Los personajes pertenecen a Bruno Heller.
Parte II de Un millón de cicatrices.
Volar.
El sol pega con fuerza sobre su piel blanca llena de pecas mientras cruza la calle, es mediodía, Marcus la ha llamado anteriormente para quedar en almorzar en un restaurante frente a las oficinas centrales del FBI; camina casi robóticamente, se fija en el semáforo peatonal que ahora le da luz verde, pero siente un malestar general que no le permite enfocarse al cien por ciento en el momento, cuando llega al restaurante él ya está allí.
Es un almuerzo casi normal, con la típica conversación de cómo ha ido el día de ambos hasta ahora, sobre los casos resueltos y por resolver que cada uno tiene en su unidad asignada, la única excepción llega al final, cuando ella está a punto de terminar con él y él la interrumpe con una propuesta de matrimonio.
Su mente se sumerge en un recuerdo: en la primera vez que alguien le propuso matrimonio y aquella como esta vez la respuesta fue un no; solo que ahora no alcanza a verbalizarlo, las palabras quedan presas en su interior, el estrés de la situación la sofoca. Abre y cierra los ojos intentando enfocarse en su respiración.
—¿Estás bien? —pregunta Marcus realmente preocupado por la salud de ella.
Lisbon asiente, sugiere dar un paseo y él está de acuerdo con la idea.
Caminan durante unos minutos en silencio antes de que él empiece a hablar, no desean discutir, pocas veces lo han hecho, sin embargo, él sabe que hay algo que la molesta o la incomoda y se ha percatado cuando ha intentado tomarle la mano y ella se ha negado.
—Es por Patrick, ¿verdad?
Ella lo mira entre confundida y perpleja, no sabe cómo tomar sus palabras, y antes que ella pueda decir algo, Marcus vuelve a hablar.
—Piensas que él pueda estar celoso que si te casas conmigo ya no le prestarás atención a él.
Por un momento pensó que él lo había notado, que se había dado cuento que ella estaba enamorada de Patrick, una parte de ella cree que eso hubiera sido una opción viable, que hubiera hecho quizá las cosas más fáciles. Siempre le ha sido fácil cortar relaciones, pero no ahora, ahora se siente como si al hacerlo, al terminar con él, estuviera terminando con la oportunidad de tener estabilidad en su vida.
Respira profundamente y sin mirarlo a los ojos habla. —No me quiero casar contigo.
Él se siente un poco desilusionado, un poco herido, pero se esfuerza en ver las cosas con optimismo. —Está bien. Creo que fue algo apresurado de mi parte, quizá lo intente después. —dice con voz condescendiente.
Ella mueve la cabeza en forma negativa, esto está siendo más difícil de lo que pensó, el cielo está despejado, el sol alumbra con fuerza, los pájaros trinan y todo el escenario que se vislumbra externamente no es más que lo contrario a las emociones en su pecho. —No Marcus. No quiero hacerlo ni ahora ni después. Estoy terminando nuestra relación.
Un pequeño remolino de viento se forma a sus pies arrastrando consigo hojas caídas y tierra, ella evita su mirada, evita mirar la expresión de tristeza en los ojos de él, a pesar de ello, no puede evitar sentir en la atmósfera a su alrededor que las cosas son diferentes ahora, que ha roto su corazón cuando meses atrás prometió no hacerlo.
Un silencio culpable cae sobre ella. Marcus Pike es el primero en excusarse diciendo que tiene que volver a la oficina; Teresa no le sigue, por más que quisiera asegurarse que estará bien, porque sabe que por ahora no lo estará, por ahora el dolor lo golpeará con fuerza cuando no se lo merecía. Caminan en direcciones contrarias, sin despedidas.
Lisbon camina con los brazos cruzados de regreso al departamento de delitos graves del FBI, cuando llega, el malestar se asienta en su estómago, se apresura a los baños y devuelve todo su almuerzo, se siente débil, febril y triste, enjuaga su boca y se lava el rostro, el reflejo en el espejo es pálido y enfermo, piensa en pedir el resto del día libre, pero en lugar de ello se refugia en terminar los papeles de informes que están sobre su cubículo. Ella siente la mirada de Jane, quien se encuentra acostado detrás de ella en el sofá, posada sobre su espalda; algo que extraña del CBI, es que, al contrario del FBI, ella era la jefa y tenía su propia oficina.
No se percata que el rubio de ojos azules se ha levantado de su lugar habitual hasta que lo ve frente a su escritorio ofreciéndole una taza de té, no dicen nada, se dejan envolver por los pequeños murmullos de los otros agentes sentados en sus propios cubículos, afuera el clima parece continuar de buen humor derritiendo los helados de las personas en su mayoría adolescentes cuyo período de clases parece haber terminado.
Toma su té lentamente, observando pequeños detalles como el sabor fresco de la menta y tocando toda la superficie de la taza con sus pulgares reconociendo que es la taza favorita de Patrick Jane, suele ser una persona de café sin restricción de horas, pero ahora el té le sienta fenomenal, de algún modo se siente cálida y protegida.
…
Esa noche, es la última en abandonar el trabajo, insiste en conducir sola cuando Jane se ofrece a llevarla a casa, no desea lastimar a nadie más, ahora solo desea aclarar su mente de la tormenta de pensamientos negativos que la abordan. Conduce lento y respetando todas las señales de tráfico, mira el reloj del auto, son las nueve y media de la noche, —será una noche larga —piensa.
Cuando llega a la casa de una sola planta estaciona el auto en la cochera, permanece un momento sentada en el asiento de piloto observando la luz de las farolas alumbrando las aceras y los jardines preciosamente cuidados. No es habitual en ella fumar, pero ahora siente la necesidad, el impulso, la ansiedad por la nicotina. Abre la puerta del auto sacando con ella su bolso de mano, una suave brisa la envuelve revolviendo su cabello negro.
No es necesario que introduzca la llave y gire la cerradura para saber que no encontrará las cosas de él, cosas pequeñas y sutiles que habían encontrado su lugar en casa de ella.
La luz de la luna se filtra por las traslúcidas cortinas que cubren las ventanas. La mayor parte de su vida ha sido llegar a un departamento vacío de calor humano, pero ahora la situación le resulta insoportable, es como si él se haya llevado la única esperanza que tenía de tener un hogar verdadero; porque si es sincera consigo misma, sabe que el hecho de que Patrick haya confesado su amor por ella no significa estabilidad, es consciente de eso, de que con Jane todo es susceptible a cambios y giros bruscos e inesperados. Y, sin embargo, hay un peso menos en su pecho, vivir sin Pike es mucho mejor, aunque no más fácil que fingir amarlo.
Enciende las luces de la entrada y deposita su bolso sobre uno de los mesones de la cocina, abre un cajón extrayendo una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Enciende una hornilla y pone a hervir agua, observa una carta bajo el frasco de café, y repasa con la yema de sus dedos la inigualable y perfecta caligrafía de Marcus, no puede evitar soltar una sonrisa por lo bien que conoce su adicción al café.
…
Termina de leer la carta y esta vez la necesidad de fumar y tomar café se esfuman, ni siquiera se levanta del sofá, se permite cerrar los ojos y en cuestión de segundos todo el agotamiento del día la golpea haciéndola caer en un profundo sueño.
…
…
Su cuerpo duele y siente su cabeza a punto de estallar, se mueve lentamente hasta lograr sentarse abriendo lentamente los ojos, por un momento se ve cegada por la luz del día entrando por la ventana; entonces cuando se percata que deben ser más de las ocho de la mañana, se levanta bruscamente del sofá enviando señales de alerta a todo su organismo y este reacciona provocando calambres en su estómago y náuseas.
No mira dentro de la taza para observar lo que ha devuelto, está segura que no es más que líquido y bilis, pues es consciente que, desde el almuerzo del día anterior el cual también devolvió no ha consumido nada más. Se recuesta contra la pared del baño deslizándose hasta estar sentada permitiéndose recuperar un poco de fuerza; siente el sabor ácido y amargo en su boca, la sensación de ardor quemando su garganta, el golpeteo de su corazón por la agitación de momentos antes. Escucha el timbre del celular, se levanta del lugar donde se encuentra y siente su cabeza latir con fuerza y haciéndola perder la estabilidad, se apoya en la pared e inhala profundamente, cuando siente que puede continuar, lava su rostro con agua fría evitando el reflejo en el espejo.
Mira la pantalla del celular: una llamada perdida y tres mensajes; está a punto de abrir los mensajes cuando el celular vuelve a sonar.
—¿Hola? —habla reaccionando un segundo tarde que no ha visto a quién pertenece la llamada.
—¿Estás bien? —pregunta Cho con su habitual voz frugal.
—Sí. Solo se me hizo algo tarde, en una hora estoy allí —dice a la vez que consulta la hora en el reloj de la cocina.
—No hay problema. Por cierto, Jane intentó llamarte, está realmente preocupado. Dijo que pasaría a buscarte.
Ella asiente y envía un sonido afirmativo. La llamada finaliza y antes de poner el celular sobre la mesa, este vuelve a sonar, esta vez se asegura de ver el identificador de llamadas. Jane.
—Estoy afuera de tu casa, ¿estás bien? —habla apresuradamente ocultando su preocupación tras una voz risueña y alegre, delatándose por ser demasiado nerviosa.
Teresa en lugar de contestar abre la puerta principal, siente los brazos de él rodearla con fuerza, afuera la luz del sol brilla con la intensidad característica del verano y el cielo luce despejado a excepción de algunas pocas nubes de color blanco.
¿Y?
¿Una tercera parte?
¿Comentarios?
Sé que debería estar haciendo tarea (siempre debo estar haciendo tarea), pero escribir me resulta más divertido y relajante que la tarea. Niños, no sigan mi mal ejemplo.
Bye. Besos.
