Capítulo II
En un breve instante pasó por su mente una infinidad de imágenes, incluso el día que su amigo le diera en brazos al joven que ahora miraba el piso en busca de respuestas o mejor dicho, de palabras.
—Me has dejado estupefacto—confesó el rubio.
Era una respuesta sencilla para los insultos que imaginaba en su mente con tal escena. Su padre se enfadaría con él a tal grado de quitarlo del testamento, eso era seguro, pero no encontraba una forma más sencilla de obtener su libertad, y en verdad no deseaba ese compromiso.
—No encontré una forma más sencilla de decirlo, perdón— pronunció arrepentido, sin siquiera poderlo mirar a los ojos.
Apreciaba a Fausto prácticamente como un padre, y le hervía la sangre tener que mentirle de esa forma, él no era así, no lo era…
—Perdóname, Fausto, tú has sido como un papá para mí y me duele decepcionarte, me entristece mucho no poder cumplir con lo que tú esperabas para mí. Me duele en verdad.
—Tranquilo, Yoh—respondió el hombre mientras posaba una mano en el hombro del muchacho— No me decepcionas, entiendo lo que dices y te comprendo, sólo haz lo que te haga feliz, busca tu propia felicidad, lo demás es lo de menos.
Ése era el mensaje que todo buen padre le daría, pero el caso era mentira y eso no lo hacía sentir mucho mejor. Fausto se sentó frente a él y le ofreció un chocolate de una caja de madera. En sus facciones no veía ningún gesto de reproche, sino de verdadera y autentica empatía.
—Agradezco tu sinceridad, Yoh—le dijo orgulloso— No todos admiten sus preferencias tan fácil, y yo espero que tu padre lo acepte de muy buen modo. Respecto a Anna… deseaba mucho hablarlo contigo antes de efectuar el compromiso, mi hija es una niña, pero tú, tú ya eres un joven con raciocinio y pensamiento propio, no deseaba obligarte a nada con ella.
Probablemente hubiese sido el método más sencillo, y ahí estaba la solución, pero la decisión ya estaba tomada y había elegido la mentira antes que la verdad y dañar el lazo que tenía con la familia Kyouyama.
—Gracias por el tiempo que le has dedicado.
Sus palabras le hacían sentir algo de culpabilidad. Especialmente porque guardaba mucha distancia con Anna, más de la necesaria en los últimos días.
—Ella, es una niña inteligente—admitió sin ninguna duda —Aunque considero que necesita más amigos de su edad.
—Lo sé, pero… por alguna razón, siempre la rechazan—dijo con tristeza— Eso no importa, yo sé cuánto vale y sé que es muy inteligente, hermosa. Mi hija tiene muchas habilidades. Por eso te agradezco de corazón que seas bueno con ella, Anna es mi más grande tesoro.
Tres días, tan sólo tres días faltaban para completar ese pacto y ahora Fausto declinaba totalmente del asunto. Por supuesto que estaba furioso, podía entenderlo si Yoh hubiese hablado las cosas como son y no inventado una gran mentira entorno a una falsa inclinación homosexual.
Se pegó en la frente antes de pararse y acudir a la habitación de su hijo. Keiko lo siguió de cerca, no quería una guerra en casa, no cuando Fausto había dado por zanjado el tema.
—¡Mikki!
—¡A mí no me vas a hacer estúpido, Yoh, sé perfectamente que le mentiste a Fausto y de la peor forma! ¡Deberías sentirte avergonzado!
Apenas lo vio de reojo y siguió contemplando el atardecer por la ventana. Suspiró una vez más mientras su padre ahora obstruía su vista.
—¡Te exijo un poco de respeto!
—Yoh, tu padre tiene razón, si querías evitar el matrimonio debiste haber dicho la verdad.
—¡Así es, pero eres tan poco hombre para hacerlo!
Se recostó en la cama y sollozó antes de que la primera lágrima rodara por su mejilla. Parecía irreal que llorara, pero estaba haciéndolo, no sólo se sentía culpable, se sentía de la peor forma posible con Anna, con sus padres, con todo lo que le rodeaba.
—Llorando no arreglarás nada, Yoh, que te quede claro—le advirtió Mikihisa—Tienes que decir la verdad, esa mentira no la podrás sostener más tiempo.
—Lo sé, pero tengo miedo ¡Fausto tiene mucha más consideraciones que tú que eres mi padre, Mikki! y por lo tanto no puedo rechazarla, aunque me incomode la obsesión de Anna conmigo. Sé lo que tengo que hacer, pero no sé cómo hacerlo.
Mikihisa casi rió con ironía. Él se sentía lastimado, él pensaba que todo giraba entorno suyo, cómo si no pudiera advertir la tristeza en los ojos de esa niña cada vez que él la ignoraba, cada vez que sus hermanas la hacían a un lado, cada vez que las niñas de su edad le pegaban por envidia y cierto miedo, y él creía que sufría, no era así.
—El día que dejes de pensar sólo en ti, Yoh, ese día podrás ver a Fausto a los ojos. Y no sólo eso, lo de Anna no es obsesión, es amor. Esa niña aun teniendo seis años te ama, ella tal vez no lo sabe, pero yo sí y puedo asegurarte que este error lo vas a llevar en tu conciencia y en tu pesar por lo años, porque estás rechazando no sólo a la hija de ese hombre al que tu consideras como un padre, estás rechazando a la maravillosa mujer que pudo haberte amado aún con tus miles de defectos.
Y cerró la puerta de un solo golpe, sin darle pie a más charla innecesaria. Se recargó en la puerta y suspiró con total decepción. Si tan sólo Yoh reflexionara de sus acciones podría ver lo equivocado que estaba, pero actuaba de una forma extraordinariamente egoísta como nunca lo había sido antes.
Era alegría lo que veía en los ojos de su madre cuando su padre le dio la decepcionante noticia. A Eliza francamente no le agradaba Yoh, pero qué importaba, a ella sí y quería intentar algo con Yoh, aunque fuese fugaz.
—Como hablamos, Yoh no es la opción correcta para Anna y ahora que sé sus preferencias desearía que estuviera lejos de mi hija—dijo con un tono despectivo—Además, es toda una ofensa, ¿has hablado con Mikihisa? Invitamos a muchas personas a esa reunión, qué dirán de Anna…
Su padre calló y siguió haciéndolo por un par de minutos mientras observaba a la pequeña rubia correr tras su caballo.
—Eso es lo de menos, Anna es muy pequeña, aquello no le causará la menor difamación—respondió con sobriedad—A mí me preocupa más lo que ella pueda sentir.
—Bueno, yo me encargaré de eso—aseguró Eliza—Ella no va a sufrir por ningún hombre y menos por un maldito degenerado.
Zria miró con severidad a su madre, en tanto su padre ignoraba tajantemente esos comentarios. Era difícil creer que ella odiara tanto a Yoh de esa manera, si recordaba claramente que al no tener un hijo varón, él se había convertido en su predilecto muchísimos años atrás.
—Eliza, nada va a cambiar. Nuestra relación con ellos sigue intacta, sólo por favor no infrinjas en mi hija un trato duro, no quiero que atentes con sus emociones.
—Te recuerdo, que ahora soy yo quién decide, así que despreocúpate del asunto.
Miró a ambas rubias en la habitación, tomó un puro y se marchó en completo silencio. Estaba siendo demasiado sumiso, pero no sabía cómo contrarrestar todos aquellos sucesos sin darle crédito a las predicciones de Eliza, así que se mantuvo al margen tanto como podía.
Zria rio con levedad cuando su madre se sentó a su lado y acarició su larga cabellera.
— ¿Ahora lo ves? Yoh no es un buen muchacho—añadió Eliza.
—Está mintiendo, él no es homosexual y puedo probarlo.
—No necesito que lo pruebes, él hizo lo mejor al dejar a Anna— eludió con orgullo— No deseo que él se quede con alguna de mis hijas, ¿lo entiendes?
— ¿Por qué? Antes tenías consideraciones con él, ¿por qué ahora todo es distinto?
—Nada es distinto, Zria. Simplemente las personas crecen y se vuelven desagradables, él lo es y es un interesado. Tenemos más dinero que ellos y por lo tanto a Mikihisa le vendría bien acomodar a su hijo para que nosotros terminemos por mantenerlo. Es un bueno para nada, sin futuro, un interesado.
La rubia no dio mucho crédito a sus palabras hasta que Eliza le entregó un papel en donde cuantificaba todo el dinero que tenía su padre.
— ¿Y por qué teniendo tanto dinero no vivimos con más lujos, mamá? Cielos, con todo esto tendría un guardarropa del tamaño de mi habitación.
—Todo a su debido tiempo, hija.
Sin embargo, cómo podía justificar sus acciones. Realmente quería a Zria y sí sentía celos de Anna pero no para lastimarla en ese extremo. Suspiró sin saber qué hacer. Su hermana mayor le había indicado estar ahí en el campo a cierta hora, así que si pasaban los minutos y él no aparecía entonces se marcharían. Y así no fallaba ni de un lado, ni del otro.
—Estás muy pensativa, Marion—comentó Anna mientras recogía un par de flores más—Mira, ésta es una flor bastante rara de la región, se llama…
—No me interesa cómo se llama, Anna—le interrumpió con brusquedad.
Odiaba cuando sacaba a relucir esa lógica y gran inteligencia. Era una simple niña, no era mejor que ellas dos, así que no tenía por qué creerse demasiado.
—Bueno, se la llevaré a mamá. Pero lo que no entiendo es que si no me soportas para qué me traes a jugar contigo en el campo—analizó con cautela—Llevamos media hora y no te has dignado a hablarme.
—Es porque mamá quería que saliéramos, y reforcemos nuestros lazos familiares—repitió aquel discurso tan trillado de Eliza.
Claramente no tenía otra opción. No se llevaba tantos años con Anna como para argumentar una diferencia abismal como Zria y ella. Se golpeó la cabeza, menudo accidente había sido esa niña, suficiente eran ellas dos como para añadir una tercera en la lista.
—Mira, si no quieres estar conmigo, lo entiendo—dijo molesta la rubia— Me voy, tengo mejores cosas que hacer.
—¡Dije que te quedes! — le gritó Marion.
Y aquel gesto de dominio apareció en el rostro de su pequeña hermana, podía ser menor, pero sin duda tenía carácter. No obstante, antes de siquiera responder, vio de reojo cómo Yoh corría a prisa sin importar que el camino fuera peligroso para descender a la laguna.
Marion se percató de ese silencio y la miró marcharse tras él. Justo como Zria afirmó que lo haría. La siguió a una distancia prudente mientras a Anna poco le importaba el vestido que llevaba, bajó y casi tropezó en el sendero cuando llegó al árbol que marcaba el límite entre un precipicio.
No lo había visto en días, sabía que estaba molesto, lo presentía. Por eso, no pudo evitar correr detrás de él y seguirlo. Deseaba mucho hablarle y decirle que lo entendía, porque su padre le había explicado las razones que tenía para no casarse con ella y que era también el motivo de su reacción tan negativa.
Sin embargo, todas sus ilusiones se quebraron cuando vio a Yoh con una mujer mucho más grande. La reconocía, era la chica que le daba los libros en la biblioteca, pero ella era incluso más grande que él. Mucho más. Observó cómo la tocaba y la manera en que le quitaba la ropa. Besaba a Kanna y no se veía en lo absoluto incómodo.
—Anna… vámonos—dijo con suavidad Marion.
Su mano se apoyó en su hombro. En su corta existencia jamás vio en su hermana un gesto que denotara tristeza, pero ahora ésta se expresaba en su estado más puro. La niña simplemente caminó con ella tomada de la mano. Incluso para ella, la imagen era fuerte, no quería siquiera imaginarse el dolor que debía sentir Anna.
Andaba en silencio, hasta que un par de lágrimas brotaron por sus ojos. Era triste verla llorar, incluso ella que a veces lo hacía se sentía horrible y más ahora cuando su sentir era debido a su crueldad. Asió su mano con más firmeza y apuró su paso, si de ella dependiera, nadie más volvería a lastimarla. Ni siquiera Zria, pero el daño ya estaba hecho.
—¿Sabes?… me enteré que Yoh se iría a estudiar al extranjero— comentó con culpa— Estando lejos, al menos dejará de importarte tanto.
Anna suspiró y observó la rosa más hermosa de jardín. En casa al menos se sentía protegida, lejos de esas malas imágenes que aun deambulaban por su cabeza. No sabía si aquella noticia era buena o mala, sólo que no quería perder a su amigo.
— ¿Y volverá?
—No lo sé—dijo al borde de las lágrimas— Perdón, no quería…
Pero la pequeña rubia simplemente se acercó al rosal y arrancó la flor sin más preámbulos. Se lastimó, su mano se espinó al hacer contacto con la rosa, es sólo que ya no le importaba demasiado el dolor y lo único que quería era hacer sentir bien a Marion.
—No es tu culpa—le dijo con sinceridad mientras le entregaba la flor en su mano— Iré a ver qué prepararon para almorzar. Tengo hambre.
Así se marchó, dejándola sola con ese sentimiento cruel carcomiéndole el alma. Zria la observó y contempló en ella algo genuinamente diferente. Se acercó hasta abrazarla, de esa manera Marion liberó su llanto y sus palabras para quien también era responsable del daño a esa niña.
—No debimos hacerlo—dijo arrepentida— Anna lo ama tanto…
—Y yo también—respondió su hermana mayor.
Negó con la cabeza.
—Lo tuyo es un capricho que sólo ha dañado a esa niña ¡Zria, por muchos celos que le tengamos a Anna, es nuestra hermana!
Si alguna vez sintió que todo lo que lo rodeaba le era ajeno, ahora ya no lo veía de ese modo. La beca que tramitó para estudiar en Estados Unidos tenía total aprobación. Algo ilógico ya que no era el mejor promedio, pero tenía bastantes habilidades y eso lo hacían digno de cualquier reconocimiento.
Suspiró y miró su habitación por última vez. Las últimas semanas había sido un verdadero calvario, especialmente por evitar a dos personas: Mikihisa y Anna. Y debía admitir que le dolía demasiado la distancia con su padre, pero se negaba a aceptar sus imposiciones en su vida. No quería arrepentirse y dejarse llevar por lo que otros decidieran hacer por él.
Cerró el equipaje y su madre, que lo observaba desde la puerta, no pudo evitar sentir nostalgia.
—Es la primera vez que te vas solo—dijo con tristeza— En realidad, no quiero que te vayas, pero también sé que es una oportunidad única.
—Lo es—afirmó el castaño agarrando su maleta—Te extrañaré, mamá.
Suficiente para abrazarlo y comenzar a llorar en su hombro. Él sonrió, no era el fin del mundo, se volverían a ver. Además siempre existía la posibilidad de que lo visitaran. Bajó al vestíbulo y varios de los empleados lo esperaban para despedirlo. La sola acción le conmovió y los abrazó a cada uno con una ferviente fraternidad, hasta que vio en la sala a Zria.
—Así que… te irás—dijo con melancolía.
Desvió la mirada y se sintió algo incómodo. Ambos se dirigieron a la terraza y ahí pudo ver cómo la mayor de las hermanas Kyouyama se sonrojaba.
—Yo sólo quería decirte lo mucho que te extrañaré y que tú… siempre me has gustado y mucho.
—Gracias, yo también te aprecio mucho— contestó con una sutil sonrisa— Y eres realmente muy bonita, pero no siento algo más, te veo como una hermana. Aunque en el pasado casi estuvimos a punto de besarnos, lamento que hayas malinterpretado todo, en verdad.
Apretó los puños, claramente sentía una gran vergüenza. Por mucho que su madre se opusiera a él, estaba consiente que él no era malo. Pero incluso Marion veía con más claridad las cosas, afirmando que Yoh no correspondería sus sentimientos.
— ¿Sin rencores?
—Sí, claro que sí—afirmó abrazándolo.
Entonces recordó a su pequeña hermana que aún seguía en la sala. Anna llevaba menos posibilidades que ella, lo sabía de antemano, pero la rubia insistía en acompañarla para darle a Yoh un último regalo antes de partir. No dijo nada, sólo lo observó cuando se iba, era problema de ella si llamaba o no la atención del castaño.
Consciente de que sería su última oportunidad para verlo, tomó el llavero que había comprado para él. Sus ahorros de las pasadas semanas iban ahí, en esa pequeña cajita que sostenía. Lo miró avanzar a paso seguro a la salida hasta que se percató de su presencia y enmudeció.
— ¿Qué haces aquí?- dijo confundido y notablemente cohibido.
Anna era la última persona que quería ver antes de su travesía.
—Quería verte y darte esto—pronunció con firmeza mientras le extendía una caja de madera bastante pequeña.
Miró el detalle y se sintió abrumado, especialmente porque notaba en los ojos de la niña una ferviente ilusión. Se agachó hasta quedar a su altura y suspiró derrotado.
—Lo siento, Anna, no puedo aceptarlo—declaró con firmeza— Eres aún muy pequeña y no entiendes estas cosas, así que trataré de decirlo de la mejor forma. Me incomodas, tú me agradas, pero nos llevamos muchos años de diferencia y eso hace que me sienta demasiado acosado por ti. Es decir, me molestas un poco.
—Pero se supone que somos amigos, Yoh—le reclamó la rubia, algo que sin duda no esperaba— Además, yo te quiero y yo pensé que tú me querías igual.
Claro que la quería pero como a una hermana. Sin embargo, Anna denotaba un cariño más allá y no quería que albergara esas ilusiones, que a fin de cuentas serían nada y sólo la harían sentir desdichada con el pasar del tiempo.
—No, tú estás confundida. Créeme.
—No estoy confundida. Además… ¿por qué me rechazas tanto? No es mi culpa.
—Claro que lo es—afirmó sin pensarlo y se mordió los labios porque no quería decirlo, no sentía tal cual esas palabras— Yo no me quiero casar contigo porque eres como un pequeño monstruo.
Fue una gran conmoción, especialmente cuando continuó.
—Perdón, no quise decirlo así, sólo… entiéndelo. No eres mi tipo, eres muy chica y créeme algún día me lo agradecerás.
Apenas notó cuando se fue. Bajó la mirada y se agachó hasta abrazar su cuerpo. Había dejado caer la caja y el llavero que tenía en su interior. No era sencillo asimilar esas palabras, no lo era. Trató de controlar su respiración, pero lo que sentía la estaba matando. Entonces sintió unos brazos rodearla y cargarla.
Zria se mordía los labios con una gran impotencia. De haber llegado minutos atrás lo hubiese golpeado, pero Anna no era la única en un estado de conmoción, ella tampoco creía que Yoh fuera tan cruel, en especial con esa pequeña niña que a leguas se veía lo amaba con un auténtico y puro sentimiento. Ahora, un instinto protector le obligaba a quedarse con Anna, en vez de matar a Yoh, porque después de todo, ella la necesitaba y mucho.
Sus miradas se conectaron y admiró su fortaleza quebrarse en mil pedazos. Anna no lloraba con facilidad, era una mocosa orgullosa y con gran entereza, pero ahí estaba, llorando entre sus brazos. No pudo evitar decirle tantas cosas, palabras cargadas con tanto amor para su hermana pequeña. Y se odio por esa tonta envidia que parecía tenerle.
—Perdóname, Anna—dijo también al borde de las lágrimas— Hermana, juro por mi vida que nadie volverá a lastimarte.
Así sentía él esa opresión en el pecho. Tomó su maleta y pudo contemplar a Mikihisa apenas abrió la puerta. Sintió una terrible vergüenza, así que estando a unos pasos de él, lo abrazó.Su padre lo estrechó y reconfortó con el nuevo porvenir. No hubo un reproche en sus acciones, simplemente le dio esperanza de continuar.
-Está casa siempre esperará por ti.
Ambos subieron al coche y él miró por última vez la enorme finca que lo había visto crecer y reír durante tantos años. Cuando Hao murió pensó por un momento que nada sería igual, y en efecto, así había sido, pero ahora tendría una vida muy diferente por delante. Sólo esperaba que a su regreso todos las heridas hubiesen sanado y también… aquellos corazones rotos.
Quince años después
Contempló su reflejo en el espejo. Si no fuese a llegar Yoh, no estaría arreglándose demasiado, pero además lo hacía porque tenía años de no verlo. Apenas tomó su bolso oyó que abajo tenían una grandiosa fiesta. Ella y su esposo estaban sumamente emocionados, especialmente porque Horo Horo deseaba conocer al famoso Yoh Asakura.
—Vamos, Tamao, ya casi llega—le dijo Horo Horo.
Se apresuró y tomó sus pendientes. La recámara de invitados siempre le había parecido cómoda, pero la casa sin Yoh era un verdadero hueco. Tomó la mano de Horo Horo y bajó al jardín y la gran carpa, seguramente su primo se avergonzaría de regresar a una provincia y que todavía hicieran un escándalo aún mayor por su regreso.
No tardó mucho en saludar a sus tíos que ya repartían bocadillos entre sus invitados. Vecinos, amigos, familias cercanas que conocían a los Asakura, casi podía asegurar que estaban todo el poblado. Además juraría que más que la llegada del castaño, la asistencia se debía en gran medida a la comida, porque era por todos conocido de los grandes banquetes que orquestaba la familia Asakura. Nadie faltaría si había comida gratis de por medio. Y chismes nuevos.
—Qué bueno que bajas, querida—le dijo Keiko— Mikihisa fue por Yoh, dice que su avioneta tuvo problemas para salir.
—Pues creo que están sobrevalorando mucho a Yoh, ¿no cree? Tiene años que no viene, ¿por qué recibirlo como todo un príncipe?
La ironía en la voz de Horo Horo se opacó cuando el castaño entró en escena y saludó efusivamente.
— ¿En serio ése es tu primo? —le preguntó sorprendido.
No respondió, sino que corrió a abrazar a Yoh. Era tímida, pero siendo la primera vez en quince años que no lo veía, se sentía plenamente feliz.
—¿Tamao? Vaya sorpresa, no te reconocí—admitió apenado y con torpeza.
—Lo sé, era una niña cuando te fuiste—reconoció con vergüenza— Te quiero presentar a mi esposo, Horokeu Usui.
—¡Asombroso, Tamao! ¡Te casaste antes que yo! ¡No lo puedo creer! — dijo sorprendido, extendiendo su mano al hombre— Mucho gusto, Horo Horo.
—Mucho gusto, Yoh—respondió con empatía— Pensé que serías un tipo arrogante y petulante, te ves demasiado común para ser escritor.
Tocó su nuca con nerviosismo, en realidad no era la primera vez que lo catalogaban como un sujeto engreído.
—No soy escritor como tal, sólo es un pasatiempo o algo complementario, me sirve para las investigaciones. En realidad tengo que viajar mucho porque estudié…
—Historia y Arqueología, lo sé—repitió fastidiado Horo Horo.
Tamao se sonrojó al instante.
—También hiciste una maestría en Boston—agregó, a sabiendas de todo su currículum— Lo sé, pero ¿por qué no regresaste antes?
—A pesar de que terminé de estudiar hace un par de años, fue casi imposible con tanto viaje, publicaciones… ¡Wow, ha sido en verdad extraordinario!—relató feliz— Pero aún con todo, me alegra estar aquí de nuevo. Y pienso quedarme a vivir una larga temporada, mientras termino de escribir todos los datos que encontramos en el Cairo.
Sonaba como un tipo agradable, debía admitirlo. Quizá sus celos eran injustificados ante su llegada.
—Genial, quería un poco de compañía en la familia. Pensábamos comprar una casa en el pueblo —comentó Horo Horo— Mikihisa dicen que este lugar es ideal para venir a descansar del mundo. Además no está lejos de la ciudad.
Sonrió y se alegró de estar regreso con nuevas amistades en el condado. Porque aunque estaba casado con su prima,mucho menor que él, podía jurar que eran casi de la misma edad.
—Claro, yo puedo mostrarte todo. Conocí hasta el último rincón del pueblo—comentó entusiasmado el castaño— Y… bueno, me ha encantado, seguro que tú amarás vivir aquí, sólo espero que no haya cambiado tanto en mi ausencia. Seguro encontrarán algo bonito y grande por el lugar.
—Eso espero, porque el lugar que tenemos es en verdad pequeño—se quejó abiertamente.
—No digas eso, Horo Horo— carraspeó dándole un ligero codazo— Ya tenemos una casa en la ciudad y yo aún tengo que seguir estudiando. No me pienso mudar todavía.
Fue inevitable no sentir ternura ante su postura, así que sin previo aviso la abrazó de lado. Ella sonrió tímida. Eran tantos años de ausencia y tanto que tenía por conocer.
—Perdón por no saber, Tamao, ¿pero qué estudias?
—Literatura Inglesa—confesó con pena.
—Sí, pensó que podría igualar los pasos de Anna—bromeó Horo Horo.
—No por supuesto que no—negó con vergüenza— Ella es intelectual, y hermosa, yo no aspiro a tanta grandeza.
Se sintió extrañado por la sola mención...
— ¿Hablamos de Anna Kyouyama? —preguntó el castaño.
—Sí, Anna Kyouyama—refirió su prima—Tal vez no la recuerdes, también era muy pequeña, pero todavía es mi mejor amiga
Recordaba con claridad. Y sus recuerdos con Anna no eran nada gratos. La incomodidad se sobrevino en su pecho al ser uno de los motivos por el que vivir en el extrajero parecía la mejor opción. Prefirió cambiar el tema y comenzar a saludar al resto de los invitados. A muchos los había frecuentado desde su niñez, otros tuvieron que ser presentados. Gracias a dios, su madre manejaba hasta el último detalle de cada persona en el poblado. Sin embargo, aquella ronda se acabó en cuanto Keiko exclamó con emoción la entrada de sus más grandes amigos.
Giró su rostro para ver entrar a la imponente familia Kyouyama. Recordaba a Fausto como el hombre afable y a Eliza como la mujer de aspecto dulce, pero imponente y de mano dura. Un singular equilibrio. Los años pasaban, pero aún seguían conservando en gran medida esa aura de jovialidad. Eran un matrimonio tan firme como el de sus padres.
—Buenas tardes—saludó la pareja a todos los invitados.
La respuesta no tuvo que esperar. Si sus padres eran parte del poblado, ellos no se encontraban en diferente situación al saludar a muchas personas a su paso.
Sonrió de lado, cuando notó una tercera figura entrar detrás de ellos. Supo reconocerla al instante, después de todo, sus rasgos no habían cambiado demasiado. Zria se veía mucho más atractiva de que como la recordaba. Y por supuesto ya estaba casada, o al menos eso parecía, ya que caminaba de la mano con un alto y robusto hombre. Su aspecto nada delicado evidenciaba una personalidad reservada, de la cual no quería ser partícipe.
Los recuerdos de su infancia a su lado comenzaron a llegar con rapidez.
A Zhoria la recordaba mucho más. Ella era muy callada, incluso a veces misteriosa, demasiado para su gusto. Pero no tanto como Marion, que parecía una dama ataviada en negro y al parecer su novio entraba en el mismo parámetro con un traje sastre oscuro. Formal, pero que denotaba la sobriedad que ella misma representaba. La palidez de su tez, más la combinación de sus cabellos rubios hacían resaltar mucho más el color y la falta de emoción en la mirada verde de ambos. Las dos hermanas pasaron y alzaron la mano en señal de saludo a todos los invitados. Con algunos deteniéndose a charlar con más amenidad, pero no con la misma fraternidad de sus padres.
Le pareció curioso observar al par de rubias, que en algún tiempo también las consideró como parte de su familia, como aquellas hermanas que nunca tuvo.
Aunque ahora se sentía demasiado incómodo al notar que la atención se dirigía a él, especialmente cuando la familia se acercó para saludar a su madre.
—Yoh, ¿en realidad eres tú? —bromeó en tono macabro Fausto—Sí que has crecido, casi no puedo ver al muchacho escuálido que conocí.
—Sí, soy… yo—pronunció con nerviosismo.
Keiko no pudo reprimir la risa ante el comentario, ya que lo había hecho con anterioridad.
—Pues... felicidades, qué bueno que estés de regreso—dijo Eliza sin demasiada emoción—Sobre todo por tus padres, que ya extrañaban verte de regreso.
—Gracias, también es un gusto verlos de nuevo—añadió con una pequeña sonrisa, mientras Fausto palmeaba su espalda—Y sí, ya me extrañaban, pero afortunadamente nos hemos visto en otras ocasiones
—Sí, pero nunca en casa—se quejó su madre.
Era cierto, tenía quince largos años fuera de casa.
—Es bueno tenerte de regreso—agregó el rubio en un tono más amable.
Y no hubo más comentarios relativos. Eliza decidió llevar la charla hacia otro punto, lo cual no le molestaba.
— Keiko, necesitaremos tu ayuda, Marion quiere usar un vestido horrible para la boda.
¿Así que se casaba? Observó de reojo a las dos parejas. Ellos estaban en su propio círculo, no se veía que convivieran tanto con los demás invitados, salvo que fuera para contestar saludos. Ni siquiera con Tamao y Horo Horo, algo que le causó gran curiosidad. Muy típico de chicas citadinas, que sólo acudían a lugares como esos a vacacionar y eran tan creídas que sólo su madre las toleraba.
En términos generales, sólo Fausto le parecía agradable en la familia. Él incluso platicaba de forma amena con su madre mientras Eliza parecía censurar algunos comentarios fuera de lugar. Sin embargo, los Kyouyama era amigos íntimos de sus padres, así que intentaría recuperar un poco de esa comunicación con sus hermanas potizas.
—Hola…—les saludó, pero ambas apenas le miraron.
—Hola— respondieron ambas, sólo para continuar hablando con sus respectivas parejas.
Ni una presentación formal, ni nada. Bien, eso superaba lo extraño. Pensaba establecer una charla con ellas, pero ninguna parecía prestarle atención.
—Viendo la situación, me encantará ayudarlas con los detalles—contestó su madre— Es realmente genial ver a tu hija casarse, se ve muy enamorada.
¿Era ironía? Claro, sumamente enamorada. Lo curioso era ver como ambas hermanas coincidían no sólo en detalles de su personalidad, sino en el espécimen que habían seleccionado por pareja: alto y robusto. Aunque el esposo o novio de Zria ganaba por mucho en la afrenta. Aún así ambos eran tan diferente a él, porque fácilmente aquellos hombres le llevaban cinco centímetros de estatura. Tenía complexión atlética, pero no competía en músculos con ellos dos.
Su padre osaba burlarse mucho de él, seguro si lo comparaba con los yernos de Fausto terminaba mal parado. Y hablando del susodicho.
— ¿Y mi padre? —se atrevió a preguntar el castaño—Lo perdí de vista apenas entramos a casa
—Seguramente fue por a la pradera. Antes de que llegaras teníamos ocho jóvenes entusiastas por ganar una carrera— explicó su madre— Sólo fue a asegurarse que ninguno se matara.
Rió sin poder evitarlo.
— ¿Tendrán unos veinte años? Como que ya están muy grandes para matarse en un recorrido.
La sonrisa de Keiko se amplió y miró en complicidad a Fausto y Eliza.
—Cuando una mujer tan hermosa va a la cabeza, todos están dementes—comentó con gracia su madre— Nadie quiere perder frente a ella, en especial en una carrera de caballos.
¿Qué quería decir con eso?, se cuestionó mentalmente antes de escuchar el trote de diez caballos, y mirar a su padre descender de uno de ellos. Se veía mucho más joven cuando hacía eso, que incluso le dio envidia no saber montar adecuadamente. O mejor dicho no haber aprendido nunca.
Inmediatamente después, observó una yegua color oro y una joven descender de ella con gracia. Detrás de ellos venían ocho más, que apenas bajaron, Mikihisa tuvo que contenerlos para que ella lograse pasar.
Quitó el lazo que sostenía en una coleta su cabello rubio y admiró sorprendido la forma tan hermosa en que sonreía con arrogancia. Simplemente no podía quitarle la vista de encima. Vaya… se le fue el aliento cuando caminó con ese porte de grandeza hacia donde se encontraban, y no sabía si había puesto la suficiente atención, pero no había visto a una mujer más hermosa que ella en toda su vida. Y no sólo enmudecío, sino que le provocó un estremecimiento tan fuerte que sentía inmóvil, totalmente vulnerable a lo que esa belleza deseara de él.
—Tardaste demasiado—se atrevió a decir Fausto.
—Pasé a la laguna para refrescar mi cabello—admitió sin ninguna vergüenza.
Keiko le sonrió y abrió el paso entre ambos. Él no dejaba de contemplarla, desde la sutileza con que se quitaba los guantes de las manos hasta la bien cuidada silueta que poseía.
—Creo que recuerdas a Yoh, ¿no es verdad, Anna?
Y la magia del momento se opacó para él, especialmente cuando pudo admirar sus hermosos ojos color miel. O dios... ¿En verdad era Anna Kyouyama?
Continuará…
N/A: Antes de que pierda el ritmo escribiendo, les traigo un capítulo más de esta historia. Si se preguntan por qué no continuo con fics más antiguos y les doy prioridad a los nuevos es por la sencilla respuesta de que son mucho más cortos de escribir. Así que mientras esta historia y bueno a ver qué pasa. Y a decir verdad, me ha costado un poco de trabajo mantener la esencia de Yoh, que aquí en estos primeros dos me recuerda a su actitud algo rebelde que tenía al principio del manga, él siempre tan renegón y respondón. Me han agradado mucho sus comentarios y espero que les guste el principio de esta historia, que en lo personal he disfrutado mucho escribiéndola. Cuídense y nos vemos próximamente.
Agradecimientos especiales: Irumy Uchiha, SakuAsakura, anneyk, DjPuMa13g, Meril Inugami, Katsumi Kurosawa, Love Anna y Seyram.
