Hello everyone~! Aquí les traigo el segundo cap. de este fic. :D
Este capítulo tiene una diferencia con respecto al anterior, a ver si les gusta ;)
ATENCIÓN: hoy el capítulo estará dividido en dos lineas temporales distintas. Esto se debe a que en el capítulo anterior Vegeta ya tenía 13 años, entonces ¿qué pasa con los años precedentes? Pues bien, mientras él esté dentro de uno de esos tanques de recuperación habrá pequeños flashback (analepsis, en español. ¡Qué bonita palabra, ojala la usáramos más!) sobre esos años.
El ángel de la inconsciencia se cernía sobre él, impasible y amenazador. Deseoso de poder llevarlo hacia el mundo de las sombras, a aquel mundo de fría soledad que le permitiría escapar de todo el dolor que azotaba su cuerpo.
La vista se le nublaba, los colores se mezclaban unos con otros de forma caótica y la imagen de las cosas empezaban a verse distorsionadas. Las punzabas de dolor cada vez parecían ser más fuertes, mientras que la sangre recorría silenciosa su propia piel. Y aun así, alcanzaba a percatarse de cómo le conducían de manera apresurada a través de los inmensos pasillos de aquel extravagante palacio.
El tiempo parecía transcurrir de manera pesada en aquel estado semiinconsciente y a duras penas alcanzaba a advertir la presencia inoportuna de algún que otro soldado que se cruzaba en su camino.
El negro empezaba a predominar sobre el resto de colores y el dolor parecía imponerse sobre las demás sensaciones. Cerró los ojos con fuerza intentando hacer que todo parase, mas con ello lo único que consiguió fue percatarse de que la zona de su ojo izquierdo había empezado a inflamarse, debido seguramente a algún golpe que le hubiese proporcionado Freezer; en ese preciso momento no sabía muy bien cuál de todos ellos había sido...
Se percató de los débiles murmullos que le llegaban del exterior y débilmente abrió los ojos para saber qué pasaba. Súbitamente se halló en la sala de recuperación, rodeado de extraños médicos que observaban sus heridas con miradas apuradas tras empezar a desproveerle de la ropa. Entre los crecientes delirios notó como las ajenas manos rozaban su piel, palpaban los lugares más malheridos y examinaban que sus órganos vitales siguiesen en buen estado. Ante ello gruñó débilmente y observó con rencor como Nappa parecía decirle algo. Nappa, ese inútil que no había hecho nada para impedir la soberana paliza que acabada de recibir. Volvió a cerrar los ojos pesadamente y después de eso, todo fue oscuridad; una solitaria, tranquila y fría oscuridad donde el dolor parecía no existir.
– Mi niño, mira –le susurró cariñosa una voz cercana.
Lentamente, de entre la oscuridad de las sombras, empezó a dibujarse una silueta frente a él, la cual parecía acercarse con cada paso que daba. Se halló cruzando un amplió ventanal que le llevó hasta una terraza, en donde se encontraba de espaldas a él una mujer vestida con un fino vestido rojo, sus cabellos de un intenso negro eran acariciados por el viento y su cola se mecía escasamente.
De repente se volvió y le miró. Una escueta sonrisa salió de sus labios cuando él se posicionó a su lado.
– Este es tu pueblo, y algún día, cuando seas grande y fuerte, también será tu reino –le volvió a hablar con suavidad aquella voz.
El infante desvió su seria mirada de aquella esbelta mujer que aún le sonreía con dulzura y enfocó de nuevo la vista al frente, intentando ver lo que le ofrecía, mas apenas conseguía ver unas pequeñas edificaciones que se alzaban sobre la blanca barandilla de piedra del balcón. Frunció levemente el ceño, enfadado por no poder ver lo que le señalaban. Se asió a la barandilla y de puntillas asomó la naricita por encima de ella, apenas pudo distinguir unos cuantos edificios más entre el cielo del ocaso.
Aquella mujer le observaba divertida, con un orgulloso porte mientras se apoyaba en la barandilla del balcón y su mirada clavada en él: en su hijo, su niño, el príncipe de Vegetai. El futuro rey. El cual en esos momentos parecía debatirse con la barandilla del balcón para poder ver algo de lo que ella le estaba diciendo. Una suave risa escapó de sus labios provocando que la mirada del niño se desviara hasta ella, y por consiguiente, haciendo que sus profundos ojos negros se clavaran en ella, aquel tono negro que eran tan igual al suyo.
– ¿Por qué no pruebas a utilizar esa nueva técnica que te han enseñado hoy? –le sugirió tras percatarse de la enojada mirada que le dirigía su retoño. El niño asintió como única respuesta.
Tras unos segundos de incertidumbre, el pequeño cuerpo del príncipe empezó a elevarse del suelo de manera tediosa, para poco después hallarse sentado en la barandilla del balcón con una débil sonrisa de autosuficiencia en el rostro y su cola zarandeándose de un lado hacia otro. La mujer apartó la mirada de él y volvió a observar la ciudad bajo los últimos rayos del sol.
El niño observó maravillado el espectáculo; el cielo pintado con una armoniosa mezcla de colores cálidos, mientras que las últimas luces del astro delineaban de oro las montañas y los bosques del fondo, a la misma vez que la ciudad se encendía con millones de pequeñas luces que pretendían hacer frente a la creciente oscuridad.
Pero el resplandor inicial empezó a apagarse y todo a su alrededor comenzó a difuminarse en sombras mientras veía desaparecer uno de los pocos agradables recuerdos de su infancia. Lo último que vio antes de que todo se volviera negro de nuevo, fue la dulce sonrisa de su madre.
Negro. Oscuridad. De nuevo mecido en ellas...
[…]
Sintió su corazón acelerado latir contra su pecho, el aire azotando su cara en su repentina carrera y los recios pasos de Nappa a sus espaldas, gritándole una vez más que parara. En su cara se dibujó una sonrisa ladina y el pequeño príncipe aumentó la velocidad de su carrera por el pasillo de palacio, dobló la esquina y se metió en la última habitación de aquel pasillo. Apoyó el peso de su cuerpo sobre la puerta y esperó inmóvil hasta oír cómo Nappa pasaba de largo entre inconstantes llamados. Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro.
Una vez que hubo tranquilizado su respiración recorrió con la mirada la sala en la que se encontraba, una diminuta habitación apenas iluminada que parecía servir como antesala privada. Contaba con un sofá tapizado en rojo junto a una de las paredes, en medio una fina mesa y en frente una puerta semiabierta de la que le llegada el rumor de una conversación. Estaba a punto de salir de allí hasta que oyó de la habitación contigua su nombre. Curioso, se acercó con celo a la puerta entrecerrada y por la abertura distinguió la silueta de su madre, en frente de ella, su padre. Ambos parecían discutir algo, pero en ese momento su inocente mente no comprendía sobre qué.
– Lo estas volviendo débil, así que se te prohibirá que te acerques a él –le manifestó con una inflexible mirada.
– ¡Es mi hijo, no tienes ningún derecho a hacer esto! –le reclamó ella sulfurada entre el agitado movimiento de sus manos.
– Creí que había quedado claro que no te dejaría inmiscuirte en su educación –enunció de manera tajante mientras miraba un par de papeles que había sobre la mesa.
– ¡Pero todo esto es estúpido! –exclamó exasperada.
– Sí, yo también opinó lo mismo –dijo entre dientes el rey sin apartar la vista de los documentos. Ella le dirigió una fiera mirada ante el distinto significado que su marido había dado a sus palabras deliberadamente. Durante un instante todo permaneció en silencio tras el repentino choque de sus miradas; miradas severas, reprochadoras, inflexibles... El fuego de ella contra el hielo de él.
– No dejaré que lo apartes de mí –susurró tenaz mientras se disponía a marcharse. Ante aquel acto de rebeldía el monarca se levantó exasperado por las impertinencias de su esposa.
– ¡Harás lo que YO te ordené! –exclamó tras salvar la distancia entre ellos mediante unas cuantas zancadas, para después agarrarla por los hombros.
– ¡Haré lo que yo quiera! ¡Y me da igual que seas el rey, ni tú ni nadie va a impedir que esté junto a mi hijo! –profirió tras soltarse del agarre. Tras aquello el rey no dudó en asestarle una bofetada a su esposa, mandándola irremediablemente al suelo. El silencio inundó la sala–. Esto no quedará así –sentenció ella con una fría mirada para después levantarse y salir por la otra puerta de la sala.
El sonido del portazo retumbó ante el creciente silencio. La imagen se desvaneció y aquel recuerdo desapareció de nuevo hacia las profundidades de su mente.
[…]
Fuego, llamas, gritos...
Observó todo a su alrededor mientras caminaba con paso lento: las paredes en su mayoría destruidas, escombros inundando el suelo, los cadáveres esparcidos por doquier y las llamas devorándolo todo con un furioso crepitar, el cual se hallaba casi amortiguado por gritos de terror y macabras carcajadas. A su alrededor la gente corría apresurada, ignorando la presencia de aquel pequeño niño desorientado que caminaba sin rumbo entre la destrucción. Todo a su alrededor era caos. Un caos al que ya debería estar acostumbrado mas, aquella situación parecía sobrecogerle. Tal vez por el hecho de que aquellos que estaban tirados en el suelo, muertos, eran sus propios iguales. Tal vez porque toda aquella desolación era propia del palacio real, de su casa.
Caminó estupefacto entre los jardines ahora desolados, intentando pasar del ala oeste al ala este, mas algo llamó su infantil atención entre toda la devastación. Pues entre el verde césped del patio brilló por la luz de las llamas una joya que inmediatamente reconoció: la pulsera preferida de su madre. Angustiado se dirigió corriendo hacia ella y tras cogerla y guardarla se percató de que a su izquierda, oculto entre los matorrales se distinguía el cuerpo mutilado de una mujer. Se quedó paralizado durante un instante, mientras notaba como los ojos le ardían por las lágrimas que se habían empezado a acumular en ellos y amenazaban con salir. Se esforzó por reunir todo el valor del que fue capaz y se acercó al cadáver para cerciorarse de lo que ya intuía; que aquella que yacía inerte entre la hierba del jardín no era otra sino su madre.
Su lacio cabello negro revuelto de manera desordenada, un corte cruzando su cara mientras que uno de sus brazos se hallaba seccionado un par de metros más allá y una de sus rodillas conformando un ángulo antinatural.
Ante aquella terrorífica visión no pudo, ni quiso, evitar que las lágrimas se derramasen por su rostro mientras caía de rodillas sobre el suelo. Sus pequeños puños se clavaron con rabia en la tierra mientras un desgarrador chillido escapaba de su garganta. El tiempo pareció detenerse tras aquello y no supo cuánto tiempo permaneció allí llorando por su madre, hasta que una fuerte explosión en los alrededores empujó su cuerpo un par de metros y chamuscó los restos de la reina.
Ante él se impusieron las figuras de dos hombres, ambos manchados de sangre y con los uniformes de soldados, sorprendidos por encontrarse ante ellos a un pequeño niño, el cual tras verlos rápidamente limpió de su cara todo rastro de lágrimas y se levantó del suelo. Pero antes siquiera de que pudiese hacer cualquier otro movimiento, uno de aquellos hombres se abalanzó sobre él y lo alzó del suelo agarrándolo por la ropa.
– Pero mira que tenemos aquí –exclamó de forma burlona mientras su rancio aliento impactaba contra el rostro del chiquillo–. ¿Tú crees qué será el príncipe? –le preguntó a su compañero.
– No creo –respondió mientras veía cómo aquel pequeño vestido con harapos intentaba deshacerse del agarre del otro–. Pero de todas formas mátalo. No quiero que después nos llamen imbéciles por haber dejado con vida al vástago de ese cabrón –le dijo con acidez. El otro aceptó el razonamiento y con una sonrisa vengativa desplazó el agarre al cuello y empezó a estrangularlo.
Ante aquello el muchacho les dirigió una mirada amenazadora y movido por la dolor le rompió la muñeca al soldado con un rápido movimiento. El otro lo miró sorprendido durante un instante, antes de que una repentina ráfaga de luz le quitara la vida. Por el contrario, al que aun quedaba con vida le dio tiempo de abalanzarse sobre él, mas el chiquillo lo esquivó con maestría y antes de que pudiera hacer algún otro movimiento se posicionó a sus espaldas y le partió el cuello. El sonido sordo del cuerpo desplomándose sobre la hierba significó el final de aquella escueta escaramuza. Se dio la vuelta para alejarse de aquel lugar pero una voz en la lejanía lo detuvo inmediatamente.
– ¡Príncipe Vegeta! –escuchó cómo le llamaba Zorn mientras corría apresurado hacia él–. Le he estado buscando. El castillo ha sido asaltado y pretenden derrocar a su padre, pero la situación ha sido controlada y todo casi ha terminado ya. ¿Usted, está bien? ¿Le han hecho algo? –dijo una vez que ya estuvo a su lado. El pequeño negó con la cabeza y reanudó de nuevo la marcha seguido por el soldado.
– Príncipe, ¿ha visto a su madre? –le preguntó mientras examinaba todo a su alrededor como buscando algo.
– Ha muerto –le contestó secamente el chiquillo notando como de nuevo los ojos se le humedecían.
A partir de ese momento la vista se le empezó a emborronar y todo a su alrededor desapareció paulatinamente entre el eco de sus pisada por el pasillo de un palacio medio derruido.
[…]
Una vez más el escenario cambió. Se encontraba en una de las pocas salas de palacio que parecía haber resistido al motín. Una alfombra roja cubría el suelo de oscuro mármol negro, del mismo color que un par de columnas de la sala, que contrastaban con las paredes de un blanco ceniza en las que había una gran ventana. La habitación, escasamente decorada, contaba con un par de sofás otomanos y media docena de sillones, mientras que las paredes apenas estaban cubiertas con un gran espejo un par de cuadros y el emblema de la casa real.
– Majestad, la reina ha muerto –comunicó de forma contundente el militar. El rey le observó sin decir nada.
– ¿Él está bien? –preguntó poco después, señalando a su hijo, que se encontraba algo más atrás de ellos, con la vista perdida en el infinito y ajeno a todo. Zorn asintió–. Bien. Avisa a alguien que le prepare una habitación decente y sígueme. Aún quedan un par de estúpidos diligente pertenecientes al ejercito que han conseguido escapar. Hay que atraparlos antes de que huyan del planeta.
– Sí, Majestad –respondió, seguido de una reverencia y sus acelerados pasos en busca de alguien que pudiese cumplir la orden.
Un silencio pesado inundó la sala ante la sola presencia de ambos. El rey observó detenidamente a su hijo, el cual le dirigía una mirada acusadora con los ojos acuosos, por el contrario el padre le dirigió una mirada de despreció antes de desviarla hacia la ventana y observar los estragos que la sublevación había causado en la ciudad. Una ciudad que ahora se hallaba sumida en las ruinas e iluminada únicamente por numerables incendios.
– Los sentimientos son para los débiles, creía que ya lo sabías –declaró.
– ¿¡Por qué no la protegiste!? –le reclamó con cólera sin poder contener las lágrimas.
– ¿A quién? –preguntó desinteresado volviendo a fijar la atención en su hijo, quien tenía los nudillos blancos por toda la rabia que le ocasionaba aquella impotencia.
– ¡A madre! ¡¿Por qué no la protegiste?! ¡¿Por qué no la salvaste?! –le volvió a gritar.
– No eran más que un puñado de soldados, si ella misma no ha podido deshacerse de ellos es que era lo suficientemente débil como para no merecer vivir –le respondió volviendo la vista hacia la ventana.
– ¡Mentira! ¡Ella era fuerte! –exclamó con ímpetu.
– Te estás volviendo débil –sentenció de manera severa mientras le dirigía una última mirada, esta vez cargada de animadversión y desdén. El infante quedó afligido ante las palabras de su padre y no supo cómo seguir reclamándole todo lo sucedido.
De nuevo, un silencio tenso se apoderó de la habitación y lo único que se escuchó fueron los ajetreados pasos de Zorn de vuelta a la sala.
[…]
Hacia ya casi un mes del motín y el palacio se encontraba en un continuo ajetreo, en un intento de devolverle de nuevo su lustre.
Todos los revolucionarios habían sido apresados y posteriormente ejecutados. La inmensa mayoría de los que se vieron involucrados eran de segunda clase pero todos ellos poseían importantes puestos en el gobierno que había establecido el monarca. Por lo cual, tras aquello la eficacia del gobierno se vio mermada ante la falta de personas competentes que rigieran los puestos que habían quedado vagantes.
Además de los revolucionarios un par de centenas de inocentes murieron en el levantamiento, y entre ellos se encontraba la reina. Muerte que achacaron indudablemente a los rebeldes. Tras un ostentoso entierro nadie en palacio volvió a mencionarla, pareciendo como si nunca hubiera existido. Y ante aquel ambiente frío y depresivo, el infante se mostraba más indómito que nunca. Abocado en constante caprichos y desdenes.
Una vez más había huido de su tutor particular, un saiyajin de pelo canoso, que destacaba en el reino más por su inteligencia y sabiduría que por su fuerza, especialmente reconocido por todos como un brillante estratega. Una de las pocas materias a las que el príncipe solía prestar atención de todas las que le inculcaba. Era serio y exigente y eso aburría al joven Vegeta, quien prefería las clases de entrenamiento.
La luz de la tarde se colaba por los amplios ventanales de palacio e iluminaban los numerosos corredores, mientras que el muchacho caminaba vigilante para no ser descubierto, cuando al doblar una de las esquinas de palacio chocó contra algo. Rápidamente alzó la vistaa y se encontró con un par de ojos ambarinos que lo miraban con curiosidad. Una joven muchacha bajita de oscuro cabello ondulado era la dueña de ellos, iba vestida con un traje de combate por lo que el niño dedujo que no pertenecía a la servidumbre, pero antes de poder preguntarle nada ella se agachó hasta su altura.
– Supongo que tú eres el príncipe Vegeta –dijo de manera amable.
– Sí –contestó receloso. No recordaba haberla visto nunca–. ¿Quién eres tú?
La mujer sonrió con pena–. Solamente soy una de tantas con las que tu padre pasa las noches –le respondió con amabilidad antes de incorporarse de nuevo y soltar un suspiro cansado.
Después de aquello se perdió entre los corredores con un grácil andar y no la volvió a ver más. Pero como ya le había dicho, fue una de tantas con las que el monarca pasaba las noches, y sin embargo fue la única que conversó de manera amable con él frente a la indiferencia que le mostró el resto.
Bueno, llegados a este punto les agradezco que se hayan tomado su tiempo en leer este capítulo y el anterior.
También le agradezco muchísimo a lady supersaiyajin por tomarse el tiempo de comentar. ¡Mil gracias!
Nos vemos en el próximo cap. Ciao~! =)
¿Review?
Reeditado: Ene.2017
