Sirius Black siempre estaba perfecto. Negar eso, es como negar que el sol da luz. Él vivía única y exclusivamente para estar perfecto, para que los demás le adorasen.

Se miró en el espejo y le encantó lo que vio. La camisa blanca del uniforme se le adhería al cuerpo como si estuviese hecha a su medida. Sus abdominales quedaban perfectamente marcado en ella. Llevaba la corbata desanudada, dándole un toque menos formal. Se acababa de peinar su largo y rizado pelo negro, que tan locas traía a las muchachas del colegio. Sus ojos grises brillaban con fuerza y su radiante sonrisa podía alegrarte el corazon en menos de un segundo.

Cuando salió del baño, vio que Peter intentaba atarse el botón del pantalón que ya le quedaba un poco justo desde el año pasado. Se rió disimuladamente y pensó que si él fuese Colagusano hacía mucho tiempo que se habría puesto a dieta.

Remus ya estaba perfectamente vestido. Llevaba la corbata perfectamente anudada y tenía la túnica del uniforme colgada en la silla para que no se le doblara. Su cama ya estaba hecha desde hacía un buen rato, y no tenía ni una sola arruga. Sirius arrugó el morro. No le gustaba la perfección de Remus por esas cosas. Él creía que lo informal, creaba la perfección. Tal y como era él.

James estaba atándose los cordones de los zapatos. Su cama estaba desecha, siempre dejaba que los elfos la hicieran. A él nunca le daba tiempo para esas cosas. Cogió la túnica y se la puso por encima a todo correr. Ni si quiera se puso la corbata.

El resultado fue el siguiente: Remus, perfectamente vestido y arreglado; James, con la ropa un poco arrugada, el pelo revuelto y las gafas torcidas y Peter, cansado de los esfuerzos por abrocharse el botón del pantalón. En cambio, Sirius con su corbata desanudada, la túnica en el brazo, mostrando lo bien que le sentaba la camisa, y con su pelo bien peinado, estaba perfecto.

No era de extrañar que todas las chicas suspirasen por él. En realidad suspiraban por todos. Los Merodeadores. Aquellos chicos que tenían a todas las chicas locas, aquellos que hasta tenían clubs de fans. Ellos lo tenían todo en el colegio. Eran populares, guapos, inteligentes, simpáticos y bromistas. Todo el mundo los adoraba, excepto los Slytherin y otro grupo.

El de las chicas de séptimo curso de Gryffindor: Lily Evans, Claire Johansson y Mary McDonald.

Ellas no podían soportar ni que se les nombrara en su presencia, tal era el odio que sentían hacia ellos. Sobre todo Lily, que llevaba siendo cortejada por James desde quinto curso. Le había pedido más de mil veces una cita y ella, más de mil veces, le había dicho que no. Ni en sueños. Ni loca.

Lily, Claire y Mary ya estaban en el Gran Comedor desayunando cuando bajaron los chicos. Ellos bajaban con Olivia y Alexa, que como el día anterior, llevaba la falda más corta de lo permitido. Al mirarlas pusieron cara de asco. Tampoco las chicas les caían bien. Alexa no les caía bien por lo prepotente y soberbia que era. Se creía la mejor del mundo cuando estaban ellas delante y eso no podían tolerarlo. A Olivia simplemente no la toleraban porque pensaban que era una egocéntrica e insoportable pija.

Ellos se pusieron al lado de donde estaban ellas y comenzaron a montar el escándalo. Ellas suspiraron incómodas por su presencia, pero los otros ni lo notaron. Cuando llegó la profesora McGonagall para dar los horarios de las clases, se callaron y estuvieron en silencio, escuchando atentamente lo que la profesora les decía.

- Señorita Wilde, ¿podría levantarse un momento? - preguntó la profesora, después de haber repartido los horarios. Alexa se levantó y la profesora le bajó la falda mediante un hechizo. - Así mucho mejor, ¿no cree? - dijo la profesora con una sonrisa mientras se iba. Alexa sonrió y se volvió a sentar. Ya estaba acostumbrada a aquella escena.

El profesor de Pociones, Horace Slughorn, les cambió de sitio nada más entrar en la clase.

- Este año Pociones es una optativa, y, por tanto, no voy a tolerar que os pongáis como queráis para no prestarme atención. - declaró el profesor mirando a sus alumnos. - Para empezar, señorita Wilde, póngase aquí delante junto con el señor Pettigrew. El señor Lupin se pondrá detrás de ellos con la señorita McDonald. En la mesa de al lado se pondrán el señor Black y la señorita Potter y detrás el señor Potter con la señorita Johansson. De Gryffindor solo me queda mi querida Lily, que se pondrá con el señor Snape, aquí delante de mí. Así los dos mejores de la clase estarán juntos. Avery, ponte aquí con Lestrange y tú Nott con Bazen. - el profesor paró, esperando a que los alumnos se colocaran y después continuó. - Pues bien, ¡ya podemos comenzar!

La clase de Pociones no resultó ser tan aburrida como Mary había pensado que sería. Tuvieron que hacer una simple poción de muertos en vida que entre Remus y ella solventaron en un momento. Por supuesto, la mejor de la clase había sido la de Lily y Snape, pero para haber tratarse de ella, no estaba mal. Estaba contenta de que la hubiesen puesto con Remus en clase. Era el único chico de aquel grupo que tanto odiaba que no la caía mal. Era educado y respuestuoso, por eso ella y sus amigas no entendían que hacía con aquellos tarados. Se despidió de él con una sonrisa y fue junto a sus amigas para ir hacia la siguiente clase; Herbología.

- ¿No te parece increíble que Potter no me haya dicho nada para que yo te lo diga a ti? - le preguntó Claire a Lily.

- Lo mismo ya no le gustas. - dijo Mary, encogiéndose de hombros.

- Ojala. - respondió Lily, suspirando. - Lo mismo sí, porque todavía no me ha dicho su típico ¡eh, pelirroja! ¿vienes a Hogsmeade conmigo?.

- Igual no te ha dicho eso porque todavía no hay ninguna excursión a Hogsmeade. - supuso Claire. - Yo no creo que se haya olvidado de ti; estará haciéndose el interesante.

- Sabe que conmigo eso no le vale. Más le valdría olvidarse de mí y ligarse a unas cuantas. Al fin y al cabo, a eso se ha dedicado durante cinco años, ¿no?

Si alguien preguntara a Olivia Potter por qué ella y su hermano llaman a Sirius Black "hermano", la respuesta sería sencilla: Sirius Black es como un hermano para ellos. En el verano de 1976, cuando iban a iniciar su sexto curso, Sirius Black se mudó a casa de los Potter debido a que ya no soportaba más a su familia. No soportaba la ridícula historia que contaba su madre de que los magos de sangre pura eran superiores a los demás. No soportaba que su hermano se creyera a pies puntillas todo lo que mamá y papá le decían. Harto de tantas mentiras y falsedades en su familia, cogió el dinero que había heredado de su tío y se marchó al Valle de Godric, donde vivía su mejor amigo. Allí, Charlus y Dorea Potter le quisieron como si fuese un hijo más. A veces incluso le trataban mejor que a sus propios hijos. Pero ellos no se quejaban. Estaban muy contentos de tener a Sirius en la familia, ya que eso implicaba bromas y risas constantes. A veces a costa de unos o de otros, pero siempre estaban riéndose. Por eso para ellos era como un hermano. Era su hermano.

Mientras pensaba en los buenos momentos que había pasado con su familia este verano, miraba la ropa que iba a ponerse para la cita que tenía aquella tarde. El chico con el que había quedado, Scott Foster, era un Ravenclaw guapísimo y muy simpático. Se habían conocido a finales del curso anterior y habían estado mandándose cartas durante todo el verano. No podía esperar más para estar con él.

Al final decidió ponerse un sencillo vestido gris de manga corta que adornó con unos zapatos del mismo color. Se puso una chaqueta fina negra por si hacía frío a esas horas y se bajó rápidamente al Gran Comedor, donde había quedado con él.

En la sala común solo vio a Remus, que estaba leyendo un libro, y a Mary McDonald, que estaba sentada junto a él. Vio que hablaban sobre libros que ambos habían leído. Cuando él la vio, le preguntó a dónde iba.

- Nada, es que he quedado. - contestó ella, algo cohibida por la presencia de esa chica que tan mal le caía.

- ¿Ah, si? ¿Y con quién? - preguntó Remus, levantando una ceja.

- Con Scott... Un chico de Ravenclaw. No sé si lo... - empezó a decir Olivia.

- Sí. Buscador del equipo de Quidditch. Como para no conocerle... Tu hermano nos vuelve locos con él.

- Sí, ese mismo. Bueno, me voy que he quedado. Ya hablamos. - se despidió mientras se iba hacia la salida de la sala común.

Por el camino se encontró con Alexa, con Sirius y con James. Cuando les dijo adonde iba, Alexa sonrió encantada, Sirius la miró pensativo, como preguntándose quien era ese chico, y James con el ceño fruncido. No le gustó que saliera con un jugador de Quidditch de otra casa.

Cuando, al fin, llegó al Gran Comedro, lo hizo con retraso. Scott ya la estaba esperando con una sonrisa.

- Lo siento. - se excusó ella con cara de pena. - Es que me he encontrado con mucha gente por el camino.

- Es lo que tiene quedar con una chica popular. - respondió él. - Que todo el mundo quiere hablar con ella. - ella sonrió tímidamente y caminó junto a él hasta llegar al lago.

Claire se sentó en su cama suspirando. Lily acababa de entrar en la ducha y ella se sentía bastante mal. Se apartó un mechón de su pelo rubio de la cara. Pensaba que lo de Black ya estaba superado, que simplemente era un capricho de un día, que en el verano que pasó sin verle le habría olvidado. Comprendió que se había equivocado al hacer esas suposiciones. Seguía estando tan loca por él como la úkltima noche que pasó en el castillo el curso pasado, cuando lloró como una loca por no poder tenerle. Como cuando le añoró todos los días en verano. Como cuando lo vio esa mañana bajando a desayunar. Y lo peor de todo es que ella le había probado. Que sabía como seducía, como besaba, como hacía el amor. Y lo peor de todo es que sus amigas no lo sabían. Que había sido tan cobarde de no contarselo a sus amigas. Porque contarlo significaba creerselo. Porque al contarlo, se lo demostraba a sí misma.

Y así se quedó un rato. Pensando en todo. Pensando en lo feliz que habría sido si aquel día, aquel fatídico día, no se hubiera encontrado con Black. Si aquel día no se hubiera dejado seducir por él. Si él nunca se hubiese fijado en ella.

Lily salió en ese momento de la ducha, sacándola de su ensimismamiento. Se pusieron a hablar de vanalidades tales como las clases, los profesores y el tiempo. Claire lo agradeció profundamente. No quería pensar más en aquel desgraciado de ojos grises.