El desconocido de la playa

Finalmente, los pilotos de las unidades Eva habían sido premiados con unas merecidas vacaciones en Okinawa. ¡Ya era hora! Llevaban meses aprendido a manipular los EVA y el ritmo de su instituto tampoco les dejaba demasiado tiempo libre. Además, por culpa de los entrenamientos, Asuka se habían perdido una excursión con la clase al Museo del Vicio, en Osaka (en el distrito de Omete).

Con los pies desnudos sobre la ardiente arena blanca, Azuka se deshizo de la camiseta de tirantes que llevaba (con el lema "rape me if U can") y del pantalón corto. Y quedó con su diminuto bikini, color amarillo. Lo que no se quitó fue sus gafas de sol. Desde detrás de los cristales pudo ver las miradas que algunos bañistas le dirigían; algunos, los tímidos, hacia un gran rodeo con la cabeza, mirando al cielo, hacia el aparcamiento, hacia las tumbonas vacías, para terminar, como quien no quiere, dando un vistazo a su figura adolescente y a aquel diminuto bikini que disimulaba poco y mal las curvas de su atlético cuerpo. Lo bañistas atrevidos no daban rodeos, le miraban las tetas, le miraban el culo; se humedecían los labios y se preguntaban que se sentiría al follárse aquella criatura.

Asuka se sentía bien. Le gustaba saberse deseada. Anduvo hacia el mar con las miradas pegadas al sudor de su cuerpo. Se remojó los pies, chapoteó sin demasiado interés, pues lo que le interesaba de la excursión no era el mar, ni la playa. Ni aquella docena de japoneses pálidos intentando tostarse bajo un sol raquítico y japonés. Y entonces lo vio: un occidental en una playa japonesa destaca como una Idol en un congreso de Física Quántica.

Se acercó. El se levantó. Se supo escogido por un dedo divino y sintió el amargo masticar del resto de bañistas que se lo miraban con mal fingida indiferencia.

La pelirroja dio un rodeo, el chico la siguió con la mirada. Y de repente, ella echó a correr por la playa. Corrió con todas sus fuerzas, huyendo de aquel sitio, huyendo de NERV… No se molestó en mirar atrás. Sabía que él la seguía.

Los duros entrenamientos habían hecho su efecto. El chico occidental pronto la perdió de vista tras unas rocas. Cuando logró superarlas, se encontró en una cala rocosa y demasiado alejada de la carretera, y del aparcamiento, como para que hubiese bañistas. El chico, jadeando y agotado, se apoyó en la roca. Ella había desaparecido.

Se lamentó en silencio. Demasiado cansado incluso para verbalizar su decepción. Y entonces apareció ella. Tan fresca como si acabar de levantarse de una siesta. Sin despeinarse, sin cansancio, sin jadeos.

Él intentó decir algo, pero estaba tan agotado que primero necesitaba recuperar sus fuerzas. Ella lo empujó contra la roca. Contempló con interés la agitación de su pecho sudado. Deslizó por sus juveniles músculos sus finas manos y al llegar a al cintura, sin aviso previó, tiró de su bañador hacia abajo. Y como si fuera de una mística ceremonia religiosa, se dejó caer de rodillas ante su sexo. Acercó su rostro, su boca, sus labios. Se lo besó con tanta ternura que el miembro no tardó en ponerse erecto. Y Asuka lo agarró con suavidad hasta llevárselo a la boca.