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Cuando la noche arrastre cenizas
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Del que busca verdades y de la que solo sabe fallar
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Un fuerte calor le golpeó. Siguió caminando a pesar de ello, pasando entre las llamas que consumían rápidamente el edificio. El olor a quemado del ambiente y el espeso humo negro que empezaba a cubrirlo todo volvían el lugar asfixiante.
Ken continuó andando hacia el origen del incendio. Escuchaba gritos, veía a muchas personas huyendo a toda prisa, pero él no hacía caso de ese instinto que le gritaba que estaba en peligro.
Llegó a la puerta tras la que sabía que estaban la mujer infiel y su amante. Cogió un extintor que había en el pasillo y apagó algunas llamas. Como en su entrenamiento, dio patadas a la madera hasta que consiguió echarla abajo. El fuego había carbonizado parte del marco así que no le costó demasiado. Con una tranquilidad inquietante, el joven se asomó al interior de la vivienda. Encontró allí a las dos personas que esperaba, sollozando y cubriéndose la cabeza con una colcha.
Tras recuperarse de la sorpresa inicial, ambos se acercaron al recién llegado con miradas suplicantes. Él no dijo nada, simplemente les señaló el lugar donde antes había una puerta. Corrieron hacia allí sin dar las gracias, ser educado no resulta importante cuando ves la muerte a tu alrededor.
En el exterior se escuchaban sirenas de policía, bomberos y ambulancias, pero a Ken le parecían muy lejanas. Era como si hubiera entrado en otro mundo, uno en el que solo existía ese calor que lo consumía todo con sus terribles caricias.
Escuchó un grito en el piso superior y reaccionó por fin. Salió de la casa del amante y subió las destartaladas escaleras. La barandilla de una planta más alta se quebró de pronto y cayó arrastrando consigo escalones enteros de piedra. Se apartó a duras penas. Respirando con pesadez, porque ya le había entrado mucho humo en los pulmones, saltó escombros hasta llegar al lugar de donde provenían los gritos. Era un anciano.
Usó la espuma que quedaba en el extintor para apagar algunas llamas que habían llegado hasta allí, mientras notaba que le costaba cada vez más pensar por la asfixia. Tiró a un lado el recipiente ya vacío y consiguió meterse en la casa del hombre que gritaba abrazado a la fotografía de una gran familia. Fue entonces cuando vio que del suelo subía más y más fuego, que encima era de madera.
Ken intentó llegar hasta el anciano, trastabillando por el camino cuando sus pies se hundían en los agujeros del suelo carbonizado. Notó que una llamarada le rozaba suavemente la espinilla y destrozaba su pantalón para marcar su piel. No gritó, simplemente apartó la pierna y saltó hasta el sillón donde el hombre temblaba entre balbuceos. Desde allí pudo ver a un bombero en una de esas escalera desplegables. Abrió la ventana y ayudó al anciano a encaramarse a ella. Parecía estar en shock porque no conseguía callar ni hacer nada coherente.
Cuando el bombero le tendió la mano para que saliera él también, Ken retrocedió un paso involuntario. No había encontrado lo que buscaba, necesitaba más tiempo. Pero su mala suerte le llevó a que el suelo cediera bajo su peso en ese momento.
Gritó al golpearse la espalda contra el piso inferior, había sido una caída alta. El poco aire que le quedaba en los pulmones se acababa. Notaba que las llamas se acercaban a él como dándole la bienvenida y que el humo lo envolvía para quitar cualquier soplo de oxígeno que pudiera aspirar.
Clavó los ojos en el agujero por el que había caído, mientras notaba el doloroso abrazo del fuego llegando hasta él, acariciándole un hombro y una pierna. Algo en su cabeza le gritó que se levantara, que corriera hacia cualquier lugar, que intentara escapar. Él no pudo hacer más que sonreír.
Mientras sentía que la vida se le acababa con lentitud, algo en su interior despertó. Lo podía notar como si se tratase de algo tangible, como si tuviera peso y tacto, como si pudiera olerse y saborearse. Allí estaba, lo que había esperado tanto tiempo. Llegaba antes de que sus ojos se cerrasen para siempre, para susurrarle aquella verdad que una vez llegó a atisbar, que lo había obsesionado.
Escuchó el crepitar de las llamas en su oído, como si algo ardiese también en su interior. Dejó de sentir el calor que lo abrasaba, como si ya se estuviese consumiendo. Su sonrisa se hizo más pronunciada, más verdadera, más terrible.
Y, mientras se deleitaba en aquello que había despertado, apenas notó que la consciencia se le escapaba y que unos brazos lo sacaban de aquel baño de fuego.
Pero ya era tarde. Lo había encontrado. Y no había vuelta atrás.
~ · ~
Mimi no sabía hacer las cosas bien aunque lo intentara. Su madre solía decir que era que lo entendía todo del revés y ella se enfadaba porque sabía que tenía razón. Por ejemplo, cuando limpiaba las migas de una mesa. Ella nunca recordaba si tenía que extenderlas con un trapo y recogerlas con la mano o lo contrario. Siempre pensaba que se estaba equivocando y lo hacía del revés de como debía ser, solo se daba cuenta cuando ya había empezado y pensaba que no había marcha atrás.
Tal vez ese fuera su problema, que aunque supiera que se equivocaba creía que una vez empezado debía continuar. Aunque no acabar, porque nunca terminaba nada.
Era como si caminase con las manos en lugar de con los pies, llenándose las palmas de heridas por lo que encontraba en el camino. Daba igual la de veces que le dijeran que se equivocaba, cuanto más insistían más intentaba ella aguantar. Esa rebeldía se suponía que se extinguía pasada la adolescencia, pero para ella solo se había potenciado.
Empezó una y mil carreras, cursos de muchas cosas y trabajos. Al final lo dejaba todo diciendo que no había encontrado su lugar. Y era que le aterraba la idea de tomar una decisión que durase toda la vida. No estaba hecha para hacer lo mismo más de una vez, era lo único que tenía claro.
Mientras veía los ojos juiciosos de Hikari al marcharse, una gran furia la invadió. ¿Quién se creía que era para pensar de ella como lo hacía? ¿Acaso no tenía derecho a equivocarse cuanto quisiera y no rectificar jamás? El mundo era demasiado aburrido para aquellos que se limitaban a actuar correctamente.
—¿Tú qué piensas? —preguntó Miyako arrastrando a Mimi de nuevo a la realidad.
—¿Sobre qué?
Miya estaba acostumbrada a ser ignorada, sabía que hablaba demasiado, así que no le importaba repetir las cosas. Le contó de nuevo algo sobre un chico de su trabajo que la tenía loca, que era guapo, inteligente y demasiadas cosas más como para que su amiga se lo creyera.
—Llevo toda la semana fantaseando. Me imagino que nos casamos y lo monos que serán nuestros hijos…
Mimi creyó que "monos" en el sentido literal seguramente no iba muy desencaminado. Sino ese chico no seguiría soltero. Aunque, bien pensado, ella lo estaba.
—No entiendo por qué tienes que pensar en esas cosas. Deberías imaginarte teniendo una cita y acostándote con él. No como unos viejos con anillos en la mano y críos molestando.
La otra negó con la cabeza con una sonrisa que la exasperó. Odiaba esa cara de "cuando madures lo entenderás". Se suponía que ya era una adulta, tenían que dejar de tratarla como si fuera una cría.
—Formar una familia es importante, tener gente por la que harías lo que sea —dijo Miyako con gesto soñador.
—Sería más práctico buscar alguien que lo haga todo por ti. Un sirviente puede hacer eso.
Ambas rieron, pero por cosas distintas. La más joven creyendo que era una broma, la más mayor diciéndose que a veces fingir estar de acuerdo servía para ahorrarse conversaciones que no le interesaban.
—Me voy —dijo de pronto Mimi, levantándose.
—¿Tienes algo que hacer?
—Eh... sí. —Estaba claro que mentía pero Miya la idolatraba demasiado como para darse cuenta.
Un coqueteo con el camarero y un número de teléfono falso le sirvió para no tener que pagar. Se marchó sintiéndose muy pagada de sí misma, con la cabeza alta y contoneando las caderas. Sus tacones resonaron contra la acera y su pelo se agitó por el viento. Se imaginó en uno de esos anuncios de colonia y se dijo que debería ser modelo. Entonces recordó que ya lo había sido. Abandonó la profesión porque no iba a dejar que nadie le dijera cómo tenía que posar en las fotos o qué podía comer.
Llegó a su casa y encontró a su madre en la cocina, preparando alguna de esas recetas experimentales. El olor era de algo picante, estaba segura.
—¡Hola, cariño! ¿Qué tal te ha ido en la entrevista?
—No me ha ido. Ya está.
—Oh, no te preocupes, otra vez será.
No quería el consuelo de la mujer, así que cuando se le acercó se escapó al baño diciendo que se iba a dar una ducha. Oyó llegar a su padre pero se sumergió entera en el agua para no escucharle. Las palabras alentadoras de sus progenitores siempre eran asfixiantes.
En el fondo, no le hubiera importado que le gritaran y le recriminaran lo que hacía, en lugar de seguir mimándola como si fuera una niña. Así ella podría haber chillado, hecho la maleta y salido de casa de forma dramática. Nunca se dignaba a pensar en qué pasaría después o cómo viviría, no servía de nada imaginar cosas desagradables.
Vio su cuerpo al salir de la bañera y se sonrió a sí misma. Tantas dietas extrañas y algo de ejercicio servían para que se mantuviera como en sus veinte recién cumplidos, esperaba que fuera así para toda la vida. De nuevo, evitaba pensar en cuándo saldrían las primeras arrugas y los kilos de más. Se observó desde varios ángulos y después se cubrió con su albornoz para ir a la habitación. Encontró una nota de sus padres diciendo que se habían marchado y un pastelito para animarla. Sonrió un poco, en el fondo les agradecía cosas como esa.
Se puso un camisón que acababa de comprarse, se peinó y perfumó. Después de deleitarse de nuevo con la imagen del espejo se preguntó qué hacer. Se dejó caer sobre la cama y hojeó algunas revistas que ya había leído. Vio un rato la televisión mientras no dejaba de pensar en que tenía que cambiar algo, que se estaba estancando. Su solución fue que se teñiría el pelo y buscaría algún deporte de riesgo para practicar. No había nadie en su cabeza para decirle que aquello solo la distraería un rato, en especial porque su réplica hubiera sido que ya encontraría otro entretenimiento.
Cogió el teléfono para contarle su cambio de look a alguien. Descartó a Miyako porque no quería escuchar sobre su familia feliz imaginaria y a Hikari porque solo le hablaría con condescendencia. Marcó el número de Sora y escuchó tres timbrazos.
—¿Sí?
—Hola. Voy a teñirme el pelo.
—Qué novedad —dijo su amiga por lo bajo, aunque la escuchó perfectamente—. Oye, Mimi, estoy muy ocupada...
—Y también voy a buscar un deporte para hacer —prosiguió, sin hacer caso de lo que Sora decía—. Alguno que sea de riesgo. ¿A que es genial?
—Sí, genial. Tengo que colgar, mi jefe viene. Ya hablamos luego o mañana.
Cuando el pitido le advirtió que la otra había colgado, Mimi estuvo segura de que ningún jefe se acercaba. Le dio igual, ya le había contado su idea a alguien y estaba satisfecha.
Pasó el resto de la semana pensando qué hacer y el mejor color para cambiar. Se decidió por un tono marrón oscuro, casi negro. Buscaba durante horas cosas en internet, más que nada porque se distraía de vez en cuando leyendo cotilleos sobre famosos o remedios milagrosos para la prevención de arrugas. Sus padres creían que estaba enfrascada en encontrarse a sí misma, aunque pensaban eso cada vez que la chica se concentraba en algo. Demasiadas decepciones deberían haberles enseñado a no hacerse ilusiones. Pero de alguien había heredado Mimi el poco sentido común.
Una tarde su teléfono sonó y vio que se trataba de Hikari. Le extrañó que ella le llamara así que contestó rápido.
—Dime.
—¡Mimi! Tienes que venir al hospital. —De fondo escuchó llantos que le parecieron de Miyako y pasos apresurados—. Ken ha tenido un accidente, ha estado metido en un incendio.
La chica balbuceó que ya iba. Buscó a su padre en el salón pero seguía trabajando así que cogió prestadas las llaves del coche pequeño de la familia y condujo hacia el hospital. Por el camino se preguntó varias veces de qué servía que estuvieran todos aburridos en la sala de espera para recibir malas noticias, pero se dijo que lo correcto era ir.
No quería reconocerse que tenía miedo de lo que pudiera pasar. No era de esas personas que aceptan cambios imprevistos. Solo le gustaban los que ella decidía. Aunque se reconocía que cuando alguien conseguía sorprenderla la cautivaba. No le preocupaba ser una incoherencia con patas, se decía que le daba más personalidad.
Y se concentró en pensar en esas cosas mientras aguardaba con sus amigos a que alguien diera noticias sobre el estado de Ken. Las blancas e impersonales paredes del hospital parecían querer tragársela y ella tenía miedo de lo que escondían tras sus inocentes puertas. La enfermedad y la muerte se respiraban en el ambiente, le hacían temblar.
Cuando el médico salió con gesto serio del lugar donde tenían a su amigo se sintió aliviada. Nunca se le dio bien esperar nada, ni a sí misma. Por eso solía perderse por el camino. A veces le daba la sensación de que nunca había llegado a reencontrarse.
~ · ~
Todo estaba negro. Lo único que veía era la más absoluta oscuridad, más profunda incluso que cuando se cierran los párpados, más negra que el alquitrán líquido.
De pronto, una luz comenzó a atisbarse a lo lejos y Ken se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos. Se mantenía estático en aquella extraña nada, buscando sentido a aquello y regocijándose al no encontrarlo, mientras la luminosidad se acercaba. Cuando la tuvo encima sintió como si se sumergiera de golpe en la salada y fría agua del mar.
Pudo apreciar que lo que veía era el reflejo de los rayos de sol en la superficie de las olas, mientras él se hundía más y más sin oponer resistencia. Los pulmones se vaciaban a cada instante pero él no tenía miedo. Se dejaba llevar por la marea al mismo tiempo que se daba cuenta de que sus manos eran pequeñas y su cuerpo el de un niño. Fue entonces cuando recordó que ya había estado allí.
Algo nadaba en su interior como no lo hacía él en esa realidad. Algo intentaba salir a la superficie de su corazón para mostrarle una verdad. Ya podía casi verla, como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua. Solo sabía que estaba a punto de descubrir algo, no podía describir la sensación pero era la más pura y poderosa que había tenido en su vida. Quiso abrir los brazos que mantenía inmóviles para recibir con cariño aquella revelación que buceaba con fiereza hasta él desde lo más profundo de su ser.
El helado abrazo de las aguas pareció apretarse en torno a Ken. Pero no fue lo suficiente, porque una mano ya se acercaba al niño para sacarlo a la superficie. Todavía era pronto, aún aguardaba a que aquella verdad aflorase, se negaba a irse sin descubrirla.
Así que en aquel recuerdo hizo algo que no llegó a pasar. Pataleó para hundirse aún más y que nadie pudiera alcanzarle.
La fría caricia líquida se sustituyó por una abrasadora y seca en cuanto se movió. Sus ojos tardaron unos instantes en comprender que ya no había reflejos de luz del sol que mirar, solo un refulgente fuego que le rodeaba para no dejarle escapar. La madera se quemaba rápidamente dejando un fuerte olor en su nariz, el humo entraba en su interior y llenaba sus entrañas para que la muerte se lo llevara consigo.
Pero, justo cuando casi podía ver la hoz que segaría el fino hilo del que pendía su vida, en el instante en que los fuertes brazos de un bombero iban a sacarle de allí, algo le alcanzó. Fue rápido, no duró más que un latido de corazón. Iluminó su interior como un flash y lo arrastró a las oscuras tinieblas tras el fogonazo. Lo llenó entero con su tacto sedoso y áspero al mismo tiempo, con su regusto amargo que intentaba hacerse pasar por dulce, con su fuerte olor a días que no volverían y otros en los que caminaría.
Allí estaba, esa revelación que tanto había ansiado. Ya no volvería a ser el mismo porque una verdad había aflorado de su interior.
Todo volvió a ser negro, pero no como antes. Esa vez notó luminosidad al otro lado de la carne de sus párpados. Pudo escuchar un extraño pitido que acompañaba a cada una de sus pulsaciones. Era capaz de sentir un incómodo colchón bajo su cuerpo.
Ken abrió los ojos y notó como si hubiera renacido. Todos los colores eran distintos, más apagados y al mismo tiempo más vivos. Todas las voces tenían timbres diferentes, como si fuera capaz de escucharlas desde un lugar más lejano y cercano a la vez. Todas las sonrisas de sus familiares y amigos habían cambiado, porque escondían dolores profundos y placeres reprimidos que él podía ver por primera vez.
Aceptó su cariño. Fingió devolverlo. Todos le decían lo contentos de estaban de que solo tuviera quemaduras superficiales y alguna costilla rota, él mentía diciendo que se alegraba de que fuera lo único que le había pasado. Porque algo mucho más profundo, grave y maravilloso había ocurrido. Aunque nadie pudiera percibirlo.
¿Nadie? No estaba tan seguro. Los ojos luminosos de Hikari no se apartaban de los suyos. Casi podía percibir en sus miradas cruzadas la batalla de luces y sombras, de blanco y negro, de orden y caos. Aquella chica demasiado pura parecía poder ver al verdadero Ken, ese que había surgido de entre las cenizas aquella fría noche.
Él le sonrió. Era un gesto malicioso, casi cruel, pero solo ella pudo darse cuenta. Y supo que algo había comenzado, que un reloj había marcado la cuenta atrás y que no podría escapar.
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En el próximo capítulo se entenderá bien ese recuerdo de Ken y lo que ha despertado en él tras su "renacer".
