Black And Yellow II.
Al principio pensé que eran sólo suposiciones mías, causadas por algún tipo de obsesión respecto a la desconfianza que la dorada reina me provocaba. Lo dejé pasar, rechinando los dientes cada vez que la veía cerca, oliendo su mezquindad y avaricia cada vez que por mi lado pasaba. No la soporto y en materia de fingir me doy por reprobado, así que no pasó mucho tiempo hasta que Jon Arryn me preguntó cuál era mi problema con ella.
Se lo comenté, sin dudas, rabioso como pocas veces. Se notaba en el fulgor de mis ojos gélidos como heridas abiertas que el tema en cuestión me enfadaba tanto como entristecía mi corazón de hermano leal y súbdito obediente. Sospechaba de las inmundicias cometidas por la reina, y cuando me confirmó que él también dudaba, nos pusimos en campaña. Desenmascararla era mi propósito. Lograr hacer caer a la casa del león y arrollarla por la furia del venado, mi cometido.
Sin embargo, sea lo que sea que invoca para que sus asquerosas mentiras pasen desapercibidas, impidió que llevase a cabo mi misión. Dentro de poco Jon Arryn había muerto, llevándose consigo a la tumba todas las pistas que había recaudado. Lady Arryn se escondió sobre el nido... y me abochorna decirlo, pero yo también huí cual doncella asustada ante la sombra de la verdad. Por una vez en mi vida agradecí que mi hermano mayor –mi rey, a quien le debía una obediencia incuestionable como manda mi deber– me nombrara consejero naval, pues pude llevarme a rocadragón la flota real. Los capitanes me obedecían ciegamente, pues aunque mi carisma es escasa, mi furia se deja notar con tan solo una de esas miradas que lo congelarían todo si pudieran transformarse en algo físico. Claro, también cuenta que haya sido su jefe durante años, no puedo olvidar que me habían visto como cara representativa desde que luché con valor en isla Bella.
«Y si te lo dijera ahora, si te lo contara ahora... no me creerías. Sangré por ti, mis hombres y yo, pero me lo pagas todo con desprecio.» Pensar en eso siempre, no les mentiré, es amargo. Me esfuerzo porque así me lo manda el deber, soy un hombre tan metódico que cumplo lo que se me ordena aunque duela; mas en ese momento, preocupándome –por una vez, maldita sea, por una vez– por mi bienestar, preferí guardar las distancias y quedarme quieto en mi sombría fortaleza, esa que él me había dado como acto de su humillación y repudio hacia mí.
No pensé jamás que mi hermano iba a morir poco tiempo después y que los acontecimientos se precipitarían así. De haberlo hecho, le habría revelado el secreto que Jon Arryn se llevó a la tumba y que yo todavía guardo conmigo, aunque por poco tiempo. Mi furia se dejaría notar, cersei lannister, y juro que tú y aquellas abominaciones del incesto que engendraste caerán contigo.
Ser Davos y sus hijos salen precipitadamente de la cámara de la mesa pintada. No estuvieron allí en vano, tienen una misión. Revelarle a todos los ponientis, sean hombres o mujeres, sean pobres o ricos, que la reina cersei se acuesta con su hermano, Ser Jaime lannister el Matarreyes. Y yo... yo soy el único heredero, lo haya querido Robert o no.
«Mía es la furia. Mío es el trono... y la justicia.»
Pero también la melancolía y el dolor de no haber actuado antes, el desprecio de un hermano y las burlas constantes del otro. El repudio, siempre y con mucha constancia, sería mío de igual modo.
