Boda sin amor
Capítulo Dos
Naruto Namikase con solo treinta años es un empresario exitoso, dueño de uno ojos azules que hipnotizan, piel bronceada, un dios griego en toda su magnificencia, dirían la mayoría de las mujeres.
Hubo un echo que lo marco de por vida y ese era el que su madre los abandonara a él y a su padre. Naruto solo contaba con diez años cuando su madre había decidido fugarse con un socio de su padre, Kushina Usumaki de Namikase cansada de que su esposo le dedicara mas tiempo a la empresa que a ella misma, decidió dejarlo, por alguien que le prometía un futuro mejor, Asuma Sarutobi, pero lamentablemente él no quería a Naruto en esa nueva vida, por lo que Kushina se vio obligada a dejarlo con su padre, Minato amaba a su hijo y cuidaría bien de él.
Pero esa noche en la que Kushina partió con su amante los engranajes les destino se pusieron en marcha y el auto en el que la mujer huía, en compañía de Asuma, sufrió un terrible accidente, del que ninguno logro salir con vida.
Después que esto sucediera Minato Namikase, cayó en una terrible depresión que hizo que su empresa quebrara, pero con el tiempo logro recuperarse, todo por el bien de su hijo. Minato logro hacer de Naruto un hombre intachable, poseedor de una habilidad innata para los negocios, Naruto logró abrirse camino en el mundo de los negocios por si solo. Tiempo después su padre falleció de un ataque al corazón, Naruto sospechaba que había resistido mucho tiempo con el dolor a cuestas, sabia que jamás logro olvidar a su madre, su recuerdo lo consumía, y su querido padre termino por sucumbir ante el.
Todo lo acontecido con su familia llevó a Naruto a jamás pensar en enamorarse, esa no era una opción para él. Disfrutaba del buen sexo y era feliz así, no quería que alguna fémina tuviera la oportunidad de hacerle lo que su madre le hizo a su padre, por eso jamás habría su corazón.
En una de sus reuniones de negocios tubo la oportunidad de conocer a Hiashi Hyuga y al padre de este, Kotarou Hyuga. Ambos eran hombres con una gran visión para los negocios y con un excelente corazón. Naruto nunca negó su interés en Prado de la Reina, pero Kotarou siempre se negaba a aceptar cualquier oferta por la casa porque creía que era un bien familiar. Entablo una muy buena amistad con ambos, tanto así que los visitaba frecuentemente.
Fue en una se esas idas a Prado de la Reina que conoció a la peculiar nieta de Kotarou Hyuga, una niña tranquila, bonita y bastante descuidada a la hora de vestirse, no tenia el mas mínimo rastro de coquetería, al menos en presencia de Naruto, pero que podía resultar muy dulce y a veces demasiado inocente. Aunque tampoco es que podía exigirle mucho, la primera ves que la vio ella tenia casi dieciséis años y él veinticuatro, la chiquilla estaba bailando en el frente del jardín justo mientras caía la lluvia. A ella no parecía importarle que se estuviera mojando, al contrario, parecía que el barro impregnado en sus pies le aportaba lo divertido a la situación. En medio de esa lluvia pudo distinguir que la observaban a través de una de las ventanas de la casa y en cuanto sus miradas se cruzaron, algo sucedió.
Naruto sintió rechazo hacia esa niña, ella tenia algo que le recordaba a su madre ese aire de frescura y simpleza que la hacia tan peculiar entre las mujeres.
Su madre había engañado a su padre y si esa pequeña se parecía a su madre, era solo un prospecto a convertirse en alguien igual a ella, un ser vil y traicionero, Hinata Hyuga podría ser un lobo con piel de cordero, definitivamente le desagradaba.
Aunque después de conocerla se dio cuenta que no había malicia en ella, la duda ya estaba instalada en su ser y le fue inevitable, divertirse a costa de ella, aunque ella se defendiera de sus ataques, el siempre ganaba.
Luego de la muerte del padre y abuelo de Hinata, Naruto aún frecuentaba la casa, Hinata y él se odiaban cordialmente, al menos eso era lo que ella percibía.
Por que en el camino que llevaban recorrido los sentimientos de Naruto cambiaron…
Y ahora él estaba en Prado de la Reina y acaba de escuchar una propuesta que lo dejo atónito.
Hinata había cerrado automáticamente los ojos al hablar, pero en el silencio que siguió a su petición, se vio obligada a volver a abrirlos.
—¿Qué has dicho?
Naruto pronunció aquellas palabras entre dientes mientras la miraba como si le hubiese querido aplastarla. Hinata volvió a carraspear.
—Te he preguntado si quieres casarte conmigo —repitió, reprimiendo las ganas de salir corriendo.
—¿Se trata de una broma?
Hinata vio que estaba muy enfadado, lo cual la sorprendió bastante. Había pasado las últimas horas tratando de anticipar cuál sería su reacción y no se le había ocurrido pensar que se enfadaría. Desprecio quizá, desdén, burla o una negativa clara sí, pero enfadarse…
—No, no es una broma —añadió—. Ha sido idea de Kakashi. Le dije que era una locura, pero él dice que es el único modo de impedir que Kano herede la casa y la destruya. Ya conoces las condiciones del testamento del abuelo.
—Las conozco —asintió él—, pero no sabía que te importara tanto la casa como para desear cumplirlas. ¿Qué ha sido de toda tu insistencia de que no te casarías hasta que te enamoraras, hasta que estuvieras segura de que eras correspondida? ¿O se trataba sólo de una fantasía infantil que desapareció ante la realidad de perder esta casa?
—No, nada de eso —repuso ella enfadada—, pero…
Naruto se había quitado la chaqueta y estaba de pie delante de la enorme chimenea de piedra situada al lado de las escaleras que dominaban el vestíbulo.
Hinata admitió que Naruto encajaba bien en aquella casa. Con su altura, su aura de fuerza y autoridad, parecía mucho más a gusto allí que ella misma.
Las enormes estancias y los paneles oscuros la empequeñecían. Físicamente se parecía más a la familia de su madre que a la de su padre. Mientras la mayoría de los retratos de sus antepasados mostraban individuos fuertes y altos, ella era pequeña y con curvas demasiado pronunciadas para su cuerpo.
Pero seguía siendo su casa y una parte de ella sufriría mucho si la destruían. Era lo bastante sincera para admitir que, a pesar de sus sentimientos hacia Naruto, la casa estaría segura en sus manos.
—¿Pero qué? —preguntó él—. ¿Quieres tanto este lugar que no puedes soportar renunciar a él? ¿O me quieres tanto a mí que…?
La última pregunta la hizo con burla, conocedor de antemano de la respuesta, pero Hinata no se la ahorró.
—No, desde luego que no —dijo con vehemencia.
¿Por qué la miraba de aquel modo, con aquellos ojos de águila que tan incómoda la hacían sentir?
—Así que no quieres ni a la casa ni a mí, pero estás dispuesta a casarte conmigo para no perderla.
—Para salvarla —corrigió ella—. Salvarla de Kano. Y sería un matrimonio arreglado —añadió despacio, apartando un poco la vista de él.
Por alguna razón, le resultaba más fácil hablarle así. Se sentía más segura sabiendo que él no podía verle la cara y ella no tenía que ver la suya.
—Un matrimonio falso. Y no tiene por qué durar mucho tiempo. Kakashi dijo que probablemente podríamos conseguir una anulación y que no necesitamos, que no tendríamos que… —se interrumpió, tan consciente del silencio de él que no tuvo más remedio que volverse a mirarlo.
—¿Que no tendríamos que qué? —la alentó el hombre con burla—. ¿Cohabitar, hacer el amor?
Hinata odió el modo en que pronunció aquellas palabras, acariciándola casi, disfrutando de la incomodidad de ella.
—Si crees que eso va a empujarme a aceptar, es que no conoces muy bien el sexo masculino y su ego. ¿De verdad crees que algún hombre está dispuesto a acudir a un tribunal y decirle a todo el mundo que no es lo bastante hombre para acostarse con su esposa? ¿Crees de verdad que alguien, y en especial ese repulsivo primo tuyo, va a creerse que tú y yo somos realmente marido y mujer cuando la sola mención de la palabra sexo basta para convertirte en la personificación de una virgen tradicional temblorosa? No, querida. Si estuviera lo bastante loco para aceptar ese matrimonio fraudulento que me propones, tendría que parecer real a los ojos del mundo, aunque eso significara que al final tuvieras que sufrir la indignidad de pasar por un divorcio.
A Hinata había empezado a latirle con fuerza el corazón mientras él hablaba, pero cuando comprendió que no iba a rechazar su propuesta de plano, lo miró con incertidumbre, con el rostro aún ruborizado. Admitió para sí que Naruto era el único que la hacía reaccionar así cuando hablaba de sexo. Ni siquiera los comentarios rudos y ofensivos de los adolescentes con los que trabajaba en el albergue conseguían avergonzarla como él.
—Pero no sería un matrimonio real —insistió, mirándolo a los ojos—. Nosotros no seríamos…
—Amantes —dijo él—. Desde luego, me resulta difícil imaginarlo. La única vez que te he tenido en mis brazos por poco me sacas los ojos —le recordó él.
—Me asustaste —se defendió ella—. Estaba oscuro, me agarraste de repente y yo…
—Tú salías a escondidas con Kiba Inousuka a robar el salmón de tu abuelo.
—Kiba había prometido enseñarme las guaridas de los tejones y entonces interviniste tú y lo estropeaste todo —le recordó Hinata indignada—. Me había prometido llevarme en cuanto cumpliera los dieciséis años.
—¿En serio? Espero que no le contaras eso a tu padre. Dieciséis años y no te habían besado nunca. Refréscame la memoria. Hinata. ¿Cuántos años tienes ahora?
—Casi veintidós —dijo ella con impaciencia.
—Mmmm, y presumiblemente ya eres bastante más experta en el arte de besar. O deberías serlo después de la sesión de prácticas que presencié el año pasado en el baile de Nochebuena de los Lewisham.
Hinata se ruborizó aún más al recordar el incidente al que él acababa de hacer alusión. Uno de los primos de los Lewisham, un joven que la había estado mirando con adoración casi toda la noche desde el lado opuesto de la estancia, la alcanzó en la semioscuridad del pasillo que conducía al guardarropa, cuando se disponía a retirarse, y la abrazó con fuerza mientras besaba apasionadamente la boca cerrada de ella. Fue un episodio bastante inofensivo. El joven se presentó en su casa al día siguiente para disculparse y pedirle la oportunidad de empezar de nuevo, cosa que Hinata rehusó con tacto. Pero hasta ese momento no sabía que Naruto hubiera presenciado el incidente.
Empezó a andar por la estancia, alejándose de él.
—¿Por qué diablos no te compras ropa decente? Después de todo, puedes permitírtelo. Tu padre te dejó bastante dinero. ¿O ese beato de Sai se escandalizaría si te presentaras con aspecto de mujer en lugar de niña?
—Sai no es un beato —musitó ella, volviéndose hacia él—. Y en cuanto a mi ropa… —frunció el ceño y miró su camiseta y el jersey grueso que había pertenecido a su padre—, me visto para estar cómoda. El hecho de que a ti te guste ver a una mujer con un vestido tan ceñido que apenas le permite andar no significa… aunque supongo que a tu edad, considerarás eso elegante.
—Tengo treinta años, Hinata —le recordó él—, no soy un cincuentón que combata desesperadamente el envejecimiento y, en cuanto a mi idea de la elegancia, no hay nada que me atraiga más que una mujer que tiene la suficiente confianza en sí misma para vestir de un modo que no oculte ni revele su sexualidad; una mujer que lleve seda o cachemira, lana o algodón, tejidos sencillos. Pero tú no eres todavía una mujer, ¿verdad?
Por alguna razón que ella no podía definir, aquellas palabras la habían herido, haciéndola ponerse a la defensiva.
—Soy una mujer —dijo con voz ronca por la emoción—, pero tú no sabes verlo. Tú sólo piensas en las mujeres en términos de sexo, piensas que cuanta más experiencia tienen, más mujeres son. Pues para tu información…
Se detuvo abruptamente. ¿Por qué permitía que le hiciera eso? ¿Por qué tenían que terminar siempre discutiendo?
—¿Para mi información qué? —la desafió él.
—Nada —repuso Hinata.
Había sido una estúpida al hacerle caso a Kakashi. Si el único modo de salvar la casa era con un matrimonio fingido, tendría que ser con otra persona. Cualquier otra persona. Cualquiera que no fuera el hombre odioso y arrogante que la miraba en aquel momento.
—Muy bien —dijo con amargura—. Ha sido una idea estúpida y yo fui una tonta al creer que aceptarías por mucho que desees esta casa. Me iría mejor poner un anuncio en el periódico pidiendo marido.
—Todavía no te he dado mi respuesta.
Hinata lo miró.
—Te vas a meter en un lío —prosiguió él—. Kano sospechará.
—Pero no podrá hacer nada mientras yo cumpla las condiciones del testamento de mi abuelo.
—Mmmm. Kano es muy retorcido. No deberías subestimarlo. Hay algo de fraude en ese plan tuyo.
—¿Fraude? Pero…
—Pasado mañana volveré de Bruselas. Entonces te daré mi respuesta. Y Hinata —añadió, al volverse para salir—, entretanto, nada de anuncios en los periódicos, ¿eh?
Al quedarse sola, la joven pensó con indignación que aquello no era justo. ¿Por qué siempre tenía que hacerle sentir como si fuera una cría estúpida?
—Has vuelto a olvidar echarme azúcar en el café —la riñó Sai. Frunció el ceño y enarcó las cejas—. De hecho, estos últimos días pareces muy preocupada. ¿Te ocurre algo?
—No, nada —mintió Hinata.
—¿Sabes? Es una lástima que no te esforzaras más por convencer a tu abuelo de que nos legara Prado de la Reina. Hallows, la planta de ingeniería, cierra el mes que viene y Dios sabe cuántas personas más se quedarán sin casa. Aquí ya nos faltan camas. Cuando pienso en esa enorme casa con todas esas habitaciones…
—Sí, lo sé —asintió ella, con aire culpable.
No había discutido con Sai las condiciones del testamento de su abuelo y, puesto que Kano había dicho ya claramente que esperaba heredar la casa, Hinata había permitido que Sai creyera lo mismo.
Cuando anunció que iba a trabajar voluntariamente en el albergue, su padre se mostró algo preocupado pero fue Naruto el que se encargó de advertirle que, a la vista de sus contactos familiares, Sai se sentiría obligado a presionarla para que le ayudara a buscar fondos para el albergue.
—Sai nunca haría eso —protestó ella, indignada.
Y entonces lo creía. Y seguía creyéndolo. Y si Sai estaba molesto con ella porque no había conseguido convencer a su abuelo de que donara la casa a su proyecto caritativo, no era difícil comprender sus motivos.
Siempre que entraba en aquel edificio viejo y destartalado de las afueras de la ciudad sentía una punzada de remordimientos.
Todos hacían lo posible porque resultara lo más hogareño posible, pero las habitaciones le recordaban el internado al que asistió ella al principio de volver su padre a Inglaterra. No permaneció mucho tiempo allí, pero le dejó una impresión duradera.
La primera primavera que trabajó en el albergue, llegó una mañana con el maletero de su pequeño coche lleno de jarrones que había tomado prestados de la casa y los asientos traseros colmados de tulipanes amarillos.
Sai la encontró colocando los jarrones.
—Tú desperdiciando el dinero en flores cuando apenas tenemos suficiente para comprar comida —le gritó. —Lo siento Hinata pero debes entender que tenemos prioridades — le dijo con vos mas calma.
Hinata no volvió a cometer aquel error, pero a veces la austeridad del albergue la deprimía, sentimiento que se añadía a la compasión y angustia que sentía por las condiciones en las que vivían los jóvenes a los que acogían.
Aquel día, no obstante, era culpablemente consciente de que pensaba más en sus propios problemas que en los de las personas sin techo. Naruto regresaría aquella tarde. ¿Cuál sería su decisión? ¿Cuál quería ella que fuera?
Sabía muy bien lo que diría Sai si le pedía consejo y una parte de ella estaba de acuerdo con él: había cosas mucho más importantes por las que preocuparse que una casa; había personas, seres humanos mucho más necesitados que un simple edificio y, sin embargo, cuando paseaba alrededor de la casa, cosa que hacía más a menudo últimamente, era también emocionalmente consciente del amor, el cariño, el esfuerzo humano empleados en convertirla en lo que era. No era el valor material de las esculturas de madera que cubrían las escaleras lo que la hacía considerar su destrucción con remordimientos, sino el arte con el que habían sido realizadas. Si cerraba los ojos, casi podía oler el olor fresco de la madera reciente, percibir el silencio de los aprendices que observaban al maestro, ver el orgullo de sus rostros cuando les permitían contribuir, cuando inspeccionaban y aprobaban su trabajo, las manos expertas del maestro recorriendo las esculturas mientras los aprendices contenían el aliento y esperaban su veredicto.
El trabajo de escayola de los techos, los muebles de las habitaciones, todo había sido creado con orgullo y cariño.
Sai sin duda lo vería de otro modo: los aprendices heridos o impedidos por su trabajo, arrojados a la calle para morirse de hambre o lo poco que pagaba el patrón a sus obreros.
—¿Qué pasa? ¿Tu novio se está portando mal?
Hinata volvió la cabeza y sonrió al muchacho que la miraba con la cara llena de espinillas. Ignoró deliberadamente la mueca que hizo su compañero y sus palabras:
—Si se portara mal, no estaría ella tan triste.
Hinata ni siquiera se ruborizó, como le habría ocurrido de ser Naruto el que hiciera un comentario de ese tipo.
—¿Sabes algo de ese empleo que solicitaste, Kei? —preguntó.
—No. Y no creo que me lo den.
—Deberías tratar de seguir estudiando —sugirió la joven—. Podrías asistir a la escuela nocturna.
Sabía ya cuál sería la respuesta y no le sorprendió que el chico negara firmemente con la cabeza. Cuando el sistema te fallaba tanto como había fallado a esos muchachos, debía ser muy difícil volver a confiar en él.
Una hora después, mientras se dirigía a su casa, sentía ya un nudo en el estómago al pensar en cuál sería la decisión de Naruto. Para su sorpresa, al aparcar en la parte de atrás, en lo que había sido en otro tiempo el patio de las caballerizas, vio un coche desconocido aparcado allí.
Al salir del suyo, miró con incertidumbre aquel Rolls Royce rojo brillante. Entró en la casa por la puerta de atrás y cruzó un laberinto de pasillos y habitaciones oscuras.
Oyó voces en el vestíbulo principal y se puso tensa al reconocer una de ellas: era Kano, el primo de su padre. ¿Qué estaba haciendo allí? Y, más importante aún, ¿cómo había entrado?
Respiró hondo y salió al vestíbulo.
Kano estaba de espaldas a ella, con su calva brillando a la luz de la araña de cristal que alguien había encendido. Era increíble para Hinata pensar que eran familia, es decir su padre y su abuelo habían llevado el cabello largo siempre, siempre pulcro y ordenado a pesar de la edad, pero Kano, se podía ver a simple vista, hace mucho que no utilizaba un peine.
Tanto él como el hombre con el que estaba examinaban detenidamente la araña.
—Mmmm, supongo que podría pagarse bien, aunque ahora no hay mucha demanda de esas cosas. Es demasiado grande y lujosa. Probablemente sería mejor venderla en el extranjero, buscar un agente… —se interrumpió al ver a Hinata y tocó el brazo de Kano para atraer su atención hacia ella.
—Ah, Hinata…
Los modales amistosos de Kano no engañaron a la joven, que compartía la antipatía y la desconfianza de su padre y abuelo hacia aquel hombre.
—¿Qué haces aquí, Kano? —preguntó con firmeza.
El hombre que lo acompañaba se había alejado cortésmente y la expresión de Kano cambió al ver la hostilidad de ella.
—Sólo estoy revisando mi herencia —repuso.
—Todavía no es tuya —le recordó ella con fiereza.
Kano se encogió de hombros con un gesto de desprecio. A diferencia de su padre y su abuelo, era un hombre gordo y su rabia aumentaba el color ya rojo de por sí de su rostro.
El padre de Hinata había dicho en una ocasión que Kano tenía muy mal genio. En las pocas ocasiones en las que Hinata lo había visto, la tensión que emanaba de su esposa parecía confirmar el comentario de su padre aunque aquélla era la primera vez que ese mal genio había estado dirigido contra ella.
—Puede que todavía no, pero lo será pronto —dijo con rabia—. Y no hay nada que tú puedas hacer para impedirlo. Por una vez en su vida, el viejo se pasó de listo. ¿Cuánto crees que pagarán por la escalinata, Takuma? —preguntó al otro hombre.
Mientras lo observaba y oía, Hinata comprendió que no podía contar con apelar a sus buenas intenciones ya que aquel hombre no tenía ninguna.
Oyó abrirse la puerta frontal y se volvió con nerviosismo, pero no se trataba de otro de los acompañantes de Kano: era Naruto.
Se acercó a la chimenea y frunció el ceño al observar la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
Hinata vio la hostilidad y aprensión que asomaron un instante a los ojos de Kano, pero Naruto no lo miraba a él sino a ella. La miraba de un modo que no recordaba haberle visto mirar nunca a ninguna mujer y menos a ella.
Parpadeó un poco para escapar al embrujo de aquella mirada. ¿Desde cuándo podían brillar los ojos de Naruto con tanto calor? ¿Dónde había aprendido a mirar a una mujer de tal modo que todos los que lo vieran fueran inmediatamente conscientes de su deseo por ella? Pero Naruto no la deseaba; ni siquiera le caía bien, sólo…
—Naruto —dijo débilmente, llevándose automáticamente una mano a la garganta para detener el pulso que latía allí—. No te esperaba hasta más tarde.
—No podía soportar pasar más tiempo lejos de ti —repuso él.
Hinata abrió la boca sorprendida. Sentía que le ardía la piel. ¿Qué intentaba hacer Naruto? Debía saber tan bien como ella que…
Se quedó horrorizada al verlo cruzar el vestíbulo, dejar el maletín en el suelo y abrazarla con tanta fuerza que casi sintió cómo le clavaba los dedos en la carne; el rostro de ella quedó enterrado en el pecho de él y fue incapaz de decir nada.
—Dios, te he echado mucho de menos —exclamó él.
Hinata respiró con nerviosismo.
—¿Le has dado ya la noticia a Kano, querida?
¿La noticia? ¿Qué noticia? Hinata levantó la cabeza con intención de preguntárselo.
Pero no llegó a pronunciar las palabras. Naruto bajó la cabeza y se lo impidió besándola en la boca.
Naruto la estaba abrazando; Naruto la estaba besando. ¿Besándola? ¿Era eso lo que hacía? No parecía un beso. Abrió los ojos y miró los de él con ansiedad. Seguían siendo de zafiro y su boca era…
Una sensación de mareo la envolvió al sentirse besada de nuevo.
Tenía los ojos abiertos y él también, sugiriéndole con ellos que obedeciera las órdenes silenciosas que le daba. Sentía que su boca se suavizaba bajo el impacto sensual de la de él, que todo su cuerpo se relajaba fundiéndose con el de él y se sintió invadida por una sensación extraña.
Percibió horrorizada que sus pezones se endurecían y apartó la boca con un grito de protesta.
—Tienes razón —asintió él—, éste no es el momento ni el lugar.
Su voz sonaba suave, un ronroneo ronco que provocó escalofríos en la espina dorsal de ella. Levantó una mano y le tocó la boca con el pulgar.
—¿Qué diablos pasa aquí?
Hinata apartó la vista con un esfuerzo del rostro de Naruto y se volvió hacia Kano.
—¿No te lo ha dicho Hinata? —preguntó Naruto con cortesía—. Vamos a casarnos. Ya tengo la licencia —le dijo a Hinata, ignorando la rabia que emanaba de Kano—. La boda será como tú querías que fuera. Un acontecimiento pequeño y tranquilo en la iglesia de…
¡En la iglesia! Hinata se puso tensa, pero esa vez consiguió reprimir sus protestas.
—No pueden hacer eso —dijo Kano con rabia a su lado—. No piensen que no sé lo que se proponen. No crean que yo no…
—Kano… —Hinata se maravilló de que Naruto, sin levantar la voz y sin mirarlo siquiera, hubiera conseguido silenciar al otro—. Creo que es hora de que te marches. Te acompañaré fuera.
Naruto se apartó entonces de ella y, en cualquier otro momento, a la joven le habría divertido la expresión de furia de Kano y la confusión que mostraba el rostro de su amigo, que quería saber exactamente lo que ocurría y por qué Kano lo había llevado allí.
—Esto no acaba así —les advirtió Kano con aire amenazador—. Todavía no estan casados y además…
—Adiós, Kano —lo interrumpió Naruto, cerrando la puerta con firmeza tras él.
—¿Hablabas en serio? —preguntó Hinata, con la boca seca cuando se quedaron a solas—. ¿Vamos a casarnos?
—Sí —repuso él con calma—. ¿Qué ocurre? —preguntó, volviendo con brusquedad a sus modales habituales—. ¿Has cambiado de idea?
Hinata miró la escalera y la araña de cristal y negó con la cabeza, no muy segura de poder hacerlo con palabras.
Hola!!! Quiero agraceder a todos los que dejaron rr, no tuve tiempo de responderles como quisiera, pero es que estaba ocupada con el cap, pienso actualizas día de por medio, ósea lo mas rápido que puedo es que tengo otra adaptación en mente y quiero compartirla con ustedes. No sabia que esto presionara te presionara tanto, pero la alegría de saber que les gusto es mucha.
Muchos besos a: Kenniana, deltaporsiempre, Tsusina, cleo-656, Karurosu-sempai, Heero Kusanagi, NarutoNamiKazeUzumaKi1, FEGA, ETOLPLOW-KUN, black-sky-666, naminaruxtsubahina, Oonigiri, okashira janet, FannyLu, laury, Hinataxlia, los quiero!!!!!
