Bueno, aki va el segundo capitulo...Este es igual que el de la peli, en el proximo habrá una escena de infancia de Eugene...

A por cierto, a los k no seáis de España, tal vez el diálogo no os coincide con vuestro doblaje, pero más o menos dicen lo mismo ;)

Capitulo 2: El ladrón, el caballo y la torre…

El viento me despeinó en una rebelde brisa justo antes de dejarme caer. Volví a saltar entre las tejas que configuraban el techo del castillo, sin demasiada dificultad. Siguiendo a los hermanos Stabbignton, llegué hasta la culminación del palacio, lejos de la vista de los guardias. Mi objetivo estaba muy cerca, lo sabía, pero algo me distrajo fugazmente, eclipsando toda mi atención. La boca se me entreabrió, maravillado por el paisaje que se había dibujado ante mí…

El sol, de un intenso naranja, iluminaba incandescente todo el reino, se atrapaba entre las montañas y se reflejaba en el agua del lago, dándole a todo un toque antinaturalmente hermoso y mágico…

Wow- murmuré anonadado- Menudo pedazo de vista…

¡Ryder! ¡Eh Ryder!- me llamó uno de los memos.

Un segundo…- pedí levantando una mano. Sonreí, poniendo los brazos en jarra- Sí, decidido…Quiero un castillo.

Después de este robo, podrás comprarte tu própio castillo… - me recordó uno de ellos.

Inflé el pecho, respirando ilusión por todos mis poros. Era cierto…Jamás había estado tan cerca de conseguirlo…Isla perdida, allá voy. Se acabó ser un don nadie, se acabó ser un simple ladrón buscado por la justicia…. se acabó. A partir de ahora viviría como un rey: Nadie se atrevería a despreciarme, nadie volvería intentar hacerme daño…Nunca, porque sería rico. Si algo había aprendido de la vida, es que el dinero lo daba todo. Respeto, felicidad…Todo. Y yo estaba rozando ya el todo.

Antes de que me diese cuenta, una ruda mano me agarró del pescuezo, tirando de mí hacia la claraboya que había en el techo. Me ataron con prisas la cuerda alrededor de la cintura y, antes de poder jadear, me empujaron en el interior del palacio.

Sentí como la caída me daba esa intensa sensación de vértigo subiendo por mi esófago, pero eso quedó en un total segundo plano al ver la espléndida corona expuesta en un refinado pedestal con almohadón de satén. Este, estaba rodeado por una docena de soldados que estaban de espaldas a mí, vigilantes por si alguien se atrevía a cruzar la puerta…Claro que, técnicamente yo había entrado por el tragaluz, y eso no contaba.

Seguí deslizándome lentamente hacia abajo, hasta que la corona estuvo a mi alcance. Con el corazón palpitando contra mis orejas, alargué las manos, ganándome un toque helado por parte del recubrimiento de oro.

Temblando de emoción, saqué mi alforja e introduje la valiosa joya que acababa de adquirir en el interior. Miré hacia la espalda de los soldados. No me habían visto…Uno de ellos estornudó. Quizás hasta tuviese tiempo de cachondearme un rato… Apoyé cómodamente el codo sobre el cojín

¡Uh! ¿Alergia al polen?

Sí- contestó cuando se giró a mirarme, mientras yo le mostraba una sonrisa prepotente y mi alforja. Justo cuando se dio la vuelta de nuevo, los hermanos Stabbignton tiraron rápidamente de mí hacia arriba, haciéndome llegar de nuevo hasta el tejado. Cuando el soldado reaccionó, fue demasiado tarde- ¡EH!

Miró alarmado hacia arriba, encontrándose con mi picara sonrisa desafiándolo. Me puse la alforja de nuevo y empecé a correr con todas mis fuerzas tras mis socios, los cuales bajaron a saltos poco gráciles por los tejados. El ruido de la guardia alertada, de los cascos de los caballos y el rozar de las armaduras eran inconfundibles…

Me deslicé hasta que mis pies tocaron suelo firme y seguí corriendo entre las calles, impulsado por la adrenalina, la emoción, el miedo…

Pero este último desapareció al alcanzar el puente. Sonreí y miré a los Stabbignton, sin dejar de correr.

¿Me imagináis con mi propio castillo? ¡Porque yo sí! – exclamé con alegría.

Mi vida siempre había consistido en escapar, en huir, en escabullirme de los sitios…Pero no recuerdo haber puesto nunca tanto empeño en correr en mi vida. Con el paso de los minutos, el aire se había vuelto irrespirable, el flato apretaba mis costillas dejando en carne viva mi piel, mis piernas se amenazaban con doblarse en cualquier momento…

Pero no me permití un descanso hasta no estar adentrado en el bosque, donde por fin me detuve, agotado y sudoroso, apoyando la mano contra un grueso tronco. Hiperventilando, perdí mi vista casualmente hacia unos carteles de "Se busca" colgados en el árbol. Y en uno aparecía mi cara. Solté un grito ahogado.

¡Oh no!- gemí arrancando el papel del árbol- ¡Es horrible!

¿El que?- gruñó uno de mis socios, de mala uva permanente.

Con un gesto exasperado, llevé el cartel hacia mi rostro para que lo compararan.

¡No acaban de acertar con mi nariz!- me quejé como si aquello fuese la peor aberración del mundo. Y es que lo era…Habían estropeado mi nariz.

¿Y que importa?

Fruncí el ceño, mirándolos como si fuese algo evidente.

Para vosotros es fácil decirlo…Habéis salido estupendos- opiné inclinándome para observar sus retratos…Un par de monstruosidades pelirrojas…Clavados a la realidad.

Justo en ese momento, sentí en la lejanía los cascos de los caballos golpeando el suelo y el sonido metálico de las armaduras de los guardias. Inmediatamente, por reflejo, desvié mi vista hacia atrás, sintiendo el peligro en mi nuca…Una sensación desagradable y conocida.

- ¡Ahí están!- gritó el que parecía el capitán.

Metí el cartel en mi alforja y empecé correr junto con los Stabbignton, despavorido…Pero, lamentablemente, esta vez la carrera no duró mucho.

Me quedé paralizado al ver como una pared de hiedra y piedra nos impedía el paso, como una barrera puesta a mala fe, solo para enviarnos derechos al calabozo…O a la horca. Me estremecí al oír los caballos y los gritos de los soldados cada vez más cercanos.

Tenía que salir de ahí. Mi mente especulo con rapidez urgente por puro instinto de supervivencia. En salvar el pellejo no hay quien me supere…

¡Rápido! ¡Subidme a vuestra espalda y luego yo os ayudaré a subir!- declaré apurado.

Mis socios se miraron entre si, entrecerrando los ojos. Hay veces en que una mirada lo dice todo…Ese era uno de esos momentos.

Primero danos la corona…

Pegué un respingo.

No me lo puedo creer- fingí estar gravemente ofendido- ¿Después de toda una mañana juntos aun no confiáis en mi?

Su expresión se mantuvo ecuánime. Hice una mueca.

Duele- gruñí entregándole la bolsa.

De inmediato, el del parche se cargó en los hombros a su hermano, el cual pasó mi alforja por su cuello y me tendió la mano. Trepé por la espalda de los dos, con prisas al sentir cada vez más cercano el sonido de lo que podía ser mi final…

Pero claro, no me pensaba ir sin "mi" corona. Fingiendo que buscaba una mejor sujeción, mi mano se coló a través de los pliegues de la ropa del pelirrojo, arrebatándole la alforja con preciso disimulo. No se dio ni cuenta.

Clavé las botas en sus hombros me di impulso y, finalmente, conseguí llegar a la cima, con un suspiro de alivio.

¡Venga! ¡Ahora súbenos!

Lo siento- canturreé yo enseñándoles con una mueca socarrona la corona- Manos ocupadas…

Ojalá me hubiese podido quedar, porque su cara era digna de enmarcar en un mural. Me eché a reír mientras empezaba a correr, sintiendo como el eco del bosque maldecía mi nombre.

¡Rydeeeeeeeer!

Aceleré el paso, ya saboreando la libertad, extasiado.

¡Disfrutad en prisión! ¡Echaré de menos tu risa!- me regodeé yo, triunfante. La buena racha no me duró demasiado.

De no sé donde, salió un tropel de guardias subidos a caballo pisándome los talones. Solté un jadeo ahogado y corrí aun con más ímpetu, por encima mis capacidades.

¡Corre Maximus, ya le tenemos!- gritó uno de ellos.

"Ah, no, eso si que no" me dije a mi mismo. No había llegado hasta ahí para perder. No señor…

Derrapé por debajo un tronco tumbado, viendo horrorizado como segundos después la madera quedaba decorada por una multitud de flechas. Mi corazón no podía latir más rápido…Me dolía…

Me dolía todo, pero algo me impulsaba a continuar. Algo que me decía que lo iba a conseguir. No sé muy bien como, pero lo iba a conseguir…

La respuesta vino dada en forma de liana, por impulso, por desespero, me agarré a ella y, de la velocidad que cogí, salí disparado dando la vuelta al tronco, mareándome…

Lo siguiente que pude procesar es que mis pies golpearon con fuerza al general y mi trasero quedó acomodado en la silla de su caballo. Sonreí triunfalmente, apoderándome de las riendas. Estaba salvado.

¡Aha! ¡Arre!- grité espoleando al corcel blanco. Pero, repentinamente, se detuvo en seco, casi haciendo que perdiese el equilibrio.

El caballo torció el cuello mirándome con… ¿Mala leche? Si no supiera que es imposible, diría que estaba enfadado conmigo. De repente, sus dientes intentaron atrapar mi bolso. Lo aparté de inmediato.

¡No! ¡No!- le regañé yo, dándole un manotazo.- ¡Caballo malo!

Y de repente, el muy jamelgo intento volver a coger mi alforja…Apartándola de su alcance, empezamos a dar vueltas sobre nuestro propio eje, con tan mala suerte que, en un tira y afloja, el bolso y su valioso contenido salió despedido hacia una rama en el borde de un precipicio.

Me quedé momentáneamente paralizado de estupefacción ¿Era normal mi mala suerte?

En cuanto pude reaccionar, me bajé a toda prisa de mi montura dándole un pisotón a drede en la cabeza, él me mordió una bota tirándome al suelo, yo le di un tirón a su cola…Un momento ¿Me estaba peleando con un caballo?

Ya es oficial, he hecho de todo…

Le salté por encima, hice una voltereta, quedé boca abajo en el tronco, me quiso hacer caer pisándome con sus herraduras…

De todo ese caos, solo pude sacar en claro que llegué al extremo de la rama, apoderándome de mi querida alforja. Aun con la respiración agitada, no perdí oportunidad de mirar al caballo psicópata con una sonrisa pícara.

Y justo entonces, el crujido de una rama me robó cualquier rastro de satisfacción. Apenas pude reaccionar…

Sentí como la rama se deshacía de su soporte y…Empezamos a caer…

El viento me removió los cabellos, me agitó la ropa, me provocó vértigo. El vacío se fue acercando a mi cada vez más… Sin saber reaccionar, intercambié una mirada con el jamelgo y, entonces sí, el pánico me golpeó y me eché a gritar agudamente…

Fue demasiado rápido…Una roca mal puesta en el precipicio partió el tronco en dos y seguí cayendo, dando vueltas mareantes sobre mi mismo. Y de golpe, todo acabó bruscamente. Una fuerte sacudida me hizo caer de la rama, haciéndome saber que ya estábamos en tierra. Solté un quejido por el golpe. Era un milagro que no hubiese muerto…Ni siquiera tenía nada roto. Le debía una al todopoderoso.

Me levanté de un salto, asomándome tras la roca donde me había caído. Vi el jaco en la lejanía, al parecer, rastreando mí olor… ¿Qué era un caballo o un perro?

Me aseguré la alforja alrededor de los hombros y, sin dejar de mirar a mi captor, me arrastré por la pared de piedra en busca de una rápida escapada…

Pero me sobresalté a sobremanera al ver que mi mano atravesó el muro al querer apoyarme en él…Miré momentáneamente aquella extraña cortina de lianas y no me costó mucho decidirme a entrar.

El verde me ocultó dentro de un túnel de roca, con las enredaderas protegiéndome de aquel caballo. Ahogué un jadeo al ver su sombra cerca…

¿Es que ese estúpido animal nunca se rendía?

Me encogí, mirando hacia atrás con apuro y…No tuve más remedio. Me arriesgué a adentrarme hacia lo que parecía la salida…Rápidamente, ante mi se dibujo un paisaje singular, inusual, realmente inesperado.

Alcé las cejas, sorprendido, al encontrarme en aquel valle encerrado, con una cascada adornando el pie de una torre.

Pestañeé perplejo. Aquello si que no me lo esperaba…Pero realmente era oportuno. Miré el sitio por donde había venido.

¿Caballo psicópata o torre desconocida?

Desde luego, la torre desconocida ganaba por goleada. Corrí hacia ella a toda prisa y cuando llegué frente a su cilíndrica estructura, me quedé perplejo al darme cuenta de que no había puerta alguna ¿Desde cuando hacían torres sin puertas?

Confuso, me rasqué la cabeza, devanándome los sesos para encontrar la forma de subir. Unas flechas clavadas en mi alforja me dieron la idea. Me las arranqué y las incrusté entre los ladrillos de piedra, asegurándome de que me darían buena sujeción. Suspiré.

Vamos allá…

Y escalé. Fueron más de 20 metros de subida tediosa, pero finalmente, llegué hasta una ventana de madera de fresno, delicadamente decorada con macetas repletas de flores. Empujé los pórticos que se abrieron mansamente, dándome una grata dosis de alivio…Me escabullí hacia adentro, cerrando rápidamente tras de mi.

Tomé aire momentáneamente y una sonrisa se dibujó en mi rostro al darme cuenta de que, por fin, lo había conseguido. ¡Estaba a salvo y tenía la corona!

Me deshice de la alforja, dispuesto a abrirla.

Por fin solos…- suspiré yo, como si mi botín fuese mi amante…

Y entonces, sentí un fuerte dolor en mi nuca, forzando una mueca en mi rostro. Perdí el equilibrio. Todo oscureció.