1.- La luna que nos vio.
Los rayos lunares bañaron a la figura femenina que caminaba de vuelta al recinto, mientras que el hombre seguía absorto en sus pensamientos. No, eso debía era una mentira, una ilusión, lo más cercano a una broma cruel.
Ese momento se dio cuenta que su cabello tenía el mismo resplandor, y sus ojos… aunque eran de un color diferente brillaban con la misma determinación.
Se negaba a creerlo, es que sencillamente no podía ser, era algo imposible. Si, tal vez tendría la misma edad y quizá luciría similar… si estuviera viva. Tenía que aceptarlo, soltar y liberar su alma de su recuerdo, ese recuerdo que era su aliciente y su mayor maldición.
Además, si ella estuviera viva, no hubiera permitido que se casara con una mujer que no ama. Ella hubiera visto cómo ganar, como recuperar su amor, el amor que hacia latir el corazón de ambos. No, esa mujer podría lucir como sería ella pero no lo era. No…
Era el exceso de trabajo, claro era culpa del estrés. La próxima pasarela estaba a la vuelta de la esquina y él estaba a tope de responsabilidades por eso se imaginaba cosas. Ella había muerto, ella se llevó lo que alguna vez fue el amor en el corazón de Gabriel… ella era su todo y al no estar, él no era nada, nada más que un hombre resentido viviendo con la esperanza de que la vida acabara lo más rápido que pudiera para volver a encontrarla.
Quitó el rostro de sorpresa que tenía, debía volver a ser el magnánimo Gabriel Agreste, hacer acto de presencia, conversar con alguien y regresar a su estudio para seguir detallando su trabajo. Tenía que regirse por el guion en que estaba basada su vida. Sólo seguir un paso a otro, no salirse de la línea y listo.
Sabine ingresó al auditorio tratando de ocultar su enojo, sonriendo hacia donde se encontraba su esposo, quien estaba rodeado de los padres de los amigos de Marinette. Eran un grupo que se conocía muy bien y se llevaban de maravilla. Lejos de los negocios, sólo estaban ahí para pasar una buena noche. El curador del museo y padre de Allix los conocía muy bien, pues eran su primera referencia cuando había una celebración, algo similar pasaba con André Burgeois, pues aunque las hijas no se llevaban, no quería decir que los padres no lo hicieran.
Todos conversaban sobre lo bien que se había realizado el evento. Varias propuestas de negocios y contratos se habían cerrado esa noche. Algunas personas ya habían abierto la pista de baile, eran piezas ligeras con un tono bohemio.
Para Charlotte no se le hizo raro que su esposo no apareciera en casi toda la velada, era más bien lo típico que pasaba cuando no quería estar en un lugar. Había perdido la cuenta de cuantas veces pensó en el divorcio, estaba cansada de vivir una mentira y otras tantas se arrepentía por el bien de Adrien, aunque no sabía si era lo mejor que un chico viera a sus padres juntos pero siempre peleando o separados y "remotamente bien". Le dio el último sorbo a su copa de champagne y se dispuso a irse cuando Gabriel apareció frente a ella.
—Pensé que ya te habías ido. —comentó en tono de fastidio. —o ¿el gran Gabriel Agreste debía hacer acto de presencia para que no se note como su matrimonio es una farsa?
—No tengo tiempo para eso ahora, Charlotte.—dijo el diseñador mientras buscaba entre los invitados aquellos ojos que lo perturbaron.
—Como quieras, yo me voy. Estoy cansada y ya no tengo humor para seguir fingiendo ser una esposa abnegada.
La rubia salió del recinto dejando atrás a su esposo. No se fue en la limosina, al contrario, tomó un taxi con la esperanza que la llevara lo más lejos de esa apatía que vivía día a día.
Gabriel ni siquiera le tomó importancia. Aunque su razón le gritaba que sólo se mentía, su corazón, volvió a latir después de verla. Ahí fue cuando la vio, en un grupo de personas que charlaban de lo más animados, era extraño escuchar risas en eventos como ese pero ese grupo era diferente.
—Oh, Monsieur Agreste, únase a nosotros. —gritó el alcalde. —Su esposa comentó que no había asistido, supongo que ella debe estar por aquí.
—Ella se sentía indispuesta y se tuvo que retirar. —dijo Gabriel minimizando la situación, tomó una de las copas que el mesero llevaba en la bandeja y entró al alegre círculo de padres. —No entiendo el por qué querría irse de una reunión tan agradable como esta.
—Bueno, me temó que no todos estamos tan acostumbrados a este tipo de fiestas que parecen más de negocios que otra —intervino el alcalde.
—Se equivoca, Monsieur Burgeois, cuando se encuentra la compañía y se tiene un serio objetivo, estas reuniones se nos hacen tan cortas. —comentó Sabine dando un sorbo a su bebida. —¡Qué más podríamos pedir! Un grato ambiente, aperitivos deliciosos y un pintoresco grupo que comparte el amor por nuestros hijos.
Todos asintieron ante las palabras de Sabine.
—Madame, temo que debo disculparme por
—Oh no se preocupe Monsieur Agreste. —interrumpió la mujer.
El corazón de Gabriel no hallaba calma, entre más la escuchaba hablar, entre más la veía se convencía que era ella. La edad había dejado huella en todos, pero apostaba su vida en que esa mujer era Bridgette Ohara, la única mujer que amó. Las sensaciones eran las mismas, inconscientemente su corazón lo estaba lanzando a ella.
—¿Hubo conflicto entre ustedes? —Preguntó la madre de Alya.
—Nada grave, sólo chocamos en la entrada. No sé porque Monsieur Agreste trajo el tema a colación. —comentó animadamente la mujer.
Aunque Sabine halló la oportunidad para salir de dicha conversación cuando su esposo le pidió bailar. Los asistentes encontraban a la pareja adorable y no era un secreto lo enamorados que lucían. El matrimonio Dupain-Cheng era la envidia y admiración para todos. Anhelaban llevarse bien con sus parejas, tanto como lo hacían ellos. El matrimonio que estaba al escrutinio de todos, ignoraba lo que decían los asistentes; se centraron en moverse suavemente al ritmo de las delicadas notas.
Los asistentes varones no tardaron en pedir alguna pieza a sus respectivas consortes y se unieron a ellos en la pista de baile.
Gabriel se quedó viendo a la pareja, mientras que sus manos temblaban, como si una oleada de ira lo llenara. Esto lo desconcertó por completo. ¿Por qué sentirse así por una mujer que acababa de conocer?
Su mente evocó lo vivido veintiséis años atrás, durante la fiesta invernal de la Universidad, la misma que tuvo en su primer año. Donde se sintió un poco culpable de haber rechazado a Bridgette y al verla en un rincón un poco fuera de lugar, se acercó a ella y le pidió un baile.
De vuelta a su presente, volteó a ver la luna que se asomaba por uno de los ventanales del lugar, la misma luna que vio a Bridgette y a él bailar aquélla noche era la misma que lo observaba en una camino total y tristemente diferente.
La alegría y lozanía de la chica de cabellos negros, le daba a su corazón cierta calidez, pero al ver a esa mujer, en brazos de ese hombre… lo hacía arden en furia.
Ese sentimiento lo desesperaba, lo hundía en una locura que creyó jamás experimentar. No podía sentirse así, ya no. Se evocó en lo importante, ahí estaba de nuevo la razón gritándoles que la única cosa que valía la pena esa noche era tener alguna promesa de contrato con alguno de los presentes.
Terminó su bebida y caminó hacia otro grupo que estaba compuesto por figuras de negocios. Si ya había perdido tiempo en asistir a ese lugar al menos debería salir de ahí con posibles inversionistas y negocios que lo llenaran de poder y dinero.
Entrada la noche, los invitados comenzaron a retirarse, Gabriel se quedaría el tiempo que "esa mujer" estuviera ahí. Pasará lo que pasara debía saber más de ella.
—Me alegro que haya asistido Monsieur Agreste, Adrien estará muy feliz al saber que sus padres estuvieron aquí. —Una mujer de cabellos castaños, relativamente joven hizo que volviera a su realidad.
—¿Usted es? —Preguntó Gabriel de manera despectiva, lo que hizo que la mujer se arrepintiera de la forma tan amistosa en como lo abordó.
—Soy profesora de Adrien, además que tuve el honor de coordinar este evento.
—¿Puede decirme quien es la mujer de allá? —Gabriel señaló con su copa de champagne a la dirección donde estaba la fémina que tanto lo intrigó.
—Oh, ellos son Tomas Dupain y su esposa Sabine Cheng. —comentó la profesora.
—¿Sabine? —preguntó extrañado. —¿Sabe si ese es su nombre completo?
—Ahm, creo que si—titubeó la mujer. —Pero si gusta aquí tengo su tarjeta de presentación. —La profesora extendió, con mano temblorosa, el trozo de papel al diseñador quien no se negó en aceptarla.
Era una tarjeta sobria y elegante que anunciaba una pastelería. ¿Qué demonios le pasaba al diseñador? Jamás había perdido la compostura y menos por una mujer.
Debía sacarla de sus pensamientos; llamó al chofer para que fuera por él, a lo que el hombre contestó que lo estaba esperando en el estacionamiento, a su orden se dirigiría al lobby del recinto.
En cuanto subió a su limosina, le pidió al cochero que diera una vuelta por la ciudad, aun no quería regresar a la mansión. En el lugar estaba Charlotte y Adrien, no tenía humor de verlos. Le ordenó que pasaran por los campos Elíseos y que lo llevara a la Torre Eiffel, para después esperar órdenes.
El hombre acató el requerimiento y lo dejó en el centro de la ciudad. Por la hora, ya no había muchas personas y la ciudad estaba tranquila. Gabriel encendió un cigarrillo y se dejó caer en una de las bancas que estaban en el sitio, frente a la imponente construcción. Bocanada tras bocanada de humo, quería que "Sabine Cheng" saliera de su mente, quería regresar a la apatía de antes, pero no podía.
Lo haría a la fuerza, tal como lo hizo con toda su vida: ignorar lo que sentía.
Al regresar a casa, fue directo a su estudio. El único lugar donde podía estar tranquilo. Para guardar las apariencias, ante los empleados de servicio y Adrien; Charlotte y Gabriel compartían habitación pero ella dormía en la cama mientras el dormitaba en el sofá. La sensación de pasar una buena noche de sueño había desaparecido hacia tantos años, lo único que podía hacer era dormitar dos o tres horas al día.
Apenas se quitó parte del smoking, contactó a su asistente. A Gabriel no le importaba la hora que fuera, Nathalie debía estar a su completa disposición 24/7 si quería conservar su empleo. Así a la media noche, la pobre mujer estaba en su casa atendiendo una video llamada de su jefe. Apenas y podía mantenerse despierta con la esperanza de no cometer error alguno que le costaría una seria llamada de atención al día siguiente.
Duró así las siguientes cuatro horas, investigando a los nuevos contactos que su jefe había conseguido en la reunión. Cuando Gabriel la vio casi dormida, le ordenó irse a dormir, "cansada no le servía de nada". La mujer trató de resistir, si no terminaba el trabajo en ese momento tendría el doble de actividades en unas horas más. Gabriel no era de los que rogaban, por lo que apagó el dispositivo.
Se recostó en el gran sofá que estaba a la mitad de su estudio y se colocó la manta sobre el torso. Estaba mareado, quizá por el alcohol, quizá por el estrés… ¡¿A quién engañaba?! Era por esa mujer de ojos grisáceos, si fueran azules podría confirmar su teoría: los rasgos similares, casi de la misma edad, pero con nombre diferente. ¿Podría ser Sabine Cheng su Bridgette Ohara?
Se repitió el nombre de la mujer hasta que concilió el sueño.
Al día siguiente, se despertó hasta que su asistente lo movió de su lecho. Nathalie, como todo el mundo, tenía prohibido entrar al estudio pero había asuntos que sólo él podía solucionar. Retrasó tanto eso e incluso quiso solucionarlos ella por su cuenta, para no despertarlo.
—Monsieur Agreste, por favor despierte. —susurraba la mujer, tratando de minimizar el enojo de su jefe.
—Nathalie, ¡¿qué rayos haces aquí?! —La voz adormilada de Gabriel apenas de escuchaba, estaba más somnoliento de lo que esperaba.
—Discúlpeme, pero tiene asuntos importantes y una junta a las cuatro. —el hilo de voz que salía de la boca de Nathalie no podía ser más bajo.
—Es temprano, falta para que sea la junta. —Gabriel se volvió a acomodar en su cama improvisada y hundiéndose en los cojines.
—De hecho la junta es en dos horas.
—¡¿Qué?! —Vociferó el diseñador —¡¿Quién se atrevió a cambiar el horario de la reunión sin avisar?!
—Señor, es que… —Hasta la aparente taciturnidad de Nathalie desapareció cuando se dio cuenta que debía decirle la verdad a su jefe. —son las dos de la tarde, ha dormido casi todo el día, Monsieur.
¡Esa era una insensatez! Decir que Gabriel Agreste dormía, era como decir que él era débil. Pensó que era una broma estúpida por parte de su asistente hasta que volteó a ver su reloj y por los rastros de sol que entraban por las pesadas cortinas que cubrían los ventanales… todo era cierto.
Se levantó y le ordenó a Nathalie que preparara todo, saldrían con rumbo a la empresa en media hora.
Ingresó rápidamente a su habitación para buscar un cambio de ropa y darse una ducha. Seguía sin creer que había dormido tanto tiempo. Eso no era común en él. No, algo no estaba bien con él, desde la noche anterior.
La junta le pareció monótona y absurda. Las mismas tonterías que los nuevos aspirantes a diseñador querían hacer. ¿Acaso no sabían que había reglas? La moda era un conjunto de reglas que nunca cambiaban, podría parecer algo liberal pero no por eso se cruzaban las líneas… palabras dichas por Bridgette, que estaban llenas de razón y verdad.
Debía superar esa obsesión. Sólo había un método para borrarse de la mente esa absurda idea que Sabine Cheng era Bridgette Ohara: hablando con ella, conociéndola para notar las abismales diferencias que debían haber entre una y otra.
Tenía que aceptarlo, Bridgette estaba muerta.
