Capítulo 2

En aquella oficina alejada de la ciudad vivía aquel joven irrespetuoso de los demás, cuyo negro humor y curiosa forma de ejercer la ley contra lo que se consideraba normal había calado en aquellos que fueron sus clientes cuando estaban tan desesperados en sus miserables vidas que no hayaron mejor cosa que acudir a él para que les solucionara los problemas que ellos mismos habían generado en sus patéticas existencias. Él estaba dispuesto a cargar con ése molesto peso muerto mientras se dirigieran a él aquellos con la palabra clave y con una buena suma de dinero que asegurara horas de diversión a su autodenominada aburridísima vida.

Era conocido que una vez que las personas se encontraban en situaciones desesperadas, debían entregarse a soluciones desesperadas, ya sea por un motivo empático como también por un motivo que fuese simplemente egoísta, en contraste. Todo valía, en la guerra, en el amor, también en los asuntos de negocios. Y una vez que se abarrotaban de promesas incumpibles y/o deudas, estaban dispuestos a darlo todo, absolutamente todo, para obtener lo que deseasen y elevar su molesto ego hasta los cielos. Y no faltaban aquellos que lo entregaban todo, hasta sus pútridas almas, los cuales sólo aquellos demonios menores y de poco calibre estaban dispuestos de aceptar, llenos de gula por el delicioso néctar que componía el espíritu humano.

Y una vez que aquellos pobres seres perversos pero ingenuos venían a reclamar lo que por derecho era suyo, se acercaban a ése rayo de esperanza que era la compañía conocida como "Devil May Cry".

Dante se paseó por su oficina mirando las tablas del suelo como si hubiesen sido las cosas más interesantes del mundo. Éstos días las personas y entidades demoniacas habían estado algo flojas.

"¿Se habían puesto de acuerdo para irse de vacaciones o qué?"

Pensó mientras bostezaba y rascó sus blancos y suaves cabellos con pesadez. Hasta el más mínimo esfuerzo lo hacían cansarse de tanta falta de energía que poseía ahora, después de estar tanto tiempo sin que un alma atravesara sus puertas.

Aunque debía admitirlo, era agradable la paz que tenia en esos momentos. Hacía tiempo sin que todo estuviese tan jodidamente calmado. No había ruido, no había ningún movimiento, ninguna agitación, ninguna catástrofe. Todo era paz, paz, paz. Tanta paz le tenía asqueado.

Ése no era su estilo de vida, pero ¿Qué podía hacer?

Él sólo seguía órdenes. A su manera, pero las seguía. Pero ahora, sin nadie a quién "obedecer" dentro de sus propias reglas, no había nadie ni nada a quién darle unas buenas patadas en el trasero para pasar los momentos de inaguantable ocio que ahora se encontraba sufriendo. Y odiaba, por sobretodo, el pensar, el tener que pensar con tanto tiempo libre. ¡MALDICIÓN! Su cerebro estaba recordando una vez más. Con furia pateó su silla lanzándola lejos y se despojó de su abrigo rojo lanzándolo al aire, poco le importaba donde aterrizara. Subió pesadamente las escaleras y entró al baño para darse una ducha.

El vapor envolvió su sensual cuerpo, cubriéndolo de un sudor que le daba un brillo delicioso, esponjando su cabello el cual bajó hasta descansar sobre sus ojos, cubriéndolos por completo y luego sin prisa desapareció tras la cortina de baño para sentir el torrente de agua caliente chocar contra su piel. Sus manos bajaban lentamente por su torso, haciéndolas danzar lentamente. Subían y bajaban por su cuerpo para poder limpiar algún rastro de impureza en su persona. LLegó el turno de su cabello. Una escencia dulce de olor a chocolate cubrió el lugar y se veía la espuma escurriéndose por los hombros del muchacho mitad demonio. Como hilillos bajó el jabón por sus hombros hasta desaparecer perdiéndose en sus oblicuos. Era un espectáculo hipnotizante y erótico.

Aún en el letargo del calor de la ducha, no pudo evitar que su mente abandonase su cuerpo, y se sumergió en su propio mundo lleno de vacío. Si, vacío. Estaba miserablemente solo. Nada qué hacer. Hace tiempo se habia negado a luchar por algo que se había negado a aceptar nuevamente. Una amistad, un lazo afectivo. Aquellas personas que podían estar a su lado ahora, ya no están más. Por motivos de fuerza, dejaron que la vida separara sus caminos.

-Trish... -Visualizó por última vez la imagen maternal que podía tener de aquella mujer que, tan como de improvisto llegó a su vida, desapareció. Con la excusa de "Tengo un trabajo" -Trabajo, trabajo, ¿Es todo lo que te bastó para dejarme de lado? -Sacudió su cabeza con molestia y el ceño fruncido, aunque sin abrir los ojos.

De pronto, el ruido del agua se frenó de golpe.

-No necesito a nadie. -Dijo Dante dejándose ver corriendo la transparente cortina plástica. Como vivía solo poco le importó pasearse desnudo hasta llegar a su habitación y tumbarse en su cama después de secarse previamente. Se envolvió entre las sábanas y pasó su brazo por sobre sus ojos, de cara al techo. -Si, ésto es todo lo que necesito. Tiempo para mí solo. -Entonces, se sentó de golpe como si hubiese recordado algo importante, aunque siempre con esa desinteresada expresión en su cara. -Quizás, demasiado tiempo para mí sólo.

No queria admitirlo, su orgullo no se lo permitía ni siquiera pensarlo. Pero odiaba estar tan desesperadamente solo en ése lugar, que en ocasiones se le hacía insoportable y pútrido, enfermo ya de la molesta y vacía rutina. No había sentido para seguir viviendo siquiera. ¿A quién engañaba? Le dolía reconocer que aquellos demonios que tanto detestaba eran tan vitales para él. Sin ellos él no sería nadie.

Con furia golpeó la almohaza y la lanzó lejos. Era tan molesto asumir la verdad.

Una vez calmado, volvió a dejarse caer pesadamente sobre la cama. Ésta vez miró hacia el costado izquierdo suyo, observando la ventana a lo lejos. El sol era radiante, el día estaba más que esplendoroso, y la tierna brisa que se colaba lo invitaba a levantarse. Cualquier ser humano normal se hubiese sacudido el pesimismo y hubiese emprendido feliz una caminata por las calles para olvidar los pesares. Pero él no era humano, tampoco era normal.

Y con éste pensamiento. Se levantó, cerró de golpe las cortinas y nuevamente se echó en su catre para hundir su rostro en la almohada y dormir una siesta.

El sol estaba ocultándose. No tenía idea de cuánto había dormido, pero aquel momento privado con su almohada lo había hecho pensar cosas. Si su situación seguía así, ni modo. Debía resignarse a su suerte. Había dejado de lado la tonta idea del suicidio, valoraba demasiado su propia vida como para cometer semejante acto cobarde.

Hablando de vida, imaginó una completamente nueva para él. Cerraría Devil May Cry. Después de todo podría intentar vivir como alguien "normal". Podría buscar un trabajo más sencillo y honesto. Por el momento le bastaba con todo lo que había ganado a lo largo de los años para abastecerse de lo que necesitara hasta que alguien le llamara requiriendo sus servicios una vez recorriera sitios de aquí a allá en una que otra entrevista. Tendría primeramente un apartamento pequeño, arrendado obviamente, tener un hogar propio era casi imposible. Luego conocería a una chica, serían novios, gastaría su sueldo en ella para hacerla feliz, la llevaría de un lugar a otro, le haría el amor una y otra vez y finalmente se casarían. Ella tendría un hijo rechoncho y sano, (rogaba Dante que no heredara su sangre demoníaca, aunque sería casi imposible) lo criarían juntos hasta que la rutina hiciera de las suyas y acabara con el amor, llevándole a buscar amor en los brazos de otra mujer y viceversa. Todo se descubriría, se divorsiarían y podría ver a su hijo un par de días por semana. Y así se quedaría por años y años hasta morir en soledad nuevamente cuando la vejez azotara sin piedad sus huesos.

-Tampoco me gusta ésta idea. -Se dijo el peliblanco para luego morder su labio inferior. -¿Qué será de mi vida? -Se volteó dándole la espalda al techo y observando la oscura pared.

Y entonces, aquello llegó hasta él. Llegó a su cuerpo como una brisa de aire congelado, tan silencioso pero estrepitoso a la vez y provocándole el mismo escalofrío. El corazón se le aceleró de un momento a otro y levantó sus hermosos ojos violetas hacia la ventana. Aquella entidad despedía su presencia a través de sus poros de una forma tan notoria que se extendía hasta colarse por su ventana y llegar hasta él.

Una sonrisa se dibujó en su cara. Ésto era lo que estaba esperando.

Pegó un salto fuera de la cama y se calzó unos pantalones militares. No le hicieron falta zapatos ni polera para lograr el cometido de degollar a aquel demonio que había atrevido a acercarse hacia su morada.

Revellion descansaba apoyada en un estante y se vio danzando en el aire entre las manos desnudas de su dueño, lista para la acción. Pero de un momento a otro, aquella sensación se apagó, tan súbitamente como apareció, se había esfumado, acompañado de un fuerte estruendo y de un ruido de vidrios quebrándose. Aquello, fuera lo que fuese, le había abandonado.

Dante, intentó no sumergirse ante el pánico y dio un salto por la ventana hasta caer en el primer piso dando una voltereta. Y observó, como hace algún largo tiempo vió lo que desencadenó el fatídico reencuentro con su hermano, su querida oficina hecha trizas. Y ni rastro del ejecutor de dicho acto.

Pero entre los escombros pudo observar algo anormal, un pequeño sobre blanco de carta, en cuyo exterior estaba la palabra clave para requerir a su persona en un caso relacionado con esos detestables seres del inframundo. Estaba escrito en letras japonesas pero de un estilo muy arcaico. Aún asi, era elegante y nuevamente el corazón del hijo de Sparda empezó a acelerarse una vez más con inquietud. Sin embargo, siempre con su semblante tranquilo, abrió el sobre con cuidado, dejando caer una fotografía. No se molestó en recogerla, sólo le importaba el contenido de la carta, la cual rezaba así:

"Renombrado caza-demonios que ha negado su origen tratando a sus hermanos como vil escoria. Tengo un trabajo para tí.

No puedo darte el motivo ni el por qué de mi pedido. Simplemente detesto ensuciarme las manos, te aseguro que lo que te estoy pidiendo no corresponde ni siquiera a un tercio de lo que tengo pensado hacer con aquello que necesito.

Deberías agradecerme que no te pida nada más. Sin más rodeos, no te pido, sino que te exijo que me traigas al demonio de la fotografía para mis fines. No te incumben, sólo limítate a hacer tu trabajo.

Te adjunto un mapa de la ubicación de tu presa. En unas semanas volveré a recoger lo que me pertenece, y te daré tu recompensa a cambio.

Suerte.

Si eres tan bueno como crees, no la necesitarás."

"Uy, tenemos a un cliente rudo por acá"

Dante observó con cuidado el mapa unido con un clip al papel anterior. No era un camino complicado, el lugar era peligroso, pero sólo lo era para un ser humano normal. Y como se sabe bien, Dante no es ni humano ni normal. Era pan comido para él.

Miró con desdén la fotografía que antes había caido a sus pies y la recogió sacudiéndola un poco del polvo del cemento roto. Sonrió al mirar el rostro de la persona que había sido registrado en ella y luego lanzó la misma muy lejos de él. Con rapidez se calzó sus resistentes botas y su característico abrigo rojo, para luego dejar reposando a Ivony y Evony a los costados de sus caderas y hecharse luego a Revellion a la espalda.

Y cual ave Fénix, Dante caminó orgulloso hacia su destino emergiendo de entre las cenizas de su propia alma.