El reloj marcaba las 8:00 de la mañana, era la hora de ir a la escuela. Quizás fuera un oráculo, pero no dejaba de ser una niña de 15 años.

Así es, soy el oráculo más joven de la historia, nadie lo creyó cuando fui bañada por la luz del conocimiento, pero ahora ya nadie discute mi posición.

Mi escuela se encontraba en una de las naves más pobres y antiguas de toda la flota, la Éxodo,. Aquí fue donde yo nací, y aquí es donde probablemente moriré. El ascenso en mi posición social no supuso un ascenso en la calidad de vida de madre y mía. Seguimos viviendo en la pobreza, pero no por ello somos infelices, ya que hoy día casi todo el mundo vive en la pobreza.

Padre murió cuando yo apenas tenía 3 años, estoy segura de que habría estado muy orgulloso de mi. Madre me contaba historias sobre él, decía que era un hombre ejemplar, y que luchó por un reparto justo de los recursos para las personas de la nave, consiguió que instalasen uno de esos invernaderos donde podían cultivarse distintos tipos de plantas usando el sucedáneo de tierra fértil que los investigadores lograron reproducir en laboratorio. Desde ese entonces fuimos capaces de comer patatas, y dejar de una vez por todas esas cápsulas de glucosa y aminoácidos que nos decían teníamos que tomar para sobrevivir. Agradezco el poder haber nacido en un tiempo donde la comida tiene sabor.

No disponemos de muchos recursos, el haber abandonado nuestro planeta en pos de la supervivencia está acabando poco a poco con nuestras vidas, pero sobre todo, con nuestros espíritus. Las personas están perdiendo las ganas de vivir, y la esperanza de encontrar un nuevo hogar donde asentarnos cada vez se hace más inexistente, Ya no quedan personas que recuerden como era aquel planeta al que los humanos llamábamos hogar.

La esperanza de vida se ha reducido, en la era de oro de nuestra civilización, logramos alcanzar una esperanza media de vida de 120 años. Ahora, somos afortunados si llegamos a sobrevivir hasta los 50.

Por suerte, nuestros avances tecnológicos siguen estando actualizados, los círculos nos ayudan a todos a seguir adelante con nuestros proyectos de investigación, gracias a ello no solemos tener problemas con enfermedades, tenemos una reserva inagotable de oxígeno, podemos fabricar nuestra propia agua corriente e incluso somos capaces de generar electricidad con la ayuda de los astros. Sin embargo, el alimento es un gran problema, no tenemos suelo, y el sucedáneo de tierra no es rico en nutrientes, por lo que solo podemos cultivar alimentos que no requieran muchos recursos: patatas, trigo... La gente está harta, nadie quiere alimentarse toda su vida de plantas y cápsulas, algunas personas incluso dejan de comer y mueren por inanición.

No hay fauna, dejó de existir hace mucho, aún existen imágenes en el antiguo museo de la Tierra de algunos animales, cuánto me habría gustado haber tenido uno de esos perros.

Naturalmente, en la escuela estudiamos todas estas cosas, pero lo más importante que nos enseñan, es el mantenimiento de las naves. Tenemos que aprender todo lo que podamos sobre el entorno en el que vivimos, limpiar los conductos de ventilación, cambiar distintas piezas de la nave, e incluso que tipo de materiales debemos recolectar en los distintos asteroides y planetas que visitemos. Naturalmente, ninguno de nosotros tendremos la oportunidad de alquilar una nave de recolección para poder obtener recursos, pero cabe la posibilidad de trabajar como recolector, por eso se imparte esta materia.

Eran las 8:10 de la mañana y me encontraba a las puertas de la escuela, observaba el viejo edificio con los ojos que una chica joven mira un libro que trata de su mundo ideal. Mi condición de oráculo no dictó el que me gustase conocer lo que me rodea, más bien fue quizá lo contrario. Cuando apenas tenía 10 años, mis ansias de conocimiento me llevaron a colarme en la nave insignia de la flota, la Leva, llamada así por la forma ovoide con la que fue construida. Viajé de polizón en una pequeña nave mercantil y llegue hasta la biblioteca central, allí sacie mi apetito con docenas de libros sobre nuestro antiguo hogar, y los humanos que habitábamos en él. El cuerpo de control de poblaciones, o cepe como le llamamos nosotros, me encontró a la semana siguiente. No sabía que el paso a los archivos sobre nuestro planeta estaba prohibido y por ser una niña hicieron la vista gorda conmigo.

Ese día aprendí sobre mi origen, y conocí las maravillas que habíamos dejado atrás al emprender este viaje sin retorno. Fue al año siguiente cuando Valakar me llamó, y todo el mundo me reconoció como oráculo.

Finalmente entré al edificio con forma de catedral, construido con anortosita, un tipo de roca que nuestros antepasados tomaron de la superficie lunar antes de partir de nuestro planeta de origen. La piedra le daba un color claro al edificio, justo como las imágenes que salen en nuestros libros sobre la Luna. En lo alto, una gran campana repicaba, dándome a entender que debía salir de mis pensamientos y buscar mi aula de una vez.

Me encontraba en mi segundo año, solo me quedaban dos para salir de la enseñanza básica, aunque hacía tiempo que superé ese nivel, mi edad me impedía ir a clases superiores.

Al entrar en la clase pude darme cuenta de que aún estaba por comenzar la clase, por lo que me decidí a tomar asiento sin dejar que nadie se percatase de mi retraso.

La clase comenzó sin contratiempos, era una clase de historia pre éxodo, es decir, de antes de que la humanidad dejara su planeta de origen, mi especialidad. El profesor hizo una pregunta, nos preguntó sobre cómo era el aspecto de nuestro planeta, creo que lo hizo como pequeña presentación al tema que trataríamos hoy. Yo levanté la mano antes que nadie, por lo que me dio la palabra.

Fue en ese instante en el que comencé a hablar de todo lo que sabía cuando perdí completamente la noción del tiempo. Comencé a contar detalladamente las características y el aspecto visual de nuestro planeta. Les hablaba de las grandes montañas de roca, cuyas cumbres no podían verse debido a aquella acumulación de partículas de agua que llamábamos nubes. Les hablé de los ríos, aquellas grandes masas de agua discurriente que avanzaban con premura por las amplias depresiones. Los pastos, las ciudades, todo lo conté con tal detalle, que cuando salí de mi trance pude observar como todos los alumnos, e incluso el propio profesor, me miraban con los ojos abiertos como platos, intentando imaginar con mis palabras lo que yo tan claramente veía en mi mente.

Al ser oráculo, dispongo de gran cantidad de conocimiento, Valakar, el sexto círculo, tuvo la amabilidad de compartir las imágenes de nuestro mundo conmigo, después de todo, él era uno de los encargados de defendernos de los peligros que venían de fuera de nuestro planeta, se encargaba de controlar lo que llamábamos, atmósfera.

Entonces y sin previo aviso, la cepe entró a clase, y tomándome del brazo me levantaron del modesto asiento de piedra. Al grito de "te necesitamos Ishtar, Valakar tiene un mensaje que no somos capaces de descifrar" me vi obligada a dejar mi tan fascinante explicación para ir con aquellas personas, hacia La Cámara, único lugar donde era capaz de captar los mensajes de mi guía astral.