El Lobo y la Paloma
Por Zshieszka
Disclaimer: El PoT le pertenece a Takeshi Konomi, por que si me perteneciera las cosas serian mucho muy diferentes; y este fic tiene la total y absoluta autoría de Katheleen Woodiwiss.
Capitulo 1
Octubre 28 de 1066
Había cesado la adrenalina de la batalla. Uno por uno fueron apagándose los gritos y lamentos de los heridos. La noche estaba silenciosa y el tiempo parecía suspendido. La luna de otoño, tinta de sangre, brillaba cansada de sobre el horizonte. De tanto en tanto, el aullido distante de un lobo rompía la tranquilidad y hacia que el silencio que oprimía a la tierra pareciera más pesado, más fantasmal. La niebla flotaba sobre la tierra plana, entre los cuerpos destrozados y mutilados de los muertos. La baja muralla de tierra, anteriormente reforzada con piedras, se encontraba cubierta con el heroico lienzo de los hombres masacrados de la aldea. Un muchacho, de no más de 12 años, yacía al lado de su padre. Al fondo, se elevaba la masa oscura del castillo de Darkenwald, con la aguja de su única atalaya apuntando al cielo.
Dentro el castillo, Sakuno estaba sentada en el suelo cubierto de tallos de plantas, frente al tronco el cual su padre, el ahora difunto señor de Darkenwald, gobernara su propiedad. Tenia atada al esbelto cuello una áspera cuerda, cuyo otro extremo estaba enroscado en la muñeca de un normando, alto y blanco, que descansaba su cuerpo encerrado en una cota de mallas en el símbolo, toscamente tallado, de la posición de lord Darkenwald. Keigo Atobe observaba como sus hombres destrozaban el interior del castillo en una búsqueda furiosa de hasta el más insignificante objeto de valor. Los saqueadores subían y bajaban las escaleras que conducían a los dormitorios, derribaban pesadas puertas a puntapiés, vaciaban cofres y arrojaban trofeos más valiosos sobre una gran pieza de tela, tendida ante el jefe. Sakuno reconoció, entre los otros tesoros que habían embellecido su hogar, su daga enjoyada y un ceñidor de marca de oro que hacia un momento se le había sido arrebatado de las caderas.
Entre los hombres estallaban discusiones por la posesión de alguna pieza codiciada, pero eran rápidamente silenciadas por una enérgica orden del jefe. Habitualmente, el objeto motivo de la disputa era añadido, a regañadientes, al montón que crecía continuamente ante él.
La cerveza corría libremente y era bebida en abundancia por los invasores. Carnes, panes y cualquier cosa comestible que cayera en sus manos, eran devoradas al instante. El caballero de las tropas de Tezuka que tenia a Sakuno sujeta con la cuerda, bebía del vino que llenaba su cuerno de toro ahuecado, indiferente a la sangre del lord de Darkenwald, que todavía oscurecía la cota de de mallas de su pecho y brazos. Cuando ninguna otra cosa requería su atención, el normando tiraba de la cuerda y hacia que las ásperas fibras lastimaran brutalmente la piel blanca y suave del cuello de la joven. Cada vez que las facciones de ella se crispaban en una mueca de dolor, él reía cruelmente por haber provocado una reacción en su cautiva y su pequeña victoria para aliviar su malhumor.
Sin embargo, le hubiera gustado mucho mas verla rebajarse y arrodillarse implorando misericordia. En cambio, ella mantenía una actitud alerta y vigilante, y cuando lo miraba a la cara lo hacia con una calma desafiante que lo enfurecía. Otras se abrían arrastrado a sus pies y le hubieran rogado que tuviera piedad. Pero esta muchacha… había algo en ella que parecía sacar una ligera ventaja cada vez que el tiraba de la cuerda. El no podía llegar a las profundidades de la reserva de ella, pero decidió que la sometería a una dura prueba antes de que terminara la noche.
Cuando a el y sus hombres irrumpieron en el castillo después de derriban la sólida puerta, las encontró, a ella y lady Sumire, su madre, erguidas y serenas, como si las dos quisieran hacer frente a todo el ejercito normando invasor. Con su espada ensangrentada en alto, él se detuvo apenas reubicada la puerta, mientras a su lado sus hombres pasaban corriendo, en busca de otros que estuvieran deseosos de luchar por lo suyo. Pero al no encontrar a nadie más que a estas dos mujeres y varios perros que los recibieron con ladridos y gruñidos, bajaron sus armas. Con unos cuantos golpes y puntapiés bien aplicados, sometieron a los perros y los encadenaron en un rincón. Entonces volvieron a las mujeres, quienes no lo pasaron mejor.
Su primo, Ryoh Shishido, avanzó hacia la muchacha con la intención de apoderársela. Pero en cambio se encontró con Sumire, quien se arrojo en su camino con el propósito de no permitirle que se acercara a su hija. Él trato de empujar hacia un lado a la mujer y ella, con dedos como garras, trato de quitarle el puñal que él llevaba en su cinturón, y lo hubiera conseguido, pero el lo advirtió a tiempo y derribo a la mujer de un golpe aplicado con el puño cubierto con el guante de hierro. Sakuno soltó un grito y cayo al lado de su madre. Antes que Ryoh pudiera reclamarla para él, Atobe se interpuso, arranco la redecilla de la cabeza de la joven y dejo en libertad una reluciente masa de cabellos castaños rojizos. El caballero normando envolvió su mano en esa sedosa melena y obligo a la muchacha a ponerse de pie. Después la arrastro a una silla, la hizo sentarse brutalmente, y le ató las muñecas y tobillos a la gruesa armazón de madera para que no pudiera seguir interfiriendo. Sumire, todavía atontada, fue arrastrada y atada a los pies de su hija. Después los dos caballeros se unieron a sus hombres en el saqueo de la aldea.
Ahora la muchacha estaba a los pies de él, vencida y cercana a las regiones de la muerte. De sus labios no salían ruegos ni pedidos de clemencia. Atobe paso por un momento de incertidumbre cuando tuvo que reconocer que ella era dueña de una fuerza de voluntad que pocos hombres tenían.
Pero Atobe no sospechaba la batalla que se llevaba en el interior de Sakuno en los momentos en que ella se esforzaba por suprimir su temblor y presentar un expresión de orgullo cuando observaba a su madre. Sumire era obligada a servir a los invasores con los pies atados con una cuerda corta, de manera que le era imposible dar un paso completo. De las ataduras de sus pies, arrastraba un trozo de cuerda que los hombres pisaban para divertirse. Fuertes risas sonaban cada vez que Sumire caía al suelo, y con cada caída Sakuno se ponía más pálida. Le hubiera sido mas fácil soportar las humillaciones ella misma y todas las burlas que ver a su madre sufrir. Si Sumire traía una bandeja de comida y bebidas y caía con su carga, el regocijo aumentaba y antes que pudiera levantarse, recibía varios puntapiés por su torpeza.
Sakuno sintió que sus temores aumentaban y que se le cortaba la respiración cuando Sumire tropezó con un soldado de brusca expresión y le derramo encima un jarro de cerveza. El hombre la aferro de un brazo, la obligo a ponerse de rodillas y le dio un fuerte golpe con el pie. Cuando ella cayo, se desprendió de su cinturón un saquito, pero Sumire lo levanto rápidamente en medio de las maldiciones del normando y lo recogió. Lo hubiera puesto nuevamente en sus cinturón pero el soldado le agarro la mano y se lo quito junto con un grito. Sumire intento recuperarlo y su atrevimiento enfureció al hombre, quien le propino en la cabeza un puñetazo que la hizo girar antes de caer. Sakuno contemplo la escena con una mueca en sus hermosos labios y un centelleo salvaje en sus ojos. Pero el golpe pareció divertir al hombre. Olvidando por el momento el tesoro, siguió a la mujer que tambaleaba, la tomo de un hombro y empezó a golpearla con ferocidad.
Sakuno dio un grito de ira y se puso de pie, pero Atobe tiro de la cuerda y ella cayo cuan larga sobre el suelo cubierto de juncos y polvo. Cuando nuevamente pudo respirar a través de su garganta magullada, vio a su madre tendida en el suelo, inmóvil, sin sentido, y a su atacante de pie sobre ella, y sosteniendo en alto, con una mueca de triunfo y regocijo, el pequeño saco. El hombre la abrió con impaciencia para ver el contenido y cuando descubrió que no había en el pequeño mas que unas cuantas hojas secas, lo vació en el suelo entre groseros insultos.
Arrojo lejos el saquito vació y aplico un fuerte puntapié a la forma que yacía a sus pies. Con un grito de angustia, Sakuno se llevo las manos a los oídos y cerro fuertemente los ojos, incapaz de soportar el espectáculo de su madre maltratada.
- ¡Basta! – dijo Atobe, satisfecho por fin al ver cesar a Sakuno -. Si la vieja vive nos servirá todavía.
Sakuno se apoyo con las manos en el suelo y miro a su captor con unos ojos rojizos cargados de odio. Su largo pelo castaño rojizo caía en salvaje desorden alrededor de sus hombros y sobre su pecho palpitante, y toda ella tenia el aspecto de una loba frente a un enemigo. Sin embargo, recordó la espada de Atobe que goteaba sangre cuando el normando entro al castillo y se imagino la sangre fresca de su padre manchando el reluciente camisote. Lucho contra el pánico que amenazaba privarla de sus últimas fuerzas y contra el dolor y la autocompasión que la hubieran impulsado a la subordinación.
Se trago las lagrimas que hubiera querido derramar por emociones experimentadas por primera vez en su vida y por el recuerdo atormentador de su padre, quien estaba muerto, sobre la tierra fría, sin bendiciones y confesión, mientras ella nada podía hacer para remediarlo. ¿Tan despiadados eran estos hombres de Normandía, que ni siquiera ahora ganada por ellos la batalla, podían buscar un sacerdote y ocuparse de sepultar debidamente a los vencidos?
Atobe bajo la mirada hasta la muchacha, quien permanecía sentada, con los ojos cerrados y los labios temblorosos y entreabiertos. No veía la batalla que amenazaba con acabar la resistencia de ella. Si entonces se hubiera puesto de pie, el habría podido vencer su deseo de verla abatida ante él por el miedo, pero su mente voló hacia el caballero bastando, quien pronto reclamaría como suyo todo lo que ahora les rodeaba.
Antes del crepúsculo habían llegado galopando con audacia, como correspondía a los conquistadores, para exigir la rendición de la aldea. Darkenwald no estaba preparado para este enemigo. Después de la sangrienta victoria de Tezuka sobre el rey Inowe, en Senlac, hacia una quincena, se corrió la voz de que el duque normando avanzaba hacia Canterbury con su ejército, después de perder la paciencia con los ingleses, quienes aunque derrotados, le negaban la corona. La gente de Darkenwald se sintió aliviada pues el camino que llevaban los invasores pasaba lejos de ellos. Pero no contaron con las pequeñas fuerzas que se separaron para conquistar o arrasar las poblaciones a lo largo de los flancos de Tezuka. Asi fue como el grito de del vigía anunciando la proximidad de los normandos paralizo los corazones de muchos. Sako, aunque sumamente leal al difunto rey, conocía la vulnerabilidad de sus posición y se hubiera rendido si su cólera no hubiese sido provocada mas allá de lo que el podía soportar.
Entre los normandos, fue solamente Keigo Atobe quien se sintió inquieto con lo que rodeaba mientras cabalgaba a través del campo y pasaban las cabañas campesinas hacia la gran mansión de piedra donde vicia el señor feudal. Cuando se detuvieron ante el castillo, miro a su alrededor. Ni afuera ni adentro de las dependencias exteriores de advertía actividad, y según todas las apariencias el lugar parecía abandonado.
La entrada principal, una puerta de duro roble, forrada de hierro, estaba cerrada. Ni una luz del interior iluminaba la pieles rasgadas y aceitadas que cerraban las ventanas inferiores del castillo, y las antorchas montadas en soportes de hierro a cada lado de la puerta no había sido encendidas para disipar la oscuridad de la noche cercana.
Todo estaba silencioso en el interior, aunque cuando el joven heraldo grito, la pesada puerta se abrió lentamente. Un anciano, de barba y cabellos blancos, alto y robusto, apareció sosteniendo en la mano una espada de batalla desenvainada. El hombre cerro la puerta tras de si y Atobe oyó el ruido de un cerrojo que era corrido nuevamente a su lugar. Entonces el inglés se volvió para mirar a los recién llegados; permaneció silencioso, alerta, mientras el mensajero se le acerco desenrollando un pergamino. Seguro de su misión, el joven se detuvo frente al anciano y empezó a leer.
- Escucha, Sako, señor de Darkenwald. Tezuka, duque de Normandía, reclama a Inglaterra como suya por derecho soberano…
El mensajero leía en ingles las palabras que Atobe había preparado en francés, El apenado caballero había dejado a un lado el pergamino que le fuera entregado por sir Ryoma, un bastardo de sangre normanda, porque para la mente de Atobe era mas un ruego rebajarte que una autoritaria exigencia de rendición. ¿Quiénes eran estos ingleses, sino infames paganos, cuya arrogante resistencia solo merecía ser aplazada sin misericordia? Sin embargo, Ryoma quería tratarlos como a hombres honorables. Habían sido vencidos, pensaba Atobe, y ahora había que mostrarles quienes eran los amos.
Pero Atobe empezó a inquietarse sin mas cuando vio el rostro del anciano que enrojecía mientras las palabras seguían cayendo, exigiendo que todos los hombres, mujeres y niños fueran traídos a la plaza y marcados en las frentes con el sello de esclavos, y que el señor que se entregaba con su familia como rehenes, para garantizar la buena conducta del pueblo.
Atobe se movió en su silla y miro nervosamente alrededor. Se oyó el cloqueo de una gallina que debía de estar empollando y el zureo de una paloma en el corral. Un leve movimiento atrajo su atención hacia un ala superior de la mansión, donde la contrapuerta exterior de una ventana se había abierto apenas. No pudo penetrar la obscuridad que había detrás de esas toscas tablas de madera pero sintió que alguien lo observaba desde allí. Sintió recelos, hecho hacia atrás sobre sus hombros su capa de roja lana y dejo libre su brazo derecho y el pomo de su espada.
Nuevamente dirigió la mirada al orgulloso anciano y algo en la actitud del hombre le recordó a su propio padre: duro, arrogante, no dispuesto a ceder ni un poco a menos que hubiese sido ganado una milla. Un sentimiento de odio creció dentro del pecho de Atobe y sus ojos obscuros se entrecerraron y miraron al hombre llenos de un rencor nacido de la comparación. El rostro del viejo ingles se ensombrecía cada vez mas mientras el mensajero seguía leyendo las insultantes exigencias.
Súbitamente una brisa helada rozo la mejilla de Atobe e hizo mover el estandarte sobre sus cabezas con un ruido que solo con un aviso de muerte. Su primo Ryoh, a su lado, murmuro entre dientes y empezó a sentir la tensión que hacia sudar a Atobe debajo de la túnica de cuero que llevaba entre su cuerpo y la reluciente armadura. Sintio las palmas húmedas debajo de los guantes cuando apoyo la mano en el puño de la espada.
De pronto, el anciano lord soltó un grito de cólera y blandió su espada con demoníaca furia. La cabeza del mensajero cayó al suelo antes de que su cuerpo desplomara lentamente. La confusión demoro las represarías por un instante mientras siervos armados con horquillas de heno, guadañas y otras armas improvisadas brotaron de sus escondites. Sir Atobe grito una orden a sus hombres y se maldijo a si mismo por haberse dejado tomar por sorpresa. Espoleo a su caballo y los campesinos saltaron hacia el con la manos hacia arriba, con el propósito de arrancarlo de su silla. El golpeo a izquierda y derecha con su espada, partió cráneos, corto manos de brazos extendidos. Vio a lord Sako que luchaba delante de él y enfrentaba a tres soldados normandos a la vez, y tuvo la impresión de que Inowe aun hubiera podido ser rey si tuviese a este anciano a su lado.
Atobe incito a su cabalgadura entre las masas de hombres, con el lord de Darkenwald como blanco, porque ahora lo veía envuelto en una bruma rojiza que solo se disipaba cuando él sintiera que ese cuerpo anciano se derrumbaba bajo su espada. Los campesinos trataron de arrastrarlo lejos de ahí cuando advirtieron su intención, pero con sus esfuerzos solo consiguieron ensangrentar la tierra. Lucharon gallardamente para salvar a su señor, pero solo lograron perder sus vidas. No eran rivales para hombres entrenados para la guerra. El vigoroso caballo pasó sobre los cuerpos caídos hasta que por fin dejaron de estorbarle.
Lord Sako miro la espada levantada contra él y su muerte llego rápidamente cuando Keigo se la clavo profundamente el cráneo. Al ver caído a su señor, los siervos se dispersaron y huyeron y el estruendo de la lucha dejo lugar a los gemidos de las mujeres, los llantos de los niños y los fuertes golpes de un tronco de árbol que servia de ariete contra la puerta de Darkenwald, en un esfuerzo por dejar abierta la entrada.
Desde donde estaba, a los pies de Atobe, Sakuno miro ansiosamente a su madre, a la espera de una señal de vida, y sintió cierto alivio cuando Sumire por fin se movió. Se oyó un leve quejido y la mujer logro incorporarse apoyándose en un codo. Miro aturdida a su alrededor, todavía atontada por los golpes. El mismo que la había castigado se le acerco nuevamente.
-¡Tráeme cerveza, esclava! – rugió. La levantó tomándola del cuello de su vestido y la arrojo hacia el barril. Ella trato de ponerse de pie, pero el soldado piso la cuerda que arrastraba de sus tobillos y la hizo caer sobre sus manos y rodillas. Esto pareció causarle inmensa alegría.
-¡Arrástrate! ¡Arrástrate, como una cualquiera! – ordeno el hombre entre roncas carcajadas.
La obligaron a servirle de rodillas, y cuando le hubo entregado el cuerno lleno, otros hombres exigieron sus servicios y pronto nuevamente moviéndose de un lado a otro, llevándoles cerveza y vivo con ayuda de Hlynn y Umi, dos sirvientas capturadas cuando huían de la casa.
Sumire servia a los normandos, pero sus labios empezaron a moverse y ella a cantar en voz baja y monótona. Las palabras inglesas penetraron en la conciencia de Sakuno, y con un espanto que trato ocultar, la joven se percato de que su madre lanzaba terribles amenazas a los hombres que no comprendían su idioma y conjuraba sobre ellos las maldiciones de todos los demonios del pantano. Si solo uno hubiese entendido las palabras de Sumire, ella habría sido atravesada, sin mucha duda. Sakuno sabia que la supervivencia de ellas dependía de los pequeños caprichos de sus captores. Hasta su prometido se hallaba en peligro. Ella había oído hablar a estos normados de otro bastardo quien, bajo las órdenes de Tezuka, habían ido a Cregan para obtener la rendición de ese pueblo. ¿Kintarou también estaba muerto, después de luchar tan valientemente junto al rey Inowe, en Hastings?
Atobe miro a Sumire y pensó en la actitud majestuosa y la belleza que exhibía, antes que su soldado la golpeara y le estropeara la cara. No encontraba huellas de la mujer de antes en esta criatura sucia, que se arrastraba penosamente para hacer sus tareas, con el rostro crispado y el cabello castaño con hebras grises sucio de sangre y de polvo. Quizás la doncella que tenia a sus pies se veía a si misma cuando miraba tan intensamente a su madre.
Un grito distrajo la atención de Sakuno, y cuando se volvió y miro a su alrededor, vio a la sirvienta Hlynn que era empujada de una lado a otro entre dos soldados que se la disputaban ruidosamente. La tímida criada, que apenas acababa de cumplir quince años, nunca había conocido a un hombre y ahora enfrentaba la pesadilla de ser violada por estos rufianes.
Sakuno sintió como suyo el terror de la niña y se mordió los nudillos para no hacer eco a los gritos aterrorizados de Hlynn. Ella sabía muy bien que pronto seria la victima de las pasiones de un hombre. Se oyó ruido a la tela desgarrada cuando el vestido de la muchacha le fue brutalmente arrancado del pecho. En ese momento, una mano pesada se apoyo rudamente en un hombro de Sakuno.
Manos callosa, crueles, caían como zarpas sobre el cuerpo de la joven criada y lastimaban su tierna carne. Sakuno se estremeció de repulsión, incapaz de apartar la mirada. Finalmente uno de los hombres dejo atontado a sus rival con un golpe en la cabeza, se levanto, tomo en sus brazos a la desamparada Hlynn, quien se debatía gritando, y salio con ella por la puerta. Sakuno se pregunto angustiada, si la muchacha sobreviviría la noche y pensó que las probabilidades eran muy pocas.
El peso sobre el hombro de ella se volvió repentinamente insoportable. Sus ojos rojizos relampaguearon de odio cuando se volvió una vez mas para mirar a su captor. Los ojos del normando le devolvieron el desafió y una sonrisa lenta, lujuriosa se asomo burlona en sus labios. Pero cuando la mirada se ella volvió aun mas despectiva y firme, la sonrisa del normando desapareció. Sakuno grito enfurecida y levanto una mano para golpearlo en la mejilla, pero el le aferro el brazo y se lo doblo detrás de la espalda, hasta que ella quedo acorralada contra la ensangrentada cota de mallas. Él le acerco su rostro y su calido aliento le toco la mejilla. El hombre rió por lo bajo ante el desamparo de la joven. Ella lucho por liberarse mientras la mano libre de el se movía con deliberada lentitud sobre el cuerpo y palpaba con grosera complacencia la s curvas suaves, maduras, debajo de las vestiduras. Sakuno tembló ante el contacto y odio al hombre con todo su ser.
- ¡Sucio! – protestó en la cara de él, y obtuvo un pequeño placer al ver la expresión de sorpresa provocada por sus palabras en francés.
- ¡Eh! – Ryoh Shishido se levanto de un salto cuando sus oídos captaron una voz femenina que pronunciaban palabras que el podía entender. No las oía, de labios de mujer, desde que habían zarpado de Saint-Valery.- Maldición, primo, la mujer no solo es hermosa sino también educada. - Pateo con disgusto fingido la silla del difunto lord.- ¡Bah! Tienes suerte de haberte conseguido la única hembra que en este país que podrá entenderte cuando le des ordenes en la cama.- sonrió y volvió a sentarse – Por supuesto, hay que tener en cuenta que la violación tiene sus desventajas. Por supuesto que la doncella puede entenderte, quizás puedas persuadirla a que se muestre más amistosa. ¿Qué importa que tú hayas matado a su padre?
- Cállate, niño – le dijo secamente al hombre mas joven -. Tu charla me causa fastidio.
Ryoh considero el humor de Atobe y sonrió.
- Querido primo – dijo – veo que te afliges demasiado, pues de otro modo aceptarías que te haga una broma. ¿Qué puede decir Ryoma cuando tu le cuentes que fuimos atacados por esos aldeanos miserables? El anciano era un zorro astuto. El duque Tezuka no te culpará. ¿Pero a cual de los bastardos temes más? ¿Al duque, o a Ryoma?
Ahora Sakuno escucho con atención, mientras las facciones de Atobe se ensombrecían con una mal disimulada furia y sus cejas se unían en un gesto de gran enfado.
- No temo a ningún hombre – gruño el normando.
- ¡Oh… oh! – replico Ryoh, en tono burlón-. Eso lo dices con mucha valentía, ¿pero de veras lo sientes? ¿Qué hombre, de los que estamos aquí esta noche, no siente cierta inquietud interior por la fechoría cometida en este lugar? Ryoma dio órdenes de no arrastrar a los aldeanos a la batalla; sin embargo, hemos matado a muchos de los que iban a ser sus siervos.
Sakuno escuchaba atentamente las palabras que intercambiaban los hombres. Algunas sonaban extrañas a sus oídos, pero lograba entender la mayoría. ¿Ese hombre, Ryoma, de quien ellos hablaban con tanto recelo, seria mas de temer que estos terribles invasores? ¿Y sería ese hombre el nuevo señor de Darkenwald?
- El duque le ha prometido estos pueblos a Ryoma – reflexiono Ryoh -. Pero son de poco valor para trabajar en los cultivos y cuidar de los cerdos. Si, Ryoma tendrá palabras que decir, y según su manera habitual, nos la dirá en tono trivial.
-¡Ese estupido sin nombre! – estallo Atobe - ¿Qué derechos tiene él a poseer estas tierras?
- Si, primo. Tienes razón en sentirte resentido. La situación también me afecta. El duque a prometido a Ryoma hacerlo señor de este lugar mientras nosotros, de noble casa, nada hemos recibido. Tu padre quedara sumamente decepcionado.
El labio superior de Atobe se arrugo en una mueca de desprecio.
- La lealtad de un bastardo a otro de su clase – dijo – no siempre es justa para quienes merecen más. – Tomo un reluciente rizo del cabello castaño rojizo de Sakuno y lo froto distraídamente entre sus dedos, gozando de la sedosa textura.- Tezuka, si pudiera, haría papa a Ryoma.
- ¿Y cuando ha creído él otra cosa? – dijo Atobe.
La mirada de Ryoh se poso en Sakuno, mientras ella dirigía al otro una mirada de desprecio. Era una muchacha joven. Ryoh le calculo menos de veinte años. Dieciocho quizá. Ya había advertido su fiero carácter. No se sometía fácilmente a la obediencia. Pero un hombre que supiera apreciar la belleza podía pasar por alto este defecto, porque estaba seguro de que era lo único que ella tenia.
El nuevo lord, Ryoma, sin duda quedaría complacido. Esa cabellera rojiza parecía rodearla de llamas y reflejar la luz del fuego de la chimenea en cada uno de esos rizos densos. Un color poco común en una inglesa. Sin embargo, eran los ojos los que tomaban completamente desprevenido. Ahora ardían llenos de rencor, obscuros, rojizos, relampagueantes como si adquirieran un suave color guinda, claro y brillante como el arbusto que crecía en las colinas. Las largas, renegridas pestañas ahora estaban bajas y se movían lentamente contra la piel de marfil. Sus pómulos eran delicados y altos, y el mismo suave color rosado que brillaba en ellos agraciada la boca suavemente curvada. La visión de ella riendo o sonriendo excitaba su imaginación, por que ella tenía dientes alineados y blancos. La nariz, pequeña, ligeramente respingada, se elevaba orgullosa, desafiante y la obstinada tensión de la mandíbula no alcanzaba a ocultar la delicadeza de sus líneas.
Seria difícil de domar, pero la perspectiva se presenta sumamente interesante, tentadora, pues aunque ella era más alta y esbelta que la mayoría de sus semejantes, no le faltaban las curvas llenas de una mujer.
- Ah, primo – concluyo Ryoh -. Será mejor que te diviertas con esta damisela esta noche, porque mañana Ryoma podría reclamarla para él.
- ¿Ese patán? – replico Atobe con una mueca de rencoroso desprecio-. ¿Cuándo se ha interesado en una mujer? Las detesta, lo juro. Quizá, si encontramos un bello prospecto para él…
Ryoh sonrió torcidamente.
- Si eso fuera verdad, primo, podríamos tenerlo a nuestra merced. Pero me temo que él no tiene esas inclinaciones. Si, en público evita a las mujeres como plaga, aunque creo que en privado, tiene tantas como nosotros. Lo he visto observar detenidamente a dos o tres damiselas, como si considerara los meritos que poseían. Ningún hombre mira en esa forma a una mujer cuando lo tienta más cualquier lacayo. El hecho de que consiga mantener en secreto sus asuntos amorosos es una cosa que parece fascinar más a sus mujeres. Pero me intriga que las hermosas damiselas de la corte de Tezuka dejen caer sus pañuelos y adopten posturas de idiotas enamoradas cuando él esta cerca. Deben sentirse tentadas por su maldita lejanía.
- Yo no he visto muchas mujeres que suspiran por él – replico Keigo.
Ryoh río con regocijo.
- No, primo, y lo veras, porque habitualmente te encuentras mas que apropiadamente entretenido tu mismo. Estas demasiado ocupado descarriando hermosas doncellas para molestarte con las que suspiran por Ryoma.
- Sin duda eres más observador que yo, Ryoh, por que todavía me resulta difícil creer que una doncella pueda suspirar por él, abominable como es y con esa cicatriz.
El joven se encogió de hombros.
- ¿Qué es – dijo – una marca aquí o allí? Eso prueba que es un hombre audaz y valiente. Gracias a Dios, Ryoma no se jacta de su pequeño recuerdo de batalla como tantos de nuestros nobles amigos. Yo casi quedo soportar más su maldita reserva que esos cuentos aburridos que son repetidos continuamente.
Ryoh hizo señas para que volvieran a llenarle su cuerno de beber y Sumire se acerco, temblona, a complacerlo. La mujer intercambio con su hija una mirada fugaz, antes de alejarse con sus incomprensibles murmullos.
- No temas primo – sonrió Ryoh -. Aun no hemos perdido esta partida. ¿Qué nos importa que Tezuka favorezca a Ryoma por un tiempo? Nuestras familias son importantes. Ellas no toleraran mucho tiempo esta usurpación, después que hagamos conocer este ultraje.
Atobe gruño. – Mi padre no quedara muy contento cuando de que aquí no le he ganado tierras para la familia.
- No te aflijas Atobe, Gyo es un viejo y tiene ideas viejas. Como el ha ganado su fortuna, naturalmente supone que para nosotros es fácil hacer lo mismo.
La mano de Atobe apretó el cuerno hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
- Hay momentos, Ryoh, en que creo que lo odio.
Su primo se encogió de hombros.- Yo también estoy impaciente con mi padre. ¿Sabes que me ha amenazado con que si tengo otro bastardo más con alguna moza, me arrojara de su lado y me privara de mi herencia?
Por primera vez desde que abrieran a golpes las puertas de Darkenwald, Atobe echo la cabeza atrás y rió a carcajadas.
- Tienes que admitir primo, que en ese sentido ya has hecho bastante.
El muchacho rió con él.- Y tú, tampoco puedes hablar mucho.
- Es verdad, pero un hombre debe tener sus placeres.
Keigo sonrió, y sus ojos obscuros se posaron en la joven de cabellos castañas rojizos que tenia a sus pies. Le acaricio la mejilla y su mente se embriago con la visión de ese cuerpo esbelto apretado contra el suyo. Empezó a sentirse impaciente por poseerla. Metió los dedos dentro del escote de su vestido y con un fuerte tirón desgarro la tela, dejándole los hombros al descubierto. Ella trato de librarse. Los ojos ardientes, voraces de los invasores se volvieron rápidamente para regalarse con el frenesí de esos pechos que asomaban a medias sobre la prenda rota.
Como sucediera antes con Hlynn, todos empezaron a gritar expresiones de aliento y bromas obscenas, pero Sakuno no se dejo dominar por la nerviosismo. Mantuvo unidas las partes desgarradas del vestido y solamente sus ojos expresaron odio y desprecio que le inspiraban sus captores. Uno por uno, los hombres fueron obligados a callar por esa mirada y se apartaron para tragar su incomodidad con grandes tragos de cerveza, mientras murmuraban entre ellos que esa moza, seguramente era una bruja.
Lady Sumire apresa frenéticamente un pellejo vino contra su pecho y sus dedos estaban blancos por la presión. Miro angustiada como Atobe acariciaba groseramente a sus hija. Las manos de el se movían lentamente sobre la carne sedosa, debajo de las ropas, llegando hasta donde ningún hombre se había atrevido antes. Sakuno temblaba de repulsión y Sumire sintiéndose ahogada por el miedo y el odio que parecían crecer dentro de su pecho hasta impedirle la respiración.
Los ojos de Sumire se elevaron hacia la obscura escalera que llevaba a los dormitorios. En su imaginario, vio a su hija ya luchando con Atobe sobre la cama del lord, la misma que ella había compartido con su marido y donde diera a luz a Sakuno. Ahora, ella casi pudo sentir los gritos de dolor arrancados de su hija por ese terrible caballero. El normando no tendría piedad de Sakuno, y ella no la pediría. Su hija poseía el orgullo y la terquedad de lord Sako. Nunca imploraría nada para ella. Para otro, tal vez, pero no para ella.
Sakuno se alejo hacia las profundas sambras del salón. No había justicia hasta que el asecino de su marido hubiera sentido la venganza de ella.
Atobe se puso de pie, levanto a Sakuno y estrecho el joven cuerpo con sus fuertes brazos. Rió por lo bajo cuando ella se retorció para librarse y obtuvo un placer brutal de la mueca de dolor que crispo de la cara de la muchacha cuando le apretó el brazo con sus dedos.
- ¿Cómo es que hablas la lengua de Francia? – pregunto en tono autoritario.
Sakuno levanto la cabeza, lo miro a la cara y gurdo silencio. Sus ojos tenían un fulgor helado de odio. Keigo considero la altanera actitud de la muchacha y la soltó. Pensó que ninguna tortura podría arrancarle la respuesta de los labios si ella se negaba a hablar. Antes, cuando el le había preguntado su nombre, ella se mantuvo muda. Fue la madre quien se precipito a decírselo cuando el la amenazo con violencia a la joven. Pero él sabía como humillarla a las damiselas arrogantes.
- Te ordeno que hables, Sakuno, o te arrancare toda la ropa y permitiré que cada uno de los hombres que están aquí te posea por turno. Juro que después de eso no te mostraras tan orgullosa.
De mala gana, Sakuno respondió, sin modificar su actitud majestuosa.
- Un trovador viajero – dijo – paso mucho tiempo en este castillo durante mis años de infancia. Antes de venir aquí, el anduvo vagando de país en país. Conocía cuatro idiomas. Me enseño el vuestro por diversión.
- ¿Un trovador viajero que se divierte enseñando nuestra lengua? ¿Dónde esta la gracia? Yo no le veo ninguna.
- Se decía que ese duque vuestro soñaba desde niño con Inglaterra. Mi alegre trovador lo sabía porque a menudo para los nobles normandos. Dos o tres veces, en su juventud, llego a cantar para entretener a ese duque, hasta que el duque le cortó el dedo meñique para cantar en su presencia la historia de un caballero bastardo. A mi trovador le divertía enseñarme el francés, a fin de que si un día se realizaban las ambiciones del duque, yo pudiera llamarlos a vosotros el residuo del pueblo y vosotros me entendieran.
Las facciones de Atobe se ensombrecieron pero Ryoh rió detrás de su copa.
- ¿Dónde esta tu galante trovador, damisela? – pregunto el joven normando -. Al duque, que lo llamen bastardo, hoy no le gusta más que cuando era jovencito. Quizá tu hombre termine perdiendo la cabeza, además del meñique.
Sakuno hablo en tono cargado de sarcasmo.- El esta donde ningún mortal puede alcanzarlo, a salvo de vuestro duque.
Atobe miro ceñudo a su primo.- Me recuerdas cosas muy desagradables.
Ryoh sonrió.- Perdóname, primo.
La visión de los hombros apenas cubiertos de Sakuno, que brillaban suavemente sobre el vestido desgarrado, desvió los pensamientos de Atobe en otra dirección. Se inclino y la levanto en brazos, en medio de una lluvia de furiosas protestas y una sorprendente variedad de insultos. Él rió de los esfuerzos de ella por escapar hasta que Sakuno casi consiguió zafarse. Entonces la aplasto contra el y la sujeto unos brazos como tenazas de hierro. Sonrió, bajo la cabeza y la beso en los labios. Súbitamente retrocedió, con expresión de dolor. Un hilillo de sangre corría hacia abajo desde su labio inferior.
- ¡Viborita perversa!- dijo, semiahogado de rabia.
Con un fuerte gruñido, Atobe se hecho a Sakuno sobre el hombro. La joven quedo sin aliento cuando su vientre golpeo contra la dura cota de mallas, y estuvo a punto de perder el sentido. El normando tomo una vela para iluminar el camino en las obscuras escaleras, cruzo el salón y empezó a subir. Cuando entro en el dormitorio del lord, atrás quedo el silencio que hacían los turbulentos invasores. Cerro la puerta de un puntapié, dejo la vela a un lado, fue hasta la cama y arrojo a Sakuno sobre el colchón, sin ninguna delicadeza, Tuvo una visión fugaz de unas piernas largas y esbeltas antes que ella se incorporara y tratara de saltar del lecho.
La gruesa cuerda que la joven todavía tenida atada al cuello frustro sus esfuerzos. Con una sonrisa cruel, Atobe empezó a enroscar la cuerda alrededor de su muñeca hasta que ella quedo de rodillas ante él, mirando lo con temor. El rió anta la mirada firme de ella, desenrollo la cuerda de su muñeca y ato a uno de los sólidos postes de los pies de la cama.
Atobe empezó a desvestirse con despreocupada lentitud, dejo su espada, se quito la cota de mallas y arrojo al suelo la túnica. Se acerco a la chimenea, vestido ahora solamente con la camisa de lino y los batas ceñidas. Sakuno, llena de temor tiro frenéticamente de la cuerda que rodeaba su cuello pero sus dedos nada pudieron contra el apretado nudo. El avivo el fuego y añadió mas leña menuda. Después se quito la camisa y las botas. Sakuno trago con dificultad cuando el cuerpo de él emergió, esbelto y musculoso, y comprendió que seria imposible mantenerlo lejos de ella contando solamente con sus fuerzas. El sonrió casi amablemente, se le acerco y le rozó suavemente la mejilla con los nudillos.
- La flor de un arbusto espinoso – murmuro el – Si, es verdad tu eres mía. Ryoma me dio permiso para apoderarme de una adecuada reempeñas después de cumplidas sus ordenes.- Rió por lo bajo, como si estuviera muy divertido.- No puedo pensar en una recompensa más apropiada que quedarme con la posesión mas preciada de estos pueblos. Lo que queda, apenas es digno de atención.
- ¿Espera una recompensa por una masacre? – siseo Sakuno.
El se encogió de hombros.- Esos tontos hubieran debido saber que es imprudente atracar a los caballeros armados, y el viejo perdió a si mismo cuando acecino al mensajero del duque. Hemos hecho un buen día de trabajo para Tezuka. Merezco una recompensa.
Sakuno se encogió de hombros ante esta fría desconsideración por las vidas tronchadas. Se aparto de él todo lo que la longitud de la cuerda le permitía. Atobe hecho la cabeza hacia atrás y estallo en carcajadas.
- ¿Mi paloma quiere huir de mi? – retorció la cuerda en su mano y empezó a atraer a la joven hacia él-. Ven, paloma – dijo suavemente- Ven, paloma, y comparte mi nido. Seré amable contigo.
Sakuno lucho salvajemente por tirar de la cuerda entre sus labios apretados escapaban sollozos de angustia. Finalmente quedo de rodillas ante él. Atobe se aferro el nudo que ella tenia debajo del mentón y la obligo a levantar la cabeza. Ella lo miro con los ojos dilatados, esforzándose de respirar. Él estiro un brazo y tomo un pellejo de vino que estaba sobre un cofre.
- Prueba un poco de vino, paloma mía – dijo el con la cara sobre la de ella.
A la fuerza le hecho vino entre los labios. Sakuno se ahogo y después trago el ardiente liquido. El sostuvo el pellejo apretado contra la boca de ella hasta que Sakuno nuevamente debió luchar para poder respirar. El la soltó, se sentó sobre la cama y se llevo mas vino a los labios. Al beber, parte del vino se derramo sobre su cuerpo. Atobe dejo el pellejo, se limpio el vino de la cara y el pecho y la miro con ojos ardientes. Hizo el pellejo a un lado y estiro la mano para aferrar la cuerda. Sakuno ahora tenia menos fuerza para luchar y él la atrajo hasta que sus caras quedaron separadas por el ancho de una mano.
Su aliento cargado de de vino y cerveza, casi la hizo vomitar, pero súbitamente él llevo una mano al cuello del vestido y con un rápido tirón hacia abajo, le arranco las ropas y las arrojo a un lado. Le soltó e repente y ella sorprendida, cayo hacia atrás; el sonrió, se tendió de espaldas y bebió una buena cantidad de vino sin sacar los ojos de la muchacha, quien con miedo y vergüenza, trataba desesperadamente de cubrir su desnudez.
- Ahora ven a mi, palomita. No luches – dijo él, en tono adulón-. Después de todo, yo no carezco e influencias en la corte de Tezuka y a tu te podría pasar algo mucho peor. – La miro con expresión de ebrio y sus ojos recorrieron cada una de las tentadoras curvas del cuerpo femenino – Podrías ser arrojada a esos groseros patanes que están en el salón.
Sakuno lo miro con los ojos dilatados y nuevamente trato de deshacerse del nudo en su cuello.
- No, no, mi paloma.- Atobe sonrió, estiro la mano y dio un tirón a la cuerda, que la hizo caer sobre manos y rodillas.
Ella quedo allí, jadeando de dolor y frustración, pero levanto la cabeza para mirarlo con ojos llenos de odio. Con la cara contraída en una mueca y sus largos cabellos en desorden, que brillaban con reflejos rojos, parecía nuevamente agazapada lista para presentar batalla. Él sintió que la sangre se aceleraba en su entrepierna y que su deseo aumentaba en cada momento. Sus ojos se ensombrecieron.
- Ah, no eres una paloma – murmuro roncamente-. Eres una zorra y si no quieres venir a mi, yo tendré que ir hasta a ti.
Se levanto de la cama y Sakuno ahogo una exclamación, porque el se irguió ante ella, atrevido como puede serlo un hombre. El dio un paso adelante, los ojos ardientes de deseo y una semisonrisa jugando en sus labios. Ella se enderezó y retrocedió cautelosamente; un helado hilillo de miedo corrió a lo largo de su columna vertebral y su cuerpo se cubrió de gotas de sudor frío. Empezó a respirar agitadamente, entrecortadamente, casi entre sollozos. Hubiera querido gritar, gritar de terror como lo había hecho Hlynn. Sintió un chillido se le formaba en la garganta y lucho contra el miedo que amenazaba con sofocarla en medio de su total desamparo.
Él siguió acercándosele, con la misma mueca perversa en los labios, la misma mirada de lujuria, fija, atrevida, que parecía devorarla mientras ella seguía alejándose, hasta que la cuerda la hizo retroceder en circulo contra los pies de la cama y ya no pudo seguir escapando. Sakuno sintió que su cuerpo pesaba como plomo y no le obedecía. Las sombras envolvieron a Atobe y ese rostro, cruel pero bien parecido, ocupo todo el campo visual de ella. A la luz vacilante del fuego, el cuerpo largo, esbelto de él, pareció esfumarse.
El pánico le subió a la garganta hasta que le permitió respirar. El estiro una mano y se la puso sobre un pecho. Con un grito, Sakuno retrocedió, pero el la sostuvo por la cuerda y avanzo hasta que los dos cayeron sobre las sabanas y pieles tendidas sobre la cama. Ella quedo atrapada, inmovilizada debajo de él; la habitación giro a su alrededor. La voz de él sonó extrañamente apagada en sus oídos.
- Eres mía, palomita.- Sus palabras salieron confusas y casi invendibles.
El paso su cara contra la esbelta columna del cuello de ella, y su aliento caliente y denso contra la suave carne, parecía quemarla hasta los huesos.
- Eres mía, yo soy tu amo.- La boca empezó a acariciarle los pechos.
Sakuno no podía moverse. Se hallaba en su poder y eso dejo de importarle. La cara de el se inclinaba sobre ella, obscureciéndole la visión de lo que la rodeaba. El peso del cuerpo desnudo de Atobe la empujo mas profundamente sobre las sabanas y las pieles. Pronto habría terminado…
Sumire miro a la pareja entrelazada, ahora inmóvil y silenciosa. Echo la cabeza hacia atrás y dejo que su risa se impusiera a las oleadas carcajadas que llegaban desde el salón. El aullido de un lobo hambriento desgarro la noche y los dos sonidos se mezclaron. Abajo, en el gran salón, los rudos invasores callaron mientras un helado estremecimiento rozaba con sus dedos sus musculosas espaldas. Algunos se persignaron ante algo que nunca habían escuchado y otros pensando en la cólera de Ryoma, creyeron que él ya había llegado.
N.A: Espero que les haya gustado y n el próximo capitulo Ryoma aparece y se presenta ante Sakuno.
