Esto es ficción, no tiene nada que ver con la realidad los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, yo solo juego con ellos, y de paso los manipulo y los hago sufrir , solo a veces...

"Que el cielo nos impida hacer sufrir a Edward"

***

Summary: Han pasado diez años después de aquel "felices por siempre" al termino de amanecer. Hoy Edward debe lidiar con una hija adolescente y una esposa que se empeñará en ocultarte un gran secreto. Sin ser conciente de que aquella debilidad sería la causante de llevar a la ruina a su familia, y con ella al resto de los Cullen. Anteponiendo los deseos de su cuerpo por sobre la razón.


A la espera del Anochecer

Vaticinio

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Edward Pov:

Mis recuerdos desde mi despertar a esta no vida eran escasos, pero podría asegurar que los labios de mi ángel poseían una dulzura superior a la miel más concentrada. Continué bebiendo de sus besos y dejándome guiar por sus caricias. Sin embargo, la curiosidad me embargó y detuve mi labor para probar la maravilla de la que acabamos de ser testigos.

— ¿Puedes hacerlo de nuevo? — pregunté.

Esperé, intentando simular mi ansiedad.

— No puedo mantenerlo si tengo la mas mínima distracción — me advirtió, anticipando mis intenciones.

— Seré bueno — prometí solemne.

Frunció sus labios y sus hermosos ojos, los que poco a poco comenzaban a pasar de un tono bronce traslúcido a un ámbar indefinido, se estrecharon.

Su esfuerzo me enterneció en sobremanera, y no pude más que sonreír ante su gesto de dádiva. Mentiría si dijese que no anhelaba conocer sus pensamientos. ¡Yo quería saberlo todo de ella!

Posó sus pequeñas manos sobre mi rostro nuevamente, y no tengo la menor idea de cómo lo hizo, pero al instante su mente se abrió para mi, mostrándome la primera noche de su vida como no humana, pensé que aquello me llenaría de euforia, pero aquello era imposible. No teniendo a mi mujer a escasos centímetros de mi cuerpo.

No pude controlarme más y estampé mis labios sobre los suyos, besándola con urgencia, gemí cuando sonrió contra mi boca jadeando.

— Joder— gruñí contra la piel de su cuello. Su mente era un misterio para mí y quería conocerla, pero en este instante sus pensamientos deberían esperar. Me dediqué a besar de forma voraz el borde de su mandíbula, disfrutando la textura de esta, como un esclavo agradecido por las limosnas de su amo.

— Tenemos mucho tiempo para trabajar sobre ello — me recordó

— Siempre, siempre y siempre— murmuré, sin prestar real atención a sus palabras me encontraba demasiado interesando en degustar su cuerpo.

— Estoy totalmente de acuerdo— afirmó convencida, mientras con sus delgadas, pero muy fuertes manos, desgarraba por completo mi camiseta.

Diez años después

(Londres)

¡Nos vemos en instituto! — gritó mi hija, antes de acomodarse el casco y envolver las caderas del licántropo con sus piernas. Ni aunque pasase un siglo conseguiría acostumbrarme a presenciar escenas como estas. Dos segundos más tarde, el rugido de una moto nos alertaba de forma soberbia su partida, sólo, para ser seguida instantes después por el convertible rojo de Rosalie.

— No puedo hacerlo. ¡No soy capaz de aceptarlo! — Susurró mi esposa. Sin poder evitarlo me quede idiotizado observando su largo cabello rojizo moviéndose con rebeldía al ritmo que el viento, en conjunto con la velocidad suministrada por su vehículo, le proporcionaba.

Los rizos que se formaban en sus puntas me hacían recordar la herencia que mi ángel había dejado en ella. Podría haber heredado mi tonalidad de, pero la texturas y forma de esos bucles era obra y gracia de mi Bella.

Me obligué a dejar mis cavilaciones de lado para responder a mi mujer, quien a estas alturas se encontraba desconsolada.

— Claro que podrás amor. Además ella es grande, sabrá cuidarse, no olvides que Emmet y Rosalie estarán con ella. Y por mucho que me cueste admitirlo también está Jacob, y eres tan testigo como yo, de que tu amigo-tuve que morderme la lengua para no utilizar otro sinónimo en presencia de mi esposa- no se despega un solo minuto de ella, razón suficiente para sentirnos en paz ¿No crees?

Sí, el chucho nos había seguido hasta Londres, debía admitir que el perro había hecho meritos suficientes para ganarse no sólo mi gratitud sino mi aprobación, y por mucho que me doliese aceptarlo mi pequeña hubiese sido increíblemente desdichada sin su compañía. Y aquello dolía.

Dolía saber que ni Bella ni yo seríamos suficiente para nuestra hija, pero esto era algo que tenía que pasar, por mucho que intentase ver a Renesmee como la niña de diez años que se suponía que era, aquello me resultaba prácticamente imposible. Su apariencia era la de una joven de diecisiete, y aquello hacía más difícil mi situación.

Yo no pretendía ser el padre celoso y posesivo, pero tampoco le entregaría a mi tesoro en bandeja de plata a ese chucho maloliente. Disimular mi desconfianza para con el perro, era sin dudas un sacrificio que valía la pena con creces. Ya que gracias a eso mi hija y yo habíamos desarrollado una relación padre e hija de la cual me sentía sumamente orgulloso.

Era más que amistad, era entrega y confianza, gratitud y cariño. Era casi tan cercana como la que Nessie mantenía con Bella, aunque sería un idiota si dijese que ella me contaba absolutamente todo. Obviamente había detalles que pasaba por alto y prefería confiárselos a su madre.

— No es lo mismo Edward. Es mi hija, y esta será la primera vez en la que nos separemos de ella.

— Bella, ambos sabemos que esto es lo que ella pidió. Renesmee optó por tomar el nivel de Senior para compartir clases con Jacob y contra eso no hay nada que podamos hacer.

No hacía falta añadir que lo que verdaderamente motivaba a nuestra hija a simular más edad y tomar el curso de senior era que le incomodaba en suma manera compartir las clases con nosotros. Al parecer ella prefería saltarse el nivel junior para así evitarse compartir la asignatura con sus padres.

Simplemente maravilloso. Leer la mente de mi hija no era algo que me alegrase en momentos como estos.

— Cielo, sólo serán unas horas, Además debes ver el lado positivo de todo esto.

— ¿Y cual sería?

— Compartiremos todas las asignaturas.

— Casi todas— me corrigió mi niña antes de envolver mi cuello con sus brazos y cambiar su semblante antes cargado de preocupación por una deslumbrante y sensual mirada.

— No olvides que escogí literatura y no biología— añadió dichosa por la certeza y veracidad de sus palabras, como si aquel detalle fuese de vital importancia.

— Lo olvidaba, serán los noventa minutos más largos de mi existencia— musité contra sus labios, mientras comenzaba a sumergirme nuevamente en el almíbar de sus besos.

— Edward, debemos ir…— musitó mi esposa, me separé a regañadientes de ella, respetando de esa forma su decisión. Sabía que no me costaría mucho convencerla de que nos quedásemos.

Bastaría clavar mi vista sobre ella y sumergirme en aquel mar ambarino. Bella solía decir que yo la deslumbraba, y lo cierto era que ella era quien me dejaba absorto cada vez que me sumergía en sus dos grandes luceros.

Tal vez sus ojos ya no eran de aquella tonalidad chocolate que en un primer momento me pareció el caoba más profundo y sincero que mi mente podía concebir. Sin embargo no importando el color, aquellos pozos ahora teñidos del más atrayente topacio eran todo cuanto necesitaba para robarme el aliento.

— Dios, esto será demasiado incomodo— Murmuró mi ángel conforme entrábamos por las puertas de la escuela. Ya habíamos ido por nuestros horarios así que nos dirigíamos a nuestra primera asignatura. Calculo.

— ¿Por qué? — Pregunte enarcando una ceja. Después de todo, ella había desistido de disfrutar el día en mi compañía, por venir al instituto para velar por nuestra hija…

— Odio la manera en que nos ven todos— Susurró y su agarre se hizo más fuerte en mi mano. Yo mejor que nadie sabía que Bella odiaba ser el centro de atención, pero dado nuestro… estilo de vida, aquello era prácticamente imposible.

— "Uh… los chicos nuevos. Se ven tan… wow."

— "Vaya… carne fresca ¿Me pregunto si ella aceptara una cita conmigo?"

— "¿Y si le hablo después de clases? Tal vez me dé su número, salgamos el viernes y bote a su noviecita."

— "Hay, espero que el chico me toque en alguna asignatura"

Los pensamientos eran básicamente los mismos cada vez que entrábamos a una nueva escuela. Gente deseosa de hablarnos, pero cuando lo hacían se llevaban una gran desilusión, en parte por nuestras actitudes frías, también ayudaba el hecho de que no teníamos inconveniente alguno en hacer evidente el hecho de que teníamos pareja, fuese cual fuese el caso, el resultado final es que optaban por dejarnos en el olvido.

Así había sido siempre, y no cambiaría. Más aquello no quitaba que odiase la manera lasciva en que toda la población masculina solía pensar en mi esposa. Era lo más cercano a ver páginas de revistas pornográficas y en los peores casos, su imaginación era tal que se asemejaba a una verdadera película playboy. Tal vez pudiese aceptar lo que pensasen de mi, pero aguantar que se refiriesen a mi mujer de esa forma se me hacía imposible, aún cuando sólo fuese por medio de sus pensamientos.

Entramos al salón de clase, y el profesor aun no llegaba, así que fuimos hacia los asientos de la última fila. A pesar de ser poseedora de una sobrenatural belleza inigualable, mi ángel mantenía su vista clavada en el piso, demostrando por medio de este gesto que todo cuanto deseaba era desaparecer.

Sabía muy bien que lo único que le proporcionaba un poco de tranquilidad era que Renesmee y mis hermanos se encontraban en la escuela. Aunque claro en diferentes asignaturas.

Me deje caer sobre mi asiento y mi esposa se sentó a mi lado. Los dos disfrutábamos del dulce silencio, aunque claro dentro de mi mente este se veía interrumpido por los constantes gritos de la población femenina del salón.

Bella saco su libreta y comenzó a hacer trazos sin sentido, algunas veces haciendo corazones y flechas en otras se limitaba a dibujar espirales. Verla así, tan ensimismada, con su cabello interrumpiendo de forma abrupta la hermosa vista de su rostro me hacia recordar a la época en que mi ángel aún era humana. Cuando me divertía en clases, viéndola ruborizarse y removerse incomoda por mi mirada.

Levantó su semblante y me sorprendió observándola. Yo le regale aquella sonrisa que ella había proclamado como suya y ella me sonrió de igual forma, deslumbrándome en el acto.

Me sentía como si verdaderamente nos encontrásemos rodeados por una burbuja, una esfera privada en la que gozaríamos del otro sin la interrupción de nadie más, sin sonidos molestos, ni distracciones, ni intrusos.

Jamás me cansaría de mirarla, y me faltaría vida para apreciar de forma apropiada la perfección de sus facciones. Me encantaba la forma almendrada que caracterizaba a sus ojos y lo pequeña y respingada que resultaba su nariz, todo su semblante amoldado de forma idónea otorgándole un aspecto que lejos de ser otra mujer sexy le concedía una imagen sin precedentes, sensual y gloriosa, de belleza soberana.

Sexy por inercia, sin siquiera intentarlo, sin forzarlo, ella era dueña de una apariencia sublime, única, y por sobre todo era mía.

Sonreí ante aquella verdad indiscutible y no hice nada por evitar el suspiro que brotó de mis labios.

Amaba sus pómulos marcados y sus labios sonrosados los cuales podría besar todos los días que quisiera, de aquí a la eternidad. Adoraba su larga y ondeada cabellera caoba, me fascinaba la apariencia frágil que poseía su cuerpo, era como si el mismísimo Miguel Ángel la hubiese pintando, claro está que mi esposa pese ser vampiro estaba lejos de sentirse hermosa, ella continuaba con la idiota y ridícula idea que aún siendo ambos iguales, indestructibles e inmortales, yo seguía siendo demasiado para ella. Cuando el único demonio no merecedor de un ángel divino había sido yo, y no bastándole con eso ella me bendice con el segundo regalo más preciado después de ella, una hija.

Tanta felicidad inmerecida me parecía imposible, y el arrebato de emociones del que fui preso se me hizo imposible de simular. A velocidad inhumana junté más nuestras sillas, al punto de que nuestras caderas se rozasen e incliné mi boca hacia su oído.

— Te amo— Le susurré.

— Te amo— Contestó y cada vez que esas palabras brotaban de su boca sentía que el corazón daba un latido imaginario. Jamás conseguiría acostumbrarme a oír aquel conjunto de fonemas, no existirían días suficientes para acostumbre a recibir aquella confesión, que por muy cotidiana que pareciese envolvía en sí el secreto de mi existencia, el motivo de mi permanencia en esta tierra. Mi felicidad, su amor por mí.

En ese momento entro el profesor y tuve que romper el contacto visual con Bella para poder presentarnos. Todas las miradas se encontraban fijas en nosotros y apostaría mi Aston Martin a que si ella fuese humana a estas alturas su inocente rostro se encontraría ardiendo en llamas.

Nos presentamos, o mejor dicho nos presente ya que ella no estaba del todo dispuesta a hablar.

Solté un largo suspiro. Algo me decía que este día de clases sería demasiado duro para nosotros. Al instante Bella a mi lado suspiro de regreso, como si fuese consciente de lo que yo había pensando.

Cuatro clases, cuatro profesores, muchos pensamientos incoherentes y mil suspiros de cansancio después nos encontrábamos sentados en una de las mesas de la cafetería.

Todos los ojos, como siempre, estaban posados en nosotros. Todos los pensamientos incoherentes, curiosos y sobre todo sexuales, iban y venían como se tratase de una carretera y sus vanas ideas fuesen los autos.

En algún momento dentro de todas las clases llegue a arrepentirme de haber venido, nuevamente cortesía de inescrupulosos y hormonales humanos imaginando a mi esposa, bien, pues ahora estaba literalmente seguro que había sido una mala idea venir. En todas partes podía ver tanto a Bella como a Renesmee en toda clase de posiciones, con diferentes chicos, utilizando artefactos de los cuales acababa de descubrir su existencia, en situaciones que simplemente me hacían volver el estomago.

"¿Papa?" — Preguntó mi lucero y me gire a verla con una sonrisa.

"Es un asco ¿Cierto?" — Volvió a pensar y yo sólo asentí.

¿Es que acaso era tan evidente que estaba a punto de matar a todos los hombres de esta cafetería?

Los hermosos ojos de mi esposa me veían con preocupación. Yo le sonreí y la bese suavemente en los labios para que no se preocupara. No quería que estuviese más nerviosa de lo que ya estaba y añadirle una carga más, que de por sí era innecesaria.

La siguiente clase la tendríamos separados, así que era necesario que la tranquilizara en esta hora, porque no estaría con ella más tarde. Bella no era muy propensa a estar en público, y el hecho de estar sola durante noventa minutos, en un salón lleno de humanos le añadía más nerviosismo a su situación.

La tome de la mano y me la llevé la boca, bese sus nudillos lentamente y soplé sobre estos mi aliento. Mi sello, mi huella, no se trataba de marcar el territorio. Se trataba de dejar una parte de mí en ella.

Todos en la mesa estaban sumergidos en sus propias burbujas. Emmett platicaba con Rose, Alice con Jasper y para mi mala fortuna Jacob con Rennesme. Sí, le debía la vida de mi mujer, la de mi esposa, y aquello en resumidas cuentas significaba que le debía la mía propia, pero aún así me resultaba difícil aceptar su relación con mi pequeña.

Mi Bella observaba a nuestra hija con orgullo desmedido, al igual que todos los que estábamos presentes en la mesa. Nadie podía creer realmente que ella hubiese crecido tan rápido y se hubiese convertido en una mujer tan hermosa.

— ¿Amor? — Pregunté, mientras besaba su frente

— ¿Estarás bien en la clase? — musité contra su piel. Reticente a alejarla de mí.

Si… digo, no es como si quisiera matar al profesor cuando entre ¿Cierto?.

Respondió con otra pregunta, regalándome en el acto una dulce sonrisa.

Ante sus palabras yo dejé escapar una risa. Mi niña jamás contestaba lo que yo esperaba.

Continuamos platicando así por un rato, de vez en cuando haciendo bromas entre nosotros y riendo de alguna idiotez de Emmett. Amaba a mi familia, los adoraba, ellos lo eran todo para mí.

A veces me dedicaba a observarlos de forma discreta, secretamente me deleitaba al escuchar sus risas y ocurrencias, eran como el vivo ejemplo de la alegría de la que éramos partícipes.

Cuando faltaban cinco minutos para que el timbre sonara, nos levantamos de la mesa.

Cada quien dirigiéndose a la clase que le tocaba. Yo acompañe a Bella hasta la puerta del aula de Literatura, quería estar con ella el tiempo que pudiese. Esos noventa minutos siguientes terminarían matándome.

Entonces recordé una frase de aquel libro que pese a haber leído ambos, obviamente era ella quien gozaba en mayor cantidad de su lectura.

Sin importarme lo que pensase el resto del alumnado posé ambos brazos sobre sus hombros, a ambos costados de su cabeza y me incliné hasta que mis labios rozaron su oreja.

— "Mi pecado en tu boca se ha purgado" — cité en un susurro.

— "Pecado que en mi boca quedaría" — respondió presumida. Succioné con premura el lóbulo de su oreja y continué descendiendo, rozando con mi nariz la curvatura de su cuello.

— "¿Pecado de mis labios?"— pregunté a sabiendas de que me correspondía el siguiente texto, en honor a la obra de Shakespeare.

— Me reprochas con dulzura— musité contra la piel de su cuello. Para al instante devorar sus labios en un beso hambriento cargado de necesidad. Serían noventa minutos…cinco mil cuatrocientos segundos apartado de su lado. Simplemente más de lo que un vampiro enamorado es capaz de soportar.

— "¡Devuélveme… mi… pecado!"—gemí contra su boca, demasiado extasiado para citar aquella frase de forma adecuada.

Pensé que sería difícil romper el beso, que mi mujer lo aceptaría a regañadientes, pero para mi sorpresa, fue ella misma quien le dio fin.

— Bella — aún a sabiendas de que no sería necesario tomé su cara entre mis manos con extremado cuidado y delicadeza y deposité un casto beso en su mejilla

— Si pasa algo, lo que sea, háblame. Estaré al pendiente.

Mi ángel me observó por un largo segundo antes de asentir con la cabeza. Me di la vuelta para irme, pero antes de que pudiese siquiera reaccionar me tomo del brazo, se levanto de puntillas y me besó.

Yo sonreí contra sus labios, adoraba la forma en que ambos nos complementábamos en todo.

Después de varios segundos, o tal vez minutos, nos separamos, bese su frente suavemente y me fui corriendo a la siguiente clase, obviamente manteniendo una velocidad humana.

Estupendo, el primer día y llegaba tarde. Por suerte en el caso de Bella su profesor no había llegado aún, por lo menos ella no se metería en problemas.

Llegue a mí salón con el profesor casi pisándome los talones y me senté en la última mesa. No tenía compañero de banco, por lo que no tuve que disimular mi repentina ansiedad al dejar disminuido en aserrín el borde de la silla. Por suelte mi bolso cubrió encubridor improvisado de la evidencia.

¿Cómo lo estaría llevando Bella?

La clase se tornaba cada vez más aburrida, pero por sobre todo tormentosa, los pensamientos de la maestra para conmigo eran demasiado desviados.

Tendría que tomar cartas en el asunto seriamente, ya que mi hija se vería expuesta a mantener clases con esta docente. Al parecer en este instituto los pensamientos de connotación pedófila abundaban entre el resto de los profesores.

El resto de la hora me la pase divagando. Pensando en mi Bella ¿Qué estaría haciendo en este momento? ¿Se divertiría en esa materia? Por supuesto, ella siempre se había mostrado amante de la literatura, así que era muy probable que lo estuviese disfrutando más que yo en biología.

¡¿Por qué demonios no inscribí en su asignatura cuando tuve oportunidad?!

En mi vida pasada, o por lo menos en lo que recuerdo, jamás pensé que pudiese amar a alguien tanto como a aquella vampira que me había robado el alma.

¿Por qué el amor había esperado cien años para llamar a mi puerta?

¿Por qué las cosas se dieron justo en ese instante? Sobre todo con ella, una frágil y rompible humana.

Mi mente barajaba una serie de porqués sin responder.

Sabía que jamás conseguiría contestación para las interrogantes que se formulaban en mi cabeza, simplemente todo había sido obra del destino, aquel que tenía escrito que yo me enamorase de Isabella Marie Swan de una forma arrebatadora y desmedida, aún en su calidad de humana. Por más que intentase convencerme de que había sido egoísta y vil… no me arrepentía de aquello. Y de forma milagrosa, mi esposa me amaba de igual forma, con el mismo ímpetu y arrebatador entusiasmo. Con la misma pasión y rebosante dulzura.

Claramente yo no jamás sería merecedor de una deidad como ella.

Mi vista iba y venía una y otra vez en dirección hacia el maldito reloj colgado en la pared sobre la pizarra. Riéndose en mi cara ante la dilatación de su cometido y arrastrando cada una de sus insulsas manecillas con soberana lentitud. Los minutos se pasaban soberbios con velocidad inexistente, como si esto fuese un castigo por estar tan apegado a mi esposa. Quería saber como lo estaba llevando, que estaba haciendo, que pensaba, si la clase había resultado de su agrado o no.

Dios, era en momentos como este en los que odiaba que mi esposa escudase sus pensamientos.

Bloquee todas las insubstanciales mentes a mí alrededor, ya que eran se habían vuelto demasiado molestos, o tal vez se debiese a que el estar lejos de Bella me volvía irritable.

Sólo quedaban diez malditos minutos de esta clase y necesitaba salir tranquilo, o juraría que mataría a alguien en el camino. Podía hacerlo, debía, después de todo no sería un gran suceso. Únicamente tenía que conseguir mantener la calma los restantes diez minutos, seiscientos segundos no deberían resultar un gran trabajo.

Comencé a guardar mis cosas esperando efusivamente que el timbre tocase, anunciando el término de esta tediosa jornada. Oí como la maestra enviaba un trabajo para la semana siguiente, mas no me moleste en anotarlo, ya tendría tiempo de ponerme al corriente. Ahora lo único que quería, era ver a mi mujer y mi hija.

De forma maniática comencé a contar los segundos restantes en forma regresiva hasta que finalmente el estruendo chillido de aquel timbre sentenció a la parlanchina mujer.

Salí rápidamente del salón y caminé con paso firme en dirección al aparcamiento donde todos mis hermanos, mi hija y el chucho me esperaban. Sin embargo, me extraño no encontrar rastros de mi Bella en aquel sitio.

Llegue a donde ellos se encontraban y me gire para observar a la multitud de alumnos que salían por las puertas.

¿Se habría quedado haciendo algún trabajo extra? ¿Acaso había tenido algún problema?

¡¿Dónde estaba mi esposa?!

— Edward ¿Y Bella? — Preguntó Emmett a mis espaldas.

— No lo sé. ¿No la has visto? — Mis ojos seguían vagando entre la multitud, en búsqueda de algún indicio, alguna señal, un pensamiento, algo.

— Es tu esposa ¿Y no sabes donde está? — Se burló Emmett, mientras me daba un leve golpe en el hombro. Sin embargo, para mi no tenía un ápice de gracia, algo en mi interior comenzaba a alertarme, y por mucho que quisiese negármelo a mi mismo mi preocupación parecía tener razón de ser.

Continué observando todos los rostros por los siguientes diez minutos. Jasper a mi lado comenzó a mandarme olas de tranquilidad, el no saber donde estaba me ponía ansioso y no encontrarla incrementaba mi nerviosismo. Odiaba no verla.

Trecientos cincuenta segundos más tarde la vi salir. Vagando entre la multitud, su vista iba baja, fija en sus zapatos. Traía una carpeta entre sus manos, y la ceñía a su pecho con frenesí.

Venía hacia mí caminando lentamente, como si no quisiese llegar a su destino. Algo dentro de mí sabía que había sucedido algo, este comportamiento no era normal en ella.

En otra ocasión mi mujer hubiese salido eufórica, corriendo directo hacia mis brazos. Sin embargo, ahora me parecía que todo cuanto quería era… huir de mí.

Cuando finalmente llegó frente a mí, me abrazó con fuerza, como si la vida se le fuese en ello.

Sus músculos se encontraban tensos y retraídos. Rodeé su cintura con mis manos y la traje más hacia mí.

Los pensamientos de mis hermanos a mí alrededor se mostraban curiosos acerca de lo que habría sucedido, preguntándose ¿Qué demonios había pasado?

Incliné mi rostro hasta encontrarme a su altura, pero ella rehuía mi mirada, algo andaba mal, había sucedido algo realmente malo.

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— Bella, amor ¿Qué sucede? — Pregunté susurrando en su oído, mientras ella ocultaba su rostro en mi cuello.

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— Nada…— respondió con voz débil. Pero algo en mi interior me alertó que ese nada lo significaría todo.