II
CUESTIÓN DE SANGRE
Día a día veías como tu madre se volvía cada vez más hueca por dentro. Toda su personalidad, calidez y carácter era sustituido por una demencia. Poco a poco perdía la noción de la realidad y tú tenías que verlo, ver como sus ojos se volvían opacos y un velo oscuro los cubría. Veías como no hacía más que murmurar por las noches en busca de su otro hijo, de tu hermano. Otras veces llamaba a tu padre. Sin respuesta.
La casa se había vuelto tan fría, siendo ese ambiente congelado la premonición de la caída de la familia más noble que existiera jamás. La decadencia de una familia desestructurada. La muestra de lo que los ideales habían provocado en todos vosotros.
Y, sin embargo, tú seguías estando ahí. Ayudando a tu madre siempre que podías, siempre que te lo permitía. Aguantando que te llamara por el nombre de tu hermano y que te gritara por ello. Porque, a pesar de todo, era tu madre. Sangre de tu sangre.
Y, a pesar de que sabías que no le quedaba mucho, harías cualquier cosa por ella.
Cualquier cosa.
