Pelusa
Su preocupación por la limpieza le es imperativa, así como también la higiene personal en cada persona. No hace mucho notó, con un desagrado notable, que algunos de los subordinados de la tropa de reconocimiento no sentía apego por la higiene personal, lo que, en un obvio sentido, le remordió la consciencia cuando prefirió callarlo.
Algo extraño en él, pues cuando le incordia algo, lo escupe sin resentimientos.
Se cruzó de piernas acomodado en la silla de su escritorio y acercó a sus labios la taza con café cargado. Degustó el aroma, para luego tomar un sorbo del amargo café. Los días donde no sentía responsabilidad alguna por la tropa de obtusos, le hace emerger una pasividad indescriptible. Sólo en los días donde no salen de los muros pueden causarle aquella sensación tan amena.
...O eso quisiera.
-¿Me estás prestado atención? -La voz de la oriental lo sacó de su mundo ficticio para hacerse notar. Era claro que el Sargento navegaba por el mar de pensamientos sin escucharla.
-¿Estás? -Repitió dejando la taza de café en su escritorio. Por un segundo creyó oír mal, pero no. La oriental, con descaro lo había tuteado. Tratado de igual a igual. Entre abrió sus labios para expresar su molestia por la falta de respeto y descaro, pero algo lo detuvo.
Era algo desequilibrado. Que sólo a un obsesivo con la limpieza le llamaría la atención, y bueno... él es uno. Quiso dejarlo pasar, pero sus instintos no. Y aunque nunca fue alguien que se dejara llevar por los instintos (como el amado de la oriental), decidió seguirlos, como la vez que la desprendió de su bufanda.
Alzó su mano en dirección a la chica que yacía frente a su escritorio, entregado a quitar del cabello azabache de la joven, la pelusa blanca que colgaba sus hebras brillantes y con aroma a flores. Mas la mano de la joven lo detuvo antes que éste le tocara un mechón.
Los dos se miraron con deseos de matarse, sin decir palabra alguna. Levi, sin apartar su entoldada mirada de ella, ejerció fuerza para llegar a cumplir su cometido y quitar del cabello de la chica la pelusa que comenzaba a enfurecerle; pero la oriental, quien comenzaba a creer que era su archi-enemigo y un tipo en extremo chocante, ejerció fuerza hacía el lado contrario con el sólo fin de alejar su mano de ella.
...
La disputa de fuerza comenzaba ser una lucha interna para probar cual de los dos tenía más fuerza. Claramente, la ventaja era del Sargento, quién a pesar de su estatura, rebasaba a la de la chica. Y cuando creyó que por fin obtendría la pelusa del cabello de la oriental, el golpeteo de la puerta causo de los dos se quedaran inmóviles y tiesos, como si aquella lucha nunca hubiese ocurrido.
-Adelante. -Formuló el Sargento volviendo a cruzar sus piernas y fingir tomar un sorbo de café. Mikasa, lo miró con desdén y se cruzo de brazos.
La puerta de abrió con lentitud. De ella se asomó el chico titán quien, un tanto incómodo entro a la oficina hasta notar que su amiga estaba allí. Eren dirigió su vista a la joven.
-Tienes una pelusa en tu cabello. -La joven se encogió de hombros al oírlo y el chico titán con confianza, le quito la pelusa del cabello a la oriental. El Sargento notó como, de manera tenue, la chica dejaba de lado aquella tensión que sacaba a flote cuando se paraba frente a él. Y sin querer admitirlo, aquello le molestó.
