Cielo de Amor.
''Todavía sigo recordando aquel sentimiento cuando empezamos a hablar...''
Elsa estaba muy nerviosa, suspiró por primera vez en el día.
Se levantó más temprano de lo usual, cepilló sus dientes con fuerza, se peinó tres veces intentando verse un poco más linda (al final solo optó por tu típica trenza de lado) y se colocó su uniforme escolar. Que al estar en pleno invierno todavía, ahora utilizaba medias largas, un suéter por encima de su camisa y una bufanda. También no pudo evitar colocarse un poco de maquillaje, nada escandaloso... se pellizcó las mejillas para enrojecerlas, se puso máscara de pestañas sólo en las de arriba y pintó sus labios de un tono rosa pálido. AL mirarse al espejo por última vez, con su reflejo inquieto y tímido, todos suspensamientos iban a una sóla cosa:
¿Cómo lucirá?
No habían hablado más desde la noche anterior en donde él le propuso verse en la escuela. A veces la despierta temprano en la mañana para, según él ''ser la primera persona con la que hablas'' pero ése día era diferente. Iban a verse por primera vez y por fin podría saber de quién se trataba, quién era la persona con la que sostuvo tantas conversaciones hasta el amanecer en las vacaciones de invierno. No sabía exáctamente que esperar de esa persona, su voz y sus comentarios decían que era extrovertido, relajado y muy amable. Pero ella no sabía casi nada de él, salvo las cosas normales. Las chicas notaron algo extraño en ella, como que se mostraba un poco ansiosa, tartamudeaba más de la cuenta y miraba mucho la hora. Anna finalmente no aguantó y decidió preguntar.
—¿Elsa, te pasa algo? Estás muy rara.— la aludida la miro expectante, estaban sentadas en los pupitres de su salón de clases, con el profesor de matemáticas explicándoles los primeros temas y trabajos que harán este nuevo semestre, advirtiéndoles que eran de mucho valor. La pelirroja susurró bastante bajo, pero no lo suficiente para que Honey no escuchara y también le lanzara una rápida mirada por encima de su hombro. No les había contado nada, por supuesto, así que ella pensó que sería buena idea ya hablarles sobre lo acontecido en las últimas semanas. La rubia suspiró, sus mejillas se tornaron de un fuerte rojo y bajó su vista apenada.
—¿Estás nerviosa?— Honey estaba detrás de ella arreglándole la trenza, debido a que algunos mechones eran demasiado rebeldes para acomodarse en el peinado. Era hora, eran las once y media de la mañana y el timbre había sonado. Los estudiantes iban y venían para almorzar tranquilamente, mientras que Elsa solamente sentía su corazón palpitar muy fuerte.
—Claro que debe de estarlo, si yo estuviera en su lugar, sin duda que lo estaría. Muy nerviosa.— Anna parecía estar más emocionada que ella misma debido a las miles de preguntas que le hizo averiguando cada mínimo detalle de él y las conversaciones a media noche, sobre qué cosas hablaban y cómo era su voz, la ojiazul trataba de proporcionarle toda la información posible, pero mientras más hablaba de eso, más se sentía inquieta.— Por otro lado, es bastante romántico, copito. Imaginar quién puede ser ese misterioso caballero ¡Es como de novela!
—Deberias irte ya.— le informó cierta ojiverde mientras que se sentaba en un pupitre dejando a la aludida lista para su encuentro, comenzando a destapar un paquete de galletas de vainilla.— ¿Segura que no quieres que te acompañemos? ¿Al menos una de nosotras?
—¿Estás loca, Honey?— la pelirroja que yacía sentada a su lado, en otro pupitre, prácticamente le grito aquello.— ¡Conocerá a su futuro novio! No queremos estar ahí haciendo mal tercio.
—Anna, no estoy segura de que seamos algo y tampoco seremos nada.— la aludida sin embargo trataba con todas sus fuerzas de mantener la calma que tal vez ni tenía, inspeccionando que todo en ella estuviera en orden, por milésima vez.— El único motivo para encontrarnos es para saber quién es, eso es todo.
—Sí, claro. Cómo digas, copo.— respondió ella rodando los ojos y sonando sarcástica.— ¡Ya lárgate! Buena suerte y quiero detalles cuando vuelvas.— no había persona más cursi y romanticona que su amiga Anna, era de esas chicas que cree fielmente en que el amor surge en todas partes y que todo tiene que tener un significado crucial. La empujó levemente por la espalda hasta dejarla fuera del curso. Elsa respiró hondo, sonriéndole a su amiga y tomando su camino al techo.
Subió las escaleras respectivas con pasos lentos pero decididos, lista para quién fuese ''H''. Eran solo cinco minutos pasadas la hora exacta cuando abrió la puerta de metal que daba paso al techo de la escuela, un lugar prohibido pero que tampoco tenía mucha vigilancia y que cualquiera puede subir y no ser visto. Elsa miró a su alrededor para confirmar que estaba sola y juntó aquella puerta detrás suyo. Caminó un poco, acostumbrándose a la brillante luz del sol que era levemente opacada por algunas nubes en el angosto cielo, el clima era frío sin duda, pero no demasiado para que no aguantara soportar estar allí. El suéter color gris la tapaba lo suficiente junto con las largas medias negras que vestía como uniforme. Apretó sus manos en su estómago y avanzó unos pasos para esperar, puesto que no había llegado todavía. En su mente, colapsada por los recuerdos de las conversaciones y las miles de incógnitas que tenía sobre él, solo imaginaba qué tipo de cosas le diría cuando la viera. Osea, él sabía quien era era, eso era claro, pero aún así. De seguro la había visto por los pasillos y solo era un rostro con nombre, pero ahora era diferente, era un rostro... con una historia.
Elsa respiró aquel viento que se espantó en su rostro, revolviendo sus cabellos blancos y se encontró con el silencio que la abasteció. El techo estaba vacío, y no porque no había nadie, sino que no había ningún objeto allí. Solo era... un techo. Tenía algunas hojas secas en el piso, algunas piedras pequeñitas y nada que la protegiera de caer en las orillas. Pero se mantenía lejos de allí, no quería causarse un accidente. Decidida a quedarse unos minutos esperando, se quedó parada para observar el paisaje a su frente; algunas casas y edificios de colores y a lo lejos un puente que conecta a otro lado de la ciudad, nada fuera de lo común. Y sólo se dedicó a calmar sus nervios y esperar.
Pero antes de que pudiera relajarse del todo, escuchó algo... algo muy cerca de ella, como pisadas. Con un soplo en el corazón, se dió la vuelta para encararlo y... a quien encontró fue una sorpresa.
Era un chico, uno alto y de contextura fuerte y delgada, uno con ojos verdes y cabello cobrizo, uno que la observaba fijamente con esa mirada densa y escalofriante, uno que le causó corrientes eléctricas en su espalda; era ese chico. El amigo de Kristoff.
La rubia parpadeó varias veces adaptando su vista a esa persona, sin poder reaccionar o decir alguna palabra. Lo primero que pensó fue que debe ser un error, así que dió algunos pasos hacia atrás y dejó de verlo, para detener sus ojos en el paisaje nuevamente... y mirarlo a él otra vez, y luego caminar lejos de allí. Era un error. No podía ser él.
—Elsa.— y luego escuchó esa voz, la misma voz fuerte y masculina. La que había estado esuchando todo el tiempo y todos los días en las vacaciones hasta la madrugada. Era él. La chica detuvo su paso, indecisa, volteándose lentamente sobre sus torpes pies para encararlo de nuevo.— Feliz cumpleaños, bueno... técnicamente era ayer, pero...— de pronto calló para percatarse de que ella no dejaba de verlo de esa forma tan extraña. Una mezcla de sorpresa e incredulidad. También estaba tiesa como una roca.— Mi nombre es Hans.— finalizó ahora alzando su mano para tenderle un pequeño racimo con algunas flores azules campestres. La chica observó con ciudado aquello, para luego tomarlo con dos dedos y observarlas de cerca. Eran muy hermosas en realidad, en algún rincón de su pecho podía sentir como se derretía por el diminuto acto dulce de él, pero por otro, no quitaba el hecho de que era una persona conocida por ser ruda y problemática.
—Yo... lo siento.— susurró luego de unos segundos, devolviéndole la pequeña flor.— Debe ser un error.
—¿Un error? No...— respondió aquel chico, confundido.— ¿Esto te prueba algo?— Hans sacó de uno de sus bolsillos un celular negro, tocó su pantalla algunas veces y le mostró una foto; era una del cielo que tenía un rastro de humo, el mismo que había visto desde su ventana aquella mañana que duraron la noche entera hablando. Elsa tragó duro.
—No puede ser... Tú no eres la persona del teléfono.— musitó despacio.— N-no debiste arrancar esas flores.
Y dicho esto se fue corriendo.
Lo primero que escuchó cuando entró de regreso al salón de clase fue un:
—¿Y bien? ¿Quién era, Elsa?— la chica se acomodó en un pupitre vacío al lado de sus amigas, quienes la veían demasiado curiosas y ansiosas. La aludida solo escondió su cabeza en sus brazos por encima de la mesita y suspiró fuertemente.
—El amigo que da miedo de Kristoff.— ambas se miraron extrañas.
—¿El pelirrojo?— preguntó Honey, mordiéndose el labio.
—Hans.— informó aún escondiendo su rostro.
—He oído que tiene novia, y que lo encontraron con otra chica en un curso vacío... ya sabes, teniendo...
—¡Honey!— de pronto la pelirroja le dio un codazo, para hacerla callar. Elsa respiró profundamente, intentando borrar todo.
No es que estuviera esperando nada de él, ni siquiera estaba segura de cómo clasificar la relación que tenían, mucho menos si tenían alguna. Es sólo que todo había sido tan perfecto; las llamadas, las conversaciones, esas pequeñas preguntas para saber si estaba y los saludos de buenos días y de buenas noches, los comentarios subidos de tono... sin duda que había parecido algo de novela. Algo que no se repite y que te deja suspirando más de una vez. Pero había acabado, así tan rápido como empezó. Hans la llamó una sola vez después de aquel encuentro, ella por supuesto no contestó. Desde esa última llamada habían pasado dos semanas.
No podía negar que le hacía falta hablarle y contarle cosas tontas, escuchar su voz, pero ya esas cosas habían pasado al olvido. Justo ahora Elsa, con su mirada en el cielo un poco perdida, caminaba rumbo a su casa luego de una jornada escolar. Las chicas se habían tenido que quedar porque les asignaron un trabajo en equipo, dejándole la tarde libre. A su lado estaban también algunos otros estudiantes que caminaban a sus respectivos hogares, ella no los conocía, por lo que estaba sola. En un instante, algo a su derecha captó su vista. Era aquel pelirrojo, el chico del teléfono, corriendo hacia alguna parte desconocida. No la notó, iba demasiado rápido para percatarse de los que estaban a su alrededor. La rubia, curiosa, decidió seguirlo.
Caminando un poco lento pero sin perder el paso, llegó hacia donde él estaba, encontrándose con un pequeño parque para niños con algunos arbustos y árboles enormes. Se acercó al pelirrojo sin importarle que la viera, notando que se encontraba regando agua con una manguera algunos arbustos.
—¿Porqué no me contestaste cuando te llamé?— preguntó de repente sin mirarla, solo siguiendo su actividad. Elsa se mordió el labio, sin saber qué decir.— Creí que éramos amigos.
—Lo siento.— terminó por susurrar luego de un corto tiempo solo analizando sus palabras.
—Vengo a regarlas todos los días, tampoco he arrancado ninguna.— comentó ahora el pelirrojo, ignorando su disculpa, estaba claro que se refería a las flores, que eran las mismas que él le había regalado la vez que se encontraron, pero que ella no aceptó.— No sé para qué lo hice en primer lugar, no valió la pena.— Elsa, dispuesta a no escuchar más, se dió la vuelta para marcharse, pero antes de que ella pudiera alejarse, él habló nuevamente.— Copito, si te llamo esta noche... ¿vas a contestar?
—Alguien me dijo que tenías novia.— al final sí decidió contestarle. Elsa estaba frente al espejo del baño de su casa, peinándose el cabello con una mano, pues con la otra sostenía su celular en el oído. No sabe muy bien qué pasaría de ahora en adelante, pero al menos podía escucharlo a través de la línea por una vez más.
—¿Quién te dijo eso?
—Una persona.— respondió la rubia ahora saliendo del baño para adentrarse a su habitación y cerrar la puerta detrás de ella. Tenía puesta ya su pijama, algo viejo y algo corto, dispuesta a dormir.
—Pues esa persona está equivocada, terminamos hace un mes.— respondió Hans con un tono asqueado.
—También me dijeron que te encontraron con una chica en un curso vacío.— hubo una pausa antes de que él respondiera ante esa acusación, Elsa se mordió el labio pensando si fue buena idea decir aquello.
—Sí, esa chica gritaba mucho.
—Entonces no lo niegas.— la había sorprendido.
—¿Porqué habría de hacerlo? Somos amigos, se supone que debo ser honesto contigo.— eso se escuchó muy sincero, hizo que la chica cortara su respiración de inmediáto. Sólo pensando que a pesar de ser alguien de renombre en la escuela, no era mala persona. Al menos se mostraba el mismo chico misterioso de siempre.— Elsa, ¿me consideras tu amigo?
Ella no respondió.
—Me dolió bastante cómo te portaste conmigo cuando nos juntamos.— era las doce y cuarto de la mañana, y Elsa sentía como todo volvía a la normalidad. Hablaban mil horas al día, todos los días.
—Te he dicho cientos de veces que lo siento, Hans. Me sorprendiste, nunca pensé que ibas a ser... tú.
—¿Y qué tengo yo?
—...Nada.
—¿Porqué no me saludas en la escuela?— preguntó dolido, la rubia se atoró con el vaso de agua que bebía y apretó el teléfono en su oreja.— Actúas fría, como si no me conocieras.
—Sí te saludo.
—De lejos me sonríes, y solo a veces, cuando estoy solo.
—Estabas muy linda hoy.
—Gracias.
Las semanas pasaron rápidamente y Elsa podía susurrar bajito y sin que nadie la escuchara que Hans era su amigo. Pero nadie la escuchaba. Y estaba bien, porque al menos podía saber que una persona como él, tan temido en la escuela y calificado como ''uno de los chicos rudos'' junto a Kristoff, podía ser alguien de confianza con sentimientos honestos y de corazón amable. Anna y Honey lo sabían, a veces le preguntaban por él y la respuesta era siempre la misma.
''Él está bien, en sus asuntos.'' y sus asuntos eran sacar malas calificaciones, jugar béisbol y esconderse con chicas en cursos vacíos. Pero era su amigo, independientemente de todo; la llamaba en la mañana antes de ir a la escuela y después de llegar a casa, hablaban de tantas cosas que el tiempo volaba y a veces olvidaba hacer su tarea. Y aunque cierta pelirroja siempre le mencionaba cosas como que él estaba enamorado de ella o que pronto tendrán algo, que si no le importaba que él anduba detrás de tantas otras chicas... lo ignoraba, pues Hans era difícil de leer sí, pero nunca había mencionado ni hablado de cosas de esa índole. Elsa no sabía cómo sentirse con eso, pero tampoco intentaba nada. Y los días pasaron así, siendo amigos y nada más... buenos amigos, hasta que una mañana de un miércoles, sentada en su pupitre como todos los días, escuchando a la profesora de literatura hablar sobre las diferentes magnitudes del dolor en un párrafo de un libro de época, sintió su teléfono vibrar.
''Ven a la biblioteca, ahora.''
Era Hans. Y era extraño porque él nunca le llamaba ni enviaba mensajes y mucho menos en plena hora de clases. Elsa ciñó su entrecejo temiendo que sea algo malo y sin pensar mucho, levantó su mano izquierda.
—¿Sí, señorita?
—¿Puedo ir a la enfermería? Me duele mucho el estómago.— aquella mujer de algunos treinta años asintió, acto seguido la rubia salió de aquel salón como toda una actriz, colocándose la mano en el abdómen y caminando a puras penas. A lo lejos, dos chicas se miraron entre sí, confusas.
—Mintió.— susurró una de ellas.
—¿Crees que sea por...?— pero la otra no terminó la frase.
Elsa se adentró a la biblioteca lo más rápido que pudo, evadiendo las miradas confusas de cualquiera que la notase y buscando al pelirrojo en el espacio vacío repleto de libros. Al verlo hojeando uno con tapa azul, se acercó a él para preguntarle qué ocurría.
—Vamos a saltarnos las clases.— dijo de repente, con una sonrisa cómplice en su rostro jovial y devolviendo el libro en el estante donde pertenecía. Elsa por primera vez notó que tenía pequeñas pecas esparcidas en sus mejillas, como si fueran pintadas.
—¿Eh? No, nunca me he saltado ninguna clase.
—Pues algún día tenía que ser.— le comentó ahora removiendo su cabello con una mano, como su ella fuera un cachorrito. Era muy tierna.
Elsa se aferraba fuertemente apretando sus brazos en la espalda angosta del pelirrojo, quien iba más rápido de lo normal en su bicicleta. Cerraba sus ojos con fuerza temiendo a caerse debido a que se encontraba sentada en un espacio chiquito detrás de él, dejando que la brisa le choque en la casa y escuchando sus comentarios tontos y su risa chistosa. Era un día hermoso y Hans se lo había mencionado, pero ella no estaba segura de cómo reaccionar debido a que por primera vez se estaba escapando de la escuela, por primera vez de verdad sí estaba teniendo contacto con el chico a pesar de todas las conversaciones telefónicas y el encuentro en el techo de la escuela. Pues como él había dicho una vez, no lo saludaba en persona; solo le sonreia de lejos y cuando estuviera solo, porque no quería llamar la atención de cierto rubio.
—Hans, vas muy rápido.— se apretó más contra él notando que ibana una velocidad muy exagerada, estaban andando por un sendero un poco desconocido por ella, pero muy hermoso. Habían árboles gigantes con hojas verdes que saludaban el final de febrero, comenzando a nacer en la primavera. El camino era de ladrillos rojos y habían pequeños bosquecitos de césped entre sus grietas.
—Mira hacia arriba, copito.— y ella obedeció.
El sol se veía a través de las hojas y las ramas de los árboles altos, dejando que la luz le toque el rostro y brindandole un paisaje muy lindo. Si puediera, le tomaria una foto. Pero estaba muy ocupada temiendo a caer.
—¡Hans! ¡Ve más despacio!— le suplicó luego de que se diera cuenta de que él aumentaba la velocidad.— ¡Hans!
—Vamos a mi casa y compramos comida, ¿si?— le dijo al cabo de un rato, Elsa no contestó.— Anímate, copito.— agregó, ahora acercándose a una colina cuesta abajo y quitando los pies de los pedales, aseguró los brazos de la rubia en su alrededor y soltó una gran carcajada disfrutando la pequeña aventura. Ella cerró sus ojos sintiendo cómo su pecho quería explotar.
Era mágico. El cielo con él siempre era mágico.
Ambos llegaron a una casa pintada de gris en un vecindario desconocido para ella, era de dos plantas y tenía un cobertizo con dos autos modernos y un jardín con la grama cortada perfectamente. Era una casa hermosa. Hans detuvo la bicicleta y ayudo a la rubia a bajar, inspeccionándola de que hubiera llegado completa y dirigiéndole una sonrisa, caminaron un poco hasta acercarse a donde estaban los autos, la chica miraba la estructura de su hogar pensando en que debía tener una familia grande y abastecida enocómicamente. Había una persona ahí, parada junto a una motocicleta. Elsa dirigió su vista hacia aquel hombre, que era muy parecido al pelirrojo pero le llevaba unoa años más que él, pero era joven para ser su padre. Era muy alto y compartía el mismo rasgo de pelo cobrizo, esta vez un poco rizado y pecas en la cara. Pero los ojos los tenía color café.
—Elsa, él es uno de mis hermanos, Harry.— le comentó luego de que esa persona notara a alguien desconocido junto con su hermano menor. Ella lo saludó tímidamente con una mano, sonriendo levemente.
—Un placer conocerla, Elsa.— le dijo, con la voz muy densa y colocándose un casco en la cabeza. Pero antes de que pudiera seguir observándolo ella fue arrastrada de la mano por el pelirrojo. Se adentraron a la casa por una puerta de madera en el cobertizo, pasándole de lado a la camioneta negra y ahora notando que parecía ser la cocina del lugar. Era muy amplia y tenía electrodomésticos de acero y todo era muy limpio. Tenía gabinetes color blanco y habían fotos y dibujos en la puerta de la nevera, también había una tetera en la estufa. Hans le soltó la mano y le indicó que se sentara frente a una isla de cocina en la una silla alta. Mientras que él fue a la nevera y sacó un contenedor de jugo de naranja y dos vasos. Le sirvió a ella y bebieron juntos. La chica no decía nada, era raro poder estar en su casa con él y notar que aparentemente estaban solos, pues no se escuchaba ningún ruido.
—¿Tienes hambre ahora o quieres comer después? Podemos hacer sándwiches, ¿te parece?— le preguntó, dejando su vaso vacío en el fregadero.— O no, mejor pedimos pizza... ¿porqué estás tan callada?— aquello salió de repente, sacando de pensamientos a la rubia quien aun no había bebido de su jugo. Ella lo observó por un rato. Hans tenía el pelo un poco largo en la frente, y estaba desordenado debido al viento de recorrido, tenía la corbata roja bien colocada y las manos en las bolsillos de su pantalón. Tenía que admitir que era apuesto, tenía la nariz respíngona como le había descrito y las cejas pobladas, pero no le había dicho que tenía sus ojos grandes y brillantes, como dos esferas verdes.
—No tengo hambre ahora, gracias.— dijo ahora bebiendo su jugo, ignorando su pregunta.— Tu casa es muy linda.
—Lo es.— le contesto, poniendo sus codos en la mesa, cerca de ella.— ¿Quieres ver mi cuarto?
Elsa parpadeó varias veces.
La habitación de Hans era... bueno, era inesperado. Elsa había imaginado que el lugar donde él se escondía para hablar con ella era un cuarto desordenado con posters por todos lados y una cama sin tender, pero era todo lo contrario. Las paredes estaban pintadas de azul marino, un color oscuro y que hacía que se viera un lugar tranquilo. Era espacioso y tenía es escritorio de madera junto con una laptop y algunos libros empilados. Cerca del techo había un aire acondicionado y una ventana grande en la pared principal, con una de esas cortinas de plástico que subes y bajas, color blanco. Su cama era enorme y tenía una colcha color verde oscuro, con una mesita de noche al lado y una lánpara. En una esquina había una cama para perro, pero era extraño porque no había animal alguno. Él le indicó suavemente que se pusiera cómoda mientras que iba al baño. Desapareciendo por la puerta.
La chica no estaba segura de qué hacer, se acercó a un estante notando que habían muchísimos libros en él; desde la saga de Harry Potter hasta cómics japoneses y de Batman, junto con algunas figuras de acción pequeñitas. Ella tomó uno y le echó un vistazo, tenía ilustraciones llamativas con colores brillantes y mostraban al escena donde el superhéroe ideaba un plan. Luego volvió a dejar el cómic en donde estaba, caminó un poco más para quedar cerca del escritorio, notando que la laptop estaba encendida, y mirando hacia la puerta cerrada detrás de ella, tocó uno de los botones. La pantalla se prendió y mostró una ventana vacía con algunas imágenes en ella, la rubia, más curiosa que nunca, se sentó en la silla respectiva y vio que las fotos pertenecían a una chica con el pelo negro. Con un dedo tocó la techa de la flecha de abajo y notó que eran muchas fotos de aquella misma muchacha, ahora dándose cuenta de que había una diferente... había una foto de ella.
Una de las fotos que tenía guardada en su celular antes de que él las borrara. Elsa sintió como sus mejillas se enrojecían, escuchando el crujido de la puerta abrirse y cerrando de un susto la laptop.
Y cuando él le preguntó qué hacía:
—Nada.— y le sonrió.
—¿Quieres ver una película?— le preguntó, ahora tomando el ordenador en sus manos y poniéndolo en su regaso, para luego sentarse en la cama. Con un gesto en la mano él le ofreció un lugar a su lado. Ella dudó un poco en si sentarse en su cama, pero respiró hondo y pensó que era improbable que algo pase, puesto que eran solo amigos.— ¿Terror?— musitó, ahora abriendo la página principal de Netflix y viendo las miles de opciones. La chica, ahora quedando lo suficientemente cerca para también ver la pantalla del ordenador, alzó sus hombros indiferente y poniendo sus manos en sus rodillas.— ¿Elsa?— de pronto, él pronunció su nombre de una forma extraña, y la chica alzó su vista a él notando que estaban muy cerca del otro. La aludida lo inspeccionó, confusa, notando que en sus mejillas pecosas había cierto color rosáceo y de sus ojos verdes había un destello diferente.
En un segundo, Hans se acercó y plasmó sus labios en los de Elsa.
Fue una sorpresa para la ojiazul, quien se quedó estática sintiendo la anormal sensación que la envuelve, junto con una calidez en su rostro y aún con los ojos abiertos, sin saber cómo reaccionar. Era solo un beso pequeño, solo el contacto de sus bocas, que acabó tan rápido como comenzó.
El pelirrojo ahora la observó, despegando sus labios y notando que ella no respondía. Eso lo asustó un poco.
—No me digas que fue tu primer beso.— le preguntó, con una sonrisa un poco torpe y sonando incrédulo. Ella, aterizando negó con la cabeza, avergonzada. Mintiendo. Él no le creyó.— Lo intentaré de nuevo, ¿si?
Y la volvió a besar.
Esta vez se sintió diferente, fue menos brusco y ladeó su cabeza un poco para quedar en una mejor posición, presionó sus labios con mucha delicadeza en ella y se quedó en esa pose por unos segundos, luego se separó lentamente, de nuevo. Ahora viéndola con los ojos cerrados, las mejillas enrojecidas y la respiración pausada, creyendo fielmente que esta vez sí había sido mejor que la anterior. El pelirrojo depositó su ordenador en el piso, olvidándose de todo y volvió a besarla, ahora tocando su rostro con sus manos y sobando con sus pulgares en las frías mejillas de ella, abriendo un poco los labios para acariciarla suavemente, sintiendo lo delgados y tímidos que eran. También sintiendo que su corazón casi explotaba de lo alterado del momento. Elsa no pudo procesar pensamientos ni acciones en su cabeza, pues estaba muy absorta en él y en sus gestos dulces. Su estómago comenzaba a percibir sensaciones inusuales debido al beso, que en ningún momento dejó de ser más que eso, ahora notando que el pelirrojo lentamente la empujaba para que su espalda quedara en contra de la superficie de la cama. Acostándola.
Algo dentro de la rubia se prendió, como alarmas que le indicaron que aquel beso comenzaba a profundizarse. Hans se acomodó por encima de ella, colocando sus piernas a cada lado de sus costados, estampando su cuerpo, quedando abdómen contra abdómen; para seguir acariciando las mejillas de la ojiazul a travéz del beso, sin romperlo. Abrió su boca más de la cuenta y dudando de proceder, lamió el labio inferior de Elsa. Sabía a fresa, Literal.
Ella lo recibió también indecisa, dejando que una lengua caliente la inunde con su extraño sabor cítrico debido a la bebida de antes, probando su esencia y paseando aquel órgano gustativo dentro de su cavidad bucal. Buscando unirse más, profundizó y entrelazó sus lenguas. La chica se iba, probablemente al cielo, conociendo por primera vez cómo se siente ser besada de esa forma tan sensual y que sólo había visto en las películas de romance inspirador, mucho menos creyendo que el protagonista de la escena era Hans, el chico misterioso del teléfono. Sin esperarlo, él despegó sus labios de ella, para ahora descender aún manteniendo la calma, en aquel cuello blanco de cristal, para plasmar pequeños besos allí y también llevarse consigo el lazo de la camisa de ella. Las alarmas no dejaban de sonar, más fuertes a medida que ese pelirrojo se apoderaba de sus clavículas y la marcaba con sus labios abiertos y su lengua intrépida, que sabía lo que estaba haciendo, en respuesta, obtenía delgados jadeos de la rubia, quien no pudo resistirse a los contactos e ignorar los avisos de precaución. Sentía cómo las manos de ese chico iniciaron su aventura por su cuerpo, primero desde sus hombros y caminando hasta su cintura, todo con suavidad, como si él temiera romperta.
Las sensaciones eran como destellos de luz en su estómago. Chispas o fuegos artificiales, como queran llamarlo. Pero se sentía profundo, escalando en su interior, cuando él quitó el primer botón de su camisa, Elsa abrió los ojos con sorpresa.
La duda se notaba entre su frente, resplandeciendo y diciéndole a gritos que era virgen sin siquiera abrir la boca. Él entendía a la perfección.
—Si no quieres, podemos parar. No quiero lastimarte, Elsa.— le susurró, bajido en un oído.— Pero si me permites hacerlo, prometo ser gentil... y te sentirás muy bien.— eso sonó como una promesa de dulce para un niño. La chica quedó mirando el techo blanco de su habitación por un segundo, sin saber cómo procesar aquello. Sin tener respuesta, de pronto se sentía incómoda y el peso de Hans era demasiado.— Copito, ¿tú confías en mí?
—Por supuesto que confío en ti, Hans. Es solo que...
—¿Qué?— Elsa frunció sus labios, poniendo los ojos en blanco.
—Yo no he hecho nada.— confesó avergonzada.
—¿Segura que nada?— ella negó con la cabeza.— Pero ahora estás haciendo algo, ¿eso no cuenta?— Hans dijo aquello con un tono de voz juguetón, contagiándole su risa a la rubia, quien se relajó un poco y tapó su rostro sonrojado con sus manos.— Hey, tranquila, sé que puede ser difícil, las primeras veces son una gran cosa, pero si tú confías en mí... y yo confío, muchísimo, en ti, podemos... pero igual no tiene que ser ahora. No me molesta esperar. Todo lo que quieras.
Elsa se mordió el labio, aún no del todo contenta.— Es que no entiendo Hans, apenas nos conocemos un poco y...
—Nos conocemos.
—Sí, pero...
—¿No confías en mí?
—¡Que sí lo hago! Pero no te entiendo, ¡me das un montón de señales extrañas!— el aludido atinó a quitarse de su cima, ahora acostándose a su lado para también mirar al techo, sabiendo que no iba a llegar a nada.— ¿Quieres escucharme?
—Te escucho.
La rubia respiró profundo antes de hablar.— Primero fueron... todas esas conversaciones en las que nunca supe quién eras pero aún así me hice tu amiga, y luego saber que eras tú y asimilarlo... no me mires así, sabes muy bien qué clase de reputación tienes en la escuela.— él rodó los ojos.— Venimos aquí y me besas de la nada, sabiendo que escucho de tus aventuras en los cursos vacíos.
—Esas chicas no valen nada, no valen lo que tú vales.
—¿Y qué valgo? Para ti, Hans.— Elsa ahora buscó su mirada verdora tratando de poder descubrirlo, sintiendo cómo de nuevo se prendían los fuegos artificiales en su interior cuando lo divisó acercarse a sus labios nuevamente, pero sin tocarla como de debe, susurró:
—Muchísimo, copito.— y terminó por besarla otra vez, tocando su rostro con sus grandes manos para atraerla a él, encendiendo la chispa y aumentando el ritmo. Se notaba sediendo, ella pensó; cuando ahora la guiaba a colocarse encima de su cuerpo, poniendo sus rodillas ahora a cada costado de él y continuar besándolo. La posición era diferente, y ella tenía permiso para poner las yemas de sus dedos en el cuello del chico, quien apretaba su cintura y la apegaba más a él, uniendo sus entrepiernas sin que Elsa se diera cuenta y tocándole los muslos. Ella parecía luchar más contra su propia resistencia, porque el calor aumentaba y dentro de ella crecía una ansiedad que no podía controlar mucho, las alarmas eran sordas y él le mordió el labio inferior. La rubia hundió su cabeza en el espacio cuello y hombro del joven, dejando que subiera sus manos traviesas a sus nalgas y le besara el cuello. Apretándola y mojándola, quien de nuevo no pudo detener los suspiros bajitos que salían de su boca.— ¿Quieres que me detenga?— musitó en su oído, pero hacía trampa, debido a que aprisionaba con fuerza la piel de su trasero con sus manos, colando algunos dedos por debajo de la tela de sus bragas.
No hubo respuesta.
El pelirrojo gruñó con anticipación, ahora bajando el camino de besos hasta el pecho blanco de la chica, quien se sostuvo de sus codos y cerraba sus ojos con mucha presión, su boca estaba entreabierta y para ese punto sus pulmones hacían doble trabajo. Los dientes de Hans llegaron al final del primer botón, un rápido movimiento con sus dedos, luego desató el segundo botón, y luego el tercero y el cuarto... ya para unos instantes la camisa de la chica estaba tirada en el suelo del cuarto. Sus mejillas prendidas y sus dedos explorando, muchísima piel expuesta y virgen, realizando que era el primer hombre que la tocaba de esa forma; viendo sus pequeños senos escondidos debajo de un sostén. La prenda era lindísima, súper delicada y coqueta, de color rosa pastel y dejando a la vista algunos lunares esparcidos por ahí. Maldiciéndose, tenía que preguntar.
—¿Quieres que me detenga?— musitó con la voz ronca y cargada de deseo.
No hubo respuesta, de nuevo.
El silencio se hizo su amigo y con una vuelta, ya estaba encima de ella por segunda vez. Tomando el control y acomodándose entre sus piernas. Beso su piel blanca, cuidando de no dejarle nada marcado y pasó su lengua por la línea divisora de sus pechos, tocando con una mano sus costillas, enumerándolas, para aterrizar ahora en uno de sus montículos y volver a besar sus labios de fresa. Elsa suspiraba, ciñendo sus cejas, experimentando tantas sensaciones juntas y diferentes y entregando sus labios. Pero él ya no estaba besándola, ahora se quitaba su propia corbata y luego su camisa, quedando desnudo del torso. La chica lo examinó, volátil, era delgado pero no para verse flaco, tenía el abdómen trabajado y algo brilló como luz de navidad en su pecho; era un chupón. Recordó las palabras de Honey sobre sus chicas que lo esperaban en las aulas vacías y lo miró a los ojos, él pretendió no darse cuenta (cuando era muy claro que se habia dado cuenta) y solo quitó sus incógnitas con otro beso. Un beso que le decía ''Eres especial, eres diferente... eres la que quiero'' y ella más ingenua que nunca, lo dejó pasar.
Luego las manos de Hans llegaron a la comisura de la falda, buscando el cierre por los costados, se la quitó bajándo la tela a través de sus piernas y la miró tendida en la cama completamente. Era muy pequeña, tenía la piel blanca pero al mismo tiempo rosácea, sus mejillas estaban encendidas y su ombligo era como un punto en el medio de su estómago. Habían huesitos que salían como montañas en su cadera, y sus bragas eran color negro. De pronto ese fue el color favorito del pelirrojo. Corrió de nuevo hacia ella, poniendo sus dedos en... literal, todas partes de su ser y respirando su aroma de verano, su aliento de frutas y su cálida temperatura corporal. Levantó sus muslos y se restregó contra ella, piel contra piel. Elsa reaccionó con un gemido ronco, ladeando su cabeza a un lado y cerrando sus ojos, el cosquilleo lo envolvió y repitió el acto por segunda vez, besando su mejilla caliente y deseando ya estar dentro de ella.
Pero tenía que tener el sí definitivo.— ¿Quieres que me...?
—No.— eso fue suficiente para él.
Sin esperarlo, Elsa notó que comenzó a quitarse la correa de su pantalón seguido del mismo, cerró sus ojos nerviosa y solo soltó un suspiro para tratar de calmar todas las hormonas que le hacían una huelga dentro de sí, unas gritándole que no tenga miedo y otras que no era una buena idea. Ignorándolas, se preparó para recibir el peso del pelirrojo nuevamente, ahora desnudo por completo y quitándole también a ella lo que impedía su propia desnudes. Desabrochando el sostén y quitando sus bragas. La chica no pudo contener la necesidad de cubrirse nuevamente, poniendo un brazo encima de sus senos y una mano en su rostro, estaba demasiado avergonzada y era la primera vez que alguien la ve así. Tan vulnerable e inocente. El joven al darse cuenta, le quitó suavemente la mano de su rostro, descubriendo el sonrojo potente en sus mejillas.
—No tengas pena, eres preciosa.
—Lo dices sólo porque sí.
—Lo digo porque es cierto, Elsa.— dijo y ahora depositó diminutos besos en su frente, párpados, nariz, mejillas y finalizando en su boca. Ella lo tomó del cuello, disfrutando su dulzura repentina, tal vez creyéndole de verdad.—Eres la chica más linda del mundo.— Hans tembló, cerrando sus ojos y sintiendo cómo su cuerpo no soportaba más la espera. La chica se aferró a él, abriendo tímida sus piernas y sintiendo la extención erecta del pelirrojo jugar con su intimidad, solo frotándose contra sí y humedeciéndo su propia entrada. Él casi no aguantaba estar tan cerca y a la vez sentirse tan lejos, cuando en realidad estaba literalmente pegado a la rubia. Hundió su cabeza en su cuello y suspiró; estaba listo, ¿ella lo estaría?— ¿Estás lista?
No lo estaba.
—Sí.— sus corazones dieron un vuelco al unísono, la emoción de tenerse solo para ellos era increíble. Los sentimientos échenlos a un lado y enfoquémonos en las sensaciones. Que eran fuertes y corrían por sus terminaciones nerviosas, probando, testando y estimulando. Hans la rodeó con una mano y con la otra dirigió la punta de su miembro hacia ella, sin presionar ni hacer más nada que un leve contacto. Ella cerró sus ojos, su autocontrol disminuía pero el temor aumentaba junto con el deseo, ambas cosas se peleaban dentro de sí. Se mordió el labio, apretó al chico más que nunca, sintiendo como su pecho subia y bajaba con su respiración, y esperó que entrara.
Lo primero que Elsa sintió fue inexplicable. Eran muchas sensaciones a la vez, desde el desplomo del deseo hasta el aumento del dolor. Era... demasiado. Se sentía como una punzada caliente que se incrustó en sus piernas, quitando toda incencia y niñez a su paso, llenándola de miedo y haciéndola temblar. Gritó un poco, tratando de aguantarlo, pero él se abría paso en ella tratando de ser dulce pero fallando, porque aunque lo hizo lento, fue repentino y no estaba preparada. Su cuerpo se arqueó, enterrando sus uñas en su espalda y respirando fuertemente, sintiendo como algo dentro de ella se desgarraba. Lloró, lágrimas salieron de las cuencas de sus ojos y corrieron por sus mejillas, desesperada, puso sus manos en el pecho del pelirrojo, empujándolo.
—Sal, sal...— le suplicó, con la voz rota. Él no obedeció, y utilizó su fuerza para abrazarla más y que quedara inmóvil. Le besó la mejilla mojada y le susurró cosas.
—Tranquila, fui un poco brusco, lo siento.— apretaba su mandíbula, casi ocultando el placer inmenso que sentía cuando se instalaba en ella, era muy estrecha y apretada. Nunca había estado con una virgen, todas las otras chicas eran igual o incuso más experimentadas que él, y por eso se la encontraba tan increíblemente atractiva y única. Quería que fuera suya por siempre, cuando él quiera tenerla que ella esté disponible y que no mirara a nadie más en su vida. La notó tensa, gimiendo de dolor, él solo permaneció inmóvil.— Elsa, no quiero salir, por favor... aguanta un poco, prometo que te sentirás bien en un rato.
Ella no respondió, solo se quedaron quietos por largos minutos; ella acostumbrándose a la intromisión y él besando su cuello. Cuando Hans escuchó un pequeño suspiro de placer salir de ella, movió sus caderas ansioso y salió un poco, para introducirse nuevamente. Ella respondía, no con palabras, sino con sonidos inconclusos y jadeos aprobatorios. Estaba más que lista, el dolor aunque no cesó del todo, el placer que comenzó a sentir era indescriptible. La embestía con delicadeza, rozando sus entrepiernas y clamándola cuya de su propiedad. Elsa no podía respirar, algo dentro de ella comenzaba a fabricarse, algo que nunca sintió en el pasado, se desplomó en la cama y elevó sus propias caderas para hacer que él entre con más facilidad y abrió su boca. El pelirrojo se emociono al verla tan decidida, y aumentó el ritmo, solo un poco, mordiendo su hombro como reacción a las múltiples sensaciones placenteras que lo azotaron. Ella ignoró el dolor que le causó los dientes del chico y solo se permitía gozarlo, retorcida y aún notando el dolor que era más leve pero no le hizo caso alguno, porque habían sensaciones más dulces que una simple punzada en su intimidad.
Hans impulsó su ser dentro de ella con más fuerza, dejando de contar mentalmente las veces que se enterraba y que salía, solo ahora moviéndose impuramente e hinchándose complacido. Comenzó a golpearla, embestirla y perdiendo el equilibrio, el orgasmo tocó la puerta en su interior, él acumulaba las ganas y apretaba su miembro aguantando el intenso final que venía a doblar de la esquina. No quería terminar, quería recorrer mucho pero no estaba seguro de poder soportarlo más.
—Hans...— ella suspiraba, suspiraba con su nombre y le dedicaba largos gemidos roncos que nacían en su garganta, poniendo una mano en su frente incrédula de saber que dos cuerpos unidos podían crear una deliciosa acción como esa. Estaba absorta, hundida en su océano y muy dispuesta a repetirlo mil veces más. Con él. En sus entrañas se formó un huracán y en su superficie se encontraba el ojo de éste. Llenándola de una calidez que la perdía. Escuchó algo que no entendió de él, algo sobre venirse y ella solo mordió sus labios con mucha fuerza. Sintiendo ahora un número de contracciones de parte del pelirrojo y cómo éste cesaba sus embestidas. Se había corrido, dentro de ella y dejando que el orgasmo lo llene de cosquillas y se aferre a su ser como si fuera su posesión más preciada.
Esa tarde Elsa había experimentado cosas increíbles, él le hizo el amor repetidas veces, al final ella también alcanzando el orgasmo que llegó de impreviso poseyendo su cuerpo. Se acomodó en la cama del pelirrojo, buscando su calor y hundiéndose más en las sábadas contra él, abrazando su espalda y sonriendo levemente. Él se había quedado dormido, no sabía la hora que debían ser pero la tarde comenzaba a ser notoria desde la ventana, triste, se paró de la cama haciendo el menor ruido posible y buscó sus ropas en el piso. Pero no fue lo suficientemente silenciosa y él se removió aún dormido.
—¿Ya te vas, Wendy?
Ese día Elsa experimento diferentes clases de dolor; el primero, físico y que la hizo estremecerse, y el segundo, emocional... que la chocó con tanta fuerza que se quedó mirando el cuerpo tendido de Hans en la cama por un largo rato.
Se sintió la chica más estúpida y miserable del mundo.
—Lo siento, me quedé dormido y no me dí cuenta cuando te fuiste. ¿Llegaste bien a tu casa, copito?— la voz de Hans se escuchó preocupada en el teléfono.
—Dijiste que podía confiar en tí.
—¿Eso qué significa?
Elsa dudó por un segundo.
—No vuelvas a llamarme nunca más.
Y le colgó, por última vez.
Notas del autor:
Fue una excusa muy mala para escribir un lemmon, con final triste, lo sé. No se preocupen, Hans adora a Elsa y eso siempre será así. ¡Espero que lo hayan disfrutado! Pienso actualizar WL de mañana a pasado, así que atentas. Estará bien bueno este capítulo. Muchas gracias por todo y hasta la próxima. :)
(A los que conocen la peli, sí... demasiados cambios, ya sé)
