¡Hola!
Gracias a Samanta Black, Silvers Astoria Malfoy y Escristora por los reviews del capítulo anterior.
II. Recuerdos olvidados
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La ves avanzar hacia ti, vestida de blanco y con una sonrisa en el rostro. Es una imagen agradable, piensas, y sonríes tú también, sin importarte la pinta de completo imbécil que debes de tener. Uno no se casa todos los días, después de todo.
El sacerdote, que sabe a lo que habéis venido, no tarda en llegar a la parte importante del asunto, y cuando te pregunta si quieres estar el resto de tu vida con Emmeline Vance, sin importar el resto, recuerdas que la traidora de tu hermana se fugó con su novio y se casó con él clandestinamente y, pese a que el asunto no es gracioso en absoluto y aún no estás seguro de que perdonarle la vida a Arthur Weasley fuese una buena idea, sueltas una carcajada. Luego miras alrededor y te das cuenta de que sólo Gideon está presenciando la ceremonia. A lo mejor Emmeline y tú también os habéis fugado. Ahora no estás para acordarte de esas nimiedades. Es tu boda.
Dices que sí a todas esas tonterías, ella hace lo mismo, y os besáis y os decís todas esas cosas cursis que salen en las novelas románticas de Molly, sin importar que Gideon esté sufriendo un ataque de risa serio y repitiendo que te han lavado el cerebro y que no reconoce a su hermano. Gid se divierte fastidiándote y no hay que hacerle el menor caso para que no se crea mejor por meterse contigo o algo así.
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—Por las barbas de Merlín… Fabian… Sólo te pido que colabores un poquito.
Su esposa medio lo guía medio lo arrastra hacia el castillo. Fabian, aún perdido en la ensoñación de su boda, no tiene ganas –ni fuerzas; no olvidemos que ha sufrido una caída desde unos tres metros de altura y sigue drogado con el desastroso Felix Felicis–, hace un esfuerzo por mirar alrededor y descubre que el cielo se está oscureciendo.
Ríe, aunque no logra entender qué tiene eso de divertido.
—¿Cómo quieres que se llamen?—pregunta.
Nota el aliento de Emmeline en el cuello.
—¿Qué?
—Los niños.
—¿Qué niños?
—Vas a herir sus sentimientos, Vance—replica él, preguntándose cómo deben de sentirse sus hijos sabiendo que su propia madre se ha olvidado de ellos.
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Ya que Emmeline no está por la labor de poner nombre a vuestros hijos, tú te encargas de ello. Son un niño y una niña: Hengist Risotto y Adelaida Desirée. No estás seguro de que sean nombres bonitos, pero algunos tienen que tener, y sabes que tendrán quejas de su nombre aunque les pongas el más perfecto del mundo.
(Tampoco estás seguro de que Risotto sea un nombre, pero tienes hambre).
Ambos han heredado el pelo rizado de su madre, pero Hengist Risotto (al que te comerías, y no sólo a besos) es pelirrojo, mientras que su hermana tiene el cabello castaño como Emmeline. Adelaida Desirée es muy buena jugando al quidditch, aunque las bromas le sientan mal. Un poco rarita que es la niña, sí. Bueno, no se le puede pedir todo.
Hengist Risotto se divierte fastidiando a su hermana, y algunas veces también a sus padres. Tienes que andarte con mil ojos porque el crío es endiabladamente listo y nunca se sabe cuándo te la va a jugar, lo cual te llena de orgullo y satisfacción. Siempre te hace reír.
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Fabian reconoce la silueta borrosa de su hermano sobre él. Parpadea para saber cómo, exactamente, lo está mirando, pero no lo consigue. Bueno. Al menos sabe que es Gideon.
Entonces se siente culpable por no haberle puesto su nombre a ninguno de sus hijos. ¡Debe de sentirse fatal, el pobre! Quizá lo esté mirando con odio, y probablemente sea por eso. Qué desfachatez, la de Fabian.
—Eh, Gid—lo llama—. El siguiente se llamará como tú.
—¿El siguiente qué?
—Mejor no hacerle mucho caso, señor Prewett—recomienda una voz en la distancia. A Fabian se le antoja parecida a la de la enfermera—. Probablemente esté delirando por la poción.
—Ay, ay, ay… Merlín, cómo lo siento, todo esto es mi culpa…—se escucha gimotear a alguien un poco más allá.
Fabian no puede evitar darle la razón a Emmeline en su fuero interno.
—Y tanto. Te has olvidado del pobre Hengist y la pobre Adelaida. ¿Sabes que están yendo al pisólogo para recuperarse del trauma? ¡Su propia madre!
—Guau, debe de estar muy colocado—comenta Gideon, y parece realmente divertido. Fabian se propone replantearse lo de llamar a su hijo como él—. Oye, Fab, ¿quiénes son Hengist y Adelaida?
—Tus sobrinos, imbécil—replica él, ofendido. ¡Ahora no los recuerda ni su tío!
Lo último que escucha es la sonora carcajada de su hermano.
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Pese a tus peleas con Gideon, el hermanito de Hengist y Adelaida lleva su nombre. Gideon Pudin, porque después de todo te has encariñado con tu hermano (y sigues teniendo un hambre atroz).
Fiel a su nombre, Gideon Pudin es comilón. Come como la orilla del río. Come como una piraña. Come como… Como poco coco como, poco coco compro. Vale, eso está fuera de lugar. Te ríes antes de seguir describiendo al benjamín de la familia.
El caso es que come mucho. Y también es muy vago, por lo que está gordo. Ése es el hijo del que prefieres no hablar. ¡Si es que parece una cría de elefante y no hace nada por evitarlo! Pero lo quieres porque es tu hijo. Pequeño y sabroso Gideon Pudin…
Gideon Pudin se lleva mejor con Adelaida que con Hengist. Curioso, cuando le pusiste el nombre pensaste que sería al revés, por el tema de asociación de ideas y tal, pero ese crío gordo y comilón ha conseguido sorprenderte. Y está resultando ser tan listo como sus hermanos, aunque le gustan los animales. Sobre todo los que se mueven poco, como las estrellas de mar y los caracoles. Tiene su habitación llena de dichos animales y sabes que algún día Emmeline hará un buen potaje con todos esos bichos y os chuparéis los dedos. Gideon Pudin el que más, por mucha pena que le den sus mascotas. Los caracoles están de rechupete y ni siquiera él puede negarlo.
o—o
—¿Se le va a pasar antes del siglo que viene? Lleva horas riéndose y diciendo estupideces—por primera vez, la preocupación en la voz de Gideon es tangible.
—Cuando se le pase no tendrá ganas de reír, te lo aseguro.
Fabian no entiende qué hace ahí (abramos un inciso para aclarar que el muchacho no tiene la menor idea de que está en la enfermería, pese a todos los indicios que hay para el lector. Cerremos el inciso). Hace menos de diez segundos estaba comiéndose una estrella de mar y preguntándose si se reproducirían muchas estrellitas en su estómago. El asunto es ligeramente preocupante para él. No quiere que sus órganos internos huelan a pescado.
—¿Por qué no voy a reírme?—inquiere. Si se lo está pasando en grande. Tiene unos hijos preciosos, aunque el pequeño sea un gordo zampabollos. Se pregunta por qué no puso Pizza como segundo nombre de Adelaida. Hubiera sido el culmen de su noble tarea como padre.
—Porque te has tomado un vaso de poción mal hecha, te has caído de la escoba y tienes una fisura en el fémur—apunta Gideon—. Eso debe de doler. Vamos, a mí me dolería.
—Porque tú eres una nenaza. No me duele.
Pese a que lleva todo el rato con los ojos cerrados, Fabian no necesita abrirlos para saber que Gideon está a punto de morir de la exasperación.
—Ya veremos.
o—o
¿Ver? ¿Qué hay que ver? ¿Qué tu ojito derecho, tu Hengist Risotto, te ha decepcionado profundamente yendo a Slytherin? Bien, veamos eso.
Nunca lo hubieras adivinado. Bueno, puede que sospechases algo cuando dijo que su color favorito era el verde, y quizá el hecho de que le gusten las serpientes diera que pensar… pero no eran hechos concluyentes, para nada. Y cuando te dijo que no se veía en Gryffindor, supusiste que era una más de sus bromas. Maldito crío. Para una vez que hablaba en serio, nadie lo creyó. Y mira ahora.
Al menos, estás seguro de que tu encantadora y dulce Adelaida no te decepcionará. Aunque no sepa hacer bromas y corra a esconderse tras un libro cada vez que alguien lo sugiere. Será tu nuevo ojito derecho. Y rezas para que siga siéndolo, porque de lo contrario sólo te quedará Gideon; y tener a Gideon Pudin como favorito sería señal de una desesperación extrema y de un fracaso paternal.
El tiempo pasa, y afortunadamente Adelaida es seleccionada en Gryffindor, tal y como querías. Sonríes cuando recibes su carta y le sugieres a Gideon que siga sus pasos, aunque en tu fuero interno estás seguro de que es demasiado inútil para cualquiera de las cuatro casas. Y al paso que va, tendrá que desplazarse rodando.
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Ahora que recuerda las palabras de Gideon, Fabian piensa que igual tiene algo de razón. Ya no le hace tanta gracia la vida en general. Tiene frío y empieza a estar mareado, hasta el punto de que tiene unas insoportables ganas de vomitar. Pero sigue estando muerto de hambre. A veces, Fabian se pregunta cómo será eso de no tener un metabolismo ciclotímico.
Abre los ojos y gira la cabeza, y ve que su hermano está sentado en una silla junto a su cama. Oh, fíjate. Está en una cama. Fabian jura que acaba de darse cuenta.
—Eh, Gid. ¿Sabes alguna comida que no pueda vomitarse?
Su hermano frunce el ceño.
—La que no se come—replica con malas pulgas. A Fabian no deja de hacerle gracia. Gideon malhumorado es uno de los seres más adorables del mundo, sólo por detrás de las tortugas recién nacidas y los gatitos con las pupilas dilatadas y las orejillas agachadas.
—Pero tengo hambre.
—Creo que no puedes comer—explica Gideon, encogiéndose de hombros.
Fabian hace un puchero, frustrado. Bueno; nadie le impide soñar.
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Parece que vas a tener que hacer de la bola de grasa que es Gideon tu ojito derecho. Adelaida ya no puede considerarse tu hija. ¡Maldita cría! Ha empezado a salir con Ollivander.
Oh, pero no es el Ollivander viejo que lo encuentra todo muy curioso. Si así fuera, no estarías quejándote; ya te habría dado el infarto. Es su hijo (aunque la identidad de la madre del muchacho es una incógnita para todo el mundo mágico). Su inteligente, guapo y cariñoso hijo. El chaval lo tiene todo y no te cae nada bien porque es el mejor amigo de Hengist Risotto y sabes que salir con la hermana de tu amigo es de los golpes más bajos que se pueden dar. Pese a que tu primogénito ha ido a Slytherin, sigues queriéndolo (pero mucho menos que antes, que quede claro) y sabes que debe de querer estrangular a Ollivander Junior.
Sin embargo, el primer día que os presentáis como suegro y yerno en lugar de padre-del-amigo y amigo-del-hijo no es tan malo como esperabas. El mundo es de color de rosa. Literalmente. Y hay estrellas de mar en el cielo y estrellas del cielo en el suelo (y, lo más curioso, el suelo no está fundiéndose) y arcoíris bajo el mar. Puaj. Ahora sólo falta que Adelaida y Ollivander Junior lleguen en su unicornio alado.
Que no es que no lo hagan. Es el ser más rosa y repugnante del mundo, pero a Adelaida le gusta. Lo llama Terroncito y dice que no es porque le guste el azúcar, sino porque ella pensaba que sí y le dio tanto que dejó ciego al pobre bicho. Vaya asco de vida tiene el animal. Lo más piadoso que se podría hacer por él es sacrificarlo.
Y te dispones a hacerlo, a matarlo con un cuchillo de cocina (que servirá porque está muy afilado: es tu alucinación y haces con ella lo que te da la gana), pero justo entonces las ganas de vomitar vencen al hambre y te arrancan de la ensoñación.
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Cuando amanece, Gideon se levanta de un salto, se viste en tiempo récord y casi corre a la enfermería.
Se pregunta si a Fabian se le habrá pasado ya el efecto del Felix Felicis mal hecho. Espera que sí, porque quiere que su hermano sea plenamente consciente de por qué va estrangularlo. Que menos mal que tienen una enfermera competente; de lo contrario, a saber cómo estaría ahora. Bueno, tampoco es que ayer estuviera muy bien, diciendo estupideces en sueños (y despierto) y riéndose. Y así estaba cuando Gideon tuvo que irse de la enfermería porque se había terminado el horario de visitas.
El joven sacude la cabeza. Pese a que sabe que fue Emmeline Vance la que hizo esa cosa que en lugar de dar suerte simplemente hacía que Fabian se creyese afortunado y seguro de que nada le sería desfavorable, no puede enfadarse con ella. Fue su hermano el que se empeñó en cumplir su palabra.
Si es que es imbécil.
Cuando traspasa el enorme portón de madera que da acceso a la enfermería, descubre a Fabian en la cama en que estaba dormido anoche. A diferencia de ayer, que estaba tirado boca arriba con los brazos y las piernas extendidos, ahora el joven está tumbado de costado en la cama, hecho un ovillo. Por un momento, a Gideon le dan ganas de darle un abrazo; el pobre lo debe de estar pasando mal.
Luego recuerda que el idiota de Fabian estropeó su cita con Sylvia y se le pasa.
Conforme se acerca a él se da cuenta de que su hermano no está dormido; tiene los ojos abiertos clavados en las sábanas. Alza la mirada cuando Gideon carraspea para anunciar su presencia.
—¿Me puedes matar, por favor?—inquiere en tono suplicante. A Gideon casi le da pena. Casi.
—No—se sienta en la misma silla en la que estaba ayer—. ¿No querías cumplir lo que habías prometido si perdías la apuesta? Ahora te fastidias.
—Pero me duele la cabeza, tengo ganas de vomitar y no he comido nada y creo que se me va a salir le estómago por la boca y quiero morirme—el tono de Fabian es tan lastimero que podría ablandar incluso a su hermana mayor. Gideon, que no es ni de lejos tan resistente a su encanto como Molly, termina por sentir lástima por él. Le da unas palmaditas de ánimo en la espalda—. No te vas a creer de lo que me he acordado.
Gideon espera de todo corazón que Fabian no recuerde el momento en que le dijo a Emmeline que llamaría a su primogénito Hengist Risotto porque tenía hambre. O cuando aseguró que jamás se había visto una boda como la suya. O de… Gideon deja de pensar, por el bien de su salud mental.
—¿De qué?—pregunta con cautela.
—De cuando nació Gideon. No tú—aclara Fabian al ver las cejas alzadas de su hermano—. Es mi hijo pequeño—explica, convencido—. Gideon Pudin porque seguía teniendo hambre. Es más ancho que alto y tiene su cuarto decorado con estrellas de mar. De las de verdad. Y se lleva mejor con Adelaida que con Hengist. Hengist era mi favorito, pero es un traidor; fue a Slytherin… Y Adelaida está en Gryffindor, pero sale con el hijo de Ollivander. Y tiene un unicornio. Rosa. Con alas. Se llama Terroncito. Pobre animal.
Gideon está a punto de sufrir un ataque de pánico. Fabian se ha vuelto completamente majara por culpa de la puñetera poción.
—Fab—prueba, tratando de introducir algo de sentido común en esa conversación—, no tienes ningún hijo. Mucho menos tres.
Su hermano frunce el ceño.
—¿No?
—Y si los tienes, te lo tenías muy callado.
—Pero yo me acuerdo—protesta Fabian—. De la boda, y eso. Y de cuando nacieron. Se me había olvidado, pero esta noche… ha sido como ver la luz.
—La luz no sé, pero como sigas diciendo tonterías vas a ver las estrellas—amenaza Gideon, que siempre ha sido una persona de soluciones un poquito extremas.
Fabian se queda un rato callado.
—Si no tengo hijos, ¿qué hago en la vida?
Gideon se aferra a la silla con ambas manos para no tirarse de los pelos.
—Estás en Hogwarts. En sexto. En Gryffindor. Cuando terminemos ayudaremos a luchar contra Quien-Tú-Sabes.
—Ah—Fabian mira a su hermano durante varios minutos—. Pues es verdad, ahora que lo dices. ¿Entonces por qué me acuerdo de mi boda y mis hijos?
—Porque te tomaste una poción que le salió mal a Vance—responde Gideon con calma.
Fabian no se mueve. Sus ojos, casi cerrados, se abren más y más conforme las palabras de su hermano le hacen recordar, hasta que los tiene abiertos de par en par.
—No fastidies—coge aire—. Gid, le pedí salir sin saber lo que hacía—se tapa el rostro con las manos—. Soy imbécil, soy imbécil, soy imbécil…—gimotea.
—Un poco—concede Gideon.
—Merlín, mátame. Lenta y dolorosamente.
Gideon, que quiere mucho a su hermano, no tendría el menor problema en complacerlo, pero es mucho más divertido ver cómo reacciona al recordar lo que hizo bajo los efectos de la poción.
Notas de la autora: Juro que este capítulo es lo más absurdo que he escrito en la vida. Y como yo soy más de drama, no tengo la menor idea de cómo ha quedado... así que llevaré el asunto a mi terreno y puntualizaré que las estrellas de mar no son peces, sino equinodermos. He dicho.
En fin, ¿qué os ha parecido?
