Capítulo segundo: No


En fin, pues ya está allí, subida en una jodida plataforma y rodeada de agua. Podría haber sido peor, podría haber sido, pongamos, arena de desierto. Al menos de niña le enseñaron a nadar. Al menos la industria del Siete, la madera, permitía a sus habitantes acceder a los bosques y los lagos que lo rodean, y aunque siempre había unos límites, allí podían ser un poco más libres. Inhala profundamente en busca de algo que le recuerda a casa, el sonido del viento rasgando ramas de árboles, un olor, algo fresco, verde e invernal, pero no hay suerte, nada de eso está allí dentro. La Arena huele a humedad cálida, a tierra de playa mojada y ligeramente a sal. Le recuerda un poco a Finnick. Piensa que podrá soportarlo.

Lo que es una verdadera mierda, y siente el impuso de quitarse allí mismo, sobre esa plataforma explosiva, es el traje. Parece un neopreno con escamas que se adhiere a la piel, y le resulta incomodísimo. Lumia le había explicado al ponérselo que la idea es que fuera como una segunda dermis, ligero, flexible y óptimo para mantener el calor corporal.

—Seguro que ha sido idea tuya —le dijo Johanna a primera hora, en cuanto vio la Impresión escamosa de la tela—. Serás pirada.

Y en ese momento, Lumia se tapó la cara con las dos manos, a punto de echarse a llorar, a saber por qué. ¿Sería que no aguantaba más sus desprecios? ¿O tal vez sentiría lástima ante la inminente muerte de Johanna? Porque siendo honestos, ella sabía en ese momento, y sabe ahora que tiene pocas posibilidades de sobrevivir, que en el fondo todo su plan es una locura, y que el Capitolio dispone de medios para cargarse a todo el mundo en menos de lo que dura un pestañeo. Lo más probable es que Lumia estuviera consternada ante la posibilidad de quedarse en el paro…

Para colmo de males, Johanna está muerta de sueño. Da gracias a la adrenalina y a la ensordecedora cuenta atrás que retumba (quién sabe dónde, no ve paredes) por la megafonía del estadio, porque de no ser por ellas, se quedaría frita. Ríe para sí misma. Es bastante raro estar pensando en dormir en un momento así, pero es que ya ha pasado por un momento así. Y su vida es así. La vida es lo que te pasa, no hay tanto margen para decidir, por lo menos en su caso. Y además llevaba tiempo esperando justo ese ahora, y tiene muchas ganas de que todo termine de una jodida vez, y ser libre, o no serlo. No puede soportar más tiempo esa vida a medias.

Y por mucha indignación que le generara el tema del Vasallaje en un principio (todavía no tiene claro de quién fue la idea… ¿Snow? ¿Plutarch?), es lo que todos, o la mayoría de ellos estaban esperando. Una oportunidad. Cualquier oportunidad.

Se da cuenta de que debería localizar a sus compañeros, y la Cornucopia cuando la cuenta regresiva ya alcanza el uno. Busca las armas y busca a Finnick; pero a Finnick no lo ve. El Cuerno de la Abundancia, sin embargo, lo tiene justo en frente.

Mientras se tira al agua, única manera posible de llegar hasta una de las hachas, cae en que debería de tener un ojo puesto sobre los tortolitos, que el plan incluye salvar a Everdeen, para que ésta se convierta en el futuro símbolo de la Revolución.

Nota el frescor del agua sobre la piel y se apresura a nadar. Nada sobre gritos y manchas de sangre. No han ni pasado ni treinta segundos desde el boong y ya habrá muertos. ¿Cuántos de los tributos no serán siquiera capaces de flotar en el agua? ¿Cuántos serán asesinados mientras lo intentan?

Ve a Finnick en el momento exacto en que toca tierra. Y aprovecha un mínimo segundo para sentir alivio. Está vivo. Él sigue vivo, sosteniendo a Annie con una mano y avanzando hacia el tridente que le espera en la Cornucopia con la otra. Incluso a falta de un miembro útil para empujarse, aunque vaya cargado con un peso adicional, Finnick nada como un delfín. Es un espectáculo mirarlo. Bueno, cuando está en tierra firme también lo es. Podría mirarle lo que le queda de vida y no cansarse.

Ver lo que ocurre en otro radio saca a Johanna de sus ensoñaciones románticas. Peeta, el dulce enamorado, chapotea, y se sumerge. Vuelve a chapotear, asomando la cabeza a la superficie, pero no tarda nada en hundirse de nuevo. Everdeen grita desesperada desde el centro de la arena mientras el amor de su vida se ahoga. Finnick reacciona a los gritos, no se encuentra alejado, pero tendría que soltar a Annie para socorrer a Peeta, y eso no va a suceder. Katniss aferra un arco en una mano, el agua le baña los pies en la orilla y es visible el corte sangrante de su brazo izquierdo. Se gira y dispara un par de flechas. Johanna no ve dónde van a parar, sus ojos se encuentran luchando contra el agua, al lado de Mellark, su corazón está con Finnick, tratando de salvar a Annie, y su cabeza teme no llegar a hacer ninguna de las dos cosas a tiempo. Cuando alcanza el lugar en el que vio por última vez al tributo del Distrito 12 tiene el pulso tan acelerado que le retumba en la sienes, potente y haciendo eco, igual que si fuera un tambor. Recoge todo el aire posible y lo almacena en los pulmones antes de sumergirse.

El agua rodea una figura teñida de rojo, y el cuerpo pesa infinitamente más de lo que cabría esperar, a pesar de la cierta ingravidez que aporta el líquido, definitivamente salado. Ha visto como sujetaba Finnick a Annie, así que intenta hacer lo mismo. Incluso debajo del agua se escuchan los gritos de Katniss, distorsionados, podrían fundirse formando simplemente la palabra no.

No. No. Por favor, no.

Cree que nunca nada le ha supuesto tanto esfuerzo como conducir a Mellark, inerte, hasta la playa de arena. Inclinada sobre él, durante unos instantes lo único que hace es mirarlo.

Respira. Respira. Respira.

Luego acerca una mano a su boca, dudosa sobre qué más puede hacer, pero ésta no se calienta.

No respira. No tiene pulso. Por el aspecto de su traje de baño, parece haberse quemado con el fuego de la explosión. Hay carne chamuscada allí donde no cubre la tela. Todo él, de hecho, huele igual que un asado al horno.

No ha saltado de la plataforma. O no lo ha hecho a tiempo.

No.

Katniss continua en la mitad del círculo que forma el agua, su boca proyecta la misma palabra, la larga y angustiosa o de ese no. Imagina, en medio de la impotencia, ese mismo gesto en los labios de los familiares del chico, en las bocas de casi todos los habitantes del Capitolio, a los que había llegado a gustarles, una o larga, pero de ooh, cielos, este año nos quedamos sin romance.

Finnick se acerca con Annie en brazos, brazos rodeando el cuello del chico, rostro escondido sobre su pecho. Él la deposita sobre la arena con infinita suavidad. La dulzura de Odair con su chica no entiende de límites.

Una vez liberado, es otro que se apunta a pronunciar la palabra no. No, mientras se arrodilla al lado del cuerpo de Mellark. No, mientras presiona sus costillas e introduce aire a través de su boca. No. No y otra vez no.

Annie, por su parte, llora sin letras.

Como cada año, el baño de sangre es tumultuoso. Johanna escucha gritos y gemidos de dolor. Finnick todavía continúa su vano intento de reanimación cardiaca con Peeta, cuando aparece Katniss, apartándoles a todos del cuerpo, probablemente ya cadáver, a golpes de arco.

Se agacha a su lado y agarra al chico por los hombros con ambas manos, sacudiéndole con fuerza.

—¡Peeta! —Chilla, con lágrimas en los ojos, y en la boca, lágrimas por todas partes, que de alguna manera son fáciles de distinguir del resto de la humedad—. ¡Peeta, despierta! —Grita pegada su oído, a sus labios azules, y amoratados, ya sin vida—. ¡Peeta! ¡No!...

El no se alarga tanto como la terrible escena. Un no colectivo, compuesto de muchas partes. Finnick logra apartar a Katniss para soplar de nuevo en su boca. Ella cae de rodillas, hundiendo la cabeza en el pecho del muchacho. No encontrará latidos allí, Johanna lo sabe, e incluso Finnick se da por vencido poco después, negando con la cabeza. No. Annie ha formado una bola con su cuerpo, sus manos envuelven sus rodillas y la cabeza reposa sobre éstas, toda ella una mata de pelo húmedo y marrón. Johanna, guerrera, vigila el escenario, hacha en mano, tridente de Finnick en la otra, temerosa de que algo, o alguien agrave la situación.

El cañón es lo único que sofoca los alaridos de Katniss, volviéndolos silenciosos. Los demás tributos se han dispersado y la arena de playa es toda suya. Ve muerte en el horizonte, no sólo la de Peeta Mellark, pero no pueden quedarse allí para averiguar quiénes son.

Finnick ya envuelve a Annie entre sus brazos. Ella coloca una mano sobre el hombro de la tributo del 12. A través de la tela, casi puede palpar su tembloroso dolor. Escucha el trueno de un motor en el aire. Vienen a recoger el cadáver. Otea el terreno para dilucidar la zona de escape más segura. Hacía la izquierda se encuentra un área de frondosa vegetación selvática, a la derecha niebla, el frente lo domina el agua y una figura todavía indefinida aproximándose en su dirección. Entorna los ojos para atenuar el cegador brillo del cielo.

Es Blight. Se había olvidado por completo de su compañero tributo. Lleva un par de cuchillos en una mano, y carga con una mochila en la otra. Nada más llegar se deshace del bulto y se cruza de brazos, que es lo que mejor sabe hacer, cuchillos incluidos.

—¿Dónde estabas? ¿Qué ha pasado en el baño de sangre? —pregunta Johanna.

—He luchado contra la mole del tributo del Distrito 2. He ganado de calle, aunque no lo he matado. Ha huido gimoteando igual que una cría hacia la espesura de la selva. —Blight contempla el cuerpo inerte de Mellark, una curiosa combinación de tonos morados, marrones y azul—. ¿No habéis podido hacer nada?

Johanna se ahorra decir otro no con un movimiento negativo de cabeza. El rugido del motor se intensifica, haciendo estremecer la tierra. Atisba una monstruosidad romper el cielo y materializarse en el aire. Es el momento. Everdeen continúa llorando en silencio, arrodillada junto a un cadáver.

Katniss. Tenemos que marcharnos —le dice suavemente.

—No. —Gime la chica, en medio de una exhalación de dolor.

—Ya tendrás tiempo para continuar con los noes más adelante. Ahora tenemos que irnos —repone Johanna.

Everdeen se tambalea para ponerse de pie. Johanna confía en que sea fuerte. Que no haya perdido ya el norte, tan temprano. Acaba de comenzar la agonía de la Arena para todos ellos y hay que seguir.

Se internan a través de la zona selvática, que es espesa y frondosa, algunas plantas se les enredan en los miembros al caminar, y es necesario abrirse camino a machetazos, o a hachazos, en el caso de Johanna. Es Blight quien les despeja el camino. Johanna le sigue, empujando con el mango del hacha lo que su compañero no ha podido apartar. La comitiva la cierra Finnick, que por fin ha soltado Annie. Ésta camina por delante de él, y en medio de todos, igual que el jueves, se encuentra Everdeen.

Everdeen sigue llorando. Johanna lo sabe porque la tiene detrás y de vez en cuando la mira a la cara. Está descompuesta, con los ojos rojos, alargados restos de humedad en las mejillas y los labios apretados para que nadie la pueda escuchar. Piensa en si podría decir o hacer algo que la anime o que le de fuerzas para continuar, pero nunca fue buena consolando a la gente, así que se abstiene. Mientras no berree, o se ponga histérica, puede continuar sollozando cuanto tiempo estime que necesita. Son un grupo bastante silencioso, al margen de Annie, que va tarareando una antigua tonadilla infantil, pero no es más que un susurro, se siente capaz de tolerarlo.

Caminan a duras penas durante toda la jornada. Johanna conoce lo suficiente los Juegos como para saber cuál es el siguiente problema con el que se tendrán que enfrentar: la deshidratación. Podrán soportar la ausencia de agua durante algunas horas, pero poco más. De momento, la ecuación: sin agua, pero también sin tributos molestos o mutos asesinos, o inundaciones o incendios, le parece correcta.

Se detienen para descansar y dormir un rato en un claro. Observa las caras de sus acompañantes mientras se instalan, sus heridas, ninguna de mucha gravedad. Todos tienen los labios agrietados por la sed, Everdeen un poco más de la cuenta, después de todo el agua desperdiciada con las lágrimas; espera que haya sido una chica lista y se las haya ido bebiendo. Un poco de líquido salado humedeciéndote la garganta es mejor que nada de líquido. Annie, por su parte, debe de tener la lengua tan seca que ya no puede cantar, así que bien por la sequía. De la comida y el agua podrán ocuparse una vez que recuperen la luz.

—Podéis dormir tranquilos, yo haré la primera guardia —anuncia Blight.

—Si te empeñas —dice Johanna, sentándose en el suelo cruzada de piernas y sacándose la parte superior de mono elástico para usarlo a modo de almohadón. El sol, o luz artificial de lo que sea que han puesto en la Arena se ha ido, pero sigue haciendo muchísimo calor. Un calor húmedo y pegajoso.

Annie y Finnick se apartan ligeramente del resto. Finnick pasa un rato trenzando una especie de esterilla usando hojas largas. Al principio Johanna piensa que es para dormir sobre ella, pero resulta que para lo que sirve es para construir su nidito de amor. Él lo coloca como si fuera una pared, aislándolos del resto.

—Se nota que se quieren —comenta Katniss. Es lo primero que dice en todo el día, al margen del recurrente no y algunos farfullos indescifrables sobre el cadáver de Mellark.

Blight se pasea por delante de ellas, cuchillo en mano, pero no se atreve a interrumpir las carantoñas que debe de estarle haciendo Finnick a Annie al otro lado del parapeto, por lo que allí no se acerca.

—Sí que se quieren —confirma Johanna. No es que le apetezca mantener una conversación sobre la pareja, pero es una excusa para hacer saliva y mojarse la lengua. La nota rugosa al moverla.

—Es una locura que hayan metido a ambos aquí. Es cruel y despiadado, y… —se queda callada, como si no encontrase palabras para describirlo. Johanna supone que el nivel de crueldad está a la par de lo que le han hecho a ella. A ella y a Mellark (después de oírla gimotear durante horas se ha dado cuenta de que sea lo que sea, algo sentiría la muchacha) —¿Cuánto hace que están juntos? ¿Creí que Odair se dedicaba a complacer en cuerpo y alma los deseos de algunos capitolinos?

Johanna lo piensa. Sigue siendo un tema del que no le apetece hablar, la relación de Finnick y Annie, pero parece que a Everdeen ahora mismo le viene bien ese tipo de cháchara intrascendente. Siempre es más fácil hablar de otros.

—Bastante tiempo —contesta—. Finnick nunca me ha contado la manera en que ocurrió. Creo que es la primera vez que pueden estar juntos de verdad. Abrazarse en público y esas cosas. Antes tenían que ocultarlo. No vivían juntos ni nada de eso. No tenían muebles en común ni un gato. Pero supongo que ya les da lo mismo. Al menos uno de ellos está condenado a morir, y ante eso… a la mierda la prudencia, ¿no?

Everdeen se queda pensativa, mira al cielo, y luego se mira sus propias manos. Vuelve la cabeza al corte que tiene en el brazo y sopla sobre él. Johanna, por su parte, agradece el silencio.

—El amor es algo extraño —dice la chica al cabo de un rato—. Algo evidente y simple, y algo difícil de entender, y de corresponder, como si formara parte de un mundo que no se adapta a la realidad. O como si el mundo real no dejara un espacio limpio para ese tipo de cosas

Johanna no sabe si ella se encuentra reflexionando sobre sí misma y su relación con Mellark, o sobre sí misma y alguien más, o si sólo suelta un discursito que forma parte de su estrategia para los Juegos. Katniss todavía desconoce los planes que tienen para ella.

—¿Dónde has aprendido todas esas perlas de sabiduría, Everdeen? —pregunta Johanna, con cautela.

Ella abre la boca, como si fuera a decir algo más, pero queda interrumpida por el himno. Johanna se tumba sobre la mojada tierra. Ella misma todavía se encuentra empapada, por el agua de la mañana, por el sudor, así que de perdidos a río. La tributo del Distrito 12, el futuro, ¿cómo era?... Sinsajo (menuda palabreja), se limita a taparse los oídos con ambas manos y apretar la cabeza contra las rodillas, que tiene dobladas y pegadas al cuerpo. Se convierte en una pelota de la que sólo sobresale la oscura trenza. Como si de esa forma fuera a ser capaz de olvidar, de no sentir, o de no pensar, la muy ingenua.


a/n: aquí tienes el segundo capítulo Mikah. Espero que te guste. Todos los que no sois Mikah también me podéis dar vuestra opinión.