¡Y tú te marchas a entrenar a las montañas!

Era una tarde de primavera en la Capital del Oeste y La Corporación Capsula estaba prácticamente deshabitada. El jovencito Trunks de doce años disfrutaba de su viaje de final de curso en un parque temático multiaventura con su clase de la escuela. Los padres de Bulma también se habían marchado unos días de vacaciones a unas islas paradisiacas, y el incansable Vegeta se encontraba aún entrenando en las montañas, ya que justo por la mañana, su amada cámara de gravedad se había averiado gravemente, y en esos momentos su mujer no se encontraba en "estado" para repararla. Por lo tanto, en la gran mansión tan solo quedaba una muy embarazada Bulma, exactamente de ocho meses y medio.

Lo cierto es que agradecía el haberse quedado sola ese día, últimamente estaba demasiado irritable y cansada para atender a sus familiares. En el interior de su vientre se encontraba el segundo fruto de su unión con Vegeta, una linda bebé que nacería en unas dos semanas. Sentada en el sofá, acariciaba su ya enorme panza mientras miraba la televisión saboreando un delicioso helado de vainilla.

Empezaba a anochecer y Vegeta todavía no llegaba, así que decidió dejar la cena del guerrero preparada en la cocina y marchase ya a dormir. Estas últimas semanas de embarazo estaban siendo las más duras para ella. Se sentía tan pesada, tan lenta, con las piernas siempre hinchadas, con ganas de hacer pis constantemente debido a la terrible presión que la crecida bebé ejercía ya sobre su vejiga, con molestos dolores en la baja espalda junto con las potentes pataditas que a menudo le propinaba su bebita…estaba deseosa por dar a luz a su amada hija y volver a ser ella misma.

Marchó al cuarto de baño de su dormitorio para darse una rápida ducha antes de meterse en la cama. Se quitó su bonito vestido azul premamá y se miró en el espejo. Incluso embarazada lucía tan hermosa como siempre, con su perfecta silueta ahora adornada con una abultada tripa — Ya falta muy poquito pequeña pateadora — susurró hacia su panza tiernamente para que la bebé la escuchara. Fue directa a la ducha y dejó que el relajante chorro de agua caliente la recorriera por completo.

Empezó a enjabonarse el cabello y el cuerpo mientras tarareaba una linda melodía, y seguidamente pasó a enjuagarse enérgicamente bajo el abundante chorro de la ducha. Mientras el agua caliente se deshacía de los restos de jabón de su cuerpo, notó como un cálido líquido se derramaba por sus muslos mezclándose con el agua. "Oh, vaya, es la segunda vez que se me escapa el pis sin darme cuenta… bueno, al menos esta vez ha sido en la ducha…" — pensó la peliazul mientras observaba el agua cayendo por sus piernas.

Salió de la bañera y se envolvió en el suave albornoz que tenía preparado, secó su cabello ligeramente con el secador y se colocó una linda bata blanca premamá de seda. Se cubrió bajo las sábanas de la gran cama que compartía con su guerrero, y tomó un libro de la mesita de noche para leer algún capítulo antes de dormirse.

Mientras leía, empezó a sentirse extraña. Parecía que la bebé estaba un poco más inquieta que de costumbre, ya que sentía una presión intensa en la parte baja de la panza. Pero no se preocupó demasiado, todavía faltaban al menos dos semanas para que su deseada hija naciera.

Los ojos se le empezaban a cerrar, pero de repente algo la hizo abrirlos de golpe: una contracción. No podía creerlo. Tan solo había durado unos segundos, pero estaba segura de que había sido una contracción, ese inconfundible dolor que padeció constantemente durante el parto de Trunks. Se levantó de golpe de la cama, sobresaltada "No puede ser, pero si todavía faltan al menos dos semanas…" — pensó la científica incrédula.

Tomó el teléfono para llamar a sus padres, pero rápidamente recordó que éstos estaban a diez mil kilómetros de la Capital del Oeste, y por mucha prisa que se dieran, no llegarían a tiempo para ayudarla. Por supuesto, Vegeta estaba totalmente incomunicado, ya que el teléfono móvil que le regaló jamás lo llevaba encima — ¡Maldita sea Vegeta!, no sé para que te compré nada…y te tienes que ir en el momento más oportuno ¿verdad? — maldijo la peliazul realmente enojada.

Pero no pudo seguir maldiciendo mucho más. Una nueva fuerte contracción la dejó sin aliento. "Pero si solo han pasado tres minutos desde que tuve la otra…por Kami, ¡Estoy de parto!"…¿Cómo es posible? Si ni siquiera he roto ag…" Pero no pudo seguir pensando, otra tremenda contracción la atravesó por completo. Ahora tan solo había pasado un minuto y medio entre una contracción y otra, y desde luego esta última había sido muy duradera. La bebé estaba empujando.

Con la respiración agitada y el sudor resbalándole por la frente, la científica tomó de nuevo el teléfono para avisar al hospital de que enviasen una ambulancia, pero cuando fue a marcar el número, otra nueva dolorosísima contracción se apoderó de ella. Asustada, introdujo su mano en sus braguitas para comprobar cuan dilatada estaba. Lo que tocó la dejó petrificada. Con sus dedos pudo palpar la gran abertura que había en su vagina. Calculó a ojo, y descubrió que al menos tenía ya diez centímetros de dilatación. Pero lo que más la conmocionó fue cuando se decidió a tocar el centro de su cavidad: la cabecita de su bebita estaba ahí, aún sin salir al exterior pero dejando ver sus cabellitos azules embarrados en sangre.

De golpe, la temblorosa peliazul recordó el incidente en la ducha: —…No se me escapó el pis…rompí aguas…— se dio cuenta al fin la científica. Otra tremenda contracción la hizo arrodillarse a los pies de la cama. "Es inútil que llame al hospital, Bra viene ya" — concluyó la desesperada mamá mientras retorcía las sábanas de dolor.

Por un momento, pensó en llamar a casa de Goku para pedirle que se teletransportara a su dormitorio y la llevara también de esa manera al hospital, pero algo interrumpió sus pensamientos: Vegeta acababa de entrar en la habitación.

Al ver el estado de su mujer, el príncipe corrió hacía ella para socorrerla. — ¿Qué pasa Bulma? ¿Te encuentras bien? — preguntó el guerrero preocupado. — ¿Qué si me encuentro bien? ¡Estoy de parto Vegeta! ¡Estoy de parto y tú te marchas a entrenar a las montañas! ¡Eso es lo que pasa! — gritó histéricamente la peliazul, siendo interrumpida por una nueva contracción. — ¡Tranquilízate mujer! ¡Ahora mismo te llevo al hospital! — gritó también el asustado Vegeta tomando a su mujer en brazos.

¡Ni se te ocurra salir por esa ventana! ¡Es demasiado tarde! ¡Bra está ya aquí! ¡Pariré en el aire si me llevas! — chilló la enojadísima científica a su amado guerrero. — ¿Entonces qué? — preguntó el de repente aterrorizado guerrero dejando a su mujer en la cama. — ¡Entonces me vas a ayudar a parir aquí mismo! — ordenó fuertemente la desquiciada peliazul al saiyajin.

Bulma se sacó las braguitas y se subió la bata para mostrarle a Vegeta su tan avanzado estado. El orgulloso saiyajin se puso de color verdoso, mira que había visto cosas en su vida, pero esa imagen, tan aterradora y a la vez tan natural, lo había dejado fuera de juego. — ¿Y cómo voy a ayudarte yo? ¡Esto es cosa de mujeres! Yo no tengo ni idea de qué hacer con esto — respondió el angustiado guerrero.

Bulma iba a contestarle, pero una nueva contracción hizo que se le quebrara la voz. Vegeta se dio cuenta de que no le quedaba otra que ayudar a su mujer a salir de esta, así que la acomodó en el respaldo de la cama con varios cojines, le ayudó a poner las piernas abiertas y flexionadas, y se colocó él mismo arrodillado entre las piernas de su mujer. — Vegeta, solo tienes que tomar la cabecita con las manos, muy suave por favor…mete un poco los dedos por los bordes de la vagina para ayudarla a salir… ¡Con cuidado por Kami! — indicó la desesperada peliazul al príncipe.

Vegeta tragó saliva y se dispuso a seguir las instrucciones de su mujer. Introdujo sus dedos índices bordeando las paredes vaginales para crear un poco más de espació para que la cabecita saliera mejor. Bulma empezó a empujar con cada contracción, usando toda la fuerza que podía, gritando de puro dolor. — ¡Vamos Bulma, empuja!, ¡Parece que ya va saliendo! — alentaba el saiyajin a la científica.

En la más dolorosa de las contracciones, la peliazul empujó con toda su alma, y al fin la cabecita de la bebé salió completamente al exterior. Vegeta tomó la cabecita con las manos temblorosas, sin saber qué hacer ahora, "¿Espero a que continúe saliendo? ¿O le doy un tirón y la saco?" — se debatía el saiyajin internamente. Recuperando el aliento, Bulma volvió a darle instrucciones: — Vegeta, ahora voy a empujar, pero tú tienes que tirar suavemente de ella, ¿de acuerdo? ¡Suavemente! ¡No le arranques la cabeza! — chilló la insegura peliazul. — ¡Ya lo sé mujer, no soy estúpido! — respondió el histérico guerrero.

Bulma empujó de nuevo, y tal cómo le había dicho, Vegeta tiró despacio de la pequeña cabecita sacando con ella el resto del encogido cuerpecito de su hija. El llanto de la bebita se escuchó en toda la Corporación y una gran conmoción estremeció los corazones de los papás. Vegeta tomó una sábana de la cama y envolvió a la bebé mientras limpiaba los rastros de sangre que la cubrían. La bebita por un momento se calló y miró a su padre fijamente con los enormes zafiros azules que había heredado de su madre. El orgulloso saiyajin sintió en su corazón la mayor de las ternuras al observar a la más linda de las bebés, a esa preciosa nena que lo miraba con sus ojazos curiosos…a su hija. La besó varias veces en las mejillas y le dedicó la más amorosa de las sonrisas que podía tener el saiyajin.

Bulma terminaba de expulsar la placenta mientras observaba la escena con lágrimas en los ojos. Nunca había visto a su hombre tan tierno y paternal, y el verlo así solo pudo emocionarla como nunca. Pero muy a su pesar, pronto sintió la necesidad de interrumpir la escena: — Pásamela Vegeta, también es mía — reclamó la peliazul con dulzura. Vegeta despertó de su ensoñación y colocó a la bebé en los brazos de su mujer. — Hola Bra…eres tan hermosa mi dulce bebita…. — susurraba tiernamente la peliazul mientras besaba toda la redondita cara de la nena.

Vegeta se sentó en el borde de la cama acompañando a las mujeres de su vida, sin apartar la mirada de las dos bellas peliazules que habían conquistado su corazón. Bulma alzó la mirada para encontrar los ojos de su hombre. — Lo has hecho muy bien Vegeta. Estoy orgullosa de ti papá — dijo sonriendo la enamorada científica. Vegeta se inclinó y besó a su mujer con la mayor de las devociones, besando dulcemente a su diosa particular, a su amante, amiga, madre de sus hijos…. su reina. — La que lo ha hecho como una auténtica fiera eres tú, mujer. Eres única, Bulma — añadió el príncipe mirando con ojos borrachos de amor a su esposa.

Ambos papás besaron de nuevo a la recién nacida Bra, cada uno en una de sus gorditas mejillas. La pareja quedó callada, tan solo observando a la linda bebé, admirando a su preciosa creación.

Al cabo de unos minutos, Bulma tuvo que interrumpir la armoniosa escena: — Vegeta…tienes que limpiar todo esto…y limpiarme a mí también… después llama al doctor para que venga a revisarnos... ¿te parece? — pidió la peliazul esperando los refunfuños de su amado. — Está bien — respondió el guerrero simplemente resoplando: la felicidad que lo embargaba era tal, que poco le importaba tener que hacer esas tareas tan mundanas.

Notas del autor: …y así nació Bra, jaja. Para escribir esta historia me he inspirado en la experiencia personal que tuvo mi hermana al dar a luz a mi sobrino (sí, a ella le pasó eso de romper aguas en la ducha e irse tranquilamente a dormir jaja, aunque por suerte llegó justo a tiempo al hospital porque sí que estaba acompañada por mi cuñado, jajaja). No sé si les habrá gustado, o quizás les ha parecido un poco "asquerosita" la descripción del parto, pero en mi opinión no es para nada desagradable, es lo más natural del mundo y así es como todos nacemos. Un aplauso a nuestras madres que tienen que pasar por esos dolores para traernos a la vida.

Hasta la próxima vez que me inspire. Un abrazo y muchas gracias por los reviews, me animáis mucho a continuar, es muy satisfactorio saber que los delirios de mi cabeza gusten a alguien, jaja. Un abrazo. Colli.