Disclaimer: Haikyu no me pertenece, ojala, es de Haruichi Furudate. La imagen tampoco es mía.


Bólido.


Cuando llegó el día (tan esperado por Oikawa) se despertó como siempre, tomó su desayuno con monotonía, habló unos cuantos segundos con su madre antes de que ésta se fuera a trabajar, se miró en el espejo antes de salir de casa, caminó por las calles a su paso de siempre ni tan rápido pero tampoco muy lento, todo normal. Nada fuera del otro mundo. Era extraño porque en sus pensamientos utópicos se había imaginado a sí mismo feliz y resplandeciente en todo el sentido de la palabra, la emoción pintada en su rostro sin poder pasar desapercibida de ninguna manera.

Hoy era el día de su graduación.

Dejaría su actual escuela media Kitagawa Daiichi para avanzar en la escala, lo más probable una que tuviera un equipo lo suficientemente fuerte de volley donde él pudiera brillar como debía (como Aobajōsai, el lugar al cual la mayoría de las personas de su institución terminaban yendo), porque una persona de su nivel no tenía nada más que hacer salvo eso: deslumbrar con su talento. Era su destino. De la misma forma estaba seguro que a donde él fuera se encontraría siendo la estrella del equipo (y el capitán), ni más ni menos, como cereza del pastel era un excelente armador. El mejor de todos.

Aunque quizás sería más divertido sí sintiera algo, por lo menos alguna cosa cercana a la emoción por el suceso tan importante en su vida.

«Bah, no importa. Lo único que tengo que hacer es ir a la ceremonia, recibir algo e irme», pensó para darse los ánimos necesarios mientras caminaba por las calles de la ciudad. Saludaba de manera cortes a los vecinos y abuelas que lo conocían desde pequeño, pateaba las piedras que encontraba en el suelo y se alejaba del camino de las bicicletas que recorrían las callejuelas, él también pudo haberse comprado una bici para ir a la escuela pero nunca le habían llamado la atención del todo.

Pronto llegaría a la esquina que era el punto de espera para encontrarse con Iwa-chan, de esa forma el resto del recorrido lo harían juntos.

«Que nostálgico, el último día en que caminaremos hacia la escuela media», el pensamiento fugaz cruzó por su mente mientras se apoyaba en un poste de luz para esperar con paciencia a su amigo. Una sonrisa se formó en sus labios mientras pensaba en cómo estaría Iwaizumi, quizás indiferente (como siempre) o tal vez hoy hubiera despertado con sentimientos y estuviera más abierto que lo usual.

—Ah, ¡Iwa-chan, buenos días! —saludó con una sonrisa de entusiasmo mientras veía como la figura del más bajo se hacía más nítida al tiempo en que se acercaba por las calles. Iba bien uniformado, pero con ojeras bajo los ojos y con su saludo pareció irritarse más de lo que estaba.

Tooru mantuvo una sonrisa amistosa (casi, casi boba) al tiempo en que alzaba el brazo para agitarlo rápidamente en el aire, dando énfasis a su saludo.

—¡Buenos días, Iwa-chan! ¿Cómo dormiste? ¿Te sientes emocionado por el gran día? –inquirió con una actitud más infantil de lo usual. Se acercó al trote hacia el chico, tomando la correa de su bolsón con una mano para asegurarse que no se cayera por sus movimientos bruscos.

Iwaizumi no esperó para pellizcar el brazo de Oikawa, haciendo de esta forma que se callara de una vez. Tomó aire para relajarse mientras escuchaba los quejidos del castaño, quien intentaba librarse del agarre pero le era imposible. La verdad se encontraba de peor humor que otros días porque no había dormido sus horas necesarias, además casi se le pierde el uniforme y tuvo que ver que el idiota de Tooru había llegado antes que él al puesto de espera, todo eso sumado con el saludo de idiota que éste tenía hacía que echara humo por las orejas.

—Argh, ya cállate, maldición. Pareces un idiota —musitó mientras lo soltaba y comenzaba a caminar en dirección a la escuela. No tuvo que esperar mucho para sentir los pasos de Oikawa a su lado, además de su risa socarrona.

—Vamos, vamos, Iwa-chan. Nadie puede despertar tan molesto el día de su graduación, ¿no estás emocionado? Una sonrisa sería lo mejor, ¿no crees? Vamos, sonríe, Iwa-chan —en todo eso Tooru ni si quiera pensó en agregar que él tampoco estaba nada emocionado con su supuesta graduación, sino indiferente ante el hecho. Le bastaba con molestar un poco más a su amigo, eso siempre le subía el ánimo lo suficiente—. ¿Crees que deberíamos celebrarlo…? Tal vez el equipo haga una despedida ya que su capitán se va-

Un codazo que le pegó fuerte en las costillas fue suficiente para silenciarlo y también hacer que el aire de sus pulmones escapara en una milésima de segundo. Con algo de suerte el moretón que ahí se formaría no duraría más de una semana pero lo dudaba mucho porque parecía que el moreno cada día tenía más fuerza.

—Pareces canario, ¿por qué no te callas? Tu voz no hace más que ponerme de peor humor.

—Que cruel eres —murmuró Tooru sobándose el área afectada sin dejar de caminar por las calles que poco a poco se hacían más transitadas por peatones (algunos estudiantes, igual que él). Se detuvieron en el cruce de un semáforo y el viento que creaban los autos al pasar hacía que su cabello se alborotara más—. ¿No estás, aunque sea, un poco triste al saber que no verás a tus compañeros? Al menos lo más probable es que sea así.

Iwaizumi, a diferencia de lo que creía, se quedó en silencio como sí realmente lo estuviera pensando. Luego de unos minutos suspiró y se pasó una mano por la mejilla, pellizcando el pómulo para luego decir:

—No, a los que son del equipo hay mucha posibilidad de volverlos a ver pero del otro lado de la red —ese punto era algo que todos tenían claro al cien por ciento ya que irían a escuelas diferentes, sí entraban a un equipo de volley (las personas que realmente gustaban del deporte lo harían sí o sí) se verían las caras tarde o temprano. Iwaizumi terminó sus palabras con algo de lo cual seguramente tras decirlo se arrepentiría por siempre—: Y estoy pegado a ti hasta que nos graduemos en la escuela superior, ¿no? Entonces da igual el resto.

Oikawa pestañeó repetidas veces, por primera vez sin saber qué decir porque no se esperaba eso. Claro, habían hablado (una vez) ir a la misma escuela y estar en el mismo equipo, no sólo porque eran buenos amigos (aunque era difícil pensar que Iwaizumi lo admitiera en voz alta pero ambos tenían claro que eran mejores amigos) sino también porque eran un dúo perfecto en cuanto al deporte. Se complementaban. Su trabajo en equipo era efectivo en todas las ocasiones y no era nada para sorprenderse; practicaban juntos desde pequeños, servían de apoyo al otro, conversaban acerca de sus defectos, planeaban estrategias. Se podría decir que crecían a la par.

Cuando el semáforo cambió a verde y se prepararon para cruzar, Oikawa formó una sonrisa otra vez boba y pasó un brazo por encima de los hombros de su acompañante logrando empujarlo ligeramente haciendo que al mismo tiempo perdiera el equilibrio.

—¡Sí que puedes ser un amor cuando quieres!

—¡Suéltame, estúpido!

«Ah, es el último día en que veré a Kageyama también», pensó como un destello mientras cruzaba la calle evitando los golpes que Iwa-chan intentaba darle. No sabía por qué pero ese pensamiento le generaban sensaciones contrapuestas, por un lado se sentía aliviado pero por el otro…. Bueno, ni si quiera podía reconocer cuál era el otro lado.

La ceremonia fue rápida.

Tooru nunca se había considerado un chico realmente sensible pero tampoco era una piedra en todos los sentidos, simplemente evitaba emociones innecesarias y sin importar lo mucho que lo intentara no podía comprender a las personas (principalmente mujeres) que lloraban el último día de clases. No era la primera vez que pasaba pero ahora parecía que iban a ahogarse en un mar de lágrimas por culpa de sus compañeras. No bien habían terminado la ceremonia donde despedían a los de último curso (o sea ellos), sus compañeras se habían reunidos en sus grupos para luego abrazarse y largarse a llorar, murmurando cosas demasiado cursis para ser reales:

—¡No te olvidaré!

—¡Seremos amigas por siempre! Llámame en las vacaciones para que nos juntemos.

—Luego me dices en qué escuela has ingresado, ¿vale? No vamos a perder el contacto nunca.

A Oikawa todo eso de "nunca" le parecía una gran estupidez, nunca es mucho tiempo, demasiado para ser sincero. ¿Cómo alguien podía asumir que nunca dejarían de ser amigas? ¿Acaso entendían el significado completo de esas palabras? Prácticamente se estaban amarrando y eso que si quiera se estaban casando. Claro, nunca dejarían de hablar la una con la otra pero ese nunca era muy relativo. El futuro era incierto.

Suspiró con resignación, tenía al menos unas horas ahí y poco faltaba para que fuera rodeado por chicas también con ganas de despedirse de él. En ese segundo Iwaizumi se hallaba a su lado, con una expresión de aburrimiento pintada en el rostro y toda la atmosfera de querer irse. Una sonrisa maliciosa se formó en sus labios mientras estiraba los brazos para abalanzarse sobre su amigo, quien por el rabillo del ojo había captado el movimiento y logró evitarlo de manera eficaz lanzándole un certero codazo al estómago que lo noqueó durante un segundo.

Iwa-chan era muy bueno dando codazos.

Tooru tosió sin perder su sonrisa.

—Iwa-chan, siempre seremos amigos y nunca perderemos el contacto. ¡Te llamaré todos los días para que sigamos viéndonos! —formuló en parodia a las frases de sus compañeras, poco a poco logrando enderezarse en su lugar sin perder la actitud de galante que siempre lo acompañaba.

No fue bien recibido por su amigo, quien frunció el ceño hasta el punto en que creyó que sus dos cejas iban a fundirse en una.

—Sigue soltando esa mierda y de aquí saldrás con dos partes menos de tu cuerpo.

El castaño no hizo más que reírse mientras palmeaba la espalda de su compañero. El salón era un ir y venir de personas, pronto ese lugar sólo sería un recuerdo de su antigua escuela y nada más porque no volvería a estar ahí. Habían personas de otros cursos que iban a despedirse de sus sempais y seguramente sí Oikawa hubiera dejado de molestar a Iwaizumi durante unos segundos para darse vuelta en dirección a la puerta delantera, se habría dado cuenta de la presencia del pequeño genio que tenían en el equipo (de hecho antiguo equipo). Kageyama Tobio también estaba afuera del salón para despedirse de sus sempai, aunque no sabía la exacta razón para ir porque nunca habían tenido un lazo especial, de hecho eran inexistentes las veces en que habían conversado y ese sujeto era un asco de persona, pero Tobio no podía dejar de pensar que era lo correcto.

Aunque nunca tuvo el valor de entrar al salón de clases y llamar la atención de Oikawa, intentó esperar que él saliera de una buena vez pero al final tuvo que volver a su propia clase.

Tooru seguía molestando a Hajime.

Lanzando el balón al suelo repetidas veces observó un punto fijo del otro lado de la red, hacia el punto donde tenía que llegar su tiro. Lo sujetó con ambas manos para luego apoyar la frente en la pelota, perdiéndose en sus colares verde, blanco y rojo mientras aspiraba el aroma a goma gastada. El gimnasio de Kitagawa Daiichi que siempre se sentía grande ahora lo era más de lo usual al encontrarse vacío, sólo él de pie en aquel lugar donde tantas veces había jugado como un As en el deporte impresionando a quienes lo miraban.

Era la última vez que pisaba ese lugar y no es que fuera una persona sensible o cursi con cosas de ese estilo, pero sentía cierto deber como jugador y antiguo miembro del equipo para visitar el lugar que los albergo en sus prácticas. Había comenzado siendo un chiquillo inexperto que recibía el balón con la cara en vez de las manos, ahora ya había incluso recibido un premio por sus habilidades.

Aspiró y exhaló el aire de sus pulmones, serenando su interior y mente. Estiró el brazo con la pelota enfocada hacia el punto que quería lanzar y luego arrojándola sobre su cabeza, dando un poderoso salto y golpeando el balón con su mano. El dolor de siempre no era nada al ver que al aterrizar el proyectil ya había llegado a su lugar.

Sonrió de manera ancha observando como la pelota rebotaba unas últimas veces del otro lado hasta terminar rodando por el lugar y chocar con la pared. El eco de los golpes se repitió unos segundos más antes de desaparecer del todo y él encontrarse en el silencio absoluto que lo rodeaba.

—¿Me enseñas a hacer eso? —Se escuchó de pronto y no pudo evitar sobresaltarse en su lugar. De forma veloz se dio vuelta para observar al culpable de todo eso, el pequeño espía del cual estaba seguro reconocía la molesta voz de niño mimado y chillón. No pudo evitar fruncir el ceño al hallar la mirada azulina de Kageyama Tobio, el enano más molesto del universo, y también le irritaba la forma en como éste lo observaba sin titubear un solo segundo. Entre sus manos afirmaba su propio balón de volley el cual tenía signos de estar gastado con el tiempo.

—¿Qué? —gruñó Tooru sin aparentar una actitud tranquila como lo hacía la mayor parte del tiempo, en especial frente a las chicas. Apoyó una mano en su cintura al mismo tiempo que lanzaba una mirada altanera al menor.

Tobio no se inmuto ni un poco, tampoco cambió su expresión de tranquilidad.

—Que sí me enseñas a hacer eso —especificó con calma para luego hacer un ligero gesto con la barbilla en dirección al otro lado de la cancha, donde seguramente el balón había caído y todavía se encontraba ahí—, ese salto que tú haces.

«¿Otra vez esta con eso? ¿Acaso nunca se rinde?», pensó con irritación.

—¿Me enseñas? —insistió Kageyama sin echarse para atrás.

Oikawa había pasado por alto las palabras exactas que Tobio utilizaba para referirse a su forma de sacar. No le daba mayor importancia pero de haberlo hecho hubiera notado la manera en que él resaltaba el "tú" en cada una de sus oraciones. Para Kageyama su sempai era una persona de admirar, había visto a varios armadores (en la tele y en vivo) y aprendido de los que consideraba los mejores para él también poder avanzar, pero desde que había visto la forma en que tenía Tooru de saltar y moverse le había parecido espectacular. Algo nunca antes visto y que tampoco había observado en otra persona. Ese movimiento sólo él podía hacerlo, nadie más. En secreto había intentado imitarlo porque realmente le parecía algo impresionante, pero no había logrado hacerlo, no sabía la razón y de ahí nacía su necesidad de que le enseñara pero vez que le pedía eso simplemente se negaba.

Hoy era su última oportunidad porque mientras su sempai se iba a otra escuela superior a continuar con su vida (además de seguro mejorar mucho en el volley) él se hallaría atrapado ahí dos años más hasta poder darle alcance. No tenía idea cuándo sería la próxima vez que se encontraran; tal vez como compañeros (existía la ligera posibilidad) o también como rivales. Lo había pensado de manera seria en su casa y cayó en la cuenta que la razón por la que no le quería enseñar tal vez era justo por eso; porque algún día podrían ser rivales (ambos eran armadores, después de todo) y era obvio que nadie quería ayudar a su rival a mejorar. De todas formas no deseaba rendirse porque se negaba de manera rotunda a ser menos que Oikawa, él tenía que alcanzarlo, necesitaba hacerlo y demostrar que también podía ser como él.

Era uno de los armadores que más admirada, a pesar de los regaños, insultos y actitudes infantiles además de ariscas que tenía hacia él. Eso nunca lo había entendido porque Kageyama no recordaba haber sido grosero con él en ningún momento, de partida su madre siempre había sido muy estricta en cuanto a eso; debía respetar a los mayores, etc, a veces tenía ciertas dificultades con aquello porque las personas que lo rodeaban (en general adultos) seguían insistiendo en él como un "genio", hasta hace tiempo no estaba seguro de esa palabra y sólo le causaba confusión porque no era la persona más brillante del salón de clases, de hecho pasaba a regañadientes la mayoría de sus materias. Fue cuando entró al club de volley de la escuela, donde podía comparar su forma de juego con la de otros de su edad, que comenzó a captar a qué se referían.

Intentaba ignorar ese hecho la mayoría del tiempo.

Tooru quitó un mechón de cabello de su frente y observó durante varios segundos al enano molesto.

—Ni en un millón de a-

—Por favor —insistió Tobio con más irritación que antes, su paciencia acabándose y dando un paso seguro hacia él. Apretó los dientes y la pelota entre sus manos con fuerza, como sí de esa forma evitara las ganas de asesinar a su sempai que de pronto lo inundaban—, siempre me dices que no pero ni si quiera sé el porqué.

—Ja —resopló Oikawa girando el rostro hacia el otro lado del gimnasio, evitando cualquier clase de contacto visual con el moreno—, como odio a los genios —murmuró en voz tan baja que Tobio no logró escucharlo. Con una sonrisa maliciosa de pronto la ampolleta se prendió en su cabeza, se enderezó en su lugar y de forma rápida se acercó lo suficiente a Tobio para quitarle el balón de las manos. Lo sujetó durante un segundo y luego caminó a una distancia que consideró segura. Todavía los dos en el gimnasio y sólo escuchando sus pasos contra el suelo del lugar, Kageyama lo observaba anonado porque la emoción de saber que por fin su sempai le instruiría en volley era demasiado para él. El mayor se detuvo todavía sosteniendo el objeto entre sus manos y una sonrisa que podía considerarse la de un ángel caído adornó sus facciones—. Ve y aprende, Tobio-chan —musitó con los labios apretados.

Todo fue muy rápido para Kageyama, quien ya había observado varias veces la forma en que su sempai lanzaba, se encandiló con la manera elegante que tenía para tomar el balón y después con su forma para saltar, entonces antes de que pudiera seguir con la mirada la trayectoria de la pelota sintió un golpe en el rostro (para ser exactos en su frente) y traspilló hacia atrás hasta caer en el suelo, aterrizando sobre su trasero que no tardo mucho tiempo en comenzar a doler.

Tooru Oikawa sin nada de culpa se acercó al pequeño que seguía tirado, sobándose la zona afectada. Si lloraba sería un exagerado, cualquiera sabía que ellos estaban acostumbrados a que las pelotas aterrizaran en sus caras, en especial cuando se está aprendiendo. Le faltaban números para contar las veces que a él le había ocurrido.

Auch… —gimió Tobio en voz baja, lanzándole una mirada molesta a su sempai que se veía tan fresco como una lechuga.

—¿Has aprendido? —inquirió él con malicia y observándose las uñas sin ninguna clase de interés. Debía admitir que era divertido molestar a ese pequeño Tobio tan molesto que le había tocado conocer.

Por la mente de Kageyama se cruzaron mil insultos que podía dedicar en ese momento, cosas ingeniosas e incluso lanzarle una mirada de desprecio total por tal acción, pero al contrario no hizo ninguna de ellas. Se levantó de manera lenta, limpiando sus pantalones en el proceso y observó a Oikawa sin inmutarse. Su frente se encontraba roja ahí donde el balón le había golpeado pero él no le daba importancia.

Tomando aire soltó lo que quería decir desde la mañana:

—Nos vemos, Oikawa-sempai.

Tooru parpadeó, tardando un tiempo efímero en entender a qué se refería el enano pero cuando lo hizo arrugó la nariz y ladeó el rostro hacia un lado.

—¿Te estás despidiendo?

Él asintió.

—Que tonto —musitó Oikawa mientras cruzaba los brazos sobre su pecho sin dejar de observar al menor—. Sabes qué. Algún día podríamos volver a vernos y hay gran posibilidad de que seamos rivales, Tobio-chan —su nombre lo soltó con toda la sorna la cual era posible reunir en ese momento—, y entonces no tendré problemas en demostrarte quién de los dos es mejor, o sea yo. Iré con todo lo que pueda contra ti.

El moreno se quedó en silencio, escuchando atento las palabras de quien fue su sempai esos años. Al final se encogió de hombros y asintió, formando una sonrisa confiada en su rostro.

—No puedo esperar a ese momento.

—Veremos quién es mejor armador.

Con eso Oikawa terminó por reírse, dar la vuelta sobre sus talones y caminar hacia la salida. Tenía que encontrar a Iwa-chan para irse de una buena vez de la escuela.

Años después volverían a encontrarse y como Tooru había supuesto serían rivales de equipos contrarios. Jugarían dos partidos antes de que tuviera que graduarse de la escuela, dejando su puesto de capitán y uno de los armadores más impresionantes de la prefectura a quien le siguiera de cerca los pasos. Su relación ya no sería la de siempre porque ambos crecieron y evolucionaron en sus habilidades, aunque Tooru tenía claro que lo que él había avanzado Kageyama también.

La rivalidad cuesta caro.

Las burlas por parte del castaño seguían presentes.

Oikawa se sentía impresionado que el genio Kageyama Tobio (apodado "El Rey" por ser un dictador con quienes serían su equipo) de pronto se encontrara con compañeros con los cuales se entendía. Eso era extraño, porque Tooru no se había equivocado y gran parte de la adolescencia de Kageyama se la pasó dándole órdenes a sus compañeros al saberse mejor que ellos.

Se encontraron de nuevo, cuando Oikawa tenía dieciocho y junto con los de tercer año de Aobajōsai estaban "celebrando" su graduación. No pasó mucho tiempo hasta que ambos terminaron conversando, Kageyama con dieciséis años y toda una vida escolar por delante, un millón de partidos por jugar y quién sabe por ganar. Él se volvería ahora uno de los mejores armadores de la prefectura, estaba seguro de eso.

Por algunas razón ambos terminaron compartiendo alcohol y la cama. La diferencia de edad e incluso su rivalidad siendo olvidada en esos momentos de pasión compartida, nada de eso importó durante la noche que pasaron juntos (la que creían como la única y última).

Días después Tooru se fue a la universidad (donde seguiría jugando y también estudiando una carrera) a Tokio, mientras Kageyama se quedaba donde lo había dejado, sin si quiera tener una forma de contactarse. Sólo quedando los recuerdos de una vida escolar compartida que parecía haber sido hace años y partidos llenos de emociones que el viento se encargaba de borrar del lugar.

Oikawa rezaba no encontrarse nunca más con Tobio-chan, aunque por supuesto el tiempo también era cruel.


N.A:

Con esto se termina el prólogo de lo que sería la verdadera historia (¿qué? ¿Creían que había comenzado? Pues no). Ya veremos cómo se desarrolla todo (Nadie lo sabe, ni si quiera Nitta). Hay que darle más amor a esta pareja olvidada.

.

.

By: Nitta Rawr.