Summary: Nada bueno puede ocurrir cuando un vampiro sediento de sangre y una humana tan perspicaz se juntan. Edward/Bella.

Nota autora: mismas advertencias. AU, fuera de la línea argumental de los libros de Stephenie Meyer.

Capítulo 2: Sin molestar.

Dos semanas después.

El agua fría le aclara la mente.

A veces se le colaba en la camiseta y tenía que cerrar los ojos con fuerza para contener un escalofrío que la recorría de los pies a la cabeza. O viceversa. Desde que se había mudado a Forks se había acostumbrado a tener que poner el calentador del agua todas las noches antes de irse a dormir para que al levantarse en la mañana pudiera ducharse sin pegar saltos en la bañera, pero la noche anterior se había quedado dormida.

Se escurrió el pelo en el lavabo y miró su reflejo en el espejo. En silencio, llevó su mano derecha al cristal que la reflejaba y lo restregó. La imagen quedó distorsionada por millones de gotitas de agua que echaron una carrera a ver cuál de ellas caía antes que las demás.

Con toda la tranquilidad que había conseguido reunir desde su accidente, se secó el cabello con una pequeña toalla y siguió observándose en el espejo. Era delgada y el pelo castaño se le oscurecía cuando se bañaba. Por la distorsión de las gotas, hasta parecía medianamente guapa.

Cuando Charlie entrara aquella en el baño mañana después de que su hija se fuera al colegio, se encontraría con el cristal roto en el centro, como si alguien hubiera tirado algo contra él y lo hubiera destrozado.

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Edward Cullen no solía fingir interés por algo que no le fuera a aportar algún beneficio. Era educado, sí. Y cortés también. Sabía cómo sonreír para conseguir que la enfermera se olvidara de hacerle las pruebas médicas o cómo conseguir que algunas chicas del instituto le dejaran en paz luego de un par de cumplidos y la promesa de hablar después.

Pero lo que mejor se le daba era actuar.

Dejó el vaso de cristal encima de la mesa con un golpe seco, casi inaudible. El local era extremadamente pequeño y las luces rojas no ayudaban nada en hacerle sentirse aunque fuera un poco, sólo un poco, cómodo. En la barra, tres tipos de entre veinte y veintiocho años se reían estúpidamente por algún que otro chiste obsceno.

A su lado, Emmett flexionó los brazos y apretó los puños.

-¿Y si damos un trago? –preguntó, mirando fijamente el líquido amarillo que llenaba sus vasos.

-¿Quieres tener agua flotando dentro de ti toda la eternidad? –preguntó Edward a su vez, arqueando una ceja.

-Tampoco sería tan grave. Los humanos tienen sangre correteando por las venas y no les veo muy incómodos.

Edward soltó una risa seca.

-Por eso mismo, les corre por las venas. El agua se quedaría embotada en tu estómago –aclaró él, apoyando el rostro en su mano.

Emmett sonrió ampliamente y se estiró, más por la costumbre y el vicio de desperezarse que un cansancio que no sentía.

-¿Y si vamos, les rompemos el cuello y nos largamos? No veo el interés en hacerles sufrir –murmuró el moreno, en su tono de voz se apreció un deje de impaciencia.

-No es lo mismo tragarse un litro de sangre que saborearla, Emmett –rió Edward y se acomodó más en su silla. –Alice quería darles su merecido.

-¿Y tu vena justiciera ha salido a la superficie? –preguntó.

-Ante todo, soy un caballero.

La puerta volvió a abrirse y entraron dos mujeres, tan diferentes la una de la otra que contrastaban entre ellas. La primera era enana. Realmente bajita, delgada y de facciones hermosas. Pelo negro brillante cortado a lo loco y maneras gráciles que recordaban a una bailarina. La segunda era brutalmente atractiva. El pelo rubio le caía en cascada por la espalda y sus ojos dorados miraban a todo por encima del hombro.

Uno de los hombres se echó hacia atrás en la silla y se sacudió los pantalones en un acto reflejo. Dejó la copa encima de la barra de tal forma que salpicó el trago y sus amigos se giraron para gritarle, enfadados, hasta que sus ojos dieron con las dos mujeres.

-Como diría Jack el Destripador: vayamos por partes –susurró la voz de Jasper detrás de Emmett y Edward. Ambos sonrieron cuando Jasper ocupó la silla que había entre ellos dos y tensó sus brazos, totalmente crispados. –Esto no era necesario.

-¿Por qué no? –Emmett se rascó la cabeza.

-¿Edward? –inquirió el rubio, reduciendo sus ojos a dos finas rendijas.

-¿Y perdernos la diversión? Ahora mismo el del medio está pensando en el trasero de Rosalie, Emmett –comunicó Edward y en sus ojos brilló una chispa de diversión al ver la expresión de su hermano.

-Es un alivio saber que le romperé el cuello luego.

-El alivio, realmente, es saber que sus vidas no dependen de nosotros –corrigió Edward, siempre servicial.

-¿Y si animamos la fiesta? –Jasper alargó un brazo y movió la mano en dirección a los tres hombres, que en esos momentos ocuparon tres sillas al lado de Alice y Rosalie.

-¿Qué hacen dos mujeres como vosotras en un local así?

-Perder el tiempo –contestó Alice y sonrió. Su sonrisa deslumbró al tipo que tenía delante y Rosalie casi le pisa el pie por llevarse toda la atención ella solita.

-Pero no deberíais estar solas, alguien podría intentar haceros daño –afirmó el más bajito de los tres.

-Nos gusta el peligro –Rosalie se mordió un labio. -¿Y venís mucho por aquí?

-Todos los días.

-¿Y cómo te llamas, preciosa? –uno de ellos se aclaró la voz y se preparó para besarle la mano a Alice.

-Alice –dijo la inmortal y su estómago se convulsionó en una arcada por el asco que le produjo el contacto de los labios del tipo en el dorso de su mano.

-Pues… Anice…

-Alice.

-En el cielo faltan dos estrellas… -suspiró. –Y es porque están en tus ojos.

Rosalie apretó los labios para que no se le escapara una carcajada monumental y Alice pestañeó.

-Gracias. "Y en tu boca faltan dos dientes porque los tengo yo en el puño. O los tendré si vuelves a besuquearme".

-¿Os gustaría conocer mi temperamento latino? –dijo uno de los tres y movió los brazos como si estuviera puesta alguna musiquilla fiestera.

"Si nos lo tiene que enseñar alguien como tú creo que no"

–Por supuesto –aceptó Rosalie. -¿Sabéis de algún local en el que se pueda bailar?

-¿A estas horas? –el más gordito se rió y echó todo el humo del cigarro por la nariz. –No, pero podemos ir a la casa de Josh, seguro que tiene música.

-¿Pero estos tíos…? –Emmett se carcajeó. -¿Dónde aprendieron a ligar? Menuda panda de maricas. "En el cielo faltan dos estrellas…"

-Y en sus bocas faltan las mandíbulas completas, que ya me encargaré yo de sacarle al del centro –gruñó Jasper.

-Alice se sabe cuidar sola.

-¿Por qué sólo te preocupa Alice? –inquirió Emmett, molesto. -¿No ves que Rosalie también corre peligro?

-Rosalie puede matar a un país entero si usara de arma su autoestima –contestó Edward y Jasper levantó la mirada, risueño.

-De hecho, podrían usarla de arma de destrucción masiva, a su autoestima.

-Envidiosos. Si pensáis que voy a enfadarme por lo que digáis vosotros… Sobretodo Edward, que aún no tiene definida su sexualidad.

Entonces Jasper no pudo contener una risilla guasona y coreó el chiste de Emmett con una palmadita en la espalda.

-Creo que tengo definida mi sexualidad mejor que tú, gracias.

-Sí. Se llama Abstemia, TU sexualidad –contraatacó el más musculoso de los tres.

-¿Qué no esté todo el día besuqueándome y pensando en ir a mi dormitorio conyugal con mi mujer, quiere decir que soy… dejémoslo en de la otra acera?

-No. Pero que tengas más de cien años y no hayas besado a ninguna mujer en la vida, sí que quiere decir que allí hay algo sospechoso.

-Prefiero dedicar mi tiempo a tareas que desarrollen mi ingenio, gracias.

-Tienes toda la eternidad para desarrollar tu ingenio, machote –Emmett le dio una palmada en la espalda y Edward se irguió en la silla. –Búscate una novia y dale muchos churumbeles.

-Sobretodo porque podemos tener hijos¿no? –el tono de voz de Edward se volvió dura y cortante.

-Quién sabe. ¡Eres tan raro que no me extrañaría!

-Ganador del primer round: Emmett Cullen por sacar de quicio a Edward –sentenció Jasper y se excusó ante la mirada envenenada que le dirigió el segundo. –Me pregunto. ¿Cómo estará la chica del otro día?

Emmett se encogió de hombros.

-Alice quedó en ir a visitarla –murmuró Edward. No se atrevió a mirar a sus hermanos.

-Pobrecilla, en serio –Emmett suspiró y apoyó la cabeza en su mano. –Menos mal que no llegaron a hacerle nada malo.

-¿Qué dices¿Qué no llegaron a hacerle nada malo? –Jasper arqueó las cejas. –Creo que tu concepto de "hacer algo malo" no es parecido al del resto de la humanidad.

-Yo sólo digo lo que me dijo Rose. No llegaron a… A hacerle nada, no sé si me explico.

-Deja los detalles –gruñó Edward.

-Venga vamos, se han levantado –Jasper se levantó de la silla y metió las manos en su bolsillo para sacar un billete de diez pavos.

-Qué caballero. Ahora hasta nos paga la consumición –se burló Emmett y no pudo evitar arrancarle una risilla a Edward.

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-¿Vas a salir? –Charlie cerró la puerta de la cocina al ver que Bella se apresuraba lavando los platos y dejándolos en una pila para que gotearan.

-Sí. Quiero ir a ver a Jake –murmuró ella, recogiéndose el pelo rápido en una coleta sin mirarse si se la había hecho bien o mal.

-¿A estas horas? –el jefe de policía Swan miró el reloj en su muñeca y gruñó algo inteligible.

-Son las seis papá.

La joven se puso la chaqueta y recogió las llaves de la repisa que había en el pasillo que daba con la puerta de salida.

-Bella. No creo que sea conveniente que salgas por ahora¿no?

Ella arqueó las cejas y puso cara de póker. Luego su rostro se relajó comprendiendo a dónde quería ir su padre.

-Papá. No saldré de Forks. Será ir a La Push y volver. ¿Por qué no vienes conmigo? Sólo quiero ver a Jacob, hace semanas que no hablo con nadie normal de más o menos mi edad –dijo ella, sentándose en el sofá.

-El médico dijo que necesitabas reposo –alegó él.

-El médico dijo también que socializara y tomara aire fresco. No me han matado papá, me han… pegado. ¿Vale? No estoy paralítica ni nada por el estilo.

Él la miró molesto.

-Quiero que estés en casa a las ocho. Ni un minuto más ni un minuto menos jovencita. Y si a las ocho en punto no estás en casa te prometo que iré hasta La Push y…

-¡Te traeré espaguetis hechos por Billy! –exclamó ella, saliendo de la casa como un huracán.

A Charlie le preocupaban pocas cosas. Bella, su trabajo. A veces Renée y la vida loca que llevaba. Por eso encendió la tele y puso la alarma en su reloj de muñeca. Si a las ocho su hija no llegaba, iría a buscarla.

No quería más sustos.

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Los huesos de los humanos crujen. Unos más que otros pero suenan al romperse. A veces hasta se oye el repiqueteo de las astillas traspasando la carne, coreado por un alarido de dolor que perfora los tímpanos. En su caso, al tener el oído más desarrollado, Rosalie se llevó una mano a las orejas y se las tapó, molesta.

-¿Tienes que hacer eso? –se picó, mirando a Jasper.

-Hago bien mi traba… -le dobló el brazo a uno de los hombres que lloraba tendido en el suelo y este se fracturó también- jo. ¿Por qué no haces algo como clavarles un tacón en el cráneo o algo? Serías más útil.

-Mira lo que me está diciendo tu maridito, Alice –dijo la rubia, girándose hacia la más bajita de todas.

Cuando se giró, vio a la mujer cruzada de brazos delante de Edward. Las miradas de ambos estaban a dos milímetros de distancia y destilaban desacuerdo. Delante de ellos, Emmett tenía al tipo más gordo cogido por un brazo y tiraba hacia atrás sin poner cuidado en la cabeza, que chocaba repetidas veces contra el suelo del lugar.

-Yo encontré a la chica. Yo la salvé. Yo dije que les diéramos una lección a los tipos por lo qe yo también tengo derecho a romperles algo.

-Las manos.

-El cuello –rebatió ella, sonriendo.

-Carlisle dijo que debían de seguir con vida. Difícilmente sobrevivirán si les aplastas el cuello contra la pared.

-Entonces una patada en el culo.

-¿Romperles la pelvis?

Un grito desgarrado que pedía clemencia hizo eco en las paredes del sitio. El castaño cerró los ojos en una mueca de fastidio y Alice aplaudió con una mirada risueña al intento de obra maestra de Emmett: Un brazo roto, un obro dislocado y una rodilla aplastada.

-Que tú seas tan delicado que no puedas destrozar al enemigo… -suspiró ella. –Romperles las manos y pisarles un poco un pie.

-…si Carlisle se entera será tu problema –se excusó.

-Vale. Les romperé las manos y tú irás conmigo cuando vaya a visitar a la chica.

-Se llama Isabella –especificó él.

-Sí, ya.

Edward le sostuvo la mirada durante un segundo y luego sonrió. El tipo del centro estaba aún bien, sus brazos sólo se sostenían en un extraño ángulo de ochenta grados. Resistiría un poco más.

-¡Emmett! Levántate de su espalda. Es el turno de Alice.

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First Beach tenía un saliente que daba con un acantilado demasiado peligroso como para llevar a los turistas a que sacaran fotos. En él, una vez dos niños jugaron a saltar desde la cima y zambullirse en el agua, sintiéndose libres al volar en una planicie perfecta de color azul.

Diez años después, Isabella Swan aparcaba el trasto en la parte más baja del saliente y se preparaba para subir hasta la cima y sentarse en lo más alto, teniendo el mar a sus pies. Dejó la mochila en el asiento del copiloto y cerró la puerta con un golpe sonoro.

-¡Eh¡Eh, está prohibido subir! –gritó una voz grave. La chica se giró y se topó con un chaval demasiado alto.

-¿Le prohíbes el paso a los viejos amigos? –preguntó ella.

-No. A esos les invito a tomar algo –la voz de Jake Black hizo eco en las paredes de la montaña y se precipitó a estrujar a Bella. –Lo siento.

-Eh…

-Lo siento, lo siento, lo siento. Lo siento mucho –murmuró mientras la abrazaba y sus manos se quedaban en el cuello de la chica. –Joder.

-¡No mientas! –bromeó ella. –Sé que todo lo planeaste tú, porque ya te tenía harto por mandarte siempre a estudiar.

-No seas tonta –se medio enfadó él. –Si te hubiera llegado a pasar algo…

Los dos se quedaron en silencio, mirándose. Entonces él esbozó una sonrisa picarona y la agarró por la cintura.

-Vamos a casa, Billy ha hecho espaguetis.

-Oh, la famosa receta secreta –se burló.

-Y tan secreta. No se la dice ni a su pobre y hambriento hijo.

Las hermanas de Jacob Black, Rebecca y Jessica, habían sido amigas de la infancia de Bella. Ahora, la primera estudiaba en California y la segunda se había casado con un jamaicano, yéndose a vivir a Haití. Desde que Bella volvió a Forks, ella y Jacob se habían hecho muy amigos, llegando a sentir por él un afecto inmensurable. Amor fraternal, le decía Charlie cuando la veía llamándolo a las tantas para preguntar cómo le iba la gripe.

Jake era alto, demasiado alto, y delgado aunque sus brazos y torso estaban formados enteramente por músculos magros y fuertes. Tenía la costumbre de llevar el mono de taller desabrochado por encima por lo que siempre arrastraba las tiras por todos lados, y la camiseta de un riguroso gris siempre estaba llena de salpicones de grasa. Últimamente llevaba el pelo larguito, recogido en una maltrecha coleta y sus ojos marrones brillaban con luz propia cada vez que Bella iba a visitarlo a La Push.

La Push para ella era como su segunda casa, lo más parecido a un refugio. Conocía a los amigos de Jacob y a los vecinos más cercanos de Billy, y algunas noches se quedaba en las fiestas que montaban en la playa, en torno a grandes hogueras donde se contaban historias, leyendas que narraban la vida de los más antiguos de la tribu.

Aquella noche no fue una excepción.

-Eres un cerdo, tío –masculló Jacob mirando a Embry.

-Estoy creciendo joder –dijo él

-¡No digáis palabrotas en mi mesa eh! –les amenazó Billy, mirándolos con sorna a la par que empleaba una cuchara de palo como amenaza.

-¡Qué bien huele la cena! –exclamó Emily luego de entrar en la casa acompañada de Sam y Seth. Detrás de ellos, Leah y Quil caminaban a paso lento y holgado, ella con la obstinación que le caracterizaba y él dando zancadas para poder alcanzarla.

-Ahora viene Sue, Bill –Sam dejó unas bolsas encima de la mesa y puso una mano en el hombro de Jacob. -¿Acosando a la pobre Bella?

-Soy yo la que lo acaso a él –bromeó la chica, colocando servilletas y cubiertos en la mesa.

-Es que es demasiado guapa para que nadie intente acosarla.

-Y tú dices demasiadas mariconadas por segundo –se lamentó Embry.

-¡Jovencito esa boca!

Cenaron espaguetis hechos por Billy, y Seth, Embry, Quil y Paul hicieron las boberías se siempre jugando al rival más débil, tirándose y llenándose de arena de playa, limpia y calentita.

Las manos de Bella eran pequeñas y femeninas. Y siempre que Jacob se las cogía y la abrazaba, sentía que su pecho bombeaba más rápido de lo normal y que podría gritar y gritar durante toda la noche, riendo por las estupideces del chico o perdiéndose en su mirada de niño o su tono de voz más grave de lo normal.

-Puedes entrar.

-¿No se enfadará Charlie?

-¿Enfadarse? –la morena hipó y apagó el motor del coche. –Probablemente te estruje y diga que has crecido mucho, que empiezas a ser un hombre.

-Oh. ¿Y tú qué opinas al respecto?

-Que eres demasiado chulito aún para haber madurado –le guiñó un ojo a la vez que le tironeó de la mejilla.

Los dos se bajaron del trasto de la morena y él atrapó su mano rápidamente.

-Eh, Bells.

-¿Hm? –ella encajó las llaves de casa en la cerradura y abrió la puerta. -¡Papá, adivina a quién he traído a casa¿Qué pasa Jake?

Él la miró durante un par de segundos y luego sonrió más pronunciadamente.

-Nada.

Euh. ¿Vale¿Lo siento? XD. Lo sé. Para actualizar esto mejor hubiera tardado mil millones de años y hacer algo decente¿no? I know.

En fin. Diré que estoy en época de exámenes, que necesitaba desahogarme y que salió esto. Que muchas gracias a mi maravillosa, genialosa y flamante beta por el gran trabajo que hace y muchas gracias a vosotros, los que leéis, los que dejaréis de leer y los que leeréis en un futuro.

Y dadle al GO por favor. A vosotros no os cuesta nada y a mí me hace mucha ilusión leer vuestros comments :

Besos

Pd¿El siguiente capítulo? Ni idea…