Este capítulo está contado desde el punto de vista de Mycroft, para explicar porque hizo aquella confesión tan repentina al pobre Lestrade. De nuevo, gracias Amaranta :D
Capítulo 02
- Los sentimientos de Mycroft -
La primera vez que Mycroft vio a Lestrade, fue en una escena del crimen.
Acaban de matar a un hombre y se habían llevado el pie derecho, Sherlock estaba allí "investigando" por su cuenta, increpándole a Lestrade que dicho asesinato tenía que ver con otros tres que se habían cometido en días anteriores cuyas víctimas también carecían de alguna parte del cuerpo.
Mycroft había ido a vigilar a su hermano y cuando llegó a la cinta, observó lo más maravilloso del mundo. Lestrade le estaba gritando a Sherlock. Sin cortarse. Delante de todos los policías le estaba gritando, diciéndole que se largara de allí, que no había sido invitado y que no eran tan estúpidos como para no saber que los casos estaban relacionados. Luego, algo más tranquilo, le pidió que se marchara y que ya contactarían con él si precisaban sus servicios.
Mycroft observó al inspector anonadado, mucha gente gritaba a Sherlock, pero no de esa manera. Quizás fue el tono de voz de Lestrade o las palabras "maldito friki" pero eso hizo que se fijara en él.
Durante un tiempo, Mycroft iba asiduamente a vigilar a su hermano personalmente tras la resolución de un caso cada vez más peligroso que el anterior, además de comprobar su estado observaba a Lestrade.
Siempre ocupado. Dando órdenes, comprobando datos con sus ayudantes, observando minuciosamente cada informe y, después de aclararlo todo, riéndose mientras bromeaba con Donnovan.
Podía decirse que Lestrade, a primera vista, le caía bien y después de estar un mes "espiándolo" (aunque Mycroft no lo creía así ya que solo se iba a la escena del crimen y miraba como otro curioso más, que Lestrade no se fijara en su presencia era algo completamente diferente), decidió llamarle por teléfono. Tenía su número de móvil y el de su casa, por Dios, hacía meses que tenía el suyo y el de todos los que tenían contacto con su hermano, pues en caso de perderlo de vista, tendría que obtener información de sus allegados.
Marcó el número en su teléfono y lo observó, ¿que diría?
"Hola, soy Mycroft Holmes el hermano mayor de Sherlock y le llamo por si pudiera estar interesado en cenar conmigo"
No. Eso era demasiado... ¿Inquietante? Desde luego el tratar temas personales no era lo suyo. Su trabajo era peligroso, así que había preferido mantener una actitud fría y distante en todas sus relaciones (ya fueran de amistad o amorosas) por si, en caso de perderlas no le afectara demasiado. Además el que le traicionaran siempre era algo que podría esperarse, así que no se decepcionaba si su relación con dicha persona era distante.
Su carácter, que se hacía notar desde niño, había agudizado dichos rasgos de persona fría y "no-emocional" pero en ocasiones, echaba de menos algo. Era ridículo pero quería demostrar que en la intimidad, en la intimidad de una casa vacía o una cama compartida, podía ser un humano común protegiendo aquello que amaba con uñas y dientes. Nunca lo había tenido y todo por su estúpida coraza de piedra que se había creado, con dicho carácter nadie se le había acercado y con Lestrade no iba a ser diferente.
Pulsó la tecla roja para cancelar la llamada. Si estaba predestinado a quedarse solo lo haría.
Pero los meses pasaron y no había podido olvidar ningún rasgo físico de Lestrade, ni su tono al hablar, ni su manera de reírse... Ni siquiera había podido evitar seguir viéndole en aquellos escenarios tan poco románticos. Estuviera o no estuviera Sherlock, en cuanto se enteraba de que un asesinato había ocurrido en Londres iba para observar de cerca a "su" Lestrade.
Porque una parte de su cerebro le decía que tenía que ser suyo y de nadie más... Y que al carajo con su coraza, se liberaría un poco solo para poder quedar con él.
Como todas las tardes, se montó en el coche para ir de su casa al "Club de Diógenes" y como siempre, sacó su móvil, marcó el número de Lestrade y lo dejó allí, marcado en la pantalla sin intención de llamar.
—¿Quiere que organice yo la cita con aquella persona a la que no se atreve llamar, Señor?
La voz de Anthea le sobresaltó. Borró rápidamente el teléfono y observó a "La chica de la Blackberry". Nunca hablaba en los viajes en coche a no ser que dirigieras a ella pero supuso que... Observaba, pese al teléfono que siempre usaba, observaba.
—No gracias, creo que puedo apañármelas por mi mismo —respondió Mycroft tan seco como siempre.
—Como usted diga señor, pero he visto que hace el intento de llamar al mismo número de teléfono desde hace una semana. Solo le recuerdo que si se siente incómodo para llamar a la persona con la que probablemente quiere citarse, puedo hacerlo yo en su lugar —le dijo la chica apartando los ojos brevemente de su teléfono para mirar al hombre.
—Puedo apañármelas por mi mismo, gracias —respondió Mycroft mientras observaba por la ventana.
Anthea asintió a pesar de que su jefe no la veía y siguió centrada en el teléfono. Mycroft suspiró echando su aliento contra el cristal. ¿Por qué el solo llamarle le costaba tanto trabajo? Total, no era para tanto. Hablar con la reina siempre era algo más complicado.
Cuando el coche se detuvo, en el club, Mycroft carraspeó ligeramente para llamar la atención de su empleada. Se le acababa de ocurrir una idea, y sería mejor llevarla a cabo mientras su valor se lo permitiera.
—¿Si señor? —preguntó la chica tras dejar el teléfono y mirarle.
—¿Podrías hacerme un favor a nivel personal del que nadie puede enterarse?
—Para eso estoy señor, ¿en que puedo ayudarle?
Mycroft cogió el diario que llevaba consigo del interior del bolsillo de la chaqueta junto al bolígrafo, arrancó una página en blanco y en ella apuntó su nombre y su número de teléfono. Quizás si Lestrade le llamaba a él todo sería mucho más sencillo.
—Deje esto en el despacho de Gregson Lestrade, de Scotland Yard, en un lugar visible por favor —le pidió mientras metía el papel dentro del paraguas —. Por favor, que el inspector no se encuentre dentro e intente pasar desapercibida para los demás.
—No se preocupe señor —le dijo mientras cogía el accesorio que le tendía su jefe y lo dejaba sobre sus muslos.
Mycroft asintió en señal de agradecimiento y bajó del coche. Cuando entró en su despacho del Club, expulsó todo el aire que había estado acumulando. Ya estaba hecho. Ahora solo quedaba esperar.
Pasaron varios días y nada, no obtuvo ninguna llamada. Había llovido en Londres varias veces pero aún no había recibido ninguna llamada de Lestrade. Podía ser por dos razones, que Lestrade se llevaba su propio paraguas y por eso aún no había usado el que dejó Mycroft o… O que lo hubiera usado, el papel hubiera caído al suelo y no le hubiera hecho caso.
Dada su suerte… No sabía que pensar.
Ocho días más tarde recibió la llamada, ¡la maldita llamada! Dios, ¡jamás había estado tan nervioso! Quizás sonó incluso más serio de lo normal claro que visto por otro lado, sonar jovial y animado así de golpe, no iba a ser normal.
Fingió el no conocerle y en cuanto fue informado de quien era, achacó la llamada a que su hermano estaba metiendo las narices.
Lestrade prefería que le llamaran por su nombre que por su rango, eso le gustaba. Quedó con él esa misma tarde, pospondría la reunión para el día siguiente. No quería posponer la cita con Lestrade, no ahora.
Cuando llegó a la puerta del restaurante, diez minutos antes de la hora, sonrió. Sabía que Lestrade no se podía permitir lugares caros dado su sueldo y él no estaba acostumbrado a esos sitios, pero tuvo que admitir que la cafetería era encantadora.
Se puso a fumar un cigarrillo con la esperanza de relajarse un poco, un minuto pasado de la hora, dos… Mycroft iba por su segundo cigarro consecutivo cuando le vio llegar. Se tensó de repente.
Lestrade lucía bastante apurado debido a la tardanza, a Mycroft no le importó pero igualmente las palabras se escaparon de sus labios.
—Tarde —le dijo.
¡Qué ganas de echar a correr tenía! Lestrade le miraba con incomodidad y vergüenza. Supuso que Lestrade pensaría que quedar con un Holmes era raro y que encima llegar tarde era penoso.
Después de escuchar su breve explicación, entró con él al local.
Su corazón latía con mucha fuerza pero fingía estar tranquilo y le estaba poniendo tanto empeño que no podía dejar de ser frío. Lestrade lo relacionaría con antipatía, seguro.
Habló un poco con Lestrade de los camellos a los que estaba persiguiendo, de como Sherlock lo vería difícil para conseguir sus sustancias y tras mandar al carajo la dieta, hablaron de cosas del trabajo de Mycroft.
Se relajó un poco y aprovechó un momento para dejar las cosas claras, quizás demasiado claras porque Lestrade salió huyendo.
Intentó detenerlo agarrándole del brazo, ¿qué iba a hacer? ¿Disculparse? Pero Lestrade fue rápido, se apartó y salió de allí corriendo.
Mycroft tragó saliva con dificultad.
Podría haber esperado otra cita con él para hablarle y comentarle, con suavidad, por donde iban los tiros. ¿Cómo podía estar tan seguro de que tendría otra cita con el detective? Porque Lestrade no le había traído su paraguas así que algún día tendría que devolvérselo. Cuando volvieran a quedar, tendría que disculparse, buscar argumentos y hablar con algo más de calma.
Tendría que cambiar porque sabía que alguien como Lestrade no merecía que fuera así de agresivo al hablar.
