¡Muchas gracias a todos los que se tomaron un tiempo para leer! Especialmente a Helen, GLLNMR, Kate (amigacha), anatripotter y Delivery, por comentarme el pequeño inicio. Espero continuar recibiendo sus opiniones, son importantes.

Mi intención siempre es publicar lo más pronto posible, pero trabajo de lunes a viernes casi las doce horas pegadas, y el tiempo para pasar el fic no es mucho. Aunque igual, siempre se hace el tiempo para el ocio, ¡mi lema! jajaja.

Publico el capítulo, esperando les sea entretenido aun cuando todavía estamos en el comienzo.

Dejo que lean... ¡gracias por la oportunidad!


Ilusión

Capítulo II


La cabaña no tenía nada de especial dentro. Apenas y una pared con tablas marcadas que separaban la salita de la única habitación. Una vieja estufa humeaba desde una esquina, una nevera más pequeña que él y tres sillas, un escritorio, una mesa llena de libros, muchas velas y una lámpara de gas, por si la electricidad llegaba a fallar. Era algo habitual.

Sobre el escritorio reposaba una vieja máquina de escribir, antiquísima. La había comprado en el mismo pueblo de la isla apenas se encontró instalado. Una computadora no era tan viable y menos recomendable si la luz faltaba, y además, se había dejado encantar por la idea de escribir como los de antaño. Se había lamentado por no llevar consigo pluma y pergamino, pero al menos había encontrado aquella reliquia. No estaba en sus mejores condiciones, le faltaba la tecla "P", pero funcionaba para lo que era. Se arrastraba, con muchas ideas, hacia una de las sillas y arrimándola hacia el escritorio, empezaba a teclear como un loco. ¿Cómo aquella idea estalló en su mente, hasta volverse una necesidad? Lo pensó aquel último día en Londres, cuando tomó la decisión que lo llevó a vivir en solitario por lo que le quedaba de existencia en la tierra. Debía ocupar su mente en algo, de lo contrario, terminaría perdiendo la cordura.

Puedes escribir tus memorias, sí. Tienes mucho qué contar. Puedes escribir no solo un libro, ¡sino una saga entera! O una bitácora, puede ser, una crónica. ¡Cualquier cosa! – Y comenzó a leer mucho, también. Sus días en soledad le obsequiaban mucho, mucho tiempo libre. Se levantaba, se aseaba, comía y leía, a veces por horas y horas. La marea subía y se olvidaba que debía, antes del atardecer, irse a pescar. Leía un poco de todo, pero sus gustos se inclinaban más por las novelas de suspenso y algunas de ciencia ficción. ¡Las devoraba! Y así… ¿Qué pensaría su mejor amiga, Hermione, si lo viese acabando con más de quinientas páginas de un libro en menos de una semana? ¡Peor! ¡Escribiendo! Sonreía al imaginárselo, solo por un momento, evitando la zozobra ocasionada por sus melancólicos recuerdos.

Sus dedos acariciaban las páginas escritas por sus propias manos. No eran líneas muy buenas, se decía. Las comparaba con aquellos escritores ilustrados en sus novelas y cierto deje de desprecio hacia su propio trabajo le apresaba el corazón, como un par de tenazas de cangrejo. El estupor duraba poco tiempo. Él no pretendía compartir sus historias con nadie, así que ¿qué importaba si eran basura? La mierda que su mente expresaba cuando no tenía nada más de qué ocuparse. Pero sucedía que, muy en el fondo, no las creía tan malas. Relató para sí pequeños cuentos inspirados en la isla, en su gente, y una historia un poco más larga, casi, casi una novela de doscientas treinta páginas. No tocaba el romance, sus temas principales lo evitaban. No obstante, no evitó narrar una pequeñísima aventura con dos de sus personajes secundarios. Algo entre líneas que terminó muy feliz.

Se decía siempre que los escritores tomaban sus propias experiencias, pequeños pedazos de su propia vida, y las plasmaban más de una vez en sus historias. Consciente o inconsciente, sucedía, y Harry evidenció en aquella pequeña fábula romántica no solo parte de sus experiencias, sino también el añoro de lo que quiso y nunca fue. Esos personajes secundarios… él era tan él y ella era tan ella… eran tan Harry y tan Ginevra… y es que la veía en todos lados; en cada sombra, en cada acción, aún cuando nada tuviese que ver con ella. La tenía ten impregnada en su ser que su cotidianidad la buscaba con desesperación en cada paso de la rutina.

Sacudió la cabeza, levantándose. Llevaba casi una hora frente a la máquina y nada escribía. Debía asegurar el bote e ir a ofrecer el pescado fresco. Durante la mañana el mar fue muy generoso, la pesca había sido muy fructífera y esperaba obtener un poco más de quinientos dólares para la despensa. Iba muy poco al pueblo y al hacerlo, se encargaba de comprar todo lo necesario para sus días.

Se calzó sus sandalias, compradas a un par de ancianos artesanos en Santa Elena antes de refugiarse en Tristan de Cunha, y salió de casa. Había investigado antes de escapar. Aquella isla era prácticamente desconocida y sus habitantes ignoraban muchísimas cosas, entre ellas, la guerra desatada en el mundo mágico y la existencia de un joven que acabó con la amenaza. Harry había pensado en cambiarse el nombre al apenas pisar aquellas arenas, mas vio que nadie en sus alrededores conocía al menos una palabra sobre él. No sabía si había otros magos, todas eran personas muy discretas y tranquilas y mucho no tardó en adaptarse a sus estilos de vida. No le era desagradable, pero extrañaba demasiado.

Bajó los peldaños y sintió la arena caliente meterse entre su calzado. Su bote se bamboleaba con el golpe de las olas a orillas de la playa. Debía seleccionar el pescado en mejor estado, los más grandes y pesados, los mercaderes siempre compraban más de tres kilos y él esperaba tener al menos siete. Aprender a pescar no le resultó tan difícil, aún cuando en sus cuatro primeros intentos sus pies se enredaron en la red y caía al mar como carnada lista para ser devorada por tiburones. A punto estuvo de usar su magia, mas impedía a toda costa tocar su varita. Para evitar tentaciones, la dejó fuera de vista tras unos tablones resquebrajados de la cabaña. No la destruía por falta de voluntad, pero quizá, algún día antes de morir, encontraría el valor para ello.

Ocho kilos y un poco más – se dijo, felicitándose. Podría comprar pollo y prepararlo asado, tenía un terrible antojo.

Empleando la vieja carreta que el señor Mcgregor, el anciano carpintero, le arregló y vendió a precio de regalo, caminó los kilómetros que lo separaban del centro principal de la isla. Sudaba como un condenado, sus axilas se humedecían y se le formaban gruesas gotas de sudor que resbalaban desde su frente y patillas hasta caer sobre su incipiente barba y bigote. Debía también comprarse una hojilla para rasurarse, una nueva barra de jabón y tal vez una nueva resma de papel. Le quedaban muy pocas hojas blancas y muchas estaban amarillas.

- ¡Buena tarde, señor Potter! – saludó Tyler, un joven de quince años. Era tan flaco y con una cabeza tan grande, que Harry no pudo evitar compararlo con un palillo con aceituna. Tenía la piel tostada por el sol y los ojos pequeños y azules eléctricos. Su cabello rizado y rubio le llegaba casi a los hombros – ¿Lo ayudo?

- Descuida, Tyler – estaba llegando a las entradas del pueblo.

El chico pateó la corteza de medio coco que se cruzó en su camino, despidiendo una nube de arena que espantó a un par de cangrejos que pisoteaban sus pasos. Se paró a su lado y, pese a las replicas de Harry, tomó uno de los lados de la carreta y comenzó a halar con él.

- No tienes que…

- No se preocupe, quiero ayudar – y continuó andando junto a él. Harry se lo agradeció aún cuando prefería hacer su trabajo solo. Tyler era un buen muchacho y a él le agradaba, pero era muy conversador y curioso; fue el primero en preguntar sobre el origen de su cicatriz. Pronto empezaría a hablar y Harry, acostumbrado a su imperecedero silencio, debía morderse la lengua para no mandarlo a la mierda.

Poca gente circulaba por los alrededores. El pueblo era minúsculo y solamente contaba con los locales necesarios para la venta de los productos básicos. Se abastecían cada dos meses, y la gente que se iba o llegaba, debía aguardar por la embarcación perteneciente a una compañía pesquera, el MV Edinburgh y el MV Baltic, que hacia travesías desde la Ciudad de Cabo, Sudáfrica. El peñasco era muy abrupto y fue imposible construir un aeropuerto. El viaje duraba seis días, si el mar no se ponía canalla. Desde Santa Helena partían barcos infraganti, pues si las personas ansiaban, por una u otra razón, llegar a Tristan de Cunha, debían solicitar un permiso que llegaba a tardar hasta cinco meses antes de abordar desde Ciudad de Cabo. Santa Helena era puerto seguro para los ingleses, y a Harry no le costó mucho conseguir un puesto en la embarcación hacia la isla. Estuvieron ocho días aproximadamente, cabeceando de un lado otro entre el oleaje, llegando a divisar tierra al amanecer del noveno día.

- ¡Fue buena la pesca, señor! – dijo Tyler, y Harry se sorprendió al notar que había tardado casi cinco minutos en abrir la boca.

- Sí, al cielo gracias por ello – levantó un brazo y se secó el sudor de la frente, faltaban pocos metros para llegar a la pescadería.

- ¿Utilizó caña?

- Red.

- Es mejor, estando en su zona. Pero créame, en los arrecifes se pescan ejemplares que pesan hasta dos kilos y medio, y además…

- He pescado en el arrecife – interrumpió – pero no me va bien con la caña.

- No le eche la culpa a la caña, todo depende de una buena carnada. Mi padre me enseñó a pescar con tan solo una rama y metro y medio de pabilo. Podría enseñarle si lo desea. Es muy sencillo, tan solo se tiene que…

- Es aquí, Tyler – se detuvo en frente de la pescadería.

- Oh, muy bien – Tyler soltó su extremo de la carreta. – Lo ayudaré a descargar. Y bien, como le decía, el secreto para una buena pesca con caña está en saber…

Harry oía sin prestar atención. El señor Lisbot salió a revisar la mercancía conforme él y Tyler bajaban las canastas de mimbre. Examinaba al pescado con ojos expertos, los palpaba de lado a lado y acariciaba sus escamas con evidente cuidado, asintiendo con la cabeza.

Harry sonrió para sus adentros, iba a obtener una buena ganancia.

- ¡Muy bueno, Potter! – exclamó después de pesar el pescado. Sacó una alforja pequeña, extrayendo un manojo de billetes, y le extendió seis de cien y uno de cincuenta dólares. Harry le agradeció desde el alma, había ganado ciento cincuenta dólares de más.

- ¡Gracias, señor Lisbot! – repitió antes de salir, haciendo sonar la campanilla de la tienda al abrir la puerta.

- No hay de qué, Potter – era un hombre que debía estar pisando los setenta años, pero se conservaba muy bien. – Siga trayéndome tan buen pescado, y el negocio continuará viento en popa. ¡Sí, señor!

Le sonrió antes de abandonar el lugar. Tyler aguardó apoyado en el poste de luz de la esquina, observando hacia la panadería de la otra calle. A través de la vidriera se mostraban hogazas de pan recién horneadas, doradas y crujientes a la vista. Harry tomó el billete de cincuenta y, haciéndole una señal con la cabeza, lo invitó a cruzar la calle.

Conocía a casi todas las personas y familias y trataba de llevarse bien con todos, siempre al margen, por supuesto. Lo que menos ansiaba era llamar la atención de una u otra forma. Los lugareños parecieron aceptarlo de buen modo después de haber cumplido dos años en la isla. Aquella gente adoraba su ritmo de vida, lo respetaban y pretendían salvaguardarlo hasta el final de los tiempos, alejados de todo cotilleo de la civilización. Siempre veían con recelo a todo nuevo ser humano que pretendiese formar parte de la comunidad. Harry, al no mostrar indicio alguno de disturbio dentro de sus áreas, fue admitido como un vecino más. Aún estando apartado, aún siendo tan callado y solitario, las personas le brindaban un trato amigable, y él lo agradecía con todo gusto. Ya sufría demasiado, merecía, como mínimo, un poco de amabilidad en sus días.

- ¿Qué te provoca, Tyler? – el joven veía con ojos redondos los dulces que Amelié recién había puesto sobre el aparador.

- Pastelillos de mora, Amelié prepara los mejores – y sonrió hacia la joven quien, con las mejillas sonrojadas, sirvió dos pastelillos.

- Gracias, Amelié, pero prefiero el mío para llevar – pidió Harry, viendo la oportunidad de librarse del chico.

Nada era más incontrolable que las hormonas adolescentes.

- ¡Gracias por la ayuda, Tyler! – dijo antes de abandonar la panadería. El aroma de los panecillos se le había impregnado en la nariz e hizo desaparecer el olor del pescado.

Tyler no dijo nada, se mantuvo prendado ante la joven que reía porque, al morder su pastelillo, se le había formado un bigote de jalea.

Harry volvió sobre sus pasos, ahora completamente solo con la carreta tras él. La tarde caía con una velocidad admirable y supo que estaba pronto a anochecer. Los puestos empezaron a cerrar y las personas a adentrarse en sus casas, humildes pero bonitas. El pueblo se había puesto de acuerdo para pintar las paredes con diversos colores pasteles que juntos, hacían un lindo contraste.

Recordó que debía comprar la medicina… Mañana, será… - habían pasado siete años y pocos malestares había sentido. Inhaló con fuerza, apreciando el viento frío de la noche, y adentró los pies en la orilla camino hacia su cabaña, mojando sus sandalias. El agua estaba fría y le estremeció de punta a punta. Medicina, pollo, el jabón…

Era su cabaña y la de otro lugareño las que estaban realmente apartadas del pueblo, lejos del puerto. Además de la carreta, Harry poseía un pequeño bote que encontró abandonado tras su cobertizo, entre los matorrales y cubierto por muchas palmas secas. No estaba tan mal, con pocos tablones logró ponerlo en pie para el agua.

Las hojillas, debo rasurarme. Y no me vendría mal un par de camisetas nuevas – divisó su casa y, acelerando el paso, llegó en dos minutos. Observó su máquina y creyó que antes, debía comer algo además del pastelillo.

Conforme se preparaba un emparedado de atún, pensó qué cosa escribir. Puede ser sobre Tyler y Amelié… No, el neto romance no se le daba tan bien. ¿Y acaso algo se te da bien? Escribes como un neandertal.

¿Entonces, cómo debía hacerlo? Se comparaba con tantos autores, todos excelentes, y de ahí venían sus errores más grandes. No podía pretender imitar a alguien al momento de escribir. Aquella era una labor en la cual se debía, sí o sí, ser uno mismo. Nada de comparaciones, nada de imitaciones. Sinceridad ante la narración de la fantasía, honestidad para cuentos de utopía.

Se zampó el sándwich en tres mordiscos. Al día siguiente prepararía su pollo asado. Se sacudió las migajas de la barbilla y volviendo a ver la máquina, desistió. No escribiría esa noche. Cruzó la sala y entró a la habitación, solo había una cama pequeña y una cómoda con una torre de libros que empezaba a vacilar. Un triste guardarropa y otro par de sillas.

Fue hacia el ropero, decidido aún cuando sabría que después se sentiría tan enfermo y desolado que aceptaría cualquier tipo de muerte, con tal de que llegase esa misma noche. ¿Por qué era tan fuerte su masoquismo? No podía evitarlo. Te haces adicto a cualquier cosa que te haga sentir mejor un rato, aunque sepas que te hace mal. Sentía a su cuerpo depravado si le evitaba experimentar unos instantes de lo que fue alguna vez… toda la felicidad, toda la plenitud… no siempre fue una mentira.

De un movimiento sacó el pensadero. El receptáculo de piedra se mantuvo sostenido en el aire a los pies del catre. Harry rozó con sus dedos las runas antes de introducirlos en la sustancia nebulosa. Los sacó de inmediato, apresurándose hacia las cajas bajo la cama. Eran tres, con nombres diferentes. Trazó con la yema de su índice las letras de uno en particular, y abriéndola extrajo un frasquito al tanten, sin verlo, sin analizarlo. Volcó el hilillo en la vasija y con el corazón latiéndole vigorosamente hasta el dolor, se perdió en su memoria.

O O O O

- ¡Debí pensar en esto desde hace mucho! Tres días son nada, cariño. ¡Quisiera quedarme más tiempo!

- Podemos hacerlo, dejemos perder los pasajes y partamos dentro de tres o cuatro días. ¿Qué piensas?

- Le dije a mi familia que llegaríamos mañana para la cena – se apartó de la ventana, el paisaje de Vermont cuando caía la noche era aún más encantador. – Todo es hermoso, parece sacado de un cuento de hadas.

- Tú eres sacada de un cuento de hadas – David levantó la vista del libro y la miró, al pie de la cama. Ginny le sonrió con pomposidad. – ¿Por qué te pusiste pijama? Siempre dormimos desnudos.

- Estos pijamas me costaron, son de buena marca. ¡Y nunca me dejas usarlos!

- Puedes ponértelas cuando quieras, pero no en las noches – se inclinó hacia la cómoda, dejando el libro.

- ¡No te quites los lentes! – pidió Ginny, al ver sus intenciones. – Me gustas mucho, muchísimo con lentes.

- ¿Sí?

- Sí – se montó en la cama, caminando a gatas hasta llegar a él, sentándose a horcajadas. Su entrepierna ardió, reaccionando al sentir la erección de David, cubierta solo por la sábana. – Me encantas con gafas… te hacen ver…

- ¿Más inteligente?

- Y sexy – su cadera se movió sobre él, incitándolo. Lo miró cerrar los ojos y apoyar la cabeza contra el respaldar. Su garganta mostró cómo tragaba en seco y su respiración comenzó a turbarse, moviéndole las aletas de la nariz. – Hermoso – lo tomó del cabello rubio y buscó su boca, preparada para su lengua.

- Tú – la tomó del cabello y volvió a besarla, intensamente. – Dime… que… – besó su cuello – al menos no tienes ropa interior… – lamió su piel. Ginny ronroneó, excitada. Las manos del hombre tentaron sus muslos y de un movimiento le arrebató el pijama, exponiéndola.

- Mi pijama… – murmuró sobre su oído, antes de morderle el lóbulo de la oreja. David gruñó contra su pelo, hundiendo su nariz en él.

- Te compraré todos los pijamas que quieras… pero nos los vas a usar en la cama – la tomó de los hombros, apartándola.

Ginevra gimió, encendida. Los ojos de su novio la penetraban con demoledora energía, sacudiéndola. Su intimidad fue lacerada por una oleada caliente de infinito deseo; se apretó a él, necesitada, y David volvió a sostenerla, retirándola de su pecho.

- ¿Qué…?

- Solo… – él subió una mano y le acarició la mejilla. – Pensaba… te miro y…

- ¿Qué sucede?

- Te amo – confesó, trazando su boca con su dedo pulgar. Ginny lo besó, adorando aquellas extrañas, cursis y sinceras muestras de afecto. – Te amo, Ginny.

- Yo también, mi vida. Yo…

- Escúchame… – sus ojos azules se mostraban oscuros, al tener las pupilas completamente dilatadas. Su frente se perló con gotitas de sudor y parte de su cabello se le pegaba a los costados. Ginevra elevó una mano, enredando sus dedos en el pelo, y su cadera volvió a moverse sobre su miembro. Lo sentía tan afanoso bajo la sábana que...

- David…

- No vayas a dudarlo nunca, preciosa.

- Nunca, yo…

- El día que empieces a dudarlo, Ginny, será porque has dejado de amarme. Y si eso llegase a pasar…

- No – se aferró a él. – Tú no… – se separó un poco, solo para mirarlo a los ojos. – Te amo – le acomodó los lentes, deslizándolos sobre el puente de su nariz. – Y eso nunca va a cambiar.

- ¿Me lo prometes? – la mujer tomó una de sus manos y la llevó hasta su pecho izquierdo. David sonrió como un pillo, al sentir el contacto del pezón contra su palma.

- Es tuyo.

- ¿Tu teta? Sí, esta también es mía – aprisionó con su otra mano su seno derecho.

- ¡Tonto! ¿Dónde estaba el romántico de hacia unos segundos? – él rió, distensandose. La besó con suavidad, apoyando luego sus frentes.

- Te amo – repitió.

-Siente como late – descansó su mano sobre la de él, en su pecho izquierdo. – Todo es por ti. – David oprimió otro poco, estremeciéndola. Hundió las rodillas en el colchón, elevándose para apartar la sábana, y descendió lentamente sobre su miembro. La penetración era tan esperada que ambos, arqueándose uno contra otro, resoplaron de alivio. – Te amo.

- Ginny… – ella comenzó a moverse, sutilmente, sin fuerza. Buscaba apreciarlo en su totalidad, que se fundiera en su cuerpo íntegramente. Él la llenaba como ninguno, la calaba como ninguno. Era una delicia sentirlo plenamente dentro – Hermosa… – él tomó sus muslos, buscando marcar el ritmo. Ginny apartó sus manos y las devolvió hacia sus pechos.

- Déjame… a mí…

- Me estás matando – se apoyó en el respaldar, respirando agitadamente. Ginevra sonrió y acercando su boca hacia su garganta, lo mordió. Su gemido le crispó la columna y de su intimidad se expidió una oleada de húmedo calor, vivo y penetrante. Embestía sin pausas pero con infinita cautela, valorando cada roce de sus pieles calientes.

- Te amo – rozó su pecho, su abdomen, y volvió a su garganta, donde el pulso latía alocadamente. Lo abrazó, considerando acabar con la lenta sinfonía de sus caderas. David acunó su cintura y Ginny, levantándose unos centímetros, aceleró el ritmo de sus íntimas caricias. El vaivén se volvió pétreo, rudo y afanoso. Se apretaba con exigencia, gimiendo su nombre. Sus sexos exigían y ella los complacía, moviéndose al compás necesitado.

- Te… ¡Ginevra, Dios!

Apretó otro poco, sintiendo la tensión de su miembro hasta el dolor. Se movió una, dos, tres veces más… y se desvaneció sobre él, cubriéndolo con su esencia. Jadeó sobre su oído cuando David, en una última estocada, acabó potentemente dentro de ella.

Suspiró, descansando la barbilla sobre su hombro. Él acariciaba su espalda con ternura, apartándole el pelo rojo que se le pegaba a la piel.

- Te amo – dijo el hombre sobre su oído, besándole el lóbulo. A Ginny se le enchinó la piel, repleta de tranquilidad. La calma después del orgasmo era incomparable.

- No dejes de decirlo.

- No te preocupes por eso – buscó su cara. – Gracias – Ginny sonrió.

Le quitó los lentes, arrojándolos al suelo, y de un movimiento le instó a arrastrarse hacia abajo, quedando completamente acostado bajo su figura. Aún lo sentía latir dentro de ella y pretendía, antes de que sus cuerpos se enfriasen y cayeran de sueño, enamorarlo un poco más.

Ginevra solía despertar primero. Casi siempre era así, sintiendo la mano de él sobre su liso vientre y su acompasada respiración entibiándole la nuca. Suspiró, relajada. Había olvidado cerrar las ventanas y el viento de Vermont se colaba furtivamente a través de las cortinas. Pensó en la hora; pronto debían levantarse. Ese día partirían a Londres.

Elevando la cabeza, miró el reloj sobre la cómoda. Podían esperar un poco más, no había prisa. Ginny, que tan bien se sentía, no quería moverse siquiera para ir al baño, aunque le urgía hacer pipí.

Volvió a cerrar los ojos y empezó a acariciar el antebrazo de David, apreciando sus vellos rubios. Estaba emocionada por el nuevo comienzo, la nueva etapa, y agradecida porque todo sería con él. Dios, gracias. Y que esto sea para siempre, por favor. Nunca pido nada, solo estar con David. Gracias. Gracias.

Sería el único, estaba segura. Nunca había amado tanto a un hombre, como amaba a David. En las charlas de la mañana, en el sexo, en las comidas y en todo lo que compartían. Lo amaba como a ninguno.

Rió cantarinamente al sentir un beso en su espalda. David despertaba de a poco.

- Buenos días – dijo ella ante su movimiento.

- Buenísimos – él se desperezó, estirando las piernas. Un movimiento de su cadera hizo que su entrepierna rozara sus nalgas, inevitablemente – ¿Es hora de levantarnos?

- Podemos tomarnos unos minutos más.

- Tengo hambre.

- ¡Esa panza tuya! – Se dio la vuelta – Debemos partir al aeropuerto a las ocho – un mechón le caía sobre el ojo, destacando por encima de sus pestañas, un poco más rubias que su pelo. - Vamos, podemos bañarnos juntos – hizo un ruidito extraño con la garganta al sentir un mimo en la parte baja de su espalda.

La ducha duró más de lo debido y debieron tragar el desayuno como un par de energúmenos muertos de hambre. El avión despegaba a las once y debían estar en el aeropuerto dos horas antes para registro y revisión de equipaje. Agradecían que no fuese temporada alta, era mínima la cantidad de gente que pensaba viajar ese día. La mayoría portaba elegantes trajes de etiqueta y maletas ejecutivas, sin duda en planes de negocios, y muy pocas familias se divisaban en las salas de espera.

- ¿Compraste los dulces?

- Fue lo primero que hice – Ginny tomó las papeletas de registro, en donde se indicaba el número de equipaje y el andén a abordar. – Vamos, solo tenemos diez minutos.

Pasaron el vuelo sin contratiempos. Ginevra solía marearse diez minutos después del despegue, nada del otro mundo. David se mostraba nervioso, de un momento a otro. Ginny apreciaba la vena de su cuello, palpitando con alarmante rapidez.

- ¿Qué tienes? – preguntó, tomando su mano. La aeromoza pasó ofreciendo bebidas y ellos las rechazaron.

- Nada – respiró hondo y la miró, sonriéndole. Tenía unos dientes muy blancos y derechitos. – Creo que solo estoy un poco ansioso.

- ¿Estás seguro de querer…?

- No dudo de nada, Ginny – levantó sus manos entrelazadas y besó su dorso. – Será bueno volver a Londres en definitiva.

- Podremos seguir viajando, de todas formas.

- Claro que sí, pero establecernos en un sitio después de tanto patear del timbo al tambo… - David era nómada por naturaleza (aun cuando había decidió mudarse a Estados Unidos, no dejaba de ir de allá para acá), tenía un trabajo que le permitía trotar por el mundo sin contratiempos. Ginny lo sabía y así se enamoró de él. Y debía pensar, con casi treinta años, que formarse una vida más estable era necesario en algún momento.

Pero… ¡tenía solo veintinueve años! ¿No podría creer que era muy pronto para pensar en una gran y bonita familia, viviendo en alguna casa de dos plantas y con patio trasero para las barbacoas? Por supuesto, casi treinta años eran casi treinta años; el tiempo de las juergas y las parrandas disminuía considerablemente. No obstante, aferrarse a una idea que le exigía mera inmovilidad para pasar sus días, podría aturdirlo.

Ginny lo pensó desde el momento el cual él aceptó mudarse con ella, construyendo una relación que pretendía ir más allá que el simple paseo por bonitos lugares y buen sexo. Ella podría añorar formar una familia, y aspiraba cumplir su sueño con David. Mas inquietarlo por algo que ni siquiera habían hablado con formalidad no estaba en sus planes, al menos no todavía.

Y apenas conocería a su familia. Ahí otro punto por el cual, apostaría, la vena de su cuello no dejaba de pulsar.

- Va a ser bueno – escuchó que decía en un murmullo. – Bueno, si todo es contigo – ella sonrió.

O O O O

La madriguera estaba exactamente igual a como siempre fue. En aquella alta casa, destartalada, que parecía no caerse por mero milagro, se desarrollaba tal barullo que hasta los gnomos evitaron salir de sus agujeros. Incluso se tapaban los oídos, cuando más de tres personas alzaban la voz para hacerse escuchar por encima del tumulto de comentarios nerviosos.

- ¡SILENCIO, POR FAVOR! – Gritó el señor Weasley. – Aún no comprendo por qué tanto escándalo, si estábamos tan felices con la noticia.

- ¡Felices! – exclamó Ronald Weasley. – ¡Felices! Pero no sabemos como Ginny…

- Se escuchaba muy contenta – comentó Hermione, levantándose del sillón. – Siempre que hablamos con ella, se escucha contenta, feliz. Ha sido así desde que…

- Perdió la razón – completó Ron.

- Eso no era lo que iba a decir – aclaró Hermione. La mujer acomodó sus rizos castaños, enviándolos a su espalda, y miró a los señores Weasley, cuyos seños fruncidos resaltaban sobre sus ya marcadas arrugas.

- Mi niña está bien, sea lo que sea que…

- ¿Cómo pueden creer que…?

- ¡Han pasado siete años, Ron! – exclamó Charlie Weasley.

- Olvidemos el asunto, por el bien de todos nosotros – opinó George.

- Olvidar el asunto… ¡Olvidarlo! – las pálidas mejillas de Ronald se tornaban oscuras. Su esposa iba a tomarle la mano pero él, en un arrebato impulsivo, la apartó de todo contacto. – ¿Cómo pueden…? – se cortó a media frase, sin saber qué cosa decir, que no haya repetido con anterioridad. – Se trata de Harry – dijo en un murmullo. – Mamá, papá, es Harry.

Arthur y Molly se miraron, afligidos. La pesadumbre le aplastaba los párpados, haciéndoles entrecerrar los ojos. La mujer llevó una mano hacia su mejilla, secando una escurridiza lágrima. Arthur se la tomó, acariciando los longevos dedos.

- ¿Qué podemos hacer, hijo? – el tono de voz del señor Weasley denotaba extremo cansancio. El tema los había agotado. – Pudimos manejarlo bien en la última visita de Ginny, y creo que ya…

- ¿Será tabú, en definitiva? ¡No pueden pensar tal cosa! ¿Y Teddy? ¿Qué le dirán? ¿Y todo por lo que pasamos?

- ¿Tanta lealtad sientes, aún cuando se fue sin explicación? – interrogó Percy.

- Tú no eres el más indicado para hablar de lealtad, Percy – su hermano iba a replicar, mas Ron, turbado por tanta resignación, abandonó la sala.

- Con el tiempo lo aceptará, todos nosotros – dijo Arthur, pasado un rato.

- ¿De verdad lo cree, señor Weasley? – los ojos de Hermione brillaban a la luz de las lámparas, producto de las lágrimas contenidas. – ¿De verdad cree que podremos aceptarlo? – fue tras su esposo antes de escuchar cualquier otra palabra.

Lo encontró apoyado contra la verja del jardín, meditabundo. Elevó una mano y acarició su espalda por encima de su camisa, sintiéndolo dar un respingo ante la inesperada caricia.

- No los comprendo – confesó en voz baja. Luego resopló, mirando a su esposa.

- Solo buscan la manera de seguir, sin pensar tanto en el asunto. ¿Qué caso tiene, Ron? Me conoces, no he dejado de pensar en las razones por las cuales pudo haberse ido. ¡No lo sé! – sorbió ante las ganas de llorar. – Pienso, y pienso y pienso… y nada. Mis hipótesis llegan a nada. La lógica no me funciona. Daría cualquier cosa por saber, cariño. Pero no… – hipó. Ron la tomó en brazos, estrechándola contra su cuerpo.

- No puedo sacarme a Ginny de la cabeza – dijo él, después de un segundo. – Han pasado siete años, pero no puedo dejar de preguntarme qué cosa fue lo que sucedió para que ella…

- Simple mecanismo de defensa.

- ¿Fingir demencia?

- No está demente – apoyó la mejilla en el pecho de su esposo. - Está bien, ¿no es lo importante? – Ron suspiró, reposando el mentón sobre la corinilla de su mujer. – Sea lo que sea que haya hecho su mente, está bien, si es para protegerla. – Una frase que no creía del todo. Canalizar la perdida fingiendo nunca haberla sufrido, no era la manera más adecuada y mucho menos podía considerarla sana. Pero si Ginny vivía, aparentemente, en un estado de felicidad plena, ¿cuál era el problema?

¡Ahí estaba! La resignación ante lo acontecido. Primer paso no para olvidar a su mejor amigo, pero sí para aceptar que, en definitiva, nunca más lo volvería a ver. Debía entenderlo, al igual que Ron.

- Vamos, debo ayudar a tu madre con la comida antes de despertar a Rose para ir al aeropuerto.

- Me preocupa el tal David.

- ¡Y ya empezamos! – caminaron hacia la madriguera. – Treinta años, y esa sobreprotección parece un vicio de nunca acabar.

- Es mi hermanita, pasen los años que pasen.

- Dale una oportunidad. Tú y todos nosotros.

- Incluso mis padres se sintieron confundidos – se detuvieron al umbral de la puerta. Desde el sitio escuchaban las charlas que mantenían todos, ya sin mención alguna sobre Harry. – Veremos sus intenciones. – Hermione apenas sonrió. Llevó una mano a la nuca de su esposo y, colocándose de puntillas, besó su boca con suavidad.

Dentro el ambiente volvía a tornarse vivo y los ánimos empezaban a elevarse con el calor de los vasos de Whiskey. Ronald aprovechó el momento para, de una vez por todas, aceptar la misma resignación en la cual su esposa y toda su familia, hacia tan solo unos minutos, habían decidido postrarse.


¿Algún comentario?

¡Gracias por leer!