Capítulo 2:
Una botella de agua apareció frente a mis narices, corrí mi cara, negándome a mi necesidad, no quería aceptar nada de él.
–Vamos, tómala –me la acercó hasta la boca nuevamente, pero esta vez lo fulmine con mi mirada.
–¿Eres ciego o idiota? –le mostré mis manos esposadas para enfatizar mi pregunta.
–¿Qué esperas? ¿Que sea tan iluso y te quite las esposas para así poder correr lejos, otra vez? –una de sus perfectas cejas estaba arqueada, volví a desviar mi vista, no quería seguir mirando su perfecto todo.
Con mi vista periférica vi que se puso en cuclillas frente a mí, entre sus manos la botella de agua.
–Sé que estás sedienta, no pierdes tu orgullo por aceptar un poco de agua –habló en tono conciliador y volvió a acercar la botella hasta mi rostro.
No pude evitarlo, estaba asquerosamente sedienta y él lo sabía, así que deje de lado mi terquedad y bebí de la botella que llevaba. La acercó despacio hasta mis labios y dejó caer lentamente el líquido en mi boca. Cuando por fin termine (y después de restar el porcentaje de nuestra bebida bastante), sentí una gota de agua que corría por mi mentón, no tenía modo de secármela, intenté hacerlo con mi hombro pero no lograba alcanzarla. El cobrizo frente a mí me vio y decidió pasar su pulgar por el mismo lugar que había pasado la gota, su roce suave en mi piel me hizo estremecer.
Sus ojos se quedaron prendados de los míos y sentí mi cuerpo temblar. No pasó nada de esas bobadas de que nos fuimos acercando y nos besamos apasionadamente, mi acidez hizo que él solito se diera cuenta de la horrorosa situación.
–¿Ahora piensas besarme? Podría denunciarte por acoso sexual y abuso del poder. Así que aléjate de mí idiota –sus ojos me miraron con aversión, pero no dijo nada.
Se alejó de mí y caminó hasta un árbol que estaba a un metro de dónde yo estaba sentada. Metió una de las manos en su bolsillo y sacó un teléfono de última generación, lo escuche maldecir, pero no me interesó el motivo. Decidí cambiar mi vista hasta algo que pudiera ayudarme a huir. Necesitaba sacarme las malditas esposas, pero no sabía cómo hacerlo.
Trate de recordar cómo lo hacían los tipejos en las películas de acción, que sacan un alfiler y mágicamente pueden abrirlas. Más allá de que no tenía un puto alfiler, tampoco tenía la puta idea de cómo se hacía. Excusas, eso también serviría para convencerlo de que me soltará, pero yo no era estúpida y sabía que él no era lo suficientemente idiota como para caer en mis mentiras...
Volvió a acercarse a mí, pero esta vez podía ver que se lo llevaban los demonios con semejante mal humor. Tiró algo a mis pies, y yo ladee mi cabeza, tratando de descifrar el aparato que tenía junto a mí.
–Bien hecho, has roto el único medio de comunicación que teníamos con la sociedad –finalmente me di cuenta que lo que tenía a mis pies era su teléfono y que estaba más que hecho triza. Sonreí, porque su pataleta era sumamente ridícula–. ¿Te parece divertido? Aunque creas que así podrás salirte con la tuya estás muy equivocada Swan.
Lo mire fijamente, una de mis altaneras cejas alzada desafiándolo, no le tenía miedo a este proyecto de policía, no temía que pudiera entregarme a la policía, sabía que ahora él era el que estaba en mis manos y no al revés.
–No sé por qué razón me culpas a mí de que tu teléfono esté roto, te recuerdo que fuiste tú el que se lanzó sobre mí como si estuviéramos en pleno partido de futbol americano.
–Vámonos –no me contestó.
Me tomó por el abrazo y me hizo avanzar a su paso malditamente rápido. No sabía qué mierda les pasaban a mis pies, pero no podía caminar sin tropezar constantemente.
–¿Podrías caminar un poco más lento?
No me contestó, de hecho caminó más rápido aun, cuando me caí sobre mis pies lo miré furibunda. Me tomó nuevamente por el brazo y sin decir nada siguió avanzando.
–¿Puedes esperar un momento? –dije con un gemido de dolor. Me solté de su agarre y él se detuvo para mirarme.
Me senté en el suelo húmedo del bosque para poder ver los daños, mi pie dolía horrores, me lo había torcido con mi última caída.
–Necesito que me sueltes, tengo que vendar mi pie.
–¿El viejo truco no? –largó una socarrona carcajada.
–Sí claro, el viejo truco. Si quieres comprobar que tengo el pie lastimado hazlo tú mismo, idiota…
Sin aviso previo tomó mi rostro sin delicadeza alguna y acerco el suyo a escasos centímetros de mí.
–Creo que ya es hora de que dejes de romper mis bolas con tu maldito apodo –por un momento me asusté por el tono de voz que había usado para hablarme, pero cuando caí en cuenta de sus palabras me reí en su cara.
–¿Te molesta que te llame idiota? Pero, si eso es lo que eres, amigo.
El cobrizo soltó mi rostro, estaba enojado, podía verlo en sus ojos. Sin embargo, se sentó frente a mí y tomó mi pie de una manera muy delicada. Ya comenzaba a hincharse y dolía como la mierda.
–Tenemos que vendarlo… –dijo pensativamente, claramente no era un comentario para mí.
–Creo que tenemos a un genio por aquí –dije sarcásticamente. Él me dedicó una de sus agradables miradas iracundas –nótese el sarcasmo–, y apretó mi tobillo con más fuerza de la necesaria.
Cerré mis ojos con fuerza ante el aguijonazo de dolor, pero no emití sonido alguno. Me dedico una dulce sonrisa.
–Cállate mejor, así te verás más linda – se sacó su campera del FBI y yo no pude evitar molestarlo.
–¿Crees que soy linda? Ya lo sé, de todas formas. Pero que un señor de la ley lo diga me eleva el ego, ¿sabes? –no me respondió nada, técnicamente me ignoró, pero vi un rubor en su mejillas y me carcajeé por eso–. No sabía que aún había personas que se sonrojaran, eres tierno. En plan mascota, claro...
Cerré mi boca cuando escuche el ruido de la tela rasgarse, y me di cuenta por un momento de lo que estaba haciendo realmente. La tela de su blanca camisa estaba desgarrada, había quitado la parte que va por dentro del pantalón, para acto seguido ceñirla alrededor de mi dolorido tobillo.
Nos quedamos unos momentos en silencio mientras él trabaja en mí, me quedé analizando sus rostro. Tenía unas cejas pobladas, de un color más oscuro que su cabello cobrizo, las pestañas podrían ser envidiadas por muchas mujeres, pero en este momento no me permitían ver sus ojos, ni su posición ayudaba, inclinado hacia mí. De todas formas, sabía que tenía unos ojos color verde agua, eran hermosos. Una nariz alargada y aplastada, era algo extraña, pero le daba un toque rudo a su rostro tan perfecto. Labios finos y una mandíbula cuadrada lo hacían ver sexy.
Más allá de su rostro no podía ver ni saber la contextura exacta de su cuerpo, el frío invierno impedía que lleváramos poca ropa sobre nosotros, igualmente, podía ver que era un hombre alto, y delgado.
Se puso de pie frente a mí, examinando mi estado. Supongo que pensó que yo no podía seguir avanzando, por su suspiro resignado.
–¿Podrías quitarme las esposas de una vez? Ya sabes que no podré escapar de ti con el pie lastimado, no sirve de nada que las lleve…
Dudo por unos momentos, sopesó todas y cada una de las posibilidades, hasta que volvió a ponerse a mi altura. De uno de sus bolsillos traseros sacó una pequeña llave y al fin soltó mis ahora doloridas muñecas. Me las acaricie para aliviar un poco el dolor.
Le dedique una mirada, ya que sentía la de él sobre mí. Me di cuenta de que se sentía culpable por las marcas que me había causado, intentó acercar una de sus manos hasta las mías, pero se detuvo antes de llegar siquiera.
–Lo lamento, no me di cuenta de que iban muy apretadas –no le respondí, sin embargo lo miré fijamente. Él me correspondió.
No esperé nada más, esta era la oportunidad perfecta, el cobrizo estaba a la altura perfecta. Incliné mi cuerpo hacia atrás y tomé el impulso necesario para levantar mi pie sano y estamparlo en su pecho con toda la fuerza de la que fui capaz.
Su cuerpo calló hacia atrás con un sonido sordo y no me detuve a ver nada más, corrí tratando de no apoyar mi pie lastimado en el suelo más de lo necesario, pude avanzar unos cuantos metros, pero desde el principio había sido una mala idea, escuche el ruido del seguro cuando se lo quitó a su arma y me quedé helada en mi lugar.
–Date la vuelta despacio –hice caso a lo que me dijo y lo miré con mi peor cara.
–No serías capaz de dispararle a una mujer –lo desafié.
–No me pongas a prueba.
Caminó hasta mí, y como vio que estaba resignada guardo su arma. Volvió a sacar las esposas de donde las había guardado y yo me aleje de él instintivamente.
–Por favor no… No vuelvas a ponerme eso –me miró atentamente, pero no me hizo caso. Enganchó una de ellas en mi ya dolorida muñeca, suspiré resignada, me lo había ganado, pero cuando pensé que iba a termina de encadenar mis manos, él se ató a mí con la otra parte de las esposas.
–Así no escaparás nuevamente.
Miré nuestras manos unidas y suspiré.
Él me sonreía con malicia.
–Hace frío –me quejé.
–Duérmete –me ordenó él. Aún no sabía su nombre.
Estábamos acostados en el frío suelo del bosque, no habíamos conseguido avanzar nada, claramente nos habíamos perdido. Estábamos en el medio de la nada, sin comida, sin fuego y sin saber cómo regresar.
–Deberías prender una fogata –me estaba congelando, estaba acostumbrada al frio de Forks, pero no a dormir a la intemperie y sin una fogata menos.
–¿Y así facilitarle el trabajo a tus amigos, los ladrones? No gracias. Duérmete –estaba seguro de que si prendía una fogata Sam y los otros nos encontrarían, cosa que era bastante probable. Pero sólo estaba pidiendo la maldita fogata porque me estaba congelando maldita sea.
–Pero una fogata…
–No –me interrumpió antes de poder terminar la oración siquiera.
–Mira, sé que no confías en mí, pero hace un frío de los mil demonios. Ya no siento los dedos de mis pies, ¿podrías hacerme el favor de acercarte, aunque sea a mí, y darnos calor mutuo? –lo mire fijamente tratando de convencerlo. Seguíamos unidos por las esposas, pero se las había ingeniado para estar todo lo lejos posible de mí– Moriremos congelados por tu culpa.
Finalmente (y luego de pensarlo mucho), el cobrizo acercó su cuerpo al mío, pero antes de quedar uno frente al otro de manera casi incómoda, hizo que me volteara, y así darle la espalda. No pasó mucho tiempo hasta que sentí su pecho contra mi espalda, sus piernas contra mi trasero y su mano que me sostenía por la cintura. Fue agradable el calor que emanó hacia mí, parecía casi una estufa.
–¡Era hora! –exclamé y rodé mis ojos aunque él no pudiera verlos.
–Un gracias también podría funcionar –gruño junto a mi oído.
–Creo que sería un gracias por ambas partes, porque estoy más que segura que no soy la única beneficiada aquí –y como acto reflejo moví mi trasero contra su cadera.
No me esperaba sentir su cuerpo correspondiendo a mi movimiento y menos de una manera tan rápida. Su miembro estaba endurecido y lo sentía contra una de mis nalgas. Me quedé quieta unos segundos tratando de analizar la situación, pero sin esperar más y sin analizar un carajo seguí refregándome contra el miembro del desconocido a mi espalda.
–¿Qué… qué es lo que estás haciendo? –su voz tembló, estaba claramente nervioso, algo que era ligeramente perturbador teniendo en cuenta su rostro siempre serio.
–Sólo estoy tratando de ponerme cómoda –no podía quitar la sonrisa de mi rostro. Era una situación muy particular y divertida. Lo escuché carraspear y tratar de alejar su miembro de mí. Pero yo lo seguí y volví a frotarme contra él.
–Deja de hacer lo que sea que estés haciendo –apoyó una de sus manos, la que tenía disponible, en mi cadera y ejerció fuerza suficiente como para que yo parara mis movimientos.
Lo hice por un momento, cuando su agarre se relajó y se hizo menos tenso volví a mecerme contra él.
–Niña, lo estás haciendo de nuevo –su voz sonaba forzada, incómoda y excitada. Yo me reí.
–¿A sí? No me había dado cuenta –un gruñido casi animal se escucho mi espalda y mi risa salió aún más fuerte.
–Basta ya.
–No quiero.
Puso su mano nuevamente en mi cadera para frenar mis movimientos.
Yo gemí.
Escuché su respiración atorada en su garganta. Todo este comportamiento me llamaba la atención y claramente me divertía, se comportaba como si fuera virgen…
Lo pensé en profundidad, ¿lo sería? Dejé de moverme, concentrada en mis pensamientos, para cuando volví a acordarme unos suaves ronquidos se hacían paso a mi espalda.
Maldije internamente.
No tenía sueño, no podía dormir. Toda la situación me tenía exaltada, no sabía cómo había llegado hasta este punto. En realidad si lo sabía, era ladrona. Lo había sido desde que tenía memoria, pero ahora era distinto, ahora todo era distinto. Estaba en una banda desde toda la vida, cuando mi padre había muerto me había dejado a cargo de Sam, él era el que me cuidaba, era como un hermano mayor.
Y ahora me encontraba aquí, esposada a un oficial del FBI. Había sido mi culpa, lo había estado rastreando, quería saber qué se traían entre manos, pero el cobrizo se había dado cuenta y aquí estábamos.
Recordé todo desde el principio, cuando decidimos nuestro último golpe.
El plan era muy simple, robar el último híbrido automotor que había salido a la venta, lo habían hecho expresamente para un multimillonario excéntrico obsesionado con los autos extraños, yo no tenía mucha idea sobre ellos, sólo me dedicaba a manejar los autos que robábamos. Teníamos una organización de elite que sustraía autos a personas que no los necesitaban.
Sam, era el que se encargaba de elegir el blanco, la víctima o al idiota al que le robaríamos. Emily, su mujer, hacía de cerebro en todo este circo, ella armaba el plan, nos daba fecha y hora. Jacob y yo nos encargábamos de ir hasta el lugar donde lo guardaban y de ahí llevarlo hasta nuestro terreno. Paul era el especializado en revenderlo por el triple del valor al que lo habían comprado originalmente. Y Jared era quién lo transportaba hasta el nuevo destino.
Todo era muy simple, no había espacio para los errores, nosotros no teníamos que tenerlos.
Pero yo la había cagado.
Cuando me enteré de que el FBI había reclutado a un grupo especial para atraparnos me puse feliz –lo sé algo retorcido–, necesitaba algo de adrenalina extra.
Quería saber qué se traían en manos.
No tuve que buscar mucho. El grupo, que se hacía llamar Halcón, encargado de encontrarnos y cazarnos se estaba llevando a cabo en Forks, mi pueblo natal.
Me decidí a seguirlos y tratar de enterarme de sus planes, sin que Sam ni los muchachos se enteraran, pero el cobrizo me descubrió y me siguió hasta aquí, por eso nos encontrábamos ahora en el bosque.
Estaba preocupada por si Sam se enteraba de mi grave error, se suponía que tenía que estar en Washington, era ahí donde teníamos nuestra base, el único lugar donde no podían rastrearnos, pero no. Yo, Isabella Swan, la había cagado a grados descomunales. Y si el oficial a mi lado llegaba a lograr llevarme hasta sus compañeros, tratarían de obligarme a hablar y así traicionar a mi equipo, a mi familia.
Jamás lo lograrían.
De todas formas, estaba al tanto que Emily sabía perfectamente dónde estaba, y sería cuestión de tiempo a que me encontraran. Llevaba un rastreador, entre mis ropas, era una cuestión de seguridad.
Rogaba que no hubiese sufrido ningún daño con la caída y los golpes que me había dado.
–Hay que ir por este lado –tironeé hacia la derecha.
–No –él y sus pocas palabras me tenían harta.
Nos habíamos despertado hacía casi media hora y habíamos comenzado con la caminata inmediatamente. Todavía me dolía el pie, pero no lo suficiente como para no poder correr.
–¿Sabes? Aún no me has dicho tu nombre… –comencé a decir mientras caminábamos en la dirección que el cobrizo quería.
Él no me contestó.
A estas alturas podía hacer una lista mental de las cosas que sabía de él:
No era un hombre de muchas palabras.
Se sonrojaba.
Era un idiota… y hasta ahí llegaba.
–Tenemos que ir por aquí –volví a estirar mi mano, haciendo que él parara su caminata.
–Ni siquiera estás segura por dónde ir, estas tan perdida como yo –su ceño estaba fruncido mientras me recriminaba.
–Así que admites estar perdido. Esto es genial… –suspire y miré el terreno a mi alrededor.
Sabía que estaba perdida, es que, decir que algo de aquel bosque me sonaba era pura mentira. Cada rama, cada árbol era putamente igual al anterior.
Volví a tironear para mi lado.
–Hay que ir por aquí –el cobrizo avanzó un paso hacia mí pero negó con su cabeza.
–No, no sabes a dónde ir.
–Hazme el favor de hacerme caso por una vez… –lo traté de llevar hacia el lado contrario al que él quería ir.
No me hizo caso y trató de avanzar hacia donde él creía que era lo correcto.
Seguimos así por unos minutos, pero de repente no sentí el suelo firme bajo mis pies, habíamos avanzado hasta unos árboles y el terreno había dejado de ser horizontal para pasar a ser en declive, por eso cuando la fuerza de mi cuerpo al caer hacia atrás lo atrajo hacia mí, me provocó un grito agudo por el susto y la impresión.
Caímos cuesta abajo, enrollándonos entre nosotros y golpeando unas piedras que iban quedando a nuestro paso. Íbamos rodando sobre nuestros propios cuerpos y a la vez entre nosotros mismos, la caída se hacía interminable. Lo vi rápidamente cuando se golpeó contra un árbol, tratando de protegerme a mí, para después seguir cayendo.
Aterrizamos, al fin en el suelo firme, y yo caí sobre su cuerpo fuerte y tonificado. Podía sentir su calor a través de la ropa.
Puse mis manos en su pecho para poder hacer fuerza y separarme de él, caí a su lado con un golpe seco. Ambos estábamos agitados, cansados y doloridos por la caída, ninguno dijo nada hasta después de un rato.
–Sabía que no tenía que hacerte caso –dijo entre gruñidos cuando se sentó.
–Para tu información, jamás me escuchaste, de lo contrario no habríamos terminado así.
Toqué mi cabeza tratando de calmar el dolor que me estaba haciendo cerrar los ojos. Estaba tratando de evaluar los daños, no sentía nada roto, más que mi espíritu. La caída me había dejado exhausta, y no quería levantarme del suelo.
–Edward… –tuve que abrir mis ojos para mirarlo, no entendía a qué venía eso. Después de unos segundos comprendí que me había dicho su nombre.
–¿Un nombre tan anticuado para un hombre igual de anticuado? –bromeé. Me senté aún con la mano en mi cabeza, me reí por mi pequeña broma, pero eso sólo me dio otra punzada a la cabeza.
–¿Te encuentras bien? –su voz sonaba preocupada, lo miré fijamente y pensé en seguir bromeando, pero parecía estar realmente interesado por mí salud.
–Creo que no me rompí nada. Quiero decir, me duele hasta el alma, pero creo que estoy bien –hice un gesto de dolor cuando me trate de recomponer– ¿Tú te encuentras bien? –era algo así como cortesía, no tenía tan mala pinta. Me refiero a que estaba tan golpeado como yo, pero no parecía estar al borde de la muerte.
Me sonrió cálidamente y asintió en mi dirección.
Nos pusimos de pie –yo, con la ayuda de Edward– y nos sacudimos las hojas secas de entre la ropa y el cabello.
–Creo que sería mejor que nos sacaras las esposas, ya no hay caso en que me tengas amarrada a ti. Claramente no trataré de huir de ti –me miró unos largos segundos, para luego suspirar.
Lo vi rebuscar entre sus ropas, supuse que la llave. Cuando me dedicó una mirada apenada me esperé lo peor.
–He perdido la llave… –lo miré sin poder creerlo. Con mi ceño fruncido, claramente frustrada, le hable.
–Por favor, sólo dime que es una mala broma –me acerqué hasta él y comencé a rebuscar entre sus bolsillos, muy cerca de su cara le hablé–. No puedo creer que seas lo suficientemente idiota como para haber perdido la puta llave –estábamos muy cerca y yo tenía mi mano en el bolsillo que estaba sobre su pierna derecha.
Podía sentir su calor, calor que llegó hasta lo más profundo de mi cuerpo. Un leve sonrojo empezó a tomar su cara y yo me alejé de él frustrada y enojada.
–Lo siento…
–No creo que un lo siento –imité pobremente su patética voz– nos vaya a sacar de esto. Primero, logras que nos perdamos dentro de un maldito bosque, en el cual hace un frío de mierda. Luego haces que nos caigamos por un barranco… –iba a refuta, pero levante mi mano y lo calle antes de que hablara, dejándolo con la boca abierta– Ah, ah, ah. Nada de eso. Y ahora has perdido la llave del demonio, ¿qué es lo próximo, hacer que nos mate un animal salvaje? –iba a seguir recriminándole, pero el murmullo de pasos a metros de nosotros sólo hizo que me olvidara de mi cometido.
Buenas noches, ¿cómo les va? Se preguntarán dónde están los adelantos, pues no los he puesto porque no se si así lo prefieren o les da lo mismo:)
Bueno, acá tenemos la historia un poco más extensa. Ya podemos conocer a Bella y a Edward. Como se darán cuenta, sus personalidades son algo distintas a lo que estamos acostumbradas.
Este Ed es serio, caballeroso, tímido. Es un buen hombre. A lo largo de la historia vamos a conocerlo mejor y estoy bastante segura que lo van a amar.
Y tenemos por otro lado a Bella, ella se crió con muchachos por lo tanto ser una dama no es su fuerte. Es el tipo de mujer que va hacia adelanto sin rodeos y toma lo que quiere cuando lo quiere. Sin embargo, es una mujer leal y apasionada.
Ya más adelante conocerán al completo la historia de Bella, así que no se preocupen si algo les quedó inconcluso aquí.
Espero realmente que les guste la historia y en especial el capítulo. Gracias a todos (por los rw, los favoritos, los follow, etc)
Espero que puedan dejarme un lindo mensajito y me comenten qué les parece la historia, si quieren que continúe.
Muchas gracias por la oportunidad que me dan, cualquier duda pueden hablarme por mensaje privado, o en rw. O pueden agregarme al facebook:
Andreas Cullen (Only love) aquí daré adelantos y fotos de la historia.
Gracias nuevamente, y por favor no se olviden de un rw :)
Only Love
