No, Kaleido Star no me pertenece
Amber Moon
Capítulo 2: Layla de Nueva York
En una estación del sereno barrio de Sumida, se encontraba un amodorrado chico. Esperaba el próximo tren con una horrenda resaca, nunca había tomado tanto en su vida. Se levantó tarde, se había vestido a la carrera y ni se vio en un espejo. Tenía la camisa blanca mal abotonada, se había saltado un botón haciendo que se viera chueca, olvidó ponerse la corbata y su traje negro lucía arrugado. Era él quien entraría primero al vagón, era el primero en la fila del andén. Ken estaba tan adormilado, que no se dio cuenta que llegó el tren. Era hora pico y la oscura masa de gente lo había empujado sin esfuerzo al interior del vagón. No cabía ni un alma más en el tren, estaba totalmente lleno. Afortunadamente, ya había dominado el arte propio de los salaryman, dormir de pie en el tren y despertarse justo en la estación donde tenía que transbordar. El trayecto completo le permitiría unos veinte minutos más de sueño antes de empezar su día laboral.
Dentro del mismo tren, pero tres vagones atrás, se encontraba un joven de pie leyendo apaciblemente. También se había levantado tarde y había hecho su rutina matinal a prisa, pero su aspecto era el habitual y su camisa y traje negro lucían impecables. La resistencia al alcohol y a las desveladas que tenía Leon era mucho mayor que la de su compañero.
Ken y Leon vivían prácticamente en la misma manzana, por lo que siempre terminaban topándose camino al trabajo. En algunas ocasiones entrando a la estación, otras en el andén o en el mismo vagón, otras en la estación donde transbordaban y otras en la gran estación de Tokio. Cuando se encontraban, se saludaban cortésmente y algunas veces hablaban del trabajo. Por lo general, llegaban un poco antes de la hora de entrada, pero ese día iba a ser imposible.
Se encontraba apenas saliendo de la ducha, ya eran las 7:50 A.M, la hora de entrada era dentro de diez minutos. Tardaba menos de diez minutos manejando desde donde vivía hasta el trabajo, pero primero tenía que recoger a su prometida. La rubia ya le había hecho varias llamadas, pero las había ignorado. Pretendía que sus amigos ganaran un poco de tiempo, era todo lo que podía hacer por ellos, no más.
Se puso su elegante traje gris más lento que de costumbre. Pasaron diez minutos y su teléfono volvió a sonar, ya era hora de contestar.
— ¡Yuri Killan! ¿Por qué ignoras mis llamadas? ¿Dónde demonios estas? Estoy a punto de ir hacia mi auto, ya es tar-dí-si-mo.
—Ya estoy subiendo al auto, tranquilízate—respondió calmado encendiendo el vehículo.
— ¡No me digas que hacer Yuri Killan!—se dirigía a él por su nombre completo cuando ya había colmado su paciencia— Tienes dos minutos para llegar.
Exactamente en dos minutos el rubio llegó al edificio y vio como Layla estaba a punto de cruzar la calle para dirigirse a donde tenía su coche. La sorprendió deteniéndose de golpe frente a ella para bloquear su paso y le sonrió. Le parecía que se veía tan hermosa como siempre, con su abrigo beige ceñido que le llegaba arriba a las rodillas, las medias ajustadas a sus torneadas piernas y sus tacones en los que caminaba con tanta seguridad.
Cuando la chica vio el conocido vehículo, hizo una mueca de desagrado y maldijo entre dientes. Le molestaba de sobremanera llegar tarde, ella tenía que poner el ejemplo y su novio no la estaba ayudando. Además le pasó por la mente la idea de que Yuri había llegado tarde porque se había quedado en el club tomando con sus amigos o porque se habían ido a algún otro lado a seguir la fiesta. No toleraba que fuera tan despreocupado y a veces se preguntaba si en verdad quería pasar el resto de su vida con ese hombre. Se abstuvo de esperar a que el rubio le abriera la puerta y ella misma la abrió violentamente.
—Buenos días Layla— trató de darle un beso en la mejilla a su novia, pero ésta se alejó.
— ¿Qué tienen de buenos? Arranca de una vez —se cruzó de brazos y frunció el seño mientras se hundía en el asiento— Se quedaron en el club tomando ¿verdad? Apuesto a que ibas llegando a tu departamento la primera vez que te hablé. Dije que arrancaras, ¡ya!
— ¡Exageras! Si llegué tarde, pero no tanto. Por dios Layla, ¿qué clase de persona crees que soy?— preguntó irónicamente.
— ¡Exactamente! Yo sé cómo eres y por eso te lo digo. ¡Eres de lo peor!
— Y aún así me amas— tomó la mano de la sonrojada rubia y la besó.
—Yuri…—se distrajo con el gesto del rubio y no notó que aún no emprendían la marcha. Suspiró, miró por la ventana y volvió a sus sentidos — ¿Porqué aún no nos movemos? ¿Qué esperas?
—Ya, ya. No te enojes Layla.
Después de todo, ya se estaba acostumbrando a caminar a toda velocidad en tacones, las enormes estaciones de Tokio que tenía que cruzar a contra reloj la habían entrenado bien. Era muy distinto a su vida en Nueva York o a la corta estancia en la innombrable China.
A partir de su llegada a Japón se enamoró. Le fascinaba la comida, la moda, la música, el arte, la arquitectura, las tradiciones, el estilo de vida, las personas, incluso el aire…
Consideraba que todas las japonesas vestían muy glamurosamente y ella no se iba a quedar atrás. Siempre se compraba ropa en las ostentosas tiendas de Ginza o de Roppongi Hills y ya le era usual vestir diariamente con vestidos formales y abrigos según la temporada. Esa vestimenta le iba de maravilla, tenía un cuerpo bien proporcionado y sus atributos eran más notorios que los de las delicadas japonesas, por lo que no faltaba el salaryman que la siguiera con la mirada o el joven que tratara de sacarle plática. Incluso los empleados que atendían las tiendas la trataban de una manera especial. Pero a May le importaba poco, sólo le interesaba cierta atención que no tenía. La de su compañero Leon.
Subió las escaleras de la salida 4b, la que quedaba justo enfrente del imponente edificio Shin-Marunouchi, uno de los más altos del barrio de Chiyoda. La estación de Tokio conectaba directamente con el edificio, pero a ella le gustaba salir por la calle, sentir el viento rozar su cara y contemplar el cielo. Estar ahí la hacía sentirse diminuta, todas las edificaciones a su alrededor se extendían varios metros al cielo. Cruzó velozmente la amplia calle y entró al edificio en dirección al elevador que la llevaría al 12vo piso. El 11vo y 12vo piso pertenecían a la compañía donde laboraba.
El que la agencia de publicidad Amber Moon Co. no poseyera su propio edificio, no significaba que fuera una compañía pequeña. Era una agencia importante y reconocida, tenía varias sucursales alrededor del mundo y había varios planes de expansión. La oficina principal estaba en Nueva York y había sucursales en París, en Beijing, en Ottawa y en Tokio. La de Tokio era la más reciente y estaba tomando un gran protagonismo. Apenas iban a ser dos años desde que había iniciado operaciones a cargo de Layla Hamilton como directora general.
Empujó la pesada puerta de vidrio que daba a la oficina, mientras caminaba por el pasillo podía oír el eco de sus tacones llenando el vacío. No había un alma en el piso, ninguno de sus compañeros había llegado, le resultó extraño que tampoco sus jefes estuvieran en sus oficinas. Por primera vez, la peliazul había llegado antes que nadie. Se sentó en su silla y dio vueltas en ella mientras reía triunfalmente.
Una vez más sentía que ya se le había hecho tardísimo. Corría acelerada como todas las mañanas con su vaso de café. De haber carreras en las que el objetivo fuera correr sin derramar una gota de café, la japonesa sería campeona olímpica. Siempre se le hacía "tarde" porque acompañaba a su hermanita a la escuela y no había día en el que no pasara algo que la retrasara unos cuantos minutos.
Sora estaba muy feliz por haber regresado a Japón, había estado trabajando en la sucursal de Nueva York, pero en cuanto abrieron la oficina de Tokio, fue transferida. No podía estar más agradecida con la vida, estaba en su ciudad natal, en el trabajo que le encantaba, haciendo equipo con sus mejores amigos y viviendo de nuevo con su familia. Aunque una parte de ella, extrañaría perpetuamente a la Gran Manzana.
A diferencia de la peliazul, ella vestía más relajada. Podía decirse que no se vestía como cualquier chica de su edad. Ella si usaba pantalones y no siempre llevaba tacones, cosa rara en las chicas japonesas. De todas maneras, se veía bastante guapa con su pantalón de vestir entallado y su blusa de chiffon.
Finalmente, atravesó la puerta de la oficina y desaceleró el paso en dirección al fondo.
—¡Muy buenos días May!— saludó a su amiga con una gran sonrisa, para luego acomodar sus cosas en el escritorio y tomar asiento.
—Ah, Sora…buenos días—giró la silla en dirección a su amiga—Que raro que seamos las primeras en llegar, ¿no lo crees?
— ¿Eh?—la distraída pelimorada ni había notada la ausencia de los demás del departamento, volteaba hacia todos lados confundida— ¡Pero qué extraño! No me digas que hoy era asueto y no nos dijeron nada. ¡Qué crueles!—dijo cruzándose de brazos.
— ¡No seas ridícula! ¿Cómo va ser asueto?—le lanzó una mirada de desaprobación a Sora—Sólo espero que no les haya pasado algo malo... Quienes más me extrañan son la señorita Layla y Yuri, pero quizá sólo se pelearon de nuevo—bromeó.
Se alivió de haber llegado por fin al 12vo piso del edificio, iba con tanta prisa que casi ignoraba el saludo de la encantadora recepcionista Sarah Dupont.
— ¡Ken! ¡Ken! Vuelve aquí—quería advertirle a su compañero que su ropa era un desastre, pero también pensó que sería divertido dejarlo así — Se ve que estuvo muy buena la fiesta, ¿no es así?— no pudo evitar reírse del desaliñado chico — Perdón por no haber podido ir, pero en la guardería sólo pueden cuidar de mi hija hasta las 8 de la noche…
—Sí estuvo muy divertido, lástima que no pudieras ir. Pero no te preocupes Sarah, yo entiendo eso. Ya será en otra ocasión—sonrió.
—Ken, antes de que entres a la oficina…quizá deberías verte en un espejo. ¡Te ves terrible!— soltó una carcajada.
— ¿Eh? ¿De qué hablas? — se detuvo en seco frente a la puerta.
No había pasado mucho tiempo cuando llegó el ojigris, pero éste iba más tranquilo. Saludó a la recepcionista y se encontró con su compañero en la puerta. Lo miró y evitó reírse.
— Creo que deberíamos apurarnos, cuando estaba entrando vi pasar el auto de Yuri—dijo empujando a su compañero a la oficina.
El rubio lo había logrado, hizo suficiente tiempo para dejar que sus amigos llegaran tarde sin que la directora general lo notara. Sin embargo, en el proceso la había enfurecido y no iba a ser fácil ponerla contenta de nuevo.
Layla cruzó la recepción como rayo mientras buscaba las llaves de su oficina dentro de su bolso. Saludó desganada a la británica y aventó el vidrioso obstáculo que impedía su paso. Ya dentro, abrió la puerta de su oficina, dejó caer su carísima bolsa en el escritorio y asomó la cabeza para asegurarse de que todo estaba en orden en el piso.
Sus empleados se encontraban ya en sus lugares, inmersos en sus pantallas, trabajando en sus proyectos como de costumbre. Todo estaba tal y como tenía que estar, lo cual la inundaba de cierta paz.
—Buenos días a todos—dijo desde lo lejos.
—Buenos días—se oyó al unísono.
El 12vo piso albergaba la oficina de la directora general, la oficina del director creativo y el departamento de diseño, además de tres salas de juntas y un studio. Todas las paredes eran de cristal, por lo que el espacio se veía aun más amplio de lo que era. Parecía ridículo que un piso completo fuera para tan pocas personas y más cuando el departamento de diseño era integrado por sólo seis empleados. En el piso inferior se encontraba el resto del personal administrativo, donde la cantidad de empleados era muchísimo mayor y consistía de varios cubículos enfilados.
Mientras encendía desesperadamente su computadora, dejaba caer papeles encima de su escritorio y ponía en espera las llamadas de su teléfono, la directora general notó que su prometido la observaba desde el pasillo. Lo ignoró por un momento, enseguida lo llamaría para seguir su discusión, pero primero tenía que atender ciertos asuntos. Ella estaba tan comprometida con su trabajo y daba todo su esfuerzo para sacar adelante la sucursal que le había encargado con tanta fe su padre.
Yuri se acerco a los escritorios de sus amigos y los saludó. Antes de que pudiera decirles cualquier otra cosa, fue sorprendido por su prometida.
—Yuri Killan, ven a mi oficina. ¡De inmediato!—gritó la directora desde la puerta.
—Maldición—dijo mientras se dirigía a la oficina—Hablamos en un rato más, sigan trabajando chicos.
El pan de cada día, Yuri y Layla peleando, hasta podía pensarse que en eso consistía su relación. Aunque sus peleas no eran por una mala convivencia o por el choque de sus personalidades, era porque la ojiazul se estresaba de más. Tenía toda la sucursal a su cargo y no se comparaba al puesto de directora creativa que había desempeñado en la oficina de Nueva York. La presión la agobiaba y bien podía acabar con su relación que había florecido desde años atrás. Yuri comprendía la situación, pero en lugar de ayudar a su novia, sus acciones siempre terminaban poniéndola de peor humor y él empezaba a sentirse atrapado.
Los diseñadores podían escuchar la acalorada discusión desde sus lugares y eso que la puerta de la oficina estaba cerrada, ya no sabían si tomarlo como un asunto cotidiano o si aún debían preocuparse de que continuara sucediendo. A la que le inquietaba más era a Sora, ella sabía que esos dos tenían un lazo irrompible, pero últimamente había empezado a dudar de ello.
— De nuevo están peleando—dijo la pelimorada decepcionada y giró su silla hacia sus amigos.
—Quizá se enteró de lo de anoche, aunque si supiera que…—el chico notó que el francés giró su silla bruscamente y que lo miraba como si quisiera decirle que estaba hablando de más—La verdad no sé ni que estoy diciendo, aún ando crudo—dijo Ken volviendo a lo suyo.
— ¿Qué pasó anoche? —preguntó la peliazul llena de curiosidad—Cuéntenme, cuéntenme—ahora ella volteaba su silla también.
— No pasó nada May— dijo Leon fríamente mientras se volvía de nuevo hacia su computadora— No hay nada que contar.
La chica suspiró desanimada.
—Yo creo que no se van a casar—miró hacia sus zapatos y se cruzó de brazos— Hasta podría apostarlo.
— Pero May, ¡qué dices!—la japonesa sintió como si la hubieran ofendido a ella — Claro que se van a casar, ellos se aman.
— Pues no parece—se puso de pie para observar mejor hacia el interior de la oficina — Tan solo míralos.
— Yo tampoco creo que se casen, sinceramente — dijo el chico desaliñado sin voltear hacia sus amigas.
—Se van a terminar casando de todos modos—el ojigris miraba insistentemente la pantalla de su computadora— Ya dejen de hablar del asunto.
A May no se le escapaba nada, notó que sus amigos tenían opiniones diversas sobre el tema y reconsideró lo que ella misma dijo sobre apostarlo. Lo analizó y les sugirió a sus amigos hacer una apuesta, la idea le resultaba entretenida.
Inmediatamente la pelimorada se opuso y regaño a su amiga por sugerir tal cosa. Empezó a dar un sermón sobre la importancia del amor y lo real que era. Acabó por hartar a la peliazul y ésta decidió dejar hablando sola a su amiga.
Cuando se pronunció la conclusión del ignorado sermón, May tomó la palabra.
—Entonces chicos, ¿Qué dicen?
— ¿Qué vamos a apostar?—preguntó Ken volteando para quedar frente a su compañera.
— ¡Ken! No puedo creerlo de ti—Sora estaba impresionada con la reacción de su amigo y quedó más impresionada cuando se dio cuenta del estado de la vestimenta de éste.
— Ya somos personas adultas y maduras, me parece que lo adecuado es…—lo meditó un poco—¡Lo tengo! Si perdemos los que creemos que no se casaran, iremos de cosplay a la boda. Si pierden los que dicen que sí se casaran, vienen de cosplay a la oficina, pero tienen que pasar por el piso de abajo.
— ¿Qué tiene eso de adulto y maduro?—viró hacia su compañera, su idea le parecía una ridiculez—Es una tontería.
— ¿Acaso tienes miedo de perder Leon?—acercó su silla a su compañero, le encantaba el hecho de compartir el largo escritorio con el francés, así se le podía acercar siempre que quisiera.
— Ahí viene el joven Yuri, ya no digan más—apuntó una fastidiada Sora.
El rubio salió de la oficina de su prometida y entró a la suya sin voltear a ver a sus amigos. Se dejó caer pesadamente en su silla y encendió el monitor. Empezaba a extrañar estar en Nueva York, o más bien a la "Layla de Nueva York". No es que considerará que su novia había cambiado, pero desde que llegaron a Tokio, ella explotaba a la más mínima provocación. Tenía 7 años de conocer a la rubia, cuatro años como amigos y tres años como novios, ya conocía todas sus facetas. Sin embargo, aún era capaz de tomarlo por sorpresa. Por eso mismo, le llevó algo de tiempo atreverse a pedirle matrimonio. Hubo un momento en el que desechó la idea, pero su amiga Sora le ayudo a dar el paso.
Nunca olvidaría esa noche de abril cuando llevó a su novia a la torre más alta de Japón, Tokyo Skytree. Habían cenado en el Sky Restaurant 634, con la impresionante vista nocturna de la ciudad a su lado. Él entró en una crisis de ansiedad y le dieron nauseas, ya que juraba por su vida que Layla lo rechazaría. Creía más factible que se ganara la lotería a que ella aceptara casarse con él. Ya se encontraban en el piso 345, pero él tenía planeado que subieran al 445. El viaje en el elevador sólo empeoró su estado y su novia se empezaba a ver preocupada por él. Incluso le había insinuado que no subieran, porque lo veía muy mal. Pero él tenía que mantener su postura y seguir su plan. Caminaron por el corredor en espiral que los llevaría del piso 445 al 450, se detenían de vez en cuando para admirar la especular vista y sentir el aplastante vértigo. Sin darse cuenta, habían llegado a donde quería él, el Sorakara Point a 451.2 m de altura. Se le propuso ahí, donde la iluminación etérea y las paredes de espejo daban esa sensación de estar flotando, ahí en donde estarían más cerca del cielo.
Con una sonrisa dibujándose en su rostro, Yuri recordó como su novia lo hizo sufrir por unos segundos diciéndole "Jamás me casaría contigo, estás loco", para luego soltar una risotada y darle el esperado "Sí". Estaba feliz porque iba a casarse con la mujer que tanto amaba, pero si las cosas continuaban así, no iba a ser tan fácil mantener esa felicidad.
La pantalla de su computadora estaba en blanco, nada se le ocurría para la tercera propuesta del panorámico de su proyecto. No dejaba de dar vueltas en su cabeza el problema de sus amigos. Sentía que tenía que hacer algo, quería ayudarlos pero estaba totalmente perdida. A fin de cuentas ella nunca había tenido novio, ni si quiera se atrevía a decir que se había enamorado de verdad alguna vez. La experiencia que tenía en el tema era nula. Sus amigos la molestaban seguido porque era la única del departamento que no había salido con alguien. Pero eso a ella la tenía sin cuidado, era lo último que le importaba.
Miró de reojo al chico con el que compartía escritorio, su mejor amigo. Se habían conocido en la sucursal de Nueva York, cuando ella ingresó, él ya tenía algo de tiempo laborando ahí. Ella se encontraba de intern y Ken se encargó de llevarla por el camino que la ayudó a convertirse en lo que era ahora. No creía que pudiera haber un momento en el que terminaría de agradecerle todo lo que había hecho por ella. Él la había ayudado a crecer tanto en lo profesional como en lo personal, la apoyaba incondicionalmente y estaba siempre ahí para ella, para lo que sea. Sora deseaba que su amigo jamás saliera de su vida, aunque sonara egoísta, ella necesitaba saber que estaría ahí siempre.
Alguna vez su rubia amiga le había preguntado si había algo entre ella y Ken. A la pelimorada le había parecido absurda tal sugerencia y negó que pudiera darse algo así entre ellos. Juró y perjuró que lo único que había entre ellos era amistad. Pero Sora había sido bastante inocente, no se daba cuenta de que todo lo que Ken hacía era porque estaba loco por ella. La verdad era que todos lo sabían, los de la oficina de Nueva York, incluso los del piso de abajo sabían, menos ella. Era como si tuviese una venda en los ojos, una venda que ella misma se había puesto y eso volvía peor todo el asunto.
Sin embargo, esa venda a veces desistía un poco y le permitía ver apenas una sombra a través de una rendija. Pero esa sombra no era su amigo, sino de su compañero Leon. Si alguien le hubiera preguntado a la japonesa si estaba enamorada de él, su respuesta sería negativa y no estaría mintiendo. Aún así, no podía negar que le causaba algo que ella misma no podía definir y prefería ignorar. O más bien tenía que ignorarlo y la razón era simple. La peliazul si estaba enamorada del francés y Sora no tenía la más mínima intención de tener que competir con ella en eso. Ya competían en suficientes aspectos como para sumarle uno más, uno que podía arruinar su amistad.
El chico aún sentía como su cuerpo le reclamaba esas horas de sueño que le habían sido arrancadas y tenía una intensa jaqueca que nublaba sus pensamientos. La luz del monitor comenzaba a incomodarle, apartó la mirada y sus ojos se dirigieron casi magnetizados a una luz aún más brillante, a su querida Sora. No estaba seguro en qué momento pasó, en qué momento se convirtió en la única para él. Lo único de lo que estaba seguro, era que su vida no había sido la misma desde hace tres años y medio, desde que ella entró en su vida.
— ¿Ken? ¿Pasa algo?—preguntó la chica de a un lado, perpleja al ver como sus ojos se posaban sobre ella.
— ¿Qué dices Sora?—salió de sus pensamientos violentamente al escuchar su voz.
— Nada — rió— Ya es hora de la comida ¿Vamos a comer?
— No puedo… — dijo apenado.
— ¿Por qué no?
— Es que…anoche perdí mi cartera—confesó.
Pasó justo lo que le había advertido su compañero ojigris, se descuidó en aquella habitación del love ho. El chico estaba tan ebrio, que después de un rato de estar ahí se quedó dormido y Mei-chan aprovechó la situación para robar su cartera.
—Te dije que tuvieras cuidado—espetó Leon sin despegar los ojos del monitor.
— ¿Por qué Ken tenía que tener cuidado? —preguntó columpiando sus piernas — ¡Ya cuéntenme que paso anoche!
—No fue nada May, es sólo que estaba algo borracho y no me di cuenta de que se me cayó—mintió.
—Ay, Ken…—suspiró— Yo te invito a comer ésta vez—era su turno de ayudar a su amigo.
—Pero Sora…—no podía decirle "no" a nada que ella dijera— Esta bien, gracias.
La chica recogió sus pertenencias del escritorio, tomó el brazo de su amigo y se dirigía al pasillo.
— ¡May y Leon! Ya párense de sus asientos y vámonos a comer. ¡Vamos!—exclamó la enérgica japonesa.
—De acuerdo—contestaron ambos con un ánimo apagado mientras batallaban para ponerse de pie y desencadenarse de su silla.
A Sora le gustaba pasar la hora de la comida con todos sus amigos, por lo que siempre invitaba a Layla, Yuri y Sarah a comer. Ese día no sería la excepción.
— Señorita Layla, ya vamos a ir a comer. ¿No viene? —sonrió asomando la cabeza por la puerta de la oficina.
—Lo siento mucho Sora, pero estoy ocupadísima—no levantó la vista de los documentos que tenía en su escritorio— Iré a comer más tarde.
—Ya veo…—se desalentó por la respuesta de su jefa—No se preocupe, no pasa nada— cerró la puerta con cuidado para dirigirse a la oficina de su jefe.
A diferencia de la rubia, él mantenía la puerta abierta la mayoría del tiempo. Había escuchado lo que dijo su prometida y sabía que respuesta darle a la pelimorada.
—Layla dijo que comería más tarde ¿no? Yo también—contestó a la pregunta que aún no formulaba su amiga—Ustedes vayan a comer.
—Bueno, ya será otro día—dijo alejándose.
Los cuatro amigos cruzaron la cristalina puerta que daba a la recepción y Sora se detuvo para invitar a la recepcionista. En cuanto la puerta se cerró detrás de ellos, el rubio fue hacia la oficina de su novia. No le gustaba que se malpasara por estar trabajando, le inquietaba que innecesariamente se entregara de más a su labor.
Desde cierto tiempo, en la cabeza de la rubia sólo había espacio para el trabajo. Se había puesto la meta de ser la sucursal número 1 de Amber Moon Co. Quería que su sucursal, fuera aún mejor que la principal de Nueva York y no había fuerza capaz de detenerla. Layla estaba dispuesta a sacrificar todo por ello. Aunque sin darse cuenta, estaba sacrificando cosas que realmente le importaban.
—Yuri, que bueno que te quedaste—dijo mientras su novio entraba a la oficina—Tienes que hacer unas entrevistas.
— ¿Unas entrevistas?—el director creativo estaba totalmente perdido, ignoraba que tenían planes de contratar a alguien.
— Ya te había dicho— la rubia dudó de lo que afirmó— ¿No te dije?
— No tenía ni idea…
— Pues ahora lo sabes—le entregó unos documentos— Ya pasaron por la entrevista de filtro con recursos humanos. Es sencillo…los entrevistas, elijes a una persona y listo.
— Pero Layla, ni si quiera sé que vacante estamos ofreciendo—notó que su prometida empezaba a ignorarlo en ciertas decisiones.
— ¿Ya leíste los documentos que te di? Ahí dice todo.
— No, me los acabas de dar —percibió que la rubia estaba estresada de nuevo— ¿A qué hora comemos?
— Más tarde Yuri, más tarde… — sonrió saliendo de la oficina.
N.A:
Ay pero como me da risa Ken, ¡lo juro! Desde el primer capítulo se me hizo chistoso jajaja creo que Anna Heart tenía toda la razón en quererlo de compañero. En fin, como ven ya explique muchas cosas, faltan…pero ya los ubique ¿no?
No sé porque Sora se me hace tan difícil, quiero escribir sobre ella y ¡batallo demasiado!
Prometo que Layla se tranquilizará (eso espero). Quise poner un poco sobre cómo se siente Yuri respecto a ella, para que vean que si la quiere (por lo del capítulo anterior). Pero bueno, ya veremos qué pasa con esos dos.
Sólo apareció Sarah de la serie y ya siento que tengo a demasiados personajes jajaja al rato salen más, a ver cómo me las arreglo después.
Los nombres de los capítulos, son como que…lo más importante del capítulo. No tanto de qué trata el capítulo.
