¡Muy buenas noches por parte de Linaro! ^^

Después de casi un año (vergonzoso, lo sé) al fin me he dignado a empezar esta locura de proyecto propuesto por acwarth.

Suelen decir que empezar algo es fácil… ¡Y una leche! XD

Para mí no lo fue, pero ni de coña… No obstante, pese a las dificultades, al fin los engranajes de mi cerebro se pusieron en marcha dando comienzo a esta historia.

Lamento la espera a todos aquellos que esperaban con ansia el inicio de este proyecto. Me disculpo también con las demás autoras por tocarles las narices ahora y sobre todo ofrezco mis más sinceras disculpas a la mente artificiera de esta idea: acwarth. En serio, mil perdones por tenerte esperando durante tanto tiempo, pero lo bueno se hace esperar, según dicen.

A la par que los mil perdones, también te doy mil gracias por tus palabras y por esa mente maravillosa que tienes, la cual permitirá combinar el talento y la creatividad de las diferentes autoras involucradas en un mismo fic.

Ahora sí, Linaro el gusto de presentar el primer capítulo de esta historia, así que…

¡A DISFRUTARLO!

¡Recordad que la letra en negrita y cursiva son los pensamientos de los personajes!

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Capítulo 1

Durante siglos, en las distintas civilizaciones que comprenden este nuestro bello mundo, nunca pasaron desapercibidas aquellas historias que versaban sobre la existencia de unos seres un tanto extraordinarios, cuyos rasgos superaban cualquier nota humana:

Poderosos, imponentes, orgullosos y salvajes, por un lado. O bien podían ser todo lo contrario: vulnerables, delicados, afables y elegantes. Todos ellos dotados de una gran belleza envidiable, casi etérea, e indiscutible majestuosidad.

Hoy día, estos extraños entes, también conocidos vulgarmente como "criaturas mágicas" o "seres mitológicos", se mantenían vivos como meras leyendas populares producto del ingenio y de la creatividad humana.

En ese aspecto, el Reino de Fiore no era tan diferente. De hecho, muchas de sus ciudades terminaron siendo proclamadas encantadas al guardar una estrecha relación con estos enigmáticos especímenes. Sin ir más lejos, la urbe de Magnolia contaba con su propio rincón donde dichas criaturas llegaran a convivir con la raza humana en paz y armonía. Ese espacio embrujado no podía ser más simple que un grandioso bosque que, con el tiempo, acabaría bautizándose bajo el nombre de Fairy Tail.

Según los mitos, Fairy Tail era el hogar donde se refugiaban toda clase de entes mágicos que uno pudiese imaginar. Algunos ya conocidos y otros que escapaban de la comprensión humana. Entre ellos, destacaban:

Por un lado, los dragon slayers, una variante de los dragones o cuélebres mitad humanos y mitad bestias. En sus tiempos, fueron considerados una de las criaturas más poderosas existentes debido a su gran capacidad mágica y resistencia física.

Por otro lado, de igual aspecto llamativo pero mucho más frágiles, se encontraban las xianas, denominadas también sirenas e inclusive ninfas del agua. Se encargaban de proteger y cuidar la principal fuente de vida del lugar que les era asignado: el agua.

Seguidamente, estaba Titania, la cabeza más alta dentro de las hadas y ninfas del bosque. Bajo una tierna apariencia solía esconder un gran poder equiparable al de los dragon slayers. Junto a ella, se hallaban los trasgos o duendes, los cuales eran los principales precursores de las festividades y también de las travesuras. A diferencia de lo que creía la gente, estos seres podían cambiar de forma y adoptar cualquier tamaño.

Y, finalmente, estaban los súcubos o íncubos, seres que poseían un gran atractivo y cuya esencia mágica residía en las almas de los más jóvenes.

Las historias que relataban sus vidas no eran pocas, lo que dio pie a que algún que otro lugareño curioso tratase de probar fervientemente al mundo su real existencia. No obstante, no todos contaban con las mismas intenciones. Muchos veían en ellos poderosas armas de guerra, mientras que otros los contemplaban como unos excelentes sujetos con los cuales…

- Lucy…

… llevar a cabo sus experimentos, cometiendo actos atroces y obligándolos a…

- ¡Lucy! Cielo, ¿dónde te encuentras?… – repetía de nuevo una joven mujer de largo cabello rubio y porte aristocrática recorriendo cada pasillo y cada cuarto que se encontraba a su paso – ¡Oh, estabas aquí!... ¿Otra vez con ese libro? – le preguntó mostrando una sonrisa amable al mismo tiempo que le arrebatara el libro que sostenía entre las manos.

- ¡Mamá! – se quejó la pequeña de tan luminosos cabellos como los de aquella mujer – ¡Lo estaba leyendo! – la reprendió haciendo un gran puchero.

- Por quinta vez… ¿O quizás ya es la sexta? Puede que incluso sea la séptima... – sopesaba Layla, la madre de Lucy – ¿Tanto te gusta?

- Es interesante… – murmuró la réplica exacta de Layla un poco avergonzada – Mamá… ¿tú crees en las criaturas de las que habla el libro? – preguntó agrandando sus ojos marrones.

- …

- Entonces es un no – aseguró desilusionada la niña de apenas unos siete años.

- No es eso exactamente… ¡Oh vamos cariño, no te enfurruñes! Además… si tú quieres creer en ellos, no permitas que los demás te lo impidan. Tú eres libre de decidir Lucy, nunca lo olvides – decía apoyando con ternura el dedo índice sobre su nariz para después posar la misma mano sobre su cabellera rubia, dándole una palmadita –… ¿Quieres que vayamos juntas a los jardines? – la rubia en miniatura se hiciera de rogar un poco, pero terminó siguiendo a su madre.

Ambas mujeres vivían, junto con el padre y esposo, en una gran mansión digna del linaje al que pertenecían… Nada más y nada menos que uno de los más importantes de la ciudad e, incluso, del propio país: la familia Heartfilia. Todo por obra del cabeza de familia, Jude, un hombre que vivía para y por su trabajo dentro del mundo de los negocios… aunque no siempre había sido así. En los últimos años se había volcado tanto en su labor que casi llegara a dejar en un segundo plano a su familia. Sin embargo, tanto Lucy como Layla no se veían del todo afectadas, pues la una aún contaba con la compañía de la otra.

Volviendo a las rubias, éstas salieron al exterior y caminaron por los amplios y un tanto exóticos jardines que se encontraban dentro la propia parcela de la vivienda. Durante el trayecto, Layla trataba de enseñar a su hija las diferentes plantas y flores que allí crecían y sus propiedades hasta que en un determinado momento se vio obligada a ausentarse, interrumpiendo así el juego con su hija. Aquello no supusiera del todo un problema para Lucy, ya que regresara al ocio casi al instante. A esas edades era muy fácil distraerse y entretenerse prácticamente con cualquier cosa que se presentaba a su paso.

Curiosa, se acercó a uno de los arbustos para oler las preciosas flores rosadas que se interpusieran en su vista. Sin embargo, nunca esperó que con aquella acción tan inocente llegase a vislumbrar lo que sus ojos le mostraron.

Entre los rosales había avistado cierta criatura que se hallaba tumbada en medio del verde prado. Una criatura que en esos tiempos se consideraba inexistente, pura fantasía. ¡Nada más y nada menos que un dragón! Bueno, más bien un mini dragón. Parecía una especie de cachorro... si es que se le podía llamar así a ese cacho bicho.

Tenía cuatro patas de considerable tamaño y consistencia junto con la cola, las alas entreabiertas y unos cuernos en la cabeza. Todo su cuerpo se encontraba recubierto por una capa de escamas rojizas muy pálidas, casi asalmonadas, que parecían bastante duras. Parándose en su cabeza, se fijó en los pequeños colmillos que se le asomaran por la boca para después centrarse en sus ojos, cuyo color, por el momento, quedaría en manos de su imaginación…

Lucy no pudo evitar soltar un pequeño grito llevada por la emoción al descubrir tal hallazgo. Siempre había creído en las hadas y en todo tipo de entes mágicos. Desde que leyera y escuchara hablar sobre ellos, su interés por ese tipo de temas había crecido considerablemente. De hecho, desde lo más profundo de su corazón había deseado toparse con algunos de esos seres fantásticos al menos una vez en la vida y ahora… ¡ya había alcanzado uno de sus mayores sueños!

Su euforia se vio interrumpida por el pequeño alarido que se le escapara al dragón. Parecía estar sufriendo… Lucy, al no saber cómo ayudarlo, se marchó de allí en busca de auxilio. Al menos, uno más efectivo que el que ella pudiese proporcionarle.

- ¡Mami! ¡Mami! ¡Mami! – gritó la muchachita a pleno pulmón con una entremezcla de ilusión y preocupación mientras corría como alma que llevara el diablo.

Estaba sintiendo tantas cosas que no sabía cuál exteriorizar primero. La pequeña niña siguió corriendo con todas sus fuerzas, llevándose algún que otro porrazo de por medio al ir de aquella forma tan imprudente, hasta que divisó a su madre.

- ¡Mamá! Uuuh… – se le escapó a la niña al tropezar con una piedra, tambalearse y finalmente caer de bruces contra el suelo – ¡Ay! – por suerte, no hubo más daños que los raspones de sus rodillas.

- ¡Lucy! – se alarmó Layla – Vaya por Dios… ¿Estás bien, cielo? ¿Qué ha pasado? – preguntó preocupada examinando sus rodillas.

- ¡Lo he visto, lo he visto! – gritó emocionada olvidándose del dolor.

- ¿El qué, cariño? ¿qué has visto?

- ¡Corre mami, corre! ¡Existen! ¡Ellos de verdad existen! – expresó entusiasmada a la vez que tiraba del brazo de su madre, arrastrándola consigo. Temía que el dragón se desvaneciese si no llegaba a tiempo.

- E-espera hija…

La rubia no atendía a razones. Condujo a su madre al mismo lugar donde había hallado el cuerpo débil del dragón rosado... o dragona. Todo era posible.

- ¿Lo ves mamá? Existen.

- ¿Cómo ha…? ¿Cuándo lo has encontrado?

- ¡Encontré a Rosita hace nada!

- …¿Rosita?

- Así es como decidí llamarla. Es de color rosa, así que… Rosita.

- Cielo… Rosita está un poco malita, así que… ¿me ayudarías a traer un poco de agua y un par de paños? También hay que limpiar tus heridas...

- ¡Sí!… ¿Se pondrá bien?

- Tranquila – le sonrió Layla – Ve a por lo que te pedí… ¡pero no corras!

La más hiperactiva obedeció el mandato hasta cierto punto. La verdad fue que, inconscientemente, movió sus piernas con mayor rapidez conforme se iba alejando de su madre, hasta iniciar nuevamente otra carrera para conseguir el cubo de agua y los trapos.

Entretanto, Layla, sin temor ni preocupación de algún tipo, acariciaba suavemente el cuerpo del dragón al mismo tiempo que trataba de dar algún diagnóstico a su problema. Finalmente, cuando su hija llegara con el material que le pidió, se dispuso a realizarle las curas que tenía la posibilidad de efectuar.

Su hija observaba entre fascinada y un tanto ensimismada cómo su madre se iba encargando de aquella criatura mágica cuando el rugido llevado por el dolor de la misma irrumpiera sus oídos.

- ¡Aguanta Rosita! – trataba de animarla Lucy.

- No… no me llamo Rosita… Soy Natsu y yo… voy a… a… estoo... ¿qué iba a hacer...? ¿Y quiénes sois? ¡¿Queréis pelea o qué?! – se movió bruscamente enseñando sus afilados dientes pero ninguna de las dos se sintió realmente amenazada.

- ¡Ah! ¡Rosita sabe hablar! – el dragón volvió a gruñir a modo de protesta por el apodo que se había ganado mientras la madre reía.

- Hola Natsu… te sugiero que no intentes meterte en líos porque no estás en tu mejor condición. Yo soy Layla y esta es mi hija Lucy.

- Sí, lo que sea… – contestó el dragón sin hacer mucho caso – Tengo que irme, debo marchar…

- ¡No! – gritó la pequeña niña abrazándose al lomo de Natsu.

Tanto tiempo suplicando a sus padres por un perro o un gato para que ahora que consiguiera a su tan ansiada mascota se la quisieran arrebatar así como así. Vale, quizás aquella criatura no fuese el animal doméstico convencional que pudiese tener todo hijo de vecino… pero ese no era el caso. Lo importante era que Rosita había llegado a su vida y no pensaba deshacerse de ella.

- Luigi...

- Lucy... – murmuró su madre preocupada. Observó por un momento al pequeño dragón para después volver a ver a su hija. Suspiró –... Natsu, ¿qué tal si permaneces aquí unos días? Al menos el tiempo que precises para recuperarte totalmente... Nosotras podríamos cuidarte por el momento – propuso la madre con una sonrisa afable.

- ... No te entiendo. ¿No tienes miedo? Podría comerla... – comentó seriamente el dragón mientras señalaba a Lucy con la mirada.

- ... ¿Por qué...? – susurró la amenazada al borde del llanto – ¡¿Por qué me odias tanto Rosita?! ¡¿Qué te he hecho?! – sollozaba – ¡Rosita mala! – le reprochó dándole un manotazo a modo de venganza.

- ¡Que me llamo Natsu, "imbécila"! ¡NAT-SU! – le gruñó nuevamente irritado.

- … No creo que seas de esos que se dedican a comer a la gente así porque sí, pero... en el caso improbable de que se te ocurriese realizar un movimiento mínimamente sospechoso sobre mi hija, no dudes de que haré todo lo que esté en mi mano por descuartizarte al instante – expuso Layla con tal serenidad y ternura que le provocó más de un escalofrío a Natsu.

Mujer extraña... Aunque no era la única: su hija tampoco se quedaba atrás.

Sin embargo, contra todo pronóstico, fue a partir de aquella amenaza cuando surgiera la gran amistad entre el pequeño dragón rosado y la futura heredera Heartfilia. Cada día que pasaba, se volvían más y más cercanos. Jugaban juntos la mayor parte de las veces, haciendo muestra de sus buenas cualidades. Ella, de su gran mente curiosa a la par que creativa. Él, alardeando de sus grandes poderes mágicos.

Además del ocio, ellos compartían una gran simpatía por el otro, llegando así a cuidarse mutuamente. Natsu protegía a Lucy de cualquier peligro que pudiese acecharle, mientras que ella guardaba en secreto su existencia y su condición de dragon slayer frente a su padre.

Efectivamente, en el presente caso Natsu no resultara ser un simple dragón, sino que concretamente se trataba de uno de esos dragon slayers que se mencionaban en el libro que había leído repetidas veces… ¿Qué cómo lo había descubierto? Muy sencillo. En la primera noche, Rosita, o mejor dicho Natsu, se transformó repentinamente en un niño de edad similar a la suya, con alborotados cabellos rosados parecidos al color de sus escamas, piel bronceada y una afilada mirada de color jade. En un primer momento, a la rubia le costara asimilar que aquel niño y su nuevo amigo/mascota dragón formaban parte de un mismo ser. No comprendía del todo la mecánica del asunto, solo sabía que él adoptaba aquella forma humana cuando llegaba el ocaso.

Durante las primeras semanas de estancia, Natsu seguía cuestionándose qué era aquello tan importante que tenía que hacer, aunque la compañía de aquellas humanas, y especialmente la de Lucy, hizo que se olvidase paulatinamente de sus preocupaciones.

A medida que pasaba el tiempo, Natsu iba recuperando sus fuerzas y con ellas su poder mágico, llegando a controlar de este modo sus esporádicas transformaciones en humano y bestia. Tal era así que durante el día, para pasar más desapercibido, usaba su apariencia humana mientras que para la noche dejaba su lado dragón.

Eso conllevó a que la pequeña Lucy hiciese más de una vez alguna travesura escabulléndose de su habitación para dormir en el cálido regazo del dragón, estrechándose más sus lazos. Fueron días felices y pacíficos... hasta que sucedió aquel hecho inesperado: el fallecimiento de su tan amada madre.

La muerte de Layla supuso un cambio demasiado drástico no solo en la vida de la pequeña rubia sino que también en la del dragon slayer. Jude se viera tan sumamente afectado por el trágico giro de los acontecimientos que quien acabó pagando las consecuencias fuera su hija, quizás por lo parecida que era a su madre. Tras la ida de su esposa, se volvió especialmente sobreprotector con su hija, incluso neurótico.

En un abrir y cerrar de ojos, la escasa libertad con la que contara hasta ese entonces la pequeña Lucy se vio sustituida por el confinamiento en el interior de su hogar. Ni tan siquiera tenía permitido salir al jardín, lo que le trastocara el resto de su infancia notoriamente. Probablemente, si el testarudo de Natsu no hubiese llegado a intervenir ingeniándoselas para visitarla, ella hubiese perdido toda su luz y candidez.

No obstante, pese a todos sus esfuerzos, Jude terminó descubriéndolo, lo que era sinónimo de catástrofe. Ese hecho aunaba la llegada de un severo castigo y Lucy temía por ello… sobre todo por Natsu, porque no sabría lo que podría llegar a hacerle. Por muy dragon slayer que fuese, todavía se trataba de un niño frente a un adulto. ¿Y si lo encerraba? ¿Y si se lo llevaban y lo mataban?

La situación no pintaba del todo bien… Mucho menos cuando Natsu como mecanismo de autodefensa se transformó delante de Jude, revelando su verdadera naturaleza. No obstante, para sorpresa del chiquillo, no fue denunciado a ninguna autoridad. Tampoco fue llevado a ningún laboratorio para ser sujeto de experimentos de algún científico loco. Es más, Jude incluso le había propuesto un trato, aunque la intención del mismo dejaba mucho que desear: le ofreció protección y cobijo siempre y cuando vigilase a Lucy las veinticuatro horas del día. Realmente, pensaba en Natsu como un arma y un escudo no sólo para su hija sino que también para él.

Natsu no se lo pensó demasiado. Prácticamente aceptara al instante. ¿Siendo la única condición estar cerca de Lucy? ¡Pff, aquello era un chollo! Él no tenía ningún problema con eso… Es más, estaba más que encantado. De hecho, llegó a cuestionarse dónde se hallaba la trampa.

Sin embargo... quién se iba a imaginar que a raíz de aquel acuerdo, junto con algún que otro malentendido, el estrecho vínculo que compartieran alguna vezse enfriase de tal modo que, con el paso de los años, pasarían a tratarse como meros conocidos…

Despertando de su ensoñación, una Lucy ya adolescente terminara de ducharse preparándose para ir al instituto.

Después de una ardua y fuerte discusión con su padre que durara casi como una semana y media, pudo retomar el rumbo de su vida yendo a clases fuera de la jaula que era su casa. Por supuesto que pagando un alto precio de por medio, claro está... y ese precio era tenerlo a él encima de ella todo el santo día. A ese tipo tan sumamente asfixiante… en más de un sentido.

Era difícil pensar que alguna vez habían sido tan cercanos cuando ahora resultaba ser un tipo de lo más irritante… Aunque debía confesar que más de una vez lo echara en falta. Echaba de menos aquel chiquillo adorable que alguna vez fue, incluso si sus actos en el pasado no habían sido del todo sinceros.

Probablemente el que se encontrase tan sumamente nostálgica esa mañana tuviese que ver porque esa misma noche había soñado con su infancia. No obstante, el sentimiento se le iba pasando conforme ponía su vista de vuelta a la realidad. Distanciarse de él había sido la decisión más sabia, pues de no hacerlo hubiese acabado mucho más dañada.

Aún así, a veces no podía evitar cuestionarse si no se habría equivocado… Sobre todo teniendo en cuenta lo jodidamente bien que había crecido aquel estúpido y sensual chico mitad bestia durante todo ese tiempo. ¡Y vaya que si había crecido bien! Se había vuelto tan atractivo en tan solo diez años… tan increíblemente sexy y caliente. ¡Oh sí! Caliente era la palabra clave. ¡Si hasta sus compañeras de clase lo habían catalogado como el "chico fuego"! El magnetismo que desprendía era tal, que sus bocas se hacían agua. A algunas hasta se les caían las bragas. Y no solo las chicas de su edad ardían por él, sino que el resto también.

- Ay no, otra vez no… – decía dándose un golpetazo en la frente. ¿Por qué siempre terminaba derivando en esa clase de pensamientos? ¿Acaso nunca aprendería la lección? Suspiró antes de echar un vistazo al móvil – ¡Oh no, tengo que darme prisa!

Vistiéndose a la velocidad de la luz, Lucy salió escopetada del baño para bajar rápidamente por las escaleras con los zapatos y la bandolera en la mano. Convenía no hacer mucho ruido si quería salir airosa de allí. Sigilosamente se acercó a la cocina, tomó una tostada sujetándola con la boca y se puso el calzado.

- ¡Oh! ¡Buenos días señorita Lucy! – la saludó la encargada de la cocina.

- ¡Buenos días Spetto! – le respondiera de vuelta con una sonrisa antes de atacar nuevamente la tostada – ¡Adiós! – se despidió rápidamente al cabo de unos segundos saliendo por la puerta del servicio que daba a los jardines.

- ¡Señorita tenga cuidado! ¡Algún día de estos se hará daño con tantas prisas!

Haciendo caso omiso, Lucy atravesó el jardín por medio de los caminos más escondidos, mimetizándose así con el ambiente, para poder escapar de la vista de cierto guardaespaldas caliente que la acechaba cada mañana.

Hoy es el día. Lo conseguiré… ¡Definitivamente!

Siguió avanzando por los senderos más escurridizos hasta que finalmente llegó al portón que daba entrada a su parcela. Antes de abrir la verja echó un vistazo por los alrededores comprobando que todo estaba en su sitio para finalmente abandonar su hogar. Cerró la valla con cautela quedando así de espaldas a la carretera. En su interior ya comenzaba a oír los cánticos de victoria cuando repentinamente sintió la presencia de un musculoso brazo a un lado de su cuerpo, apoyándose suavemente en la verja que había cerrado tan cuidadosamente.

No puede ser. No es posible...

- … Buenos días, se-ño-ri-ta – escuchó contra su oído el susurro de aquella voz grave.

Al instante, un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal al mismo tiempo que otra sensación mucho más cálida la invadiera en sentido contrario. Tan solo existía una persona que pudiera provocarle sensaciones tan contradictorias... Temiéndose lo que se encontraría a su espalda, giró lentamente su cabeza hacia un lado y se encontró con la mirada jade que tanto conocía, junto con aquella sonrisa maliciosa que mostraba ligeramente sus colmillos.

- Mierda… – se quejó la rubia al ver que no había logrado su objetivo.

- Oh, no… No debería usar ese lenguaje tan vulgar señorita Luigi – se remoloneaba su vigilante de cabellos rosados.

Como la enfermaba eso… Que le hablase de esa forma tan repipi, llamándola por otro nombre a propósito.

- ¡Es Lucy! – le corrigió irritada poniéndose cara a cara frente a él.

- Lo que tú digas… – murmuraba haciendo oídos sordos – Ay Luigi, Luigi… ¿De verdad pensabas que podrías librarte de mí? Eres más ingenua de lo que creía… – apreció el muchacho vestido de negro.

- Una preguntita de nada… ¿Acaso me has visto escurriéndome por alguna tubería y pisando algún que otro caparazón para evitar que me matasen como si fuese, no sé, un fontanero llamado Mario Bross?

- Mmm… no, aún no, pero poco te falta… e, indudablemente, como Mario Bross no, pero como Luigi… quizás sí.

- ¡¿Qué me ha delatado?! ¿Fue el peto azul que no visto? ¿Quizás la camiseta y gorra verdes que no llevo puestas? ¿O puede que el bigote que no tengo? Oh-oh, espera... ¡Si esto es el mundo real! ¿Quieres dejar de llamarme como el personaje de un videojuego? Mi nombre es Lucy, cateto… ¡L-U-C-Y! ¡Lucy!

- Hasta que no vea lo que suceda una vez que te tire un champiñón a la cara, concédeme el beneficio de la duda…

- Ja, ja, ja, ja… Muy gracioso – rió sarcástica – Aclárame algo, Rosita... ¿Ya te han dado el papel protagónico como princesa Disney o todavía sigues en lista de espera? – expuso con maldad la rubia.

- Ja, ja, ja… Muérete –... hay ciertos apodos que no se superan.

- ¿Pero qué formas son esas de dirigirse a la hija del que le está pagando su sueldo, eh señor custodio? Qué mal, qué mal… Además, siento comunicarle que eso de morirme no entra dentro de mis planes para hoy. ¡Se siente!

El dragon slayer le hizo un aspaviento con las manos mientras que Lucy sonreía con satisfacción. Su guardia tendía a meterse mucho con ella y ya iba siendo hora de devolverle alguna pulla.

Después del pequeño altercado, ambos iban rumbo al instituto envueltos en un incómodo silencio, yendo ella unos pasos por delante. A pesar de que caminaban a una distancia prudente, la rubia podía sentir la penetrante mirada del chico mitad bestia fija en su espalda, lo que le estaba poniendo especialmente nerviosa. No le gustaba nada que controlase cada movimiento que hacía ni tampoco le hacía gracia que estuviese encima de ella todo el rato. Al menos no así, sabiendo que era por obligación…

- ¡Lucy! – se escuchó repentinamente por la calle.

Despistada, la susodicha alzara la vista encontrándose con su salvación: Loke. Era el remedio más efectivo para alejar a Natsu de su lado y que pegase la vuelta.

- Loke – lo saludó de vuelta con mayor dulzura –… ¿Ves? No es tan difícil – arremetió por última vez contra su guardaespaldas antes de ir junto a su amigo – Y ahora… ¡Deja de seguirme! Incomodas a la gente, estúpido.

- No puedo hacer eso o tu padre se…

- ¡Me importa un pimiento y medio lo que haga mi padre! ¡Estoy harta! Quiero estar con mis amigos tranquilamente, así que hazme un favor y vete. ¡Te libero de tu martirio! No te acusaré a mi padre, si es eso lo que tanto te preocupa... – estalló antes de irse definitivamente con su amigo y compañero de clase.

A la par que la rubia se iba de su lado, Natsu observaba su marcha con una expresión sombría. Apretó su mano en un puño y se dio la vuelta a regañadientes. No le gustaba nada como la veía ese tal Loke ni tampoco el agradable trato que empleaba ella cada vez que hablaba con él...

¿En qué momento pasó? ¿Cómo había sido? ¿Qué fue del vínculo que una vez compartieron? Si todo fuese como antes, nada de eso hubiese pasado... Echó un último vistazo al cuerpo despampanante que se estaba alejando con otro individuo que no era él. Ese otro que se estaba embriagando con su aroma. Molesto insecto pegajoso... Era peor que una lapa.

¿Estaba celoso? Oh sí... Claro que lo estaba. Esa mujer era suya y ella acabaría dándose cuenta tarde o temprano. Y de no hacerlo, pues... ya se encargaría él de recordárselo, ¡faltaría más!

Sin darse cuenta, sus pies lo llevaron al Bosque de Fairy Tail, ese bosque mítico del cual le había hablado Lucy alguna vez en el pasado. No sabía la razón, pero de algún modo se encontraba ligado a ese lugar. Siempre lo visitaba en algún momento del día, como si una poderosa fuerza lo arrastrase allí. Quizás se debiera a su condición o tal vez… quién sabe. A esas alturas todavía seguía sin saber quién era realmente… Lo único que podía asegurar con certeza era que ese sitio solía surtir un efecto calmante en él… salvo el presente día.

Sus oídos lo advirtieron de la llegada de un sujeto que venía hacia él a una velocidad vertiginosa, rápido como un rayo. Sus sentidos se agudizaron, poniéndolo en un estado de alerta máxima. Inmediatamente sus músculos se tensaron, listos para llevar a cabo cualquier acción, hasta que se movieron anticipadamente bloqueando la arremetida que pretendía propinarle su atacante. Cuando centró su vista en su objetivo se encontró con…

¿Un niño?

Realmente lo parecía con esa baja estatura y ese cuerpo menudo. Sin embargo, no podía identificarlo del todo bien debido a la oscura caperuza que cubría su rostro. Había algo en ese crío que no le gustaba ni un pelo.

Probablemente el sentimiento fuese mutuo, porque al cabo de unos segundos el chavalín volviera a atacarle con mayor fiereza a base de puñetazos y patadas. Pese a todo, Natsu seguía bloqueando sus acometidas chocando sus puños y piernas.

Ese estilo de lucha…

Era similar al suyo, por no decir el mismo. La situación se estaba tornando cada vez más sospechosa, por lo que decidió actuar con mayor precaución. Por instinto, recubrió sus brazos con una capa de escamas rojizas y agregó en la misma zona un poco de su magia ígnea para ganar mayor potencia.

Ágilmente, dirigió su puño contra el individuo, quien lo esquivó en el último segundo dando una voltereta hacia atrás.

- Fiuu… Eso fue peligroso – salió de la boca de aquel intruso… o intrusa en el presente caso. Sin duda se trataba de una cría. El tono agudo de su voz la había delatado.

- ¿Quién eres? ¡Muéstrate!

La capucha que ocultaba su rostro cayó por sus hombros dejando a la vista una larga melena rosada que poco a poco oscureció volviéndose de un tono azul marino. Para su sorpresa, en su rostro llegara a vislumbrar la misma capa de escamas que cubrían sus brazos, solo que en su caso las suyas eran de un color blanquecino. Eso solo podía significar una cosa: ella era igual que él. Abrió sus ojos marrones para clavar su vista en la suya.

- ¿Qué…? – Natsu se encontraba un tanto desconcertado.

- ¡Por fin te he encontrado! Llevaba tanto tiempo buscándote… Necesito hablar contigo.

- … ¿Quién eres? – preguntó el pelirrosa con recelo.

- ¿Que quién soy? Yo soy tu…

- ¿Padre?

- ¡¿Pero qué estás diciendo?! – se manifestó la peliazul contrariada – ¡Prometida! ¡Soy tu prometida!

- … ¿Mi prome-qué?... – el dragon slayer entendía cada vez menos.

¿Qué está pasando aquí?


¡Y aquí finaliza el primer capítulo!

¿Qué os parecido? ¿Os gustó? ¿Os imaginabais un inicio así?

Todo lo que penséis podéis dejarlo en un maravilloso comentario, es más os animo a hacerlo XD (esto va especialmente dirigido a ti acwarth jajajaaja). Se admiten críticas constructivas xD.

¿Cómo continuará? Ni yo misma lo sé, porque esa responsabilidad recae en otra autora (eso es lo maravilloso de este fic XD) que en este caso, en principio, se trataría de Kogane no Yume, así que… ya sabéis, ¡ojo al dato!

En fin, por mi parte no hay nada más que decir, salvo que espero que os haya sonsacado alguna sonrisita con este primer capítulo. Os mando un beso y un fuerte abrazo

¡Nos vemos! ^^