Gracias a: Kitty Taisho H, Guest, elvi, saranghee, eliana, kagome18, KotomiTan09, Anii, clauGazz, haru10, tennyo destiny, Guest, Marlene Vasquez, estrellataisho, valeaome, pachecobaez, Sara Croft, AzulBlueTan, Miku-chan hatsune, SusyLu, haru10, Mlle Janusa, Nieve Taisho, Tsuki-chan Scout.

ReviewTalk: ¡Que bueno que les gustó el primer capítulo! El fic ya lo tenía escrito, (bueno la verdad solo tenía una página escrita jaja) pero me decidí a subirlo porque la idea me gusta mucho y tuve que compartirlo con ustedes! Así que espero que disfruten este capítulo. Hablando de los reviews que dejaron: A muchas les sorprendió la idea de que Kagome sea una prostituta... pero es algo diferente a lo que leemos siempre, así que es válido darle una oportunidad n.n La relación que Kagome e InuYasha van a desarrollar, además de ser sexual, va a ser muy emocional con una amista de por medio. Por eso les advierto que la historia si será sexual, pero no será de lo único que se trate. No se desepcionen si en un capítulo no se narra alguna relación sexual de Kagome con InuYasha o con otro cliente... de todas formas, se que amarán la historia porque en si, es divertida con o sin el sexo.

Gracias a las nuevas lectoras y a las chicas que ya me seguían desde Vegas, MMHI y Muñecas. Todas son un amor, espero seguir sabiendo de ustedes. ¡Las amo! Nos leemos.

Cecil.


2.

El señor Taishō llegó como Juan por su casa, azotando puertas, aventando corbatas y exhalando como si hubiese tenido un muy mal día. Yo me quedé quieta esperando instrucciones, él no era un tipo al que tuviera que seducir al entrar, él ordenaba que hacía y que dejaba de hacer, era como un juego de dominación. Pero esta noche se veía de los mil demonios. Me vio de mala gana y se acercó a mí como un león enjaulado, acelerado, enojado, tosco. Me tomó de las muñecas y me aventó a la cama haciéndome ahogar un grito y caer sobre la grandísima cama.

― ¿Por qué no estas usando el shampoo de lavanda? ―preguntó enojado.

Su voz se escuchaba más grave de lo normal y la piel se me enchinó al sentir sus ojos ámbar penetrarme todo lo que me penetraría después.

―Yo… ―hablé nerviosa―. ¿Cómo sabe que uso shampoo de lavanda? ―pregunté casi sin darme cuenta, con el ceño arrugado y sorprendiéndome levemente al saber que él sabía algo así de personal.

Casi ríe pero sospeché que el mal genio que se cargaba, no le dejó hacerlo.

― ¿Qué cómo lo sé? Soy tu dueño, niña tonta ―soltó con muchos huevos.

Yo me quedé de piedra y me paré como un resorte.

― ¿Disculpe? ―pregunté molesta―. ¿Qué se supone que eso significa? Usted no es mi dueño ―aclaré―. Usted viene aquí, tiene sexo conmigo y se va a su mundo, regresa a hacer sus cosas y se acabó ―el señor Taishō me miraba impasible, casi ansioso por saber lo que yo tenía por decir―. Nadie es dueño de nadie y nadie trata a nadie como usted me está tratando porque hay reglas y firmó un maldito contrato ―ataqué enojada, en realidad enojada.

Murmuró unas malas palabras a la vez que se restregaba esa cabellera plateada larga y sedosa.

Rio.

―Por lo visto no sabes quién soy ―murmuró apenas, como hablando solo para él― porque si fuera así, no me hubieras dicho nada de eso ―dijo viéndome a los ojos.

―Usted firmó un contrato. Puede ser el maldito príncipe de Inglaterra pero un contrato es un contrato, haya sido firmado por quien haya sido firmado ―me puse ambas manos en mis caderas.

Rió de nuevo, haciéndome sentir chiquita e incómoda.

―Estoy pagándote extra ―me miró expectante.

―Nunca le pedí que lo hiciera ―me encogí levemente de hombros.

Él sonrió de lado, encarando una ceja bien poblada.

―Tú no eres una prostituta ―dijo apenas, yendo hacia él pequeño bar que contenía los licores de preferencia del cliente.

Yo me quedé callada ante esa acusación que era irremediablemente cierta.

―Usted no puede hacer conjeturas de lo que soy o no, viene a recibir un servicio y se lo doy. Estoy fuera de mis horarios, no debería estar aquí. ¿Quiere que empecemos o me voy a quedar toda la noche viéndole tomar? ―pregunté.

Empezaba a pensar que ese hombre había pasado por un mal día y que no tenía amigos, pareja o familia alguna para contar sus problemas libremente, y que por eso acudía a mí, a una prostituta que en esta noche veía como a una dama de compañía.

― ¿Sabes cuánto te estoy pagando para que estés aquí? ―preguntó volteando a verme, con un vaso con licor rojo dentro. Yo negué―. Mucho dinero, dinero que podrías usar para comprar más shampoo de lavanda ―susurró lo último.

Yo sonreí sin querer y borré mi sonrisa de inmediato. Se suponía que estaba enojada, no podía empezar a encontrar gracioso lo que ese hombre decía, no cuando tenía sueño, hambre y quería darme una buena ducha y regresar a dormir en mi placentera camita.

― ¿Qué quiere, señor Taishō? ―pregunté rindiéndome. Si ese hombre no iba a soltar la sopa, yo tendría que sacársela porque si no era de esa forma, entonces supe que podríamos estar así un buen rato; sin hablar, observándonos y él tomando como un total ebrio.

Él me vio con algo rojo en los ojos, con furia, deseo y rabia; algo que no me gustó en lo absoluto.

― ¿Qué que quiero? Quiero que me digas tu nombre, quiero saber cuántos años tienes, quiero saber qué haces metida aquí cuando claramente no perteneces a este lugar, quiero saber todo de ti ―dijo impaciente.

Yo arrugué el ceño y abrí levemente la boca.

―Hay un cont…

―Lo sé, sé que hay un maldito contrato, Eri ―usó el nombre que la primera noche la había dado―. ¿Podrías al menos darme tu verdadero nombre? ―preguntó casi suplicando.

―No puedo hacerlo, estaría incumpliendo mi parte del contrato ―bajé mi mirada, jugando levemente con mis manos.

―No le diré a nadie ―dijo con voz ronca―. Soy el cliente aquí y el cliente siempre obtiene lo que quiere.

Yo rodé mis ojos.

― ¿Para qué quiere saber mi nombre?

―Es más cómodo llamarte por tu nombre cuando te hago el amor ―se encogió de hombros como si aquellas palabras no tuvieran efecto en lo absoluto.

― ¿Hacer el amor? ―pregunté extrañada―. Créame, nadie hace el amor aquí. Tenemos sexo, que es completamente diferente.

Él arrugó el ceño, dejó su vaso sobre la mesita del bar y se acercó ferozmente a mí, me volvió a tumbar contra la cama y se recostó sobre mí, nivelando su peso con ambos brazos.

― ¿He tenido solo sexo contigo? ―preguntó sobre mi cara. Su aliento a alcohol y tabaco me inundó las fosas nasales, haciéndome perder en sus ojos ámbar, en esa mirada profunda y agobiante.

―Sí.

― ¿Así lo has sentido tú?

Yo desvié mi mirada.

― ¿A que vino, señor Taishō? ―pregunté de nuevo.

Él suspiró y pasó uno de mis cabellos tras mi oreja. Sentir sus dedos siempre era increíblemente sexual, no importaba como lo hiciera o en donde los posara, siempre terminaba siendo sexual, puramente sexual.

―Tuve un mal día ―confesó.

―Lo pude imaginar… ―susurré apenas.

Él rio, su risa retumbó en la mano que acariciaba mi mejilla con delicadeza, ese era el primer signo de delicadeza que había mostrado desde siempre, me dio miedo.

―Paso más tiempo aquí que en casa, me agrada tu presencia ―confesó de nuevo, haciendo que mi corazón latiera a mil por hora―. He hecho un nuevo contrato con la empresa ―anunció separándose de mí, no sin antes darme una mirada profunda y cargada de sentimientos que ni siquiera supe él tenía o sentía, no un hombre como él.

― ¿Contrato? ¿De qué habla?

―Un nuevo contrato que te hace mi exclusiva.

Yo boqueé como niña pequeña.

― ¿Exclusiva?

Él asintió.

―A excepción de otro hombre que no te quiso dejar ir ―soltó con amargura―. Un tal Amura.

Yo sonreí apenas, el tierno señor Amura.

― ¿Qué? ―preguntó de mala gana, levantando mi mentón con brusquedad―. ¿Te gusta ese vejete?

― ¿Cómo sabe que es un vejete? ―dije rodando los ojos.

―Su foto está en el portafolio de clientes ―se encogió, pero no dejó ir mi barbilla, la cual tenía bien agarrada―. Dime, ¿te gusta?

Yo eché chispas del enojo.

― ¿Está loco? ―pregunté zafándome de su agarre, parándome y viéndolo con enojo―. ¿Quién se cree que es para hacer todo esto? ―pregunté indignada―. ¿Cree que no tengo voz ni voto solo porque hago lo que hago?

―No me importan tu voz ni tu voto ―dijo como si nada―. Dentro de algunos meses amarás estar a mi lado y me agradecerás por haber hecho esta decisión por ti y por mí ―nos señaló a ambos―. Por nosotros.

Yo junté el ceño.

― ¡Ugh! ¡Eres un niño mimado! ―grité enojada, perdiendo la cordura y los estribos al dejar de hablarle con formalidad, justo como él me había pedido que hiciera y como yo sentía que debía de hacerlo por ser un mero cliente.

El no dijo nada por unos instantes en lo que se recuperaba de mi grito furioso.

― ¿Un niño mimado? ―preguntó molesto, sus ojos tenían fuego y yo temblé del miedo, del terror de que ese hombre pudiese hacer algo conmigo. Su carcajada malvada e irónica retumbó por toda la habitación―. ¡Un niño mimado! ―gritó, riendo y avanzando hacia mí. Yo retrocedía lo más que podía, tratando de evitar a toda costa que ese hombre pusiera un dedo en mi―. ¿Crees que soy un niño mimado? No me conoces, no sabes nada sobre mí ―avanzaba más y más―. Si supieras una sola cosa sobre mí… pero no lo sabes, porque eres solo una prostituta ―dijo descargando su odio y su mal día sobre mí, haciendo que yo parara y le lanzara una cachetada bien puesta y dada. Se quedó quieto, impresionado por aquello, como si nadie en su vida, jamás, se hubiese atrevido a ponerle un dedito encima, como si él fuese el dueño y señor de todo en lo que caminase. Después, sonrió, una sonrisa triunfante que me hizo estremecerme de la cólera―. Lo sabía, no eres una prostituta ―soltó con arrogancia, como si él lo supiera todo―. Todo en ti te delata, no perteneces aquí… ―susurró contra mi boca. Yo seguí retrocediendo, enojada, asustada, llena de deseo, hasta topar contra la pared que estaba a un lado de la ventana―. Vine porque necesitaba hablar ―dijo acorralándome con sus brazos sobre la pared, poniendo un a cada lado de mi cuerpo.

―Hay psicólogos ―dije viéndole los labios, ¿por qué tenía que tener tan buenos labios? ¿Qué había hecho yo para merecer esto?―. Terapistas también.

Él sonrió.

―He probado todo eso ―se encogió de hombros―. Nada sirve. Cuando estas jodido, no hay mucho que un simple psicólogo pueda hacer por ti, mucho menos un terapista.

Yo tragué en seco. Ese hombre estaba dando a conocer datos de su vida personal que a mí no me concernían en lo más mínimo.

― ¿Por qué está jodido? ―pregunté, volviendo a tratarlo de usted.

Él rio, como si todo ahí fuese cómico, como si mi cara tuviese una nariz roja.

― ¿Y porque no estarlo? Todo está jodido aquí, uno termina contagiándose y termina jodido, es muy fácil ―asintió para sí mismo―. ¿Tu estas jodida? ―preguntó apenas, viéndome a los ojos.

Yo desvié mi mirada.

― ¿Usted qué cree?

―En realidad no lo sé ―levantó mi mentón, sabia cuanto le molestaba que bajara mi mirada cuando hablábamos, siempre me lo recordaba haciendo eso, levantando mi mentón y obligando a verlo―. No te conozco así como tú no me conoces a mí, no tendrías por qué saber si soy o no soy un niño mimado.

―Pues se comporta como uno al hacer eso que hizo, crear contratos a mis espaldas ―reclamé.

―Me gustas, niña tonta ―dijo acercando sus labios a mí, rosando sus labios con los míos―. Aunque no conozca tu nombre, ni de dónde eres, o que eres en realidad, no esto, no un trabajo de prostituta…

―Es un trabajo decente ―me defendí.

―Tal vez lo sea, pero no es lo que tú quieres hacer.

Yo suspiré.

―No creo que sea algo que alguien quisiera hacer.

―Dime tu nombre ―pidió de nuevo, acariciando mis labios con su gran pulgar.

―Solo si usted me dice el suyo ―contesté de vuelta.

Sonrió como un canalla, haciendo mi corazón latir de nuevo, desbocado, loco por volver a verle sonreír.

―Me parece justo.

―Kagome ―susurré―. Me llamo Kagome.

Sonrió.

―Es un bello nombre, Kagome.

―Vamos, dígame su nombre ―insistí.

―InuYasha ―me besó de poco a poco―. Me llamo InuYasha.