El anillo

Por maryluz

Capitulo II. Ritmo de Vida en Nueva York

El tren avanzaba de forma lenta y pausada. El continúo movimiento aunado a la levantada temprano de ese día habían hecho que Candy cayera profundamente dormida.

Candy y Albert compartían uno de los vagones del tren, al notar él que Candy comenzaba a cabecear, se sentó a su lado y ella se recargó sobre su hombro quedando dormida a los pocos minutos.

Albert tomó su saco y la cubrió con él. Seguía protegiéndola como siempre lo había hecho. Pero sabía que algo había cambiado, hace años que algo había cambiado, pero aun no se atrevía a revelarlo.

- ¡Candy! – Murmuró – mi pequeña.

Albert cerró sus ojos y comenzó a recordar. Hacía muchos años que ambos se conocían. Podría decirse que conocían todo uno acerca del otro, no había nada que ocultar, excepto, sus propios sentimientos hacía ella. Albert sabía cuanto Candy seguía sufriendo por ese amor que consideraba ahora imposible. Sabía lo mucho que Candy sufría porque él pasaba por algo semejante.

- Aun no sé ¿a qué horas me fui enamorando de ella? – se decía a si mismo abriendo los ojos y viéndola de reojo- ¿Cuándo paso a ser la niña de mis ojos, la mujer por quien soy capaz de dejar mis responsabilidades y buscar otras en una ciudad en la que no debería estar?

- Te... Terry – se escuchó la voz de Candy murmurar. Albert escucho el nombre que Candy mencionaba, cerró los ojos apretándolos fuertemente tratando de evitar el dolor al escuchar ese nombre en sus labios- Ni... N.. No... Albert – Albert entonces abrió los ojos al escuchar su nombre y pudo observar como una lágrima resbalaba por su mejilla.

- ¿Qué estará soñando? – Pensó Albert al tiempo en que limpió la lágrima que había resbalado por la mejilla de Candy- Tranquila Candy, yo estoy contigo, siempre estaré contigo – dijo al tiempo en que con la mano acariciaba su cabello.

- ¡Albert! – Comenzó Candy a abrir los ojos – ¿Dónde estamos?

- Aún falta para que lleguemos Candy, ¿Has dormido bien? – preguntó Albert, sabiendo que Candy había soñado con Terry y había llorado en sueños después de mencionar su nombre. Candy se quedo en silencio por unos instantes, observando los ojos de Albert.

- He tenido un sueño horrible Albert – dijo Candy

- Solo era un sueño pequeña, ¿Quieres contármelo?

- Creo que mejor no, temo tanto que se haga realidad – dijo Candy, al tiempo en que observaba sobre su mano aquel regalo que Albert le diera en su cumpleaños. Albert siguió la línea de su mirada y sonrió al ver que Candy cargaba con su regalo.

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Apenas pasaban por Pittsburg, el punto medio entre Chicago y Nueva York, aun faltaba día y medio para llegar. Candy y Albert platicaban alegremente, compartían muchas cosas. Algunas veces Candy caía en un silencio que Albert sabía interpretar muy bien, era cuando su pensamiento volaba a días pasados.

- ¿Hace cuánto pase por este mismo lugar? – pensó Candy viendo por la ventana.

- Candy – interrumpió Albert sus pensamientos – No quiero que estés triste – dijo al ver su mirada – sé que regresar aquí te causa un terrible sufrimiento y no trates de ocultármelo porque te conozco muy bien.

- ¡No Albert!, yo no... – trato de defenderse, intentando sonreír.

- Por favor Candy – Albert tomo su mano – no me mientas – Candy observaba esa mano grande y delgada que sostenía gentilmente la suya. Volteo a ver los azules ojos que la observaban y entonces sonrió- recuerda que hace tiempo prometimos compartir todo, alegrías y tristezas – dijo aun sosteniendo su mano – Candy entonces apretó la mano que gentilmente sostenía la suya.

- Te prometo que no te mentiré Albert, nunca más ocultare lo que siento.

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Llegaron a la estación de Nueva York la tarde del domingo. Mucha gente llegaba al mismo tiempo por lo que la estación estaba llena de gente.

Candy volteaba para todas partes buscando a George, que sabía los iría a esperar. Por sus recuerdos paso aquella escena de nuevo, aquella en la que buscaba entre la gente la cara de Terry. Cuando más metida estaba en ese recuerdo, sintió una mano en su hombro que la hizo estremecerse.

- ¡Señorita Candy!

- ¡George! Que alegría verle, me asusto. – dijo Candy suspirando de alivio. Por un momento creyó que no estaba soñando y en cualquier momento el pasado volvería.

- Siento haberla asustado señorita Candy, el señor William me envió a ayudarle con las maletas – dijo George de forma solemne.

- ¿Albert ya lo había encontrado?, no me di cuenta de ello – dijo Candy – creo que estaba muy distraída.

- Me parece que sí, ya que le estuve hablando pero usted no me escuchó y el señor William me envió a buscarle y a ayudarle con las maletas. Sígame por aquí señorita Candy, el chofer nos está esperando – dijo George tomando las maletas de Candy y guiándola hasta la salida de la estación donde Albert ya los esperaba.

Al llegar, George les presento a Harrison, la persona que había contratado para que los llevara a donde necesitaran en los tres meses en los que estarían en esa ciudad. Candy y Albert subieron al asiento de pasajeros y George subió al asiento delantero con el chofer.

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El chofer los condujo hasta un lujoso barrio de Manhattan, Albert le había pedido a George un departamento cerca del Hospital San Jacques, con todas las comodidades necesarias para que dos personas pudieran vivir allí.

El auto se detuvo frente a un edificio de cuatro pisos, el cual contaba con iluminación exterior, tenía una pequeña recepción por la que pasaban todos los inquilinos, los cuales eran conocidos por el administrador.

El departamento estaba en el segundo piso del edificio, contaba con dos amplias recamaras, cada una con su propio baño. La sala, el comedor y la cocina. La ventana de cada cuarto tenía una pequeña terraza que daba a la parte trasera del edificio, la que tenía una hermosa vista a un parque cercano. Y la sala también contaba con una amplia ventana, cuya vista daba al frente de la calle donde se encontraba el edificio.

Candy estaba maravillada, escogió el cuarto de la izquierda y Albert el de la derecha. George llevó sus maletas hasta su cuarto mientras el chofer traía el resto de las maletas del auto.

George partiría esa misma noche rumbo a Chicago, ya le había dejado todo agendado a Albert. Serían tres meses de arduo trabajo. Solo tenía unos días libres de la siguiente semana, los suficientes para irse aclimatando. El siguiente día ya tenía su primera reunión con dueños de la banca.

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Era tarde cuando George se marcho, Harrison lo llevaría directo a la estación del tren para que abordara el último rumbo a Chicago. Apenas había terminado en Nueva York y Albert ya le tenía más trabajo pendiente en Chicago, sin embargo George lo hacía con gusto, siempre había estado al lado del padre de Albert y ahora lo estaba al lado de su hijo, para Albert era su brazo derecho y para George algo más que un amigo, era como su hijo.

- Ah, estoy cansada – dijo Candy al tiempo en que salía de su habitación – ya he acomodado toda mi ropa y muero de hambre – dijo Candy tocando su estómago.

- Temo decirte que no hay nada de comer Candy – dijo Albert mientras permanecía sentado en la sala revisando algunos papeles que George le había entregado.

- ¿Cómo? – dijo Candy desilusionada – tendré que ponerme a dieta – dijo con cara triste. Ante lo que Albert rió.

- Claro que no Candy, salgamos a buscar algo que comer, yo también tengo hambre.

Salieron a caminar para buscar donde cenar. Llegaron hasta un pequeño restaurante y se sentaron en una de las mesas. Candy comenzó a sentirse algo extraña una vez que se sentaron, sentía como si alguien la observara. Comenzó a voltear para todas partes, pero no logro ver si alguien realmente la veía.

- ¿Qué sucede Candy? – Preguntó Albert al percatarse que Candy no veía el menú y era ella la que decía tener hambre – ¿Hay algo que te moleste?

- Siento como si alguien me observara – Albert comenzó a ver hacía los lados, hacía el frente, pero no parecía que ninguno de los clientes vieran hacía donde ellos estaban.

- No parece que nadie nos esté viendo Candy, debe ser tu imaginación.

- Si, quizás tengas razón, estoy paranoica – sonrió.

- Es extraño – pensó Albert – también tengo la sensación de ser observado, pero no quiero perturbarla – ¿Qué te regalo Annie? – preguntó para cambiar de tema y tratar de olvidar, él también, la paranoia que parecía contagiarse.

- ¡Ah!, el regalo de Annie es un magnifico vestido de fiesta – dijo sonriendo – aun que no se donde lo podré usar – dijo poniendo su cara entre una de sus manos. Albert sonrió ante su gesto.

- Ya habrá ocasión Candy.

Terminaron de cenar y siguieron caminando hasta llegar a una pequeña tienda donde compraron algo para el desayuno del siguiente día, después regresaron a su departamento.

La sensación de que alguien la miraba siguió todo el camino hasta el departamento. Pero estar con Albert le daba seguridad. Candy tomo a Albert por el brazo y este la guío hasta el departamento así.

Mientras Candy y Albert entraban al edificio del departamento, una persona los observaba unos pasos más atrás. Esperó hasta que entraran y vio desde la calle que departamento encendía las luces y después se marcho.

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Un delicioso aroma a café hizo que Candy comenzara a abrir los ojos. El sol de la mañana comenzaba a colarse por su ventana. Debía levantarse para ir al Hospital San Jaques a presentar los papeles para el Diplomado.

Albert ya se había levantado y en mangas de camisa preparaba el desayuno para ambos.

Candy se levantó, y aun en bata, asomo la cabeza desde su cuarto para saludar a Albert.

- ¡Buen día Albert! – dijo Candy sonriente.

- ¡Buen día Candy!, el desayuno ya esta listo – Albert levantó la vista y observó que Candy aun estaba en bata y sin poder evitarlo, su mirada le recorrió. Sus rizos sueltos y en desorden, su cara ligeramente enrojecida por el sueño. El sol que se colaba por la ventana había echo que su bata reflejara su figura. Albert se sonrojo un poco. ¿Desde cuándo verla con esa ropa le perturbaba? Candy se percato que Albert no dejaba de mirarla y se sonrojo a su vez y entrando de nuevo dijo.

- No Tardo, me voy a cambiar – Pero que tonta Candy, ¿por qué te sonrojas al verlo? – se preguntaba a si misma.

Candy salió al poco tiempo usando un vestido sin manga, ya que hacía calor. Su cabello lo recogió con una cinta a juego. Ambos se sentaron a Desayunar y se contaron sus planes para él día.

- ¿Podremos comer juntos Albert? – preguntó Candy mientras desayunaban.

- No lo sé pequeña, tengo una reunión con Lancaster Bank y no se a qué hora me desocupe, así que lo mejor será que no me esperes – Albert observó que la cara de Candy mostraba desilusión, por eso se dio prisa en agregar - Mañana tengo el día libre, podremos salir mañana ¿Te parece?.

¡Si Albert! – dijo Candy cambiando su cara. Albert sonrió por dicho cambio.

Albert y ella abordaron el auto después de desayunar. El chofer ya les esperaba. George ya le había indicado la hora a la que tenía que llegar y el lugar en donde debería dejar a Candy. El Hospital San Jaques estaba muy cerca del departamento. La reunión de Albert ya había sido programada y el chofer ya tenía las instrucciones del lugar a donde debía llevarlo.

- ¡Mucha suerte Albert! – se despidió Candy al ir bajando del auto.

- Suerte para ti también – Albert se acercó a Candy para darle un beso en la frente, al tiempo en que Candy se sonrojo. Bajó del auto y se despidió con la mano entrando al hospital.

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Candy llegó al Hospital San Jaques y la hicieron pasar a una enorme sala de conferencias, donde conoció al resto de sus compañeras de curso. El curso comenzaría hasta el próximo Lunes, más los días siguientes deberían presentarse en las unidades de psiquiatría y conocerían a los médicos que impartirían el mismo, también podrían ver el comportamiento de algunos pacientes antes de comenzar.

Desde ese día deberían llevar sus uniformes.

Candy hizo amistad con Lisbeth, una chica de Pensilvania que iba a estudiar también el diplomado. Desde que se conocieron se cayeron muy bien. Fueron a comer juntas y ambas contaron como eran sus respectivas ciudades y hablaron de sus funciones en sus trabajos.

Al salir del hospital Candy vio el auto de Albert y a Harrison esperando afuera.

- Señora, el señor William me pidió que la esperara y la llevara al departamento en cuanto saliera.

- Oh, Harrison, por favor no me diga señora, dígame Candy – sonrió ella y Harrison correspondió de igual forma – ¿Dónde está Albert?

- El señor William me dijo que se tardaría en su reunión y que cuando saliera tomaría un coche de alquiler para llegar al departamento- contestó.

- Bueno, será mejor que nos vayamos, quizá Albert ya llegó.

Harrison le abrió la puerta para qué subiera, pero poco antes de abordar el auto Candy volteo de forma brusca. De nuevo sintió que alguien la observaba. Harrison se intrigó al ver que Candy no subía al auto. Candy recorría con la mirada la parte frente al hospital y sus alrededores, pero no se veía nadie. Sus compañeras ya se habían marchado.

- ¿Sucede algo Se.. he Candy? – preguntó Harrison.

- No, nada, podemos irnos – dijo Candy al tiempo en que subió al auto y Harrison se dispuso a llevarla al departamento.

Candy observaba por la ventana mientras se alejaba del hospital. ¿Por qué sentía que alguien le observaba desde que habían llegado a Nueva York?

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Candy llegó al departamento esperando encontrar a Albert, pero se desilusiono al verlo vacío. Poco después pudo escuchar como la puerta principal se abría y corrió hasta ella. Albert iba entrando y Candy pudo observarlo, se veía cansado, pero cuando él giro su rostro, sus facciones se suavizaron al verla allí parada frente a él.

- ¡Hola Candy! – dijo Albert

- ¡Hola Albert!, ¿Qué tal tu día? – se acercó a él para ayudarle a quitarse el saco.

- Terriblemente pesado, espero que los demás no sean igual a este. ¿Qué tal te fue a ti?

Candy y Albert se pusieron a preparar la cena con los pocos víveres que habían comprado la noche anterior. Mientras platicaban de lo que les había pasado durante el día.

- ¡Albert! – dijo Candy deteniéndose al hablar, no sabía si debía decirle o no lo que había sentido al subir al auto esa tarde.

- ¿Qué sucede Candy? – preguntó al ver que Candy no continuaba con lo que iba a decirle. Albert, entonces se paro frente a ella y tomó ambas manos entre las suyas – sabes que puedes confiar en mi Candy, ¿qué sucede? – estas palabras hicieron que Candy se sintiera tranquila.

- De nuevo tuve esa sensación de ser observada – Albert se preocupó por eso. La noche anterior ambos habían sentido lo mismo, solo que él no se lo dijo para no preocuparla. Pero el que Candy sintiera de nuevo que alguien la observaba le inquietaba – al ir saliendo del hospital. Pero no había nadie a la vista, no vi a ninguna persona.

- Todos los días Harrison te recogerá al salir del hospital Candy, no quiero que te vaya a pasar nada.

- Pero Albert...

- Me sentiré mejor si aceptas, Candy – Candy sonrió ante su insistencia y acepto.

- ¿Iremos mañana a pasear? – pregunto Albert cambiando de tema.

- ¡Oh, lo había olvidado!, tengo que presentarme a partir de mañana en el hospital. Los cursos empiezan hasta el lunes, pero recorreremos la sala de psiquiatría y conoceremos a algunos pacientes – dijo Candy

- Bueno, entonces pasare por ti cuando salgas de tu curso he iremos a dar una vuelta por Nueva York.

- ¡Sí! – dijo ella Feliz

Por la mañana Albert se había levantado de nuevo primero que Candy y preparó el desayuno. Candy aun no despertaba y él se acerco para tocar en su puerta.

- Despierta dormilona o llegarás tarde – dijo Albert detrás de la puerta de Candy. Candy abrió los ojos al escuchar que alguien tocaba a su puerta – Vamos Candy, se te hará tarde para llegar al hospital- volvió a tocar Albert - Ya voy – se levantó apresurada, dándose cuenta que ya era tarde.

Esta vez Candy llevaba un vestido claro con lazos a su espalda, y en una pequeña maleta llevaba su uniforme de enfermera. Cuando Candy salió del cuarto, Albert ya le había servido el desayuno.

- ¡Mmm, que rico huele! – Dijo Candy a Albert sentándose a la mesa – Albert, no deberías levantarte tan temprano para atenderme.

- Lo hago con gusto Candy, no sé si podría sobrevivir a tus guisos – dijo de forma burlona y tratando de reprimir la risa.

- ¡Albert! – dijo molesta.

- No te enojes Candy, solo era una broma.

- ¿Me pregunto si algún día seré una buena ama de casa? – Albert solo la observo detenidamente mientras Candy seguía desayunando.

- Estoy seguro de que si Candy – dijo en voz baja, tan baja que Candy no lo escucho.

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Albert dejó a Candy en el Hospital San Jaques y le prometió pasar por ella a la salida del diplomado.

Cerca de la hora del termino del curso, Albert regresó por Candy, solo que ella aun no había salido. Entonces se bajó del auto y decidió espera.

Candy caminaba por el pasillo del hospital en compañía de Lisbeth, ambas estaban tan absortas en la conversación que ninguna de las dos vio acercarse a un hombre alto y rubio.

- ¡Hola Candy! – dijo Albert al estar casi a un paso de ella. Candy se asusto.

- ¡Albert! , que susto me diste- Lisbeth se quedó observando a aquel apuesto hombre que tenía enfrente – Oh que distraída, Albert te presento a mi amiga Lisbeth, Lisbeth él es Albert.

- Encantado en conocerla – saludo Albert dando un beso en la mano a Lisbeth, esta se sonrojo por la caballerosidad de Albert.

- El gusto es mío – dijo Lisbeth.

- Vamos de paseo, ¿gusta acompañarnos? – preguntó Albert a Lisbeth.

- Si Lisbeth, acompáñanos – comentó Candy.

- Gracias, en verdad se los agradezco, pero prefiero ir a la pensión, quiero hablarle a mi esposo. Ojalá yo hubiera podido traerlo con migo – comentó Lisbeth sonriendo.

Candy sintió un escalofrío que le recorría la espalda y volteo hacía donde sentía que alguien la observaba. Esta vez tanto ella como Albert vieron a un hombre parado bajo un árbol con una gabardina negra. La sensación era diferente, el día anterior solo había sentido que alguien la observaba, esta vez había sentido un escalofrío.

Albert tomó a Candy y la dejó junto a Lisbeth y dio un paso hacía el frente. El hombre retrocedió para tratar de ocultarse tras el árbol. Lisbeth no sabía lo que pasaba.

- Esperen aquí – dijo Albert al tiempo en que caminaba hasta donde estaba el hombre.

Albert iba con paso decidido, pero poco antes de llegar hasta aquel árbol, una chica paso corriendo a un costado suyo. Y al llegar al árbol se colgó del cuello de aquel hombre y ambos se fueron. Albert se sintió aliviado. Candy soltó el aire que había contenido hasta entonces. Al tiempo en que él hombre había desaparecido la sensación de ser observados también desapareció.

Lisbeth se despidió para irse a la pensión aun sin saber que había ocurrido y tanto Albert como Candy subieron al auto. Seguían sin entender porque ambos sentían esa sensación de ser observados, Lisbeth no se percató de ello.

Albert conducía el auto, hacia calor y sentir la brisa del puerto en sus respectivas caras les hacia sentir bien. Se habían olvidado del incidente y comenzaron a disfrutar de la tarde.

- ¿A dónde vamos Albert? – comentó Candy al ver que iban pasando a orillas del mar.

- Es una sorpresa Candy, confía en mi - Candy sé sintió feliz.

Al poco tiempo Albert detuvo el auto en el puerto de Nueva York.

- ¡Oh que hermosa Albert! ¡Es la estatua de la libertad!, siempre quise conocerla – dijo Candy emocionada, señalando hacía la enorme estatua que se veía a lo lejos.

- Vamos Candy, desde aquí no se ve bien – dijo Albert al tiempo en que la tomaba de la mano para conducirla hasta el muelle.

Ambos caminaron hasta donde estaban atadas las lanchas. Albert se detuvo frente a una de ellas y saltó a la cubierta.

- Ven Candy – dijo Albert ayudando a Candy a subir a la barca tomándola por la cintura, y ayudándole a llegar a salvo a la cubierta- ¡Mercury! – gritó Albert asomándose al camarote. Al poco tiempo salió un hombre joven con un trapo cubierto de grasa en su hombro y una gorra de marinero – Ya llegamos.

- Muy bien señor William, los estaba esperando. Señora – dijo levantando su gorra en señal de saludo a Candy. Candy sonrió en respuesta – Por favor tomen asiento y disfruten del paisaje.

- Albert, ¿A dónde vamos? – preguntó Candy de nuevo.

- Ya te dije que es una sorpresa pequeña – dijo tocando su nariz y conduciéndola a la parte trasera de la lancha.

Apenas habían dado unos pasos hasta la parte posterior de la lancha cuando Mercury ya había puesto a andar los motores, lo cual hizo que Candy perdiera el equilibrio.

Albert caminaba detrás de Candy y para evitar que esta cayera la tomó por la cintura jalándola hacía el lado contrario de su caída. Ambos cayeron sobre los cojines que cubrían los asientos de la parte trasera de la lancha.

- Lo siento señor William – dijo Mercury sin voltear a verlos – siempre que arranca, hace un movimiento brusco.

La posición en la que habían quedado era muy comprometida. Candy daba gracias porque el tal Mercury no hubiese volteado. Candy había caído sobre Albert quien la sostenía fuertemente por la cintura en un abrazó que la obligaba a estar casi sentada sobre él. Ambos se acomodaron ruborizados por semejante caída.

- ¿Estás bien Candy? – preguntó Albert ya ocupando su lugar y aun sonrojado.

- S, si – dijo Candy sonrojada y nerviosa.

Ambos se sentaron mientras Mercury conducía la lancha rumbo a la estatua de la libertad.

- Bueno ahora prepárense para ver nuestro símbolo de Democracia y Libertad, decía Mercury mientras se aproximaba a la estatua.

Ya habían llegado muy cerca de la base de la estatua. Candy se levanto para observarla mejor. La vista era impresionante, ante ellos se erguía una estatua enorme, símbolo de la libertad y la democracia de los estados unidos.

Mercury entonces detuvo la lancha y comenzó a navegar solo con la velocidad con la que iban.

- Bueno señores, he aquí a nuestra dama, esta señora tiene una altura de 46 metros, pesa 10 toneladas y para llegar a ella habrá que subir 324 escalones, claro, si desea llegara a la corona. Fue un regalo de amistad internacional del pueblo Francés. Llegó aquí en 1885, pero fue terminada de ensamblar hasta 1886 – contó Mercury

- ¡Es impresionante! – Dijo Candy sin dejar de observar la estatua – ¿Podemos subir Albert? – preguntó Candy.

- Quizá otro día Candy, solo está abierto al público hasta las 5 de la tarde – dijo Albert. Candy volteo a verlo – Te prometo que otro día venderemos más temprano y llegaremos hasta la corona – Candy sonrió ante el comentario.

La lancha encendió los motores de nuevo y comenzaron el viaje de regreso. Candy volvió a tomar su lugar junto a Albert. La brisa marina salpicaba sus mejillas y el viento hacía que se sintiera algo de fresco. En un gesto inconsciente, Candy se abrazó a si misma, lo que hizo que Albert se percatara de ello.

- Tienes frío Candy, toma mi saco – dijo Albert, al tiempo en que se lo quitaba y lo colocaba sobre Candy.

- Pero y ¿tú Albert?, no permitiré que te enfermes – dijo decidida – compartámosla – Albert entonces abrazó a Candy y coloco el saco para que ambos quedaran cubiertos con ella.

- ¿Por qué siento que mi corazón late tan aprisa? – se preguntó Candy al tiempo en que cerraba los ojos y disfrutaba de la cercanía de Albert.

Ya era tarde cuando el auto conducido por Albert se detuvo frente al departamento de Manhattan. Candy se había quedado dormida y Albert la tomó en sus brazos para llevarla hasta su cuarto.

Al ir entrando en la recepción el administrador se asombró al verlos llegar, pero después de la impresión sonrió.

- Su esposa se quedó dormida señor Andrew – dijo el administrador y ante estas palabras Albert se detuvo en seco - así solía ser la mía. Casi siempre regresaba dormida cuando salíamos de paseo.

- ¿Mi esposa? – se repitió Albert – ¡si tan solo fuera cierto! – cerró los ojos imaginando que realmente Candy era su Esposa para después abrirlos y dirigirse al administrador – Si, Candy se quedo dormida hace un rato- dijo sin sacar de su error al hombre.

- Le abriré la puerta de su departamento para que no la despierte, permítame tomo mis llaves.

- Muchas gracias señor Marcel.

El señor Marcel abrió la puerta del departamento y se despido. Albert llevó a Candy hasta su habitación y la deposito gentilmente en su cama.

- ¡Mi esposa! – Pensaba Albert, al tiempo en que con una mano quitaba un mechón de cabellos que habían caído sobre su frente- Me pregunto si algún día ese titulo... – comenzó a decir Albert cuando Candy se movió.

- ¡Albert! – dijo Candy abriendo los ojos.

- ¡Hola pequeña!, bienvenida del mundo de los sueños – dijo dibujando una sonrisa.

- ¡Oh, me quede dormida! – se levantó de golpe, haciendo que Albert retrocediera de forma repentina- ¡lo siento Albert!, ¡lo siento mucho!

- Estabas cansada Candy, no te preocupes por eso. Será mejor que descansemos, mañana hay que trabajar – Albert se disponía a salir de la habitación de Candy, cuando esta lo detuvo.

- Gracias por este maravilloso paseo Albert.

- No Candy, gracias a ti por hacer mis días felices – Candy se ruborizó ante el comentario. Albert salió de su habitación.

- ¿Por qué?, ¿por qué me siento de esta forma cuando el me mira así? – se preguntó Candy dejándose caer sobre la cama.

Albert había entrado en su habitación y observaba por la ventana con las luces apagadas.

- Quizá el haber venido acompañando a Candy no haya sido una buena decisión. Ya no es aquella niñita pecosa que me había cautivado con su sonrisa, ahora es una hermosa mujer que ocupa mi corazón. ¿Me pregunto si algún día podrá ella corresponder a mis sentimientos?. Pero temo tanto que si algún día se lo confieso, ella acepte por gratitud hacía mi y no por amor y de no aceptarme, la perdería para siempre. Además, aun esta Terry... – y con estos pensamientos Albert se quedo dormido.

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Casi tres semanas en Nueva York y la primera y única vez en que habían salido juntos había sido la vista a la estatua de la libertad. Las cosas con Albert no eran como Candy las esperaba, Albert salía con ella todas las mañanas, pero ella llegaba al departamento y pasaban horas hasta que Albert aparecía. Aveces cenaban juntos, aveces Albert llegaba tan tarde que Candy no lo veía hasta la mañana siguiente. Por lo menos cuando estaban ambos en Chicago cuando ella llegaba a la mansión Albert estaba en la biblioteca con George o con Archie, ahora no sabía donde localizarlo, podían tener teléfono, pero Albert no tenía una oficina fija y se la pasaba de junta en junta con los dueños de la banca. Aveces Candy lo esperaba despierta hasta que él llegaba, hasta que Albert le pidió que no lo hiciera, ya que las consecuencias de esos desvelos comenzaban a hacerse notorias. Dormía en la mesa durante el desayuno, o se quedaba dormida en el trayecto al hospital, y en aquellas raras ocasiones en que él había pasado a recogerla, Lisbeth le contaba que Candy se había quedado dormida en clase. Sin embargo, Candy seguía despierta hasta escucharlo llegar y procuraba estar más despierta durante el día, para ocultarle a Albert que se mantenía en vela hasta saber que él había llegado con bien.

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Un jueves por la noche Albert llego no tan tarde, Candy casi había llegado al departamento y escuchó como la llave daba vuelta a la cerradura de la puerta y corrió para recibirlo.

Al contrario de otras veces la cara de Albert no cambio al ver a Candy, solo esbozó una ligera sonrisa, pero aun así su cara denotaba fastidio y cansancio. Sin pronunciar ninguna palabra se dejo caer pesadamente sobre el mueble más próximo y sacó de la bolsa de su chaqueta un par de boletos y los dejo caer sobre la mesa. Se recargó en el sofá y cerró los ojos.

- ¿Albert te encuentras bien? – Dijo por fin Candy poniéndose detrás de él y comenzando a masajear sus hombros – te vez muy cansado.

- Me siento muy cansado Candy, solo quisiera tomar un baño y dormir – dijo Albert tomando una de las manos de Candy. Candy se detuvo al sentir el contacto tibio de las manos de Albert sobre las suyas.

- Te prepararé el baño – dijo al tiempo en que retiraba las manos del cuello de él y salía rumbo a la habitación de Albert de forma apresurada.

- Gracias Candy – solo dijo Albert.

- ¿Qué te pasa Candy?, fue solo un gesto – se decía a sí misma, al salir precipitada hacía la habitación de Albert sintiendo que su corazón latía de forma apresurada – ¿Por qué te sobresaltas ante su contacto?.

A los pocos minutos Candy salió después de haber preparado la tina para Albert. Y al acercarse al sillón para avisarle, este se encontraba profundamente dormido.

- ¡Hay Albert! – dijo Candy al tiempo en que tomaba su saco del brazo del sillón y se sentaba a su lado en los brazos del mismo, contemplando su perfil a la luz de la tenue lampara de la sala - creo que trabajas más aquí en Nueva York que en Chicago, Albert te veo menos.- dijo tristemente- te vez tan cansado – dijo al tiempo que retiraba los mechones rubios que caían sobre su frente – Albert como me gustaría pasar más tiempo contigo – continuó al tiempo en que se levantaba del brazo del sillón. Pero sintió como algo la sujetaba de forma firme evitando que se levantara.

- Lo siento mucho Candy – dijo Albert desde su lugar. Candy se sorprendió al pensar que él dormía. Sentía como un calor comenzaba a subir hasta sus mejillas haciéndolas ponerse rojas – también me gustaría pasar más tiempo contigo.

- Albert no... – dijo Candy de forma nerviosa– yo no quise...

- Candy, este sábado tendré una cena de negocios, bueno realmente debería ser un baile a beneficio de la cruz roja, pero se reunirán todos los dueños de la banca y... – dijo Albert interrumpiéndose y mirando a Candy a los ojos – me gustaría que me acompañaras, se que es un poco apresurado pero...

- Me encantaría – dijo Candy poniendo un dedo sobre los labios de Albert para evitar que siguiera hablando. Albert se sorprendió ante el gesto y Candy también ante su propia reacción retirando el dedo de sus labios de forma apresurada.

- Es, es un baile para la alta sociedad Neoyorquina, como los que tanto odiamos, si no fuera por que irán todos los dueños de la banca... – terminó Albert componiendo el nerviosismo con el que había comenzado.

- No importa Albert, si es importante para ti, estaré lista – dijo Candy sonriendo y Albert correspondió a su franca sonrisa – tu baño esta listo, prepararé algo para la cena mientras tu te refrescas un poco.

- Gracias Candy – dijo Albert levantándose y dirigiéndose hacia su habitación.

Albert entro en su habitación y comenzó a desvestirse para entrar en la tina, mientras Candy preparaba la cena en la cocina. Era una especie de rutina, Albert preparaba el desayuno y Candy la cena.

Los rubios cabellos de Albert caían en mechones húmedos mientras él descansaba, siempre que su pensamiento se libraba de las presiones que generaba el trabajo, volaban hasta esa chica pecosa que le acompañaba desde hace algunos años. Desde que Marcel el administrador había creído que Candy era su esposa, había estado dando vueltas en su cabeza él que la gente pensara lo mismo. El mismo Harrison solía llamarla señora cuando hablaba de ella con Albert.

Candy por su parte, no sabía que estaba pasando con ella, ¿desde cuando los gestos que Albert había tenido con ella desde hace tiempo, ahora le hacían estremecer?, ¿desde cuando la mirada de Albert estaba cargada de una chispa que nunca antes había visto?, o ¿acaso siempre había estado allí, pero ella no lo había notado? ¿Por qué ahora, a pesar de estar los dos viviendo en el mismo departamento lo extrañaba tanto cuando aveces no lo veía? ¿Qué maraña de sentimientos estaban ahora en su mente y en su corazón?

Candy caminó distraída hasta la sala y se quedo observando la luna que se asomaba por la ventana principal de la sala. La ventana estaba abierta y la brisa fresca de la noche agitaba las cortinas abriéndolas momentáneamente. De pronto sintió un escalofrío que recorrió su espalda y la hizo fijar su vista justo enfrente del edificio.

Y allí, frente al edificio, había un hombre de gabardina negra que observaba detenidamente hacía el lugar donde estaba Candy. Candy soltó un grito de horror al percatarse de que él hombre miraba hacía donde estaba ella, el hombre salió corriendo y Candy se movió de forma brusca recargándose en la pared asustada.

Albert escuchó el grito de Candy y salió precipitadamente de la bañera tomando solamente una toalla y enrollándola en su cintura, no sabía que le había pasado para que gritara de esa forma.

- ¡Candy!, Candy ¿qué sucedió? – preguntó Albert quedándose parado en el marco de la puerta de su habitación, observando que Candy estaba recargada en la pared con los ojos apretados.

- Un…, un… hombre – dijo Candy sin abrir los ojos. Albert se acerco hasta la ventana, pero no había nadie.

- Candy, no hay nadie – dijo Albert al tiempo en que tomaba a Candy de la barbilla y ella abría los ojos topándose con un par de ojos azules divertidos.

- Albert, te juro que estaba allí – se acercó a la ventana y señaló el árbol que estaba frente al edificio. Albert se acercó a ella y observó el lugar, sin embargo no se observaba ni un alma.

Candy entonces se percato de algo que no había visto. Albert solo traía atada una toalla a la cintura, ella pudo verlo de espaldas, ya que estaba observando hacía afuera, sus cabellos aun estaban húmedos y se pegaban a ese cuerpo musculoso. Mientras lo seguía observando de espalda, su mirada comenzó a bajar peligrosamente y comenzó a sentir que un calor inundaba su cuerpo.

- ¡Ho Albert! – dijo Candy en voz alta asustada, más asustada por su propia reacción y por los pensamientos que comenzaban a surgir en su interior.

- ¿Qué sucede?- se incorporó Albert alarmado ante el gesto de Candy.

- ¡No deberías salir así! – dijo al tiempo en que se cubría el rostro con las manos y le daba la espalda. Albert se sonrojo al percatarse de su propia semi desnudez.

- Oh lo siento Candy..., pero me asustaste..., aun no terminaba de bañarme y – se interrumpió al llegar al cuarto – ahora regreso.

Candy sonrió ante su propia reacción, ella era enfermera, ¿por qué le apenaba ver a un hombre semi desnudo?, quizá por que ese hombre era Albert, su amigo, confidente y protector por tantos años.

Albert regreso usando su pijama, había que discutir sobre esa persona que Candy acababa de ver frente a los departamentos. Ella aseguraba que era el hombre que los observaba, hacía algunos días que Candy no mencionaba la sensación de ser observada y pensó que ya había desaparecido, además de que él no permitía que Candy regresara caminando

Mientras cenaban, Albert preguntó sobre la persona que había visto parada frente al departamento.

- ¿Crees saber quién es Candy?

- Albert, estaba oscuro, pero su silueta... se parecía ha...

- ¿A quién Candy?

- A Niel- Albert se sorprendió al escuchar eso, ¿qué podría estar haciendo Niel en Nueva York?

- Mañana hablare con George para asegurarme de que este en Chicago o averiguar ¿dónde está? Si él esta en Nueva York y es quien te ha estado siguiendo desde que llegamos, tendrá mucho que explicar – dijo Albert sumamente molesto.

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El sábado llego pronto, la cena para recaudar fondos para la cruz roja era comentada por todos, incluso en las aulas del diplomado donde Candy toma su curso. Toda la alta sociedad de Nueva York estaría presente y entre ellos estaban Candy y Albert.

Sin embargo era tarde y Albert no aparecía, Candy comenzaba a preocuparse, le había prometido llegar temprano, pero eran casi las seis y nada que aparecía. La llave del cerrojo comenzó a dar vuelta y Candy se levanto asustada, ya sabía por Albert, que efectivamente Niel estaba en Nueva York, pero ya que ni Shara, ni Elisa estaban en Chicago, en la mansión Legan nadie había podido decir donde se hospedaba Niel en esa ciudad.

- ¡Albert! – vio Candy aparecer a Albert en la puerta, lucía distinto, traía su cabello más corto, pero lucía sumamente agotado.

- ¡Hola Candy!, lamento llegar tarde, pero...

- ¡Te cortaste el pelo! – Dijo Candy acercándose para tocarlo – te ves más guapo – Ante este gesto, Albert se sonrojo, nunca llegó a pensar que pudiera sentirse de esa forma con ella.

- ¡Gracias!, ¡debería cortármelo más seguido para recibir tus halagos! – sonrió Albert, lo cual hizo que Candy se sonrojara a su vez.

Albert se sentó de nuevo en el sillón y cerro los ojos. Candy se arrodillo y se recargo en sus piernas, lo que hizo que Albert se sobresaltara por el contacto y se quedaran viendo a los ojos.

- Albert, te ves tan cansado – dijo Candy sin dejar de verlo.

- Este ritmo de vida va terminar matándome un día, Candy – siguió contando Albert recargándose de nuevo en el respaldo del sillón.

- No deberías trabajar tanto, quizá no te mate, pero si va a conseguir enfermarte.

- Pero tú serias mi enfermera de cabecera – rió Albert.

- Preferiría verte sano – Albert volteo a verla a los ojos, los ojos esmeralda de ella denotaban mucha preocupación por él.

- Candy, gracias por preocuparte. Ahora debemos arreglarnos para esa terrible junta.

- Si estás tan cansado, no deberías ir Albert – Albert se quedo pensando por un momento.

Tengo la esperanza de que no todo sea trabajo, tengo la esperanza de pasar un rato agradable contigo, de poder bailar y verte todo lo que no te he visto – pensó – Creo que debemos ir Candy, nos divertiremos – le dijo por fin.

- Si es más diversión que trabajo... entonces queda autorizado señor Andrew – dijo Candy divertida, al tiempo en que tomaba la mano que Albert le tendía para ayudar a levantarse.

Una fiesta, una fiesta en la que no solo estaba invitada la alta sociedad de Nueva York, sino los políticos y artistas de renombre de la época. Las revistas y los diarios habían publicado que la compañía Stanford estaría entre los invitados de ese magno evento. Pero ni Candy ni Albert tenían tiempo para leer las columnas de sociales...

Continuara...