Cambio de escena: —

Cambio de narrador: /

Flashback

Pensamiento: "..."

Sueño: [...]


Existen las diferencias de estatus en los diversos reinos, el campesinado, los cuales trabajan día sí, día también y viven en condiciones pobres y lamentables. La nobleza, que lentamente había comenzado a ser sustituida. Hacía ya muchos años podías ver las fincas de los señores feudales, ocupando gran parte del reino, y ahora, de los cientos que habían sido, con grandes riquezas, maravilla y una vida saludable, habían quedado en unos pocos.

No era difícil saber que estos habían sido opacados por la burguesía, que había ayudado a que el pueblo evolucionase.

Por último, el más importante, aquel que tenía una corona de oro, decorada con hermosas y carísimas joyas. El rey, ese que vive en un castillo, ese que vive lleno de comida y lujo allá donde pisaba, rodeado de mujeres, de tesoros que les traían sus caballeros. En fin, a comparación del resto de la población, todos llegaban a creer que la realeza simplemente vivía una vida de ensueño.

Eso era lo que se creía, pues al igual que había reinos con grandes diferencias categóricas, existían los que trataban de paliarlas. Su regente, trataba a todos con amor y cariño, se preocupaba por su pueblo, amaba ayudar todo cuanto podía desde las sombras.

Claramente, había dificultades. Seguía habiendo robos, seguía habiendo asesinatos, seguía habiendo injusticia. En cambio, los caballeros de la corona, buscaban y arrestaban allí donde se producía la injusticia, no importaba quien fuese, si privilegiado o no. Ellos les detenían y eran juzgados justamente por sus crímenes.

A comparación de otros lugares, el reino Miraculous podía llegar a ser uno casi utópico, pero no perfecto.

Y a su alrededor, el misterio lo rodeaba, y no solo por ese ambiente pacífico que parecía provenir de él, sino también, por el misterio oculto en ese precioso castillo de marfil. Pues nunca, ni campesinos, ni nobles, ni burgueses, ni ladrones que habían tratado de robar miles de veces en el castillo.

Habían visto el rostro de quien era su princesa, y actual regente de ese bello reino.

Las únicas veces que se llegaba a ver, eran por las mañanas, con sus comunicados, por las tardes, con el paseo real por el pueblo, donde ayudaba a sus súbditos en todo cuanto podía. Y las noches, nada, pues ella siempre permanecía en su palacio. Pero, os preguntaréis, si salía tantas veces, ¿cómo es que nadie había visto su rostro?

Era fácil, pues ella siempre llevaba una máscara que casi tapaba en totalidad su cara. De ella solo podía verse unos bellos ojos azules, intensos y brillantes como el mismo cielo. Unos suaves labios rosados que acompañaban a la perfección con su fina y pulcra piel de porcelana. Y por igual, su característico cabello negro como la noche, era lo único que mostraba al público, pero claro, no iba sola.

La bella princesa siempre iba escoltada por su consejera y guardia real, una encantadora y baja pelirroja que, a comparación de la azabache, nunca llevaba máscara, pero si llevaba con ella una espada de corte árabe con la que era muy diestra.

Siempre que la pelirroja iba con la enmascarada, la misma no temía por nada, pues sabía que su guardia estaría ahí para ayudarle si algo malo llegase a suceder.

No se separaban por nada, no solo porque al ser la representante del reino era más probable que amenazasen contra su vida, si no también, debido a los rumores que corrían por el lugar, todos creían que la joya, siempre estaba junto a ella, aunque realmente no sabían que era, muchos pensaban que nada perdían por atacarle y arrebatarle todo lo que tuviese de valor en ese momento.

No sabían lo equivocados que podían llegar a estar. Pues lo que realmente les arrebataban a aquellos que osaban atacar a la princesa, era la vida.

Muchos hablan de aquí para allá. No es raro, los rumores corren por el viento para esparcirse como plagas. Incluso en aquel lugar que podría parecer un paraíso para muchos, entre los murmullos de su población, siempre había aquellos que en vez de agradecer el que su princesa se sacrificase como ningún otro había hecho para ayudar a sus súbditos. Preferían quejarse e insultar a la corona, criticando el como la princesa vivía en semejante castillo, mientras ellos se morían de frío en sus casuchas, cuando de lo único que se quejaban era el que no tenían los lujos que la princesa -aunque nunca los había pedido- tenía.

Incluso en sus largos paseos, había gente que incluso se atrevía a lanzarle desperdicios, que a veces llegaban a ella, pero poco o nada le importaban, al menos, en lo que llegaba a mostrar en el exterior…

La codicia siempre era mala, siempre la humanidad ha deseado tener algo más de lo que ya tenía, no importaba, ricos o pobres. Siempre se ansiaba más.

Pero ella no. La princesa de ese hermoso reino, no quería nada más. Todo lo contrario, ella prefería dar a su pueblo, quienes lo necesitaban mucho más que ella.

Sin embargo, las malas lenguas siempre hablarán y no siempre podría ser la buena de una historia.

Lo sabía, lo tenía claro desde el principio. Solamente llegaba a molestarle el hecho de que algunos aldeanos no se daban cuenta del esfuerzo que ella llegaba a hacer por su reino.

Desde la trágica muerte de sus padres ella, a una tierna edad tuvo que aprender mil y una leyes, tuvo que aprender modales, tuvo que saber reinar. Ya hacía siete años que era la princesa, pero no reina, pues ella aun era menor de edad para convertirse en una como tal.

Aun así, siendo tan joven, había conseguido más que ningún antiguo rey.

Y le dolía el que una parte de su población, creyese que ella no hacía nada y solamente se refugiaba en su palacio de marfil. En realidad, su vida no era fácil, de verdad que no.

―…esa ―susurró una voz en su oído de la cual ella no se había dado cuenta―. Princesa… ―se escuchó con un poco más de fuerza, pero ella seguía sin atender, solamente miraba en dirección a la ventana, donde las cortinas se movían suavemente por la brisa que entraba de fuera.

Y en aquel momento, la azabache soltó un chillido cuando la comenzaron a zarandear. Su cabeza comenzó a dar vueltas y por un momento perdió el norte, ni se acordaba dónde estaba, o así hasta que dos manos tomaron sus mejillas y tiraron con fuerza de ellas.

―¡Ay, ay, ay, ay! ―gritó la menor con sus ojos entrecerrados mientras golpeaba las extremidades de la persona que tiraba con fuerza de sus mofletes―. ¡Que me haces daño!

―Entonces respóndeme cuando te hablo ―dijo una voz seria, quien después de un momento rio levemente soltando las mejillas de la princesa.

―Dios Tikki. Me has hecho mucho daño ―susurró ella acariciando suavemente sus mofletes, los cuales ahora estaban rojos por la acción de la consejera.

―No es mi culpa que estés en las nubes ―se encogió de hombros mientras ayudó a la menor a levantarse de la cama para tenderle un precioso vestido de tonos rojos―. Vamos, es hora de comer, y después es nuestro paseo real.

―No sé si quiera salir, muchos de ellos me miran mal ―dijo desviando su mirada hacia la ventana, donde a lo lejos se escuchaba el suave murmullo de las calles.

Una tenue mueca se formó en sus labios al recordar la última vez salió de palacio en una de sus caminatas. Como todos, hombres, mujeres e incluso niños le miraban con reproche, aunque los pequeños solo imitasen las acciones de sus padres, para ella seguía siendo un gran golpe directo al estómago.

Claramente no todos le miraban de esa mezquina manera, pero quienes si lo hacían le quebraban por dentro. Siempre lo hacían, aunque ella sufriese en silencio.

No le gustaba salir a dar paseos la gran mayoría del tiempo, pero al mismo tiempo, existían esos momentos que ella disfrutaba, momentos cuando ayudaba a quienes lo merecían, momentos en los que los susurros desaparecían y la vista de su reino la hacía relajarse, momentos en los que observaba como la gente por la calle, al menos una parte de ellos, eran felices con sus familias.

Ella no vivía lo que ellos, no había experimentado la pobreza en su mayor apogeo. Aun así, le reconfortaba ver que incluso en tiempos difíciles, aún había gente que sonreía, que apoyaba al resto. Y ese era su propósito, la felicidad y la paz en su reino, acabar con hambrunas, enfermedades, acabar con todo. Pero no podía con todo. Y por eso muchos de sus súbditos le reprochaban.

―Princesa. No debe atender a aquellos que solo sueltan banalidades de usted ―susurró con su elegancia la pelirroja que puso una mano sobre el hombro de la azabache, la cual salió de su mente y miró de reojo a su guardiana.

―Tikki, por favor, ahora no me hables de usted. Nos conocemos desde hace doce años, eres como mi hermana, no puedes, ni debes hablarme formalmente en privado ―dijo ella tomando la mano de la más baja siendo que esta suspiró y asintió.

―Está bien Marinette. Todo estará bien, ¿de acuerdo? ―le preguntó, aunque más parecía ser una afirmación, mientras la abrazaba y la menor suspiraba para girarse y corresponder al abrazo―. Además, quien se atreva a insultarte o a abalanzarse sobre ti solo conocerá el filo de mi espada.

Ambas rieron por aquello y negaron con la cabeza, siendo que la menor tomó el vestido que le ofrecía su consejera. Fue tras el biombo de tres piezas que utilizaba una tela rojiza para ocultar la imagen y solamente mostrar la sombra de la princesa.

Los minutos pasaron, y ella se vistió con aquel bello traje oscuro de tonos azules y rosados que hacía destacar más aquella delicada piel que poseía.

La pelirroja suspiró encantada, cuanto más veía a su princesa y amiga, más bella la veía. La azabache al escuchar ese suspiro por parte de su amiga se sonrojó por ello y desvió su mirada avergonzada, consiguiendo que la consejera chillase y saltase sobre ella para abrazarla con fuerza.

―¡Dios! ¡¿Por qué eres tan tierna!? ―rio burlona en su pregunta para reír junto a la menor, con cuidado, se separó de ella y comenzó a arreglar su vestimenta. Unos segundos después asintió por su resultado y se dirigió a la cómoda, tomando con cuidado la máscara que estaba sobre la misma para acercarse a la princesa y arrodillarse para entregarle la máscara―. Aquí tiene mi princesa.

La fémina hizo una sutil reverencia y con cuidado tomó el antifaz, lo acarició con sus pulgares la superficie de la misma. Su bordado de mariquita era lo que destacaba su nombre, al menos, el resto del mundo solamente la conocía como la princesa Ladybug. Pues nunca había usado su verdadero nombre -en público claramente- ni se había presentado a la sociedad con el mismo.

Ambas se miraron por un momento y con una tenue sonrisa, la chica se puso su máscara y asintió a su consejera y esta se dirigió a las puertas de la habitación y las abrió de par en par.

Las dos comenzaron a caminar por los pasillos del palacio, siendo que cada uno de los sirvientes, hacían una reverencia a su princesa, o simplemente le sonreían ampliamente como les había pedido ella a algunos.

Como por ejemplo esa adorable rubia de grandes ojos azules y baja estatura como su consejera, Rose. Al igual que una de sus mejores amigas, Alya. A la cual, no había conseguido ver ese día, debido a que la habían mandado a hacer muchísimas tareas de las cuales no podía librarse, pues ya lo había hecho muchas veces y a Tikki tampoco le hacía gracia el que andase vagueando.

Tras una pequeña caminata en la que decenas de sirvientes habían pasado por su lado, la chica se detuvo en el momento que vio como un joven de cabellera oscura y unos preciosos ojos verdes, el chico, al momento de llegar se detuvo e hizo la reverencia para después comenzar a jadear, apoyando sus manos en las rodillas pues se había quedado sin aire.

―Marc, ¿cómo has entrado al castillo? ―le preguntó la consejera con una ceja arqueada.

―H-Ha habido cambio de guardia y, ahh… los guardias me conocían ―susurró casi sin aliento mientras trataba de decir dos palabras seguidas sin desplomarse en el suelo.

―"Seguramente hayan sido Kim y Max los que estaban de guardia" ―pensó la princesa para tomar la mano del chico, quien se sonrojó y más al momento de ser escoltado por la azabache para que se sentase y descansase―. Bueno, si estás aquí solo puede significar que traes una carta del reino Illustrator, ¿no es así?

El chico ante aquella pregunta asintió errático y sonrió con cierto nerviosismo y ella rio suavemente para tenderle su mano y que el chico comenzase a buscar en sus bolsillos para así sacar la carta y entregársela a la princesa.

―Muchas gracias Marc. Si necesitas descansar, que lo necesitarás, y quieres beber o comer lo que sea, sabes donde se encuentra la cocina. Yo debo marchar ya, así que por esta vez no podré acompañarte.

―N-Nunca hace falta princesa, vos estáis muy ocupada, no soy quien para molestarla ―le dijo agachando su mirada y la menor le miró para negar con la cabeza y con cuidado alzar del mentón al muchacho, quien le miró un tanto entristecido.

―Tú nunca podrías molestarme Marc ―susurró con una encantadora sonrisa y el chico se sonrojó suavemente por aquello para ver como la princesa le ayudaba a levantarse.

―Princesa Ladybug, es demasiado bondadosa conmigo. No debería…

―Shh, no rechistes a la regente de un reino, ahora ve a que te den algo de comer y beber, y cuando lo creas necesario, puedes marchar sin problema. Por si alguien no te cree, ya sabes que tienes que decirles.

El chico asintió y con una extensa sonrisa se marchó de allí. La consejera rio suavemente, su princesa siempre era bondadosa y gentil con las personas de su alrededor. En silencio, le ofreció su brazo, el cual la azabache tomó sin réplica alguna y le entregó la carta a su consejera, quien la tomó y la guardó en uno de sus bolsillos. Y sin más se encaminaron hacia la salida.

Pero antes de llegar, ambas se detuvieron frente a una hermosa obra de arte, que mostraba en ella a los antiguos reyes de aquel hermoso reino, con una sonrisa en sus rostros y una mirada cálida y pacífica.

―Trataré de hacer que hoy también os sintáis orgullosos ―sentenció con una encantadora sonrisa y su amiga le miró fijamente para negar con la cabeza.

―"Seguro que allí donde están, ellos siempre estarán orgullosos de ti". ―pensó con una sonrisa en su rostro y pronto, los portones se abrieron dando paso al exterior.

Así solía ser la vida de la joven de intensos ojos azules, algunos le agradecían sus gestos, otros los despreciaban y otros simplemente les era indiferente.

Pero en realidad, no debería quejarse nadie, puesto que esa princesa, a la tierna edad de diecisiete años, había vivido, había sufrido y había soportado más cosas. De las cuales muchos, nunca habrían podido liberarse de horribles pesadillas. En cambio, siempre tenía un rostro y siempre ayudaba a la gente, tratando de que no se rompiesen.

Cuando la verdad era, que la más rota y la que más ayuda necesitaba de todas las personas… era ella.


N/A: Bueno chicas y chicos, aquí acaba el tan esperado capítulo, siento mucho la tardanza pero es que no se me ocurría nada y de repente salió esto, espero que lo hayáis disfrutado, como yo disfruto escribiéndolo. He de decir que el cambio que va a tomar esta historia puede que no a todo el mundo le guste. También decir que no todos los personajes que aparecen en la serie (los estudiantes) tengan la misma edad. Ya que es un AU demosle más emoción. Esperaré con muchas ganas vuestros comentarios para que me contéis que os parece este capítulo y el cómo os ha sentado el cambio. Hasta la próxima actualización uwu.

Próximo Capítulo: La vida de un ladrón