Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo II

Sigurd contemplaba sus alrededores sin moverse de la cama. Dejó escapar un largo suspiro. De algún modo, había llegado a su habitación. No lo comprendía del todo. Se sentó y tomó el sobre. Lo leyó y lo arrojó al suelo.

Se contempló a sí mismo en un espejo que se hallaba contra la pared. No vestía la bata blanca que por lo general utilizaba dentro de aquella institución. Lucía como un muchacho normal: Una camiseta a rayas blancas y negras y unos jeans ceñidos. Las zapatillas deportivas se encontraban a su lado, listas para ser estrenadas.

Se las colocó y luego continuó con su recorrido. Tenía un baño privado, el cual contaba con un inodoro y una bañera. También tenía un impecable lavamanos y un tocador, donde estaba su cepillo de dientes con la crema dental.

Siguió su marcha. Entró a una habitación totalmente vacía. Estaba pintada de colores tenues. Sólo encontró una pequeña nota sobre la pared, la cual decía "nido". El muchacho arqueó una de sus cejas. ¿De verdad esperaban que…? Negó con la cabeza.

Decidió no pensar más en ello y fue hasta la sala de estar. Se sentó en uno de los sofás. Era un lugar perfecto para leer, se percató. Sus ojos se dirigieron hacia la pequeña cocina. Tomó asiento en el comedor y se quedó en silencio. Era la primera vez en años que comería sobre una mesa, a solas.

Se preguntaba qué estaría haciendo Tino en ese momento. Supuso que tendría una vivienda idéntica a la suya. Quería saborear un poco más la soledad. No recordaba la última vez que había tenido tanta intimidad… Aunque dudaba de que le hubieran dado tanta libertad.

Estaba seguro de que había cámaras por todas partes, aunque no las pudiese ver. Sonrió sarcásticamente. Era imposible que le dejaran en paz. Sin embargo, al menos se consoló con el hecho de que no le pondrían más intravenosas ni vería esos malditos sacos blancos que incluso dominaban sus pesadillas.

Sentía la tentación de salir. Al igual que Tino, nunca había visto un alfa. Le causaba mucha curiosidad aunque al mismo tiempo, no quería acercarse demasiado. ¿Qué tan dominados tendrían sus instintos? Él no podía vivir sin esas pastillas que le ayudaban a no entrar en calor. Supuso que a ellos les pasaba algo parecido.

De repente, se sintió horrorizado. Se había dado cuenta de algo terrible. Recordó el motivo por el cual estaba allí. Era obvio que no volvería a tomar esas pastillas. Aunque habían pasado años, aún recordaba la espantosa sensación que había experimentado cuando entrado "en celo".

No sólo eso le aterraba, sino que tampoco sabía cuándo eso sucedería. Por lo general, solamente eran un par de veces al año. Sin embargo, si el propósito del experimento era el embarazo, ¿acaso los científicos eran capaces de buscar la manera para que pudiera entrar en celo más de dos veces al año?

Estar tanto tiempo solo le estaba afectando, pensó. La verdad era que no quería lidiar con ello por el momento. Si pretendía que todos eran personas completamente normales, entonces podía estar en paz. Hasta que ese fatídico momento llegase.

Se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. Dudó un momento en abrirla, pero se dijo que era necesario. Conocer a los alfas era algo inevitable así que era mejor hacerlo ahora.

Se sorprendió cuando salió finalmente. Aunque se podía ver el brillo del domo, esto era mucho, mucho mejor que estar en ese aburrido cuarto blanco.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que no era el único que había tenido la idea de salir. Sus ojos buscaron con ansiedad a la figura del finés. Sólo quedaba esperar encontrarse con él.

En el lado opuesto del domo, se encontraban los alfas. Berwald estaba sentado sobre su amplia cama tratando de pensar en lo que debía hacer a continuación. Su instinto le decía que debía salir e intentar encontrarse con uno de los omegas. Aunque no lo quería reconocer, quería ver a uno de ellos.

Sin embargo, estaba preocupado. ¿Y si no podía controlarse? Nunca había tenido problemas en las instalaciones, incluso cuando los científicos habían puesto aromas sumamente hipnóticos, había podido mantener la calma. Pero una cosa era un experimento y otra el ver a los omegas tal y como eran.

Tal vez podía quedarse encerrado allí. Sólo salir para comprar comida y nada más. No quería lastimar a nadie o hacer algo que fuera contra lo que otra persona quisiera hacer. No conseguía comprender cómo Magnus podía estar entusiasmado por ello.

No obstante, se puso de pie. No tenía sentido estar allí. Al menos, podría disfrutar de una falsa libertad. Podía movilizarse mucho más de lo que le solían permitir, así que al menos podía explorar por su cuenta.

Lo primero que hizo fue dar una vuelta por el bloque. Enseguida se dio cuenta de que no era el único. Le hubiera gustado tener un paseo tranquilo, sin tener que lidiar con nadie. Sólo él y su mente. Se encogió de hombros, no había mucho que podía hacer.

De vez en cuando, miraba hacia la cuadra contraria. Todos estaban experimentando lo mismo que él, supuso.

Pero el silencio no duró demasiado tiempo. Un grito lo sacó de su ensimismamiento.

—¡Oye, Ber! —exclamó una voz que provenía de detrás de él.

Berwald se dio la vuelta y por un momento, se pudo ver en su rostro, la sorpresa que experimentó al ver a Magnus. Era tan distinto verlo con ropa que con esa horrible bata blanca.

Era más que obvio que éste estaba más que feliz con su nueva vida. No podía culparlo. Era libre, dentro de ese domo. Podía dar rienda suelta a lo que quería y no había nadie que se lo impidiese. Contrario a él. Magnus lo había pasado bastante mal. Había sido castigado varias veces, lo cual por lo general significaba ser aislado completamente del resto. El danés no soportaba la idea de estar sin interacción social.

—Magnus —le contestó mientras que esperaba a que lo alcanzara.

El danés sonría con ganas. Evidentemente para él, era un premio el estar allí.

—¡Ya no estamos en esos aburridos laboratorios! —exclamó mientras que reía:—Y no me tomes a mal, pero ya no seremos compañeros de dormitorio —añadió antes de darle una palmada sobre su hombro.

—En eso tienes razón —concedió el sueco.

—¿Por qué no vamos a explorar este lugar? —le propuso con entusiasmo:—Parece que hay una plaza o algo así cerca de aquí. ¡Vamos, vamos! —le pidió mientras que ya emprendía la marcha, sin aguardar por la respuesta de su viejo amigo.

Berwald recordó ver una especie de mapa sobre su mesa de luz, junto a la carta que le habían dejado. No le había dado mucha importancia, pero al parecer, Magnus sí. Se encogió de hombros, ¿qué era lo peor qué podía suceder? Así que finalmente decidió seguirlo.

Se preguntaba cuánta gente más se hallaba atrapada allí. Nunca se puso a pensar cuánto más de ellos había en las instalaciones. Ahora se le añadían los omegas.

Repentinamente se detuvieron. Magnus tomó una profunda bocanada de aire y luego sonrió. Un embriagador aroma rodeaba el ambiente. Seguramente estaban aproximándose a los omegas. Sintió que algo en su interior le impulsaba a seguir caminando, algo más que simplemente curiosidad.

De vez en cuando miraba a su amigo e intentaba animarlo.

—¡Vamos! Sé que los años en ese lugar pudieron joderte un poco, pero puedes seguirme el paso —Le animó Magnus al sueco. Apenas daba de su emoción. Parecía un cachorro con un nuevo juguete.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó éste, aunque sabía que no era necesario hacerlo. Él experimentaba algo parecido, pese a que su parte racional intentaba refrenarlo.

Cuando finalmente llegaron a la plaza, se quedaron en sus respectivos lugares por un momento para contemplar lo que tenían en frente. Berwald, aunque no lo pareciera, estaba asombrado. Una inversión como ésa no debía haber sido muy barata. Realmente los encargados de esa institución estaban comprometidos con el proyecto.

No se podía ver el final de la plaza. Varios árboles tapaban la visual. Había banquinas ahí y allá. Unas cuantas fuentes también. La extensión era suficiente para que pudieran perderse una tarde entera allí, quizás más.

Sin embargo, sus ojos pronto se posaron en dos muchachos. Eran completamente distintos a él y a Magnus. No podía medir más del metro setenta y eran bastante delgados. Pero lo más importante: Tenían una esencia que les convertían en una gran atracción.

Mientras que ellos dos se quedaban ahí, petrificados, saboreando el ambiente, Tino y Sigurd estaban dando un paseo. Finalmente se habían encontrado cuando el segundo había dado la vuelta por su bloque. El finés había tenido su misma idea y una enorme sonrisa iluminó su rostro cuando vio al noruego.

Decidieron explorar el lugar y al cabo de unos veinte minutos llegaron al parque. No tenían la menor idea de que estaban siendo observados.

—¿Qué crees que nos va a suceder? —le preguntó Tino, preocupado. Ni se había molestado en ver al resto de la gente, pues temía hacer contacto visual con alguno.

—No lo sé —El noruego se encogió de hombros. Odiaba la incertidumbre pero no les quedaba otra opción.

—Espero que al menos sean buenas personas —admitió el finés con cierta resignación. Desde el momento en que aquel sujeto les había hablado sobre los embarazos, estaba seguro de que era algo por lo cual obligatoriamente tendría que pasar.

Se sentaron sobre una banca, cerca de una de las fuentes. Se quedaron en silencio, contemplando el agua. Pronto llegaría la noche y la pasarían solos.

—¿Crees qué…? —Tino se mordió los labios. Estaba dudando. ¿Y si alguien les estaba escuchando?

—Sólo relájate —Sigurd estaba simplemente disimulando una aparente calma, pues evidentemente Tino apenas podía hacerlo. Tal vez podrían tranquilizarse mutuamente.

Sin embargo, había algo que le irritaba al noruego. Levantó la mirada y se percató de que dos sujetos los estaban observando. Pronto trató de pretender que nada estaba pasando. Pero eso le puso mucho más tenso de lo que ya estaba.

Ahora debía decidir qué era lo que haría a continuación. ¿Decírselo a Tino? Tal vez sólo estaba alucinando. Quizás sólo eran fruto de su paranoia. No obstante, volvió a mirar hacia la esquina con el mayor disimulo del que era posible. Los dos hombres continuaban allí, observándoles.

—Sigurd, ¿me estás escuchando? —preguntó el finés al darse cuenta de que su amigo estaba distante.

—Sí, sí —Asintió varias veces, aunque la verdad era que no había escuchado nada de lo que le había dicho Tino.

El finés lo miró con consternación. Respiró profundamente y miró al cielo. No dejaba de hacerlo, pues aún no podía creer que ese techo blanco ya no estuviera sobre su cabeza.

—¿Por qué no vamos a comer? —le propuso Sigurd repentinamente. No tenía mucho apetito pero quería alejarse de allí tan rápido como le fuera posible. No sabía si esos dos hombres les seguirían, pero no se sentía cómodo estando allí.

Tino había estado más preocupado en mirar a sus alrededores que su propia salud. De repente, su estómago gruñó y se puso rojo.

—Sí, creo que es una buena idea —respondió antes de ponerse de pie. Se estiró y le dio un último vistazo a la plaza. Varios de los que se hallaban en su grupo también se encontraban ahí. A algunos les regaló un amistoso saludo a la distancia.

—Entonces andando —Sigurd se sintió aliviado.

Por su lado, Magnus estaba a punto de seguirlos cuando Berwald le agarró del brazo para que no lo hiciera. El danés lo miró con gran desconcierto y no tardó en quejarse.

—¡Ya se van! —exclamó, olvidándose por completo que se suponía que debían estar lo más silenciosos posible.

El sueco rodó los ojos.

—¿Cuál es el apuro? —le preguntó sinceramente.

—Oh, vamos, Ber. Hemos estado encerrados en ese maldito lugar por casi una década y ahora que tenemos la oportunidad de dar rienda suelta a nuestros impulsos, tú piensas que estamos actuando con demasiada prisa —Le reclamó. Había soñado por tanto tiempo con la posibilidad de estar en el exterior y de conocer otra gente, que se le hacía sumamente injusto el tener que esperar.

—¿No piensas en qué podrías asustarlos? —le cuestionó el sueco. Si bien estaban a una distancia bastante prudencial, estaba casi seguro de que al menos uno de los dos se dio cuenta de su presencia y por ello, estaban huyendo.

Magnus se quedó en silencio por un largo rato. Dejó que los dos omegas se fueran, aunque con mucho disgusto. Odiaba cuando Berwald tenía razón. Pudo percibir el temor por parte de uno, aunque no podía distinguir cuál de los dos se trataba.

—Maldición —contestó el danés mientras que se cruzaba de brazos:—¿Cómo puedes ser tan paciente? ¿No quieres conocerlos? —le preguntó. Sinceramente no lo entendía.

Berwald abrió la boca pero luego la volvió a cerrarla. No tenía una respuesta clara. ¿Era el temor al rechazo?

—Tú mismo lo has dicho. Han pasado diez años, puedo esperar un día más —explicó calmadamente.

La realidad era que aún recordaba lo insoportable que era la sensación que había experimentado las veces que en el laboratorio le habían obligado a entrar "en celo". Magnus lo había sobrellevado mucho mejor que él. ¿Y si se descontrolaba? No, no. Tanto él como el danés habían sido expuestos a las feromonas de un omega que había entrado en calor y sabía lo que podría pasar.

—En fin —Magnus pensó que no tenía sentido discutir con el otro:—Oye, ¿qué tal si vemos una película? ¿Has visto el enorme televisor que nos han puesto? —Era lo único que le había llamado la atención, después de los omegas.

—Entonces vamos —Prefería hacer eso antes que estar correteando detrás de un par de omegas. Cuánto más lejos estuviese de una posible tentación, era mejor.

Por su lado, Sigurd no dejaba de mirar hacia atrás en tanto se encaminaba con Tino hacia su casa. Finalmente éste último se dio cuenta de que su mejor amigo estaba demasiado distraído.

—¿Qué pasa, Sig? —Tino se detuvo y miró hacia atrás, buscando lo que fuera que hubiese llamado la atención del noruego.

—Nada, nada —dijo Sigurd, quien estaba maldiciendo internamente la suerte de los dos.

Trató de agarrar del brazo al finés, para que pudieran continuar caminando, pero éste se quedó en su lugar.

—Sigurd, ¿qué está pasando? —Volvió a preguntar el finés. Ahora estaba más nervioso que nunca y su mejor amigo ni siquiera se lo quería decir. ¿Cómo no se iba a preocupar?

—Mira, esto es una suposición —Hizo énfasis en esta última palabra, como si quisiera restarle importancia:—Había un par de alfas que creo que nos estaban mirando en la plaza —explicó:—Pero creo que no nos han seguido —le aseguró al finés.

Éste frunció el entrecejo y luego le dio un suave pinchazo al otro sobre su mejilla.

—¿Y por qué no me lo dijiste? —le preguntó. Agradecía la intención de que quisiera protegerlo, pero le hubiera gustado ser más consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

—Porque no me pareció pertinente —le mintió. Sigurd estaba seguro de que Tino habría querido correr de allí y hubiese llamado aún más la atención de los dos alfas. Eso era lo último que necesitaban.

Tino no dejaba de mirar por sus alrededores, por si acaso. El otro resopló y luego le estiró para que continuaran con su camino.

—Andando, tengo hambre y es mejor no pensar en ello —le sugirió el noruego.

Sin embargo, ése sería el primer encuentro de los cuatro, uno que ninguno de ellos olvidaría.


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