Holi nuevamente!

Jejeje hoy anduve con muchas ganas de adaptar jejeje

Bueno no hoy, pero he de confesar que ya casi termino la adaptación, lo que sucede es que no habia tenido tiempo para editarlas como se debe :P

y bueno despues de dejarles el final de romance en Londres como lo prometi (espero que les haya gustado) aqui les traigo este nuevo capitulo de en busca de una esposa...

Espero que les guste y como siempre les recuerdo que la historia y personajes no son de mi autoria, no soy mas q una humilde adaptadora (jajaja si como no)

Las quiero y espero sus bellos reviews n.n


Capítulo 2

«POR el amor de Dios, no es la primera vez», se dijo a sí misma Sara. «No eres una niña, ya has estado enamorada de un hombre y has vivido con él; así que un beso, aunque te lo haya dado un completo desconocido, no es nada extraordinario. Tranquilízate».

Estaba tumbada en la cama de su dormitorio en la villa mirando al techo, intentando considerar objetivamente lo que había ocurrido.

Las otras chicas se habían quedado preocupadas cuando a la vuelta de su excursión a la boutique se enteraron de lo que le había ocurrido a Candy; al principio, querían llamar a la policía, pero ésta se lo impidió debido a que ni sabía el número de matrícula de la moto ni tenía una adecuada descripción de sus ocupantes. Además, no había perdido nada, y el único testigo había desaparecido.

Lo había descrito como un transeúnte ya que le pareció más sensato no revivir el interés de Annie y evitar el aluvión de incómodas preguntas.

Annie condujo el Fiat de vuelta a villa Dante con excesivo cuidado; al llegar, Eliza y Luisa le ofrecieron té y pastas.

No obstante, mostraron su escepticismo cuando ella les habló de Tommaso. La idea general era que Candy tenía una dirección equivocada.

—¿Cómo el propietario de un sitio como éste va a vivir en un lugar así? —había preguntado Annie y Eliza tuvo que admitir que no era probable.

Al día siguiente intentaría hacer las averiguaciones pertinentes.

Sin embargo, Maddalena seguía sin dar señales de vida, lo que significaba que Annie y las demás tenían que preparar la fiesta.

Pero no esperaban la ayuda de Candy. Annie la había acompañado al piso superior, le había preguntado si necesitaba algo y luego, tras la educada negativa de Candy, se marchó.

Una vez a solas, Candy se había dado un baño de espuma para calmar su magullado cuerpo; sin embargo, no le resultó tan fácil hacerlo con sus sentimientos, pensó mientras se secaba y se cubría con una bata de seda amarillo limón.

La suya no era la mayor de las habitaciones, pero era la que tenía la mejor vista del valle y le gustaba la sencillez de la línea de los muebles y las pesadas cortinas color crema. Se le ocurrió que era un dormitorio de aspecto masculino. Quizá allí fuera donde Tommaso dormía; al pensar en ello, se le erizó la piel.

Alguien le había llevado una jarra de zumo de naranja y una caja de paracetamol mientras estaba en el baño. Era un gesto de verdadera amabilidad y quizá el comienzo de una nueva etapa en la que las relaciones con sus compañeras mejorarían.

Las tres eran más jóvenes que ella, aunque sólo por unos meses; perfectamente conscientes de su considerable atractivo y con la esperanza de pasárselo bien. ¿Qué había de malo en ello?

«Deberías dejar de ser tan crítica e integrarte más en el grupo», pensó Candy. «Disfruta de lo que tienes, empezando por la fiesta de esta noche. Recuerda que ahora estás sola, que no formas parte de una pareja».

Con la ayuda del analgésico, se durmió durante un rato, pero unos sueños extraños la asaltaron. En ellos aparecía un hombre alto con el rostro orgulloso y hermoso de un ángel caído.

Se despertó sobresaltada en el ocaso, con los brazos extendidos en busca de alguien.

Terry, pensó. Debía echar de menos a Terry.

No se sentía particularmente descansada y tenía el cuerpo dolorido. No le costaría mucho prescindir de las festividades de la noche y quedarse en la tranquilidad de su habitación; sin embargo, la soledad tampoco le resultaba muy atractiva.

La mayor parte de la ropa que tenía allí era informal, pero en el último minuto había metido en la maleta un vestido de noche.

Lo miró sin entusiasmo. Terry le había animado a comprarlo durante su última semana juntos. No era de su estilo, con falda corta y cuerpo ajustado, escotado por el pecho y la espalda en forma de uve, lo que no favorecía sus estilizadas curvas. Y tampoco le favorecía el rojo.

Parecía diseñado para una mujer muy diferente, y cuando vio a Terry salir de un elegante restaurante en Knightsbridge con su nueva novia, una morena de voluptuosas curvas, Candy se dio cuenta de en quién estaba pensando él cuando lo eligió.

Pero era el único vestido de noche que tenía, pensó mientras se abrochaba la cremallera, y quizá le hiciera bien ponérselo, como recuerdo de lo poco que su relación con Terry había significado.

Mientras se peinaba, Candy se dio cuenta casi desapasionadamente de que la magia de su relación había desaparecido de sus vidas antes de que Terry la abandonara.

Al principio, durante la euforia del enamoramiento, Candy ignoró el hecho de que hacer el amor con Terry no la llenaba de pasión y que Terry siempre parecía más preocupado por obtener su propia satisfacción que la de ella. Invariablemente, ella quedaba anhelando un clímax con el que sólo soñaba, pero sin haberlo experimentado en la realidad.

¿Cómo era posible que lo viera ahora todo tan claro? Se preguntó confusa.

Porque hoy un hombre la había besado, alguien a quien no volvería a ver; y en esos momentos, cuando la boca de él se apoderó de la suya, Candy se había estremecido hasta lo más profundo de su ser con una excitación desconocida hasta entonces para ella.

El intruso de sus sueños no había sido Terry, sino ese desconocido, había querido de él más, mucho más que un beso.

Se miró en el espejo y, de nuevo, se llevó la mano a los labios.

«Dios mío, ¿qué me ha pasado?» Pero no encontró una respuesta en su corazón.

A pesar de sus buenas intenciones, Candy no se integró en la fiesta.

Los invitados llegaron con una caja de diferentes vinos y la música era rock.

Luisa había preparado una enorme fuente de espagueti carbonara, que comieron en el comedor. Candy parpadeó cuando vio a Stear apagar un cigarrillo en una esquina de la mesa con sumo descuido.

—Este sitio es fabuloso —comentó Archie, recostándose en el respaldo de la silla—. Habéis tenido una suerte increíble encontrando una casa justo al lado del bosque. Cuando mis padres vinieron aquí por primera vez en busca de una casa para las vacaciones, descubrieron que todo este distrito pertenece a una familia que se apellida Andley, unos banqueros de Florencia, y que no estaban dispuestos a vender ni un trozo de tierra ni un ladrillo.

—¿Andley? —repitió Candy con el ceño fruncido—. Qué coincidencia tan extraña, hay un pájaro tallado en piedra a la entrada de la casa que parece un aguila. ¿Tendrá algo que ver con esa familia?

—Candy está interesada en los edificios viejos —dijo Luisa en tono paternalista—, le gustan esas cosas.

Niel se inclinó hacia delante. Era alto, rubio y mayor que los otros.

—Podría venir al presente y prestarme atención.

Todos se echaron a reír, pero Candy notó los ojos de Niel fijos en su escote y se sintió incómoda.

Archie tomó una de las botellas que había en la mesa.

—O podría prestar atención a esto, un Chianti Roccanera, uno de los productos locales de la familia Andley—su tono de voz se tornó reverente—. Mi padre me mataría si se enterase de que le he quitado este vino.

Annie alzó su copa.

—En ese caso, brindemos por el padre de Archie y por todos los Andley. Y por nuestro casero, Tomasso Moressi.

Cuando la cena terminó, enrollaron las alfombras del salón y bailaron mientras Candy los observaba con desapasionado interés, algo que desagradó a los demás.

Annie se emparejó con Greg, con quien había estado coqueteando en el avión y que no parecía tener novia. Pero la novia de Archie, Sue, lo miraba furiosa mientras éste reía con Luisa. Y Eliza intentaba abiertamente quitarle Dava a Clare.

Al darse cuenta de que Niel se encaminaba directamente hacia ella, Candy decidió dedicarse a limpiar los restos de la cena. Parecía como si al comedor le hubiera caído una bomba, pensó mientras recogía los platos sucios. Había comida por todos lados y el vino derramado en la mesa había caído al suelo. Habían tirado una lámpara de mesa y también habían roto un jarrón de precioso cristal.

Y la cocina tenía aún peor aspecto. Luisa parecía haber utilizado todos los cacharros de cocina para preparar los espagueti.

Candy suspiró, se sujetó un trapo a la cintura a modo de delantal, y se puso a trabajar.

El ruido de la fiesta pareció disminuir y, de repente, oyó risas procedentes de fuera. Cuando fue a ver a qué se debían, los encontró a todos tumbados junto a la piscina.

Era una noche cálida y el cielo estaba cubierto de estrellas. Habían encendido lámparas de ornamentación y alguien había cambiado la música de rock por otra más suave.

Greg y Annie bailaban lentamente y pegados el uno al otro. Él le estaba besando el cuello y, al mismo tiempo, le bajaba los tirantes del vestido.

Luisa y Eliza estaban en el agua con Archie y Stear, todos desnudos. La expresión de Sue era gélida mientras los observaba, y Clare se estaba mordiendo los labios y conteniendo unas amargas lágrimas.

«Vamos a tener problemas», pensó Candy con resignación. «La verdad es que no me gustaría verme envuelta en esto».

Al darse la vuelta para alejarse, se encontró con que Niel le bloqueaba el camino.

—¿Escapándote de nosotros?

Candy alzó la barbilla.

—He pasado un mal día, creo que me voy a la cama.

—Qué estupenda idea —Niel le dedicó una significativa sonrisa—. Te haré compañía.

Ella no le devolvió la sonrisa.

—Creo que será mejor que te quedes con tus amigas —Candy indicó con la cabeza a Sue y Clare—, no parecen muy felices.

—Pueden cuidar de sí mismas. Llevo toda la noche observándote y sé que te pasa algo. ¿Cuál es tu problema?

—No tengo ninguno y, si no te importa, me gustaría marcharme.

—Pero sí me importa —la voz de Niel se endureció ligeramente—. Hagan lo que hagan mis amigos esta noche, mañana harán las paces con Sue y Clare. Ya he pasado por esto en otras ocasiones. Yo me quedo contigo, me interesas.

—Lo siento, pero no es mutuo —declaró ella fríamente.

Candy se volvió con intención de retirarse, pero Niel la sujetó por los hombros y la hizo girar hasta quedar de cara a los otros.

—La dama quiere marcharse —anunció Niel—. ¿Qué os parece?

—Vamos, déjala en paz —gritó Luisa—. No vamos a perdernos nada.

—No, tírala aquí —gritó Archie con voz espesa por el alcohol—, se lo tiene merecido por estropear la fiesta.

—Pero no le estropees el vestido —añadió Greg riendo, y Annie se le unió.

—Quítaselo, quítaselo, quítaselo —comenzaron a gritar todos al unísono.

Sólo Sue y Clare se mantuvieron en silencio.

Candy se quedó de piedra cuando sintió las manos de Niel en la cremallera del vestido antes de que éste comenzara a bajarle por los hombros.

—No —frenéticamente comenzó a dar patadas hacia atrás con el tacón de las sandalias.

Niel lanzó un juramento y la soltó momentáneamente, lo que fue suficiente.

Candy se liberó, rodeó la piscina corriendo y fue a ocultarse en la oscuridad del jardín, la desesperación aumentó su velocidad.

Tenía la loca idea de llegar hasta el coche que estaba aparcado a un lado de la casa. Pero algo volvió a bloquearle el camino. O alguien, pensó cuando la capturaron.

Debía ser Greg. Como poco, iban a desnudarla y a tirarla a la piscina, y se revolvió contra esa idea.

—Suéltame —comenzó a forcejear con fiereza—. He dicho que me sueltes, maldita sea.

Sta'a zitto —la grave voz le resultó familiar—. Cállate y no te muevas.

—¿Usted? —Candy miró en la oscuridad y vio aquel rostro aristocrático que la llenó de alivio—. Es usted.

Involuntariamente, se encontró apretada contra él y con el rostro oculto en su pecho mientras trataba de recuperar la respiración.

Durante un momento, él le permitió que se quedara como estaba; después, la apartó de sí y caminó hacia la zona iluminada.

Todas las cabezas se volvieron hacia él. Las risas y los gritos murieron y les siguió un intenso silencio en el que retumbó su voz, suave y fría.

—Soy Albert Andley y ésta es mi casa. ¿Puedo saber qué están haciendo aquí?

—¿Su casa? —Annie fue la primera en romper el hechizo que la aparición de aquel hombre había causado—. ¿Qué demonios está diciendo?

—Tranquilos —intervino Archie—. Es él, el conde Andley.

—No me importa quién sea —contestó Annie—. Esta casa es de Tommaso Moressi y se la hemos alquilado a él.

—Está equivocada, signorina —la voz del conde Andley era como el acero—. Ese hombre que acaba de mencionar, Moressi, es el sobrino de mi criada Maddalena y no es propietario de nada, a parte de lo que pueda robar. Espero que no hayan sido tan ingenuos como para pagarle.

—Me temo que sí —dijo Candy con voz vacía mientras que, con temblorosas manos, se colocaba el vestido—. Le hemos pagado tres semanas de alquiler por la casa, el coche y los servicios de la criada. Pero la criada ha desaparecido, igual que el señor Moressi.

—No lo dudo —Albert Andley se encogió de hombros—. Estoy seguro de que se enteró de mi regreso y por eso se han marchado. Pobre Maddalena, siempre ha mimado a ese idiota.

—¿Pobre Maddalena? —repitió Luisa con voz estridente—. Y a mí qué me importa eso. ¿Qué hay de nuestro dinero?

Había salido de la piscina y los rasgos del conde se contrajeron de desagrado al verla.

—Haga el favor de vestirse inmediatamente, signorina —ordenó el conde con gélida formalidad—. Siento que hayan sido las víctimas de un timo, pero eso no es problema mío. Me temo que deberán salir de mi casa inmediatamente.

Albert Andley miró a su alrededor y añadió con el ceño fruncido:

—¿Se alojan todos aquí?

—No —Archie se estaba poniendo su ropa—. Mis padres tienen una casa cerca de Lussione.

—En ese caso, le sugiero que vaya allí y se lleve a sus amigos —dijo el conde.

—No —la negativa de Candy fue seguida por la de Sue y Clare.

—Como lleves a estas chicas contigo te dejo —dijo Sue, mirando furiosa a Archie.

El conde sonrió.

—En fin, sugiero que resuelvan sus problemas en privado antes de que me vea forzado a llamar a la policíase miró el reloj—. ¿En quince minutos?

Mencionar a la policía tuvo su efecto. En cuestión de segundos, la zona de la piscina quedó vacía y las ocupantes de villa Dante subieron a sus habitaciones a hacer las maletas.

Cuando Candy atravesó la puerta del salón, oyó la furiosa discusión entre Archie y los otros. Niel se apartó del grupo y se acercó a ella.

—No te preocupes, cielo —dijo mirándola de arriba a abajo con maliciosa sensualidad—, no te va a pasar nada. Tengo una habitación en casa de Archie y te cuidaré si eres más cariñosa conmigo.

—Por encima de mi cadáver —dijo ella con gélida claridad y se fue a su habitación subiendo las escaleras de dos en dos.

Mientras metía la ropa en las maletas, se dio cuenta de que tendría que volver a Pisa y tomar un avión de vuelta a casa, no había otra alternativa.

Después, entró en el baño para recoger sus artículos de aseo.

Al volver al dormitorio, se dio cuenta de que no estaba sola, Albert Andley la observaba desde el umbral de la puerta.

—No es necesario que me vigile —dijo ella rápidamente, consciente de que hablaba con la respiración entrecortada—. Ya casi he terminado.

—Ya veo —él se quedó en silencio durante un momento—. ¿Tantas ganas tiene de ir a Lussione?

—Sabe perfectamente que no —Candy metió el neceser en la maleta y la cerró.

—¿No? ¿No quiere ir con sus amigos?

Candy se mordió los labios.

—No son mis amigos.

El conde arqueó las cejas con expresión escéptica.

—Sin embargo, he notado cierto nivel de intimidad para no ser sus amigos.

Candy se sonrojó al recordar lo que él debía haber visto exactamente.

—Son sólo unos tipos que conocimos en el avión. Annie y las otras chicas querían dar una fiesta y les han invitado a venir esta noche.

—Sí, ya he visto los restos de la fiesta; sobre todo, en el comedor.

—No me ha dado tiempo a limpiarlo —admitió Candy débilmente—, pero he arreglado la cocina. En cualquier caso, pagaremos con placer los desperfectos que hayamos causado.

El se echó a reír.

—No sea inocente, signorina. Tanto la lámpara como el jarrón eran antigüedades de incalculable valor.

A Candy se le encogió el corazón.

—Bueno, supongo que todos podríamos contribuir. Además, si la policía encontrase a Tommaso Moressi, podríamos recuperar el dinero y dárselo a usted.

—Creo que Tommaso debe estar ya muy lejos —comentó Albert Andley secamente—. Y habrá dejado a su desgraciada tía para que cargue con las consecuencias como de costumbre.

Candy miró al suelo.

—Ahora comprendo por qué no quería que estuviéramos aquí, parecía asustada.

—Sí, me lo imagino —dijo él burlonamente—. No obstante, era una apuesta bastante segura. Yo no tenía planes de venir a la villa hasta la vendimia, lo he hecho debido a ciertas circunstancias. Lo siento por usted, signorina, podría haber disfrutado sus vacaciones sin enterarse de que su alquiler de la casa era ilegal.

—No creo que disfrutar sea la palabra adecuadadijo Candy, estremeciéndose.

—¿No? —esos ojos azules la examinaron con expresión reflexiva—. Sin embargo, está vestida para una noche de placer.

Candy apretó los dientes. El maldito vestido.

—Una terrible equivocación como este viaje —forzó una sonrisa—. Además, que intentaran robarme ha sido la gota que ha rebosado el vaso. Lo último que me faltaba era que me hayan timado.

—¿Cómo conoció a Moressi y se enteró de este lugar? —preguntó el conde con curiosidad.

—Las otras chicas solían ir a una pizzería después de la clase de italiano, el encargado de la pizzería lo arregló. Él y Tommaso debían estar compinchados —Candy guardó silencio durante unos momentos—. Me entraron dudas respecto a él tan pronto como pusimos los pies en Pisa y, cuando vi esta casa tan bonita, me pareció aún más raro. No cuadraba.

—En fin, ¿cuál es la alternativa a Lussione para usted?

—Pisa —contestó ella con decisión—, y el primer vuelo que encuentre para Inglaterra.

—Eso podría ser problemático, estamos en temporada alta. Le resultará difícil conseguir vuelo.

Candy se encogió de hombros.

—En ese caso, buscaré una pensión mientras encuentro un billete.

—¿Puede permitirse pagar una pensión?

No era fácil engañar al conde.

—No tengo otra alternativa —Candy le lanzó una mirada desafiante.

—Me alegro de haberle leído el pensamiento —dijo él con voz queda.

—¿Qué quiere decir? —de repente, Candy se quedó inmóvil.

—Que sus amigas se han marchado. Les he dicho que no iba a ir con ellas.

Candy se lo quedó mirando y, súbitamente, se dio cuenta de lo silenciosa que estaba la casa.

—¿Quiere decir que me han dejado sola? ¿Sin despedirse?

Él sonrió, había algo pagano en la curva de su boca.

—Sola no, signorina. Se le olvida que yo también voy a estar aquí. De ahora en adelante, es mi invitada. Y también mi acompañante.


tadaannn! que les parecio? Que tal esta nueva faceta de Albert jejejejeje

a mi me encanto! jaajajaja Q querra e conde de Candy? y que hará Candy?

no se lo pierdan en el proximo capitulo de En busca de una esposa!

por cierto agradezco todos los Reviews! aun el del GUEST que me dijo que no me metiera con su Terry n.n, diciendole lo siguiente: No me estoy metiendo con nadie, pero así es como quedara la adaptacion, espero que la disfrutes y si no, no tienes por que leerla, pienso que no es necesario insultar a la gente, pues esta no siempre hará lo que nosotros queramos, asi que lind ten mas respeto por los demas que nuestra forma de comportarnos habla mucho de nosotros n.n, espero que estés muy bien.

Besos a Todas, las quiere Nani! :*