera está seguro de poder amar a un hombre.
-Anímate Gale –murmura Prim-. Peeta te ama y eso no cambiara, quizá no lo recuerde, pero el corazón siempre manda sobre la mente.
Sonrió ligeramente.
-¡Vamos! –Grita Cato mientras golpea mi hombro con fuerza y se pone de pie-. Necesitas salir un momento. No acepto un no.
Las comisuras de mis labios se elevan ligeramente, veo a mis amigos, todos tratando de darme ánimos con sus miradas.
-Vamos –acepto y todos se relajan y sonríen.
La tarde pasa rápido con mis amigos. No me dejan descansar ni un momento hasta que es suficientemente tarde y tenemos que dormir.
A mi casa llego directamente a la cama y me tiro sobre ella.
Estar con mis amigos es como una medicina, es como incrementar mi autoestima y aumentar mi confianza en el futuro. De todas formas, pudo haber sido peor.
Inhalo profundamente al darme cuenta que el aroma de Peeta sigue en su almohada. Me acuesto sobre ella y cierro los ojos hasta perderme en mi subconsciente.
En la mañana cuando despierto el sol entra por la ventana y el clima se siente ligeramente fresco.
Entro en el baño con la toalla en la mano, me desvisto y me coloco bajo el agua tibia relajante de la regadera.
Me baño rapidamente, tratando de acortar el tiempo entre mi departamento y el hospital.
El sol brilla en el cielo, las personas y el clima están más alegres hoy, yo estoy más alegre hoy.
Quiero ver a Peeta. Quiero ver sus hermosos ojos azules. Sus labios rosados. Su cabello amarillo dorado. Quiero verlo y escuchar su voz. Contemplar su sonrisa. Sentir su calor cerca del mío.
Conduzco hasta el hospital y estaciono el coche en el estacionamiento de clientes.
Hoy en especial me siento animado, tengo tantas ganas de luchar. Ganas de salir de esta.
-Buenos días –saludo a la enfermera de recepción.
-Buenos días –contesta ella distraída.
Camino hasta la habitación donde esta Peeta y cuando abro la puerta me doy cuenta que dentro no hay nadie.
Busco hacia los lados, pero la cama esta echa y no hay rastros de movimiento.
Dios mío. Algo no está bien.
Camino, casi corro, hasta recepción.
-¿Y Peeta Mellark? Su habitación esta vacía.
La enfermera teclea con los ojos fijos en la pantalla.
-El señor Mellark fue trasladado a una habitación privada esta mañana –contesta mirándome a los ojos.
-¿Una habitación privada? Eso es costoso… -murmuro para mí mismo. ¿Puedo pagar una habitación privada? ¿Por qué Peeta pediría una habitación privada?
-Ya fue pagada… -dice ella-. Y toda la cuenta también.
-¿Qué? ¿Quién?
Ella se encoje de hombros.
-Habitación 346 segundo piso. –me dice antes de volver sus ojos a la pantalla.
Me quedo un momento plasmado y después comienzo a caminar hacia donde me indicó.
Llego hasta la habitación y escucho voces dentro.
Abro la puerta y lo primero que veo es a mi hermoso Peeta acostado sobre su cama y con una sonrisa. Sus mejillas están rosadas, ya tiene color sobre su cuerpo. Sus labios están rosados también y sus ojos brillan.
Después me doy cuenta de las personas que están ahí.
Un hombre adulto, de cabello canoso y lentes fija sus ojos en mí, después la mujer de cabellos rubios y vestimenta elegante frunce los labios.
-Esto es extraño –murmuro cuando reconozco a los padres de Peeta-. Soy Gale, el esposo de Peeta –extiendo mi mano y se queda en el aire sin recibir respuesta a cambio.
-¿Sabes lo que fue darme cuenta que mi hijo tenía dos semanas en el hospital y nadie nos había dicho nada? –dice el, irritado.
-¿No conoces a mis padres? –Pregunta Peeta desde su cama-. ¿Por qué no conoces a mis padres?
Lo miro a los ojos y justo cuando voy a hablar una voz me interrumpe.
-¿Cuál es el siguiente paso, doctora? –pregunta la señora Mellark.
-El siguiente paso es que Peeta regrese a su rutina normal, quizá con eso logre recordar las cosas –contesta la enfermera a cargo.
-Tu hermana te está esperando, prepararemos una cena de bienvenida, tu habitación estará lista –empieza a decir el señor Mellark entusiasmado.
-No –le digo con voz firme. No voy a permitir que lo separen de mí-. El necesita regresar a casa conmigo. A su rutina normal. La doctora dijo que con eso se acordara de las cosas.
-Dijo que quizá se acuerde –interrumpe la señora Mellark mirándome mientras eleva la ceja derecha y frunce los labios.
-¿Por qué no dejas que se recupere con personas que si recuerda? Eso es lo que necesita… -agrega su padre.
-Lo que necesita…
-Lo que necesito es que dejen de discutir –Peeta está sentado en la cama mirándonos a todos con el seño fruncido. Especialmente hacia mi dirección.
El silencio se hace en la habitación. Tan largo e incomodo que siento el calor en mi cuerpo.
-No hay por qué decidir eso ahora –Dice la doctora-. Hay que dejar que Peeta esté listo para salir del hospital y después haremos lo que él decida –ella me mira a los ojos y después a sus padres.
-Me parece magnífico –dice la señora Mellark tan hipócritamente que me provoca nauseas.
Si Peeta supiera la razón por la cual no los conozco… si yo hablara en este momento todo sería mejor. Todo sería más fácil y yo estaría sobre ellos.
Justo cuando estoy por hablar, por revelar las cosas, recuerdo las veces que Peeta sufría por no estar con su familia, aunque no lo admitiera, ahí estaba el sufrimiento. No puedo hacer que pierda a sus padres otra vez. No está en mi mano.
-Bien –acepto y salgo de la habitación.
Camino. Solo camino. Una hora, dos horas, tres horas, cuatro y cinco. Me duelen las piernas. El sol pica sobre mis hombros y mi cuello. Tengo sudor en mi frente.
No sé qué pensar. No sé qué hacer. Se supone que hoy tenía ganas de luchar, como un soldado, pero estoy hasta el fondo. No aguanto nada más. ¿Qué voy hacer?
Sus… sus padres se están aprovechando de la situación. ¿Debería dejarlos? ¿Debería hablar? ¿Debería decir la verdad? No. No me corresponde a mí. Además, ¿Quién soy yo para decirle a Peeta lo que paso con su familia? Su esposo. Soy su esposo. Pero… podemos vivir todos en paz. Puede Peeta tenerme a mí y a su familia. Puede. Puedo.
Cruzo la calle y abandono la plaza para entrar al hospital.
El clima frio interior me estremece ligeramente y no puedo ver bien a causa de la luz exterior nublando mi vista mientras me acostumbro.
-Hola –le digo a Peeta cuando entro en su habitación.
-Hola –dice el con una media sonrisa.
-¿Quieres comer algo?
-Si, tengo hambre –dice el.
-Ordenare algo…
-Preferiría salir. La espalda la tengo hecha nudos.
-Bien –sonrió y lo ayudo a levantarse.
Caminamos hasta el comedor y nos sirvo algo de comida. Ahora la porción es mayor y puedo servirme las veces que quiera. Ventajas de la habitación privada.
-¿Por qué no conoces a mis padres? –me pregunta con la boca llena de fruta.
-Dejaste de hablar de ellos –respondo tratando de evitar el tema. A pesar de todo, yo solo quería mantener a toda la familia unida-. Tu padre quería controlarte y tú querías estudiar arte.
Sus ojos miran al infinito durante unos segundos. Casi un minuto en silencio y desconectado del mundo.
-Yo solo recuerdo estar estudiando derecho y estar comprometido con Katniss… -Me mira a los ojos. Los tiene abiertos y muy profundos.
Se pone de pie, deja la servilleta en la mesa y se va.
Corro tras él y lo alcanzo justo en las escaleras.
Tomo su mano y él se voltea con rudeza y tiene que tomarse del barandal para no caerse a causa de un mareo que lo hace perder el color.
-Tienes que regresar a vivir conmigo –le ruego. Pero el tono de mi voz parecía más una orden.
-No te conozco –dice el frunciendo los labios-. ¿Quieres que suba al auto de un desconocido y viva en su casa?
-Nuestra casa –corrijo.
-¿Sin pruebas de que estamos enamorados?
-¿El matrimonio no es suficiente?
-Las personas se casan por muchas razones.
-¿Por cuales?
-No se… ¿Un permiso de residencia?
-Naci aquí. Soy ciudadano. –contesto sonriendo y el esboza una sonrisa ligera. Me corresponde. Eso hace que mi corazón lata con fuerza.
-¿Llevaba un diario? –me pregunta.
-No que yo sepa –respondo.
Frunce los labios. Me mira a los ojos. Parpadea un par de veces y se va.
No tengo la fuerza para seguirlo esta vez.
En la noche caigo rendido en mi cama.
Sin ganas de nada.
Sin ganas de luchar.
Sin ganas de seguir viviendo.
¿Cómo podría competir yo contra un Peeta totalmente distinto?
Ni siquiera me doy cuenta cuando me quedo dormido, pero en la mañana lo primero en que pienso es en el último mensaje que Peeta dejo en mi buzón de voz en el celular.
Me levanto lo más rápido que puedo y, sin tiempo para bañarme, me visto.
Conduzco lo más deprisa que puedo hasta llegar al hospital.
Corro por los pasillos y entro a la habitación justo en el momento en que Peeta termina de arreglar sus cosas para irse.
Ya no lleva la bata del hospital. Ahora lleva un pantalón negro y una camisa blanca.
Sus padres me miran fijamente y el también.
-Dijiste que querías pruebas –le digo-. Tengo una grabación de días antes de que pasara el accidante.
Sin que nadie pudiera hablar y me impidiera hacer cualquier cosa, pulso Play y le entrego el aparato a Peeta.
"Voy saliendo del estudio –dice su hermosa voz aterciopelada-. Pasare a comprar algo de cenar y te esperare en la casa. Utilizare el metro, se que te molesta que lo haga, pero te prometo que se cuidarme de cualquier lagarto subterráneo –Sonrió ante el recuerdo de nuestra discusión sobre si había lagartos en el metro o no. Extrañamente, Peeta también sonríe-. No tardes, te amo."
Se acaba la grabación y todos miramos fijamente a Peeta esperando una respuesta.
-Parezco… Feliz. –dice el con el seño fruncido y una media sonrisa.
-Piénsalo –murmuro-. Dejaste derecho, rompiste tu compromiso, te mudaste a la ciudad… son cosas que hiciste antes de conocerme. Te debes a ti mismo honrar esa decisión.
-Esto está mal –murmura su madre con desprecio.
-Les prometo que lo cuidare –digo mirando al padre de Peeta y después a su madre-. Regresa a casa –fijo los ojos en el-. Regresa a casa conmigo.
Los hermosos ojos azules de Peeta se postran en mí, después en su padre, después en mí nuevamente y suspira.
-Creo que lo intentare –dice y suelto un respiro de alivio-. Puedo regresar a casa si no funciona. Me case con el por alguna razón –sus últimas palabras me duelen. Pero no lo suficiente. No tanto como para cegarme a esta felicidad que siento ahora.
Sus padres no dicen nada, tengo miedo dejarlo a solas con ellos. Tengo miedo de que se aprovechen de su incapacidad.
Para cuando menos me lo espero estamos en el auto, yo conduciendo hasta nuestra casa.
-Parezco un loco –murmura mientras mira su cabello en el espejo.
Los mechones se mueven con el aire y el brillo amarillento de los rayos del sol lo hacen aun más perfecto.
-Estas hermoso –le digo y el frunce los labios y esboza una sonrisa mientras sigue tratando de acomodar su cabello.
Llegamos a la casa y estaciono el coche.
-Es bonita –dice asombrado.
-Tú la elegiste –le digo.
-¿Si?
-Si, dijiste que te gustaban ese tipo de ventanas. Dijiste algo sobre leer a…
-Media noche –completa la frase asombrado-. Es mi secreto…
-No tenemos secretos –murmuro mientras me quito el cinturón de seguridad.
Estuve a punto de tomar su rostro y unir nuestros labios, pero me contuve. Recordé que no es lo mejor. Recordé que ya no puedo hacer eso.
Bajamos del coche y trato de tomar su mano, pero también me detengo. Esto va a ser más difícil de lo que pensé.
Abro la puerta y entra Peeta.
-¡Sorpresa! –gritan nuestros amigos desde dentro de la casa.
-Que bien te ves, Peeta. Ni parece que has sufrido un accidente –dice Marvel mientras le da un fuerte abrazo.
-Te ves mejor que antes –le dice Glimmer mientras lo abraza también.
-Creí por un momento que no te recuperaríamos, ya había planeado la fiesta –le dice Clove mientras envuelve a Peeta con sus delgados brazos-. Soy Clove, ¿No me recuerdas? –le hace un gesto con su nariz y me hace sonreír.
-No. Lo siento –dice Peeta con una voz fría-. Lo siento. Con permiso.
Pasa entre mis amigos y todos lo miran y quiero ir tras él.
Entra en la primera puerta que encuentra. Nuestra habitación.
Clove y Marvel se acercan a mí y me dicen algo que no escucho.
Respiro un par de veces y coloco mis manos sobre mi cara.
-Todo estará bien –escucho la voz de Glimmer a lo lejos.
-Todo estará bien, Gale –la apoya Prim.
Asiento ligeramente y froto mis ojos antes de abrirlos.
-Creo que es mejor que nos vallamos –dice Cato desde el fondo.
Todos se despiden de mí, con sonrisas de apoyo y fuertes abrazos.
Cierro la puerta cuando la última persona sale y camino sin ánimos hacia mi habitación.
Entro despacio. Peeta está sentado en la silla frente al peinador. Está inspeccionando sus propias cosas.
-¿Estas bien? –le pregunto cuando me pongo a sus espaldas.
-¿Tu qué crees? –me contesta con un tono frio y sin levantar la vista.
-Lo sé –susurro-. Es mucho que asimilar.
-No. Mucho que asimilar habría sido llegar a una casa desconocida con alguien que no conozco –se da media vuelta en la silla y me mira a los ojos. Está furioso-. Eso habría sido mucho que asimilar. Pero llegar a casa con todo esto, con gente que grita y llora. Y me abraza y me dice cosas que no recuerdo, eso no es mucho que asimilar, eso es una estupidez.
Jamás me había hablado así. Jamás pensé que dentro del corazón noble de Peeta se encontrara este lado.
-Lo siento –murmuro bajando la vista-. Iban a ser pocas personas.
-¿Puedes salirte por favor? –gira nuevamente la silla y fija los ojos en un perfume pequeño que tiene en su mano.
-Lo siento –me disculpo y siento que mi voz se corta.
-¿De verdad no te vas a ir? –me pregunta mientras sus ojos traspasan con frialdad los míos.
-Lo siento –me disculpo de nuevo y me dirijo a la salida.
-Yo lo siento –murmura él y no estoy seguro si quería que lo escuchara.
Cuando cierro la puerta de la habitación me recargo en la pared.
Tomo mi cabello con impotencia y grito en silencio.
No pensé que fuese tan difícil.
Mis ojos se llenan de lágrimas y los tallo con rudeza. No quiero llorar. No voy a llorar.
Inhalo profundamente y exhalo con fuerza.
-yo puedo –murmuro para darme ánimos.
Voy a la cocina y preparo algo rápido para cenar.
Sin apetito como los huevos que eh preparado y después me meto a bañar en el baño de visitas.
Cuando termino me enredo en la toalla y por costumbre me dirijo a la habitación, pero recuerdo que Peeta está ahí dentro. ¿Debería entrar? No, no debería. Tengo que darle su espacio.
Busco unas mantas y me voy al sofá.
Me acuesto y cubro mi cuerpo con las cálidas mantas.
Mientras me duermo el silencio en la casa es insoportable. Creo poder escuchar a los insectos de la lámpara que está afuera.
De pronto escucho un sollozo. Después otro y otro más.
Vienen de la habitación de Peeta.
Quiero pararme. Quiero ir hasta el. Quiero tomarlo en mis brazos y besar su frente.
Quiero dormir a su lado. Quiero sentir su calor junto a mi cuerpo.
Cierro los ojos y los aprieto con fuerza.
Se llenan de lágrimas y se me hace un nudo en la garganta.
No puedo hacer nada. No por ahora.
¿Que les esta pareciendo la historia? Espero que interesante! jaja ya lo saben, solo les cuesta un minuto escribirme un breve review! no sean malos:c jaja espero sus comentarios!:3
Espero que les este gustando, cualquier cosa, diganme!
Review review review revieeeeeeeeew!:3
