Renuncia: Ver prólogo.

I

Su llegada a la corte de Poseidón no fue sino providencial. Ni sus peores delirios hubieran sido una predicción del rumbo que su vida estaba a punto de tomar. Un momento era un prisionero en Cabo Sunion, y al siguiente se encontraba en presencia del Emperador de los Mares. Vistió la escama del Dragón Marino, como lo haría uno de sus Generales. A partir de entonces permanecería entre ellos, pero no como uno más. Sólo él sabía las intenciones con las que se afanaba en reunir al ejército de Poseidón.

Los días se hacían largos en el solitario templo que se alzaba más allá del fondo oceánico. Preparar el Templo Oceánico para la llegada de los guerreros dignos de llevar las Escamas de los Generales, era una tarea mucho más ardua de lo que se hubiera imaginado… y requería de una cantidad de paciencia que él no tenía. Sin embargo, su orgullo y su ambición podían más que el aburrimiento. Encontró que mientras más se entregaba a su empresa, más se fortalecía su deseo de venganza contra Atenea y sus Santos.

Así sus días pasaban mientras los dejaba esfumarse, reclamados por su afán. Fue durante esa época que recibió una visita inesperada. Nadie visitaba el Templo bajo el mar, cómo podrían si sólo él sabía cómo encontrarlo… ¿o no?

Pero una tarde (él cree que fue una tarde) aquella extraña mujer apareció en su estudio, vistiendo un peplo largo de color rojo encendido. Su cabello rubio y algo ondulado caía como la cascada que refleja los rayos del sol, enmarcando un rostro de encanto sobrenatural. Sus ojos parecían haber sido creados en el lugar donde se junta el mar con el cielo. Él pensó que tanto tiempo de soledad estaba acabando con la poca cordura que le quedaba, y le estaba causando alucinaciones.

¿Quién era esa mujer y cómo se atrevía a entrar a sus dominios, sin anunciarse? Se volvió hacia ella, dirigiéndole una mirada que no pretendía ocultar su indignación. Serenamente, la joven se puso de rodillas. Su rostro se inclinó pero su mirada nunca perdió contacto con la de él. Cuando sus labios dejaron salir las palabras, él pensó que escuchaba el murmullo de una fuente prístina.

–Mi nombre es Thetis, –dijo ella,– estoy al servicio de Poseidón, Emperador de los Mares, y por su gracia he venido a ponerme a las órdenes de mi Señor, el Dragón Marino.

Él consideró las palabras de la extraña mujer… encantadora mujer.

La trampa perfecta.

No caería en ese engaño tan antiguo y desvergonzado.

–Mujer, ¿quién te envía?– dijo, sin el más remoto dejo de galantería.

–Te lo he dicho…

– ¡Eso es una mentira! –Vociferó– ¡El espíritu de Poseidón no se ha manifestado aún! –Se acercó a ella y tomó uno de sus brazos, haciéndola ponerse de pie de un solo tirón. Con la otra mano la sujetó bruscamente de la mandíbula. – ¿Quién… te manda?

El Dragón Marino esperaba ver miedo en los ojos frente a él, pero en su lugar encontró convicción, y una chispa de altanería que le irritó de sobremanera. Ella puso su mano sobre la que él estaba usando para sujetarle el rostro, tratando de persuadirlo para que la soltara, mientras le hablaba con tranquilidad y algo de insolencia.

–No, el espíritu de Poseidón aún duerme, pero su poderoso cosmo me ha avisado que uno de sus Generales está preparando la reunión de las Marinas, y que es momento de que venga a asistirlo.

Él la soltó y le dio la espalda, alejándose. –No necesito ayuda, lárgate.

–Obedeceré tus órdenes cuando no contradigan los deseos de mi Señor Poseidón, así que por el momento permaneceré aquí. Si se te ofrece algo, no dudes en pedirlo.

Cuando volvió la vista en dirección a ella, ya no estaba. Desapareció tan rápida y silenciosamente como había aparecido.