Capítulo 2: El encuentro.

Desencajada por lo que acaba de escuchar, con los ojos llenos de lágrimas y tratando de comprender de pronto que la responsabilidad que tenía era aún más grande de lo que todos estos años le habían venido inculcando, corrió hasta el cansancio hasta internarse en lo más profundo de los bosques de Lórien. Cuando al fin detuvo su correr se encontró en el lugar a donde le gustaba ir de niña para estar un poco sola, siempre con la supervisión de algún elfo encargado de mantenerla siempre vigilada y protegida, y pensar en todo aquello que le turbaba el alma, como el sentir que le gustaría estar con sus padres como los otros niños elfos.

Entonces, como cuando niña, se sentó a los pies de un gran Mallorn y, sintiendo que el árbol se apiadaba de ella y su penar, secó sus lágrimas y con un dolor muy fuerte en su corazón trató de digerir todo aquello que le habían confesado hace escasos minutos. Al rato de estar sentada junto al árbol comenzó a sentir una paz interior inmensa, trasmitida tal vez por el espíritu de los árboles del bosque, tal vez por los rayos de sol que se abrían paso entre las ramas de los árboles para abrazarla con su calor o por al fin tener en sus manos aquella verdad que, aunque dolorosa, era la que le explicaba muchas cosas, muchas dudas que hasta ahora eran imposibles de descifrar.

Hasta ese día, solo sabía que sus padres habían fallecido cuando ella era muy pequeña y nada más, nunca le había sido revelado quienes habían sido y aún seguía desconociendo como habían muerto, sólo se le dijo que era la elegida por su temple y por obra del destino para continuar la obra de la Dama del Bosque cuando fuera oportuno. Ahora comprendía el porque de su espíritu aguerrido, después de todo su padre había sido un gran guerrero elfo, y su madre una de las más importantes y poderosas elfas junto a su tía, Galadriel.

Y mientras sus pensamientos mezclados trataban velozmente de acomodarse cada uno en su lugar, escuchó unos pasos cerca que la pusieron en estado de alerta, era la primera vez que caminaba por los bosques sin compañía y eso la tenía un poco temerosa. Corrió a ocultarse tras unos arbustos que había a unos pocos pasos del lugar donde estaba, esos pasos que la habían alertado de que alguien rondaba por ahí se escuchaban cada vez más cercanos y hacían que su corazón latiera cada vez más rápido.

Aún con su pulso acelerado, pudo mantener la respiración para no delatar su presencia ante esos pasos que ya estaban a pocos metros de donde se ocultaba. Esperando que quién estaba ahí pronto se fuera, advirtió que el broche dorado con forma de hoja de Mallorn que sujetaba su cabello se le había caído junto a los arbustos cuando trataba de esconderse, en ese instante su corazón pareció haberse detenido pues el broche delataba claramente su escondite.

Sin poder ver más que unos pies que se acercaban al broche pensó que lo mejor era que en cuanto quien allí estaba estuviera a su alcance lo tomaría por sorpresa tumbándolo en el piso para poder tener aunque no sea más que unos segundos para poder tomar el broche y salir corriendo hacia un lugar más seguro. Cuando ya faltaba poco para tener a su alcance a quien estaba por recoger el broche, tomó una rama que estaba tirada entre la alfombra de hojas doradas sin hacer siquiera un ruido y se abalanzó sin bacilar sobre su objetivo.

En ese instante, cuando estaba por acertar su golpe, con una agilidad admirable el elfo que estaba por tomar el broche logró eludir el ataque y tumbarla a ella sobre las hojas.

-¡Quítame las manos de encima!-, ordenó con ímpetu la ahijada de Elrond tratando de zafar sus manos de quien la tenía ahora como prisionera tratando de arrebatarle la rama.

-¿Quién crees que eres para tratarme así?-, protestó la elfa.

-Tranquila, no voy a hacerte daño, solo trato de que no me lastimes, si prometes no golpearme te soltaré-, dijo el elfo con dulzura.

-Está bien, no voy a golpearte ni a causarte daño alguno pero suéltame-, solicitó con un poco más de tranquilidad.

-De acuerdo-, respondió el elfo soltándole las manos.

En ese momento ella levantó su mirada y quedó totalmente impactada por lo que sus ojos veían. Frente a ella estaba el elfo más hermoso y gallardo que jamás había visto o imaginado, su corazón se detuvo por un instante, y no pudo evitar sonrojarse al notar que las miradas de ambos se cruzaron por unos segundos.

-Disculpa si te hice daño, no fue mi intención, pero comprende que quise evitar que me golpearas – continuó diciendo el elfo luego de soltarla por completo.

-Estoy bien, no te preocupes, siento mucho lo ocurrido pero es que no sabía quien estaba por ahí dando vueltas e intenté protegerme de alguna manera-, se excusó ella.

-Creo que esto te pertenece-, y extendiendo la mano le entregó el broche que había recogido.

Sus manos, en ese momento, se rozaron y ambos sintieron que sus corazones se aceleraban hasta casi salirse de sus pechos. Ella tomó rápidamente el broche y lo guardó, él solo se quedó contemplando la belleza de una elfa a la que jamás había visto hasta ese entonces pero que lo tenía totalmente inmovilizado.

-Hantalë1-, dijo ella tímidamente, - es muy preciado para mi y no deseo perderlo, me han dicho que pertenecía a mi madre.

Él continuaba contemplándola sin poder decir nada, estaba inmóvil como si hubiera caído en un trance. Ella, sintiendo como si tuviera una piedra en su estómago no podía evitar perderse en esa tierna mirada de profundos ojos azul cielo que en ese mismo instante se hicieron dueños de su corazón.

Unos pájaros que de repente pasaron los hicieron como despertar del trance en el que parecían haber caído. Ella casi sin poder respirar contempló una vez más esos azules ojos tiernos y sintió que ese gallardo, ágil y apuesto elfo de cabellera dorada se había convertido desde ese momento en el dueño de su corazón.

-Aún no me has dicho, ¿man nályë?2-, dijo ella ahora en tono suave.

-¡Ah, disculpa, tienes razón, mi nombre es Legolas -, dijo él.

-¡Legolas, ¡el Príncipe del bosque Negro, lo siento mucho mi señor no fue mi intención maltratarlo-, dijo ella.

-Por favor, no hace falta me trates con tanta reverencia, además en tu lugar hubiese hecho lo mismo-, respondió dedicándole una sonrisa.

-Hantalë-, dijo ella nuevamente.

-Ahora te toca a ti -prosiguió Legolas-, man ná esselya?3-.

-Im4 Anië -, respondió con las mejillas sonrojadas.

-Anië, nunca te vi antes en Lórien, ¿eres de aquí?-, preguntó el príncipe elfo.

-Si, vivo en el palacio junto a la Dama del Bosque, sólo que por ciertas razones de fuerza mayor nadie supo de mi existencia hasta hoy-.

-Disculpa mi indiscreción, pero... ¿por qué?-, preguntó él.

-Lo siento, no sé si deba decírtelo, pues las razones sé que serán pronto reveladas a todos y tal vez no corresponda que yo hable antes del momento indicado-, dijo la elfa.

-Esta bien, sé esperar-, afirmó él.

-Ya debe ser medio día, lo siento pero debo volver antes de que se me haga tarde-, dijo ella.

-Te acompaño, ¿si quieres?-, preguntó él.

-Esta bien, no es malo tener la escolta de un príncipe, una se siente más segura así-, afirmó ella.

-Pues te confieso que no tienes nada que temer, creo sabes defenderte como toda una guerrera-, indicó él.

Así, entre risas, caminaron juntos por el bosque hasta el palacio.

1 -Gracias-, en Quenya.

2 ...¿quién eres?-, en Quenya.

3 …¿cómo te llamas, en Quenya.

4 Soy, en Sindarin.