Kaoru frunció el ceño ante la impertinencia de Himura.

-Si vernos para usted es arriesgar sus ojos sensibles, ni considere que nos vemos. – le contestó con frialdad - Son sólo las circunstancias; una infeliz coincidencia. Vine a ver a mi hermana que vino de visita, a traerle esta ropa.

-Sí, hace un rato llegó empapada. – le dijo él con la misma frialdad.

-Qué bien, con permiso. – se dirigió a la entrada de la casona, pero la voz del hombre la detuvo. La odiosa voz de ese desagradable hombre.

-¡Creo que la señorita es un poco injusta a pesar de mi comportamiento! – le reclamó Kenshin. Ella se dio la vuelta para enfrentarlo, incrédula.

-¿Injusta?

-¡Sí!

-¿Yo?

-¡Claro!

-¡Disiento! – exclamó Kaoru, enojándose - ¿De qué momento está usted hablando exactamente?

-Cuando le decía que no creí que nos veríamos tan pronto. – le respondió el otro con desprecio.

-Ay, lo siento. – ironizó Kaoru furiosa - Creí que hablaba de OTRO momento.

Kenshin adoptó una expresión despectiva. Evidentemente, cada encuentro entre los dos iba a terminar en pelea. Y él no le iba a dar tregua.

-Si la señorita se refiere a nuestra pelea en la tienda de ropa, deseo recordarle que ya me disculpé. – le dijo con odio, todavía se acordaba de ese episodio en el que perdió la justa por el pantalón - Pero aprovechando el momento, quiero disculparme nuevamente. Perdón por mi comportamiento. – hizo una inclinación forzada.

Kaoru lo miró con ganas de patearle. Después de que él le pateara justo en la vanidad durante el baile.

-Le voy a decir una cosa. – dijo ella - Los dos somos muy parecidos; es porque ambos decimos lo que pensamos. ¿Cierto?

-Cierto.

-Entonces el señor concuerda conmigo que en ciertos casos existen ciertas personas que no consiguen… ay, cómo era esa palabra…- se burló - ¡ah, recordé! TOLERAR lo que los demás dicen. – esa palabra lo dijo en voz muy alta para que su enemigo le entendiera - Sé que el señor me comprende.

Pero Kenshin estaba confundido. Y él odiaba sentirse confundido. Por lo que le preguntó bruscamente:

-¿Oro? ¿De qué está usted hablando?

-Es obvio que estoy hablando del baile.

De repente, Kenshin recordó horrorizado.

Flashback

-¿Pero qué hay de su hermana? – le preguntó Akira.

-¿Su hermana? – preguntó bruscamente él - ¿La que vino disfrazada?

-¿En el fondo no te interesaste en ella?

Kenshin recuperó la compostura y dijo en un tono lleno de burla y de desprecio:

-Es tolerable, pero no es lo suficientemente bonita para tentarme.

Fin flashback

-No fue eso lo que… - balbuceó.

-Necesito entrar. – le interrumpió ella de manera brusca - No queremos que mi hermana tenga pulmonía, ¿no?

Y se marchó, dejando a Kenshin Himura lamentándose por haber sido tan indiscreto. No se lamentaba por haberlo dicho, porque era lo que realmente pensaba de ella, es más, no retiraba sus palabras. O por lo menos de eso trataba de convencerse.


Mientras tanto, Aoshi Shinomori se encontraba inmerso en la titánica tarea de declararle su amor a Megumi Katsura.

-Megumi…yo…

-¿Tú? – lo apremió Megumi, sorprendiéndose de ver a su impasible amigo ponerse nervioso.

-Yo… - a pesar de su cara de nada, Aoshi ya empezaba a sudar frío.

-Dime. – insistió ella.

-Te quería decir que…- pero simplemente la cobardía pudo más - ¡Saito está enamorado de Tokio-san!


Kaoru fue recibida por Shura Myoujin, quien no perdió el tiempo para ver cómo podía desquitarse con ella por el hecho de tener que albergar a su hermana por tiempo indefinido. Hizo los honores como señora de la casa, mientras Akira y Kenshin observaban en silencio a su lado.

-¡Miren a quién tenemos aquí para una reunión familiar! – cacareó Shura - ¡Las hermanas Kamiya! ¿Era Kamiya su apellido, no?

A Kaoru se la podía acusar de muchas cosas, pero no de tonta. Así que, percibiendo que Shura quería humillarla frente a los presentes, decidió no darle el gusto. Suficiente tenía con que su hermana estuviera atrapada en esa casa y ella tuviera que verle la cara a Kenshin Himura.

-Si la señora sabe, ¿por qué pregunta? – replicó amablemente - Pero no es para una reunión que vine, quiero ver a mi hermana, por favor.

-Ella llegó empapada y tiritando, decidí llevarla a mi cuarto. – explicó Akira, preocupado - Percibí que tiene un poco de fiebre.

-¿Fiebre? – se asustó Kaoru - Eso no es bueno, tengo que verla.

-En este momento está durmiendo. – le dijo el muchacho - ¿No quiere sentarse y tomar algo hasta que despierte?

-El señor es muy gentil. – agradeció Kaoru con una inclinación.

Después del café, en el que Kaoru charló animadamente con Akira, se repartió miradas de odio con Kenshin y se ganó una que otra insinuación de Shura, todos se dirigieron a la habitación del dueño de casa donde yacía la enferma.

Tomoe estaba despierta, recostada sobre unas almohadas y con la mirada débil. Kaoru al verla se asustó mucho, estaba muy pálida y quieta. Cuando le tomó la mano se la soltó al sentir cómo ardía.

-Tienes mucha temperatura, Tomoe-chan. – murmuró.

-Me siento muy mal… - le dijo Tomoe a duras penas.

-Es mejor que se queden, ya va a oscurecer. – dijo Kenshin con gravedad.

-Sí, Tomoe-san quedará bajo nuestros cuidados. – concordó Akira - Será un honor para mí cuidar de usted.

Kaoru agradecía el gesto, pero no quería quedarse.

-Se lo agradezco mucho, pero creo que es mejor que…

Pero Akira la interrumpió decidido.

-Ya está decidido, voy a mandar un mensajero a su casa para que nadie quede preocupado. – le dijo.


En uno de los arroyos del río Abu, estaba Soujiro Shishio dándose un chapuzón. Era uno de los pocos placeres que se podía permitir con su trabajo y el ambiente denso en su casa. Pensaba en Misao; recordaba que ella era parte de un grupito de niños que se la pasaban jugando por el bosque y los alrededores mientras él y su hermano se quedaban en casa, para estudiar y porque su padre no quería que se mezclasen con ellos. Ahora era una adorable jovencita, y si bien seguía teniendo maneras de muchacho, era una joven preciosa a su juicio.

De repente, un ruido lo sacó de sus pensamientos. Fue rápido, y cuando se dio la vuelta a mirar la fuente de ese sonido, unas pisadas sobre unas hojas secas, se encontró con una sonrojada Misao Kamiya, quien iba de paseo y se topó con el lugar de casualidad.

Misao no se lo pensó dos veces y huyó. Soujiro, como pudo, salió del agua y la persiguió a medida que se vestía.

-¡Misao-san! – gritó - ¡Misao-san! – demasiado tarde, la había perdido en un descuido.

Pero una vocecita surgió desde uno de los árboles a su alrededor.

-¿Cómo es que usted sabe mi nombre? – preguntó. Soujiro dio un respingo y vio a Misao con expresión desafiante saliendo de su escondite.

-¡Qué susto! – exclamó el joven médico - ¿Cómo es que la perdí?

-Usted nunca me encontró como para perderme.

-Es de pocas palabras, por lo visto. – dijo él con una sonrisa.

-Y también soy buena corriendo por el bosque. – prosiguió Misao - Ya de pequeña era así.

Soujiro sonreía como un idiota.

-¿Así cómo? ¿Bonita? ¿Con esa piel que parece de la luna? – preguntó con avidez, acercándose a ella. Misao dio un paso atrás - Disculpe si le parezco atrevido, pero debo ser sincero.

-De niña me gustaba jugar a las escondidas con mis hermanas por el bosque. Es por eso que usted no me encontraba. – explicó la chica, aún alerta - Pero no me respondió, ¿cómo sabe mi nombre?

-La necesidad de saberlo era muy grande, y en una ciudad pequeña no era difícil averiguarlo. – contestó con un suspiro - Además, las Kamiya son muy famosas en la región.

-¿Qué hicimos para ser tan famosas?

-Son cinco hermanas, todas mujeres, todas bonitas. – le respondió él - Es más que suficiente.

Pero Misao no se iba a dejar enredar por sus palabras.

-¿Y por qué en el baile me estaba siguiendo? – inquirió.

-Si quiere hablar con una persona, sólo tiene que seguir a esa persona. – explicó Soujiro - Yo solamente quería hablar con usted.

-¿Y se puede saber por qué?

-¿Siempre es así de desconfiada? – preguntó a su vez él con una sonrisa - Apuesto que su libro es de detectives. Veo que en su supuesta posición de víctima está haciendo muchas preguntas. Y por eso es muy desconfiada.

-¿Quién sabe? – dijo ella - Ya va a oscurecer, tengo que ir a mi casa.

-Yo la acompaño.

-¿Así, todo mojado y a medio vestir? – se burló ella con una sonrisa. Soujiro sintió su corazón saltar - Gracias, de todos modos.

Llegó a su casa como alma que lleva el diablo, no vaya a ser que Soujiro decidiera perseguirla de nuevo. El resto de su familia ya estaba cenando y se dispuso a hacer lo mismo, cuando escuchó que alguien golpeaba el portón de madera de la casa. Abrió los ojos como platos del susto, creyendo que era Soujiro. Fue para ver qué quería, seguida de su madre.

Para su alivio, al abrir no se encontró con Soujiro, sino con un mensajero.

-¡Carta de la señorita Tomoe! – Sakura le arrebató la misiva y le dio un portazo en las narices.

-¡Mamá! – le llamó la atención Misao. Apenada, Sakura volvió a abrir la puerta.

-¿Necesita respuesta? – le preguntó al muchachito.

-No es necesario… - otro portazo de despedida.

Sakura leía feliz la carta de su hija a toda la familia:

-Me estoy sintiendo muy mal, ya que llegué a mi destino completamente empapada. Mis gentiles amigos no admiten que vuelva en este estado. Estoy con dolores de garganta y cabeza…tralalá, tralalá, tralalá, tralalá…¡Soy una genia! – se congratuló.

-Dijiste algo de que tenía fiebre… - observó su marido.

-Impresión tuya, ella se encuentra bien…

-¿Impresión mía? – Koshijiro le quitó la carta y la leyó - Escucha lo que voy a decir, Sakura. Si a nuestra hija le agarra algo y se muere, será reconfortante saber que fue persiguiendo a Akira Kiyosato por causa tuya.

Sakura puso los ojos en blanco. Qué manera de exagerar.

-¡Nadie muere por un resfriado! – exclamó - Además, él es muy rico, la cuidará bien. Y si se puede quedar unos días más, mejor.

-¡El mensajero! – alertó Misao, quien había abierto la puerta para encontrarse con el pobre chico con los ojos en forma de espiral.


A la mañana siguiente, Megumi hizo su aparición en la residencia de los Kamiya. Después del dato de oro que Aoshi le había dado, tenía que empezar a actuar.

-¡Megumi-san! – la recibió Sakura - ¡Qué bueno que viniste!

-¿Está todo bien? Porque si soy inoportuna puedo volver en otra hora.

La señora Kamiya le dijo que era más que bienvenida y le ofreció té.

-Kaoru-chan no está aquí. – le anunció mientras servía.

-¿No?

-No. – respondió Sakura con mucha alegría - ¡Ella está con Tomoe-chan en casa de los Kiyosato!

Megumi no lo podía creer. Le salieron orejas de zorro y alentó a Sakura a que le contase más.

-¡Qué novedad más suculenta! – exclamó - ¡Cuénteme todo Sakura-san!

Un cuarto de hora después, Sakura estaba agotada de tanto hablar y Megumi reflexionaba ante la seguidilla de matrimonios que debía organizar. Hablando de matrimonios…ah, casi se le había olvidado.

-Igualmente no había venido aquí a hablar con Kaoru-chan, sino para hablar con Tokio-chan.

Otro cuarto de hora después, en la habitación de la chica, era Tokio quien no daba crédito a las buenas nuevas que, a juicio de Megumi, vino a darle.

-¿Tan así? – preguntó ruborizada.

-Es lo que mi fuente de información me dijo, y es muy confiable.

-¿Pero no me vas a decir quién te lo dijo?

-No puedo, es confidencial. – lo único que faltaba era que acusaran a Aoshi de chismoso; ella no lo permitiría.

-No entiendo cómo el Coronel Saito me puede amar si no me conoce. – observó Tokio, no muy convencida.

-¿Quién puede explicar las cosas que pasan en el corazón? – dijo Megumi con los ojos brillantes.

Tokio empezó a reír.

-¡Y lo dices tú, Megumi, que nuca fuiste romántica! ¡Siempre tan pragmática! ¡Y ahora creyendo en el amor!

Megumi se sentó derecha para explicarse.

-Pragmática sí, pero aprecio mucho cuando el pragmatismo se une con el amor. – le dijo - Y en tu caso con el Coronel Saito las dos cosas están bien juntas.

-¡Pues no están juntas en mi caso! – exclamó Tokio con el ceño fruncido - ¡Amor es lo que él siente por mí, pero yo no siento nada por él!

Megumi se horrorizó. Su misión estaba siendo abortada aún antes de empezar. Trató de hacerla entrar en razón.

-¡Pues deberías! ¡Es tal la pasión de ese hombre! – le dijo - Tienes que ser consciente de que en materia de finanzas una nunca debe echarse atrás por amor. Y el Coronel es muy rico.

-Pues no me importa.

-¿Por qué no le das una oportunidad al hombre? ¡Es muy guapo!

Tokio reflexionó muy bien lo que iba a decir.

-Él es educado, pero es anticuado. – dijo ella - Imagínate en una relación más personal, sólo silencio y monotonía. ¡Yo espero mucho más que eso!

Megumi la miró resignada.

-Eso no te lo puedo negar. – admitió - Algunas personas aparentan ser unas y en realidad son otras, pero el Coronel Saito no.


Hajime Saito llegaba a un galpón abandonado donde trabajaba el joven Outa Sagara, quien hacía trabajos de todo tipo. Era herrero, mecánico, obrero y cuanto oficio se le pusiera en el camino, él terminaba dominando cualquier reto. Y en ese galpón, lugar de trabajo del muchachito, yacía el mayor tesoro del Coronel.

-¡Outa! – saludó Saito - ¿Ella está bien?

-En perfecto estado, Coronel.

-Espero que nadie haya aparecido y la haya visto, es muy importante para mí. – explicó el lobo - Tengo una reputación que cuidar, soy un hombre muy discreto. Y tengo que dar el ejemplo.

-Como siempre, Coronel. – dijo Outa - Si quiere la puede llevar de paseo por el camino del Monte Gongen. Nadie pasa por allí.

-Eres un muchacho de oro. – se despidió Saito, luego de pagarle y llevarse a su hermosa yegua, Arashi.

Pero Saito tenía en mente ir más allá del Monte Gongen, iba a ir un poco más allá, por la zona del Monte Takamoriyama, ya que por los sinuosos senderos de la zona se iba a llevar a cabo un pequeño evento que le importaba mucho. Alistó a Arashi y ambos se dirigieron allí.

Al llegar, se encontraron con varios jinetes y sus respectivos caballos, de todas formas, colores y tamaños. Se trataba de una carrera ilegal de caballos. A Saito no le gustaban mucho esas carreras, pero no pudo resistir la tentación de probar a la velocidad de Arashi. Se había inscripto con el nombre de Goro Fujita, ya que aunque fuera conocido por esos lugares no quería utilizar el verdadero.

-Señores, como se dijo tenemos planeadas unas carreras de prueba antes de iniciar con nuestro pequeño campeonato. – anunció un hombre que sin dudas era el organizador - Es importante que todos traten con respeto a sus adversarios. Sabemos que este es una actividad de mucho riesgo, pero no queremos aumentar las probabilidades de que algo grave suceda. Muchos ya acusan a nuestras carreras de ser ilegales, y no necesitamos empeorar la situación. ¡Señores, mucha suerte!

Se posicionaron y empezó la carrera. Con regocijo, Saito pudo ver que Arashi dejaba poco a poco atrás a los demás caballos, siendo la única chica del grupo. Y él se sintió orgulloso de su chica. Aún faltaba sobrepasar otros competidores, sin duda los más duros. Y cuando Arashi estaba por tomar el primer lugar, un jinete enmascarado y su caballo les cerró el paso, provocando que Arashi se descolocara y Saito casi cayera. Terminaron en tercer lugar, y casi inmediatamente, Saito descendió de su yegua negra y se encaminó a enfrentar a su agresor, pues sabía de quién se trataba.

-¿Estás loco, Amakusa? – lo increpó - ¡No puedes hacer lo que quieres en la pista!

Shogo Amakusa se sacó la tela que cubría su rostro y lo miró divertido con sus ojos dorados.

-Fue una corrida, amigo mío. – le dijo como si nada - Una disputa para ser el mejor.

-Para ser el mejor no necesitas asustar al caballo de otro. – siguió reclamando Saito - ¿O acaso querías provocar un accidente serio?

-Si no te querías arriesgar no hubieras venido.

Saito ya estaba por lanzarse encima del hombre cuando la voz de Aoshi lo detuvo.

-¡Fujita-san! – llamó su amigo, quien conocía su secreto - ¿Está todo bien?

-¡Vámonos antes de que haga de cuenta de que este es Battousai y lo mate! – exclamó Saito dirigiéndole una mirada de odio a Shogo que fue devuelta.

-Aunque fue muy divertido verte correr con Arashi, y peligroso también. – le dijo Aoshi cuando estuvieron más alejados y mirando a Shogo Amakusa.

-Es capaz de hacer lo que sea con tal de ganar. – dijo Saito con amargura.

Aoshi suspiró mientras seguía mirando a Amakusa. No podía creer que semejante personaje fuera hermano de la dulce Sayo.

-Shogo Amakusa fue uno de mis primeros clientes en esta región, y esa forma de actuar la lleva también en su forma de manejar sus negocios. – le explicó a Saito - Se apropia de las tierras ajenas, engaña a los trabajadores…por suerte antes de que pudiera hacer algo en mi contra me alejé de él. – luego recordó - Bueno, no vine hasta aquí sólo para verlos correr a ti y a Arashi…

-¿Entonces?


Sintiéndose mucho mejor, y como muestra de agradecimiento, Tomoe decidió cocinar el almuerzo para todos. Akira se sentía sorprendido y feliz.

Llegada la hora de comer, Kaoru y Tomoe se sintieron incómodas. Iban a comer sentadas en sillas alrededor de una gran mesa con todo tipo de utensilios. No estaban acostumbradas a ese tipo de costumbre occidental, aunque Akira pacientemente les explicó el uso de cada uno de los elementos, ante las miradas burlonas de Kenshin y Shura.

-¡Tomoe-san! ¡Esto es delicioso! – alabó Akira apenas probó bocado - Pero creo que es algo inapropiado que una invitada cocine para nosotros.

-Es para agradecerles lo que hicieron por mí. – dijo Tomoe sonrojada.

-Está realmente delicioso. – felicitó Kenshin, sin expresión en su rostro.

Akira casi salta a hacer malabares.

-¡Es increíble lo que escucho! – exclamó - ¡Y eso que Kenshin es muy difícil de agradar!

-Por lo visto ustedes, jóvenes del interior, invierten muy bien su tiempo libre en la cocina. – agregó Shura, haciendo uso de su doble sentido.

-Tomoe-chan es mucho más que una buena cocinera. – replicó Kaoru.

-Creo que sí. – concordó un sonriente Akira - Estoy muy impresionado por la lista de talentos que las jóvenes son capaces de tener. Cocinar, bordar, coser, algunas tocan instrumentos, otras dibujan. En fin, todas tienen una cierta cualidad que maravilla a todo el mundo.

-Hablas de mujeres capaces de grandes logros. – repuso Kenshin fríamente - Pero creo que eres bastante generoso; no conozco más de media docena de ellas que sean realmente talentosas.

Kaoru lo miró con curiosidad.

-El señor debe de esperar muchísimo de una mujer para considerarla de talento. – dijo.

-Sí, espero muchísimo. – contestó Kenshin mirándola con ojos dorados y carentes de emoción - Más allá de todo eso que Akira dice, digamos que deberían tener algo de más sustancia como ejemplo gusto por la literatura.

Kaoru pensó en Misao y en Tokio, y al mismo tiempo se sintió tocada. Ya que sutilmente se le dijo ignorante.

-Entonces no me sorprende que el señor sólo conozca a seis mujeres con tanta capacidad. – replicó ella - Me sorprende que el señor conozca siquiera una.

Kenshin dejó de comer para prestarle toda su atención, extrañado.

-¿Es tan exigente con las de su mismo sexo que duda que todo eso sea posible?

-La exigencia viene de usted, pero no conozco a una mujer que reúna tantas cualidades. – contestó la chica.

-Pero si usted no reúne esas cualidades, ¿por qué negarlas en otra mujer? – intervino Shura.

-Kaoru-chan tiene muchos talentos. – intervino Tomoe tímidamente.

-Gracias, Tomoe-chan. Disculpen, yo no estoy negando nada a ninguna mujer. – se explicó Kaoru - Sólo digo que no conozco a ninguna con esas condiciones. De la misma manera que no conozco a un hombre capaz de todo. En realidad no entiendo por qué alguien debiera ser perfecto.

-Ustedes, mujeres del campo, se sorprenderían como Ikumatsu Kiyosato puede ser todo eso y más. – dijo con orgullo Shura, como si estuviera hablando de sí misma.

-Entonces ya la quiero conocer. – dijo Kaoru - Para ser una mujer de negocios debe ser una realmente excepcional. Ahí la tiene Himura-san, su mujer ideal.

-Yo no he dicho nada sobre mujeres de negocios. – le dijo éste fríamente.

-¿No?

-No.

-Estoy un poco confundida. – se excusó Kaoru - Entonces hablaba de una mujer de tales logros, pero permaneciendo en casa.

El resto de la cena transcurrió entre un ambiente tenso, intercambio de miradas de odio y risas burlonas ante la dificultad de manejar una cuchara. Cuando ambas hermanas volvieron a la habitación asignada a descansar, Kaoru encaró a su hermana mayor con lágrimas en los ojos.

-Tomoe-chan…vámonos a casa, por favor… - le rogó - Porque con esa víbora de Shura llamándome campesina a cada momento, y con ese arrogante de Himura provocándome no sé si aguantaré.

Tomoe se sorprendió de ver a su hermana tan vulnerable y sentida hacia lo que los otros dos le hacían o decían. Nunca le había visto tan afectada por actitudes ajenas. Trató de tranquilizarla.

-Kaoru-chan, a mí me parece que Himura-san… - trató de decir.

-¿Himura-san qué? ¡Dime! – exigió Kaoru. Ya sabía adónde quería llegar su hermana - Porque cada vez tengo más certeza de que somos tan diferentes, que si sintiera algo por él, haría todo lo posible para que nada sucediera entre los dos. Absolutamente nada.

-Kaoru-chan, estás exagerando…

-Tomoe-chan por favor. – lloró Kaoru - Sé que tú y Akira-san se llevan muy bien, que vas a ser invitada para más y más visitas, pero si me quedo aquí lo voy a arruinar todo.

Tomoe abrazó a su hermana mientras ésta lloraba de impotencia.


-¡¿Qué hiciste qué?!

Saito había encendido un cigarrillo cuando Aoshi empezaba a contarle las noticias que traía. Pero no lo llevó a la boca de la impresión, pues quedó de piedra y sin movimiento a medida que su amigo hablaba, y el cigarrillo se consumió solitariamente entre sus dedos. Sintió que algo le quemaba cuando volvió en sí y pegó el grito de su vida a su amigo sin poder creer lo que le contaba.

-Exageré tus sentimientos por Tokio-san… - explicó nuevamente Aoshi, apenado.

-¿Pero por qué hiciste eso? – ahora no tenía ganas de matar ni a Battousai ni a Shogo Amakusa. A ese hombre que tenía enfrente, Aoshi Shinomori.

-Estaba tratando de declararme a Megumi, pero llegado el momento me dio miedo…disculpa, amigo mío, pero termine diciendo que los sentimientos que estaba describiendo eran los tuyos por Tokio-san, cuando en realidad eran mis sentimientos por Megumi. – seguía explicando Aoshi muerto de vergüenza, pero su rostro sin expresión alguna.

En el fondo a Saito le divertía todo el embrollo en cual le metieron. La vergüenza de Aoshi, ver a Megumi hacer el tonto para organizar una boda que daba por hecha, y por otro lado, que de esa manera Tokio supiera que él existía. Pero Aoshi no se salvaría del regaño.

-Estás bromeando, no puede ser tan así. – le dijo - ¡Estás loco! ¡No conozco a la muchacha y ahora va a creer que soy un pervertido! Hablaré con Megumi-san, le diré que escuchaste mal o algo así…


Soujiro parecía todo un caballero ejemplar yendo a caballo y con un ramo de flores en la mano. Su destino: la apartada casa de los Kamiya. La joven Misao le interesaba desde hacía mucho tiempo, así que aprovechó los malentendidos pasados para ir a ofrecer disculpas formalmente con unos lirios de por medio. Si tenía suerte en poco tiempo hasta podría empezar a cortejarla.

Al llegar tocó la puerta de madera y fue recibido por Tokio, quien lo miró de arriba abajo con curiosidad.

-Buenas tardes, usted debe de ser una de las hermanas de Misao-san. – saludo Soujiro cortésmente.

-Misao-chan está en la casa del árbol. – le dijo Tokio sin rodeos. Estaba feliz de que Misao tuviera al fin un pretendiente.

-¿En la casa del árbol?

- La casa del árbol ya estaba cuando nos mudamos aquí y ella se apoderó de ella para leer en paz. – le explicó ella señalándole un punto en el acceso del bosque.

A Misao casi le dio un ataque cuando vio la figura del Soujiro entrando a la casa del árbol.

-Sé que usted busca aquí tranquilidad para leer pero su hermana me dijo que podía subir. – dijo con una gran sonrisa entregándole el ramo de lirios.

Misao se quedó sin palabras ante el obsequio. El único hombre que le regalaba flores era su propio padre por su cumpleaños.

-Muchas gracias…son lindas…pero no estaba leyendo, estaba haciendo palabras cruzadas. – dijo, mostrándole el juego.

-Parece muy complicado. – observó Soujiro - Vine aquí porque siempre parece que nuestros encuentros fueron muy casuales.

-No fueron casuales, era usted quien iba detrás de mí. – dijo Misao muy directa - Como ahora.

Soujiro ensanchó aún más su sonrisa, si es que eso era posible.

-Siempre pensé que eran inadecuados, por eso le traje flores. – le dijo - Para un encuentro adecuado.

-Estamos en lo alto de un árbol, creo que sigue siendo inadecuado.

Rato después, Misao se despidió de Soujiro y entró a su habitación con sus flores. De repente, Tokio le salió al paso, no cabía en sí de la felicidad.

-¡Ay, Misao-chan! – chilló - ¡Te trajo flores, qué romántico!

Con expresión seria, Misao puso sus flores en agua; Tokio, alarmada, le preguntó qué le pasaba, y su hermana se sentó e hizo un gesto para que hiciera lo mismo.

-Es que…es algo que sólo Kaoru-chan sabe. – dijo con cuidado.

-Me estás asustando, Misao-chan…

Misao tomó aire y empezó a narrar los hechos atropelladamente.

-Yo…estaba merodeando la mansión Shishio, y vi a una mujer saliendo de allí corriendo y gritando, y yo también corrí y grité; y Soujiro-kun me habrá visto y…

Pero fue interrumpida por Tokio, en cuya cabeza reinaba la confusión.

-Calma, calma, vamos por partes: ¿Qué estabas haciendo merodeando la mansión Shishio?


Mientras tanto, en la mansión Kiyosato, las mayores de las hermanas Kamiya se alistaban para volver a su casa, ante la desesperación de Akira, la satisfacción de Shura y la indiferencia de Kenshin.

-Creo que se están precipitando… - empezó a lamentarse Akira.

-Creo que es conveniente. – se apresuró en decir Kaoru - Mi madre se encargará de velar por mi hermana.

-Entiendo, espero que no sea otra cosa. – dijo el joven Kiyosato, mirando a Kenshin y a Shura.

Tomoe le sonrió y agradeció las molestias tomadas.

-No, sólo nos queda agradecer la gentileza que tuvieron… - no terminó la frase, desmayándose en el acto. Akira la tomó en brazos y subió las escaleras a la carrera para llevarla a la habitación.

-¡Tomoe! – gemía Kaoru - ¡La culpa fue mía por insistir en irnos y no incomodar!

-Kaoru-chan, está todo bien…fue sólo un susto… - balbuceaba Tomoe, mientras recuperaba la conciencia.

-Claro que no está todo bien. – dijo Akira severamente. Esta vez sería duro y no permitiría que se fueran hasta estar seguro de su recuperación.


Shura entró como un torbellino a su habitación, resoplando con furia. Sorprendió a Kaede tirada en su cama leyendo un folletín de moda, pero lo pasó por alto. Sin embargo, le gritó:

-¡Veneno! ¡Coloca veneno en la sopa de esas descaradas! ¡Cuando vio que iba a alejarse de la casona Kiyosato, Tomoe fingió un desmayo! ¡Todo para prologar su estadía aquí!

-¡Qué descarada! – exclamó Kaede - ¿Qué veneno quiere que ponga?

Shura la miró con ironía.

-Era sólo una manera de hablar. – dijo - Pero realmente necesito deshacerme de ella; porque si Akira se envuelve con esa muchacha, Ikumatsu me mata y yo pierdo mi oportunidad.

-Usted me va a perdonar, pero creo que por quien debería preocuparse es por la otra. – le dijo la sirvienta - La salvaje.

Shura se paralizó.

-¿Ken-san y Kaoru? – preguntó, haciendo una mueca de asco.

-Sí.

-Pero si ella quiere irse de aquí. – repuso Shura - ¡No se soportan!

Aun así, las palabras de Kaede rondaron su cabeza por el resto de día.


En el jardín, Kenshin estaba concentrado leyendo un libro de construcciones, cuando vio a Akira aproximarse a él.

-Tomoe-san está bien, ya la dejé descansando. – dijo su amigo.

-Qué bueno. – dijo Kenshin, como si no le importara en lo más mínimo.

-Raro que Kaoru-san haya querido irse de aquí. – dejó deslizar Akira, muy perspicaz.

-Buscando problemas como siempre.

-Cuando me contaste cómo se conocieron, llegué a pensar en eso como una señal para ti. – suspiró Akira, derrotado. Kenshin hizo una mueca de disgusto.

-Señal de que necesito mantenerme alejado de ella. – dijo secamente - No niego que es una mujer inteligente, interesante…

-Y bonita. – agregó Kiyosato.

-Linda… - murmuró Kenshin, pensativo.


Cuando Misao terminó su relato, Tokio negaba con la cabeza como si su hermana estuviera totalmente loca.

-Estás bastante mal, Misao-chan. - le dijo - ¿Cómo puede ser que suceda algo raro en esa casa?

-Es que el cuerpo de Yumi-san nunca fue encontrado, y eso es muy sospechoso. – respondió Misao con convicción.

Tokio seguía negando con la cabeza.

-Supongamos que estás en lo correcto: que el padre de Soujiro-kun mató a su madre, fue hace mucho tiempo. – repuso - ¿Y qué tiene que ver con la joven que salió desesperada?

-¿Por qué saldría gritando y corriendo? Es por eso que Soujiro-kun me busca, porque me vio.

Su hermana dejó de mover la cabeza y se rio de ella.

-En eso estoy con Kaoru-chan, te encuentra bonita y despertaste en él el deseo de tener y poseer a esta mujer linda e intelectual que tanto se esconde en las sombras. – le dijo mientras le daba un beso en la frente y dejaba la habitación, dejando a Misao sumida en dudas de todo tipo con respecto a Soujiro.


Era bastante entrada la noche cuando un grito desesperado de Kaoru despertó al resto de los habitantes de la mansión.

-¡Tomoe-chan! – gemía ella. Había despertado para ir por un poco de agua pero se encontró con su hermana ardiendo en fiebre e inconsciente.

En ese momento entró a la habitación un preocupado Akira Kiyosato.

-Disculpe por entrar sin tocar. – se disculpó y quiso saber cómo se encontraba la enferma.

-¡La fiebre está muy alta! – lloró Kaoru. Kenshin, Shura y Kaede entraron en ese momento. El corazón del ingeniero se estrujó al ver a la joven tan angustiada. Sintió el impulso de ir a abrazarla pero se contuvo.

En tanto, Akira examinó a Tomoe corroborando las palabras de Kaoru.

-¡Necesitamos de un médico, ha empeorado! – exclamó alertado.

-¿Quién atendería a esta hora? – rezongó Shura.

-¡Un doctor no se negaría a venir! – le gritó Kaoru, provocando un susto en la mujer.

Un impasible Kenshin Himura levantó la mano para callar a todo el mundo y así transmitir su idea.

-Si la señorita está dispuesta a soportar mi compañía, podríamos ir con mi carruaje a buscar a Soujiro Shishio. – propuso con voz inexpresiva.

Akira estuvo de acuerdo en el momento y ambos dejaron la estancia, dejando a una contrariada Shura y a Kaede mirando a ésta significativamente.


La tranquilidad de la noche fue azotada por el ruido de un elegante carruaje llevado por cuatro caballos que galopaban a toda velocidad. Kaoru se agarró con fuerza de los bordes de su puesto, asustada.

-No está muy acostumbrada a andar en este tipo de carruajes. – observó Kenshin.

-Este es muy grande, y aquí no hay muchos, apenas pequeños.

-¿Fue alguna vez a Kioto o a Tokio? – preguntó Kenshin, más para iniciar una conversación que por querer saber. Kaoru entrecerró los ojos.

-¿Para qué quiere saber? – inquirió ella - ¿Para burlarse de mí?

-No, disculpe, pregunté por preguntar. – se excusó el ex hitokiri.

Después de un rato.

-No, nunca fui.

-Qué curioso…

-¿Curioso por qué? – preguntó la otra a la defensiva.

-Porque usted no parece de campo.


Misao daba vueltas por su futón, sin poder dormir. Seguía sin estar convencida de los motivos que tenía Soujiro Shishio para acercarse a ella. Además, nadie le creía; después de la expedición del otro día, Kaoru no la quiso acompañar más, y Tokio…

De repente, se le ocurrió una idea. Y se fue a la habitación de su hermana.

-Tokio-chan, ¿estás despierta? – susurró al descorrer el shoji.

Una despeinada y somnolienta Tokio la miró de mal humor.

-Ahora lo estoy…

-Disculpa, pero quería pedirte una cosa, ¿quieres acompañarme a ver quién era esa mujer? – propuso Misao.

-¿Qué mujer, Misao-chan? – preguntó Tokio, acomodándose para volver a dormir.

-La mujer que salió gritando y corriendo de la mansión Shishio.

De un momento a otro a Tokio se le pasó el sueño. Se incorporó y miró a su hermana con emoción.

-¿Haremos de detectives? – preguntó.

-Sí, seremos detectives. – contestó Misao, triunfante - Descubriremos quién es esa mujer y qué le hizo salir corriendo de ese modo. ¿Vamos?

-Y así podríamos encontrar pistas y se las daríamos a la policía. – los ojos de Tokio brillaban ante la aventura que se les venía - ¡Vamos!


-¿Por qué mandó traer su carruaje de tan lejos si aquí pueden alquilar? – preguntó Kaoru, más para entablar charla que por querer saber.

-Me gusta mucho mi carruaje y en casos de emergencia es mejor tener el propio. – respondió Kenshin con indiferencia.

-Sí…

-Tú.

-¿Eh?

-Puedes hablarme de tú. – le dijo Kenshin, dando gracias que por la oscuridad Kaoru no pudiera ver su rubor.

Pero algo se había activado en Kaoru. Y empezó la trifulca número mil.

-Creo que peleamos demasiado por tu culpa. – le soltó ella.

-Demasiado es poco. Vivimos peleando. – contestó él.

-Es posible.

-¿Posible por ti o por mí?

-Por tu causa.

-¡Ah, y la señorita no! – explotó Kenshin - ¡Te controlas mucho!

-¿Me estás llamando descontrolada? – se ofendió Kaoru a los gritos - ¡Mou, yo grito y soy descontrolada, cuando las mujeres debemos ser emocionales y tratar de cumplir con la lista de cualidades que Himura-san preparó!

Y así estuvieron discutiendo un buen tramo, sin ver el enorme bache con lodo que había en medio del camino. Para cuando se dieron cuenta, estaban atascados en medio de la noche, a medio camino y algo lastimados por el sobresalto.

Kenshin bajó a inspeccionar y se encontró con una rueda atascada. Nunca le había pasado algo así. Era muy intuitivo y sabía esquivar esos obstáculos. Pero desde que llegó esa mujer a su vida su mundo se puso patas arriba.

-¡No sé qué sucedió! – exclamó enojado - ¡Estábamos peleando y de repente el carruaje quedó atascado!

-¡Claro, el carruaje entró solito! – se burló Kaoru, echándole la culpa - ¡No necesitó ayuda de nadie!

-¿Oro? ¡No vamos a empezar a discutir otra vez!

-Está bien, no vamos a discutir, porque Tomoe-chan necesita de un médico. – reflexionó Kaoru.

-Te hubieras quedado con ella en la casa. – la provocó Kenshin.

-¿Y por qué? – inquirió ella - ¡Ah, ya sé! ¡Porque soy mujer y no soy capaz de ayudar a empujar un carruaje! ¡Mou! – le dio un pinchazo en la cabeza en la zona donde se había golpeado, por gritar y estar alterada.

-¡Porque no sabe dirigir un carruaje! ¡Ororo! – mismo pinchazo, mismo golpe, mismo estado.

-Bueno…vamos a conversar… - propuso Kaoru.

-Sí…vamos a intentarlo… - concordó Kenshin.

-¿Me puede enseñar a hacerlo? – Kaoru volvió a la conversación, pidiendo que el enseñara a conducir un carruaje. Aunque pareciera fácil, ella nunca lo había hecho; no estaba segura de si era lo mismo que manejar a un solo caballo - ¿Aunque no esté en la lista de cosas que una mujer debe o no debe hacer?

Kenshin gruñó y le dio las instrucciones, que ella fácilmente llevó a cabo, mientras él empujaba el carruaje desde atrás. Después de un rato de intentos, la rueda por fin salió del pozo. Kenshin, embarrado y de mal humor, no pudo evitar alegrarse por ello.

-¡Lo conseguimos! – festejó, luego vio cómo la muchacha se alejaba con el carruaje - ¡Kaoru-dono, espera! ¡Orororororo!


Soujiro Shishio se sorprendió de verlos, no sólo por las horas, sino por verlos embarrados, magullados y cansados. Mientras Kaoru le explicaba la situación y le pedía que fuera con ellos, Kenshin estudiaba detenidamente la mansión donde vivía el joven doctor. Así que aquí moraba su antiguo camarada, Makoto Shishio. Sonrió para sus adentros. Si el dueño de casa llegaba a aparecer y se encontraba con Battousai, que Kami-sama les agarrara a todos confesados.

Recordaba que, en los días de la revolución, aunque ambos estaban del mismo bando, se odiaban a muerte. Todo por el bendito título de ser el mejor. Y se juraban a cada rato que con el fin de la guerra tendrían su duelo a muerte. Pero con el fin de ésta, Kenshin se fue a París y Shishio se dedicó al negocio naval, pues tenía que asegurar el futuro de su familia. Recordaba también Kenshin que su ex compañero estaba casado desde hacía unos años con Yumi Komagata, quien fuera alguna vez una oiran, y tenían dos gemelos.

Y uno de esos gemelos estaba frente a él, convertido en un médico de renombre. Pero del otro gemelo y su mujer Yumi, ni el rastro.

Indirectamente Soujiro les comentó que se encontraba solo en la casa, debido a que su padre se encontraba en un viaje de negocios. Kenshin suspiró con fastidio. El encuentro se daría en otra ocasión.

Una vez en la mansión, revisó a Tomoe y anotó unos medicamentos con instrucciones antes de que Kenshin lo llevara a su casa. Su mal estado había sido propiciado por el cansancio, pero en pocos días estaría totalmente recuperada. El joven médico reparó en que las dos hermanas eran muy bonitas, pero a su juicio, ninguna como Misao.


A la mañana siguiente, los rayos del sol ya eran lo suficientemente fuertes como para que en cualquier momento insolar a los trabajadores que surcaban los arrozales con sus herramientas, alistando todo para la siembra que se daría en unas pocas semanas. Quien estaba de mal humor en pleno trabajo era un joven alto, de cabellos castaños en punta y una cinta roja cruzando su frente. Y es que había escuchado unos rumores el día anterior que no le gustaron nada.

Se dirigió a su padre y compañero de trabajo, Kamishimoemon Sagara (Kamo para abreviar), y quiso saber si él también estaba al tanto de lo que supo.

-¿Es verdad que nos van a pagar después del inekari (cosecha)? – preguntó ceñudo.

-Nos pagará por quincena. – respondió su padre - Me lo han confirmado.

Sanosuke Sagara dio un puñetazo al aire.

-No le creo nada a ese Shogo Amakusa. – protestó entre dientes - Nunca paga cuando corresponde ni cuánto corresponde.

-¡No digas eso! – le regañó Kamo - ¡Es el patrón!

El susodicho patrón llegaba a caballo con su séquito de hombres para controlar el trabajo. Hace aproximadamente 15 años, aún en plena era Tokugawa y persecución a los cristianos, un pequeño Shogo Amakusa tuvo que ver cómo a sus padres les eran arrebatadas sus propiedades, siendo asesinados. Por suerte para él y su pequeña hermana Sayo, uno de sus tíos había llegado de China para rescatarlos y llevarlos allí antes de que tuvieran el mismo destino de muerte. Con los años su cristiandad mermó y su devoción al poder y al dinero aumentó, haciendo prosperar y multiplicar la herencia dejada por su tío, expandiendo sus negocios por casi todo el continente asiático. Años después volvió a Japón no sólo por negocios, sino también para aspirar mínimo al título de barón con sus arrozales, y así ir escalando poco a poco para al fin cobrárselas a los ex daimyo afines al Shogunato. Su sufrimiento le había vuelto un hombre frío y calculador, sólo sintiendo amor por su enfermiza hermana.

Y ahora se encontraba allí, explotando personas para beneficio propio y observando la mirada disconforme de un joven que salió a enfrentarlo.

-¡Amakusa-san! – gritó Sanosuke - ¿Es verdad que nos pagará después del inekari?

Sanosuke estaba fuera de sí con esa posibilidad. La siembra era ahora en otoño y la cosecha la próxima primavera. Si les pagaban todo al final de la recolección, no tendrían cómo vivir en el ínterin. Eso si se les pagaba.

-¿Y para qué quieres saber? – preguntó Amakusa con frialdad.

-Porque es mi derecho saberlo. – respondió Sanosuke - El derecho de todos.

-¡El dinero les será entregado cuando pueda hacerlo! – contestó a su vez su patrón - ¡Después de la cosecha!

Sanosuke mostró los puños.

-¡No es justo! – gritó, y a continuación se dirigió a sus compañeros - ¿Qué dicen ustedes?

A Shogo Amakusa no le estaba gustando lo que veía. No tenía intenciones de ver cómo en sus propiedades se pudiera llevar a gestar algo parecido a ese infame anarquismo que estaba tomando forma en Europa.

-¡Mejor vuelve a tu trabajo porque no quiero confusiones en mi hacienda! – le gritó.

Sanosuke no se movió de donde estaba, frente al caballo de su amo, cerrándole el paso.

-¡Sanosuke, basta! – le advirtió su padre.

-Estoy comenzando a perder la paciencia… - siseó Shogo - ¿Sanosuke es tu nombre?

-¡Sanosuke Sagara!

-¿Es tu dinero lo que quieres? – le preguntó Amakusa entrecerrando sus ojos - Pasa por mi escritorio y nunca más vuelvas por aquí. Estás despedido.


Misao y Tokio resolvieron ir primero a casa de los Sagara a recolectar información, pues la única hija de la familia, Uki, era el ama de llaves de la residencia Shishio. Fueron recibidas por Outa y su madre, a quienes conocían desde niñas, ya que los hermanos Sagara eran compañeros de juegos de las Kamiya. Ya crecidos todos, sus caminos se separaron y no se vieron tan seguido.

Después del cálido recibimiento de la señora y de tomar té con pequeñas charlas de contenido, Misao fue al grano.

-Naname-san, nosotras estamos buscando a Uki-chan. – le dijo.

La madre cambió su semblante a uno más amargo, y las chicas supieron que no debieron ni siquiera haber venido.

-¿Sucedió algo con ella en aquella casa maldita? – preguntó Naname, molesta. Misao alzó las cejas de la sorpresa.

-¿Casa maldita? – preguntó.

-Sí, una casa maldita. – explicó la señora - Esa casa transformó a mi hija en una ingrata. Abandonó a la familia y no volvió más por aquí.

-Disculpe, no sabíamos…

-Nadie tenía cómo saberlo. – le dijo Naname - Hicimos muchos sacrificios por ella, una educación especial, aprendió a leer y escribir mejor que nosotros. – en ese momento no pudo continuar porque había entrado un furioso Sanosuke dando puñetazos a las paredes y gritando improperios - ¿Estás loco? – se alarmó su madre - ¿Qué estás haciendo en casa a esta hora? ¿Sucedió algo con tu padre?

-¡No, mamá! – gritó el otro sin percatarse de las visitas - ¡Sucedió conmigo! ¡Fui despedido! – vio a las chicas y rápidamente recuperó la compostura y las saludó - Buenos días. No me dijiste que había visitas, mamá. – dijo entre dientes.

-Sólo tenías que prestar atención. – repuso su madre.

Sanosuke se quedó mirando a las chicas. De algún lado las conocía. De repente, se acordó.

-Tú eres Tokio-chan, te recuerdo muy bien. – dijo, contento por su descubrimiento - Y tú… ¡No me digas que eres la Comadreja! – bramó emocionado - ¡Te comportabas como un niño!

Misao se contuvo para no darle una paliza en su propia casa.

-¡Qué falta de educación hablar así con las jovencitas! – le regaño su madre.


En ese mismo momento, Sakura Kamiya y su hija menor Chizuru fueron a casa de Akira Kiyosato a visitar a la convaleciente Tomoe. Al verla, su madre se angustió por el estado en que se encontraba su hija más querida, pero al mismo tiempo se alegró, pues tendría que quedarse más días.

-No permitiré que se vaya si sigue enferma. – le dijo Akira - Seguiremos cuidando y atendiendo a su hija. Kaoru-san también puede quedarse con nosotros.

-Mamá, yo… - empezó Tomoe.

-¡Está decidido! – chilló su madre.

Dejando a la enferma descansar, bajaron a la sala a tomar el té. Sakura estaba maravillada con la casa, había muebles por doquier, incluso estaban sentados en unos llamados sofás para tomar el té. Después de hacerle saber al dueño de casa sobre su exquisito gusto europeo y felicitarlo por su elegancia, empezó a hablar de Tomoe, secundada por las risas tontas de Chizuru. Akira estaba encantado con las damas, Shura fastidiada, Kaoru y Kenshin sólo observaban en silencio.

-Akira-san, no se preocupe. – le dijo - Tomoe-chan no será una carga para usted. De niña se curaba rápido de los resfriados.

-No se preocupe, Sakura-san. – respondió Akira con amabilidad - El médico dijo que no está en peligro.

-¡Ella es fuerte! – chilló emocionada Sakura, haciendo que todos dieran un respingo - ¡Una se sacrifica para que sus hijas crezcan fuertes, lindas y deseables!

Kenshin vio una oportunidad para estudiar a Sakura Kamiya, y para fastidiar a Kaoru también.

-La señora se preocupa mucho por el matrimonio de sus hijas. – observó el pelirrojo.

-¡Tengo cinco hijas! – exclamó la mujer - ¿Es normal o no es normal?

-Sakura-dono, la señora como especialista en asuntos del corazón, ¿ya tiene de casualidad elegidos para pretender a sus hijas? – preguntó con sorna - Considerando, claro, que los asuntos del corazón y el matrimonio sean para usted la misma cosa.

-Le diré la verdad, Himura-san. – respondió Sakura, sin percibir el tono de su interlocutor - Cuando una se casa con el hombre adecuado, el corazón lo termina aceptando.

Kenshin levantó las cejas.

-El hombre adecuado…

-Lo importante es el respeto.

-El amor viene después, obviamente. – repuso Kenshin con una sonrisa. Estaba disfrutando del momento, más aun viendo a Kaoru poner su rostro de todos los colores.

-Tengo una curiosidad, Sakura-san. – intervino Shura. Obviamente se iba a prestar al juego de su Ken-san - ¿Por qué sus dos hijas mayores aún no se han casado? ¿Existe algún criterio especial a la hora de elegir a sus novios? ¿Espera algo especial?

-¡Voy a ver cómo está Tomoe-chan! – interrumpió Kaoru, subiendo por las escaleras rápidamente y poniendo fin a la discusión.


Más tarde, durante la tarde, mientras Kenshin iba a la obra ferroviaria, Shura y Akira se dirigieron a la propiedad de los Katsura. Tenían que empezar a negociar la misión encargada por Ikumatsu. Al llegar, se encontraron con Megumi y Hajime Sairo, quienes salían a dar un paseo.

-¡Qué sorpresa! – exclamó Megumi, feliz.

-Infelizmente, he venido aquí por un asunto de negocios. – dijo Akira, después de inclinarse.

-Pediremos consejo de quien hizo del negocio del arroz el mejor de la región, su abuelo, el Barón. – agregó Shura con malicia.

-No entiendo nada de negocios, así que los dejamos. – se despidió Megumi. Segundos después, Saito habló por fin.

-El asunto por el que vine es un poco incómodo, Megumi-san. – empezó.

-Me imagino que es sobre Tokio-san. – se adelantó Megumi - Aoshi-san me contó.

-Aoshi exageró, aunque en realidad cuando conocí a Tokio-san me nació un interés hacia ella.

Megumi se desinfló.

-¿Interés? – preguntó decepcionada.

-Pero sólo crucé dos palabras con ella. – explicó el Coronel - Eso no es suficiente para enamorarse.

-¿Entonces no está enamorado de ella? – preguntó ella, cada vez más desilusionada.

-Estoy interesado…muy interesado. – le dijo él, algo sonrojado - Pero vine a pedirle por favor que no le comente nada a Tokio-san. – abrió los ojos con horror cuando vio el semblante culpable de Megumi - ¿Ya le dijo?


-Katsura-san, Barón, es un placer verlos. – saludó Shura.

El viejo noble frunció el ceño ante su título.

-Barón…pensar que podría haber sido Duque, pero no tenía los poderes suficientes…

-Eso fue hace más de diez años, creo que podemos salir adelante. – interrumpió su hijo.

Su padre no le hizo caso.

-Sé que se han mudado a esta región y quieren intercambiar ideas con otros propietarios de arrozales. – le dijo a Akira.

-En realidad queremos expandir nuestros negocios en esta región. – respondió el joven.

-Habla de una vez muchacho, que no tengo tiempo que perder.

-¿Cuál es su intención? – preguntó Kogoro, desconfiado.

Akira tomó aire.

-Si los señores insisten en ser directos, queremos comprar sus propiedades. – respondió - Nos gustaría comprar los arrozales de Hagi.

El viejo se enfureció.

-No las vendo. – dijo decidido - Aunque quieran pasar encima de mi cadáver, aunque en realidad estoy a punto de morir. ¡Entonces aunque quieran pasar por encima del cadáver de mi hijo! – exclamó, haciendo que todos lo miraran con una gota en sus cabezas.

-No tenemos intenciones de vender… - empezó a decir su hijo.

-¡Y cuando muera! – continuó el viejo barón - ¡Mi hijo se encargará de mis negocios, cueste lo que cueste!

Shura supo que en ese momento era inútil negociar con ellos. Necesitaba quedarse a solas con Kogoro Katsura; el viejo estaba muy alterado y además, no quería que Akira presenciara las técnicas de extorsión que pensaba usar.

-¡Qué lástima! – se lamentó la dama - ¡Con lo encantado que quedó Akira-kun con las caballerizas! ¿El Barón sería tan amable de mostrárselas por última vez?

Eso aumentó el ego del barón e hizo que Akira desconfiara. Pero aun así, los dejaron solos.

-En realidad quería quedarme a solas con usted. – le dijo Shura a Kogoro Katsura - La codicia de su padre está cegando al gran hombre de negocios que alguna vez fue.

-No entiendo. – dijo Kogoro, extrañado.

Shura decidió actuar rápido, así que fue al grano.

-Sé que el negocio de y ustedes está al borde del desastre y que en breve los acreedores tocarán sus puertas. Y lo tomarán todo. – le dijo - No son personas de negocios como nosotros, con una propuesta razonable que salve la piel y la dignidad de su familia.

-La señora debe estar confundida… - balbuceó el hombre. Shura lo interrumpió con una risa.

-¿No sabe? – exclamó extasiada - Pregúntele al Barón sobre su situación. Yo prometo respetarlo como el futuro Barón de Hagi merece. Con su permiso. – se fue triunfante, pensando que todo sería más fácil de resolver teniendo a una familia con problemas internos.


Ya entrada la noche y siguiendo con sus investigaciones, Misao y Tokio por fin dieron con el domicilio de la supuesta víctima de la familia Shishio. Golpearon la puerta con temor y esperaron a que les atendieran. Salió la misma chica a recibirlas.

-Buenas noches. – saludó.

Misao se quedó en blanco.

-Es…que…nosotras… - tartamudeó.

-Buenas noches. – salió a decir Tokio - Queremos saber sobre la mansión Shishio.

Sorprendiéndolas, la joven les cerró la puerta en las narices, pero instantes después, les volvió a abrir. Evidentemente, en su interior se estaba debatiendo si contar o no su experiencia. Las hermanas Kamiya se percataron de su expresión de terror.

-Disculpen, es que ese asunto… - se excusó la joven.

-Disculpe a mi hermana. – pidió Misao, dándole un codazo a Tokio.

-Sí, disculpe mi falta de tacto. – dijo ella, sobándose las costillas.

-Seré lo más directa posible. – la chica temblaba de pies a cabeza - Lo que vi…

-¿Qué vio? – la animó Misao.

-¡Un fantasma! – gritó la joven.

Ambas hermanas abrieron la boca de la sorpresa.

-¿Un fantasma?


Después de darse un baño y arropar a su hermana dormida, Kaoru salió de la habitación para buscar agua. Al doblar una esquina, se topó de frente con Kenshin Himura, quien se retiraba a sus aposentos. Hizo de cuenta que no lo vio y siguió su trayecto. Pero el ingeniero, molesto, no se la iba a dejar pasar.

-¿Por qué me evitaste toda la tarde? – le preguntó fastidiado - Pensé que ya nos habíamos entendido.

Kaoru se dio la vuelta para mirarlo con odio. ¿Todavía tenía el descaro de reclamarle?

-Yo también pensé lo mismo. – le dijo ella mordazmente - Pero después de ver cómo trataste a mi madre…

-¿Oro? – interrumpió él enojado - ¿Y qué fue lo que hice con tu madre?

Kaoru no pudo aguantar más que la humillara y que después se desentendiera de la situación.

-¡Siempre estás viendo cómo agredir a mi familia con tu arrogancia! – explotó con ira.

-¡No agredí a nadie! – gritó él a su vez.

-¿No?

-¡No!

-¡No te hagas el inocente! – rugió ella con lágrimas en los ojos - ¡Le hiciste un interrogatorio en frente de todo el mundo sobre el matrimonio!

-¡Era sólo una curiosidad mía! – se justificó él, sacando destellos de rencor en sus peligrosos ojos dorados.

-¿Y por qué te interesa tanto el cómo mi madre nos quiere casar? – inquirió Kaoru. Ninguno de los dos se había dado cuenta de que estaban cada vez más cerca el uno del otro.

-¡No me interesa! – atacó él con saña.

-¡Ah, no te interesa! – ironizó ella.

-No me interesa… - murmuró Kenshin, perdido por su cercanía, su aroma a jazmín y sus ojos azules.

Y no lo resistió más. En un rápido y ágil movimiento sacado de no se sabe dónde, la tomó con una mano de la cintura y con la otra de la espalda, hizo que su cuerpo chocara con el suyo y a continuación, su boca hambrienta tomó la de la chica, besándola con pasión desenfrenada. Kaoru al principio no reaccionó presa de la sorpresa, luego se resistió, pero poco a poco fue cediendo hasta responder a su beso con la misma pasión que él.

Y así quedaron un rato largo, besándose como si no hubiese un mañana, en los pasillos de la mansión Kiyosato con la luz de la luna iluminándolos a través de los ventanales.