CAPÍTULO 1: CHICAS, HUESOS, FIESTAS, GUERRA

-3 meses después-

Sam caminó lentamente en medio de la oscuridad. No podía ser visto ni escuchado, era de suma importancia atraparlo en el momento justo. Llevaba su pistola en la mano, listo para utilizarla. Esta vez seguramente la usaría. Avanzó casi de puntillas, pegado a la pared, mientras se acercaba a su objetivo. De a poco, pudo vislumbrar la luz que venía del fondo de la residencia. Un poco más y lo tendría en sus manos.

Hace semanas que venía escuchando esos ruidos extraños. Al principio se había preocupado, pero ya no podía seguir tolerándolo más. Esto tenía que acabarse.

Siguió avanzando sin ser percibido, hasta que alcanzó el borde del muro, cerca de la puerta, tomó aire y entonces saltó para sorprenderlo apuntándole con la pistola:

-¡SACA TUS MALDITAS MANOS DE MI FLAN AHORA BARNES!

Se escuchó un choque tras la puerta del refrigerador, un sonido atorado y el estruendo de una cuchara cayendo al piso, salpicando flan alrededor.

-MALDITA SEA, ESTÚPIDO, ¿QUÉ TE PASA? - Gritó Bucky, cerrando con fuerza el refrigerador.

Sam empezó a reírse histéricamente. Era una de esas pocas veces en que lograba sorprender a Bucky. La mayoría de las veces no podía porque el jodido sujeto era imposible de atrapar con la guardia baja. Bueno, no era fácil sorprender a un maldito asesino, pero esta vez había logrado hacer que se golpeara con el refrigerador. Aún tenía la pistola de agua apuntándole, y disparó un chorro que fue directo a su cuello.

-Ohh vamos… -Bucky se quejó, eran las 2 de la madrugada y sólo había ido a ver si el flan que había preparado Sam estaba listo. Tenía ganas de probarlo, olía bien hace unas horas.

-Te dije que si intentabas comerte el flan sin mí, te dispararía.

-Dios, Sam, son las 2 de la mañana, llevo cerca de 50 años sin comer algo que no sea un maldito suero y tu vienes a molestarme por tu maldito flan. Ni siquiera estaba tan bueno.

-Sí, seguro estaba malísimo. - Sam dirigió ahora un chorro de agua al pantalón de franela de Bucky. Estaba feliz, al fin lo había logrado atrapar. -Vas a tener que limpiar eso, pequeña cenicienta. No estuve trapeando el piso para que tu derrames flan en él.

-Quizás no sería necesario si sólo no intentaras matarme cuando me acerco al refrigerador.

-Basura, limpia o mojaré tu cama también. - Sam tiró la pistola de agua al lavaplatos y se marchó a su habitación.

Habían pasado cerca de 3 meses desde que Sam adoptó a Bucky como cenicienta - compañero de cuarto - amigo. Eventualmente comenzaron a conocerse mejor, hablar más y llevarse bien. No es algo que hubiesen querido voluntariamente, pero ya de nada valía llevarse mal. Estaban prácticamente solos. Clint estaba en Canadá con su familia,. Pepper criando a Morgan, Bruce siendo un influencer, T'Challa en Wakanda, Steve disfrutando de sus nietos en Brooklyn, el chico araña viajando con el chofer de Tony, y S.H.I.E.L.D. recuperándose lentamente. La única persona a la que veían constantemente era a Wanda. La chica viajaba a ver a Clint seguido y se había convertido en la hermana mayor de sus hijos. Ella sí que lo había perdido casi todo. Vision se había ido, su hermano, incluso la familia que había encontrado en ellos. Por eso salían con ella, iban a parques o a conocer lugares nuevos. Entrenaban para no perder la costumbre, pero el retiro sólo le hacía bien a Steve. Ellos todavía podían dar más, aunque no hubiesen muchos acontecimientos interesantes estos últimos meses.

Sam se recostó en su cama. Miró hacia el techo mínimamente visible por la oscuridad. Suspiró cansado, aunque de no hacer nada. ¿Se puede estar cansado de no hacer nada? Había vuelto a su trabajo con las terapias grupales, y se propuso ayudar a Buck en el camino. No es que fuera de mucha ayuda, suponía él, pero a veces necesitas que te escuchen un poco. Y que te recomienden películas, y que te enseñen a conectar el Nintendo Switch.

Ese idiota se había vuelto importante. No tan importante como el microondas, pero cerca de eso. Había estado empezando a recordar más cosas. Pero cosas buenas, no las imágenes de sus víctimas antes de morir, como usualmente le pasaba. Dios, no quería ni imaginar como debe ser vivir con eso. El pobre tipo no tenía la culpa, aunque lidiaba con ella como nadie. Sam suponía que Bucky sobrevivió a todo porque era una persona fuerte, y con esa misma fortaleza se recuperaría. Sólo tomaría tiempo, y ese imbécil tenía de sobra.


Bucky tiró el último trozo de papel de cocina a la basura y resopló. El flan estaba delicioso, aunque Sam le dio un buen susto. Sabía que eventualmente lo atraparía, porque no era la primera vez que sacaba a hurtadillas trozos de comida del refrigerador o del horno en la noche. Dios, comer era maravilloso. Sin duda un placer que le fue negado durante tanto tiempo, y ahora al fin podía salir y echarse a la boca lo que quisiera. Entre todos los sabores y comidas nuevas, lo salado era lo mejor. ¿Lo mejor? La pizza, definitivamente, no se cansaba de comer pizza y probar variedades. El mundo entero se hallaba disponible ante él de una forma nueva y positiva. Pero no era lo mismo disfrutarlo todo sin Steve.

No podía negarlo, se había sentido muy triste por su decisión, pero obviamente no podían quedarse para siempre juntos. Su amigo había tenido al fin la oportunidad de hacer algo por su propia vida, por sus propios intereses después de pelear y poner antes de sí a todos los demás. Se merecía esa vida con Peggy, absolutamente. Pero tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos no era fácil.

Se arrojó a su cama. Sentía que nunca dejaría de parecerle una nube. El día que salió con Sam a comprarla fue grandioso. Buck literalmente se sentó, se recostó y se estiró en cada cama existente en las tiendas que visitaron, hasta que eligió la que más le gustaba. Tal como dijo Sam, después de tanto tiempo viviendo mal se sentía como dormir en malvaviscos, aunque tuvieron que ir a comprar algunos después de darse cuenta que no sabía lo que eran.

Sam era una gran persona, definitivamente se merecía el escudo y el nombre de Capitán América, aunque pensaba que ningún reconocimiento en el mundo podría hacerle justicia a todo lo que había hecho por el mundo, y por Bucky mismo. Ojalá un día encontrara una compañera que pudiera darle todo el cariño que se merecía, y que pudiera soportarlo también.

Pero, ¿y él? ¿Podría algún día encontrar a alguna mujer que no se espantara con todo lo que arrastraba? Antes de la guerra era tan fácil, una sonrisa y podía obtener lo que quisiera, aunque nunca se aprovechó de aquello. Su madre no había criado a un cretino, pero vaya, no estaría para nada contenta con que tuviera más de 100 años y no estuviera casado con una chica linda e inteligente.

Pero al mismo tiempo la idea de casarse y tener hijos parecía un sueño al que involuntariamente había renunciado. La esperanza se le había sido arrebatada cuando lo atraparon en medio de la nieve, con varios huesos quebrados, despojado de un par en su brazo izquierdo. Chicas, huesos, fiestas, guerras. Era como haber tenido la peor pesadilla y despertar, pero seguir con la sensación en el pecho.

Se dio vuelta en la cama y respiró profundamente, sintiendo como el aire llegaba hasta el último rincón de sus pulmones y escapaba tras unos segundos. Chicas, bailes, fiestas, niños, un perro y un jardín.

Cerró los ojos, estaba sobrepensando demasiado nuevamente. Lo mejor sería tratar de inducirse al sueño, así que comenzó a imaginar.

Un jardín, grande, amplio, sin rejas en medio del bosque.

Una casa rodeada de árboles...

Árboles en primavera, rebosantes...

Árboles en verano, con algunas frutas asomándose...

Árboles en otoño, con hojas deslizándose en el aire…

Hojas marrones…

Hojas anaranjadas…

Hojas rojas…

Hojas rojas…

Un jardín teñido de rojo…

Unos mechones rojos volando en el aire junto con las hojas…

Una carcajada armoniosa, en medio de árboles espolvoreados en nieve.