Otra vez, aquel suave rechinido la rescató del estupor.
Girando entre la humedad, se colocó del lado que menos le dolía, para tratar de dormir un poco más.
Era inútil, después que despertaba de aquellos sueños plagados de pesadillas se encontraba de nuevo como al principio, viviendo la peor fantasía de todas.
Tratando de tomar aire, observó la cabeza roja de su amiga, acurrucada a su lado, como un ovillo.
Esa era su única indulgencia, tener a su única amiga y hermana allí, con ella, en aquel lugar del infierno, donde no había agua corriente para lavarse, donde tenían que comer las ínfimas migajas que les llevaban una vez al día y beber el agua sucia y contaminada de sangre del Támesis.
Una única ventana, que permanecía clausurada en lo alto de cual fuera aquel asqueroso lugar, esa era la única forma de salir. Bueno, esa y también la puerta principal, pero era de plomo, con una pequeña ventanilla de barrotes cerrados. No había escapatoria, y lo peor de todo.. si acaso podía haber algo peor, era no saber.. no saber qué había pasado con Luna, con Neville, con los gemelos... Harry y Ron estaban ya en el otro mundo, ajenos a la angustia de los vivos.
Hermione no los lloraba mas, tenía más miedo por los otros, y por ella misma.
Si hubiera muerto, si al menos tuviera la dicha de estar libre de aquello, durmiendo en paz por fin, al lado de sus amigos... pero no, el destino le tenía otras cosas preparadas, otros caminos que recorrer y muchas muertes mas por presenciar.
Una vez más aquel rechinido la sacó de sus pensamientos, levantó la vista observando a la chica estaba agachada en el suelo. Cubierta por su largo pelo, con la ropa sucia y degastada, se empeñaba en afilar una pequeña cuchara que había robado hacia ya algunos días. Las chispas del metal iluminaron un poco su rostro sucio, aun así era bonita, elegante, sofisticada, pese a los quilos de mugre que tenia entre el pelo y las uñas.
Le había sorprendido de veras, que aquella chica tal altiva, tan prepotente fuera la única Slytherin en permanecer en el castillo luego de aquella huida en estampida por parte de las Serpientes.
Candela Rizzi, una chica mestiza de ultimo año, de ascendencia Española e Italiana. Todos la llamaban Candy, ostentaba una larga cabellera oscura, y unos ojos moros, grandes y enigmáticos, que hacían pensar en gitanos, piratas y bucaneros.
-¿Qué haces?- preguntó la leona, mientras se incorporaba del suelo. La otra levantó una ceja.
-¡Gryffindors!- bufó con marcado acento español pronunciando las erres- ¿No es obvio, Granger?.. Una varita nueva...-
Hermione no dijo nada mas, temía que Rizzi hubiera perdido la razón. Instintivamente pasó su mano por la cabeza de su amiga pelirroja.
Ginny lloraba todo el tiempo que permanecía despierta, y luego suspiraba dormida. Hermione lo comprendía, ella había perdido mas... sus padres, sus hermanos, no sabían que habían hecho con los gemelos.. Harry.. No hablaban de eso, la consigna era no pensar en los que estaban afuera, al menos eso había leído la hija de Muggles en un libro sobre prisioneros de guerra hacia ya mucho tiempo.
Pero era difícil no perder la cuenta de los días, cuando ya no había esperanza. Sin luz, sin un horario, en completa oscuridad... todo el tiempo.
Solo los gritos que escuchaban cuando se llevaban a alguien rompían la monotonía del lugar.
Durante los primeros días se llevaron a Lavender. Hermione no olvidaría nunca el horror que se apoderó de su alma mientras escuchaba los sollozos y pataleos de su antigua rival. No pudo verla, no puedo escuchar su nombre, pero de alguna manera sabía que era ella. Abrazadas, las tres chicas temblaron en silencio mientras los muros de aquella prisión retumbaban con los ruidos desgarradores. Ese fue el día en el cual Candy robó la cuchara, y desde ese día empezó a frotarla contra el suelo de piedra.
Los ojos azules de Ginny Weasley se abrieron de par en par, observando a su amiga. Hermione le dedicó una sonrisa, y le entrego un pequeño pedazo de pan sucio que había guardado para ella. Ginny sintió asco, pero lo disimuló bastante bien para no hacer sentir mal a la castaña.
Por un instante, todo podía estar bien, solo por un momento, las tres chicas levantaron sus cabezas y desearon que esa fuera una mañana sin gritos, una en la cual Hermione contara una historia de las muchas que había leído antes de que el mundo se pusiera de vuelta y media.
Pero la muerte no sería misericordiosa con nuestras tres heroínas. Una vez más, terrible y amenazante, la desgracia se abalanzaba sobre ellas, marcando aquel día que recordarían toda la vida.
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Los pasos elegantes del rubio platinado resonaron huecos en el piso de piedra sólida de aquella prisión provisional. Con un gesto de su ya legendaria altanería, sacó su pañuelo de seda azul oscuro para taparse la nariz. El lugar apestaba a rayos, nada que ver con su mansión lujosa al estilo victoriano, ni con ningún otro lugar que hubiera frecuentando antes de que el Señor oscuro resucitara de entre los muertos.
Aquellos días habían pasado ya, él era un mago de sangre pura, fiel al vencedor, por lo mismo lo habían perdonado. Sin embargo el no perdonaría a aquella chiquilla prepotente que lo había despreciado sin miramientos. A él, un mago de alcurnia, quien se había encaprichado con una sucia mestiza, una hispana de sangre caliente y piel aceitunada, una estudiante un poco mayor que su hijo.
Si, el era un pedófilo consumado y un voyerista. Disfrutaba de aquellos placeres exóticos vedados a la mayoría de los hombres de bien. No obstante, lo que sentía por aquella cría era más que eso.. era una obsesión recalcitrante que le quemaba los huesos día y noche.
La vio por primera vez en un partido de Quidditch, el mismo en el cual Draco se había estrenado de buscador. Era apenas un niña, trece o catorce años quizás, pero desde entonces, la idea de poseerla lo asaltaba en sus noches oscuras. Era como un fantasma, que lo llamaba desde un rincón apartado de su cerebro, pidiéndole que se acercara a reclamar lo que era suyo, casi una fatalidad del destino.
En su penúltimo año, había intentado hablar con ella, casualmente, después de los partidos de Quidditch, pero ella parecía ser alérgica a todo tipo de acercamiento. Luego la había invitado a su casa, pretextando que Draco necesitaba otros amigos, a parte de las orugas de Crabbe y Goyle, pero ella había rechazado terminantemente. Por último se había jugado todo por el todo, mandándole un ramo de rosas a su dormitorio, algo completamente descabellado. Si su esposa se enterara, sería un escándalo... pero Candy Rizzy le había regresado el ramo con una nota escrita a mano " deja de perseguirme... no me gustan los maricones"...
Eso había hecho añicos su orgullo. Una cosa era que disfrutara todas las ramas del placer, y otra que esa niñata insolente se atreviera a llamarlo de esa manera... pagaría, con lagrimas y sangre su ofensa..
Y aquel seria el afortunado día, donde saciaría toda su lujuria. La sometería con todas sus fuerzas, la entrenaría para que fuera su amante en las sombras... oh! cuanta suerte había tenido de que ella fuera tan tonta como para obviar el hecho de ser una Slytherin, y adoptara aquella causa perdida como si fuera una miserable Gryffindor.
Con su fusta en la mano, arribó hacia la puerta donde se encontraba cautiva su presa. Sonrió con malicia, al pensar en cuanto la haría gritar su desprecio.
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Las tres chicas se levantaron del suelo por instinto. El tintineo metálico de unas llaves rompió el silencio de la celda oscura. Hermione comenzó a sudar. Sus palmas se humedecieron mientras se incorporaba del suelo, al lado de Ginny y Candy. Las tres chicas se miraron entre sí. Estaban juntas en eso, tenían que ser fuertes.
La poca luz que se filtraba por la rendija de la puerta fue creciendo conforme esta se abría.
Allí, de frente altivo, fiero y orgulloso, estaba Lucius Malfoy, observando con su habitual expresión burlona. Su largo pelo rubio parecía brillar ante la luz del pasillo. Sus ojos acerados se posaron en las tres chicas que lo miraban fijamente.
-Pero miren lo que tenemos aquí..-sus labios se curvaron en una sonrisa escalofriante- tres hermosas jovencitas...-giro su bastón señalando el entorno de la celda sucia- Este lugar no es bueno para las rosas.. se marchitaran con tan poco sol...-
Ninguna de ellas dijo nada. Las Gryffindors se agarraron de manos, mientras que Candy endureció su expresión de asco, mirando al recién llegado como si de una cucaracha se tratase.
Entonces el mago avanzo hacia ella, despacio como si se tratara de un animal asustado. La frente de Hermione se arrugo de angustia. Intento avanzar hacia Malfoy para impedirle el paso hasta Candy, pero la pelirroja la sujeto del brazo con fuerza.
-Que quieres Cabrón?- le preguntó con su acento la hispana. Hermione comprendió todo, ella sabia el idioma.
Malfoy se limito a sonreír igual que siempre
Resuelta, fiera y decidida, Rizzi se mantuvo altiva, mientras el rubio la acorralaba contra la pared. No miró a sus compañeras, ella era mayor, más madura, de otra índole. Sabía que no podían ayudarle, después de todo... su suerte estaba echada.
-Yo puedo ayudarte- siseo el mago, ahora dirigiéndose solo a ella- Puedes venir conmigo... nada te faltará-
Entonces la hispana cambio su expresión de rebeldía a sumisión. Bajo los brazos hacia atrás, como entregándose a su destino. El rubio sonrió, sus ojos de acero brillaron con la satisfacción del triunfo.. La chica había caído en la trampa.
Las leonas bajaron la vista. Candy se permito mirarlas de una sola vez, dirigiendo una sonrisa de despedida. Avanzo hacia la puerta, delante del mago quien observaba su pelo oscuro ondear, aquella prestancia que tanto le había atraído. Ella se paro en el marco de la puerta esperándolo.
Malfoy dirigió una sonrisa lasciva a las otras dos. Dio dos elegantes pasos, mientras observaba su recién adquirido juguete. Quería probarla, quería humillarla delante de las otras, que supieran que nadie se burlaba de Lucius Malfoy. Ella seguía en la puerta, con la mirada baja, como la victima voluntaria de un sacrificio expiatorio.
Se acerco, acariciando con sus dedos enguantados la línea de su mandíbula,, su cuello, el lóbulo de la oreja. Candy cerró los ojos . Su respiración se hizo pesada superficial. Levanto sus ojos moros, mirando fijamente al gris de aquella mirada. Entonces sonrió, de la misma manera en que sonreía siempre, con una ceja levantada, con aquel gesto de autosuficiencia que era su signo personal.
Como por arte de magia apareció el puñal entre su dedos, aquel había fabricado en aquellos días subsecuentes al rapto de Brown. Con astucia y sigilo, como toda buena serpiente, lo clavó en el cuello del rubio... una y otra vez. La sangre salía a borbotones, la vida se esfumaba del rostro del aristócrata. Candy reía como si estuviera poseída. Una, dos, tres, doce estocadas, ya había perdido la cuenta...
En frente, observando al hombre que caía arrodillado en el suelo, mientras intentaban en vano frenar el caudal de sangre que se disparaba desde su cuello, las Gryffindors permanecían petrificadas.
Candy se quedo mirando al rubio con expresión de asco, como si de repente sintiera repulsión por la sangre que ella misma había hecho brotar con furia.
-¡Te dije que me dejaras en paz.. maricón!- siseó antes de que el rubio cerrara los ojos para siempre.
Las voces, los gritos que venían del pasillo la sacaron del trance. Candy se dispuso a correr por el pasillo, pero antes de que pudiera darse cuenta estaba rodeada de magos que apuntaban su varita. Detrás de ellos, Hermione y Ginny había asomado sus cuerpos por la puerta abierta.
La hispana de oscuros ojos se paro en frente, derecha. Miro por última vez a sus compañeras, con aquella sonrisa tan suya.
-¡No dejes que te deshonren Granger!- gritó antes de que una luz verde la impactara por la espalda. La vida se apago de sus ojos, pero su rostro seguía sonriendo.
Los mortífagos recién reclutados entraron a viva fuera a la celda. Las leonas se abrazaron dispuestas a morir. Entre pataleos, mordiscos y escupitajos, se negaron a separarse mientras dos de los magos oscuros sorteaban la sangre en el piso y luchaban por separarlas con furia. Hermione y Ginny se clavaron las uñas en los antebrazos. Rasgando sus pieles.. Lloraron, gritaron pero al final no fue suficiente.
Ginny Weasley fue sacada de la celda, mientras una sonora bofetada mandaba a la hija de Muggles a la semiinconsciencia. Por muchas horas.. días tal vez, el sonido de su gritos llamando a su amiga resonaron en aquella prisión improvisada. Hermione se sintió morir, cuando hubiera deseado que Candy hubiese dejado el punzón a la vista, para poder seguirla en su muerte.
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Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Un beso, por favor comenten.
