Muchas gracias a todos los que leéis mi historia y, sobre todo, a los que me habéis dejado vuestro comentario: The box Pandora y Snape's Snake.
Aquí os dejo el segundo capítulo. Espero que os guste.
OoOoO
Capítulo 2
Al despertar a la mañana siguiente, Harry vio que el capitán ya no estaba en el camarote. Se dirigió rápidamente al escritorio pero, tal como esperaba, la carta ya no estaba allí, y cuando intentó abrir el cajón que había a la derecha, descubrió que estaba cerrado con llave.
Meneando la cabeza con media sonrisa, el joven se dio la vuelta y fue a vestirse. Decidió que lo primero que haría sería ir a comprobar cómo estaban sus amigos, y después iría a desayunar algo.
La bodega era oscura y húmeda, pero sus amigos estaban intactos. Le explicaron que nadie los había molestado desde que los habían encerrado ahí; que habían dormido sobre los sacos de patatas, que, "aunque no es muy cómodo, siempre es mejor que dormir en el suelo", le aseguró Hermione; y que "el estofado de pollo de la cena estaba riquísimo", según Ron. Harry abrió la boca y la volvió a cerrar, no tenía sentido hacer que le cogieran asco a la comida, y ya tenían bastante con estar encerrados como para además descubrir que acababan de catar el sabor de la gaviota estofada.
—¿Y vos cómo estáis, milord? —preguntó la muchacha, con preocupación—. ¿Os trata bien el capitán Snape?
El chico consideró la pregunta.
—Sí, se podría decir que sí. Es algo tosco y parco en palabras, cuando no está soltando algún comentario mordaz, pero supongo que es de esperar en alguien salvaje y sin educación, como él.
Hermione lo miró con ojos llorosos.
—Oh, milord, lamento tanto que os tengáis que ver en esta situación.
—Tú no tienes la culpa, Hermione.
—Pero fui yo quien os habló del capitán Fudge. Pensaba que su amor por el dinero garantizaría que obedecería vuestras órdenes sin rechistar, pero me equivoqué. Si ese hombre horrendo y testarudo hubiese hecho caso de vuestra petición, no nos habríamos encontrado con los piratas y nada de esto habría ocurrido.
Harry acarició los rizos castaños de la joven.
—No te preocupes, Hermione, del capitán Fudge ya han dado cuenta los tiburones. Ya ha sufrido bastante castigo por su obstinación. En cambio, nosotros tenemos buenas posibilidades de salir airosos de esto.
—¿Confiáis en la palabra de ese… hombre? —preguntó Ron, mascullando la última palabra como si se le hubiera atragantado, como si asociar el concepto de "humanidad" con el capitán Snape estuviera fuera de su buen juicio.
—No tengo otro remedio. Además, a pesar de todos sus defectos, el capitán es inteligente, y sabe que si nos hace daño no ganará nada. Para él, lo único importante es su maldito botín, y hasta que no lleguemos a puerto sanos y salvos no lo obtendrá.
Hermione suspiró, pesarosa, y negó con la cabeza.
—Ojalá las cosas hubiesen ido de otra manera, milord… ¡teníais tantas esperanzas puestas en este viaje!
—Si mi abuelo no pusiera tanto empeño en ocultarme la verdad —replicó Harry, con amargura—, no habría tenido que embarcarme, pero tal como estaban las cosas, no tenía otra opción si quería descubrir más datos sobre mis padres.
—Pero, milord, ¿por qué estáis tan seguro de que vuestro abuelo el Duque no os ha explicado toda la verdad? —preguntó Ron.
Harry se removió en su sitio, incómodo, y se tomó unos segundos antes de contestar.
—Una noche lo escuché discutiendo con su hermano Aberforth en una de las salas de palacio. Él le decía que yo ya era mayor de edad y que había llegado la hora de que me explicara todo lo relativo a la muerte de mis padres, que tenía derecho a saberlo; pero mi abuelo le aseguró que no tenía ninguna intención de reabrir esa vieja herida y que mientras él viviera nadie me diría una palabra de lo sucedido. Esto me trastornó, porque hasta ese momento, no había sospechado que hubiera nada extraño en la historia que él me había explicado: que mi madre murió al dar a luz y papá de tristeza poco después. Pero al escuchar esta conversación me di cuenta de lo muy estúpido que había sido. ¡Morir de tristeza! Como si tal cosa fuera posible.
—Pero, milord —intervino Ron—, se dice de muchas personas, que han muerto de pena. No sería tan extraño que…
—¡Tonterías! Nadie muere de pena, eso sólo son habladurías de viejas.
Hermione asintió de manera inconsciente.
—Cierto, no hay ninguna prueba concluyente que demuestre que eso es posible —dijo, pero ninguno pareció escucharla.
—¿Y por qué no le preguntasteis a Lord Aberforth lo que sabía? —preguntó Ron.
—Lo hice, pero se negó a decírmelo. Me dijo que nadie, ni siquiera él, podía contradecir las órdenes de mi abuelo. Pero que si estaba decidido a averiguar la verdad, quizá encontraría útil un viaje a Sicilia.
—Oh, ¿fue él quién os persuadió para ir a…? —Harry asintió—. Y, ¿por qué a Sicilia?
—Por lo visto, mis padres murieron allí, en lugar de en Inglaterra, como me habían hecho creer hasta la fecha. Pero no sé nada más, porque nadie en toda la isla ha sabido darme la información que buscaba. La larga travesía, las muchas incomodidades, el asalto a nuestro barco… todo ha resultado en vano. —La chica volvió a suspirar, afligida; y Harry, cansado de lamentaciones y de autocompasión, decidió subir a la cubierta—. En fin, será mejor dejarlo estar. Voy a desayunar, volveré a visitaros regularmente para comprobar que os tratan como es debido, ¿de acuerdo?
Hermione sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y se sonó levemente mientras asentía en silencio, y Ron también dio su conformidad con un gesto de cabeza.
Harry subió la escalerilla y golpeó la portezuela para que le abriese el pirata que guardaba la bodega.
Después de desayunar, Harry decidió ir a dar un paseo por el barco. Alzó la cabeza hacia el castillo de popa y vio al capitán, vista al frente, expresión concentrada y postura firme ante el enorme timón de madera. Resultaba una visión imponente y perturbadoramente atractiva.
Iba a dirigirse hacia allí cuando alguien tropezó con él. Era el joven pinche.
—Lo-lo siento, milord, no os había visto —se disculpó torpemente el muchacho.
—No te preocupes, no debería haberme quedado aquí parado en medio del paso. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Neville, señor —contestó, con posado humilde, sin levantar la vista del suelo—, Neville Longbottom, pero todos me llaman "eh, tú".
Harry rió de buen grado, pero la expresión del rostro del chico le hizo dudar de si había sido una broma o no.
—Dime, Neville —dijo, poniéndole un brazo sobre los hombros en gesto amistoso; el joven, sin embargo, se encogió sobre sí mismo, como si tras aquella amabilidad fuese a seguir una patada o un golpe, y Harry pensó que aquello debía ser a lo que lo tenían acostumbrado—, ¿qué sabes del capitán Snape?
—Que, ¿qué sé? Pues que el capitán es un gran capitán. Es un capitán magnífico. Bueno, es un poco brusco, y a veces, cuando está furioso, da realmente miedo; pero es valiente y hábil y un patrón estupendo.
—Ya, pero... me refería a su vida anterior. —El pinche lo miró sin comprender y Harry reprimió un suspiro—. Antes de ser pirata. ¿Sabes si ha pisado alguna vez la corte?
Neville abrió mucho los ojos, la luz prendiéndose en ellos al fin.
—¡Ah! Os referís a eso… —Harry asintió y vio con sorpresa que el otro se reía—. Claro, claro que sí. Muchas veces, ha estado en la corte muchas veces. Él era noble, ¿sabéis? Educado en las más finas maneras y criado entre las mayores riquezas.
Harry apartó el brazo de los hombros del muchacho para mirarlo de frente.
—¿Me estás tomando el pelo? —El otro negó con la cabeza, asustado de repente, quizá temiendo que se enfadara y acabase recibiendo, al fin y al cabo, la tan temida patada en el trasero—. ¿Y qué ocurrió? ¿Por qué… por qué se hizo pirata?
Neville le explicó la historia que todos los marineros contaban sobre el capitán: que a pesar de su alta alcurnia se había enamorado perdidamente de una plebeya de gran belleza a la que había propuesto en matrimonio. Que ella aceptó su mano sin dudarlo, pero que resultó ser mujer de poca lealtad, porque un día él llegó a casa y se encontró a su hermosa prometida retozando en la cama con su peor enemigo, un hombre con el que había trabado una profunda enemistad desde su más tierna infancia. Le contó cómo Snape los había matado a ambos cuando aún no habían salido siquiera de su lecho, haciendo oídos sordos a las súplicas y las lágrimas de ella. Y terminó por explicarle que por eso lo apodaban "Corazón negro", pues desde entonces no había mirado de nuevo a una mujer y sólo se había interesado por los hombres, aunque nunca, nunca más, había vuelto a amar…
Harry lo escuchaba todo en un silencio extasiado. Por algún motivo, se sentía ávido de conocer hasta el último detalle de la historia del capitán.
—Después de eso, se hizo a la mar —prosiguió Neville—. Embarcó en una nave comercial que fue abordada por piratas. El capitán Ryddle, que los lideraba, se interesó por Snape y lo acogió bajo su ala, y así fue aprendiendo el oficio del mar hasta que se hizo con su propio navío.
Harry quiso ahondar más, acosar al chico a preguntas, pero Draco Malfoy apareció justo en ese momento e interrumpió su interesante charla.
—¿Qué estáis tramando, vosotros dos? Tú —dijo, dirigiéndose a Neville—, estoy seguro de que tienes mucho trabajo pendiente pelando patatas, apostaría tres galeones a que Slughorn te está buscando por todas partes mientras pierdes el tiempo aquí.
El nervioso muchacho dio una torpe cabezada y desapareció de inmediato sin decir palabra. Harry miró al joven rubio con una mueca irritada, pero este sonrió satisfecho y se marchó a la otra punta de la cubierta.
Transcurrió una semana y Harry se había acostumbrado rápidamente a la rutina de la nave. Por las mañanas, sin falta, solía ir a visitar a sus amigos a la bodega. Ellos le aseguraban que seguían estando bien, que nadie los molestaba y que tenían suficiente comida y bebida, pero la tez de su amigo Ron se había vuelto un poco verduzca a causa de los mareos contínuos y Harry estaba convencido de que si pudiera subir a cubierta se sentiría mucho mejor. Sin embargo, el capitán había sido tajante al respecto: los dos criados habían de permanecer encerrados. Aún así, el chico les aseguró que seguiría intercediendo en su favor para intentar hacerle cambiar de opinión.
Durante las comidas y las cenas se quedaba en el camarote con Snape. Él le había dicho que todos sus hombres solían comer abajo, en el comedor contiguo a la cocina, y que Harry también podía hacerlo si así lo deseaba, pero que él tenía la costumbre de comer en la soledad de su camarote. Y, a pesar de los modales y la aspereza del capitán, al chico le pareció un buen arreglo. No tenía demasiado interés en las charlas de borrachos de los marineros y, además, prefería eludir al joven Malfoy, ya que su antipatía por el muchacho iba creciendo cada vez más. Eso, sin contar con su creciente interés por el capitán, que se hacía mayor a medida que pasaban los días.
Le gustaba observarlo mientras manejaba el timón desde el castillo de popa, con esa pose altiva y arrogante tan suya, o mientras dirigía a sus hombres dando órdenes precisas y claras que llegaban hasta el último rincón de la cubierta.
Y cuando lo veía reírse con Malfoy de alguna de las ocurrencias de su contramaestre deseaba secretamente poder ser él el causante de las risas. Se descubrió a sí mismo intentándolo en diversas ocasiones durante la gloriosa intimidad de las comidas que compartían. Escuchaba con mucha atención las escasas palabras que decía -y con más atención aún la armoniosa voz con que las pronunciaba, aquella voz profunda y masculina que provocaba escalofríos a lo largo de su espalda-, por banales que fueran, y acto seguido él procuraba explicar a su vez algo inteligente o gracioso, poniéndose como meta el sonido de aquella risa clara y vibrante. En algunas ocasiones, aunque escasas, lo conseguía, y entonces Harry era recompensado con un maravilloso cosquilleo en la boca del estómago y una sensación cálida que le duraba todo el día.
Por las noches, a la hora de dormir, el chico seguía sus movimientos con el rabillo del ojo, contaba las piezas de ropa de las que se iba desprendiendo y recorría con avidez cada milímetro de piel que alcanzaba su vista hasta que el capitán se metía en la cama. Entonces llegaba el momento de apagar el quinqué y deslizarse a su canapé para otra sesión de sexo solitario y silencioso.
Mientras su mano se afanaba en la tarea que tan bien conocía, se preguntaba si Snape estaría ocupado en su lecho en un entretenimiento similar, quizá pensando en aquel amor fallido, quizá en alguno de los varones anónimos que, según Neville, solía frecuentar cuando llegaban a puerto. Si escuchase el más leve gemido, la más ínfima señal de que estaba despierto y desahogándose en la oscuridad, igual que él, el chico se habría puesto en pie y habría acudido veloz a su lado para decirle que no tenía por qué ser así, que podían compartir juntos sus soledades y sus alivios nocturnos, si lo deseaba. Pero jamás provenía el más mínimo sonido de aquel lecho, ni una sombra se movía en la penumbra de la estancia y, noche tras noche, el orgasmo que culminaba en su mano le sabía a cobardía y derrota.
No lograba reunir el valor necesario para comunicarle sus desvelos, temía que se burlara de él, que le despreciara como al joven impulsivo e inmaduro que debía parecerle. De nada servía que él supiera que no era así, cuando a ojos del capitán, Harry aún era un fruto demasiado verde para ser dulce.
Intrigado como estaba por el misterio que era Snape, Harry había tomado la costumbre de conversar con Neville por un rato después de las comidas. Con el estómago lleno y el barril de cerveza ya vacío, el joven era propenso a olvidar su discreción y era fácil hacerle hablar de su capitán. Gracias a él se había enterado de muchas cosas interesantes.
—Dicen que si ahora se presentase en la corte, nadie le reconocería —le comentó un día—. Tanto ha cambiado su aspecto.
—¿Cómo era antes?
—Bueno, esa enorme narizota siempre la ha tenido, claro. —Rió, soltando un hipido antes de apurar la copa de cerveza. Harry había perdido la cuenta de cuántas se había bebido ya—. Y esos ojos negros y temibles también. Pero antes era poca cosa, delgaducho y de piel pálida y enfermiza como la de todos los que viven en la corte (sin ánimos de ofender). —Harry hizo un gesto para indicar que no se había sentido ofendido en absoluto—. Y sus manos eran delicadas y suaves. Ahora no tiene nada que ver con la persona que era antes; sus manos son fuertes, al igual que sus brazos y sus piernas (lo sé bien, por las patadas como coces que me da de vez en cuando); su piel morena, curtida por el sol, ya no es delicada, sino ruda como él, y varonil, como se debe esperar de un capitán pirata. Tiene incontables cicatrices producidas en combate y su constitución, antaño debilucha, es ahora aguerrida y corpulenta.
Harry no pudo evitar girarse hacia la cubierta superior, donde Snape se encontraba, como siempre, manejando su timón, y se cruzó con su mirada, que le estaba observando con expresión inescrutable. Sus ojos se trabaron durante unos instantes, provocando en Harry un escalofrío nada desagradable, y después Snape desvió su atención al frente, dejándole una inesperada sensación de vacío.
—¿Cuántos años tenía cuando se hizo a la mar?
—Nadie lo sabe seguro, unos dicen que veinte, otros que veintitrés... en todo caso, bastante joven.
Harry asintió, pensativo, considerando que él tenía ya veintiuno, por lo que debía haber sido más o menos de su misma edad.
Otro día, Neville le habló de su marca.
—¿Te has fijado en el tatuaje que lleva en el antebrazo izquierdo?
Harry asintió. Se había fijado. Se había fijado en cada uno de los detalles que concernían al capitán. Podría enumerarlos de memoria. Cuando se acercaba el mediodía y el calor apretaba, Snape solía arremangarse la camisa hasta los codos y la marca oscura que se destacaba contra su piel en el antebrazo izquierdo resultaba llamativa. Se trataba del dibujo de una flor, un lirio blanco, casi oculto por unos símbolos negros que habían dibujado por encima.
—¿Qué significa? —preguntó.
—La flor es ella, su amante asesinada; y los símbolos son la extraña escritura que utilizan en Tailandia. Son palabras —aclaró, como si esto fuera tan difícil de creer que necesitara reiterarse— y dicen: "No olvido. No perdono".
—No olvido, no perdono —repitió el chico, pensativo.
Él podría hacerle olvidar. Él quería hacerle olvidar. "Tengo que hablar con él", decidió. Al fin y al cabo, ¿qué tenía que perder? En el peor de los casos, sólo tendría que soportar sus burlas durante unas semanas más, después llegarían a puerto y jamás se volverían a ver. Entonces, ¿por qué estaba perdiendo el tiempo de ese modo? ¿Qué le retenía?
Se disculpó ante Neville y se dirigió al castillo de popa, pasando al lado de Draco Malfoy, que estiró una pierna tratando de hacerle la zancadilla, pero él se dio cuenta y logró esquivarla saltando por encima. Ni siquiera le dedicó una mirada de triunfo, se limitó a ignorarlo y subir la escalera que llevaba al alcázar con la vista posada en el hombre de detrás del timón.
—¿Qué hacéis aquí? —dijo el capitán cuando llegó a su lado—. ¿Ya os habéis cansado de cotillear con el pinche? No deberíais hacer caso de sus chismes, la mitad son inventados, y la otra mitad, imprecisos.
—Oh, ¿de verdad? Pues he de decir que Neville explica las mentiras más interesantes que he oído jamás. —Snape le dirigió una penetrante mirada que Harry no supo interpretar. Se removió en su sitio, nervioso. Cuando se lo quedaba mirando de aquella manera parecía como si pudiera leerle la mente; así que, para distraerlo, decidió hablar de otra cosa, de cualquier cosa—. No parece muy difícil manejar un timón. ¿Eso es todo lo que se requiere para ser capitán pirata? ¿Mover una rueda incansablemente mientras el viento hace todo el trabajo duro contra las velas?
El capitán sonrió de medio lado.
—Os parece sencillo, ¿eh? —dijo, la voz grave denotando una nota de humor—. ¿Qué tal si lo probáis?
Harry abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿C-cómo…?
—¡Eh, muchachos! —gritó Snape, atrayendo la atención de sus hombres—. Escuchad, tenemos un nuevo voluntario para capitán, ¿qué os parece si probamos su valía?
Hubo un nada discreto murmullo de desaprobación, acompañado por algunas risas repartidas por toda la cubierta inferior. Un irritado "Oh, Dios bendito" escapó de los labios de Lucius Malfoy, que estaba unos metros por detrás de ellos, y Harry vio con estupor cómo inmediatamente todo el mundo se agarraba a lo que tuviera más cerca.
—Oh, vamos, no puede ser tan… —empezó el chico, pero el capitán había soltado ya una mano del timón y, con una sonrisa maliciosa adornando sus labios, gesticulaba hacia él para que se acercase a tomar el mando de la nave.
Menos convencido de lo que intentó aparentar, Harry se puso frente a la rueda y la sujetó con ambas manos pero, en cuanto el capitán la dejó ir del todo, la fuerza del oleaje hizo que el timón se zafara de su agarre y empezase a girar enloquecido.
El barco dio una tremenda sacudida, crujió de manera aterradora y comenzó a inclinarse hacia la izquierda.
Todos los marineros se agarraron con aún más fuerza para no caerse. Todos menos Neville, que no se había sujetado a tiempo y se deslizaba por la cubierta moviendo los brazos frenéticamente, intentando asir alguna cuerda o cualquier punto de anclaje que detuviera su caída. Harry había conseguido aferrar de nuevo la rueda de madera, pero seguía desgobernada y salvaje, rebelándose ante su fútil intento de dominio. En medio del terror, el chico aún tuvo tiempo de admirar el impresionante sentido del equilibrio del capitán, que estaba plantado ante él riéndose a carcajada limpia con los puños apoyados en las caderas, sin agarrarse a ningún lado pero sin caerse, como si sus pies estuvieran clavados a la cubierta.
Otra sacudida del barco y la nave escoró aún más hacia babor; los dedos de Harry perdieron contacto de nuevo con el timón y se precipitó de costado hacia la borda, hacia el agua embravecida que amenazaba con engullirlo entero. Sujetándose a una de las jarcias, Snape salió disparado tras él y lo agarró con fuerza de la muñeca justo cuando el cuerpo del chico saltó la barandilla. Quedó suspendido en el aire unos segundos y luego se vio izado despacio mientras el barco recuperaba su horizontalidad.
Con el corazón en la garganta y los ojos desorbitados, Harry se dio cuenta de dos cosas a la vez: que el mando de la nave lo tenía el contramaestre y que la expresión divertida de Snape se había convertido en un gesto de profunda preocupación.
—¿Os encontráis bien? —le preguntó.
—Yo… —Harry se examinó el cuerpo en busca de heridas, pero no vio ninguna, aunque el dolor de las magulladuras se hacía sentir hasta en rincones de los que desconocía la existencia. Se había dado unos buenos golpes al chocar contra el lateral del barco y caer por el borde—. Sí, estoy bien. ¡Dios! Jamás hubiera creído que esto fuera tan difícil. ¡La fuerza que se ha de tener para manejarlo…! —No terminó la frase, se quedó atrapado en la negra mirada del capitán, que lo observaba con intensidad.
—Debí advertiros de que la mar estaba agitada como una perra en celo —se disculpó, sin asomo de humor en sus palabras—. Sólo pretendía enseñaros una lección, no que os lanzárais de cabeza al agua; pero la mar es traicionera y, a pesar de que, para el ojo inexperto, en apariencia está bastante calmada porque no hay viento, nos encontramos en plena mar cruzada y las olas son fuertes e imprevisibles. —Hizo una pequeña pausa y después, como un pensamiento de último instante, añadió—: Habéis estado a punto de morir.
—Entonces me alegro de que me hayáis atrapado a tiempo —dijo Harry, con una sonrisa. Ahora que ya se había repuesto del susto casi por completo, se podía permitir incluso un poco de buen humor. Sin embargo, Snape no pareció encontrarle la gracia y continuó mirándolo con gravedad. Entonces el joven reparó en que de la mano izquierda del capitán descendían varios regueros de sangre y un largo trecho de la jarcia a la que se había agarrado para deslizarse hasta él se había teñido de rojo.
—¡Vuestra mano! ¡Estáis herido!
El capitán se la miró con desinterés.
—No es nada, sólo está un poco desollada.
—¿Un poco? —Harry la tomó entre las suyas y la examinó, horrorizado—. ¡Pero si está en carne viva!
Snape chasqueó la lengua, se quitó el pañuelo blanco que rodeaba su cuello y se vendó la mano con él. De inmediato empezaron a formarse flores rojas en la tela.
—Ya está —dijo—. Ahora venid. —Sujetó al joven de la muñeca y lo llevó de nuevo ante el timón.
Lucius se apartó y Snape asió la rueda con una mano mientras instaba al chico a que pusiera las suyas sobre ella.
—Oh, no, no… no pienso volver a tocarlo ni a dudar de vos.
—Vamos, no temáis, yo no soltaré el timón, sólo quiero enseñaros cómo debe hacerse.
No muy convencido, Harry agarró la rueda fuertemente. De inmediato, sintió que el capitán se situaba a su espalda, casi pegado a él, y posaba las manos sobre las suyas, apresándolo entre su cuerpo y el timón, anclándolo en aquel estrecho espacio con una fuerza descomunal.
Las manos de Snape, grandes y ásperas, desprendían un calor que pronto se extendió a todo el cuerpo del joven, y su aliento le rozaba la nuca igual que una caricia. Harry cerró los ojos y la profunda voz del capitán se coló en sus oídos, suave y cálida, como las más fina de las sedas procedentes del lejano oriente.
—¿Veis? Se la ha de tratar con cariño, como a un amante. Con mano dulce, pero firme. La mar es como una yegua salvaje e indómita, y la nave es la silla sobre la que debemos montarla para poder domarla y doblegarla a nuestra voluntad.
Harry abrió los ojos pero no dijo nada. No hubiera podido aunque hubiera querido. Las palabras del hombre; su presencia, envolvente y embriagadora; su cuerpo cálido tan próximo a él, casi pegado a su espalda; todas aquellas sensaciones juntas le habían sumido en un estado de excitación tal que tuvo miedo de mirar hacia abajo, hacia sus propios pantalones, por no ver el bulto que presionaba contra ellos desde el interior.
Lo sentía tan cerca que no pudo evitar echarse un centímetro más hacia atrás, buscando su calor, y acabó con la espalda recostada contra el pecho del hombre, que no hizo nada para separarse de él.
—Mirad —susurró Snape en su oído—, mirad a vuestro alrededor. Desde aquí tenéis una vista inigualable de la cubierta. Todo el barco está a vuestros pies, os podéis sentir libre, os podéis sentir el amo de todo lo que os rodea. Es una sensación de poder sin parangón, ¿no os parece?
Harry miró hacia delante, a la cubierta inferior, que se extendía ante sus ojos; a los hombres que laboraban sin descanso; a las velas tensas y combadas, azuzadas por el viento; al mar que golpeaba contra el casco de la nave como si pretendiera horadarlo, mientras que el barco resistía, resistía valientemente a todos sus furiosos envites. Entendió lo que el capitán quería decir, pero lo entendió con una pequeña parte de su mente, porque el resto de ella, así como su cuerpo entero, sólo podía prestar atención al torso firme que lo sostenía y a los fuertes brazos que lo rodeaban con la excusa de sujetar el timón.
Giró la cabeza, torciendo el cuello cuanto pudo para mirarlo a la cara sin perder el contacto con su acogedor cuerpo. Sus rostros estaban muy juntos, sus ojos conectados por una línea invisible que los unía. El capitán inclinó la cabeza hacia él y Harry entreabrió los labios para recibirlo, pero cuando estuvieron tan cerca que sus alientos se entremezclaron, convirtiéndose en uno solo, Snape se separó de él de improviso.
—Deberíais ir a mi camarote y esperar allí. Se acerca tormenta —dijo.
Harry parpadeó, confuso y decepcionado por la ausencia del beso que casi había llegado a sentir, y el capitán señaló con la cabeza hacia delante, al cúmulo de nubes negras y amenazadoras que se cernía sobre el horizonte.
—¿No podría quedarme aquí con vos? —preguntó el chico, sorprendido incluso de haber conseguido encontrar la voz para hablar. Snape negó con la cabeza—. Por favor, no molestaría en absoluto… incluso podría ser de ayuda.
—No, no es posible. Es muy peligroso. No conocéis el protocolo en estos casos, lo único que haríais en cubierta sería estorbar el trabajo de mis hombres.
Harry volvió a parpadear. Desde luego, Snape no se andaba con rodeos ni intentaba suavizar sus palabras para no ofenderlo.
—Oh —dijo—. Está bien. Esperaré abajo, entonces, si realmente creéis que…
—Lo creo. Es lo mejor que podéis hacer.
Snape retiró sus manos de las de Harry y el chico, aún reticente, abandonó el timón y el calor del hombre a su espalda para dejar el castillo de popa.
Bajó la escalerilla pensando que, verdaderamente, las nubes que se avecinaban tenían un aspecto aterrador. Con una última y melancólica mirada al capitán, que tenía la vista fija al frente y el ceño fruncido, Harry recorrió la cubierta inferior para adentrarse en el barco. Por el camino, Draco Malfoy le dio un empujón con el hombro, mirándolo con un odio visceral que el chico no pudo comprender. Una cosa era la antipatía mutua que se tenían desde el primer momento, pero en aquellos instantes, los ojos grises del rubio echaban fuego a causa de la furia contenida.
—Aléjate del capitán —le advirtió Malfoy entre dientes, con voz venenosa—. No te atrevas a tocarlo con tus sucias manos. No creas que me intimida tu apellido. Aquí en el mar no eres nada.
Y entonces Harry lo entendió todo, el chico estaba celoso. Celoso de él. Lo embargó una cálida sensación de victoria.
—Haré exactamente lo que me venga en gana, Malfoy —replicó—. Y tú no puedes hacer nada para impedirlo.
Y, devolviéndole el empujón, se dirigió con paso furioso al camarote de Snape.
