Capítulo 1

Una noche cualquiera.

—…Y para colmo, me dice que la sesión de fotos tiene que hacerse cuando Howard pueda liberar su agenda, que mientras tanto tenemos que esperar y punto. ¿Te lo puedes creer? ¿Quién diablos se piensa que soy? O sea, no es que sea Judy Garlang pero soy lo suficientemente famosa como para no tener que depender de lo que un productor quiera. ¿No crees? Menos mal que Glen se mantuvo firme. Se supone que soy yo quien tiene que poner las normas, sobre todo porque es pura caridad lo que estoy haciendo. Dime…dime ¿Qué actriz de Broadway es capaz de regalar su imagen para el beneficio de un productor y su teatro, sin nada a cambio?

Hombre…sin nada a cambio no, vas a obtener mucha publicidad.

—¡Hey!—masculló asomándose a la habitación—¿Estás de mi parte o de la suya?

—Siempre de la tuya, cielo…ya lo sabes.

—¿Entonces? ¿Acaso insinúas que necesito hacer un estúpido posado para conseguir ganar fama?

—Rachel…por favor, no he dicho nada de eso.

Pues sí, sí que lo has dicho—le amenazó con el cepillo de diente—o tal vez lo has dejado entrever, pero es lo que…

—¿Quieres dejar de quejarte y venir aquí, conmigo? Como tardes más me voy a quedar dormida.

—Siempre igual—murmuró regresando al interior del baño, donde continuó esmerándose en limpiar sus dientes y terminar su pequeño ritual de aseo antes de meterse en la cama.

Habían pasado tres días alejadas. Tres días en los que tuvo que encargarse a solas con Elise, mientras Quinn se relajaba al otro lado del país. Porque sí, tal vez era su trabajo y había tenido que soportar reuniones con esos incompresibles y extravagantes artistas de los que tanto se quejaba, pero Rachel sabía perfectamente que eso solo la ocupaba unas horas por la mañana, y el resto del día se lo había pasado visitando a sus amigas o divirtiéndose con Beth, hinchándose a comer hamburguesas o cualquier otro tipo de comida que ella detestaba. Y no se lo echaba en cara, por supuesto que no. Era lógico que quisiera despejarse cuando tenía ocasión de hacerlo. Sin embargo, contarle lo que le había sucedido en aquellos días mientras estaban separadas era algo habitual en su vida, lo normal en una pareja que conversa antes de meterse en la cama, pero Quinn no estaba por la labor de tener mucha conversación, y sí mucha necesidad porque no tardase demasiado en meterse bajo las sabanas, junto a ella.

Que sepas que es la…¿Te has quedado dormida?—cuestionó sorprendida nada más abandonar el baño tras su aseo, y descubrir como Quinn permanecía recostada con los ojos cerrados.

Mmm…no—murmuró desganada—Estoy despierta.

—¿Seguro? Mírate, estás a punto de entrar en fase rem—se burló al tiempo que se deshacía del albornoz que la cubría—¿Estás muy cansada?

Lo estoy, pero se me pasa en cuanto te metas aquí conmigo—respondió destapándose con sutileza.

—Quinn, estás muerta…

—No, no lo estoy—se excusó—Es solo que ya sabes cómo me sientan los vuelos…pero se me pasa enseguida. Vamos…ven—insistió mostrándole parte de su cuerpo ya desnudo.

—¿No será que has trasnochado tanto que ahora no puedes con tu propio cuerpo?, Quinn…ya no tienes 20 años—bromeó al tiempo que comenzaba a deslizarse sobre ella—No eres una adolescente capaz de enlazar la noche con el día, y no dormir…

Si vuelves a decir algo así te obligo a dormir en la habitación de invitados—le interrumpió—Sabes perfectamente que puedo con todo, es solo que realmente el vuelo me afecta. Y encima hoy he tenido que soportar a Bette en la galería y luego Elise con sus tareas del colegio y a Skimbles haciéndome correr por toda la casa. Ha terminado por destrozarme…¿Cómo quieres que esté?

—Mmm lo sé, sé que debes estar agotada pero…no quiero que hagas nada forzada—susurró con dulzura, segundos antes de regalarle el primero de los besos—Por eso te pregunto si no estás muy cansada para…ya sabes.

—¿Forzada? ¿Desde cuándo hacer el amor con mi chica es una tarea forzada?

Quinn, ya sabes a lo que me refiero…si estás cansada deberías dormir y ya mañana nos cobramos la noche pendiente.

No, para eso nunca estoy cansada—replicó humedeciéndose los labios—Te he echado de menos.

—¿Sí?

—¿De verdad me preguntas?—cuestionó regalándole varias caricias.

—No sé, a veces pienso que me sustituyes con una hamburguesa.

—¿Qué?—palideció—¿Qué tontería es esa?

—Quinn—sonrió divertida—No disimules, sé que aprovechas cualquier ocasión en mi ausencia para comerlas.

—No…esto…no he comido hamburguesas—fingió torpemente—¿Por qué dices eso?

—Cielo—buscó su mirada tras dejarle una ristra de besos por el cuello—No sabes mentir, eres pésima haciéndolo—se burló.

¿Mentir?, no estoy mintiendo…¿Por qué dices eso?—balbuceó.

—No hay más que verte.—Susurró desviando la mirada por su cuerpo—Estás mintiendo…

—Hey…hey—la interrumpió al tiempo que se reincorporaba—¿Estás insinuando que sabes que me he comido una jodida hamburguesa porque se me nota en la barriga? ¿O en mi culo?

—No—musitó tras una leve carcajada—Lo digo porque me lo acabas de confirmar.

—¿Qué?...oh…mierda—volvía a dejarse caer sobre la almohada.

—Quinn—se inclinó de nuevo hacia sus labios—Tranquila, no pasa nada porque quieras comer esa mezcla de grasas explosivas que puede terminar colapsando tus arterias, no me importa siempre y cuando lo hagas con moderación.

Mmm pero…no se me nota, ¿No? Quiero decir, sigo estando perfecta…¿Verdad?

Tan perfecta que no me atrevo a mirarte por miedo a devorarte—se burló segundos antes de atacarla de nuevo con una tanda de besos que fueron bien recibidos por la rubia. Tanto que en apenas unos segundos las caricias, los suspiros y algún que otro gemido se adueñaron del silencio de la habitación, cortando de raíz la divertida conversación que habían mantenido hasta llegar a ese instante.

Y es que a pesar de haber compartido cena, la presencia de Elise evitaba cualquier intento de conversación más allá del trabajo, y las obligaba a hacerlo cuando ya estaban a solas, compartiendo un mismo espacio y sin que la pequeña de la familia pudiese interrumpirlas, o escuchar algo que no fuera adecuado para su edad. Pero el estar tres días separadas era un hándicap que no les ayudaba en absoluto para mantener una conversación como solían hacer a diario, después de reunirse tras el típico y rutinario día de trabajo.

Las ganas de Rachel eran más que patentes, y Quinn no ponía impedimento alguno a pesar de notar como el sueño ya empezaba a hacer de las suyas. Nada que un par de besos de su mujer no lograse eclipsar, sin duda. Aunque, tal vez aquella intensidad que demostraba Rachel adueñándose de su cuerpo fue el causante del peor y más absoluto de los desastres en aquella noche.

Ya lo habían sufrido en alguna ocasión pero no en aquella época, cuando la consciencia de Elise ya era lo suficiente lúcida como para ser testigo de determinados comportamientos.

Mami—musitó la pequeña junto a la puerta, y Rachel a punto estuvo de dislocarse el cuello tras escucharla y girarse hacia ella. Mientras Quinn, completamente aterrorizada utilizaba la manta para cubrirse por completo y rotaba hacia el lado contrario, dándole la espalda a la pequeña.

Pelo revuelto, pijama de estrellitas rosas y blancas, Asparagus bajo el brazo y la divertida mueca que provocaba en sus labios la falta de las dos paletas entre sus pequeños y blancos dientes. La imagen de Elise, a pesar de lo inesperado, reflejaba un halo de inocencia y dulzura que contrarrestaba por completo con la que imagen que proyectaban sus dos madres.

Oh dios…Elise, ¿Qué haces ahí?—se apresuró en recuperar su albornoz para cubrirse, por suerte aún permanecía con la ropa interior intacta. No así Quinn, que completamente desnuda se lamentaba bajo las sábanas.

Mamá…no puedo dormir—se excusó la pequeña aferrándose a su oso—tengo miedo.

—Cielo…

—¿Por qué has dejado la puerta abierta?—se quejó Quinn sacando la cabeza para mirarlas.

—Estaba cerrada—replicó Rachel—Cielo, sabes que no debes entrar en las habitaciones sin llamar

He llamado, pero… ¿Está enferma?—buscó a Quinn que trató de sonreír para eliminar la preocupación de la pequeña—¿Por qué estabas encima?¿Estáis jugando? Yo quiero jugar

Elise, cariño—dijo la rubia—No estoy enferma, ni tampoco estábamos jugando.

—¿Y por qué estaba mamá encima de…

No…no está enferma—interrumpió Rachel completamente nerviosa—Está bien cielo, mamá solo quería que le ayudase a…a…bueno, está cansada y yo estaba ayudándola a…a dormir.

Lo estás arreglando, Rachel—ironizó Quinn.

No me pongas más nerviosa—le recriminó la morena, que rápidamente tomó a su hija de la mano—Vamos cielo, te acompaño a la cama.

Pero…tengo miedo, mamá—volvió a quejarse—Skimbles ronca y todo está oscuro. ¿Puedo dormir aquí?

No…no. Tranquila, yo te acompaño en tu habiación hasta que te duermas, ¿Ok?

—¿De verdad?

Sí, a Skimbles le voy a decir que deje de roncar, así no te molesta más—añadió Rachel lanzando una mirada hacia Quinn, que veía como ambas abandonaban la habitación y lograban salir indemnes de aquel despropósito.

Y es que aunque Elise había crecido rodeada de chicas, y era habitual para ella ver como se regalaban muestras de cariño o algún que otro beso, aquella situación superaba con creces el cuidado que tenían por mantenerla al margen.

No era la primera vez que Elise las interrumpía en una situación comprometida. Ya lo hizo con casi 3 años, cuando aún dormía en la cuna junto a ellas y decidió despertarse en plena madrugada y buscarlas con la mirada, o cuando cumplió los 4 y se escondió debajo de la cama para asustarlas. Pero aquellas veces no supusieron nada desagradable para ambas, ya que la inocencia de la pequeña la libraba de saber o ser consciente de lo que hacían sus madres. Sin embargo, aquella noche podría haber sido muy diferente si no llega a ser porque su interrupción fue relativamente rápida.

Elise contaba con 7 años, y a esa edad nada pasa desapercibido para una niña, y menos si es alguien que comparte el don de la curiosidad con su madre.

Mamá no está enferma, ¿Verdad?—insistió la pequeña tras regresar de nuevo a su habitación.

No cielo. Mamá está cansada por el viaje, nada más. Ya se va a dormir, igual que vas a hacer tú.

—Pero no te vayas—se quejó colándose en la cama mientras Rachel tomaba asiento a su lado y la arropaba—¿Por qué no puedo dormir contigo?

—Te dije que solo podías dormir conmigo cuando no está mamá, ahora tienes que estar en tu habitación. Además, mañana tienes que ir al colegio y tienes que descansar mucho.

No quiero ir al colegio—replicó aferrándose al oso.

—¿Por qué? Mañana tienes ensayo para la fiesta de fin de curso. Va a ser divertido y podrás bailar lo que hemos aprendido en estos días.

No quiero ir—se quejó de nuevo dándole la espalda.

—¿Por qué? ¿Qué te ocurre, Elise?—se preocupó

No quiero ir porque Tommy me dice cosas feas.

—¿Tommy? ¿Tommy Giggs?

—Sí.

—¿Qué te dice Tommy?—se interesó buscando la mirada de su hija, que molesta mantenía el cejo fruncido—¿Te molesta?

—Me dice cosas muy feas—insistió.—Y se ríe de mis dientes. Mamá, ¿Cuándo me van a salir los dientes?—cuestionó paseando con la lengua entre el hueco que existía en su infantil dentadura.

—Los dientes volverán pronto, no te preocupes, ¿Ok? A él seguro que también le falta alguno.

No lo sé—musitó apenada—Pero no quiero que me diga más cosas feas.

¿Y se lo has dicho a la Señorita Sheridan?

—Sí, pero ella nos castiga a los dos. Y Tommy me quita mis lápices de colores y no me deja que cante.

—¿Te hace eso ese malvad…ese niño?—corrigió—Ok, mañana cuando vayamos al colegio voy hablar con él, ¿De acuerdo?

—Dice que canto muy mal, mamá. Eso no es verdad, ¿Verdad?

—No, claro que no—comenzó a arroparla—Cielo, eres la mejor cantante de…toda tu clase.

—¿De toda mi clase?—se quejó.

—De toda la ciudad—sonrió con dulzura.—No tienes que hacerle caso a Tommy ni a nadie que te diga lo contrario. Eres la mejor.

—¿Ni siquiera a la señorita Sheridan? Ella tampoco quiere que cante.

—¿Por qué? ¿Por qué no te deja cantar?

—Porque dice que la interrumpo mientras explica, y me castiga y…

Espera, espera—la interrumpió—¿Cantas mientras la señorita Sheridan está explicando?

—Si—susurró la pequeña con normalidad—Es cuando todos están en silencio.

Oh…ok, cielo—se lamentó—Eso no está bien. No puedes molestar a tus compañeros y cantar cuando la señorita está explicando.

—¿Por qué? El abuelo dice que tú cantabas a los niños cuando eras pequeña.

—Sí, pero era distinto.

—¿Por qué?

Pues…porque yo no lo hacía cuando estábamos en clases. Yo lo hacía cuando podía.

—¿Y cuándo puedo yo?

—Pues…cuando estéis en el recreo, por ejemplo. Ahí puedes cantar todo lo que quieras—respondió ante la avalancha de preguntas de su hija.

Una completa locura. Tener a una niña de 7 años exactamente igual a ella más la personalidad curiosa que había ido adoptando de Quinn, era una completa locura para Rachel. Podría ser 20 o tal vez 30 las veces que repetía aquellas dos palabras que tanto empezaba a detestar, a lo largo de una simple y sencilla conversación. ¿Por qué? Eran tantos los "¿Por qué?" que Elise utilizaba para cuestionar cada duda que le surgía que terminaba por perder la paciencia, y eso en alguien como Rachel Berry no era habitual.

Quinn lo hacía mejor en ese aspecto. Tenía la capacidad de dar con la respuesta más simple y comprensible para evitar que la avalancha de preguntas terminase agobiándola, no como ella, que cada vez que pretendía aclararle algún concepto daba pie a una nueva duda o cuestión de la pequeña.

—Pero en el recreo nadie me escucha. Y Tommy me dice cosas feas.

—Ok, hagamos un trato, tú no vas a volver a interrumpir a la señorita Sheridan en clases, y cuando acabe el curso te organizo una fiesta en el jardín trasero para que le puedas cantar a todos tus amigos, ¿De acuerdo?

—Sí, de acuerdo, pero…

—¿Pero qué?

—¿Qué hago cuando la señorita Sheridan me pregunte algo?

—¿Qué haces?—repitió confusa—Pues le respondes

—Pero tú me has dicho que no puedo molestarle.

—Pero si te pregunta no es molestarle, tienes que contestar, cielo.

—¿Y si no me pregunta y yo quiero preguntarle? Tú me has dicho que…

—Ok…ok, Elise—volvía a interrumpirla.—Lo que no debes hacer es cantar cuando estés en clase. ¿De acuerdo? Todo lo demás está permitido, y si la señorita Sheridan te pregunta pues le contestas…y si tienes dudas pues le preguntas.

—Mmm…ok…pero…

—¿Pero qué?—empezó a perder la paciencia.

—¿Le puedo preguntar si puedo cantar?

—¡No!—respondió alterándose un poco, tanto que no tuvo más remedio que tomar aire y recuperar la compostura ante la descompuesta mirada de su hija—Ok…lo siento cielo—se calmó mientras la arropaba—Es tarde, tienes que dormir, ¿De acuerdo? No pienses en nada malo, mañana va a ser divertido y vas a poder ensayar la coreografía para la fiesta de fin de curso, y podrás demostrarles lo que hemos aprendido las dos éste fin de semana. ¿Ok?

—¿Te has enfadado?

—No, claro que no—se acercó con dulzura para besar su frente— Es solo que es tarde y tenemos que dormir, ¿Vale?

Asintió, aunque Rachel sabía que aquello no significaba absolutamente nada. La había asustado y conociéndola como la conocía, sabía que había dejado de temer a las burlas de Tommy por culpa de su inesperada y certera respuesta negativa. Solo había una fórmula que no fallaba para hacerla cambiar de idea ante la sensación de un posible enfado que no existía; su voz.

No fallaba. A Rachel le bastaba regalarle un par de caricias, acomodar a Asparagus el oso a su lado, y empezar a tararear una canción que la pequeña adoraba para hacerla entrar en un profundo sueño del que ya no escapaba en toda la noche. Una canción que sus propios padres le enseñaron cuando apenas era una niña como Elise, igual de intransigente y curiosa. Y quizás por eso perdía la paciencia de aquella manera con su hija, porque sabía que por muchas respuestas que le diese, jamás lograría saciar su necesidad de saberlo todo y tener una respuesta lógica a sus miles de dudas. Por suerte la música sí lograba calmarla, y por fin Elise terminó cediendo al sueño, permitiendo que Rachel pudiese regresar a su habitación y continuar con lo que ya había empezado. Sin embargo, no todo fue como esperaba.

Después de asegurarse que Elise ya dormía, recordó la referencia de la pequeña hacia el ronquido de Skimbleshanks, y no dudó en descender hasta la planta principal para evitar que pudiese despertarla de nuevo. A pesar de la desgana con la que lo iba a hacer.

No era una casa normal como la de cualquier familia de la zona. No presumían de grandes lujos, pero sí de mucho espacio para ellas. Su hogar contaba con tres pisos más la azotea que la convertía en una pequeña mansión a pesar de la zona tranquila donde se situaba. La primera, la que sería la planta principal y hacia donde Rachel dirigía sus pasos, era una copia exacta de lo que habían sido sus anteriores casas. Entrada, salón principal, garaje, baño, cocina y por último el jardín trasero, con su correspondiente casita del árbol hecha expresamente para la pequeña de la familia. La segunda planta desde donde descendía Rachel, estaba distribuida por las seis habitaciones con las que contaban. Habitación de matrimonio, la habitación de Elise, una más para Beth cuando solía visitarlas, y dos más de invitados para cuando alguna de sus amigas o bien los padres de Rachel decidían pasar allí algunos días. Además había otra habitación convertida en sala de estudio, y por supuesto un segundo baño que hacía las delicias de las tres inquilinas principales del hogar. Y por último estaba la última planta, o la tercera, donde Rachel y Quinn tenían su zona de trabajo y relax. Un amplio ático en el que se distribuían por igual mesas de escritorio como bocetos y cuadros apilados en cajas, o incluso algunas máquinas de ejercicio de la morena. Aquel era el espacio más personal de cada una de ellas, donde solían ocupar el poco tiempo de ocio que tenían para dedicar a sus pequeños placeres.

Pero Rachel no pensaba en el ático en aquel instante. Su único objetivo era encontrar a Skimbleshanks, y por eso fue a buscarlo donde debía estar. La pequeña cesta que hacía de cama situada entre el salón y la cocina, a escasos metros de la chimenea donde tanto le gustaba acomodarse fuera cual fuese la estación del año en la que estuvieran. Esa era la meta de la morena y también fue la razón por la que empezó a preocuparse.

No estaba allí.

Rachel descubrió que el pequeño perro no estaba donde debía estar, y rápidamente comenzó una búsqueda que la llevó en primera instancia hacia la cocina, donde la preocupación aumentó aún más al ver como la trampilla inferior de la puerta que daba acceso al jardín trasero, por donde el animal solía salir para disfrutar del aire libre, estaba abierta de tal forma que todo hacía indicar que se había vuelto a escapar, como lo había hecho en alguna que otra ocasión.

No dudó en asomarse al mismo y tratar de descubrirlo en la oscuridad de la noche. Eran más de las 00:30 de la madrugada y aunque el tiempo se había mantenido cálido durante todo el día, la brisa de aquella noche la obligó a aferrarse a su albornoz y ser consciente de que necesitaba ayuda de la experta en encontrar a Skimbleshanks cuando se perdía; Quinn.

Un par de segundos tardó en ascender y correr a través del pasillo que la llevaba de nuevo a la habitación, donde descubría a su mujer cubierta hasta la boca con las sábanas y los ojos entre cerrados.

—¡Quinn!—se lanzó sobre ella—¿Estás dormida?

No…claro que no—balbuceó casi sin poder abrir los ojos—¿Qué le pasa a Elise?

—Nada, ya está dormida…pero necesito que te levantes.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Nos ha visto? ¿Por qué diablos no has cerrado bien la puerta? Sabes, recuerdo que Shelby me dijo que solía poner un cartel en la puerta de su habitación para que Beth llamase antes de entrar, tal vez eso funcione con…

—Quinn—la interrumpió al ver como la voz de la rubia empezaba a desvanecerse entre bostezos.

Rachel, creo que vamos a dejarlo para mañana…estoy realmente cansada.

Skimbles se ha escapado por la trampilla de la cocina, vamos…tienes que venir a ayudarme a buscarlo.

—¿Qué?—la miró conteniendo un nuevo bostezo—¿Se ha escapado?

—Sí, y no podemos dejarlo ahí fuera. Es pequeño y se pude meter por el agujero de la tapia y salir a la calle. Es peligroso.

—Rachel, es tarde…seguro que estará jugando y volverá a entrar cuando se canse y quiera dormir.

—No, no va a hacer eso. Vamos—tiró de las sábanas, pero Quinn evitó que la destapara y volvía a acurrucarse bajo ellas—Vamos, Quinn.

No voy a levantarme ahora a buscar a Skimbles. Os lo dije…fuisteis vosotras las que queríais el perro y ahora es responsabilidad tuya—musitó de nuevo con los ojos cerrados.

—¿De verdad vas a dormir sabiendo que está ahí afuera, con frio y corriendo algún peligro? ¿Cómo puedes? ¿Qué le vamos a decir a Elise si no vuelve? O si le pasa algo, ¿Cómo le vamos a decir que le ha pasado algo porque su mamá no quiso salir a buscarlo al jardín? ¿Y si se ha subido a la casita del árbol y se cae? Elise se lo encontrará mañana y será traumático. ¿Sabes lo que…

—¡Rachel!—gruñó dándole la espalda—¡No voy a salir!

La rabia y la frustración de la morena no le permitieron volver a hablar, ni siquiera a modo de recriminación por su actitud. Rachel abandonó la cama sin dejar escapar sonido alguno, tratando de lograr que Quinn se sintiese de la peor manera posible al regalarle su silencio, y no tardó en salir de nuevo a buscar al pequeño Skimbleshanks. Y lo cierto es que odiaba tener que hacer eso, porque odiaba tener que salir al jardín en plena madrugada. Pero su consciencia, y sobre todo el evitarle un trauma mayor a su hija, hicieron posible que se armara de valor y terminase por acudir al mismo. Todo para nada.

Ni en el pequeño trastero donde guardaban las cosas para el cuidado del jardín, ni junto al muro que daba a la calle, ni bajo el columpio donde jugaba Elise. Skimbleshanks no parecía estar en el jardín ni daba muestras de haber estado allí en toda la noche. Sin embargo, justo cuando ya había dado por concluida su búsqueda en el exterior y se disponía a hacerlo dentro de la casa, escuchó un leve rugir junto al árbol que sostenía la casita.

Dudó varios segundos después de merodear alrededor del mismo y no encontrar al perro allí, pero varios chasquidos más la obligaron a lanzar la mirada hacia la casa. El sonido provenía de allí arriba, y aunque no era lógico ni normal que un perro lograse ascender por las escaleras por las que solo Elise solía subir, no podía desechar la idea de que estuviese allí en aquel instante.

Skimbles—susurró junto al árbol, esperando que el animal terminase por asomarse al escuchar su nombre, pero en vez de aquello y tras varios segundos en silencio, lo que recibió fue un nuevo gruñido que empezó a preocuparle—Skimbles chico…ven, vamos…—insistió con delicadeza, pero el animal seguía obcecado en regalarle gruñidos que perfectamente podía confundir con ronquidos, tal y como había mencionado Elise minutos antes, excepto porque la pequeña no habría podido escucharlo desde allí, por supuesto. Y si aquello eran ronquidos y estaba dormido, no iba a lograr su objetivo a menos que fuese ella quien lo bajase.

—¿Qué haces?—escuchó justo cuando ya llevaba ascendidos un par de escalones. Quinn hacia acto de presencia en el porche y la observaba desde la distancia.

—Algo que tú no eres capaz—recriminó Rachel continuando el ascenso—¿Para qué te has levantado? Ya no necesito tu ayuda…yo salvaré a Skimbles, así que vete a dormir.

Deja de maltratarme—se quejó Quinn apoyándose en el quicio de la puerta—¿Ves lógico que subas a la casa del árbol de tu hija para ver si está el perro en plena madrugada?

—Vete a dormir, Quinn.

—Claro, y mañana estarás recriminándome que no te ayudé, de hecho lo harás por el resto de mi vida si a Skimbles le pasa algo—añadió tras un nuevo bostezo.

Por supuesto que lo haré, incluso sabiendo que estás aquí. Deberías de haber cerrado la trampilla y esto no estaría…

—¡Hey, cuidado!—exclamó Quinn al ver como a punto estuvo de perder pie sobre el penúltimo de los escalones antes de colar su cabeza por el hueco que daba acceso a la casita.

Tranquila, lo tengo controlado—respondió Rachel recuperando la verticalidad—No es la primera vez que subo aquí, lo que no entiendo es…como Skimbles ha podido hacerlo.

—¿Pero está ahí?—cuestionó Quinn, y Rachel no respondió.

Por supuesto que estaba allí, o al menos debía estarlo si emitía aquellos ronquidos que se hacían cada vez más nítidos, y que ciertamente empezaron a asustarla justo cuando pudo introducir la cabeza por la trampilla, y comenzó su búsqueda en el interior de la oscura casita.

—¿Skimbles?—susurró—¡Quinn! ¿Puedes encender la luz? No veo nada aquí.

—Supongo que sí…que puedo—balbuceó adentrándose en la cocina para pulsar el conector que daba luz al farol que colgaba de la casita, e iluminase a Rachel en su búsqueda.

Eran diez los escalones que formaban las escaleras. Diez escalones que ayudaban a ascender los casi dos metros que separaba el habitáculo de la casa con el suelo. Diez los escalones que Rachel terminó sorteando tras escuchar un nuevo rugido y descubrir una mirada dislocada y una caja de dientes amenazadores dispuestos a lanzarse sobre ella. O tal vez no. No supo lo que era ni si pretendía devorarla como aparentaba, lo único que Rachel acertó a llevar acabo tras el tremendo susto fue descender de manera que sus pies casi ni tocaron los escalones. De hecho, juraría que voló hasta el suelo y luego recorrió la distancia que la separaba del porche completamente endemoniada, pillando por sorpresa a Quinn que volvía a salir al exterior tras conectar el farol.

—¡Oh dios! ¡Oh dios! ¡Quinn!

—¿Qué…qué pasa?

—¡Oh dios…no…no sé qué es eso!, ¡oh dios!—espetó asustando a la rubia.

—¿Qué pasa, Rachel? ¿Qué hay? ¿Le ha pasado algo a Skimbles?

No…no lo sé—respondió sin saber muy bien que hacer—Hay un…una rata ahí, o algo parecido…no sé lo que es, pero tiene dientes enormes…y, y…¡ojos de loco!.

—¿Qué dices? ¿Una rata?—cuestionó con desagrado.

—No lo sé, no sé lo que es—tartamudeó—Quinn, tienes que matar ese bicho…tienes que sacarlo de ahí.

—¿Qué? ¿Estás loca? No voy a matar ninguna rata, me da asco…

—¿Y qué pasa con Elise? ¿Qué pasa con Skimbles? ¿Y si ese monstruo se lo ha comido?

—¿Cómo se va a comer una rata a un perro?—replicó—¿Estás loca?

Quinn, te aseguro que esa rata es más grande que Skimbles, tienes que hacer algo…

—¿Yo? ¿Y por qué yo?—se quejó ante la intensidad de la morena, que se había adueñado de su mano y tiraba de ella hacia el jardín.—¿Por qué no la matas tú?

—Porque no soy capaz—respondió—Soy una cobarde, Quinn. Me muero si esa rata…¡Oh dios!, está donde juega Elise…¿Y si tiene crías? Estará todo lleno.

—Escucha, para…¿Ok?—la detuvo—Vámonos a la cama y mañana llamamos a Britt. Seguro que ella sabe lo que hacer. Trabaja con muchos bichos de esos.

—¿Y Skimbles? ¿Vas a dejar que ese bicho esté ahí con nuestro perro fuera?

—Pero si no está aquí. Estará escondido en algún lugar en el interior.

—Quinn, no podemos dejar esa rata ahí, y si lo haces te aseguro que yo mañana hago que echen la casa abajo. No voy a permitir que mi hija juegue ahí después de haber visto lo que era…

—Joder Rachel—se lamentó—¿De verdad que me estás pidiendo esto?

Por favor—suplicó con cara de pena—Sabes que no voy a dormir sabiendo que está eso ahí, por favor.

Si miedo daba el rugido que emitía el habitante de la casita del árbol, más terrorífico fue el que dejó escapar Quinn tras ser consciente de que iba a terminar llevando a cabo la petición de la morena.

No sabía cómo lo hacía, tal vez era su voz, las excusas que ponía o quizás esa cara apenada que lograba destruir cualquier corazón, pero fuera lo que fuese, Rachel tenía el don de activar ese interruptor en Quinn, y la obligaba a hacer todo lo que le pedía sin poder evitarlo, a pesar del sueño y del desagrado que sentía por aquel animal al que se iba a enfrentar, si es que era una rata.

Ok, busca un palo…o algo con lo que defenderme—espetó mientras se adentraba en la cocina de nuevo y buscaba una de las enormes y perfumadas bolsas de la basura. Y Rachel, sin pensarlo hizo lo que le pidió.

Un par de minutos más tarde, Quinn ascendía por las escaleras con una vieja escoba en su mano derecha y la bolsa en la otra.

Ten cuidado cielo—susurró Rachel junto a ella—es enorme.

Dile a Elise que su madre ha sido una leyenda si no vuelvo—se burló y Rachel le regaló un pequeño golpe en el hombro, justo antes de ver como ya la superaba en altura y pretendía acceder al interior de la casita. Gesto que desconcertó a Rachel y que hizo que por algunos segundos se olvidase de la rata, del perro y de toda su vida.

—Oh dios—susurró alzando la mirada—Quinn, ¿Estás desnuda?—La mirada desafiante de la rubia mientras se cubría con el albornoz fue suficiente para Rachel, que selló sus labios con una traviesa sonrisa dibujada en su rostro, y sin perder detalle del cuerpo de la rubia que quedaba visible bajo el mismo—Luego te lo compenso, te lo prometo—susurró.

—Cállate Rachel—se quejó—Déjame acabar con esto de una vez y…¿Dónde se supone que está?—cuestionó con medio cuerpo ya en el interior de la casita.

—Justo a la derecha, o al menos ahí estaba…agazapada en la esquina.

—Aquí no hay nada—siguió ascendiendo hasta que se introdujo por completo en el habitáculo—¿Estás segura de que había algo?

Sí, te lo juro…y rugía, o gruñía no lo sé—respondió la morena expectante, observando solo el hueco por el que se había colado Quinn.

Pues aquí no hay nad…Ohhh ohhh mierda

—¿Qué? ¿Está ahí?—cuestionó Rachel, pero desde aquel instante no recibió respuesta alguna más que un incesante alud de insultos y golpes que empezaron a ponerla histérica, más de lo que ya estaba—¡Quinn! ¿Estás bien?

—La puta…madre de….pero esto…¡Oh dios!, ¡Oh dios que asco! Mierda, mierda, mierda ¡Qué asco! Oh dios…

—¿¡Quinn!? ¿Qué haces? ¿Qué está pasando? ¿Estás bien?—volvía a preguntarle sin dejar de mirar por el hueco, donde solo podía distinguir las sombras y escuchar las maldiciones y los golpes que daba con la escoba por toda la casa. —¡Quinn! ¡Voy a subir!

—¡No!—exclamó la rubia—¡Corre! Abre la puerta de casa, voy para abajo…vamos…

—¿Qué? ¿La puerta?—dudó sin saber muy bien que pretendía, hasta que la descubrió de nuevo en las escaleras y tuvo que apartarse para que descendiera por ellas tan rápido, que a punto estuvo de no percatarse de lo que sucedía.—Oh dios, ¿La tienes en la bolsa?

—¡Una jodida zarigüeya, Rachel!…no era una rata sino un bicho de esos—se quejó sosteniendo la bolsa cerrada mientras algo en su interior se removía bruscamente.

—¿Está viva?

—¡Pues claro!—respondió—vamos…abre la puerta—ordenó emprendiendo una carrera a través del jardín, dejando caer la escoba tras ella y con la bolsa separada al máximo de su cuerpo. Y eso hizo la morena.—¡Qué asco! ¡Qué asco!—se quejaba a toda velocidad mientras Rachel, tras recorrer toda la casa delante de ella, la veía salir a la calle y perderse por la acera hasta los contenedores de basura que quedaban al final de la misma.

Por suerte no había nadie a esa hora que pudiese verlas. Chelsea se caracterizaba por ser un barrio tranquilo, sobre todo en aquella zona en la que apenas trascurrían coches a aquella hora. No obstante, cualquiera que se cruzase con Quinn en esas condiciones quedaría sorprendido de por vida.

En albornoz, con zapatillas de estar por casa y corriendo completamente fuera de sí con la bolsa pendiendo de su mano. Rachel la perdió de vista por algunos minutos, mientras se mantenía expectante junto a la puerta de su casa esperando a que regresara, y que nadie más en la calle estuviese siendo testigo de aquella odisea. Quinn regresó de la misma manera en la que se marchó, corriendo y con una serie de escalofríos que acompañaba a la mueca de asco que seguía dibujando en su rostro.

—¿La has tirado?

—Me voy a duchar…necesito una ducha—repitió con desagrado mientras accedía al interior de la casa, y Rachel cerraba la puerta tras ella.—Que asco…que asco.

—¿Pero la has tirado a la basura?

—¡Pues claro!—espetó evitando que el volumen de su voz irrumpiera en el sueño de Elise—¿Qué quieres que haga con ella? ¿La cuido y la tenemos de mascota?

—¿La has tirado a la basura estando viva?—insistió Rachel y Quinn se desesperó.

No pienso matar algo tan grande como eso…mañana voy a llamar a Britt o a alguien para que revise todo, no quiero volver a ver algo así en mi vida—masculló conteniendo como una arcada se adueñaba de ella por culpa del asco, mientras Rachel seguía pensativa.

—¿En qué contenedor la has tirado?

—Y yo qué sé, Rachel…es casi la 1 de la madrugada y llevaba una zarigüeya furiosa en una bolsa de basura, ¿De verdad piensas que me he detenido a ver dónde la tiraba? ¡Dios!…me voy a la ducha. No puedo dormir con esa imagen y…puag…puag…dios que asco, vas a tener que hacer algo muy grande para compensarme por todo esto—volvía a quejarse de manera extravagante y a la vez divertida, tanto que Rachel no pudo evitar dejar escapar una leve sonrisa al verla ascender las escaleras hacia la habitación, envuelta en escalofríos y convulsiones que incluso dificultaban sus pasos.

Tal vez se quejaba constantemente, tal vez siempre se guardaba cualquier ocasión para recordarle y echarle en cara lo que era capaz de hacer si se lo pedía, pero Quinn era Quinn. Su Quinn, la mujer con la que compartía su vida desde hacía muchos años, y sabía cómo compensarle cada vez que su histeria la obligaba a hacer algo que no le gustaba. Y eso se disponía a hacer al tiempo que fue cerrando cada puerta, y apagando cada luz que había ido encendiendo en la huida de la rubia con la rata gigante, cuando descubrió o mejor dicho percibió, el sonido que producía Skimbles cuando dormía. Ese ronquido extraño del que se había quejado Elise antes de atrapar el sueño, y que procedía directamente desde el sofá principal del salón.

Se lamentó, aunque en el fondo se alegraba de ver que no le había sucedido nada. Skimbleshanks permanecía completamente dormido entre dos de los blanditos y cálidos cojines del mismo, perfectamente acomodado y ajeno a todo lo que había sucedido por su culpa.

Has tenido suerte, pequeño—susurró trasladándolo hasta su pequeña cesta, donde debía dormir obligatoriamente según las normas que Quinn había establecido con su llegada—Ya me encargo yo de excusarte con la reina—bromeó tras dejarlo en su lugar, y regresando segundos después hasta su habitación, tras asegurarse de que todo volvía a la calma en el interior del hogar, y que Elise dormía profundamente en su habitación.

No así Quinn, que en ese mismo instante en el que Rachel accedía a su dormitorio, salía del baño tras lavarse las manos, los brazos, la cara e incluso el cuello, presa aún de la repugnancia que sentía tras haberse deshecho de la zarigüeya.

—¿De verdad te has…

—Déjame en paz—le amenazó tratando de sonar con firmeza—Yo estaba tranquilamente en mi cama, dispuesta a dormir y has hecho que haga todo eso, así que no te quejes si ahora decido que quiero ducharme o lavarme hasta donde sea necesario.—Añadió dejándose caer en la cama completamente desnuda, mientras Rachel la miraba divertida.

—¿Qué puedo hacer para compensarte?—susurró apagando la luz tras ella y deshaciéndose también del albornoz.

Nada, por ahora no se me ocurre nada…pero tranquila, ya pensaré en algo tan, tan, tan grande que…

—¿Un masaje?—cuestionó Rachel deslizándose junto a ella—Una noche de sexo apasionado—susurró acercándose a su cuello—,puedo hacer que sean muchos los…

—Quiero dormir—interrumpió Quinn dándole la espalda, tratando por todos los medios de no ceder y caer ante la tentación que le suponía tener a Rachel incitándola de aquella manera.

—Mmm Ok, vamos a dormir—musitó regalándole un suave y delicado beso sobre el hombro— ¿Puedo hacerlo abrazada a ti?

No, no puedes—replicó

—¿No puedo?

No, no puedes…porque yo te lo ordeno.—Añadió eliminando de golpe la leve confusión que le produjo aquella primera respuesta, y logrando que la sonrisa volviese a aparecer en el rostro de la morena, que acomodándose tras ella no tardó en abrazarla por la cintura y regalarle varios besos más en la espalda desnuda de la rubia.

Mmmm…Por cierto—susurró dudosa—Skimbles ha aparecido.

—¿Dónde estaba ese maldito demonio?

En el sofá…dormido—respondió con algo de temor, cuando la oscuridad ya se había adueñado de la habitación y el sueño estaba a punto de llegar a ellas.

Estúpido perro—masculló Quinn aferrándose a las sábanas mientras Rachel lo hacía a su cintura.—Mañana me lo tienes que compensar.

—Quinn…

—¿Qué?—cuestionó indignada, adueñándose de la sábana que las cubría de un certero tirón.

—¿Te he dicho hoy que te quiero?