Capítulo II

Extrañas sensaciones

La mujer de figura armoniosa, no necesariamente voluptuosa, pero no por ello menos grácil, avanzó por el corto pasillo que conectaba con la parte trasera de La cueva de Midoriko, la bailarina que anteriormente encendiera a muy bajo nivel el entusiasmo del público estaba ya lista para su siguiente actuación, sintiendo un nudo en el estómago después de mucho tiempo, al notar el modo en que los hombres en aquel lugar se habían silenciado atónitos ante el baile de la muchacha que ahora pasaba azorada junto a ella.

Kagome parecía sentir que sus pasos atronaban el piso cada vez que ponía un pie en él, sentía que la sangre le hervía en las venas de rabia, y algo más… y eso era lo peor, cuando ese extraño con aquellos ojos de un dorado increíble, subió junto a ella para acompañarla en su baile, simplemente se le cortó la respiración, y es que ella había visto esos ojos, los había visto en sus sueños demasiadas veces, con una mezcla extraña entre excitación, nostalgia y angustia, como si algo le faltara, pero no era esto lo que ella esperaba, no quería que esos ojos pertenecieran a un ser tan atrevido e insolente, más incluso… no quería que se tratara de un hanyou… pero el sabor de sus labios le resultó tan familiar.

-¿Cómo estas Kagome?...- consultó su amiga Sango preocupada luego de observar la situación, estuvo a punto de salir en defensa de la muchacha, pero la verdad algo en la forma en que aquellos dos bailarines se habían entendido, se le hacía demasiado íntimo, por absurdo que sonara.

-Furiosa…- respondió sin más Kagome, mientras que se metía tras un biombo para cambiarse, las ropas que había utilizado para el baile, aparecieron de pronto colgando junto a las que ahora se pondría, una simple túnica blanca que era la vestimenta con la que debía de pasar sus días en el templo.

-Te lo advertí Kagome… tú insististe…- sentencio Sango mientras que veía a Kagome salir de detrás del biombo y extendió entre sus brazos una capa que su amiga debía de ponerse, la estaba ayudando a vestirse como lo haría el mejor de los sirvientes.

-No necesito que me vistas…- dijo de pronto con la voz algo más calmada y tomó la capa para ponerla sobre sus hombros, no le agradaba demasiado aquel ambiente servicial que siempre la rodeaba, y esa era una de las razones por las que desafiaba las reglas de su clan.

-Lo sé… lo hago por que eres mi amiga…- aclaró.

Un silencio se hizo entre ambas, mientras que Kagome se ponía delante de Sango que le tomó los cordones que debían de asegurar la capa a su cuello, una sonrisa alegre se dibujo con recato en los labios de la dueña de aquel sitio.

-¿Y al menos el beso te agrado?...- consultó con una curiosidad que Kagome pudo leer en sus ojos castaños, por lo general escudados en un serio manto impenetrable.

-Demasiado violento, exigente, …¡barbario!...- refunfuño, adoptando una postura molesta, rozando los brazos bajo la capa, mientras que Sango terminaba de anudar el cordón, para subir el gorro que le cubriría en gran medida el rostro y el cabello azabache.

-¿Intenso?...- preguntó sonriendo la mujer.

Kagome suspiró derrotada, no quería asentir, pero era verdad, los segundos en los que estuvieron unidos, antes de que su mente le arrojara la alerta de lo que estaba sucediendo, sintió la tibieza de la mano masculina aferrarla a él, desde la nuca y la cadera, y la calidez embriagadora de su boca, devorando la suya, devorándola por dentro y cuando lo notó se asustó tanto que solo pudo recurrir a lo más básico, la defensa.

-Ya basta Sango… no quiero hablar más de ese hanyou…- dijo, acomodando ella nuevamente la capucha.

-¿Hanyou?...- consultó incrédula su amiga.

-Sí…- Kagome fijó sus ojos en los de Sango que la observaba como si estuviera hablando algún idioma extraño, y por un momento se detuvo a pensar si estaba utilizando el lenguaje que se hablaba en el Templo, o el comercial.

-¿Cómo sabes que es un hanyou?... para mí es un humano…- continuó Sango, algo exaltada, sabía perfectamente que Kagome no mentiría, pero tal vez podía equivocare, claro que aquello no era demasiado probable en una sacerdotisa.

Solo entonces Kagome se detuvo a pensar en que nada en aquel extraño lo delataba, no había ninguna fuerza espiritual que emanara de él que lo delatara, sus facciones incluso estaban muy bien resguardadas bajo la imagen de un humano corriente, bastante atractivo, pero corriente… ¿entonces como lo había sabido?...

-Yo simplemente… lo sé…- titubeo por un instante sin creerse ni ella misma lo que acababa de decir.

Sango parpadeo un par de veces intentando comprender, pero finalmente decidió que luego podría averiguar más sobre el tema, después de todo aquel hombre acompañaba a Miroku en una mesa, y si utilizaba sus cartas correctamente, quizás su admirador podría aclararle algunas cosas.

-Ya, esta bien… lo hablaremos luego… ahora debes irte…- priorizó sabiendo que Kagome no podía exponerse del modo que lo estaba haciendo, y menos en aquellos lugares – espera, llamaré a Kohaku para que te acompañe.

-Tranquila…- dijo mientras tomaba la mano de Sango entre las suyas y la detuvo – no te preocupes, puedo irme sola.

Sango titubeo por un instante sin saber si dejarla partir o de todos modos enviar a su hermano, comprendía a la perfección que la decisión de Kagome de dirigirse sola hablaba mucho de su deseo de independencia, algo de lo que carecía completamente en el templo, y sin embargo le preocupaba que ella no estuviera segura y que la descubrieran.

-Pude llegar sin dificultad, además si alguien me acompaña será más fácil que me descubran – intentó convencer a su amiga, que le sonrió con algo de pesar y le devolvió la caricia de la mano.

-Esta bien, pero mañana iré a visitarte…- comentó, claro que no podían llamarle visita a lo que ellas compartían, jamás el templo se abría para recibir a nadie, solo un salón enorme al que llamaban capilla, era abierto para que quienes desearan algo de paz espiritual vinieran, aquello las ayudaba a verse.

-No te preocupes… mañana vendré nuevamente…- aseguró Kagome con una sonrisa suave, y un brillo en los ojos que Sango solo le veía cuando se sentía realmente feliz.

-¿De todos modos vendrás?... ¿luego de lo de hoy?...- consultó incrédula, sabía a la perfección que su amiga deseaba mostrar aquella hermosa danza, bailar como no le era permitido en el templo, liberarse de las ataduras que le eran impuestas con el peso de grandes cadenas sobre los hombros.

-Dudo que ese hanyou vuelva a subir al escenario…- se sonrió con debilidad, mientras que se acariciaba sin notar, la mano con la que lo había golpeado en el rostro, Sango que advirtió su perturbación no pudo evitar un nuevo comentario.

-Te gustó ese beso… - dijo aventurándose, y encontrando una intensidad y perplejidad en los ojos castaños de su amiga, que le hablaba de lo que ella temía, se sentía perturbada no solo por la acción de la que fue victima, sino, por la reacción que ella misma había tenido. – talvez lo intente de nuevo…- concluyó Sango esperando el estallido.

-¡Ni por diez onzas de cuarzo rosa… me oyes!…- respondió azorada sintiendo como el rubor le cubría las mejillas y le calentaba la sangre.

La conversación terminó de ese modo, con una molesta Kagome y una muy mal disimulada sonrisa en los labios de Sango.

La muchacha envuelta en su capa larga hasta los tobillos, calzada con sandalias y ocultando las ropas que debía de vestir dentro del templo, avanzaba con cautela por las calles angostas muchas de ellas, muy pegada a las paredes de los edificios, las horas de la noche en estos lugares eran tan auspiciosas como las de cualquier día a pleno sol, el mercado cambiaba un poco de rubro, notando como en una esquina no muy alejada del antro en el que acababa de bailar, había dos mujeres esperando algún cliente, la escasa luz de un faro las alumbraba, agradeció que su camino virara en contra de ellas, de ese modo evitaría las invitaciones que solían hacerle a los transeúntes sin diferencia de sexo, clan, ni nada que no fuera la escasez de cuarzo.

Observaba de reojo oculta entre su capa, lo que existía en aquellos barrios, ¿quizás si no hubieran diferencias de clanes?... ¿buscarían de todos modos una vida tan escabrosa los seres?... eran preguntas que no podía evitar hacerse. Miró hacía atrás sintiendo que alguien la seguía, pero tras ella no había nada más que calle despoblada, volvió a fijar la vista en su camino y avanzó hasta una esquina en donde, observó entrecerrando los ojos, en medio de la oscuridad, encontrando lo que buscaba, oculto entre las sombras se estaba su caballo Tristán, acompañado del pequeño Shippo, un niño que por ser un youkai huérfano, de una familia que no se había adaptado al nuevo sistema, deambulaba por las calles ganándose el sustento de diversas formas. Una de ellas era robar a quienes iban a algún mercado… así lo había conocido ella, no hacía mucho.

-Muchas gracias Shippo…- dijo Kagome acariciando el cabello del niño, que a pesar del cariño que le tenía hizo un ademán de molestia ante la caricia, no le agradaba que lo vieran como un niño, él ya tenía casi ocho años y eso se consideraba bastante dentro del ámbito en el que vivía.

-Aquí tienes tu animal… y vete pronto señorita… - le dijo apenas alzando los ojos para mirarla, notó como le sonreía de todos modos, y extendió algunas piedras de cuarzo para él.

-Gracias Shippo…- respondió con dulzura mostrando la mano, con algunos pequeños trozos de cuarzo, ya que sabía que mientras menos pesaran más fácil sería para el niño conseguir lo que necesitara – tu paga…

Lo vio recibir lo que le ofrecía, y hacer un suave ademán con la cabeza como agradecimiento. Se subió al lomo de Tristán y observó por última vez el rostro de seguro mugriento de Shippo y le dirigió una sonrisa.

-Mañana a la misma hora…- le dijo, refiriéndose al cuidado de su caballo.

Avanzó a todo galope por las escasas calles que quedaban de la cuidad, había aprendido a cabalgar desde niña, en el tiempo en que aún no ponían sobre ella el peso de ser una sacerdotisa, resguardada por el amor de su madre y su familia, antes de que… quedara sola… odiaba los clanes, odiaba el modo en que las personas dejaban de ayudar a otros solo por no pertenecer a los "suyos"… ¿por qué?... simplemente no lo comprendía, a grandes rasgos las cosas parecían civilizadas, más de lo que habían estado según los libros de historia, más que doscientos o trescientos años atrás, cuando el caos invadió la tierra que hasta entonces había sido gobernada por un conjunto de seres calificados en común como humanos, que en ambiciones de poder habían devastado a dos tercios de la población del planeta, dejando incapacitada a la tierra de producir, en muchas zonas… y cuando inclusive ese tercio continuo amenazándose entre sí, reaparecieron lo youkais, grandes seres con poderes superiores en muchos aspectos, un portal dimensional que los mantenía ocultos de los sentidos de los habitantes comunes se abrió, descorriéndose como un velo que nos permitió verlos, y luchar contra ellos, pero la lucha ya era inútil, y aunque se les debía la vida en este planeta, Kagome no podía estar de acuerdo con las normas que ellos habían impuesto, feroces leyes que castigaban tanto al asesino, como a quien ayudaba, si te involucrabas con un clan que no era el tuyo.

Alzó la mano derecha, bajo la luz de la luna que iluminaba a medias la noche a campo abierto y observó el lugar en el que tenía una cicatriz, no más ancha que un centímetro y que perfectamente podía pasar por un simple rasguño, pero ella sabía bien que no era eso… todos estaban marcados, una pequeña placa metálica puesta en tu muñeca derecha, podía dar antecedentes de cada uno, desde fecha de nacimiento, sexo y color original de cabello, hasta el clan al que debías profesarle tus respetos. La tecnología existía, claro que sí…. Pero tan oculta que algunos ni siquiera sabían que era posible.

A la distancia se apreciaban las dos grandes torres que alzadas unidas al lado izquierdo de aquel poblado guarecido por la alta muralla blanca, mostraban la ubicación del templo, lugar que debía ser de oración, pero que estaba plagado al igual que los demás clanes, de quienes no comprendían la fuerza de su trabajo con las almas atormentadas de tantos que no aceptaban sus vidas regidas por otros.

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Había logrado conciliar el sueño, después de muchos intentos que lo llevaban inevitablemente a evocar las imágenes de aquella sacerdotisa moviéndose al ritmo de una danza prohibida fuera de paredes de un templo, no había querido emerger nuevamente esta noche en ese lugar, pero los ojos castaños que le parecieron tan infinitamente cálidos, que casi tubo de exhalar para no ahogarse en ellos, lo perseguían, y el sabor de su boca al besarla… había logrado dormir algunos minutos antes de que su "pesadilla" volviera a él, pero por primera vez era diferente… ya no se veía subido en una moto persiguiendo a su evasiva presa, no había viento golpeándole el rostro, y sin embargo el frió en el sitio donde se encontraba era demasiado perceptible, todo a su alrededor, completamente cubierto de nieve, sus vestimentas eran otras, un traje rojo, que por el corte debía de pertenecer a otra era, sus facciones como hanyou, muy claras, y de pronto el silbido de un flecha junto a su oído mientras se veía a sí mismo avanzar hacia ella, el mismo rostro, los mismos ojos castaños, y aquel cabello azabache, vestida como él, con una arco y buscando una nueva saeta que blandir en su contra. De pronto, se encontró sosteniéndola desde el cabello, con la cabeza hacía atrás, la mano que sostenía la siguiente flecha estaba flexionada tras su espalda, asegurando de ese modo a la mujer contra su cuerpo, sintiéndola forcejear en el abrazo, los ojos castaños observándolo de un modo que no lograba definir.

-Maldita seas Kagome… eres una endemoniada…- la miraba de un modo arrogante, mientras que ella estaba enrojecida por la furia y la lucha.

La besó en su sueño, del mismo modo en que la había besado cuando culminó el baile, sintiendo las incisiones que los dientes de ella le ocasionaban, pero esta vez, independiente del dolor que le causaban, sonrió dentro del beso sin dejar de mirarla desafiante, continuaba luchando para que la liberara, y él buscaba que le respondiera, acariciando con su lengua los labios femeninos, y fue sintiendo como se aflojaba, los ojos castaños furibundos iban entrecerrándose, y sus manos soltaron el arma con la que deseaba atacarlo, y entonces él debilitó el agarre en el cabello oscuro de ella, para acariciarle la nuca, y el sabor metálico de la sangre ahora se mezclaba con sus salivas.

Se volvió a despertar agitado, sintiendo esta vez que su "pesadilla" superaba con creces las anteriores, esta vez a diferencia de las otras, pudo notar que la frustración, no pasaba por no poder alcanzarla, si no por el contrario, por haberla tenido entre sus brazos, y que aquello no fuera más que un sueño, uno que había alertado sus sentidos al punto de dejarlo demasiado excitado, se revolvió sobre el futón, sintiendo la presión de la sangre, tratando de calmarse, la respiración la tenía tan agitada como en el limbo en el que se hallaba segundos antes, y de pronto las risas de las mujeres que se comenzaban a agruparse luego del receso que se habían tomado, en la esquina que se apreciaba desde su ventana, le pareció una alternativa.

-Maldición… - farfulló molesto y apretando los dientes al comprender que la sola idea de un beso con aquella sacerdotisa lo dejaba tan expectante que deseaba a una callejera con tal de apagar el instinto.

-Vamos Marfia, convéncelo…- se escuchaba desde abajo las voces de las mujeres alentando a su compañera… Marfia era el nombre de la youkai que casi se llevó a la cama la noche anterior.

Tragó con fuerza, meditando la posibilidad… ¿Qué más daba?... lo que necesitaba era una mujer, cualquiera serviría.

Se puso de pie y se acomodó la primera prenda que encontró a la mano, observó por un costado de la cortina a la mujer que se había convertido en su presa notando como le sonreía a un tipo que se tambaleaba, seguramente bastante ebrio delante de ella, avanzó unos pasos hasta la silla que tenía en un rincón, y recogió una camisa salió de la habitación sin siquiera cerrar la puerta, con la clara intención de asegurarse a esa tal Marfia.

Llegó al primer piso con un solo par de pasos, abotonando solo algunos botones de la camisa, se acercó a la mujer que ya estaba a punto de cerrar el trato con aquel ebrio que estaba verificando cuánto cuarzo poseía, cuando sintió que la tomaban del brazo.

-Vamos cariño… cerremos un trato en mi guarida…- le susurró al oído, sintiendo al tacto el terciopelo de la piel de la youkai, que se giró y le sonrió mostrando aquellos colmillo que la noche anterior habían resplandecido a la luz del faro.

Avanzó con ella los metros que lo separaban de la entrada al edificio, tirando casi de la mujer, ciertamente el placer físico que le podía proporcionar era todo lo que necesitaba, y si le estaba pagando, los galanteos sobraban. Sin saber por que, una corriente eléctrica le cruzó la espalda, y se detuvo en secó, observando hacía su derecha, la esquina siguiente.

Kagome se había bajado de Tristán en el mismo lugar que lo había hecho la noche anterior, y se lo dejó al Shippo que con su actitud casi despreciativa y el rostro sucio, recibió las riendas y le dijo que se apresurara, ella le extendió también una pequeña bolsa de género que traía algunos panecillos que de seguro el niño devoraría, pero no antes de que la mujer desapareciera.

Avanzó cubierta con su capa, por las mismas calles que había recorrido la noche anterior, cuando estaba solo a pasos de una esquina sobre la cual debía de doblar, notó la presencia de las mismas mujeres que viera el día anterior, intentando convencer a un tambaleante hombre de sucumbir a sus encantos, viró y de pronto un corriente que le electrificó la espalda la obligó a mirar la acción, un hombre alto y de largo cabello oscuro, se llevaba casi a rastras a una de aquellas mujeres hasta un edificio que quedaba al cruzar… a cuanto estaban, veinticinco, quizás treinta metros, las risas y los comentarios de las señoritas de pronto parecieron silenciarse, aunque dudaba que fuera eso realmente lo que sucedía, ya que todo pareció detenerse cuando aquellos ojos dorados, tan profundos y hermosos, se clavaron en ella.

-Kagome…- susurró InuYasha en cuanto la vio… y solo entonces recordó que ese era su nombre, en su sueño la había nombrado. Y de pronto la figura femenina y encapuchada pareció correr…

La youkai, que se veía casi alzada en dirección a lo que parecía un buen revolcón, se vio detenida de improviso, intentó llamar la atención de su cliente introduciendo su lengua en el oído de este, que simplemente la soltó. Las protestas se escucharon tras de él cuando avanzó en dirección a la mujer que había entrado por una de las otras calles, se giró.

-Me disculpo damas… la mujer de mis sueños de escapa…- dijo aquello con un tono burlón y un gesto de cortesía, logrando que las mujeres torpemente se ruborizaran por el acto inesperado, rompiendo en risas.

Avanzó hasta la calle donde la muchacha se había perdido, notando como giraba en la siguiente esquina, su capa de un tono oscuro se movió con gracia ante los pasos de ella, e InuYasha supo su destino, no tenía prisa… sin duda esta noche acabaría su calvario…

-Te conseguiré… Kagome… - nombró - en este lado del planeta todo tiene su precio…- y aquello en lugar de causarle placer, le dejaba una amarga sensación.

Continuará…

Aquí el segundo capítulo, espero que les quede un poco más claro como se desarrolla la acción, y lo que ha ido sucediendo, debo decirles que esta historia se ambienta quinientos años en el futuro de Kagome de "El Resplandor", para que tengan sus ideas…gracias por los reviews… han sido muy alentadores, espero que no se me confundan mucho.

Besitos y gracias por leer.

Siempre en amor…

Anyara