Capítulo beteado por Aelilim. Mi gracias a ella.


La última impresión.

Capítulo II.

Duo Maxwell fue el ser humano más cercano a mí durante la guerra. En el ir y venir de la batalla nuestros encuentros eran frecuentes y siempre establecíamos un equipo, a veces breve, a veces más duradero, dependiendo de lo que la situación ameritara. Nunca olvidaré que él me salvó la vida aun sin conocerme, luego de dispararme dos veces. Duo no había tenido entonces ninguna razón para rescatarme y confiar en mí, pero lo había hecho brindándome un lugar seguro para descansar y reparar mi gundam. Ahora que lo pienso, le pagué bastante mal robándole partes del suyo, aunque por aquel tiempo ignoraba que su papel iba a ser importante en la batalla.

Algo parecido al destino quiso que yo, meses más tarde, le devolviese la mano cuando fue capturado en la Base Lunar. Me dirigí a su celda con el firme objetivo de matarlo, pero el que hubiese resistido las torturas para no develar la información vital de nuestra misión, y la aceptación de su propia muerte para no ser manipulado a favor de la causa de Oz, me provocó un orgullo difícil de definir y del cual nunca le hablé a nadie. Ese día admiré a Duo Maxwell en toda su grandeza como soldado; no sabría señalar cuándo comencé a reparar en lo llamativo que era como ser humano.

A decir verdad es algo que he pensado mucho. Y por más que lo hago, no puedo determinar con exactitud el momento en que tenerle cerca comenzó a ser un elemento vital para mi existencia. Sucedió con seguridad antes de terminar la guerra, pues para ese entonces ya me sabía perdido en el extraño magnetismo del que 02 era dueño. Sin embargo, tras la llegada de la ansiada paz, jamás estuvo en mis planes ir por él. ¿Qué sentido podía tener? Éramos tan distintos.

Fue toda una sorpresa para mí cuando fue Duo quien me encontró en Japón, meses después de terminar los conflictos armados, justo en vísperas de navidad. Tocarnos, luego de compartir una velada agradable, se había sentido natural, correcto, deseado. Desde ese día vivo esperando la oportunidad de sentir su cuerpo contra el mío de nuevo, aunque él solo se limite a brindarme su compañía por unas pocas horas cada año.

—¿A qué estás jugando? —me pregunto en voz alta—. ¿Qué quieres lograr?

La navidad de este año 201 AC fue un día más. No hubo ningún evento que lo hiciera importante, ya que en esta ocasión le informé a Preventers una dirección falsa de mi ubicación mientras me mantenía exactamente en el mismo departamento que la última actualización de datos. Debido a ello, Duo no pudo dar conmigo. Me pregunto cómo se habrá tomado pasar por primera vez dicha celebración sin mí. Tengo la certeza que no era lo que él planeaba, pues, como ya me era habitual, confirmé su ingreso al sistema de Preventers días antes de navidad. Duo me había buscado.

Mentiría si dijera que no me invade una satisfacción perversa por haberlo enviado a perder el tiempo en Japón. Por muchos meses me sentí enojado porque se hubiese burlado de mí. Duo se había largado por la ventana del baño, dejando su mochila en el perchero y su jockey tirado en la sala. En ninguno de los tres años anteriores se había ido sin sus cosas. La mochila rellena de basura de comida chatarra había funcionado como un distractor para que bajase la guardia. Me había engañado por completo.

La próxima navidad será la fecha definitiva, pienso enseguida. Estoy simplemente cansado de vivir la misma situación una y otra vez. También será decisiva porque deberé evaluar con qué ánimo e intenciones se presentará Duo aquí. ¿Estará tan enojado como yo me lo imagino? ¿O habrá ignorado lo que hice y habrá seguido adelante con una de sus sonrisas?

«Espero que esté enojado», me digo a mí mismo. Enfadado demuestra emociones más sinceras que en su estado de ánimo normal.

¿O será posible que no me busque más? Duo no tiene una cuota menor de orgullo. Es posible, todo es posible cuando se trata de él. El carácter que posee lo vuelve impredecible.

También mentiría si afirmara que su nueva ausencia no me afectó. Desde que escapó de mí, dediqué mucho tiempo a repasar lo que habíamos conversado ese día. Buscaba frenéticamente algún elemento que me permitiera ser capaz de detenerlo la próxima vez. Sabía, por ejemplo, que Duo me buscaba a propósito, al contrario de lo que pretendía hacerme creer. La única razón por la que yo cambiaba cada año de ubicación, variando entre lugares tan lejanos como Italia y Chile, era para mantener la certeza de la necesidad que Duo parecía tener por mi compañía. Aunque fuera solo en navidad, era la única señal de su parte que siempre alentó mis esperanzas.

Pero en su última visita obtuve un nuevo elemento: Duo me preguntó si seguía asistiendo a la universidad. Estoy bastante seguro de que jamás le dije que estaba estudiando. Además, si consideraba el hecho de que me trasladaba de universidad cada año en que cambiaba de domicilio, no era algo que podría haber deducido, después de todo ya no necesitábamos tapaderas como en los tiempos de guerra. Eso me llevó a pensar que Duo me vigilaba de alguna forma. No me sorprendería que a pesar de revisar la seguridad de mi computadora todo el tiempo, incluso así se las hubiese arreglado para vigilar mis movimientos en la red. Menos si consideraba que, entre los cinco ex pilotos, Duo siempre fue el mejor en comunicaciones y trabajo informático. Sus habilidades en ese campo son superiores a las mías.

Los demás elementos eran cosas subjetivas y por lo mismo, poco fiables. Me parecía que Duo huía de la atracción que sentía por mí, no solo de sus recuerdos. Esta idea había surgido luego de revisar fríamente su reacción al beso que le di, pues aunque aceptó, previamente parecía haberse estado resistiendo. Eso me hacía pensar en qué lo detenía, ¿qué era lo hacía enfrentarse a mí, resistiendo nuestro acercamiento?

Eso era el otro punto que me había llamado la atención. Los dos siempre parecíamos enfrentados por algo que no alcanzo a comprender, lo que se me hizo más evidente en su última visita...

De pronto lo entiendo y veo todo con claridad. Él quiere alejarse de mí, yo quiero lograr que se quede. A eso se resume todo. Pero para eso, primero tengo que ser capaz de descubrir qué es lo que distancia a Duo de mí. De sus propias declaraciones puedo asumir que no se establece en un lugar fijo, por lo que es difícil que tenga una relación estable con alguien. La primera en acudir a mi mente siempre es Hilde, ya que Duo al terminar la guerra vivió un tiempo con ella. Pero no, su vida nómada con toda seguridad le impediría cualquier clase de vínculo, a menos que ella estuviese acompañándolo en sus viajes. ¿Sería esa la situación?

Pienso en todo esto mientras estoy sentado de brazos cruzados en el interior de un bus de la locomoción colectiva. No tardo en descender y caminar hacia mi departamento. Ya me he titulado y estoy trabajando en una empresa de desarrollo de software. Es un trabajo simple y bien pagado que me permite ocupar en algo útil mi tiempo, aunque no he podido escapar de la letanía de la vida diaria.

Subo las escaleras, pongo la mano en la cerradura y me quedo con ella quieta en la mano. Alcancé a girarla un poco y eso me bastó para reconocer que se deslizaba más suave de lo normal. Retiro la llave y me inclino para mirar el orificio. Está gastado en los bordes: indudablemente la entrada ha sido forzada.

Duo es lo primero que viene a mi mente. Al instante freno mis deseos, ya que perfectamente puede tratarse de ladrones. Abro la puerta, alerta por lo que pudiese encontrar en el interior. Y me quedo inmóvil, sin poder creer que Duo Maxwell esté allí, cómodamente sentado en el sillón.

Jamás imaginé que aparecería antes de tiempo.

Lo único que logro, luego de cerrar la puerta, es decir: "¿Ya es navidad? Pensé que acababa de pasar".

Duo, que había desembalado la consola e instalado la Sega en la televisión, me da una larga y oscura mirada.

—¡Ja! —exclama sarcástico, poniéndole pausa al juego—. Japón —señala enseguida, apuntándome con un dedo—, me extravié en Japón por tu culpa. Allá nadie se atreve a hablar inglés para dar indicaciones. Ahora que lo sabes, ¿aún tienes ganas de hacerte el gracioso, Heero?

Encojo un hombro ante su demostración de enojo.

—¿Por qué? —pregunta.

Puedo responderle fácilmente, pues sé lo que quiere saber. Sin embargo, no pienso ponérsela tan fácil. Mi paciencia tiene un límite y Duo la ha forzado por cuatro largos años.

—¿Qué quieres saber? —cuestiono, dejando mi bolso sobre el mesón de la cocina, saco mi computadora. De soslayo veo cómo arruga el ceño y luego sonríe, girando más su cuerpo para seguir mis movimientos.

—No juegues conmigo —pide.

Le doy una mirada directa y continúo ordenando mis cosas. Duo bufa y reanuda el juego en la consola.

—Tengo hambre —le escucho decir de pronto—. ¿Tienes hamburguesas?

—No —respondo. Por supuesto que no las tengo, si siempre las compraba cuando tenía la certeza que él aparecería. Su presencia en este momento es totalmente inesperada. ¿Por qué Duo me ha buscado hoy? ¿Quiere solo quejarse por su viaje inútil a Japón?

—Rayos, ¿de qué vives? —se queja y bufa de nuevo al notar que lo estoy ignorando.

Termino de ordenar mi ropa de trabajo para el día siguiente y me siento en un extremo del sillón, de brazos cruzados, me dedico a observarlo. Está jugando Mortal Kombat y por más que usa los movimientos que me enseñó llamados "fatality", los ataques del personaje de la computadora son más fuertes, por lo que pierde en repetidas ocasiones. Ni siquiera me ha mirado, pero sé que no se encuentra tan ignorante de mi presencia como quiere hacerme pensar mostrándose tan concentrado.

—¡Realmente me molesta que una máquina me gane! —se queja. Duo no es un buen perdedor y da pelea en cada partida hasta el final, pero la consola vuelve a ganarle.

Un vistazo al ventanal me basta para determinar que ya ha oscurecido. Como era habitual durante sus visitas, nos hemos quedado en silencio por un largo tiempo, el mismo que utilizo para tratar de entender cuál es la mejor forma de proceder. Entonces comprendo que no debo repetir el patrón y actuar igual que siempre. Si solíamos caer en este silencio no es porque yo no pudiese mantener una conversación con él, sino porque el día en especial en que Duo aparecía cada año, afectaba su personalidad y le hacía desear esconderme todo. No estaba dispuesto a que ahora, lejos de esa fecha que lo hacía tambalear, fuese igual. Voy a presionar hasta quebrar sus defensas.

Lo primero que decido es reprimir mis intenciones de preguntar "¿Cuándo vas a parar?" porque todavía puedo oír en mi mente lo que me respondió el año pasado: "Nunca voy a parar. Lo sabes, Heero". Sin dudas tengo que ser más directo que eso.

—No voy a esperarte más —le suelto. Duo no para de jugar y ni siquiera me mira.

—Ese es el problema, Heero —dice de pronto—. Nunca pretendí que lo hicieras.

El conseguir una respuesta directa es inesperado. Doloroso también porque su tono de voz no escondió ningún gramo de verdad. Estaba siendo por completo sincero.

—Entonces esta será la última vez.

Eso también es inesperado para él, porque levanta violentamente el rostro para mirarme.

—¿No quieres que te visite más?

—Así es —respondo.

Duo deja el control en el suelo. No ha detenido el juego. Parece haberse olvido por completo de él.

—¿Es mi idea o estás jugando sucio? —cuestiona—. "Si no vas a darme lo que quiero, no vengas". ¿Es eso?

La habilidad de Duo para planear nunca fue exclusiva del campo de batalla, también es hábil para discutir. Debo confrontar su ataque. No estoy dispuesto a permitir que toda la culpa recaiga en mí y me dispongo a hacerle notar su parte en esto.

—¿Qué entendí mal, Duo? Aparecer y acostarte conmigo no se vio como si quisieras solo mi amistad.

Su boca se tuerce en una sonrisa. No es suficiente para esconder en su expresión que le ha dolido el recordatorio.

—El sexo no tiene por qué incluir sentimientos, Heero. Pueden ir por separado. No asumas de más.

Una verdad universal como cortina de humo para esquivar la revisión del caso en particular. Es una buena estrategia, aunque peca de obvia.

—Estoy de acuerdo —acepto y presiono de nuevo—: Pero no es lo que vi en ti.

Duo me sigue observando, sus ojos grandes y atentos a cada gesto de mi parte.

—¿Qué se supone que viste en mí? —cuestiona, luce como si hubiera dejado de esquivar el tema, pero no voy a bajar la guardia. Con él nada es lo que parece.

—Tú quieres estar conmigo.

—Nunca te vi como una persona pretenciosa, pero así es, ¿eh?

Una nueva evasiva no es una sorpresa. Quiere agotarme de esa manera.

—Si me he equivocado en mi apreciación, puedes decírmelo.

Duo eleva la mirada al techo, como si estuviese meditando su respuesta. Luego baja la vista directo a mi rostro.

—No te equivocas del todo.

Estrecho mis ojos. Sin romper el contacto visual lo presiono a que se explique. He vuelto a recibir algo de sinceridad de su parte, pero no sirven las respuestas a medias. No ahora que intento poner todas las cartas sobre la mesa.

—Pero tú y yo no queremos lo mismo. —Hay seguridad en su voz. Y lamento. No está feliz con su afirmación.

—¿Qué quieres decir?

Se pone de pie y luce, más que nunca, como si hubiese fisuras en sus defensas.

—Esto. — Señala todo el lugar—. Tú quieres cuatro paredes, un hogar, un trabajo y probablemente una familia. Quieres una vida normal.

Se aleja de mí mientras habla, abre las puertas del balcón.

—No necesitas hacerme guardia —dice con burla, cuando llego a su lado, vigilando sus movimientos.

—Pretendías saltar —acuso. Duo comienza a reír y por un momento vi el mismo Duo de sonrisa fácil de la guerra.

—No es que sea de mi agrado reconocerlo, pero a veces me lees bien.

—Nos conocemos lo suficiente.

—Es cierto —concede sonriendo.

Parece relajarse. El ambiente de pronto se vuelve más distendido, pero retorna el silencio que no pienso permitir. No quiero más distancias entre él y yo, no hasta ser capaz de comprenderlo del todo.

—¿Y qué quieres tú? —Duo levanta una ceja como si no supiera de qué estoy hablando—. Disertaste de lo que crees que quiero yo, te pregunto qué quieres tú.

—Si me dieran un dólar por cada palabra que estás soltando ahora, tendría para solventar una nueva guerra.

Muevo mi mano de forma rápida, no me ve venir. Le tiro la trenza hasta que se ve obligado a echar su cabeza hacia atrás. Duo estalla en carcajadas y con frustración dejo resbalar su cabello hasta dejarlo libre. He intuido que no va a responder y giro sobre mis talones para ingresar a la sala. Me sigue al instante, seguramente para averiguar si me he molestado. Su naturaleza impulsiva y curiosa ha jugado a mi favor otra vez.

—Oye, ¿qué te pasa? No te enojes.

—No voy a esperarte más —reafirmo viendo hacia él, quedamos frente a frente.

"Debes decidir ahora", eso es lo que está implícito en mis palabras. Duo ladea el rostro.

—Ya te lo dije, nunca pretendí que me esperaras —dice exasperado—. Quiero que tengas una buena vida en cuatro paredes, una vida normal. Trabajo, novia, hijos, todas esas cosas aburridas.

Se ríe como si lo dicho fuese una broma. Estoy seguro de que esa era su intención, pero mi mente está gruñendo cuando al fin me rindo ante su explicación. "¿Solo por eso? ¿Solo porque crees eso he esperado tantos años?". Estoy furioso, algo de eso se refleja en mi mirada porque Duo retrocede cuando avanzo.

—Heero, espera, yo…

Le tomo ambas manos y lo pongo contra la pared, a un lado del ventanal abierto, estrellándolas por sobre su cabeza. Me mira sorprendido.

—¿Me has preguntado alguna vez qué es lo que quiero?

Duo tiene sus ojos increíblemente abiertos.

—Pregúntamelo —desafío—. Deja de escapar por una vez y pregúntamelo.

Duo cierra sus párpados con fuerza. Enseguida los abre y clava su mirada violeta en mí.

—¿Qué es lo que quieres, Heero?

—A ti.

Veo sus pupilas temblar impresionadas con mi respuesta.

—No quiero cuatro paredes, no quiero una vida normal o un trabajo. Lo que quiero es a ti.

—¿Qué dices? —pregunta con seriedad, pero en este preciso momento puedo leer todo en él. Mi cercanía le está afectando.

—Tienes cerebro. Sabes lo que quiero decir —respondo—. Úsalo.

Me inclino hacia adelante, enterrando mi cara en su cuello. Había anhelado demasiado su piel, su aroma como para querer contenerme y abro mi boca saboreando el costado de su cuello. Lo siento estremecerse.

—Heero, no —pide—, estás violando mi espacio personal.

—¿Hasta cuándo me vas a hacer esperar? —insisto—. ¿Me dirás que no quieres esto? Creí que nunca mentías.

Por primera vez, parezco haberlo sorprendido tanto que no es capaz de esquivar el golpe.

—Nunca he dicho eso.

—¿Entonces de qué va esto?

Desvía la mirada.

—No sé de qué me estás hablando.

Trata de alejarse, pero ya no soporto más sus evasivas. Lo empujo contra la pared, elevándolo en el proceso, de tal manera que se ve obligado a cerrar sus piernas en torno a mis caderas, me empujo contra él.

Duo suelta todo el aire entre sus labios y me mira desde arriba. Sus ojos se fijan en mi boca. Luego los cierra y para contenerse, azota la nuca contra el muro. Deja ir un quejido que bien puede ser de dolor o placer.

—No te soltaré —afirmo.

—Sí, ya lo veo —responde ante más presión de mis caderas, suelta un sonido ahora claramente de disfrute—. Mm… Rayos, espera —pide poniendo sus palmas en mis hombros.

—No —digo colando las dos manos dentro de su pantalón, estrujo sus glúteos con fuerza—, no estoy dispuesto a esperar ni un segundo más, Duo.

Y no solo hablaba de compartir nuestras vidas, sino de la necesidad de tocarlo. Enseguida subo las manos para deslizarlas bajo su camisa negra, apretándolo contra mí.

—¿Por qué… —Duo se interrumpe para tomar una bocanada de aire— pudiendo tener tanto, tú me quieres a mí?

—Me pregunto por qué —respondo con sarcasmo, sin detener mi exploración. Me agrada notar que su respiración se ha agitado.

—Heero —reclama, exigiendo una respuesta directa.

—No trates de entenderme.

Dejo que sus piernas resbalen por mis costados hasta que queda de pie. Tomo su trenza con la mano derecha y lo obligo a echar la cabeza hacia atrás, tal como hice antes en la terraza. Sus ojos están fijos en los míos.

—Solo acepta lo que quiero.

Mi boca cae sobre la suya y no tardo en tener mi lengua dentro, buscando, presionando. Sus brazos se cierran en torno a mi cuello y me devuelve el contacto con tantas ganas que mi respiración se agita tanto como la suya.

—Conmigo no tendrías nada —dice, rompiendo el beso.

—No necesito más que esto —respondo, abriendo botón por botón, deslizo su camisa por sus hombros. Duo sigue atento mis movimientos, incluso cuando he comenzado a besar su pecho y abdomen, intercalando mordidas. Todavía parece indeciso. Lo que es yo, anhelo tanto su cuerpo que le abro el pantalón en tres movimientos y libero su pene por sobre su bóxer.

—Mm… ¡Rayos, está bien! —cede y me detiene cuando voy a meterlo en mi boca. Responde a mi mirada interrogante con un "Aquí no" y jalándome del brazo, me lleva a la habitación. Nada más entrar, se para frente a mí y desde el cuello revienta mi camisa, haciendo volar todos los botones.

—Cuatro años —dice como explicación, pasando sus manos por mis pectorales.

Me retiro la corbata y la lanzo al suelo, antes de llevármelo de encuentro a la cama doble. En la semioscuridad lo escucho reír, pero deseo verlo en detalle, así que me estiro para prender la lámpara del buró.

—No necesitamos luz, Heero —reclama mientras vuelvo a bajar probando su piel y tomo su pene con la boca, quitando su ropa lo más que puedo con las manos. Duo se sacude y tiembla en la cama—. ¡Siempre tan directo! —se queja.

Me detengo para retirar su bóxer y el pantalón. Duo levanta el trasero para permitirme quitar todo con facilidad, incluyendo sus zapatos. Tomo sus piernas y le obligo a levantarlas juntas; dejo caer mi boca besando sus testículos, bajando hasta su ano, donde humedezco la zona con mi lengua. Se sacude más fuerte y le escucho gemir por la sorpresa. No tardo en dejar entrar un dedo húmedo y Duo dice mi nombre varias veces. Con el segundo dedo comienza a soltar maldiciones y ya con el tercero dentro, comienza a sisear. Pronto lo percibo listo y él lo confirma gimiendo desesperado:

—Deja de torturarme. Hazlo de una vez.

Permito que baje las piernas mientras me pongo de pie para terminar de desvestirme y tomar el bote de lubricante que guardo en el cajón. Cuando regreso contra él, le obligo a elevarlas otra vez, de modo que apuntan en dirección a su cabeza.

—Así no —suplica—. Si me doblas, me cuesta respirar.

Pero lo ignoro. Deseo meterme en él de frente, no quiero perder segundo de sus expresiones.

—Heero —se queja cuando me apoyo contra su trasero. Su mano se mueve para masajear mi miembro mientras alcanzo sus labios. Me masturba durante todo lo que dura nuestro beso. Cuando me deja ir, separo nuestras bocas con un sonido sofocado y me acomodo, mojando con lubricante mi pene y su entrada. Duo masculla que está helado y enseguida pregunta de forma burlesca:

—Ah, ¿ahora es sin condón?

—No dejaré que toques a nadie más —respondo.

—No he tocado a nadie más —devuelve—. No desde esa navidad.

Me mantiene la mirada mientras me voy forzando centímetro a centímetro en su interior.

—Ni yo —digo con la voz enronquecida cuando estoy por completo dentro. Duo suelta un quejido indefinible entre dolor y placer. Comienzo a salir despacio por si le he dañado, pero me toma por sorpresa enrollando sus piernas en mis caderas, clava sus talones en mi trasero para obligarme a entrar de golpe. Gimo al mismo tiempo que él y veo su mirada de autosuficiencia.

—Alguien tenía muchas ganas de esto —acusa sin aire y aunque su tono es de burla, mueve sus piernas para exigir un ritmo rápido que nos provoca sudar y jadear repetidamente.

Tras varios minutos atrapado en su exigente vaivén, me detengo, sujeto sus piernas por debajo y lo obligo a ponerlas en mis hombros. Duo queda con los pies apuntando al techo mientras soy yo el que comienza a marcar el ritmo. Aprovecho que mi erección resbala de su interior para besarlo salvajemente antes de volver a entrar en una embestida precisa.

—Vas a matarme así —gime ahogado—. ¡De verdad no puedo respirar!

Me pone una mano en el pecho para obligarme a parar y retrocede en la cama. Duo me da una mirada risueña antes de dar la vuelta y ponerse boca abajo, levantando el trasero hacia mí.

Gruño. Duo sabe exactamente qué hacer para sacarme de mis cabales. Me subo encima y con una mano en su nuca lo obligo a bajar la cabeza contra la almohada antes de introducirme en él, una y otra vez. Duo continúa levantando sus glúteos, resistiendo mis embates, mientras jadea y ríe al mismo tiempo. Su respiración se acelera más. Entonces apoya un codo en la cama para darse espacio de meter su otra mano bajo él. Lo sostengo por las caderas para permitirle tocarse mientras entro y salgo con fuerza.

—Ah, Heero —gime—. Más….

—Duo…

—Más fuerte —pide y termina por enloquecerme. Acabo utilizando toda mi fuerza para cumplir su petición y el resultado es que él comienza a repetir mi nombre en una larga letanía. De pronto se calla y exhala profundamente, cosa que llama mi atención. ¿Ha terminado sin que me dé cuenta?

—No, no te salgas —dice, cuando comienzo a retirarme—. ¿Piensas dejarme a medias o qué?

Estrecho los ojos, volviendo a entrar y busco su pene. Está erecto aún. Al parecer Duo está tan excitado que aguantará más que la primera vez que nos acostamos. Sonrío, retirándome, y él me mira por sobre el hombro con una interrogación pintada en la cara.

—¿Qué? —cuestiona.

Por toda respuesta me pongo de espaldas en la cama y lo sujeto del brazo para atraerlo sobre mí. Le acomodo exactamente como lo quiero.

—Debes estar bromeando —me dice riendo entre dientes.

Sujetándolo de las caderas, me empujo en él para que vea que no, no estoy bromeando. Su reacción es arquearse hacia atrás y separar los labios en un jadeo audible. Su mirada se oscurece, me mira de pronto con seriedad.

—Tú lo pediste —dice, a la vez que comienza a subir y bajar sobre mi cuerpo, montándome con habilidad. Mi boca se abre, dejando escapar jadeos silenciosos y Duo sonríe más, redoblando la presión hasta que me lleva a un potente orgasmo casi al mismo tiempo en que acaba en mi mano derecha, que se encargó de ayudarle a terminar. Mi pecho también queda manchado con su semen y él se desploma hacia adelante, provocando que yo salga de su interior.

Le beso las mejillas y el cuello. Duo se deja caer junto a mí, apoyado sobre su brazo derecho. Me pongo de lado para observarlo y noto que me mira con diversión.

—De verdad fueron demasiados años —murmura—. Creo que no demoraré mucho para estar listo para una segunda ronda.

En respuesta paso un brazo bajo su cabeza y lo atraigo contra mí.

—¿Crees que podrás seguirme el ritmo? —se burla.

—¿Por quién me tomas? —replico—. Para mí, nada es imposible.

Duo se echa a reír y enseguida nos quedamos sobre la cama por largos minutos en un silencio agradable. Quizás son horas, pues he perdido la noción del tiempo. Sin embargo, él rompe la atmósfera de calma cuando se mueve e intenta incorporarse. De inmediato vuelve a su posición, ya que ha descubierto que no puede sentarse correctamente porque tengo su trenza sujeta en mi mano izquierda, la misma que había colado bajo su cabeza. Lo siento reírse por lo bajo.

—Heero —llama.

No respondo y mantengo mis ojos cerrados.

—Heero —insiste.

—¿Hm?

—Suéltame, tengo que ir al baño.

No lo libero, sé que las posibilidades de que huya son altas y me niego a repetir la misma escena que la primera vez que nos tocamos. Aquella vez en Japón, Duo se había largado y ni el hecho de lo que habíamos compartido antes lo detuvo.

—Heero, sé lo que estás pensando —confiesa—, pero confía en mí, solo iré a mear. A menos que quieras que lo haga aquí.

Sigo sin liberarlo y él comienza a reír.

—Soy capaz —amenaza.

—No lo dudo —digo abriendo los ojos, todavía sin soltarlo.

—Confía en mí —pide, mirándome por sobre el hombro. Soy incapaz de detectar si puedo creerle, pero con renuencia dejo ir su trenza. No tiene sentido retenerlo a mi lado si no es lo que quiere, aunque espero que haya entendido que realmente no soportaré más su ir y venir. Duo se pone de pie de un salto y enfila hacia el baño sin mirarme.

—Duo —le llamo, él voltea hacia a mí con una expresión de interrogación—, si huyes, te encontraré en una semana y…

—¿Me romperás todas las costillas? —pregunta con falsa inocencia.

—No, te amarraré una cama y te lo haré por semanas.

Duo se queda pasmado. Entonces comienza a doblarse de la risa, carcajeándose, con una mano en el estómago.

—¡Casi haces que me den ganas de marcharme! —replica, entrando al baño. Incluso con la puerta cerrada puedo oírle reír aún.

«No te vayas, no otra vez», pienso, agudizando el oído, pero del baño no se puede escuchar nada más cuando su risa cesa. Los minutos pasan rápidamente y me siento en la cama preocupado. Si ya se ha marchado, no tiene ningún caso que me levante a intentar alcanzarlo. Sin embargo, no resisto el impulso de ir a averiguar y abro la puerta.

Encontrar el baño vacío no es una sorpresa, pero duele de todas formas. No tardo en arrepentirme por completo. Nunca debí dejarlo ir.

Continuará…


¿Comentarios, críticas, golpes? ;)