Hola, os traigo el capítulo corregido, porque me di cuenta de que tenía algún que otro fallito de escritura. Si hay más, me avisáis, ¿eh? Que no soy Superman. Además cambié DOS cosas de la trama, aunque una de ellas no es tan importante, si tenéis ganas volvéis a leeros el capítulo. El otro, en la posdata.

También deciros que casi seguramente subiré el segundo mañana y, creedme, merecerá la pena. ¿Qué tramas, Mickey? Oh, nada. Tan solo puedo decir que será... ¡Té-licioso!

P.d.: ¡Ojo al parche, cambio importante! Metí la pata de palo, no va a estudiar en E.A.H. tres años, serán DOS.


Érase una Queen

- ¡Ouch! Maldición…

La mañana se había presentado cálida y soleada. Los rescoldos del verano.

- Date prisa - se oyó desde la planta baja.

- ¡Ya voy!

En la cocina, una mujer de cuarenta y tantos años rodó los ojos, divertida. Lo estaba haciendo a propósito y lo sabía. Lo sabía porque ella tampoco quería que se fuera.

Examinó una última vez la casa de estilo inglés en la que vivían desde hace unos doce años.

Estaba situada en un barrio familiar donde todas eran iguales, con un pequeño jardín delante y otro detrás, separadas por vallas blancas de un metro de alto. Observó las paredes de color crema, la moqueta de un elegante tono granate y las escaleras de madera de cerezo.

Todo en aquella casa era luminoso y alegre, como los numerosos marcos con fotos que adornaban el amplio salón. Todo había sido colocado así en su día por una razón, pero a partir de las diez en punto todo se convertiría en recuerdos de tiempos que jamás volverían.

Respiró hondo y volvió la vista al techo, esperando oír pasos bajando al primer piso de un momento a otro.

Mientras, una muchacha de 15 años reabría por cuarta vez sus maletas para comprobar que no faltaba nada por meter. En un gesto nervioso jugueteó con la pulsera de dijes que llevaba desde que tenía memoria y las cerró todas de nuevo, buscando cada cosa en el cuaderno de notas en el que había hecho una lista de lo que quería conservar cuando se fuera.

Estaba nerviosa. Aquello era grande, muy grande. No se sentía lista.

Unos golpecitos en la puerta interrumpieron su pequeña crisis y un hombre, también en sus cuarenta, asomó la cabeza por el marco de la puerta.

La habitación de la joven estaba pintada en tonos oscuros (la única de la casa), un morado pálido, y los muebles eran o bien de ese color o negros, fruto de una etapa de oposición a la autoridad que había superado tras la dolorosa experiencia de su primer y último piercing. Había quedado claro que su cuerpo no aceptaría más agujeros que los de las orejas.

Sobre su cama estaban las cinco maletas plateadas que se llevaría, y solo tres de ellas eran para ropa, zapatos y chaquetas y accesorios, respectivamente. No necesitaba más prendas, compraría el resto al llegar a su destino.

Las otras dos eran para libros, álbumes, CDs y demás objetos de valor afectivo que pudiera haber echado en falta tras mudarse a la residencia de su nuevo instituto/internado.

Cuando supo, aquella primavera, que tendría que marcharse de Far Away para estudiar en la academia más prestigiosa de Ever After, no quiso perder tiempo lamentándose y decidió aprovechar al máximo los últimos tres meses que pasaría con su familia y amigos en la ciudad que la había visto crecer mientras trataba de asimilar lo que se le venía encima con toda la madurez que le fuera posible.

Aún en la puerta, el hombre preguntó:

- ¿Las bajo ya?

Ella asintió resignada, permitiendo que cogiera dos maletas y saliese rápidamente de la habitación.

Se sintió mal por él. Su padre no sabía manejar ese tipo de situaciones y acababa corriendo, como si así todo fuera a terminar antes. Pero él también deseaba poder retrasar al máximo su partida, por lo que he ahí la causa de su notable estrés.

Apareció de nuevo para coger otras dos maletas y llevarlas a la entrada, cabeza gacha y mirada perdida. Antes de poder tocarlas, ella agarró el asa de una de ellas y le miró con una disculpa en forma de sonrisa.

- Esta la bajo yo.

Ninguno de los tres miembros de la pequeña familia solía hablar mucho cuando se trataba de sobrellevar una pérdida, y a eso había que sumarle el hecho de que jamás habían tenido que sufrir una tan dolorosa.

Ben Sanders cabeceó, miró un momento a su hija y salió apresuradamente de la habitación, alejándose por el pasillo.

Ella solo levantó la última maleta, la cual contenía su libreta de composiciones, una foto de ella con sus padres y su diario, y salió del que había sido su cuarto por doce años, cerrando la puerta tras de sí. No sintió la necesidad de echar un último vistazo: había tenido tiempo de sobra durante su vigilia de la noche anterior.

Bajó ágilmente las escaleras para detenerse en el final, dejó la maleta en el suelo y se giró para ver a su madre apoyada en la encimera de granito a través del arco de la cocina.

- ¿Te has alisado el pelo? - Mila Sanders alzó una ceja al ver el por lo general ondulado pelo de la chica caer en cascada hasta la altura de los bolsillos traseros de sus vaqueros pitillo negros; solo los dos mechones del frente de sus cabellos como el ébano, con reflejos púrpura, moldeados en dos voluminosos bucles.

Llevaba puesta una camiseta holgada blanca con dibujos en gris sobre la que lucía una brillante chaqueta de cuero negro (su favorita). Se había decidido por sus botines negros con tachuelas plateadas y un collar de eslabones para completar el conjunto. Maquillaje, el mínimo.

Se detuvo, como siempre, en sus ojos, que al crecer habían adquirido una tonalidad lavanda en los días claros que pasaba a ser violeta brillante en los nublados. Su rostro se había afilado ligeramente con el paso a la adolescencia, pero seguía siendo pálido como la nieve, igual que el primer día. Por último, reparó en sus uñas, inusualmente limadas en punta, una extraña costumbre que se había agenciado gracias a la influencia de su amiga más íntima.

En los últimos años se le había hecho demasiado evidente el parecido con ella. Eran idénticas. Salvo por los labios: los labios de Raven Ebony Queen, a diferencia de los rosados de su auténtica madre, eran rojos. Como la sangre.

- Sí, ya sabes: cole nuevo, look nuevo - contestó notando la inspección a la que la estaban sometiendo. Su madre había empezado a hacerlo hacía poco y de vez en cuando, asegurándole lo mucho que se parecía a la reina en cada ocasión. Ella, por su parte, observó a sus dos padres una vez que el señor Sanders se situó a la derecha de su esposa y frente a ella.

Ambos tenían el pelo del color de la arena, él más oscuro que ella, la piel tostada y los ojos marrones y verdes, respectivamente. Nadie habría creído que era su hija biológica, incluida ella misma, así que nunca trataron de ocultárlo.

En realidad solo la identidad de su madre había permanecido en secreto hasta que cuatro meses atrás, el ministro del Rey Bueno, después de años de exhaustiva búsqueda, había dado con el paradero de la princesa perdida y, en su presencia, había ordenado a sus padres que recogieran todas sus cosas para poder llevársela.

Aún recordaba la impresión que le causó saber la verdad. Estaba tan impactada que por un momento estuvo a punto de dejarse arrastrar fuera de la casa. Pero al salir de la conmoción inicial, hizo lo único que se le ocurrió en ese instante: apelar a la reputación de la Reina Malvada.

En cuanto los hombres del rey vieron la fiereza de su negativa a abandonar su hogar, y temiendo la ira de la futura soberana, no tuvieron más remedio que dejarla quedar a condición de matricularse inmediatamente en el instituto al que asistiría junto con otros jóvenes de sangre real.

Incluso se había negado a conocer a su padre. Les dijo que no estaba lista.

Y no lo estaba.

- Bueno... - Raven esperó a que su padre dijera algo, pero este se quedó callado observándola sin saber qué añadir. Definitivamente, aquello no era lo suyo.

- ¿Lo tienes todo, cielo? - intervino la señora Sanders en un vano intento de disminuir la tensión. Raven desvió la mirada y simplemente dijo:

- Supongo.

- Bueno, pues… Te están esperando - pudo ver como el señor Sanders imitó su gesto por el rabillo del ojo, como esperaba que hiciera, y lo tomó como una señal: saltó como un resorte, abandonando su posición junto a las escaleras, y en solo un segundo se encontraba abrazándolos a ambos entre sollozos, los cuales simbolizaban todo un verano de nervios, dudas… Un mar de sentimientos encontrados que ya no era capaz de reprimir. Sobre todo porque en su interior sabía que esa sería la última vez que vería a sus padres de acogida, aquellos que tanto amor le habían dado durante los primeros quince años de su vida.

Caminó hacia el carruaje que la esperaba al final del camino de losas blancas que atravesaba el cuidado jardín de los Sanders.

La calle, usualmente bulliciosa, estaba desierta. Seguro que la han cortado, pensó.

Dos lacayos se habían encargado ya de cargar las maletas en la parte trasera del anticuado medio de transporte. Al llegar al borde de la acera, el ministro de la vez anterior se inclinó con fingido respeto, que Raven captó enseguida, y le abrió la puerta, esperando a que subiera el estrecho peldaño hundido en el suelo de la extravagante carroza. Uno de los sirvientes se acercó a ella – no sin cierto temor – tratando de agarrar su maleta del mismo modo en que el señor Sanders lo había hecho hacía escasos minutos.

Esta vez no hubo disculpa.

A la vista estaba que aquellos hombres no la respetarían si no empezaba a comportarse (o a verse, al menos) como la villana en la que estaba destinada a convertirse. Mantuvo su mejor mirada glacial mientras el lacayo retrocedía temblando, tropezando en el proceso, hasta retomar su posición inicial.

Ya más relajada, la introdujo en el interior del vehículo y, respirando hondo, se giró.

Allí, en la puerta principal, su madre reprimía a duras penas el llanto apoyándose en el hombro de su padre, quien acariciaba tiernamente su melena castaña en un vano intento de ayudarla a serenarse. Les sonrió con esfuerzo y comenzó a volverse, pero se paró cuando sus ojos se toparon con otro par de color anaranjado que en otros tiempos habían sido del marrón del chocolate. No pudo contener una pequeña risa nostálgica al ver que hasta el anciano gorila, vestido con camisa playera y pantalones cortos, había ido a despedirla, sentado en su silla de jardín del porche vecino.

Echaría de menos al viejo señor Mason*. Aunque el único recuerdo que tenía de su forma humana era un vídeo casero que su padre había hecho a sus dos años de edad, el mismo día en el que se convirtió en aquel perezoso primate, tan distinto al cascarrabias que solía gritarle de niña cada vez que ponía un pie en su amado césped. Alzó la mano en señal de despedida, y tuvo tiempo de ver cómo él correspondía su gesto antes de sentir la portezuela cerrarse tras de sí.

Miró por la ventana a la vez que el carruaje se ponía en marcha, rumbo a la estación. Vio como sus padres se difuminaban en la distancia al igual que su casa. La casa que habían comprado gracias a la enorme suma que la reina les había facilitado para su manutención, dejando una nota con el lugar donde se hallaba entre las mantas que la cubrían aquella noche.

La carroza siguió avanzando hasta llegar a las afueras de Far Away, cerca de la casa de la última persona a la que vería antes de abandonar la ciudad.

Cuando sintió el golpetear de cascos en el asfalto, Livett se incorporó rápidamente para ver pasar a su mejor amiga. Raven la ubicó en seguida, ataviada con un vestido negro ajustado hasta las rodillas y manga larga, medias de rayas negras y blancas y sus botas militares del mismo color: su habitual estilo gótico.

Se miraron fijamente, y estuvo tentada a decir algo, hacer algo, pero desechó la idea en el acto. Le había hecho prometer que sería como si no fuera a irse por siempre jamás. No sabía qué era, pero algo le decía que Liv no daría su amistad por perdida así como así.

En solo unos minutos el séquito llegó a la concurrida estación de tren de Far Away. En realidad la razón de aquella aglomeración era que habían reservado una línea entera para su uso exclusivo, por lo que las demás locomotoras tendrían que esperar. Rodando los ojos, se sentó en una esquina del vagón de lujo que le había indicado el ministro a la vez que descansaba el mentón en el reverso de su mano para mirar más cómodamente por el cristal.

Apenas notó el momento en que el tren se puso en movimiento, pues se había quedado absorta en sus pensamientos.

Desde que supo la identidad de su verdadera madre, infinidad de preguntas habían surgido tan solo en las primeras semanas: ¿por qué tomarse tantas molestias para esconderla si al final acabarían encontrándola?, ¿qué sentido tiene abandonar a un bebé en una choza humilde cuando podría haberse criado en un castillo lleno de comodidades y lujos?

Y la más reciente de todas: ¿por qué, pudiendo usar su magia para ocultarse de sus perseguidores, se había dejado atrapar tan fácilmente? Cuanto más pensaba Raven en su madre, más dudas se agolpaban en su mente. Era una sensación extraña, como si algo no encajara en aquella historia.

Fuera lo que fuese, sintió que pronto lo averiguaría.

Un silbato resonó en el tren indicando que se acercaban a un túnel. Cerró la ventana con cuidado de asegurar bien el cerrojo y se acurrucó en su asiento esperando a que la energía fluyera a su alrededor.

Los portales ferroviarios eran una de las innovaciones más importantes en la modernización del reino. Lo malo era que un portal era incapaz de conectar más de dos sitios, por lo que solo las ciudades tenían acceso a casi todos los puntos de Ever After. En las demás, con suerte, había un túnel para ir a la ciudadela en la que se encontraba el palacio real.

En menos de un minuto, la luz inundaba de nuevo el paisaje y el tren aminoró la velocidad hasta detenerse en la estación. Ante ella se alzaba la villa de Book End, situada a los pies de la institución a la que asistiría los dos próximos semestres.

Raven siguió a los hombres, que cargaban sus maletas, pero se detenía de vez en cuando a contemplar los diversos escaparates. Era como un centro comercial al aire libre y el triple de grande. Cuando se quiso dar cuenta, había perdido de vista a los lacayos y al ministro, pero no se preocupó pues podía ver el edificio desde donde estaba.

Caminó despacio, admirando cada tienda individualmente: de ropa, peluquería, spa… Incluso una en la que vendían muebles carísimos. ¿Quién compraría esos muebles tan caros? O mejor dicho, ¿quién podría? También vio una tetería más adelante y muy cerca de esta, una zapatería. En su interior pudo ver a una joven correteando de arriba a abajo con un montón de cajas a cuestas. Lo primero que se le vino a la cabeza fue: "menudo mogollón de zapatos".

Retomó el paso hasta que cesaron los comercios y se topó con un precioso puente de piedra gris que pasaba sobre el río, al final del cual el ministro del Rey Bueno la esperaba visiblemente impaciente.

Y allí, frente a ella, majestuoso como ningún otro, se erguía el que sería su hogar a partir de ese día.

Ever After High.


*Meison (pronunciación, por si acaso)

¡Hola de nuevo! ¿Cómo habéis estado? Dios, es el capítulo más largo de mi vida y aún así no me conformo.

Wow, estoy flipando: DOS reviews! Y ninguno de mi hermano, así que es un logro, lo juro.

Bueeeno, aquí tenéis el primer episodio de mi super saga. Tengo muchas ganas de ver donde acaba todo esto y de verdad espero que os guste y que sigáis esta aventura hasta que os aburráis o veáis que empiezo a flaquear.

Como le he dicho a gothicgirlGXD, trataré de incluir a todos los personajes, incluso los que aparecen muy de vez en cuando. Sobre todo avisaros de que aún no he leído los libros de Ever After High, así que cualquier ayudita a ese respecto sería de agradecer: seguro que hay muchos detalles que desconozco y que me serían útiles al avanzar la historia.

¿Habéis pillado lo del apellido de los padres de Raven? No lo hice con los nombres también porque sinceramente no se me ocurrió nada.

En fin, esta vez tardaré mucho más en subir el próximo capítulo (exámenes, claro, todos hemos pasado por esto), pero trataré de no exceder las tres semanas de espera.

Vale, ahora sí, ADIOOOS!